El valor cultural de «La Regenta»: (y apuntes sobre el discurso clariniano)
Germán Gullón
Nos hemos mal acostumbrado a encerrar a los escritores en una burbuja, sin tener en cuenta que las personas viven en sociedad, que sus relaciones y actividades cubren ámbitos muy diversos. Leopoldo Alas fue mucho más que un narrador, y aunque no haga falta decirlo, conviene recordarlo. Su labor, por ejemplo, como profesor universitario no puede postergarse1, ni sus ayudas a la mejora de la ciudad en calidad de concejal, de traductor, de animador cultural, etcétera. Por eso, al estudiar su obra debemos intentar ver un poco más allá de su sombra y llegar en lo posible a la persona, a la cultura en que se movió.
Hay quienes gustan de apostar por cuál sea la mejor novela del XIX español, y la apuesta siempre anda entre Fortunata y Jacinta y La Regenta. Dependiendo del año o la celebración se considerará ganadora a una u otra. Lo cierto es que ambas juegan un papel mucho más importante dentro del concierto europeo del que semejantes apuestas parroquiales le asignan. Este crítico no puede pensar La Regenta sólo como la otra de Fortunata, porque la veo en diálogo con un grupo de novelas mucho más amplio. La obra nada tiene que ver con banderías autoriales.
Alas gana, pienso yo, gana mucho cuando lo sacamos de la literatura española o la francesa, donde le tenemos anclado con demasiada frecuencia. Lo debemos hacer porque Clarín, su Regenta, se ilumina cuando lo ponemos en contacto, por ejemplo, con León Tolstoi, con Anna Karenina (1873-77). Estoy seguro que Alas leyó la gran novela del adulterio del escritor ruso y que le influyó a la hora de escribir la suya; de hecho, creo que le influyó al menos tanto como Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Pero como dije antes, no se trata de más o menos, de calibrar, sino de abrir la obra de Alas, de que entre aire y podamos ver mejor su esencia.
Si me detengo en Anna Karenina es porque pienso que ambas tienen algo absolutamente novedoso: en ellas se da cuenta de la permanente miseria en que sume al ser humano el seguir la vida instintiva y su alternativa, la vida espiritual establecida como norma en sus respectivas sociedades. Dejarse llevar por el amor, como hacen Anna Karenina y Ana Ozores, lleva al desastre, pero a no menor desastre es a lo que conducen los valores consolidados por sus sociedades en el arte, en la religión. De nada le servirán a la Regenta todas sus lecturas, ni a su marido, ni al Magistral, ni a Alexey Karenin, porque la vida lo que ofrece, como bien ve el esposo de Karenina, es un abismo2.
Ese concepto abismal de la existencia es una actitud intelectual que comparten los naturalistas y los escritores espiritualistas, las dos tendencias novelísticas principales de los últimos dos decenios del siglo XIX. Una concepción del hombre y de la vida que la literatura tendrá dificultades en manejar, pues planteaba que las ideologías y el buen burgués no resolvían casi ninguna de las incógnitas vitales. Pronto la literatura, con el modernismo, le volverá la cara a esos problemas, y se los cederá a las ciencias emergentes, para su resolución y tratamiento, como la psicología y la sociología. El arte se volverá, como lo denominará José Ortega y Gasset, deshumanizado, literaturizado.
Este trabajo quiere indagar, desde pautas culturales, la gran novela de Alas, quien valientemente se atrevió, como Galdós o la Pardo Bazán, a representar ese abismo donde el hombre aparece desnudo de respuestas a las grandes preguntas. Clarín nunca ha sido uno de los autores populares, porque su arte no es un arte emancipado de su verdadera misión, la de intentar ver con un escalpelo limpio3, una lengua y una perspectiva afiladas, lo que sucede en la entraña humana.
Lo que resulta innegable es que la novela de Alas nació en una difícil encrucijada para el género, cuando éste había llegado a reflejar la dura entraña de la vida, desasida del tradicional apoyo que era la religión, y chocaba con la esperanzada visión progresista propiciada por la ciencia. Clarín fue, sin duda, uno de los últimos novelistas españoles en mirar al abismo, consciente de que su trabajo poseía validez social.
Cuando se ignora el carácter abismal de su literatura se buscará en ella toda clase de suplementos, el estético, por poner uno de los que trataré a continuación, que disminuyen el valor de su obra, le restan parte de su fuerza.
Constato una tendencia en la crítica de La Regenta, la practicamos o hemos practicado casi todos los clarinistas, que acorta, a mi modo de ver, el valor de la obra. Consiste en aplicar a la misma el supuesto rigor esteticista, insisto supuesto, de la propia crítica literaria del autor, y/o el dogmatismo de su producción ensayística, que precisamente empaña la sobresaliente contribución de la novela a la cultura española: el de ser un espejo de los valores sociales de su época, vistos a través del microcosmos que es el mundo de Vetusta-Oviedo.
Quizás el desajuste se deba a que mezclamos la doble inclinación de Leopoldo Alas hacia la literatura expresiva por un lado y a la crítica por el otro. Y esto no conviene hacerlo, porque son dos actitudes adyacentes, complementarias si se desea, pero que mueven la pluma con muy diversa finalidad. El Alas creador haya su centro de gravedad en el sujeto personal, en el sí mismo, mientras el Clarín crítico parte de un sistema de convicciones, secundario al personal del artista. La obra de arte se construye de dentro a fuera, mientras la pieza de crítica literaria, como la presente, de afuera a dentro.
A lo antedicho sumo el que la crítica sobre Leopoldo Alas narrador procede en muchas ocasiones, y desde luego sin mala fe, a situar esta novela en la línea de las piezas maestras preferidas por el consenso devaluación actual de la obra de arte. Se ensalzan sobre todo sus valores formales, estéticos, y la fuerza y singularidad de los personajes, pues así la novela cae dentro de los preceptos de la nueva religión laica que es la «buena literatura», defendida por todas las instituciones del presente, de la A a la Z, relacionadas con el arte de la palabra. Por supuesto que los grandes personajes como Fermín y Ana llegan a tocarnos las fibras más hondas; sin embargo, si adscribimos la obra maestra de Clarín al canon idealista preponderante en el mundo cultural español de la segunda mitad del siglo veinte, donde la literatura sirve para goce de las clases sociales escolarizadas y poco más, el alcance de este texto narrativo, y repito el verbo, se acorta4.
El arte novelístico de Leopoldo Alas no descansa en los laureles concedidos por la estética, sino en la amplitud y riqueza del mundo creado, un microcosmos que acaba siendo un universo donde aprendemos de la vida y de los hombres. Los grandes libros lo fueron antes de que se supiera nada de la estética, como la Biblia, el Decamerón o Don Quijote, pero los tres cuentan raudales de lo que nos importa: el ser humano. A esa tradición pertenece este largo libro de Leopoldo Alas, la de aquellos a los que el lector se acerca para entender mejor las figuras reflejadas en el espejo, y no a la endeble legión de los textos canonizados por los sacerdotes del esteticismo, del dogma estético.
La defensa del canon idealista a lo Harold Bloom tiene esa singularidad, que como el goce de la obra de arte es meramente personal e intransferible, una novela acaba por ocupar un continuo en ese autista catálogo, y lo único que vale de ella es lo que aporta al individuo, con lo que la representación de una sociedad particular en una obra deja de tener todo relieve. Dicho con claridad, que la representación de Vetusta-Oviedo en realidad no importa, supone una curiosidad más5.
Se ha olvidado con demasiada frecuencia la riqueza cultural que entraña este texto, es decir, la expresión de un sistema de valores que Clarín representa con una complejidad extraordinaria. Es más, la persona del propio autor se transparenta a través de las líneas, y lo vemos luchando en defensa de unos valores en combate desigual. A veces, tengo la impresión de quienes escribimos sobre esta obra postergamos demasiado dos hechos fundamentales e indiscutibles, que se trata de una obra realista, defínase ésta como se quiera, escrita en la época de la Restauración por un joven que había vivido la fecha de 1868 y experimentado sus consecuencias6. Descubrir al lector el mensaje cifrado en el texto, los culturemas que lo conforman, parece una de las labores cruciales a desempeñar en este primer centenario de su muerte.
Metido de lleno en ese empeño les voy a hablar hoy de un aspecto poco tratado, diría olvidado en los últimos años, que es la riqueza en el empleo de la perspectiva en Clarín, que permite progresar en la lectura de la obra escuchando voces múltiples y viendo con mil ojos, experimentando ese festival coral y visual que es el texto de Alas.
El concepto de perspectiva hace años quedó anquilosado en un formalismo que apenas servía para indicar que en una obra había distintos puntos de vista, tanto que llegó a ceder su lugar al de focalización, porque se desgajaba del mismo la parte no correspondiente a los sentidos, utilizados como los únicos medibles por el metro formalista. Se cerraba el paso a lo expresado por José Ortega y Gasset en La deshumanización del arte, que dependiendo de la distancia entre los sujetos se podría medir su envolvimiento emocional en los mismos. Pero Gerard Genette redujo el espectro del concepto de perspectiva a lo focalizable, lo identificable con lo que ve un personaje de otro o de un objeto o acción.
Para acercarme al texto clariniano desearía devolver al concepto de perspectiva la significación de distancia emocional de Ortega, que sumo a la de ángulo de visión de Genette, y que amplio con un componente cultural. Es decir, que manejo un concepto de perspectiva que no sólo dice del efecto de la persona que la adopta sino también de los culturemas, de los valores que configuran una determinada manera de ver, de crear un punto de vista. La perspectiva no sirve sólo para calibrar la mirada única y singular de un personaje, sino lo que la mirada conlleva, el reflejo de unos determinados valores extraindividuales, la carga de ideología, sea familiar o de grupo social, que todos incluimos en nuestra manera particular de perspectivizar el mundo.
La Regenta de Leopoldo Alas contiene en sus páginas una inigualada representación de ese sentido primario del conocer humano que es la mirada, esto lo venimos estudiando hace años7. Se nos transmite una lección inolvidable: que el mirar nunca es inocente, por el contrario, que aparece culturalmente condicionado. Nunca ni nadie mirará a Ana Ozores con ojos limpios. Comenzando por las personas de su entorno infantil, la institutriz y su lascivo amante, sus tías, su marido, Víctor Quintanar, su amante, Álvaro Mesía, las amigas, Obdulia, Visitación, Saturnino Bermúdez, los marqueses de Vegallana, todos, todos ellos la observarán con los ojos llenos de envidia, conveniencia o deseo, y desde una perspectiva en la que se suman a lo personal las apetencias de sistemas de valores que hacen que el lector experimente el texto narrativo como una explosión de culturemas, de pequeñas unidades de significado.
Desde la institutriz, a la que lo que le interesa nada tiene que ver con su visión de Ana niña, sino con la ambición de casarse con su padre y elevarse en la escala económica y social, hasta sus amigas Visitación y Obdulia, pendientes de asistir a Ana, aunque en realidad pretenden ponerle una zancadilla y hacerla caer en las redes de Álvaro Mesía, para que sea igual a ellas, ex-amantes abandonadas por el galán. Desean venganza, que Ana quede a su misma altura. Y fijémonos bien en lo que digo, que Clarín ha llenado la mirada de los personajes con unos sistemas de valores que a modo de filtro se proyectan sobre el entorno en que viven y no al revés, pues apenas se dejan influir por el entorno. Todo ello revela, como digo, un entramado de valores, un gran mosaico donde aparecen dibujadas las innumerables posibilidades del sistema de creencias existentes en aquella ciudad apodada Vetusta, el Oviedo decimonónico. Su estudio, insisto, nos entrega un retrato de enorme utilidad, que no debe interpretarse sólo por su posible contenido estético, sino por lo que tiene de verdadera expresión de las luchas del hombre por hallar los valores humanos esenciales que le permitan dignificar su conducta.
Será en las palabras, la voz del narrador, las de los personajes, cuando las escuchamos en un diálogo o reflejadas en los monólogos interiores o en el discurso directo o indirecto libre inscritas en los trozos del narrador, donde esa riqueza de perspectivas se manifieste también, para conformar el discurso coral. Pero un análisis de La Regenta actual apenas puede permitirse el prescindir de la aportación hecha por la mirada en esta novela. Lo sorprendente es que Clarín, más que ningún otro novelista por entonces, entiende que también la mirada está condicionada culturalmente, que vemos lo que estamos programados para ver, que el mundo no es trasparente y que no basta con poner un espejo en el camino.
El mismo comienzo de la novela, cuando el Magistral sube a la torre de la catedral y desde lo alto apunta el catalejo (y su deseo) hacia la casa de la Regenta, buscándola, no sólo consigue que entendamos que esta novela va dedicada a las cosas de tejas para abajo, aunque parezca, sólo parezca, que se trata de asuntos elevados, como la religión o el amor. Lo que sucede es que indica que el espacio mismo, presidido por esa enorme y única torre de la catedral de Oviedo (Vetusta), condiciona el espacio, es el mirador que debiera elevarse al cielo pero, en cambio, baja a la tierra.
Quien niegue la posibilidad de escuchar la voz de un autor en el texto, quizás esté sordo a la queja que se escucha aquí en el mero comienzo del texto, cuando un escritor profundamente tocado por el romanticismo, actitud manifiesta en la manera en que siente y representa la grandeza de la torre de la catedral, de ese dedo que pretende tocar el cielo, cuya altura intenta llegar real y simbólicamente tan alto que pueda hablar a Dios. Leopoldo Alas, el hombre, es también el escritor romántico que se deja llevar por la grandeza de lo mejor humano, aunque reconoce las circunscripciones en que la vida pone al hombre. Estos dos movimientos anímicos, el romántico, que se revela y desea identificarse con lo mejor nuestro, el ideal, y el realista, mundano, proveen el ritmo vital y novelístico de esta obra. No es la moral ni la psicología, sino la vida que sale palpitando del cerebro del autor y se representa sígnicamente en el texto literario, que late no al ritmo de la ideología, sino al del existir.
La Regenta presenta un rico entrelazado de texto narrativo y de focalizaciones múltiples, que provoca a escuchar las palabras del que cuenta acompañadas en nuestra mente con el sinfín de imágenes y perspectivas sugeridas. El narrador actúa, en verdad, de maestro textual que orquesta con destreza ese permanente ir y volver de fuera del personaje al adentro, para que sepamos y entendamos cómo se ven unos a otros y se suponen ser, cómo desean que sea el otro, pero sobre todo cómo se ven y entienden a la Regenta misma, y, en segundo lugar, al Magistral.
Clarín funge de mediador en un mundo furiosamente entregado a mirarse, a suponerse, que a pesar de esa intensa actividad de reconocimiento del otro apenas sabe comprenderlo. La principal actividad por la que el ser humano llega a entenderse es reflexionando, ayudado por la lectura, lo que permitió el nacimiento de la conciencia individual8, pero esta sociedad es una sociedad yerma de libros, a no ser los más superficiales, los semieróticos, la Historia de la prostitución de Dufour entre otros, preferidos por el Marquesito de Vegallana, los folletines de las tías de Ana o las lecturas recomendadas a la Regenta por el Magistral con el propósito de encender su fe. Álvaro Mesía resulta incapaz de leer y, desde luego, rechaza todo lo que en su lenguaje denomina metafísica, a él sólo le va el materialismo. «Los vetustenses tampoco creían en metafísica, tampoco sabían de ella» (pág. 184), apostilla oportunamente el narrador. Quizás sean las lecturas de Víctor Quintanar las que mejor revelen el carácter superficial del conocerse en esta sociedad. Él lee, en realidad, con el fin de declamar los sonoros versos de los dramaturgos del siglo de oro. Todo es la forma, el fondo en verdad no cuenta, como se demuestra al final de la obra, en el que, cuando tiene que poner a prueba su concepto del honor, es incapaz de lavar la ofensa con que Mesía ha mancillado su honra.
Por ello, es la sensualidad, lo externo, la naturaleza primera del hombre, lo que asfixia a Ana. La Regenta no presenta un proceso histérico o similar trastorno psicológico. Podría pensarse por la fecha de publicación de la novela, que la pone en natural cercanía de otras obras que llegaban por entonces a España, de León Tolstoi, por ejemplo, que el lector encontraría en sus páginas más psicología, más vistas de movimientos anímicos, pero poco hay de ello. Porque la psicología está basada en el clímax, en la mezcla de movimientos anímicos y en la posibilidad de llegar al origen del mal. Aquí lo malo de Vetusta se halla en el carácter de los propios protagonistas, ellos mismos son portadores del mal y carecen de capacidad para autoauscultarse. El narrador digamos que pone la historia en marcha y les deja hablar, mirarse, mientras él con unas pocas intervenciones aclaradoras, les deja que muestren su verdadero carácter.
Ana hace un valiente intento por alejarse de ese mundo, aunque se ve obligada a casarse con Víctor y, luego, a vivir en esa sociedad donde los valores que rigen la obligan a ser de una manera distinta de como quisiera. Su padre fue un rebelde, y ella iba camino de serlo, pero la verdadera independencia de los decretos sociales sólo se puede lograr poseyendo una base firme de conocimiento (Máximo Manso, Evaristo Feijoo) o de innata convicción (Fortunata, Sotileza). Los que quedan en medio son personajes que acaban mal y las heroínas de nuestras novelas pertenecientes a este tipo son muchas y se llaman la Gaviota, creada por Fernán Caballero, Isidora Rufete, por Benito Pérez Galdós, o nuestra Ana Ozores.
Ana perecerá ante el acoso de las miradas, cargadas de prejuicio y de emotividad. Vemos así como Vetusta y los vetustenses son los que cumplen el destino triste de una cultura que vive de la palabra viva, en que dominan las fórmulas, el dogma, lo no pensado. Maria Rosaria Alfani, tras comentar brevemente la famosa apertura de la obra en su excelente libro sobre Alas novelista, cuando Vetusta duerme la siesta concluye que en la episcopal ciudad la «vita dello spirito è interdetta» y que «Vetusta pertiene l'organico e el pulsionale»9. Es una sociedad que huye de la palabra escrita, de la reflexión, del contraste de ideas. Ni siquiera la ciencia florece en este entorno, ni la médica, y sólo una persona excéntrica que vive fuera de la realidad, como Frígilis, es capaz de entender algo de ello. Pienso que Clarín, y esto es una mera intuición, estaba salvando, aludiendo a algún hermano, quizás Adolfo, que fue un mal entendido, o a un amigo.
Tenemos, pues, que comprender que la perspectiva desde la que escribe el narrador es la de una cultura incapaz de reflexionar, de contrastar opiniones, que se halla fuera de las principales corrientes intelectuales de Occidente. Parece incluso que con respecto al arte tampoco les va mejor. Hay una fuente de espiritualidad, la música, que tampoco parecen saber aprovechar, a pesar de la riqueza musical del Oviedo de la época, que Ana Tolivar Alas tan bien conoce: una de las tres capitales más importantes en cuanto al arte musical, tampoco parece salir bien parada en este retrato de Vetusta.
O sea que, junto a la bajada de los ideales religiosos a ras de tierra, que efectúa simbólicamente el Magistral cuando, subido en la torre de la catedral, busca a la Regenta con el catalejo, encontramos también un descenso al nivel de los valores que rigen las relaciones humanas, exento éste de la menor altura. Nadie en la novela, exceptuado el narrador, parece advertir que las miradas, la conducta de los personajes, viene provocada siempre por el más bajo común denominador de la conducta humana o, digamos, por el más exterior y mudable. Álvaro busca a la Regenta para satisfacer el orgullo de donjuán, el Magistral por el deseo de poseer la joya más preciada de la ciudad y la propia Ana desea al donjuán por su físico. El ambiente social de Vetusta causa este deterioro de las relaciones humanas, donde sólo cuenta lo que apenas eleva al hombre sobre el nivel del suelo. La propia religión, exceptuado el fuerte cristianismo del obispo, parece un burladero de las buenas intenciones y, desde luego, ni es ejemplar ni muestra ninguna elevación.
Así como Galdós estaba por los años en que Clarín redactaba La Regenta obsesionado por las apariencias, y basta exhibir como muestra La de Bringas, Alas se preocupaba por la vaciedad de su sociedad, donde la ciencia, la lectura y el arte carecían de un espacio donde manifestarse. Hay muchas escenas simbólicas, pero pocas como una en que Ana Ozores pasea con su criada Petra por el boulevard o Calle del Triunfo de 1836, la actual calle Uría. Hay aquí, en este genial capítulo, un sensualismo que define las relaciones en esta sociedad, donde se igualan las clases sociales.
Al caminar por la calle del Triunfo del 36 siente ella el olor picante de la masa trabajadora que por allí se pasea y presencia una disputa entre novios, en que el joven enfurecido por los celos amenaza con asesinar a la chica. Esta escena, que ya he comentado en otro lugar, culmina con un momento en que se cruzan las miradas del novio celoso y de Ana, y ella lee en sus ojos la fuerza de la pasión amorosa (pág. 179)10. Acto seguido emociona también a Ana ver unos niños pobres mirando golosos los pasteles expuestos en el escaparate de una confitería, que no eran para ellos. Se «le antojan compañeros de desgracia, hermanitos suyos, sin saber por qué» (pág. 179).
Inesperadamente Álvaro Mesía y el Marquesito de Vegallana aparecen ante ellas. Leamos el encuentro:
| (págs. 179-180) | ||
Aquí vemos claro cómo funciona este discurso coral clariniano a varias voces y muchas miradas. Tanto Ana como Álvaro desconocen el porqué de las cosas, ella de la emotividad que le produce la vista de los niños pobres y él de los desánimos que le había producido la mirada de Ana por la mañana. El narrador prepara bien la escena, sobreiluminándola, para resaltar mejor que lo importante es lo que se ve, lo proveniente de los sentidos. De hecho, en esta escena el encuentro es narrado sin que escuchemos las palabras de ninguno de los participantes; únicamente el narrador penetra en el interior de los personajes y nos dice qué es lo que sienten o, mejor dicho, qué es lo que llevan dentro guiando sus miradas. Así transcurre la escena, tanto que el narrador se da cuenta y pone en boca de Álvaro la siguiente frase: «Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos» (pág. 184). Porque se trata de una escena, de un texto, donde predomina la voz del narrador que sigue a los personajes y las miradas de los mismos. Casi diríamos que la secuencia verbal que, bien articulada en frases, va combinando las diferentes acciones y lo que piensan los personajes, contrasta con el contenido del texto, donde domina ese cruce de miradas. La causalidad del discurso del narrador acoge en sus palabras el intercambio de miradas que los personajes sí saben interpretar. Ellos saben leer en los ojos, en el contacto emotivo, pero desconocen el lenguaje de lo razonable. Saben tomar por verdad lo percibido mirando, pero no las verdades racionalmente adoptadas11.
Pero, como ya dijimos, lo significativo es que los personajes ven lo que querían ver, no la realidad de los hechos, como Ana cuando entra con Petra en la calle del Triunfo de 1836, rúa que había visitado en muchas ocasiones, pero «en esta ocasión, con una especie de doble vista, creía ver, sentir allí, en aquel montón de ropa sucia, en el mismo olor, picante de la chusma, en la algazara de aquellas turbas, una forma del placer del amor» (pág. 178). El narrador lo identifica como una doble vista, lo que quiere decir que no ve lo que hay sino lo que quiere ver. Lo que hay es mucha pobreza, suciedad, pero en lo que ella repara es en el amor, en su propia sentimentalidad. Porque ella viene de recordar la confesión, donde a su nuevo hermano del alma, el Magistral, le ha contado todo, mejor dicho lo que quería contarle, pues ha dejado fuera que ella siente una fuerte inclinación hacia Álvaro Mesía.
Vemos así como el narrador incluye dentro de su narración una focalización, la perspectiva del personaje repleta de un sentir. Aparece así una inmediatez de la experiencia humana que recuerda en sus manifestaciones las características de la oralidad, donde se revela una incapacidad para la autorreflexión. Los personajes al salir a la calle se trasforman, se dejan afectar por la sentimentalidad emotiva del contacto, de la mirada, y pierden el sentido de la mesura, de la compostura. Así vemos a Clarín excluyendo de la sociedad vetustense la serenidad, la posibilidad estética de pensar bellamente. Diríamos que es una sociedad que piensa en feo. Esta es una de las razones por la que la obra fue considerada negativamente por quienes desdeñaban el naturalismo.
El discurso coral, la conjunción de la voz dominante del narrador asistida por la de los personajes, introducida en el texto por medio del estilo directo, del estilo indirecto o del monólogo interior, viene a confirmar en casi cada ocasión la pobreza verbal o expresiva de los protagonistas y produce al tiempo una profunda ironía12. Dentro del mismo texto narrativo se efectúa un contraste entre lo narrado, los valores del narrador y los valores que rigen tanto la mirada de los personajes, contenidos en las frecuentes focalizaciones, como la manera de hablar; ésta última, reflejada en la forma de estilo indirecto, aparece destacada visualmente en la página en muchas ocasiones por las itálicas, que subrayan las palabras clave que dicen lo contrario de lo que el personaje que las usa desearía decir. Se produce además un choque entre palabra y mirada, entre palabra e imagen. No olvidemos que esa es también una de las disyuntivas del Quijote, donde la imagen, sea la del hidalgo, la de Dulcinea, la del narrador en el retablo de maese Pedro, nunca cuadra con lo que sabe el narrador. El narrador sabe que no existe Dulcinea, pero eso es lo que ve don Quijote, aunque acabe en una gran epifanía aprendiendo la verdad. Bien, pues, aquí sucede algo semejante, el narrador sabe que las palabras no son lo importante en esta sociedad, sino las miradas. Cervantes resolvió el problema creando un objeto estético, antes de que existiera esa rama del saber, porque permitió a su personaje pensar bellamente, sublimar sus deseos. En el caso de La Regenta se trata precisamente de lo contrario, una sociedad que es incapaz de pensar o mirar sin malicia. Por ello, la última razón de la belleza de esta novela no pertenece a la tradición de las obras luminosas de la literatura española, donde se insertan las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer o Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, sino a la corriente del claroscuro, que va de La Celestina pasando por Goya, que es el prisma artístico de esta tradición, al esperpento y Tirano Banderas, de Ramón María Valle-Inclán. Podríamos hablar de belleza asimétrica, porque las aristas dominan en la figura resultante más que los bordes suaves. La lectura de La Regenta nos deja desazonados, sin esperanza, y sabiendo que la vida seguirá pesando sobre Ana Ozores y Fermín de Pas.
No me resisto a cerrar estas palabras diciendo que ahí veo asomar a Leopoldo Alas, empeñado en que la palabra, la lectura, la ironía, sus armas, las que maneja con destreza, sirvan para combatir la torpeza de una sociedad que se deja llevar por sus peores instintos. Lo que denomino el discurso coral resulta ser el protocolo narrativo, el marco, el parapeto desde el que Alas se lanza a imaginar en personajes creados, que reflejan muchos de su entorno vital, y nos deja poco espacio para imaginar, porque la historia está clara, muy distinta en este sentido a Su único hijo.
Cuando el Magistral busca desde lo alto de la catedral a Ana, Celedonio ya sabe lo que busca, como él sabrá lo que desea, besar los labios de la desmayada mujer al final de la obra. El Magistral le enseñó a mirar con los ojos cargados de deseo, del instinto, cortacircuitanto lo que debía de ser su deber, el enseñar a respetar y honrar a la mujer del prójimo, como piden los mandamientos, o mejor aún a entender que el respeto que debe a Ana viene de su derecho como persona a la dignidad. Pero ni los mandamientos de la iglesia, ni los derechos del hombre, forman parte de este mundo que es Vetusta.
Al gran narrador hay que buscarlo, como diría Roland Barthes, en la escritura, en ese espacio donde el estilo personal se choca con la lengua13, un espacio de libertad, donde el escritor llamado Leopoldo Alas revela la preocupación por su tiempo, por su Oviedo decimonónico. Su arte, como el de los grandes realistas universales, su compatriota Galdós, Gustave Flaubert, León Tolstoi y varios otros, lo encontró mirando ese abismo del que hablé al comienzo, donde bulle la vida. Clarín trató, como no podía ser menos, de mirar el hondón de la existencia con la imaginación, pero la realidad se impuso e impuso la belleza de su verdad.