—48→
Después de hacer algunos llamados telefónicos tomé el auto y me fui a Barracas. Al comienzo de la Avenida Patricios me detuvo un centinela del ejército. Había barreras y dos grupos con un fusil ametrallador en posición de disparar. Me explicó el soldado que no podía pasar. Le mostré la credencial de periodista y me dijo que solamente podía pasar a pie.
Dejé el auto a media cuadra, fuera de la línea de tiro del fusil ametrallador, y pasé nuevamente cerca del centinela, que me saludó con un gesto. Me había hablado con corrección, pero con firmeza. Estaba en la guerra y la guerra era un asunto serio. La fisonomía del barrio era sorprendente, porque allí los aprestos de guerra se mezclaban confusamente con las actividades normales de la vida cotidiana. Cientos de soldados apostados en las puertas de las casas o en camiones, con sus fusiles colgando del hombro y con todos los elementos de campaña, dialogaban con la gente del barrio que les acercaba comida o bebidas. Por supuesto, hubiera sido imposible o inútil pretender saber si la gente se había enterado de cuál era el bando defendido por esos soldados. En realidad para la gente, eso de azules y colorados debía ser una curiosa sofisticación, ajena al hecho específico que dividía a las fuerzas armadas. Para ellos eran soldados. Muchachos de veinte años iguales a sus hijos, sobrinos, nietos o amigos.
Después de cuatro años de gobierno constitucional, con más de treinta y cinco golpes de Estado frustrados, revoluciones y planteos militares con tropas en la calle o sin tropas en la calle, la —49→ presencia del ejército en un barrio porteño se había convertido simplemente en un elemento folclórico, un acontecimiento más incorporado a la vida ciudadana con cierta rutina, pero que no dejaba de estimular en la gente sus fibras patrióticas.
Esto siempre le ocurre a los habitantes de nuestro país, que pueden tener muchas reservas frente a las fuerzas armadas pero gozan con entusiasmo durante los desfiles, al paso de las tropas disciplinadas y las fanfarrias heroicas. Pedí hablar con el jefe del regimiento apostado en la zona. Me recibió muy cortésmente pero se negó a dialogar sobre el tema que me interesaba. Me dijo que me dirigiera al Comando en Jefe. Mientras tanto me ofreció café. Se acercaron otros oficiales de menor graduación, entre los cuales descubrí a un ex compañero de colegio. Este fue más locuaz. Caía la tarde en esta especie de feria en que se había convertido el barrio con la presencia de los soldados y supe del número de regimientos, desplazamiento y ubicación de las principales fuerzas. Me despedí y fui hasta un bar. Allí sí se hablaba de política. Me enteré que habían levantado el puente sobre el Riachuelo, para impedir el paso de posibles movilizaciones populares desde Avellaneda.
Hablaron sobre escaramuzas entre fuerzas apostadas en ambas riberas.
-Unos pobres chiquilines muertos -dijo un viejo refiriéndose a los soldados derribados en esas escaramuzas.
-Siempre la misma cosa -comentó otro con aspecto de estibador que se rascaba el pecho de manera mecánica, casi como una caricia y no por la necesidad de reducir alguna picazón-. Estos -movió la cabeza señalando hacia afuera- no quieren que haya elecciones. Los otros quieren que haya, pero para pocos. Siempre la misma joda.
—50→-Y si hay elecciones -terció la mujer que servía las copas en el bar-, al que gane lo bajan como al flaco -terminó con voz grave y rotunda, refiriéndose obviamente a Frondizi.
-Así es -ratificó el presunto estibador-, siempre la misma joda.
Pedí usar el teléfono del bar y llamé a la Escuela Superior de Guerra. Pregunté por un coronel amigo que me atendió en el acto. Le conté lo que había hablado con los oficiales, apostados en la zona. Me preguntó sobre las tropas y le di la información que conocía. Mi amigo coronel era del otro bando, de los azules.
-Necesitamos transporte -me dijo-, hay que trasladar dos regimientos a Campo de Mayo. ¿Podés hacer algo?
-Graciosa pregunta -le contesté-, yo soy periodista y en esta guerra no peleo.
-Esta es una guerra de todos -respondió cortante, pero con buen humor.
Me quedé en silencio unos segundos. Pensé en Mariana esperándome en el departamento o en su casa.
-¿Hasta qué hora vas a estar en la Escuela? -pregunté.
-Hasta que resuelva el problema del transporte.
-Allí te llamo -dije, y corté la comunicación.
Mientras volvía a mi departamento reflexionaba sobre las insólitas características de esta vida. Solamente tenía que hacer una nota periodística. Objetiva, sin compromisos, porque había que vender la revista y demostrar que estábamos bien informados. Pero en esta tarea ya había pasado información de bando a bando, y ahora me proponían el problema de trasladar dos regimientos a Campo de Mayo.
—51→Me acordé de un dirigente del transporte con el cual íbamos a comer a una vieja cantina de Boedo. Fue, muchos años atrás, jefe de los conductores de taxímetros en Buenos Aires.
Cuando llegué a casa hablé con mi amigo, el sindicalista del transporte.
Me comentó la información que tenía. Excelente. Era informado por los conductores de ómnibus que recorrían la ciudad en sus rutas habituales.
-¿Querés que comamos esta noche? -preguntó. Alguna vez voy a escribir sobre la estrecha relación que hay en nuestro país entre la comida y la política, los negocios, el amor, las conspiraciones, la vida y la muerte. Todo se hace en el almuerzo o en la comida, en el café o en el bar.
-Esta noche no -dije-; aunque te parezca curioso, tengo que resolver el traslado de dos regimientos desde Palermo hasta Campo de Mayo.
Esperé el inevitable silencio en el otro extremo de la línea.
-¿Así que para eso llamaste?
-¿Y si no a quién? ¿Al secretario del sindicato de plomeros?
Otro silencio.
-Un momento -dijo. Y enseguida-: ¿Cuántos ómnibus se necesitan?
-Vamos, hombre, vos sos el experto en transporte. Supongo que unos cincuenta.
Otro silencio. Voces. Un conato de discusión terminado abruptamente por mi interlocutor.
—52→-Te paso a buscar por tu casa en media hora. ¿Quién te lo pidió?
Le dije el nombre del coronel.
-Muy bien, decile que cuente con ellos. En poco más de media hora empiezan a concentrarse en Palermo.
-Un momento -aclaré-. Deciles que esperen tus órdenes. Vamos a hablar con el coronel y los llamás desde su despacho.
Hablé con el coronel y le informé las novedades. Se puso muy contento. Cortamos la comunicación después de programar el encuentro en la Escuela de Guerra. El coronel había cumplido o iba a cumplir sin duda la misión que le habían encomendado. Mi dirigente sindical se ganaría unos laureles y ventajas para negociar si ganaban los azules. Yo no había escrito todavía mi nota. Cuando empezaba a hacerlo llamó Mariana. Nos citamos para las once de la noche. Pasaría a buscarla por su casa. No tenía tiempo de escribir, seguramente tampoco podría hacerlo más tarde. Tal vez por la mañana. Soy un periodista atípico. Me levanto temprano y mis horas más productivas son las de la mañana y las primeras horas de la tarde. Durante ese lapso escribo.
Después necesito moverme, trasladarme, hablar, hacer el amor, descubrir las calles y pensar que tengo todo el tiempo que falta para terminar la jornada sin obligaciones ni presiones.
Me serví un whisky y pensé en Mariana. Nuestra primera semana juntos en Mar del Plata había sido una síntesis de lo que sería nuestro año de relaciones. Hasta el día de hoy.
Sus problemas no habían terminado durante esos días, sino que habían tomado un rumbo diferente. El descubrir el orgasmo determinó un cambio en toda su actitud. Se sintió más segura, más dueña de sí misma, se sintió mujer y llena de vida y posibilidades —53→ para alcanzar una relación plena y feliz. Pero yo sabía, y ella fue descubriendo poco a poco, que el haber alcanzado el orgasmo de aquella manera no significaba, necesariamente, que podía alcanzarlo en una relación normal y simple. Precisamente el no poder lograrlo, después de haber conocido la plenitud del éxtasis sexual, creó una nueva desesperación, un terror nuevo, difícil de controlar, precisamente porque imaginaba más próxima la posibilidad de sentir plenamente. Pero no se trataba solamente de una especie de maratón erótica en la cual estuviéramos lanzados como hacia un solo objetivo. En realidad, la crisis que siguió a estos nuevos descubrimientos, los buenos y los malos, pusieron en evidencia los íntimos conflictos que habían conformado, condicionado, determinado sus veinte años de vida solitaria y desdichada. Físicamente apta, yo diría con alguna frivolidad, dadas las características del tema, tan extraordinariamente bien dotada para el amor, volcó su resentimiento y frustración hacia la interpretación de los años de la infancia y la adolescencia, responsabilizando al padre, ex periodista, tan parecido a vos, y a la madre, que nunca lo fue, según gemía con dolor y desprecio en esos momentos. Y es posible que esto fuera cierto, pero seguramente no de la manera absoluta que Mariana lo planteaba. Este era el curso de mis razonamientos, a través de los cuales no pretendía convertirme en un psicoanalista aficionado, sino que de una manera bastante pragmática me esforzaba por descargar de los padres la responsabilidad total de sus problemas, porque en ese caso, de ellos dependería o por lo menos de la superación del conflicto con ellos, que Mariana los resolviera, lo cual a mi juicio disminuía su propia responsabilidad, y con ello el esfuerzo tendiente a alcanzar una relación madura con cualquier hombre, en general, y conmigo en particular, que era, sin duda alguna en ese momento, el personaje que más me interesaba en la historia. Por supuesto, después de la propia Mariana.
—54→Sin embargo, si bien en todos los seres humanos los padres, la educación, el medio y las circunstancias gravitan en su formación y en su madurez o inmadurez, en el caso de la dulce y amada Mariana, a quien pese a mí mismo cada día amaba más, todo aquello gravitaba de una manera terrible. Esos elementos que integraban su realidad exterior, se asociaban, libre y duramente, alrededor de una soledad determinada por las circunstancias de la posguerra, de los viajes, de las fugas, de los colegios extranjeros, de estadías breves y cambiantes, de cambio continuo de relaciones que no alcanzaban jamás el nivel de la amistad, y la imposibilidad de crear o generar vinculaciones más o menos permanentes con las cosas y la gente. Todo para ella había sido efímero y transitorio y su madre había acentuado esa circunstancia con una separación, aparentemente definitiva, cuando Mariana gozaba de algunos interregnos ya que cada año la visitaba o la invitaba al lugar en que ella estuviera para pasar unos días juntas. Y su madre aparecía entonces con toda la carga, también efímera, para Mariana, no para ella, de su cambiante y bastante frívola vida mundana, que la hija calificaba con términos duros y yo, por el contrario, encontraba sumamente divertida y atractiva. De más está decir que me resultaba muy difícil revelar a Mariana esta apreciación sobre la conducta de su madre porque ella lo vivía, y seguramente con razón, con gran dramatismo. Ese estilo resulta agradable en las madres ajenas, como el adulterio resulta siempre fácil de comprender en las mujeres ajenas, de manera que yo me cuidaba de no agredirla cuando me esforzaba por restar importancia a la conducta de esa loca brillante que era su madre. Y cuando escribo esta calificación, llevado seguramente por un impulso irresistible que más se relaciona con Mariana que con ella; me siento absolutamente injusto, arbitrario, porque para elaborar cualquier calificación es indispensable conocer muy bien lo que se pretende juzgar, por lo que hay que ser prudente en todo lo que implica un juicio de valor sobre la conducta humana.
—55→Lo cierto es que la madre de Mariana se había dedicado al arte de una manera un tanto tangencial, porque era la amante de un importante, famoso y muy rico director de teatro que tenía subyugado al más exclusivo público europeo, sin olvidar a los norteamericanos, que eran los que mejor pagaban, como señalaba con objetividad, pero no sin cierta perfidia, la propia Mariana.
El haberse separado de su marido y tener un amante inteligente y rico no constituye, sin duda, ningún pecado para el mundo que vivimos, y mucho menos para el mundo que no vivimos ya, pero que recordamos a lo largo de la lectura de la historia. Pero ese hecho, relacionado con una muchacha solitaria y ansiosa de tener una madre en serio, para sí, para su soledad, para su amor, para su necesidad vital de afecto, sí puede ser y generalmente es muy importante.
En esto Mariana no se equivocaba, y hacía una evaluación correcta entre la relación de su madre con el mundo y los hombres y la relación con ella, agregando con infantil resentimiento que antes de que apareciera el director de teatro hubo bailarines, actores, escritores y uno que otro empresario.
En esos momentos yo destacaba que la atracción que sentía su madre por la cultura y el arte era digna de elogio, porque la mayoría de sus amantes habían formado parte de ese mundo apasionante. Mariana no festejaba mi sentido del humor. Ni en esta área ni en ninguna otra, lo cual debe haber generado en mí algún sordo resentimiento que seguramente expreso en las críticas sobre su conducta. Sin embargo, la figura de la madre quedaba siempre desdibujada. Al cabo de largas conversaciones, este era un tema que retornaba con frecuencia, los elementos que tendían a definir la personalidad de la madre de Mariana lograban un resultado contrario.
—56→Cada vez era más difícil evaluar esos datos, con el objeto de interpretar su personalidad. Cuando más información tenemos sobre una persona, más difícil resulta definirla. Descubrimos que una persona cuanto más conocida es menos simple y evidente, salvo que, por comodidad, por arbitrariedad, o simplemente por inclinación hacia la frivolidad y la injusticia, nos resulte más cómodo realizar un rápido juicio de valor. En este caso no existía ni la necesidad de buscar definiciones simples, ni el propósito de calificar rápidamente y olvidar el tema. Lo que sí podía saber con seguridad es que el tema sería frecuente e inevitable. Pero algo llamaba la atención en las descripciones de Mariana. A tal punto, que en algún momento llegué a pensar que su madre era absolutamente diferente a la descripción que hacía de ella o que, en realidad, apenas la había conocido y esta imagen banal, frívola, irresponsable, inmadura, de mujer niña, con que la había dotado, era producto de su fantasía o de la necesidad de fabricar una suerte de imagen materna que explicara el abandono, la ausencia. Que justificara su propia inmadurez. Tal vez era absolutamente así, aún peor, y Mariana no llegaba a extremos en la descripción para rescatar de alguna manera una imagen no totalmente inaceptable para sus propias fantasías.
Mi amigo, el dirigente sindical del transporte, interrumpió mis reflexiones. Estaba vestido con pantalones y campera negra, por lo que deduje que había asumido el rol de comando para la operación prevista para esa noche.
Tomamos un whisky mientras contó que los colorados no se habían movido de sus posiciones en todo el día, que la marina seguramente atacaría el regimiento de tanques de Magdalena al día siguiente y que en Campo de Mayo se había instalado el comando de los azules, cosa que yo ya sabía, y que hacia allí derivaban todos los oficiales sin mando de tropa que estaban en tareas de —57→ inteligencia -«como tu amigo el coronel»-, terminó diciendo.
Le pregunté si usaríamos mi auto y me dijo que no porque los muchachos esperaban en la puerta. En nuestro país «los muchachos» son siempre los guardaespaldas, a quienes se alude de esa manera con la absurda pretensión de cambiar su rol de pistoleros asalariados, por el de seguidores devotos y sacrificados, que estaban dispuestos a morir para proteger al jefe. La historia enseña que si estos mueren alguna vez en un tiroteo es por casualidad o asaltando un banco, pero nunca en defensa de su transitorio jefe. Pero no estaba dispuesto a transmitir mi escepticismo a quien iba a resolver el problema del transporte de los dos regimientos.
Tres autos esperaban en la puerta, y subimos al segundo. En esos casos uno se siente una especie de Al Capone.
Nadie habló hasta que nos aproximamos a la Escuela Superior de Guerra. A lo largo de las tres cuadras anteriores a la puerta principal vimos estacionados más de veinte ómnibus.
-Los otros están en las calles adyacentes -dijo mi Al Capone.
En la puerta de la Escuela nos detuvieron dos soldados y les mostré mi identificación. Uno abrió la puerta y fue a llamar por teléfono, seguramente para pedir instrucciones o consultar con el jefe de guardia. Un sargento salió de su oficina y se nos aproximó.
-Buenas noches, señor -dijo-; el coronel me informó sobre los ómnibus. Menos mal que a tiempo, porque casi los bajamos cuando los vimos avanzar hacia la Escuela.
Me sonreí como un buen cómplice de la bizarría del sargento, mientras reflexionaba sobre cómo habría podido bajar a los ómnibus. Obviamente se refería a los conductores, pero esa noche ya nada me parecía serio, a pesar de la tensión y el anormal silencio —58→ que había descendido sobre la ciudad, aunque no eran más de las nueve.
Nos condujo hasta el despacho del coronel. Estaba muy excitado, nervioso. Nos dio la mano y le agradeció al sindicalista su colaboración.
-Muchas gracias -dijo-, no lo olvidaremos.
Casi creí escuchar que este decía: «así lo espero». Pero era mi fantasía.
Nos indicó con un gesto dos sillones y fue a sentarse detrás de su escritorio, desde donde se comunicó por teléfono con el Primer Cuerpo de Ejército en Palermo. En pocos minutos hubo acuerdo sobre la movilización de los vehículos. Varias veces interrumpió la conversación para hacer consultas con el técnico de la movilización, mi amigo el dirigente sindical, que en eso se había convertido por obra de las circunstancias.
Se levantó y nos invitó a acompañarlo. En la calle, el sindicalista dio instrucciones a sus muchachos. Lugares, calles de acceso, contraseñas y nombres de los oficiales que estaban esperándolos. El coronel me pidió que lo acompañara nuevamente hasta su oficina.
El sindicalista se había ido a cumplir con su tarea. Volvimos al despacho y por primera vez recordó que en realidad había sido yo el instrumentador de la solución para el transporte de las tropas. Se rió.
-Tenía que dirigirme al sindicalista. Él tiene que estar convencido que es el más importante y que así lo considero yo y conmigo todo el ejército. ¿No es verdad? -preguntó.
—59→-Sí -dije- es verdad. Desde que Perón pasó por este país todos ustedes aprendieron la lección. Espero que tengan suerte, porque si ganan los colorados este tiene que exiliarse.
-Y vos y yo también -agregó el coronel.
-¿Por qué yo? -pregunté intrigado.
-Bueno, porque la Central Cuyo de Teléfonos está en manos de los colorados, de manera que están enterados de tu rol en este episodio, sin contar con tu información desde las líneas enemigas.
Guardé silencio algunos segundos.
-Bueno -dije-, ahora empiezo a interesarme realmente en el tema. Pero dejame que te diga algo. Seguro que si ganan los colorados yo debo despedirme de mi profesión o tal vez exiliarme. Pero si de algo estoy seguro es que vos solamente tendrás que irte a tu casa a cobrar la jubilación y no te pasará más que eso. Simplemente no llegarás a general. Espero que en ese caso compartas tu jubilación conmigo, porque yo no tengo.
Mi coronel se reía con buen humor.
-No te preocupes -dijo-. Vamos a ganar porque defendemos la verdad histórica.
-Bueno, bueno -me levanté del sillón en que me había sentado con un manifiesto gesto de aburrimiento y fatiga-, ya empezamos con el delirio. Lo que ocurre en nuestro país es que no solamente siempre pasa lo mismo, sino que todo se justifica, se explica y se olvida, con los mismos términos y repitiendo las mismas expresiones. Como dice un querido amigo mío, en nuestro país hay que sentarse a esperar el pasado. Siempre, inexorablemente llega y cada vez peor.
—60→-No seas tan escéptico. Hace tiempo que has adoptado ese estilo. Sin embargo, lo que hiciste hoy no dirás que fue por pura diversión.
-No -dije-, fue para hacerle una gauchada a dos amigos. A vos y al sindicalista. Al fin de cuentas la «gauchada» es aquí una institución nacional, así como todos los que hacen golpes de Estado suponen que interpretan la verdad histórica. Bueno -lo interrumpí cuando se disponía a contestarme-, me voy porque me espera otra institución que seguramente me va a dar más satisfacciones que las que pueda darme ayudar a interpretar la verdad histórica.
El coronel me acompañó hasta la puerta rodeándome los hombros con su brazo.
-Te aseguro que jamás olvidaré lo que hiciste hoy -me dijo.
Mientras uno de los autos del dirigente sindical, con tres silenciosos gorilas, me llevaba hasta mi cita, pensé que mi amigo el coronel ya lo había olvidado.
Las calles estaban vacías, pero no en la feria rutinaria de Quintana y Junín. Allí las revoluciones, los golpes de Estado o las crisis políticas no existen. Les dije a los muchachos que me apeaba. Cortésmente me preguntaron si los necesitaría más tarde, porque el jefe les había ordenado que estuvieran a mi disposición. Por un momento pensé decirles que sí y hacer que nos llevaran, a Mariana y a mí, a algún restaurante y que esperaran en la puerta. Después, no me pareció siquiera una buena broma. Les di las gracias y bajé del auto. Caminé varias cuadras hasta la casa de Mariana y llamé por el portero eléctrico. La mucama me dijo que la señorita ya bajaba.
—61→
Es inútil. Cada vez que la veo me ocurre lo mismo. La idea de alejarme, de no buscarla, de terminar nuestras relaciones se evapora, desaparece, se convierte solamente en la reflexión que me permite imaginar cómo podría ser mi vida sin tener cerca esa perfecta expresión de la gracia, de la belleza, del erotismo que se descubre, no que se expresa. Tal vez soy yo el que pone en Mariana ese particular atractivo. Tal vez no es tan bella como la veo y es mentira que al caminar provoque, sin buscarlo, naturalmente, toda clase de fantasías eróticas. Tal vez nada de eso es cierto para la gente, pero sí es absolutamente cierto para mí. Por otra parte, me basta. Parece que siempre acabara de bañarse, perfumarse, vestirse con elegancia, así como otras mujeres son gordas o morenas o bajas o desagradables. Tal vez mi evaluación es correcta, y realmente acaba de bañarse, de perfumarse y de vestirse elegantemente con absoluta premeditación. ¿Y eso qué importa? También forma parte de su naturaleza, y este hecho me obliga a preguntarme si su belleza es solamente formal, si se compagina o no con su índole, con lo que la define como persona. Y si quisiera simplemente reflexionar cínicamente podría llegar a la conclusión de que eso importa poco, en la medida de que esa belleza formal sea para mí. Si tenerla, desearla y hacerle el amor es suficientemente gratificante como para no ser demasiado exigente en otros aspectos de su naturaleza. Pero esto, en definitiva, tarde o temprano, no sirve. Parece fácil, sencillo. Y al principio lo es. Después es diferente. Cuando se trata del amor empezamos a exigir otros valores sobre los cuales fundar nuestras expectativas, —62→ aunque estos no solamente continúen con la misma vigencia, sino que aumenten y se desarrollen y se hagan más plenos y satisfactorios. Y aquí comienza la inevitable reflexión en un camino contrario y paralelo, y esta consiste en preguntarnos si tenemos alguna suerte de justificativo, razón o derecho para exigir esto. ¿Qué damos a cambio? ¿Es tan valioso, importante, trascendente, profundo como para sentimos, no ya con el derecho, sino simplemente con la legítima aptitud para reclamarlo? Para esto no hay respuesta seria, porque las respuestas inmediatas son fáciles. Pero como al mismo tiempo no pretendemos ser justos, ni ecuánimes, ni objetivos, solamente tratamos de imponer arbitrariamente nuestras condiciones porque pensamos, sin analizar demasiado, que eso es lo mejor para todos, particularmente para nosotros mismos. Esta mañana, cuando Mariana se vestía en mi departamento, me entretuve con la idea de terminar nuestra relación y dejar que se fuera, creando las condiciones para que no hubiera reencuentro. Ahora estaba convencido de que eso no era más que una expresión de mi particular locura. Estaba dispuesto a olvidar cada hecho desagradable o penoso, cada reacción intempestiva, temperamental, neurótica e insoportable. Estaba ahora, como hace un año, dispuesto a olvidar todo. El hecho de que uno se enamore no significa necesariamente que deba enamorarse de una persona sana. Tampoco significa que uno sea sano y, más aún, nadie ha demostrado que una persona reconocida habitualmente como sana, sea más atractiva que otra que no lo es.
Es también bastante difícil encontrar una persona sana, mentalmente hablando, claro, aun si logramos previamente ponernos de acuerdo sobre lo que eso significa. En definitiva, este ha sido mi problema desde el momento en que conocí a Mariana. Sabía que seguiría siéndolo y no tenía sentido obsesionarme cada día.
Mientras caminábamos tomados de la mano descubrí que el pavimento —63→ estaba mojado. Seguramente había llovido durante mi visita a la Escuela Superior de Guerra.
Mariana me contó que su padre había regresado esa mañana, poco después que ella llegara a su casa.
-¿Y qué hubiera pasado si llegaba antes? -pregunté sin mayor interés.
-Nada. ¿Por qué hacés esa pregunta? -había fastidio en su voz.
-Pura curiosidad -como no quería que ese fuera el principio de una discusión me apresuré a cambiar de tema-. ¿Dónde estuvo?
-Él, dice -recalcó con énfasis «él» -que estuvo en Brasil, en un remate de una baronesa que liquidaba su casa y sus muebles. Parece que no fue muy interesante porque no me comentó nada en especial.
Continué en silencio. Sabía que el tema no acabaría allí.
-Él, siempre tiene remates en todas partes y debe viajar. Pero en realidad, tanto él como yo, sabemos que, en lugar de viajar tan lejos, solamente se traslada unas diez cuadras, hasta la casa de mi ex amiga Laura. Ex amiga y ex compañera de colegio de la cual es amante desde hace casi un año.
-Podemos festejar juntos el aniversario, entonces -dije, y me arrepentí inmediatamente.
Sin embargo, lo tomó con buen humor. O tal vez con indiferencia.
Mariana también quería seguramente evitar una pelea, y resolvió cambiar de tema.
-¿Por qué nos encontramos tan tarde?
—64→-Siempre es tarde para algo y temprano para muchas otras cosas -respondí.
-Bien, maestro -ironizó-, ahora una respuesta inteligente o por lo menos informativa.
Le comenté las alternativas del conflicto entre azules y colorados. También sobre el llamado de mi amigo el coronel y el transporte de tropas.
-Ahora estarán viajando hacia Campo de Mayo -terminé. Había sido una crónica breve, objetiva y casi intrascendente.
-¿De manera que colaborás con las fuerzas armadas? -El comentario fue hecho con ironía y falsa admiración, lo cual me hizo sentir absolutamente ridículo. Al minimizar mi propio relato había puesto en evidencia sutilmente que lo consideraba importante. Al exagerar ella el valor de la supuesta colaboración, la tornaba intrascendente. Era siempre el mismo juego, y no había manera de evitar la inclinación a la competencia. Había empezado a ver fantasmas y a sentir agresiones con demasiada frecuencia. En realidad la actitud me molestaba porque provenía de Mariana, que supuestamente debía haber quedado muy impresionada con mi manejo de la realidad. Pero no fue así y yo estaba seguro que jamás sería de esa manera. Pero, ¿tenía realmente importancia? ¿Por qué era tan importante para mí que ella me considerara potente, fuerte, capaz de resolver situaciones críticas? La respuesta caía sobre mí como la lluvia en medio de un descampado. Yo no había sido todavía capaz de resolver los problemas sexuales de Mariana y en este mundo machista, con el cual yo coincidía y me sentía absolutamente identificado, la responsabilidad era solamente mía. Ignoro la circunstancia de que para un psicólogo bien pensante pudiera ser de manera diferente. Para mí, solamente yo era el responsable de no haber resuelto sus problemas. Obviamente, —65→ esto generaba mi inseguridad. Si dependía de mí, del hombre que le hacía el amor, la solución podía venir por un camino diverso que transitara otro. Así era de simple el problema, de allí que hasta la mera retórica tenía un sabor crítico por el que me sentía acosado.
Estaba llevando la cosa demasiado lejos. En esas circunstancias es cuando en realidad pensaba que era yo el anormal, y de esta convicción surgía, seguramente, mi actitud comprensiva ante la anormalidad ajena.
-¿Y a quién ayudaste, a los azules o a los colorados?
-A los azules.
-¿Y si ganan los colorados?
-No van a ganar.
-Pero, ¿y si ganan?
-No van a ganar. Y no se trata de que tengan o no tengan razón. No van a ganar porque la cosa está decidida de esa manera. El tiempo político, la tendencia general, lo que se ajusta más a lo que de alguna manera se supone que necesita el país, está capitalizado en el otro bando, en los azules.
-Entonces quiere decir que los azules tienen la razón.
-Eso sería aplicar la lógica formal a la política. Y no es así. Los azules han capitalizado lo que puede interpretarse como el interés general de la gente, lo cual no impide que mañana, cuando triunfen, se desinteresen de ese interés general y hagan lo mismo que hoy proponen los colorados.
—66→-Entonces, ¿para qué ocurre lo que ocurre? Todo esto es pérdida de tiempo.
-Si se tiene claridad sobre el objetivo, esto puede interpretarse como pérdida de tiempo. Pero esa claridad no existe. Ningún episodio histórico es desechable. Todos sirven en el proceso general de la vida de los pueblos. Generan experiencias que a veces son aprovechadas y otras veces no. Pero en definitiva, siempre son aprovechadas, aun cuando ya haya pasado la oportunidad, pero en ese caso, la consecuencia se incorpora al conocimiento y la crónica de los hechos también.
-¿Entonces por qué perdiste tu tiempo ocupándote del traslado de los dos regimientos, si pensás que los azules tampoco van a cumplir lo que dicen?
-Porque me lo pidió un amigo, que es un coronel azul. Si hubiera sido colorado hubiera hecho lo mismo. Me hubiera resultado, eso sí, más difícil, porque el dirigente sindical cree saber quién va a ganar.
-Ese tampoco tiene ideales. Ni tampoco el coronel -entonces vaciló-, ni vos tampoco.
-Sabía que llegaríamos a este punto. En política hablan de ideales los que jamás se ensucian las manos. En política, para los que hacen política, sindicalistas, empresarios, militares, curas o políticos profesionales o amateurs, no existen ideales en el sentido estricto o convencional de la palabra. Existen intereses. Que pueden ser meramente personales, de grupo, de sector, de clase o de trascendencia nacional. Pero son intereses, no ideales. Ideales tienen los idealistas y estos no hacen política. Escriben libros o dan conferencias en los colegios secundarios. Y estos son más peligrosos porque no les interesa la realidad.
—67→-Todo esto tan complicado es solamente para justificar el hecho de que llegaste tarde a buscarme.
-Así es. Me costó elaborarlo, pero creo que ahora puede explicarse de alguna manera que no haya estado en tu casa a las once en punto.
Entonces caminábamos por la plaza de la Recoleta y Mariana se detuvo y me besó. Me apretó con fuerza, con placer, con alegría. Como si estuviera contenta. Sentí plenamente su fuerza, vibrante, una extraña sensación de felicidad.
En ese momento, desde un cielo enrojecido sobre el que se reflejaban las luces de la ciudad inmensa, llena de ruidos contenidos y esperanzas dispersas, empezaron a caer grandes gotas de agua que resbalaron sobre la cara y el pelo de Mariana. Y aun bajo la lluvia, que en pocos segundos se hizo más intensa, continuamos nuestro abrazo callado y furioso como si se tratara de una despedida final, terrible e inevitable que pudiera despedazarnos sin piedad, y ese solo instante, esos segundos fugaces hurtados a la rutina, entre los árboles negros y brillantes, constituyeron un canto apasionado que nos hizo olvidar el inútil rumor de la incomprensión, de las sospechas, de la soledad, de los silencios inexplicables, de la conciencia de ser en definitiva, uno solo. Y en lugar de cruzar la calle y refugiarnos en algún café, de los muchos que hay en esa zona, nos apretamos contra el tronco de un enorme laurel con sus ramas vencidas, sostenidas por gigantescas muletas de cemento que le impedían morir y caer y disolverse en la tierra húmeda y sin esperanza.
Sentados en un banco, protegidos por las ramas enormes que buscaban la tierra como pretendiendo abrirla y penetrarla, continuamos abrazados en silencio, mirando y escuchando el resplandor lleno de rumores de la gigantesca, fría, apasionante y despiadada —68→ ciudad, construida en el lugar más insoportable de la ribera del Río de la Plata. Y se la veía fuerte, poderosa, enigmática, fría y distante, mientras dejaba filtrar, casi involuntariamente, como sorprendida, una alegría sutil y contagiosa que luego se destruía sin voluntad entre las baldosas despedazadas de las veredas. Y esta frustración expresaba de alguna manera la fría melancolía de sus habitantes, alterada a veces abruptamente por carcajadas ansiosas de alegría. Así permanecimos en silencio hasta que, tomados de la mano, llegamos a un viejo restaurante de la avenida Alem. No habíamos hablado durante nuestros abrazos en el parque, ni tuvimos que ponernos de acuerdo para marchar hasta el restaurante. Continuamos en silencio, como si todavía viviéramos la placentera sensación de amor y de compañía que había sido tan imperiosa bajo los árboles como carbones mojados. Y esto ocurría con alguna frecuencia.
Nunca estábamos más cerca que cuando nos amábamos en silencio. Cuando hablábamos de amor nos esforzábamos en racionalizar nuestros sentimientos, en domesticar la violencia dulce y vehemente del deseo, explicando por qué era de esa manera para nosotros, como si hubiéramos alcanzado de una forma ingenua o infantil el monopolio del amor. Y a pesar de que continuábamos hablando, porque nos gustaba escuchar lo que sabíamos que nos diríamos, ambos teníamos la impaciente convicción de que todas esas palabras estaban de más, que un solo, profundo, terrible, apasionado y alegre silencio era la más sencilla, limpia, clara, irremediable expresión del amor que sentíamos en algunos momentos de nuestra rica y caótica relación de amantes.
Cuando llegamos a la puerta del restaurante empezaron a pasar como fantasmas los tanques que se dirigían hacia el norte. Detrás de ellos, camiones con soldados. En su marcha lenta pero sin vacilaciones, en medio del rumor intenso de los motores, los camiones —69→ con los faros encendidos se reflejaban en el pavimento creando una reverberación alucinante. La presencia de ese desfile nocturno, no por reiterado, dejaba de ser de alguna manera aterrador. Curiosamente, el ruido de las orugas de los tanques acentuaba el silencio de los pocos espectadores que observábamos con aprensión su marcha incesante. Cuando hubo pasado el último camión, la visión final del cortejo fue el de un grupo de rostros expectantes y preocupados, bajo los cascos verdes, empuñando fusiles que apuntaban hacia un enemigo invisible oculto en la ciudad.
Varios meses atrás, en una ambulancia que hacía ulular sus sirenas como un grito agudo y desgarrador, había atravesado la línea de marcha de un convoy de camiones militares, repletos de soldados, que nos apuntaban aterrados. Poco faltó para que nos dispararan, originando una tragedia mayor que la que condicionaba nuestra marcha forzada.
Nos habían invitado a pasar el fin de semana en un barco. Fue uno de los más felices que pasé con Mariana. No había aparecido una nube, el sol brillaba con toda su fuerza, y eran días de primavera, sin humedad ni viento. Dábamos la espalda a la ciudad en el barco que rolaba lentamente en medio del río. Pensábamos que esa era la única vida buena y que jamás podía terminar, cambiar, extinguirse. El domingo demoramos el retorno al puerto.
Queríamos detener esos momentos, prolongarlos y hacerlos eternos. Sin embargo hubo que volver. Cubiertos con una manta, recostados sobre la cubierta, miramos en silencio la belleza del crepúsculo sobre un horizonte de agua y altos mástiles de veleros que parecían descansar perezosos en sus fondeaderos. Una profunda melancolía nos envolvía. No solamente a nosotros, sino a nuestros amigos, como si el fin del día fuera también la muerte de la esperanza y pusiera en evidencia que nada es duradero, que el —70→ placer y el amor y la alegría se extinguen cada día y que es incierto, no absolutamente seguro e inevitable, que retorne, que renazca, que nos dé una nueva oportunidad de goce o deleite.
Cuando volvíamos a la ciudad me asaltó una extraña premonición. Sin ninguna razón aparente recordé que el día viernes, antes de embarcarnos en la plácida aventura del fin de semana, mi ex mujer había llamado varias veces a la revista.
El recuerdo de este hecho vino a mi memoria como otros, que me relacionaban con el trabajo, con la faena de la semana, con lo que había terminado el viernes e inevitablemente recomenzaría el lunes, con la rutina, las obligaciones, la necesidad de ganarme la vida. En definitiva, el trabajo, la actividad, que generalmente no me resultaba atractiva y que en ese momento evocaba como una especie de maldición bíblica. Pero entre ese cúmulo de datos, información, proyectos, expectativas, conjeturas sobre la semana anterior y la que empezaba, los reiterados llamados de mi ex mujer volvían a mi memoria como la oscura decisión de castigarme por los dos días de placer pasados junto a Mariana. La dejé en su casa con la promesa de buscarla para comer juntos a última hora. Fui hasta el departamento de mi ex mujer.
Subí al quinto piso y toqué el timbre. Imaginaba que inmediatamente escucharía las voces de los chicos corriendo hasta la puerta. Sin embargo continuó el silencio. Tenía la llave del departamento, pero no quería usarla. Quería terminar definitivamente con cualquier familiaridad que pudiera mantener una relación, o prolongar alguna dependencia. Insistí con el timbre. Tal vez estaba afuera. Era domingo y podía estar de visita en casa de alguna amiga. Pensé marcharme. Tenía la conciencia tranquila porque había respondido al llamado. Tres días más tarde, pero había respondido. Cuando me disponía a llamar nuevamente el ascensor —71→ sentí curiosidad. Varios años había vivido en ese departamento y había ayudado a amueblarlo. Todavía estaban allí mis cuadros y mis libros. Ya que no había nadie en la casa y yo tenía la llave podía asomarme impunemente al pasado.
Desde nuestra separación no había vuelto al departamento. Pensé que era una tontería lo que pensaba hacer. Mejor era analizar la razón de la curiosidad que satisfacerla. El pasado estaba muerto y eso era lo mejor que podía pasarme. Durante los últimos años de mi matrimonio había sido aburridamente desdichado. Los primeros fueron la bohemia, la vida intelectual, la camaradería, la alegre irresponsabilidad. Hasta mi infidelidad era asumida como un hecho inevitable, bajo ciertas formas decorosas de convivencia. Todo había terminado abruptamente, con una violencia imprevisible, como un huracán que hubiera soplado en el interior de una casa con las ventanas abiertas, arrastrando a su paso todo lo que la integraba y definía, dejando destruido y fuera de lugar lo poco que quedaba. Seguramente a muchas parejas les pasa que un día descubren que hace tiempo duermen cada noche al lado de un extraño. Con el mismo rostro, con la misma mirada, escuchando la misma voz y esperando los mismos gestos, pero ya no es el mismo o la misma. Y entonces la pregunta es: ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Cómo llegamos a este punto? Y aparte de esto: ¿Existe la vida? ¿Una vida buena, satisfactoria? Y, lo más importante: ¿Somos capaces de vivir esa vida? Un millón de preguntas con o sin respuesta. Lo mismo da. Pero sí tenemos una respuesta. Una conclusión cierta. Esta vida no. Y eso es lo que nos había pasado. Ahora daba vueltas la llave en mi bolsillo sin atreverme a asomarme al pasado. Sin embargo, lo hice. Totalmente ajeno a lo que me esperaba. Entré al departamento en penumbras, las ventanas cerradas y las persianas bajas. Cuando me disponía a encender la luz advertí el olor a gas. Intenso. Desagradable. Alejé mi mano del interruptor de la luz como si me hubiera picado una avispa. —72→ Casi a tientas, aprovechando la débil luz del palier, fui hasta la cocina. Cerré las llaves del gas que estaban totalmente abiertas. Abrí las ventanas de la cocina y volví al living. Allí realicé la misma operación. Abrí todas las ventanas y el viento fresco de la noche de primavera me golpeó el rostro mientras trataba de evaluar mis pensamientos. Estaba absolutamente sereno, casi diría irremediablemente sereno, sabiendo que todavía había algo más, que todavía no había visto todo y me tomaba tiempo para decidir cuándo recorrería el resto del departamento. Cuando el olor del gas desapareció fui hasta el dormitorio. Allí estaba Julia, acostada, dormida. Encendí la luz del corredor que enfrentaba el dormitorio de manera que pude advertir su palidez. Abrí las ventanas del dormitorio y cuando desapareció el olor a gas encendí la luz. Entonces vi la sangre que goteaba lentamente a lo largo de sus dedos y caía sobre la alfombra. Respiraba lentamente, como en un sueño profundo y plácido. Intenté despertarla para que se incorporara, pero a pesar de mi esfuerzo se derrumbó sobre la almohada. Busqué vendas en el baño y le detuve la hemorragia de sus manos. En la cocina le preparé café mientras intentaba evaluar hasta qué punto podía estar cerca de la muerte, mientras me preguntaba qué podía hacer para que recuperara el conocimiento. No había teléfono, de manera que antes de llamar una ambulancia debía intentar reanimarla.
Mientras la incorporaba con un brazo, intentaba introducirle la taza de café hirviente entre los labios. En su inconsciencia cerraba con fuerza los labios, y se dejaba caer sobre la cama como un muñeco de arena sin estructura interior. Dejé la taza y la golpeé. Su cabeza se desplazaba de un lado a otro con cada bofetada, como si el cuello fuera de goma. Sin embargo, mis esfuerzos dieron resultado. Primero empezó a quejarse débilmente, después logré que se incorporara a medias mientras continuaba golpeándola, con furia, con impotencia, con desesperación. Cayó nuevamente —73→ sobre la cama, y le obligué a abrir la boca introduciéndole el pulgar en la mejilla y separando sus dientes para volcarle en la garganta el café caliente. Volvió la cabeza y la taza cayó sobre la cama. La empujé con violencia y quedó acostada, inmóvil, abandonada y ciega. La odié. Dios mío. Cómo la odié. Recogí varios tubos de somníferos vacíos. Me di cuenta que muy poco podía hacer ya. El gas, los cortes en las venas y el somnífero. O se moría o se salvaba sola, simplemente porque su cuerpo se negaba a morir. Salí del departamento y fui hasta un garaje cercano. En la guía telefónica busqué el teléfono de un sanatorio, y llamé pidiendo una ambulancia. Expliqué a la enfermera de guardia cuál era el problema. Me dijo que en unos minutos estaría allí la ambulancia con un médico. Volví al departamento. Observé a Julia que continuaba en la misma posición, en un sueño profundo. Con una respiración lenta, casi imperceptible. Me serví una copa de whisky y encendí un cigarrillo, atento al llamado del médico por el teléfono del portero eléctrico. Reflexioné en la culminación de ese delicioso fin de semana. La vida y la muerte siempre marchaban de la mano. La alegría y el horror. La paz y la violencia. El deleite y la angustia. La esperanza y la desesperanza. Me sentí culpable. Me sentía inocente. Ajeno. Como un extraño, esperando la muerte o la vida de un extraño. Insensible. Finalmente vino el médico, y antes de que la viera le expliqué brevemente lo que había encontrado y lo que había hecho para tratar de reanimarla. Entonces me preguntó quién era yo. Se lo dije, y me pareció advertir en sus ojos un brillo de sospecha. Fuimos hasta el dormitorio, donde estaba la enfermera que había acompañado al médico. Le tomaba la presión. Había recogido los tubos vacíos de somnífero. El médico revisó el vendaje de las manos. Cuando la enfermera dijo cuál era la presión arterial y el ritmo del pulso, el médico le indicó que bajara a decirle al chofer de la ambulancia que subiera una camilla. Intervine para decirle que una camilla no cabía en el ascensor.
—74→-Cierto -dijo con fastidio. -Tal vez sentada en una silla -sugerí en voz baja. Sin esperar respuesta fui a buscar una silla al comedor. Después saqué del placard dos camisones y algunos artículos de tocador, y puse todo en un bolso de viaje.
Entre la enfermera y el médico levantaban a Julia, que continuaba inconsciente, y la sentaron en la silla. Entre el médico y yo la llevamos hasta el ascensor, que descendió lentamente hasta la planta baja. El chofer y el médico la acostaron en una camilla que subieron a la ambulancia, mientras yo volví a buscar el bolso y a cerrar el departamento. Cuando bajé, varios curiosos rodeaban la camilla. El médico me preguntó si iba con ellos. Le respondí afirmativamente, y en la ambulancia me senté al lado de la camilla, donde Julia continuaba inconsciente. La ambulancia inició la marcha, y se dirigió hacia el bajo para tomar la avenida hacia el sanatorio. Marchaba lentamente, entre los autos, tocando la sirena para que le abrieran paso. Entonces me puse a llorar. Al principio casi no me di cuenta, hasta que advertí que las lágrimas me corrían por la cara y sentí la garganta estrangulada. Lloré desesperadamente. No intentaba ni deseaba contenerme. A través de ese llanto silencioso y violento expulsaba, no solamente la angustia y la desesperación de la última hora, también la del último año, probablemente la de los últimos diez años, quizás la de toda mi vida, la de mi infancia solitaria, la que había generado el intento desesperado y frustrante de constituir una pareja, la angustia de pensar que tanto la vida como la muerte eran inútiles, absurdas, sin sentido, un accidente loco en una errática incoherencia universal pero que provocaba dolor, tristeza, angustia, inconformismo. También alegría, también placer y amor, pero también odio, escepticismo, arbitrariedad, soledad y abandono. Y si yo había advertido en los ojos del médico un brillo de sospecha, la mirada de la enfermera sentada frente a mí revelaba una furiosa acusación muda frente a mi llanto, que tal vez entendía como una expresión —75→ de culpabilidad. Esa agresión me cambió el humor. Al mirar a nuestro alrededor advertí el largo y lento convoy de tanques y camiones del ejército que marchaban hacia algún llamado desconocido, en una rutina de violencia semicontrolada que la gente se había acostumbrado a aceptar con resignación pero con fastidio. La ambulancia tuvo que cruzar la línea de marcha de los camiones, lo que provocó gritos hostiles y llamados de atención por parte de quienes estaban a cargo de la tropa. En realidad, la maniobra del chofer había sido deliberada e inútilmente peligrosa.
Esa noche decidí no ver más a Mariana. Recordaba estos hechos en el momento en que hojeaba distraído la carta del restaurante, mientras ella me miraba con los ojos más bellos del mundo.
—76→
Los aviones llegaron desde el oeste y dejaron caer sus bombas sobre el regimiento de Magdalena. La onda expansiva de las explosiones llegó al centro de la ciudad en forma de rumores y noticias, la mayoría imposibles de confirmar, sobre hechos de heroísmo, violencia y lucha sin tregua. Varias horas más tarde, como respuesta al ataque de la aviación de la marina, el regimiento de tanques tomó por asalto la base de Punta Indios, de donde habían despegado los aviones protagonistas del bombardeo.
Más rumores no confirmados e información caótica. Sobre un mapa del país seguíamos las alternativas de la guerra. Con banderitas azules o coloradas marcábamos las unidades del ejército, marina y aeronáutica y reemplazábamos las que cambiaban de manos. En la redacción hacíamos apuestas en función del tiempo y analizando los comunicados de los diferentes regimientos. A partir de ese análisis podíamos prever cuál cambiaría de color y cuál seguiría en su posición hasta el fin. A las 24 horas del bombardeo a la unidad de tanques de Magdalena, el mapa acentuaba su tono azul, y cuarenta y ocho horas más tarde el color colorado del ejército había desaparecido. Nunca supimos cuántos muertos y heridos dejó la lucha. El triunfo de los azules era una reivindicación para el presidente Frondizi, que había sido depuesto, un año y medio antes, por los oficiales colorados del ejército. Pensábamos en realidad que, de esta manera, el ejército había puesto en evidencia su interés por el juego limpio y el retorno a la vida democrática.
—77→Mi amigo, el dirigente sindical del transporte, me llamó para organizar una comida con el coronel de la Escuela de Guerra. El pobre no imaginaba qué difícil resultaría, a partir de ese momento, tomar contacto con el coronel. Así como desde el primer gobierno de Perón todos los militares se convirtieron en políticos, los dirigentes sindicales empezaron a creer en la palabra de los militares. Esos dos errores conceptuales iban a destruirnos la vida en Argentina. Ese día, del triunfo de los azules, no sabíamos qué iba a pasar. Cómo se daría marcha atrás en la historia, en los años, en los meses o en los días. No había marcha atrás y nadie en realidad, me refiero a los que produjeron el enfrentamiento, pensó en algún momento que habría marcha atrás.
Cuarenta y ocho horas más tarde la unidad azul empezó a resquebrajarse. Algunos corrían a ofrecer la presidencia al nuevo comandante en jefe del ejército, jefe virtual del grupo azul, como si alguien tuviera derecho a ofrecerle lo que él mismo se había ganado. Pero algunos días más tarde, advertimos que el comandante en jefe no se había dado cuenta, todavía, de este hecho. Resuelta la toma del poder, comenzaron los enfrentamientos, generados por el análisis de las razones que habían llevado a la toma del poder. Eran muchas y diferentes. Se deliberaba en cada regimiento y en las oficinas de la Escuela Superior de Guerra. Hasta los cabos del Instituto Geográfico Militar daban su opinión sobre el proceso.
Cuando le comentaba estos hechos a Mariana, reflexionaba con voz aburrida e indiferente: «¿No ves que perdés el tiempo en tonterías?». En esos momentos tenía ganas de matarla. Entonces le hacía el amor. No entiendo por qué, esta era una forma de venganza. Cuanto más furioso estaba con ella más delicadeza ponía en toda nuestra relación, a partir del momento en que habíamos decidido hacer el amor. Seguramente me sentía débil y ridículo —78→ ante sus comentarios que implicaban suficiencia. Entonces pretendía afirmar mi posición demostrándole superioridad en la cama. Pero la cosa no resultaba así, porque me torturaba la idea de que a mí me gustaba más que a ella. Esto debía ser cierto de alguna manera, ya que tenía tales dificultades para alcanzar el orgasmo. Entonces mi superioridad se convertía en dependencia. Yo la necesitaba a ella más que ella a mí. Así me sentía al día siguiente del triunfo del bando azul, mientras informaba a Mariana de las últimas novedades, sin ningún objeto y frente a su sincero desinterés por el tema. En lugar de desvestirme puse una hoja nueva de papel de dibujo en mi mesa, y le pedía que se parara frente al espejo. Esto le gustó. Hasta creo que me miró con ojos de amor. Hice un rápido bosquejo con pastel color ladrillo, y señalé con abundante sombra la zona del pubis. Cuando terminé el dibujo, Mariana se acercó y quedó encantada. «¿Pero tengo tanto pelo?» -preguntó extrañada. Se paró esta vez frente al espejo y comparó con el dibujo. -«No tengo tanto -dijo- pero queda bien». Mariana vivía en la más alocada de las fantasías o en el realismo más simple. Este cambio permanente entre uno y otro extremo me resultaba desconcertante y fascinante. Pienso ahora que lo que me resultaba fascinante era su trasero y el sabor de su sexo, y a partir de allí me sentía inevitablemente inclinado a encontrar fascinante cualquier cosa. Pero siendo la naturaleza humana una armoniosa o desarmoniosa relación entre el cuerpo y el espíritu, era difícil establecer con precisión los límites de mi admiración y la naturaleza de mi sometimiento. Tampoco tenía particular interés en establecer esos límites, ni lo consideraba necesario. Me inclinaba por una u otra alternativa de acuerdo a la espontánea tendencia de mis sentimientos, que oscilaban entre el amor más desorbitado y el odio más profundo, mezclado con un profundo desprecio que me conducía a un curioso estado de exaltación al descubrir, inevitablemente, que a pesar de todo me resultaba imposible la idea de no volver a verla.
—79→Condicionado por estas reflexiones, a favor de una buena relación sexual y no en contra, es que recorrí suavemente su espalda con mis labios y mi lengua hasta llegar a su blanco, suave, cálido, fuerte y delicioso trasero que besé, acaricié y lamí con dulzura hasta lograr que Mariana espontáneamente se diera vuelta y empujara con suavidad y firmeza mi cabeza hacia su sexo. Después de un terrible, enloquecido y alucinante orgasmo la penetré con amor, con delicadeza, con contenido y bien administrado deleite.
Quedamos abrazados, sin hablar, durante un largo rato. No puedo saber qué pensaba Mariana, porque jamás sabré absolutamente lo que piensa en esas circunstancias o en cualquier otra, salvo que ella lo diga espontáneamente. Pero sus pensamientos la llevaron a apretarse contra mí, cruzando una pierna sobre mi cuerpo. Como tratando de apresarme con sus brazos y sus piernas. Con fuerza y con ternura. Yo quería que ese momento no pasara jamás. Que no hubiera más horas o días o rutina o vestirse o salir a la calle y comer y trabajar y perder el tiempo y esperar lo que nunca puede llegar, y a veces llega y dejarlo pasar y marchar a la redacción y comer cada día en un lugar diferente, ir al cine, crecer, luchar y estudiar y morirse, saber por qué y cómo y para qué y la fatiga inclemente, terrible, angustiosa, feliz e intolerable de la vida. Nunca más. Para siempre, allí en la cama. Los dos abrazados, antes que el tiempo, la vida, los hechos, las circunstancias, la adversidad, el destino, la gente, los padres, los hijos, los hombres y las mujeres nos separen, se introduzcan entre nosotros como una cuña feroz, despiadada, estúpida, odiosa, sin sentido, pero brutal e inexorable y nos separe, nos destruya, nos mate, nos aleje, nos castigue.
Como ya había ocurrido otra vez, cinco o tal vez seis o siete, no lo recuerdo ni quiero recordarlo con precisión. Pero varios, pocos, muchos meses atrás, cuando salí del hospital al que había llevado —80→ a Julia, sin luchar, entre la vida y la muerte, pálida y abandonada en esa camilla de la ambulancia que seguramente había llevado mucho dolor y sufrimiento y muerte y ahora atravesaba entre los camiones repletos de soldados amenazadores e indefensos.
Y cuando los médicos dijeron que todo iría bien y las monjas del sanatorio aceptaron que Julia se quedara, a pesar de haber intentado suicidarse, cuando la madre superiora con asco y fastidio y desprecio y sin ninguna caridad, dijo «bueno, que se quede», en ese momento salí del sanatorio, sin rumbo, como borracho, pero con una curiosa, impecable, clara lucidez ante lo que había ocurrido y lo que estaba ocurriendo y lo que podía acontecer por mano de un destino aciago, loco, impenetrable, estúpido, sin piedad, ajeno a nuestras esperanzas, y decepciones. Sin razón. Caminé hasta mi pequeño, vacío, silencioso, oscuro departamento y me arrojé sobre la cama y pensé tontamente que tenía que tomar una decisión. Que algún hecho, acto, movimiento, tenía que producir como respuesta, complemento, consecuencia, de ese otro que había ocurrido casi frente a mí, como un golpe en medio del pecho que nos deja sin aliento. Entonces algo tenía que hacer. Simplemente para que no se perdiera inútilmente en el vacío. Para que la dinámica produjera dinámica y la energía continuara a la energía. Y las voces siguieran a las voces y no a los torpes, inútiles, angustiosos silencios, y los gritos fueran parte de un coro de gritos, enorme, terrible, no majestuoso que eso es cursi, gritos frenéticos e inmisericordes de los que quieren vivir y por eso mueren y matan. Seguir siendo parte del coro y no escapar, ocultarse, dar vuelta la cara y los ojos y el pensamiento hacia otra cosa distante, diferente, extraña, y como no podía hacer eso, porque en realidad no sabía cómo se hacía, y no tenía el coraje y la fuerza y la decisión y el amor a la vida que exige el egoísmo, pensé que tenía que hacer algo. Llegué a la oscura, absurda e irracional convicción de que mi forma de hacer algo era, en definitiva, dejar de hacer algo. —81→ Entonces resolví no ver nunca más a Mariana. Era una ejecución. Me condenaba porque era culpable. ¿Quién más podía serlo? Yo, claro. Además de sus padres y mis padres y sus abuelos y mis abuelos y los parientes lejanos y cercanos y los vecinos y los amigos y parientes de los vecinos y los habitantes de las ciudades y de todas las ciudades y países y continentes que habían cobijado tanta gente, y los gobiernos y el poder y la cultura, y el pensamiento y las universidades y las iglesias y la guerra y la paz y la lucha y la fatiga y el descanso y la ambición y el placer y la envidia y el dolor, la perfidia y la mentira y el egoísmo y el sacrificio y todas las ideas y personas y sentimientos y ambiciones que forman, simplemente, esta gran acumulación de esperanzas y frustraciones que es la humanidad, como expresión arbitraria que pretende definir a la gente. Entonces yo era culpable y por eso me condenaba. Lo que no advertí esa noche terrible, estúpida y solitaria, fue que mi culpa estaba en mi soberbia. En creer que esa cosa brutal que había ocurrido era consecuencia de mi abandono. La poca consideración que tenía por Julia, me inclinaba a suponer que carecía de motivos personales, auténticos, sólidos, profundos para intentar terminar con su vida, y que el único motivo válido era yo.
No sé si era cierto, pero una fuerza extraña e incontrolable me conducía a tomar esa decisión, como si la felicidad, el placer, la alegría hubieran sido solamente una expresión equivocada, accidental, solamente un período injustificado, imprevisto de mi vida que no merecía lo que no me había esforzado por conseguir. Como si solamente las cosas que se obtienen con esfuerzo, materiales o inmateriales, fueran las únicas capaces de ser gozadas. Y esto no era cierto. Era una mentira absurda, total, sin fundamento racional, porque en realidad nada se consigue sin esfuerzo, solamente que es muy difícil, imposible, medir en qué consiste el esfuerzo, qué es esfuerzo y para quién. Cuándo este esfuerzo es consciente —82→ o simplemente se trata de una acumulación incesante de esfuerzos cotidianos, sobre los cuales la vida se desliza en una faena continua que deriva, como los veleros en el océano, según la fuerza y dirección del viento y la velocidad de las corrientes. Pero el viento y las corrientes son las circunstancias de la vida, que se aprovechan o desaprovechan, en relación con la propia orientación, así como el velero utiliza esas fuerzas favorables o desfavorables para avanzar, retroceder o cambiar el curso teniendo siempre como meta el puerto que se ha fijado como destino. De manera que la condena a la cual me sometía implicaba una suerte de trampa de la cual era creador y víctima consciente. No quería reflexionar sobre el hecho de que implicaba también un método para liberarme de Mariana, a la cual estaba unido a través de una dependencia que no me atrevía a evaluar en su real magnitud. Por eso, cuando escuché la campanilla del teléfono y después la voz ansiosa de Mariana que preguntaba dónde había estado, me apresuré a relatarle con todos los detalles el episodio que acababa de protagonizar y cuidadosamente recordé de dónde venía, antes de pasar por la casa de Julia y las circunstancias de esos dos días que habíamos pasado y como desde el sol de la vida, del placer y el abandono feliz al goce de nuestro amor, había pasado a la oscuridad, al displacer, a la muerte y al abandono, al dolor. Mariana escuchaba en silencio, no hacía preguntas, pero con la lucidez e inteligencia con que me apabullaba, sorprendiéndome, esperó el fin de mi relato y aun la afirmación de mi decisión de no vernos más, para decirme: -«Entonces sos culpable del placer y del amor. Y yo soy tu cómplice. Y para castigarnos has resuelto que nos separemos -vaciló unos segundos-. Pobre querido, cuánto te amo. Pensar que aprendo tantas cosas en tu compañía. Que me has enseñado tantas cosas de la vida y todavía no te has dado cuenta que todas las vidas son únicas e independientes. Que nadie es responsable de nadie. Que cada uno es dueño de su propio destino. —83→ De su felicidad o de su infortunio». Dijo muchas otras cosas. Bellas y profundas, simples y tiernas. Llenas de inteligencia, lucidez y sensibilidad. «Si no querés que nos veamos más, estoy dispuesta a aceptarlo -dijo-; me duele, me hace mal, pero lo acepto porque así lo quieres. Pero no esta noche. No hoy. Hoy quiero estar a tu lado. Aunque sea la última vez, pero quiero que sepas que finalmente no estás solo y que te amo como jamás amaré a nadie. Quiero que cuando nos separemos lo hagamos con plena conciencia de lo que destruimos, si algo puede destruirse. Porque lo que se siente y se vive de esta manera, existe siempre, profundamente, aunque no sirva para hacernos felices».
Media hora más tarde nos encontramos en el bar del Golf de Palermo como una pareja mas, entre todas las que en la media luz y la música suave preparaban su posterior periplo por los hoteles de la zona norte.
Fue una larga, pesada, dramática y a la vez ingenua confesión de mi vida con Julia, con grotescos fantasmas que brillaban y se apagaban entre las luces del bar, que acompañaban los tonos altos y bajos de la música. Esos fantasmas eran más irreales, más intangibles, que mis propios fantasmas que se introducían y salían de mi largo y aburrido relato, adornándolo con destellos misteriosos, atractivos y conmovedores, a pesar de su elemental y árida simplicidad. Mientras hablaba tuve la extraña sensación de que yo mismo me contemplaba y me oía desde alguna distancia. Me esforzaba en evaluar, como un autor que mira desde la platea su obra representada por otros en el escenario, hasta qué punto estaba a la altura de las circunstancias y me esforzaba en adivinar de qué manera vivía Mariana los detalles de mi historia.
—84→
La límpida imagen de un pueblo masivamente enrolado en el bando azul y de un grupo cívico militar triunfante, rebosante de ideas democráticas, generosas, amplias y sin revanchas fue derivando, en los días sucesivos, a los normales enfrentamientos entre los subgrupos que pretendían instrumentar el poder en función de su particular manera de interpretar las necesidades del país. Muchas veces esa particular manera coincidía con los propios, individuales e imperiosos intereses personales de una manera rotunda. En otros casos se esbozaba entre declaraciones que trataban de disimularlo. Los amigos y socios de ayer eran los enemigos de hoy, y los que hasta ayer coqueteaban con el grupo colorado, sin ninguna explicación previa, asomaron sus rostros, tallados en el ascetismo de las virtudes cívicas, en el despacho del Comandante en Jefe triunfante.
Un pequeño grupo de politicólogos, nombre que generalmente se les da a los políticos con vocación pero sin votos, que deriva de un equívoco y frustrado contacto con alguna expresión del pueblo hacia la literatura política, cargada de adivinación del futuro, buenos consejos, y la indirecta manifestación de su más absoluta vocación de servicio y sacrificio, para zambullirse en la monotonía y el displacer de alguna subsecretaría o por lo menos algún cargo de consejero, para cualquiera de los coroneles o generales que serían exaltados al poder como consecuencia del cambio. Estos le explicaron al Comandante en Jefe que debía ser el Presidente constitucional, a través de un proceso urdido por su experiencia política. —85→ En estas reuniones destacaban las extraordinarias dotes de conductor y de esclarecido hombre de Estado del general triunfante. Este, no por modestia, sino por irrenunciable torpeza, no acertaba a suponer que se estaba hablando a su favor. La torpeza del Comandante en Jefe tenía el límite natural de su correcta apreciación del ejercicio del poder y de su apasionada admiración por el éxito. Y allí el éxito era él. Para trasladar ese éxito al plano político institucional no necesitaba politicólogos, sino al mismo Mandrake. Por otra parte, el pueblo, supuestamente agrupado alrededor de un movimiento autotitulado Frente Nacional, esperaba su turno para la negociación a través de sus dirigentes políticos y sindicales. Lo más curioso de este período fue que ningún grupo hablaba mal del otro. Los excesos verbales, la arbitrariedad, la falta de medida y de prudencia de políticos y militares, habían permitido que un presidente cayera arrastrado por la violencia de los intereses económicos desplazados por la política oficial. Ese recuerdo estaba demasiado fresco y los culpables, cualquiera fuera su grado de estupidez o irresponsabilidad, se sentían inquietos ante el caos generado por su conducta como peones al servicio de objetivos que, en definitiva, apenas intuían o desconocían completamente. Ahora se decía en las fuerzas armadas que los colorados eran la infantería dentro del ejército y los azules la caballería, porque el Comandante en Jefe era de caballería, y la mayoría de los oficiales que lo rodeaban pertenecían a esa arma.
Allí empezó a esbozarse una nueva secta: la pingocracia, sistema político institucional de largos alcances en la política nacional.
La Revista fue derivando de la crónica política al humor político, sin proponérselo. La única propuesta consistió simplemente en tratar de sintetizar o transcribir todo, absolutamente todo lo que se decía en voz alta o en secreto, en los medios militares, económicos, políticos, sindicales y eclesiásticos. Las columnas en los —86→ diarios o las conferencias y declaraciones de los politicólogos fueron cuidadosamente seleccionadas y sintetizadas, y a un archivero malvado se le ocurrió resucitar las expresiones del pasado para consignarlas junto a las del presente, recordando, por supuesto, que tenían el mismo origen. Esto nos generó lectores y enemigos. Mi amigo, el dirigente sindical del transporte, después de las primeras semanas de euforia, había recobrado su sentido común.
Ya no buscaba al coronel en la Escuela Superior de Guerra, mucho menos después de descubrir que este había sido designado en un alto cargo en los servicios de informaciones, y su insistencia podría convertirlo rápidamente en subversivo. Simplemente se dedicó a especular, esperando el desenlace. Lo cierto es que los sectores populares agrupados en el Frente habían apoyado, antes y después del triunfo, al grupo azul. Y ya en el poder, el grupo azul designó a un Ministro del Interior integrante de la «pingocracia» que puso en la cárcel a varios de sus dirigentes. Se cumplían formalmente las normas de todo proceso de cambio.
Nuevamente el pasado irrumpía triunfante en el presente y proyectaba su sombra, grave error, su luz, hacia un futuro previsible. No me sentía decepcionado. Solamente algunas náuseas cada vez que analizaba la información para preparar mi página de la Revista.
En eso estaba cuando recibimos el llamado del Ministerio del Interior. Un amigo nos avisaba que el Ministro había ordenado secuestrar la Revista y clausurar la redacción. «Tómenselas que los chupan» -dijo, y cortó la comunicación. Nos fuimos. En realidad no hubo deliberación ni propuesta de reclamar a la Sociedad Interamericana de Prensa. Eso era para Gainza Paz o el Buenos Aires Herald. A nosotros nos hubieran comido los piojos en la cárcel de Devoto. Decidimos abandonar la redacción con dignidad y sin apuros evidentes. El propietario director de la Revista fue víctima —87→ de una lipotimia, que determinó su traslado urgente a la Pequeña Compañía de María, y solamente el viejo, estoico y escéptico jefe de redacción, que había padecido sus primeros magullones por la arbitrariedad como reportero de Crítica, treinta y cinco años antes, se quedó a esperar la policía.
Desde el café, frente al edificio de la Revista, observamos la llegada del celular y los dos patrulleros. Diez minutos más tarde bajó el viejo con los dos oficiales que conversaban animadamente. Subieron a uno de los patrulleros. El chofer y el suboficial del camión celular miraban a los espectadores del episodio con cierta frustración. Llegaron con el camión vacío y se iban con el camión vacío. Un papelón. Quince minutos más tarde, después de los primeros gin-tonic, llegó el abogado que no se molestó en subir a la redacción, y entró en el bar a conversar con nosotros. Le contamos la historia. Alguien le dijo que los patrulleros eran de la comisaría primera. «Voy para allá» -dijo, y se marchó sin pagar la cuenta. Tampoco su gin-tonic.
Me fui caminando por Santa Fe hacia el norte. Difícil imaginar mejor espectáculo. Las argentinas son sensacionales. Acababa de perder mi empleo, estábamos casi a fin de mes, podía apostar que nadie se preocuparía por pagar mi sueldo, y me sentía el tipo más libre, feliz e independiente del mundo. Cada mujer que pasaba era la aventura. Una mirada perdida o apenas insinuada era fascinante, misteriosa, llena de esperanzas y promesas. Pura deliciosa mentira que me encantaba. La idea de sentirme un periodista heroico y perseguido se me antojaba simplemente ridícula. No me importaba nada. Ni la revista, ni el gobierno, ni el ganso infatuado del Ministro del Interior, ni mi trabajo ni lo que fuera a ocurrir en el país en los próximos meses. Seguramente nada nuevo. El retorno del pasado. Pasé a dos cuadras del departamento de Julia. No había vuelto a vivir con ella, a pesar del intento de suicidio y a la —88→ renuncia a mi relación con Mariana.
El recuerdo de esos hechos ensombreció mi buen humor. Advertí de pronto que no tenía dinero. Que tal vez el viejo todavía estaba en la comisaría primera. Que los oficiales de policía tenían pinta de torturadores y los del camión celular, con toda seguridad, te hacían subir de una patada y te bajaban con otra. Mi propia frustración me hizo tomar clara conciencia del abuso, de la arbitrariedad. De la trampa del cambio. Azules y colorados eran la misma cosa, ya lo sabíamos, pero podía ser diferente, tal vez eran prejuicios nuestros, no, no lo eran, era la verdad, el Ministro del Interior tenía su propia lista de enemigos de la patria, su propia lista de salvadores de la patria, por supuesto encabezada por él mismo, andá a cagar, siempre ganan los mismos y se joden los mismos y además esto ya era insoportable, ya sabía que estaba entre los que ganan y en definitiva nunca se joden.
La Revista sería abierta, la clausura levantada, yo volvería seguramente a mi máquina de escribir, el viejo estaría jugando al truco con el comisario de la primera y el director, mártir de la libertad de prensa, entrevistado por la Sociedad Interamericana de Prensa y con argumentos firmes para no pagar a sus acreedores durante los próximos seis meses, volvería a desparramar su mediocridad a través de la normal expresión de aburridos lugares comunes frente a todos nosotros, pero ahora, con la huella indeleble del martirologio en su rostro torpe, estúpido, sufrido, sin imaginación, de ignorante, ladrón de terrenos tardíamente reivindicados por sus propietarios, con la plata suficiente como para mantener una revista escrita por un puñado de heroicos periodistas venales y escépticos, que se cagaban en él y simultáneamente en el Ministro del Interior y que además no tenían ni el interés, ni la voluntad, ni el entusiasmo, por sublevarse ante esa realidad que era cómoda, agradable, satisfactoria. Todo una mierda.
—89→No hay pájaros durante la tarde por la calle Santa Fe. Tampoco durante la mañana, a pesar de que eso es lo natural. Los pájaros cantan durante la mañana. No aquí en la calle Santa Fe. Ni durante la tarde y mucho menos en la noche. Y mi humor ya era una porquería. Desagradable, ácido, burlón, desdichado. Julia no se había muerto, pero hubiera sido bueno que eso ocurriera. O no es verdad. No hubiera sido bueno de ninguna manera. Hubiera sido el derrumbe, el horror, la tristeza, el desamparo, la oscuridad, la indiferencia, el absoluto, la profundidad de la soledad y él está bien, qué vamos a hacer, la vida es así, todo puede esperarse o nada, o qué más da. Muerte, silencio, fatiga, soledad, tristeza, abandono. Así llegué a mi casa. Si así puede llamarse esa mezcla de soledad, tristeza, desamparo, y si no hubiera sido por el portero, que en ese momento limpiaba el departamento, jamás me hubiera enterado, no hubiera sabido nunca, porque difícilmente hubiera repetido el llamado. Pero allí estaba Alberto, el portero de mi casa. Algunos meses atrás había aparecido en la puerta con un balde de hielo y una botella de champagne para festejar mi cumpleaños. Porque yo estaba solo. Es cierto, era mucho tiempo y Mariana no estaba todavía en mi vida. Y Alberto que es gordo y de buen humor, un libertino frustrado por su mujer seca, desagradable, baja y sin piedad por la gente y por la vida, advirtió que estaba solo y había descubierto también el champagne que tomó en mi casa. Fue quien atendió el llamado inesperado. La voz era firme, agradable, imperativa y a la vez cargada de inútil cortesía. Y esa voz, que era la del padre de Mariana, me había dejado un recado. Me sentí sorprendido. Pocas veces habíamos hablado con formalidad, ignorando con buena educación todo lo que pudiera tener importancia. Menos aún tratar de temas reales de la vida cotidiana. Mi vida con su hija, por ejemplo. Hablamos de política, de arte, de literatura. Todas cosas ajenas a nosotros. Es decir, no precisamente ajenas. Impersonales. Conversaciones casi académicas. —90→ Desarrolladas de manera que no hubiera ninguna posibilidad de introducir algún elemento personal, emocional, de comunicación verdadera. Educación. Formalidad y estilo de buena sociedad. Él sabía que yo era casado o que estaba separado a medias o que vivía con su hija de la que me separaban y acercaban muchos años de diferencia. No puedo decir que era de mi generación, pero no había muchos años de diferencia. Pienso que el estilo formal, convencional, era una deformación profesional que recordaba su pasado de diplomático o simplemente la consecuencia de una buena educación, o la posibilidad de mantener las distancias y preservar su independencia. Su individualidad.
Mariana dijo más tarde, que jamás hubiera pedido a su padre que interviniera, ni siquiera que intentara comprender su angustia y su tristeza, y seguramente eso era verdad en parte y en su mayor parte una mentira más, entre todas aquellas con que rodeaba su soledad y su apasionado deseo de compartir la vida, la alegría, el dolor y el abandono.
Porque, cuando respondiendo a aquel inesperado llamado transmitido por el portero llegué a la casa de la calle Quintana, Mariana estaba en su dormitorio, según me informó la mucama mientras esperaba la aparición de su padre, y yo estaba realmente intrigado, curioso, quería saber qué iba a ocurrir, cuál era el tema o el objetivo de la conversación y, al mismo tiempo, esperaba que el desenlace no se produjera tan rápidamente. Quería postergar ese momento sintiendo mi presencia en esa casa, y la presencia de Mariana, a quien no veía desde hacía varios meses, y la recargada acumulación de objetos bellos y costosos y el silencio, que se me antojaba extraño, mientras observaba el incesante desfile de automóviles que circulaban hacia la Recoleta, y el brillo duro de los últimos rayos de sol sobre los vidrios de las ventanas de los departamentos de la vereda opuesta y no sé por qué ridícula razón, —91→ recordé a la vieja vecina con su perrito pequinés y al portero que me había visto entrar, no sin cierto asombro, ya que, como era de suponer, sabía que el padre de Mariana estaba en la casa y yo no era más que un intruso, un visitante furtivo y a horas imprevisibles durante sus largas ausencias en ocasión de las hipotéticas aventuras conjeturadas por su hija. Cuando entró y me saludó con su natural cortesía, y hablamos de la situación política y del triunfo de los azules, y le conté la clausura de la revista, temí que en realidad la conversación se limitara a eso, por lo cual la ocasión, el llamado, la circunstancia me parecieron grotescos, inexplicables.
Seguramente interpretó el mensaje de mi desconcierto, mensaje que no había sido formulado, pero que adquiría mayor vigencia a medida que los últimos rayos del sol desaparecían y una semi-penumbra azul transformaba esa conversación formal y casi intrascendente en un coloquio intimista en el fantasmagórico escenario de las estatuas de mármol y bronce, los candelabros, las porcelanas y los veladores como sombras gigantescas, inútiles, abandonadas a una función diferente de la que generó su creación, y fue cuando ya casi la oscuridad nos envolvía por completo cuando dijo, con la mayor sencillez, como si se tratara de un lógico corolario de la charla política, unas pocas palabras:
-Ud. debe saber que yo amo mucho a mi hija. Y solamente en los últimos meses, por primera vez, desde su infancia, la vi realmente feliz. Ahora ha vuelto a estar triste.
Yo seguí en silencio, esperando la continuación de ese enunciado, pero al mismo tiempo advertí que el living ya estaba casi a oscuras, y que si alguien hacía algún gesto, realizaba el intento de encender alguna luz o se incorporaba, en ese esquema estático y cerrado de la curiosa relación que se había establecido entre ese —92→ hombre y yo, a pesar de la conversación intrascendente, nada de lo que pudiera decirse después tendría la profundidad, la sutil calidad de la relación humana que se había generado durante el largo tiempo que duró la conversación, y la delicada circunstancia, apuntada como último párrafo por el padre de Mariana, aun cuando ese no era un último párrafo, sino el principio del tema que seguramente había decidido su llamado y explicaba mi presencia en esa casa. Y entonces, como si hubiera sido previsto y preparado a lo largo de muchísimos ensayos, después de haber medido el tiempo innumerables veces, en el momento exacto en que él debía continuar lo que había comenzado o yo debía agregar algo a esa inesperada afirmación, entró la mucama, casi de puntillas, como un fantasma silencioso y en un rito que seguramente repetía cada día a la hora del crepúsculo, fue encendiendo las luces del living hasta que la escena cambió totalmente y transformó nuestro silencio en un hecho natural no embarazoso, sin conflictos, porque habían bastado esos pocos segundos para que yo entendiera la curiosa y a la vez natural decisión de ese hombre, a quien seguramente no le había sido fácil asumir la responsabilidad de llamarme y comunicarme lo que seguramente muy pocos padres serían capaces de confesar en circunstancias similares. La mucama volvió a entrar, esta vez con una bandeja, dos vasos y un balde de hielo que puso en una mesa baja y luego acercó tres botellas de diferentes marcas de whisky. Y cuando se marchó, me limité a decir con sencillez y sin agregar ninguna explicación que nadie me pediría, que yo también amaba a Mariana.
Más tarde ella calificó la conversación de ridícula, impropia de gente grande, abusiva, en relación con el respeto mínimo que debe exigir cualquier persona. Extemporánea, injustificada y carente del elemental pudor con que deben tratarse los asuntos relacionados con los sentimientos y la intimidad. -«Ustedes hablan de la gente como tratan la información política. Fingen que se trata de —93→ algo muy importante, pero en el fondo piensan que hay algo profundamente poco serio. Me niego a ser considerada como un tema de negociación o de comentario objetivo». Las fantasías de Mariana la llevaban a conjeturar que la larga hora crepuscular transcurrida entre mi llegada a la casa de la calle Quintana y el primer whisky, había sido dedicada a su persona, a la mía y a nuestra relación, frustrada, interrumpida, caótica, destructiva y bella como ella la imaginaba y yo la sentía. Ni su padre, ni yo, intentamos refutar sus afirmaciones ni aventar sus conjeturas con la fría información de que habíamos hablado de política y de los enfrentamientos entre azules y colorados y azules y azules y azules y colorados y colorados, y toda la ridícula, fatigosa y reiterada rutina de información que parecía calcar los días a lo largo de una serie ininterrumpida durante los últimos meses.
Pensamos, sin acuerdo previo, que no había que privarla de ese momento de deleite. Que se sentía feliz por haber sido protagonista principal en el diálogo entre su padre y su enamorado. Fue una especie de personaje de novela francesa del siglo pasado. Entre la virtud y el pecado. Entre el amor tierno, consecuente y, protector de su padre y el amor apasionado, egoísta y caótico de su amante casado, divorciado, solitario, independiente, desleal, inconsecuente, pero profundamente enamorado. De manera que nadie asumió la responsabilidad de informar la realidad, porque si bien nada de lo que Mariana imaginaba había ocurrido formalmente, todo eso había ocurrido en dos frases que no necesitaban desarrollo, ni explicación ni detalles. Posiblemente lo que había ocurrido era mucho más importante y profundo de lo que Mariana había imaginado. Pero en definitiva, todos nos sentíamos satisfechos. Lo cierto es que Mariana, durante nuestra despedida en el Club de Golf de Palermo, me dijo que hasta que volviéramos a vernos no saldría de su casa y allí estaría a toda hora, esperando. Jamás creí en esa afirmación y la atribuí a sus pocos años. Sin embargo, cada —94→ vez que llamé a su casa, generalmente a las últimas horas de la tarde o durante la noche, ella respondió a mi llamado. Sólo al cabo de varias semanas advertí hasta qué punto era una actitud anormal. Lo que no sabría decir es cuál era el punto de referencia válido, para evaluar la anormalidad. Dónde estaba el margen de la normalidad. Posiblemente ninguna actitud de Mariana se ajustaba a los patrones convencionales de la normalidad, si de esta manera podemos llamar a los usos y costumbres que reglan las relaciones de la gente, sin que nadie se lance a la aventura de analizar la validez de las premisas sobre las cuales se asienta esa normalidad. La decisión de encerrarse se compaginaba con su inclinación a la soledad, al automarginamiento y también a la autocompasión. Yo envidiaba su capacidad para la soledad, cualesquiera fueran las razones que la determinaran. Me consideraba un solitario, pero entre la gente. Necesitaba estar rodeado por muchedumbres anónimas, rostros, cuerpos y movimiento. Ruido y silencio y saberme solo y espectador de todo lo que me rodea sin que nada me obligue a participar. Pero la absoluta, real, concreta, y abismal soledad de un cuarto o de un departamento, era solamente un refugio transitorio, una estación privada que podía permitirme la libertad del acceso voluntario al mundo después de haber disfrutado de la posibilidad del aislamiento. Mi soledad era solamente un instrumento para preservar mi libertad, no una vocación natural que podía practicar sin esfuerzo y sin límite. Mariana era una especie de profesional de la soledad sin temor de que la vida transitara fuera de la ventana de su cuarto. Sin participar en ella.
Por eso, la noche de la sorprendente invitación de su padre, cuando salió de su cuarto y vino a saludarme, lo hizo con el afecto prudente y medido con que se saluda a un amigo en una reunión social y cuando, aprovechando unos minutos de ausencia de su padre me dijo con voz suave, cargada de ternura, que era muy feliz por volver a verme, pensé que nunca podría saber con absoluta —95→ certeza si eso era cierto, porque en el caso de que así fuera, nada había hecho para evitar la separación y menos aún para apresurar el reencuentro.
Esa separación tuvo consecuencias curiosas. No solamente no nos veíamos sino que tampoco teníamos comunicación con gente que pudiera informamos de cuál era la vida que llevábamos. La separación no dejó huellas y fue como si nunca hubiera tenido lugar. No fue un vacío que pudiera amenazar nuestra relación sino, por el contrario, una ligazón que hizo todavía más intenso nuestro amor. Hablábamos de esos meses como si hubiéramos vivido juntos cada momento, cada recuerdo, cada pensamiento. A veces nos preguntábamos si realmente habíamos estado sin vernos y terminamos admitiendo que se trataba solamente de una anécdota intrascendente, incapaz de condicionar el presente y sin significación en el pasado. Sencillamente había sido inútil, si es que alguna vez pretendió tener alguna utilidad ese acto compulsivo generado por circunstancias ajenas al hecho concreto de nuestra relación.
Fuimos felices, con todo el tiempo para dedicarlo concienzudamente a la búsqueda del placer. Nos quedaba esa alternativa que no exigía grandes gastos, ya que la revista continuaba cerrada, yo no tenía dinero y debía dos meses de alquiler en mi pequeño departamento. Lo cierto es que la búsqueda del placer no era una alternativa, sino el objetivo, fundamento y condición de nuestra irregular vida de pareja. Comíamos porque Mariana tenía una llave de mi departamento y la heladera, así como la despensa del departamento, aparecían cada día repletas de toda clase de alimentos y bebidas. Estaba cumpliendo la fantasía de gigoló que todo hombre ha alentado alguna vez. Con más encanto todavía porque la generosidad provenía de una mujer dieciocho años más joven, que hacía todas las cosas simples y confusas destinadas a —96→ probar que me amaba. No tenía ninguna preocupación. Cuando el propietario del departamento resolviera desalojarme seguramente conseguiría otro. Esto no ocurrió porque el encargado del edificio, gordo y amigo, castigado por la presencia inevitable de su mujer desabrida, dura, fea y desagradable, había logrado la suficiente confusión entre los gastos de expensas comunes del edificio, los alquileres, los impuestos y sus propios sueldos como para disimular el hecho de que yo no pagaba mi renta. No había sido complicado obtener ese resultado, ya que todo el edificio pertenecía a la única heredera de una gran fortuna compuesta por edificios de renta para habitación y oficina, campos en el interior del país y varias fábricas de productos alimenticios. El sistema podía tener filtraciones, como la generada por la solidaridad y afecto del encargado de mi departamento, pero funcionaba con la suficiente corrección como para incrementar los recursos de la propietaria del imperio a un ritmo satisfactorio.
Mariana no volvió a mencionar la sorprendente invitación que me hiciera su padre, ni tampoco recordó las escapadas fugaces destinadas a comprar objetos de arte que lo llevaban regularmente al departamento de su amiga. Tuve la impresión de que ella sospechaba que se había establecido entre su padre y yo una suerte de nueva relación o complicidad, a la que estaba ajena, y sus comentarios carecían ahora de la libertad con que pueden hacerse a un extraño que no tiene relación directa con los protagonistas. Lo cierto es que esa conversación en la luz crepuscular que creaba formas y sombras fantasmagóricas en el departamento de la calle Quintana, me había generado una nueva responsabilidad de la cual no solamente no intentaba escapar, sino que me resultaba atractiva. Era como si me hubieran transferido parte de la responsabilidad de padre, que se sumaba a la que todo hombre, cualquiera fuera el grado de su torpeza o excelencia, tiene con respecto a la mujer que ama.
—97→Curiosamente, me sentí atraído por esa familia, que no era de ninguna manera una familia. Sin embargo, allí estaban las condiciones básicas para la idea de familia, idea mítica contra la cual yo había reaccionado metódicamente a lo largo de mi vida y que ahora se me aparecía en una forma atípica pero atractiva.
Un padre con la madurez, la experiencia, la frivolidad, la sinceridad, la inteligencia, el placer de vivir y de amar. Con el amor por su hija y el respeto por sus sentimientos, errores o aciertos. El fantasma de una madre que no participaba de la familia pero que estaba siempre presente por carencia y no por presencia física, Mariana, solitaria, seguramente no por elección, sino como consecuencia de las circunstancias, con todos los defectos y virtudes que la hacían para mí un ser fascinante al cual amaba cada día más. Y mi propia soledad, mi fría y dolorosa aceptación de que no había tenido ni tenía una familia y que jamás me había interesado tenerla, lo cual era una mentira más de las muchas con que estructuramos nuestras defensas exteriores para preservar las debilidades interiores. De esta manera, sin advertirlo claramente al principio, fui sospechando que aquella relación caótica, fría y apasionada que nos sumergía en la guerra de dolores y triunfos, de caricias y orgasmos, se iba convirtiendo en una necesidad permanente de compañía y amor. Este descubrimiento me produjo una gran angustia. En la soledad de mi departamento, en mi cama sin Mariana, sentía que la palidez de su piel, su olor, la suavidad de sus piernas, la tibia dureza de sus pechos se había convertido en una necesidad vital, la misma que me imponía la alegría o la tristeza ante la hipótesis de que esa historia terminara. Necesitaba su cuerpo allí, a mi lado, cada noche.
Me levanté y miré las plantas y flores del pequeño jardín en que terminaba el departamento. Esas plantas eran consecuencia de la dedicación de Mariana. Ellas las compró y cada día las regaba y —98→ podaba cuando era necesario. Cortaba las hojas y las flores que comenzaban a marchitarse para que otras pudieran nacer y desarrollarse. En esos pocos metros de jardín daba el sol por la mañana y esas flores y plantas que habían cambiado, prolongado, alegrado, agregando un detalle exótico a ese simple paralelepípedo que era mi departamento, se convirtió en un modesto y delicado panorama que me alegraba las mañanas, frente a mi mesa de trabajo. Allí estaba ahora también la presencia de Mariana. «Cuando yo no estoy te acompañan mis plantas» -decía en un tono tímido, como pidiendo disculpas, tal vez temerosa de que yo respondiera con alguna expresión que pudiera herir la delicadeza de su intención. En ese momento Mariana no era capaz de darse cuenta que yo estaba absolutamente sometido.
En esos días tuve un sueño. Empezó bien y terminó en pesadilla. Veía en mi sueño el jardín del departamento, convertido en una jungla tropical llena de plantas, flores exóticas de todos los colores, enredaderas de orquídeas que trepaban por las paredes y lianas salvajes, alrededor de las cuales se apretaban flores bellísimas. En medio de ese jardín sofocante y caluroso, con humedad que impedía respirar normalmente, surgía una extraña flor de pétalos inmensos, muy blancos, con una corola de oro viejo que se movía lentamente. Como una agua viva en el mar, cerca de la costa, agitada lentamente por el ir y venir de las olas contra la arena. Y los pétalos comenzaron a abrirse y eran entonces brazos, y la corola se transformó en el rostro bellísimo de Mariana y dos pequeñas manchas azules, que permanecían quietas en el delicado movimiento de la flor, fueron aumentando de tamaño y se convirtieron en sus ojos, inmensos, azules, brillantes, como jazmines iluminados por la luz de la luna. Yo me sentía arrastrado hacia esa medusa inmensa, suave, olorosa, de colores brillantes que cambiaban su intensidad y no podía detenerme. Resbalaba, intentaba asirme de la mesa de trabajo, de las sillas, de la cama y mis manos —99→ eran de algodón y resbalaban sobre los objetos y a medida que me acercaba involuntariamente arrastrado por una fuerza irresistible a ese jardín, selva, jungla cálida de humedad, irrespirable, tenía la seguridad, la convicción aterrorizadora que me precipitaba a ese lugar para siempre, que los largos pétalos, brazos, pelo oro viejo de la medusa con el rostro de Mariana me recibían acariciándome, apretándome, rodeando mi cuello con sus brazos pétalos, cada vez más largos y suaves y fuertes y me empujaban hacia sí y hacia abajo y yo me iba convirtiendo en un ser pequeño, redondo, blando, a veces amorfo y los grandes pétalos me introducían, sin esfuerzo, como si yo flotara y no tuviera consistencia, en un hueco rodeado de pelos color oro viejo, encarnado, de luces que cambiaban de intensidad, que se movían lentamente al ritmo suave de un corazón en el sístole y diástole, pero era también una boca con labios carnosos, ávidos, urgidos por el hambre. Era, en definitiva, una vagina gigantesca, cálida, húmeda en la que me precipitaba para siempre, hacia la muerte, tragado por una fuerza terrible, salvaje, intensa, eterna.
Me desperté aterrado. La luna plateaba las plantas inundando el departamento con la serenidad de un jardín japonés.