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El sombrero del mago

Sergio Ramírez





Cuando el recién electo presidente de Bolivia se presentó en el Palacio de Oriente vestido con su suéter de variados colores, algo desusado para un visitante oficial que comparece en una audiencia real, no pude dejar de recordar que el primer signo de rechazo a los viejos tiempos al triunfar en Nicaragua la revolución sandinista, fue despojarse precisamente del saco y la corbata. Campeaban entonces los uniformes verde olivo, y eso hacía aparecer más amenazante la trasgresión del protocolo; ahora se trata de un presidente que rechaza el saco y la corbata, pero que se halla lejos de los atuendos militares. Este cambio en las manifestaciones de irreverencia en un signo de los tiempos. La izquierda llega al poder por los votos, vestida de civil, y no por las armas, en uniforme de campaña.

El suéter y los pantalones vaqueros no pueden ser tomados, sin embargo, como una constante de imagen para los líderes de izquierda que han venido ganando elecciones presidenciales desde finales de la década de los años noventa del siglo pasado, empezando con el coronel Hugo Chávez en Venezuela. Evo Morales, un líder sindical minero, ha entrado al Palacio Quemado de la manera más desenfadada, pero Lula da Silva, un líder sindical metalúrgico, cuida mucho su compostura formal y ni siquiera lleva hirsuta la barba. Se la hace recortar con cuidado, como símbolo de respetabilidad.

Y lo mismo Chávez. Pese a su amor por los uniformes militares, prefiere ahora los trajes bien cortados que traen menos problemas a su imagen que los entorchados de gala que antes solía ponerse para los desfiles, y que recordaban más bien al condecorado dictador Marcos Pérez Jiménez. Por su lado, Ricardo Lagos, siguió siempre vistiéndose igual que antes de entrar al Palacio de la Moneda, como un profesor universitario que se cuida de las ostentaciones, simplemente porque ya pronto a abandonarlo, sus condiciones de vida no serán demasiado diferentes de las muy modestas que tenía antes, fiel a la tradición republicana de la mayoría de los presidentes chilenos.

Los cambios acelerados, y sorprendentes para muchos, que han venido ocurriendo en América Latina, no se limitan, por supuesto, a formas de vestirse, formales o irreverentes. Lo singular tiene que ver con los nuevos actores políticos, se vistan como se vistan, a lo que representan, y dicen o quieren representar.

Los presidentes que los electores están llevando al poder son, además de dirigentes sindicales, coroneles juzgados por sedición, como Chávez, cardiólogos como Tabaré Vásquez, que reserva un día la semana para ver a sus pacientes en Montevideo, o pediatras como Michelle Bachelet; o líderes provinciales de viejas formaciones políticas, como el justicialista Néstor Kirchner en Argentina. Su partido siempre ha sido, aún en vida de Perón, una contrastada amalgama de tendencias, baste recordar que al mismo pertenece también Carlos Menem, juzgado por corrupción, y que tiene preferencia por las patillas de prócer y los trajes de estrella de la farándula.

Tienen distintos origines, aunque todos vienen de la izquierda, pero no por eso pertenecen a un paisaje político homogéneo. ¿Por qué están allí? ¿Qué los une, y qué desune? Están allí, en primer lugar, porque en América Latina se ha dado un ejercicio continuado de elecciones desde el fin de las dictaduras militares en los años ochenta del siglo pasado, y los electores, con cotas más o menos altas de participación, hacen uso consciente del instrumento que la democracia pone en sus manos para cambiar la tendencia de los gobiernos. A nadie extraña en Europa que las olas electorales se lleven en un momento a los gobiernos de derecha, más o menos de manera uniforme, y traigan a gobiernos de izquierda para reponerlos, de acuerdo a las circunstancias determinadas por los grandes temas sociales o económicos. Esta es una razón para explicar los cambios entre nosotros, pero no suficiente, desde luego que los factores de conciencia política, determinados por la cultura política, distan de ser iguales en ambos continentes.

A principios de la década de los noventa, la democracia fue puesta en América Latina en el mismo saco junto con los tratamientos de choque para hacer posible la sana economía de mercado. A finales de los años noventa, tras la caída del muro de Berlín y la disolución del llamado socialismo real, todo lo que tenía que ver con participación o injerencia del estado en la economía, algo inherente a la idea de socialismo, cayó en el desprestigio, y los partidos de izquierda, situados en un espectro muy variado, a falta de un proyecto propio abrazaron la economía de mercado, en la que nunca habían creído, porque a nadie se le ocurría entonces, sino con vergüenza, hablar de economía planificada, o economía dirigida.

Pero el mensaje del liberalismo a ultranza proclamaba, gran falacia, que mientras menos restricciones a la economía de mercado, más pronto llegaría el reino del bienestar y del empleo pleno. Mientras más compañías estatales fueran privatizadas y más amarres fueran rotos, mientras más se neutralizara el papel del estado, mayores beneficios lloverían casi al instante sobre la población que, de paso, sólo conocía las consecuencias del socialismo, o sus intentos, por la experiencia de la revolución cubana, y en alguna medida, por la experiencia mucho más heterodoxa de la revolución sandinista en Nicaragua.

Los electores, armados de esperanza, y de paciencia, comenzaron a ver como todas las promesas de bienestar instantáneo tardaban el llegar, y cómo las privatizaciones se volvieron focos de corrupción y enriquecimiento, y cómo los sacrificios impuestos por las políticas fiscales y financieras que debían preparar la llegada del reino, sólo daban como resultado la pérdida de puestos de trabajo, el congelamiento de los salarios, el deterioro de los condiciones de vida, y el ensanchamiento del abismo entre ricos y pobres. Es decir, se trata de una propuesta que tras largos años, ha venido a demostrar su fracaso.

Por otro lado, en no pocos países empezaron a colapsar los viejos sistemas políticos que eran el resultado de pactos de estabilidad democrática, como en el caso de Venezuela, donde socialdemócratas y demócrata cristianos se repartieron el poder tras la caída del dictador Pérez Jiménez, y más recientemente como en el caso de Costa Rica, donde el presidente Óscar Arias, como candidato del Partido Liberación Nacional, ha ganado de nuevo las elecciones pero de una manera precaria, frente a un candidato disidente de ese mismo partido, Otón Solís, que se opone a las privatizaciones y al tratado de libre comercio con Estados Unidos, mientras el partido que representaba la otra mitad del sistema, el Partido de Unidad Socialcristiana, se hundió en el descalabro.

Frente al descrédito por falta de eficacia de la opción de derecha, los electores miran hacia la izquierda. Pero en el fondo, la izquierda, sin un proyecto económico propio, no tiene más que un discurso lleno de promesas de cambio, a veces radical, que no es fácil realizar si persiste la misma rígida opción de economía de mercado bajo la camisa de fuerza de los planes de ajuste financiero. La vieja izquierda que antes demonizó a la socialdemocracia como una variante edulcorada de la explotación capitalista, no puede ir ahora más allá de tratar de ejecutar un proyecto de economía de mercado atemperado de sus rigores para con los más pobres. Pero ninguno de los nuevos gobiernos de izquierda está hablando de cambios estructurales a fondo.

Tampoco la izquierda puede ofrecer soluciones homogéneas en los distintos países de América Latina donde ha logrado acceder al poder, desde luego que el peso de la heterogeneidad es abrumador, aún para países vecinos entre sí, y mucho veces por eso mismo. El discurso de Chávez se puede parecer mucho al de Evo Morales, y los dos, en su retórica, se parecen en el discurso a Fidel Castro. Pero de ellos sólo Chávez puede llevar adelante experimentos populistas, porque es el único que tiene las fuentes del petróleo permanentemente abiertas. Y si Chávez amenaza con cortar los suministros de petróleo a Estados Unidos, aunque nunca se atreva a hacerlo, Evo Morales se apresura a dejar claro, ya siendo presidente, que la anunciada nacionalización de los yacimientos de gas ha de variar hacia un entendimiento pragmático con los dueños de las concesiones de explotación, entre los que se hallan compañías estatales de Brasil y Argentina, donde hay gobiernos de izquierda a los que respetar, porque tienen intereses que defender. Y sabe también que el problema internacional más agudo de Bolivia es el de su reclamo de salida al mar que debe dilucidar con Chile, donde hay otro gobierno de izquierda, también con intereses nacionales que defender.

No es lo mismo para un líder sindical llegar a ser presidente Brasil, una de las economías más grandes y complejas del mundo, con una industria electrónica y aeronáutica de punta, que presidente de Bolivia, una de las más pobres y marginales. Y no menos distancia media entre Argentina y Uruguay, enfrentados a un conflicto de intereses por la instalación de una planta productora de celulosa en el río de la Plata, que ambos países comparten, un enfrentamiento de razones fundamentalmente económicas escasamente atemperado por el hecho de que los presidentes Kirchner y Vásquez se sientan cercanos en identidad ideológica.

Pero si algo une a estos gobiernos, en cambio, es el cúmulo de contradicciones con Estados Unidos, que no tiene ninguna política hemisférica, salvo la que resulta de la aplicación de viejos cánones prejuiciados que sólo facilitan la confrontación, y la que deviene de la ambición de llegar a tener tratados bilaterales de libre comercio con cada uno de los países latinoamericanos, sin ceder mucho en sus privilegios proteccionistas.

Es probable que Manuel López Obrador, candidato de la izquierda que representa el Partido Revolucionario Democrático, gane las próximas elecciones presidenciales de México. Será otro ejemplo de gobierno heterogéneo, de acuerdo a las especificidades de la realidad mexicana, cuya vecindad con Estados Unidos marca sus problemas cruciales con los carteles del narcotráfico, cada vez mejor asentados, las migraciones masivas que el muro de contención en la frontera trata de detener, y la crisis de la agricultura marcada precisamente por el tratado de libre comercio con Estados Unidos.

Pero tampoco la ola que está elevando a candidatos de izquierda a las sillas presidenciales es homogénea en el sentido de pensar que arrastrará también hacia arriba a Daniel Ortega, cuyo pacto de repartición de poder con el reo Arnoldo Alemán, condenado a veinte años de prisión por lavado de dinero, pesa más en la conciencia ciudadana de los nicaragüenses que su discurso radical teñido de populismo. No sólo por el pacto, sino porque ya estuvo en el poder, y la gente no aparta de su memoria los males que puede acarrear la confrontación, el peor de ellos la guerra, vivida en carne propia.

La izquierda tiene el desafío de buscar soluciones a las precarias condiciones de vida de los más pobres, por difícil que sea, lejos del populismo y cerca de la realidad, porque en eso reside su esencia. Pero no menos importante es su hoja de conducta en el ejercicio del poder, lejos de las prácticas habituales de corrupción, aunque se trate de sostener el poder mismo. Ya el presidente Lula tuvo que pagar un precio elevado al desviarse su partido de este principio, porque lo que la gente espera es que las cosas cambien, pero que cambien sobre todo en el sentido ético.

Ya se ve, pues, que del sombrero del mago están saliendo los conejos, pero todos vestidos de distinta manera y color.

Masatepe, marzo 2006.





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