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211

 Métese en la sepultura. 

 

212

 Atravesando por en medio de todos, va hacia la sepultura, entra en ella, y luchan él y LAERTES, y se dan puñadas. Algunos de los circunstantes van allá, los sacan del hoyo, y los separan. 

 

213

Ve aquí un príncipe y un gran señor de Dinamarca dentro de una sepultura, pateando un cadáver, agarrándose del pescuezo y de los pelos, y dándose de puñados el uno al otro. A la extravagancia de la presente situación se junta la desigualdad del diálogo; humilde y grosero en boca de Laertes, cuando insulta al clérigo zafio, y en la de Hamlet, cuando habla de los cuatro mil hermanos y del gato y el perro; inflado y campanudo, cuando uno y otro empiezan a echar bravatas y hablan de las estrellas errantes, y de levantar un monte con espuertas de tierra que tueste su frente en la zona tórrida, y otras baladronadas dignas de Pyrhopolinices. Habla la reina, y todo es diferente. ¡En qué hermosa actitud se presenta esparciendo flores sobre el cuerpo de su dulce amiga! ¡Qué triste reflexión la de que esperó adornar con ellas su tálamo nupcial, no ya su sepulcro! ¡Qué inquietud materna al ver la furia de Hamlet y su peligro! ¡Qué bellísima comparación la de la paloma cubriendo inmóvil sus nuevas crías!

 

214

 Los sepultureros llenan la sepultura de tierra, y la apisonan. 

 

215

Lago inmediato a Elsingor.

 

216

 Vase HAMLET, y HORACIO le sigue. 

 

217

 El mismo que sirvió para la representación, con asientos que han de ocuparse en la escena IX. 

 

218

Horacio acompañado de los marineros fue a buscar a Hamlet, ha vuelto con él a Elsingor; pero ni en todo el camino, ni desde que llegaron, se han acordado de hablar de una cosa tan interesante como es el saber lo que le sucedió en su viaje al príncipe, y por qué extraños accidentes se halla de nuevo en Dinamarca. El que los ve salir al principio del quinto acto, espera oír de su boca todo el suceso; pero esta esperanza le burla. Horacio no es demasiado curioso, el príncipe se divierte con los sepultureros y los huesos, y luego sigue el entierro y los arañazos. Pudiera, no obstante, disimularse la tardanza de Hamlet, si su relación no estuviese llena de circunstancias inverosímiles. ¿Tan poco recelosos estaban del príncipe los dos mensajeros, tan dormilones eran, tan mal guardados tenían los despachos del rey, que así se los dejan quitar? ¿Es verosímil que Hamlet llevara en la faltriquera el sello de su padre? ¿Es creíble que Claudio no use ya de otro diferente, o que permita que el príncipe conserve en su poder un mueble tan peligroso? Es mucha casualidad que en el combate referido en la carta dirigida a Horacio, fuese Hamlet el único que saltara al bajel enemigo; ni lo es menor la de separarse inmediatamente las dos naves y cesar el ataque; como si el corsario no hubiese tenido otro fin que el salvar al príncipe. Preso Hamlet, se ignora por qué medios pudo librarse, ni cómo halló piratas tan desinteresados y compasivos. Dícese en la carta, y en esta escena se confirma, que los mensajeros siguieron su viaje a Inglaterra: ¿para qué?

¿No saben ya que el rey quiere deshacerse le Hamlet, y que a este fin le ha enviado en su compañía? ¡Pues a qué prosiguen el viaje que es inútil ya? ¿No era más natural volverse atrás, seguir al corsario o informarse a lo menos de su derrota, presentarse al rey, y hacerle saber lo ocurrido para que determinase lo que en tal caso conviniera? El autor quiso que Hamlet volviese a ver el entierro, quiso que los otros muriesen ahorcados, y no se paró en delicadezas; así salió este episodio tan mal combinado que no hay en él la menor apariencia de verdad.

Quodeumque ostendis mihi sic, incredulos odi.

Véase la nota primera del primer acto.

 

219

 Le enseña un pliego, y vuelve a guardársele. 

 

220

Este nuevo personaje es un cortesano zalamero que afecta cultura y elegancia en el hablar, con poquísimo caudal de talento: así que vierte los dos o tres periodos que llevaba estudiados, se atasca y no sabe qué decir. La presente escena no es más trágica que las anteriores: las voces y frases afectadas de que usa Enrique (en el original se llama Osrick), las réplicas y correcciones de Hamlet, la altercación sobre si el tiempo es caluroso o frío, las instancias cariñosas para que se ponga el sombrero, la burla que de él hace imitando su estilo ponderativo y crespo, son chistes cómicos que sólo tienen el defecto de no ser oportunos. Si el autor no hubiese hecho morir de mala muerte a Polonio, Ricardo y Guillermo, cualquiera de ellos hubiera desempeñado este papel sin necesidad de aumentar personajes; cuyo número, si es excesivo, aun cuando sea necesario, embaraza mucho la fábula. En esta hay treinta y dos interlocutores: no es fácil hacer nada bueno con tanta gente.