Fabella
Miguel Gomes
—479→
|
La resignación infinita es el último estadio que precede a la fe... |
| KIERKEGAARD | ||
Lo que menos hubiéramos esperado de aquel sujeto era eso. Comíamos todos y su presencia se había hecho imperceptible. Entró con la mueca cotidiana de los que se disponen a almorzar y se sentó. Un camarero alterado, algunos minutos después, acudió a atenderlo. No pasó mucho tiempo antes de que le trajeran un plato de sopa. Por la espesura del vapor era fácil advertir que la primera cucharada iba a escaldarlo, y en efecto, tuvo que abrir la boca y llevarse las manos a la garganta, casi desesperado. Buscó sus anteojos, que habían caído al piso, y se ajustó la corbata. Una lágrima rodó por su cara. Pensamos que su llanto era lógico, pero luego comprendimos que se prolongaba mucho más allá de lo razonable. De repente, tras mirar el reloj, y con un vivo gesto de fastidio, hundió torpemente su rostro en el plato. Sólo al notar que sus manos amoratadas por la asfixia se retorcían de dolor, corrimos todos a ayudarlo. No bastaron diez personas para separarlo del plato y los cocineros vinieron a socorremos. Entonces, avergonzado, se secó la cara enrojecida y nos sonrío.
Justo cuando volvíamos a nuestros asientos se repitió el mismo juego. Nosotros lo único que al principio hicimos fue mirarnos los unos a los otros y esperar que él solo se cansara de la broma. Pero los minutos pasaron pronto y nos alarmamos; parecía no arrepentirse de su actitud. De nuevo terminamos ayudándolo.
Hizo más tarde varios intentos de arrojarse a la sopa, pero ya estábamos preparados. Teníamos la sensación de que un impulso irreprimible lo arrastraba a hacer aquello. Algún subterfugio para pasar el tiempo cotidiano de los almuerzos.
—480→Una vez que abandonamos el lugar -nos contó un camarero al día siguiente-, nadie supo dar cuenta de aquel desconocido: los cocineros, que no tenían la suficiente paciencia, contemplaron las últimas burbujas de asfixia que emergían del plato.
(Visión memorable)