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ArribaAbajo- XXVIII -

Don Cirilo decidió dar una vuelta por el centro de la ciudad antes de dirigirse a la Plaza de Armas. Se encontraba en ese estado de contemplación en que, a partir de sensaciones apenas percibidas conscientemente, las ideas se van gestando sin palabras. El comercio había cerrado sus puertas. Poca gente en las recovas, ninguna en los balcones de las casas. Detrás de los postigos y las rejas de ventanales entreabiertos se adivinaban ojos atisbando desde la penumbra.

La Plaza de Armas, de unas tres manzanas de extensión, tenía a sus lados la antigua Casa de los Gobernadores, cuarteles de largos lances, la residencia del Presidente de la República, la Catedral, el Colegio Seminario; hacia el río, dando la espalda a la Costanera, el edificio del Congreso, llamado por costumbre el Cabildo. Era una ventosa mañana de primavera. Las banderas flameaban a media asta. Se había reunido mucha gente. Mujeres de manto y typoi, campesinos de chiripá y sombrero caranday, negros de colorinde, obreros ingleses de gorro y blusa, raídos con pantalones de franela y sombrero de fieltro, indios del Chaco con el torso desnudo, collares de abalorios y grandes aros de madera con adornos de plumas atravesados en las orejas; oficiales, soldados, marineros, damas de sombrilla, caballeros de frac o americana. El silencio era apenas turbado por marejadas de murmullos. Más que pesar había asombro y desconcierto.

Don Cirilo caminó a lo largo de la plaza hacia la Catedral. El traje le quedaba más que holgado, mostraba arrugas y bolsones, manchas de tinta y de tabaco. Usaba chambergo de alas anchas. Llevaba en la boca su eterno cigarro. Los de reserva le abultaban los bolsillos. Como le ocurría muy a menudo, había olvidado su bastón. Contestaba distraídamente los saludos que le dirigían personas de diversa condición y a todas trataba con la misma sencillez.

Un cordón de policianos impedía el acceso a la Catedral. En la esquina, cruzando la calle, la residencia presidencial permanecía igualmente inaccesible. Del otro lado de la plaza, custodiaban el cabildo coraceros desmontados que en vez de lanza portaban carabinas.

En la plaza se habían formado corrillos. Se hablaba en voz baja, comentando impersonalmente el suceso, más que por recelo de opinar porque no había mucho que decir. La autoridad de don Carlos se prolongaba más allá de su muerte. En esos momentos estaban reunidos en el Cabildo los ministros y los notables de las corporaciones para tomar conocimiento32 del pliego de reserva en el cual el Presidente de la República, semanas antes de morir, había dispuesto quién debía sucederle hasta la convocatoria del Congreso. Mientras no se diera   —115→   a conocer su decisión las palabras serían no solamente imprudentes sino ociosas, por lo cual cada uno guardaba para sí sus propias expectativas.

El primero en salir fue el general López. Le acompañaban oficiales de la Escolta. Cruzaron la plaza en dirección a la residencia presidencial. La multitud le abrió paso, respetuosa. Enseguida, sostenido por dos jóvenes sacerdotes, el anciano obispo Urbieta. Le ayudaron a subir a un carruaje, que partió inmediatamente. La gente se apiñó frente al Cabildo. Don Cirilo quedó atrás, fumando pensativamente.

Al rato comenzaron a aparecer los primeros notables, que se mezclaron con el público. Don Cirilo los conocía a todos. Tenían el rostro sombrío, preocupado. Benigno López y los ministros continuaban en el interior del edificio.

Pasaron largos minutos antes de que apareciera en escena un mulatón corpulento, vestido de librea. Le acompañaban dos toqueños tamborileando en sus cajas. Le seguían los ministros, Benigno López y algunos otros personajes.

El pregonero se instaló en la plataforma del cabildo. Con voz clara, poderosa y solemne leyó un bando:

-¡Viva la República del Paraguay!... El vicepresidente de la República,... Habiendo fallecido en la mañana de este día el Excelentísimo Señor don Carlos Antonio López, Presidente de la República, y resultando nombrado Vicepresidente de ella en pliego de reserva firmado por el finado Excelentísimo Señor, cuyo tenor es como sigue:... Nos Carlos Antonio López, Presidente de la República del Paraguay, usando de la jurisdicción suprema que el Honorable Consejo Nacional nos ha confiado... nombramos para Vicepresidente de la República al Brigadier General ciudadano Francisco Solano López, General en Jefe del Ejército Nacional, Ministro de Guerra y Marina, con el tratamiento de Excelentísimo Señor Vicepresidente de la República; y mandamos... ¡primero!, que los Ministros de Gobierno y de Relaciones Exteriores ciudadano Francisco Sánchez, y de Hacienda ciudadano Mariano González, de la administración cesante, continúen en la del Vicepresidente de la República...

Seguían disposiciones de forma y cita de leyes.

-...¡Cuarto!, que el Vicepresidente de la República con el Ministro Secretario de Gobierno, convoque inmediatamente al Congreso Nacional para la elección de Presidente propietario... Si por cualquier causa legítima, el nombrado Vicepresidente de la República no pudiera aceptar el cargo, los predichos Ministros de Gobierno y de Relaciones Exteriores, y de Hacienda, con el Teniente Coronel Comandante de la Escolta de Gobierno, ciudadano Felipe Toledo, entren en la Administración provisoria del Gobierno de la República con el título de Excelentísimo Gobierno Provisorio... Dado en la Asunción Capital de la República del Paraguay a los quince días del mes de   —116→   agosto de mil ochocientos sesenta y dos, el cuadragésimonono de la Independencia Nacional... Firman Carlos Antonio López y Francisco Sánchez.

Don Cirilo se hizo cargo de que el viejo López no solamente excluyó a Benigno, sino que le cerró toda posibilidad de ser nombrado vicepresidente en lugar de su hermano mayor.

El pregonero hizo una pausa, y concluyó con el adecuado cambio de tono:

-Y estando llenadas todas las formalidades arriba prevenidas, y las que se requieren por la ley, publíquese. Asunción, setiembre 10 de 1862... Firman Francisco Solano López y Francisco Sánchez.

Tamborilearon los toqueños y el pregonero inició la marcha hacia las distintas parroquias donde debía repetir la lectura del bando. Esta vez le acompañaba una escolta de policianos.

La multitud permaneció un momento ensimismada. Luego comenzó a dispersarse en silencio. Ni una palabra de aprobación ni de repulsa. En el primer caso, porque había ocurrido lo que esperaban; en el segundo, porque no había nada que hacer.

Don Cirilo cambió saludos con varios de los notables que habían participado en la reunión. Habló brevemente con otros. No se hicieron comentarios. No se lamentaba con excesivo énfasis la muerte de don Carlos para no desairar al sucesor, aunque éste fuera su propio hijo. Finalmente quedó solo con don Benito Varela. Averiguaron a qué hora se iniciarían las honras fúnebres y salieron juntos de la plaza.

Don Benito Varela debía tener como setenta años, pero se conservaba vigoroso y parecía mucho más joven. La suya era una rica familia de hacendados de la región de Ajós, que en los últimos tiempos había acrecentado notablemente su fortuna con el beneficio de la yerba y el comercio exterior. Don Benito Varela había apoyado decididamente a don Carlos Antonio López en el Congreso en el que Juan Bautista Rivarola pidió que se promulgase una constitución, y en todos los congresos posteriores. Pero, como muchos partidarios de don Carlos, don Benito no estaba conforme con que el general López sucediese a su padre. Y don Cirilo lo sabía.

Habían andado dos cuadras cuando una mujer les llamó desde atrás de la persiana de un balcón.

-¡Don Benito, Cirilo! -gritó con voz alegre, graciosamente chillona, completamente extemporánea en aquel clima de tenso recogimiento-, pasen un momentito a tomar una limonada.

No podría ser otra que Vidalina Vidal, completamente irresistible. Sonriendo complacidos entraron por la puerta que ella abrió para recibirlos.

Vidalina tomó del brazo a ambos caballeros y los condujo a la sala. Era bajita, cabezona y achinada. Las papadas le daban un perfil caricaturesco. Sin   —117→   ser gorda, era maciza y retacona. Sus movimientos ágiles, vivaces, tenían gracia y comicidad. Se había casado y enviudado en Buenos Aires. Volvió a la Asunción para recibir la herencia de su padre, un honrado funcionario muy amigo de don Cirilo, quien tramitó la sucesión sin cobrar un centavo. La manera de ser de Vidalina escandalizó un poco al principio, pues ignoraba por completo las hipocresías convencionales. Después le creyeron un poco tilinga. Finalmente le tomaron cariño y se hizo muy popular. Su casa estaba siempre llena de amigos. Daba lecciones de francés y hasta enseñaba a leer y escribir a más de una dama copetuda. Los donjuanes de aldea que la creyeron presa fácil se llevaron un chasco. Se tuvo que admitir que aquella mujercita vivaracha, traviesa y alocada tenía buena cabeza y los pies afirmados en la tierra.

Estaban de visita Pancha Garmendia, doña Pura de Bermejo y el joven estudiante de leyes Juan Bautista del Valle, que pronto partiría para Europa becado por el gobierno. Secundaba a la anfitriona doña Carmen de la Peña viuda de Montiel, que se alojaba transitoriamente en casa de Vidalina. Doña Carmen residía en Buenos Aires desde que vendió la «Posada de la Viuda», conminada por el juez de paz de Capilla Duarte a raíz de un escándalo, se dijo que siguiendo instrucciones del Presidente de la República. Estaba en la Asunción por asuntos de negocios y trámites sucesorios que le atendía don Cirilo. Se diría que los años no habían pasado para ella.

Don Cirilo saludó en general y fue a sentarse cerca de un ventana abierta, quedaba a un corredor sombreado por una santarrita. La presencia de doña Pura de Bermejo33 lo había puesto de mal humor.

No le gustaba la bonita esposa de don Ildefonso34 Bermejo, literato español contratado por el gobierno, que además de dirigir la Academia Literaria se desempaña como uno de los redactores de «El Semanario». Era tan adulón que sus artículos empalagosos solían ir a parar al cesto de papeles por mano del general López. Doña Pura hablaba como una cotorra. Se permitía observaciones atrevidas acerca del país, de sus habitantes y de la familia gobernante, que por su audacia y desenfado parecían provocaciones. Aunque se murmuraba que no hacía honor a su nombre, doña Pura encabezaba la campaña de las señoras decentes contra Madame Lynch.

Don Benito Varela contó cómo se había desarrollado la reunión de notables ante la cual fue abierto el pliego de reserva. Doña Pura lo interrumpió varias veces con exclamaciones, risotadas y comentario fuera de lugar.

-¡Jesús, así que ya tenemos un nuevo presidente! A rey muerto, rey puesto, como decimos en España.

Don Cirilo se sintió agraviado por aquella extranjera casquivana. En cambio don Benito parecía encantado por la gracia de la andaluza.

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-Vicepresidente, señora; vi-ce-pre-si-den-te, o sea una cuarta menos de lo que dice usted. El Paraguay no es patrimonio de ninguna persona o familia. El gobierno no puede ser legado por herencia.

Doña Pura soltó una risotada.

-No sea usted niño, don Benito, ¿por qué entonces se ha abierto testamento? Explíquemelo usted, que yo no acabo de entender las costumbres de esta tierra.

-Explícaselo tú, Cirilo, que sabes de leyes -dijo don Benito, dirigiéndose a su amigo.

-¡Tové! -gruñó don Cirilo, lanzando un salivazo por la ventana. Estaba sentado con la silla echada para atrás, equilibrada en las patas traseras. Doña Pura maldisimuló una risita.

-¡No seas cochino, Cirilo! -le gritó Vidalina, levantándose-, cuántas veces voy a decirte que no escupas en el suelo.

Acercó un salivadero de barro a los pies de don Cirilo.

-¡No sé cómo pueden ser tan salvajes! -refunfuñó Vidalina, con un dejo de ternura.

Estalló una carcajada general. El único que no se rió fue Juan Bautista del Valle, alumno de la Academia Literaria.

-Las atribuciones del Presidente se limitan a designar un vicepresidente -explicó, dirigiéndose a doña Pura-, el cual en caso de ausencia del titular del Poder Ejecutivo administra provisoriamente el gobierno. Ocurrió no hace mucho, cuando don Carlos se ausentó a convalecer en su estancia de Rosario, dejando a cargo de la administración al Ministro de Gobierno don Mariano González. En caso de acefalía, el vicepresidente debe convocar de inmediato al Congreso, el único facultado para elegir presidente. El Paraguay es una nación independiente y soberana como no hay otra en América. Nos damos leyes conforme a nuestras costumbres y necesidades, sin copiarlas del extranjero, aunque siempre manteniendo el irrenunciable principio de la soberanía del pueblo.

Doña Pura se comía con los ojos al aprovechado alumno de su marido.

-Sin embargo -continuó el joven estudiante, rojo de satisfacción-, no por ser hijo de don Carlos, sino por sus propios méritos, opino que el Congreso elegirá por unanimidad al general Francisco Solano López.

-¡Si no por las tuertas será por las derechas! -exclamó doña Pura.

Don Cirilo volvió a escupir por la ventana con olvido de la salivadera de Vidalina. Don Benito se golpeó las rodillas, impaciente; abrió la boca, volvió a cerrarla, y, por último, sin poder ya contenerse, dijo:

-Lo veremos, hijo, lo veremos. Las leyes tienen su espíritu, como dicen los letrados para enredar los pleitos, ¿no es así, don Cirilo?

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Don Cirilo estiró las piernas y lo quedó mirando con una media sonrisa.

-¿Qué hará ahora la Lincha? -se preguntó doña Pura-, el general la obligaba a guardar las apariencias por respeto a su padre...

-Panchito es capaz de fregarla por las narices de la gente decente -murmuró Pancha Garmendia como saliendo del limbo. De todo lo que se había hablado esto era lo único que le interesaba.

-Podría casarse con ella -observó malignamente don Cirilo, chupando su cigarro.

Vidalina le guiñó un ojo y se tapó la boca para contener la risa. Pancha Garmendia perdió los estribos.

-¿Casarse con la adúltera? ¡La Lincha está casada en Europa!

Pancha Garmendia era considerada una de las mujeres más hermosas del Paraguay. En torno a ella se tejían toda clase de leyendas. Se decía que había rechazado un asalto nocturno de Francisco Solano a su alcoba, y que luego el joven López quiso casarse con ella, pero que no obtuvo el consentimiento de don Carlos. Los emigrados la presentaban como una joven pura acosada por la desenfrenada lujuria del hijo de un déspota. La virginal doncella tenía la misma edad que don Cirilo. En la Asunción se sabía que no aceptó a otros pretendientes porque estaba convencida de que había sido solo transitoriamente desplazada del corazón de Pancho López por la diabólica irlandesa.

Juan Bautista del valle aprovechó la oportunidad para lucir nuevamente sus conocimientos.

-Don Cirilo tiene razón. El Papa, en algunos casos especiales puede anular un matrimonio y consentir un nuevo enlace. Lo ha hecho en muchas ocasiones, atendiendo a los intereses superiores de la Santa Madre Iglesia.

-¡Cuánto sabe este mozo! -exclamó doña Pura-, por algo mi marido consiguió que le otorgasen una beca.

-¡Lo que Dios ha unido el hombre no lo puede separar! -se encabritó Pancha Garmendia.

-Desde luego -intervino don Cirilo-, pero Dios puede hacerlo por intermedio del Papa, que es su vicario en la tierra.

Se echaron a reír con excepción de Pancha Garmendia, que asimiló el golpe con la dignidad de una gran dama.

-De todos modos, no creo que se case con la Lincha -la consoló doña Carmen Montiel, tomándola de un brazo-. Se sabe en Buenos Aires que Pancho López tiene pensado pedir la mano de una princesa, hija de don Pedro II del Brasil, y coronarse él mismo emperador del Paraguay.

La charla se interrumpió con la entrada de una esclava, que traía en una bandeja otra jarra de limonada. Los patricios vivían con la obsesión de ser delatados por la servidumbre. Odiaban, temían y despreciaban a la chusma.

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-Bueno, yo me voy -anunció don Cirilo, levantándose.

-Te acompaño -le dijo don Benito, apurando de un trago su vaso de limonada.

Vidalina Vidal los acompañó hasta la puerta de calle.

-Sos un ingrato, Cirilo -le dijo al despedirlo-, hace tiempo que no venís a visitarme, ni siquiera para agradecer los dulces que te mando.

-No es eso, Vidalina; es que ahora tienes tantos amigos importantes que temo desentonar. No me hallo con ellos, no son de los míos, soy apenas un arriero vestido de cajetilla.

-¡Cierto, eso es lo que sos!... Pero te quiero mucho, y vos lo sabés muy bien.

Don Cirilo la miró frunciendo las cejas, divertido. Ella se ruborizó.

-¿Nunca te dijeron que sos un hombre encantador?

Don Benito, que los estaba observando, soltó una carcajada.

-¡Epa, epa Cirilo, se te está declarando! ¡Vamos pronto, que apeligras!

Salieron riendo a la calle. Picaba el sol. Don Cirilo se aflojó la corbata.

-¿Por qué no asististe a la reunión de notables? -le preguntó don Benito.

-No me invitaron.

-¡Hombre!, a mí tampoco. Se hizo a los apurones, ¿qué pretendes? Fuiste el único que faltó, y te aseguro que se notó tu ausencia.

-No voy donde no me llaman.

-Tu orgullo, Cirilo, te puede comprometer. Si por lo menos te entendieran. ¿Sabes lo que dijo don Bernardo Ortellado?, «No vino don Cirilo, seguro que por haragán».

Don Cirilo se rió.

-Como Catón prefiero que pregunten por qué no está don Cirilo, y no ¿qué diablos está haciendo Cirilo por aquí?

Unos pasos más adelante volvió a hablar don Benito:

-Muchos esperábamos que don Carlos designase a Benigno. Se comenta que lo hizo en un primer momento, pero Pancho se opuso terminantemente, diciéndole a su padre que se negaba a estar un solo día subordinado a Benigno y amenazando que movería al ejército le obligó a cambiar el testamento.

-Puede ser, pero lo dudo, y más después de haber oído la lectura del pliego de reserva. Y no creo que el mismo diablo pudiera obligar a don Carlos a cambiar una decisión, y menos con amenazas. Medio muerto como estaba se hubiese levantado para meter en el cepo al general López.

-¿Oíste eso de que Pancho se piensa hacer coronar emperador?

-Sería gracioso, pero no cambiaría esencialmente35 las cosas. He empezado a maliciar que doña Carmen no ha venido a la Asunción solamente por asuntos particulares, pues anda largando por ahí especies por el estilo. Sabemos quiénes   —121→   son los parientes masones que tiene en Buenos Aires. Me enteré de que le trajo al padre Maíz unas gacetas cuya entrada al Paraguay está prohibida por el gobierno. Conozco a doña Carmen desde hace muchos años. Por plata es capaz de vender al Paraguay y a su propia madre.

Don Benito suspiró.

-¿Qué va a pasar, mi amigo?

-Tal vez «La Tribuna» de Buenos Aires esté en lo cierto cuando afirma que si hasta ahora el Paraguay fue manejado como una estancia, en el futuro lo será como un cuartel.

-¿De veras crees eso?

-No lo primero. Es la Argentina y no el Paraguay la que es manejada como una administración de estancias, lo mismo que el Brasil lo es de fazendas de esclavos. Lo que temo es que nuestro país se convierta en un cuartel. Las armas las carga el diablo. En cualquier momento se puede escapar un tiro y salir por la culata.

Don Benito caminaba a pasos cortos, decididos. Don Cirilo avanzaba a zancadas, balanceando los largos brazos, con los puños de la camisa asomando de las mangas del traje.

-¿Qué podemos hacer, Cirilo?

Don Cirilo prefirió no responder por el momento.

-Vamos a ver qué decide el Congreso -pensó en voz alta don Benito.

-No te hagas muchas ilusiones. La mitad de los diputados son unos pedazos de animales que no entienden nada de nada. La otra mitad, que alguna cosa entiende, por eso mismo seguramente preferirá36 cerrar la boca. En cuanto al pueblo que dicen representar, confía más en el general López que en sus presuntos representantes. Nunca se ha animado nadie a decir nada en el Congreso. Mi padre lo intentó una vez y casi lo matan.

-Pero no lo mataron.

-No, porque tuvo la suerte de que don Carlos era un hombre sensato. ¡Otra cosa es desafiar a Pancho López!

Don Benito Varela lo tomó de un brazo:

-Estuve en aquel Congreso, Cirilo. Muchas veces pensé que, aunque lo hubieran matado, valía la pena hacer lo que hizo tu padre.

-No entiendo por qué.

-Equivocado o no, dio el único ejemplo de valor civil que registra nuestra historia independiente. ¿Te parece poco?

Don Cirilo no respondió. Si bien estaba orgulloso de su padre, veía las cosas de otro modo que don Benito Varela. Le parecía excesivo extender la cobardía de los notables a todo el pueblo paraguayo, representado en aquel Congreso memorable por los soldados que rastrillaron sus fusiles dispuestos a disparar   —122→   contra el diputado Rivarola. Veinte años después el Paraguay era Inocencio Ayala, no doña Carmen Montiel.

-Los pueblos tienen el gobierno que se merecen -dijo finalmente don Cirilo-, si encuentras algo mejor que Pancho López, avísame y entonces hablaremos.

Continuaron en silencio hasta detenerse frente a la casa de don Benito Varela.

-¿Por qué no entras a descansar y comer algo? -propuso don Benito-, va a ser larga la función.

-Sí, muy larga -admitió don Cirilo.




ArribaAbajo- XXIX -

La casa de don Cirilo quedaba a tres calles de la Plaza de Armas y a doscientos metros de la bahía de Asunción. En el fondo tenía un terreno arbolado, con cerco de empalizada, que daba a una calle que los raudales habían convertido en un ancho zanjón de arena. Cerca de una plataforma con balaustrada, comienzo del primer patio, estaba el rancho del negro Pantaleón. Bajo un espacioso solero había tablas, muebles a medio hacer, herramientas y mesa de carpintero ebanista. La única habitación del rancho hacía de sala y dormitorio. Colgaban dos hamacas de ganchos hamaqueros empotrados en la pared. Entre el mobiliario, una mesa cubierta por un blanquísimo mantel primorosamente bordado. Reinaban el orden, la limpieza y un cierto tufillo señorial.

Vivía con Pantaleón su nieto Pascual, liberto de la Patria, nacido después del Decreto de Libertad de Vientres y por tanto sometido a tutela de sus amos y obligado a servirlos hasta la edad de veinticinco años. Pascual tenía diez y le daba a su abuelo no pocos quebrantos. Aspiraba a ser soldado del batallón número seis «Nambí-i», los famosos chaflaneros; esto es, zapadores. El batallón, formado por negros y mulatos libres, realizaba los trabajos más duros, y era éste el motivo de su orgullo. Dentro del uniforme se dejaba de ser negro. El «Nambí-i» era la unidad más prestigiosa del ejército. En cambio Pantaleón se empeñaba en que su nieto aprendiese el oficio de ebanista.

De estas cosas y otras muchas se enteraba Inocencio mientras saboreaba chocolate con leche, azúcar refinada y pan de trigo recién horneado, exquisiteces que no había probado desde que dejó de ser paje del presbítero Fidel Maíz, párroco entonces de Capilla Duarte.

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Pantaleón era un hombre muy educado, y como todos los negros, muy conversador. Mechaba en la charla sentencias en castellano y no pocos latines. Abundaba en invocaciones a Dios Todopoderoso y a la Inmaculada Concepción. No olvidaba a San Baltasar, tremendamente milagroso, que los miraba desde un nicho empotrado en la pared, adornado con flores y alumbrado con un vela de esperma. Inocencio reconoció el estilo de taitá Simón; y en efecto, el dueño de casa le confirmó que el Santo era oriundo de Barrero Grande. Fue bendecido nada menos que por el finado obispo Basilio López, hermano del Presidente de la República, a quien Pantaleón le labró un sillón de palosanto con incrustaciones de nácar.

Pantaleón había enviudado dos veces. Su segunda mujer fue la india Romualda Areté, del pueblo de Tobatí, que llegó a pedir conchabo en casa de los Rivarola poco después de que las comunidades fueron disueltas y los indios convertidos en ciudadanos paraguayos.

Pantaleón era leído. Sobre un esquinero, bajo el nicho de San Baltasar, había un enorme libro abierto, que era una historia de los santos. Como prueba de que no estaba allí de adorno, tenía encima, con las patas abiertas como un langosta, un par de anteojos de armazón de oro.

Pantaleón tenía las motas blancas pero no parecía viejo. Era de complexión hercúlea y al sonreír mostraba una poderosa dentadura. Vestía camisa bordada, chaquetilla sin mangas, pantalones sujetos con una faja india multicolor y un ancho cinturón de cuero repujado, con hebilla de plata. De las orejas le colgaban aretes de oro macizo. Sus enormes pies descalzos no mostraban las abolladuras y maltratos de los pies de Inocencio. Profesaba su arte por su cuenta, y salvo un corto salario que le pasaba a don Cirilo, todas las ganancias le pertenecían. Hubiera podido comprar su libertad, pero estaba orgulloso de ser propiedad de una ilustre familia, cuyo apellido llevaba su nieto Pascual. Pantaleón, como esclavo, no necesitaba ninguno.

Salvo el amo don Cirilo y el ama doña María Inés, los demás Rivarola vivían en el campo o habían puesto casa aparte en la Asunción, dejando casi vacía la mansión solariega. El último en marcharse fue el joven Fernando, que estaba estudiando en la Universidad de Córdoba.

Romualda Areté, ¡que Dios la haya perdonado y tenga en su santa gloria! se ocupó hasta su muerte de servir y acompañar al ama doña María Inés. Las dos se entendían porque, dicho sea con el debido respeto, ambas eran medio brujas. La india sabía de encantamientos, invocaba a los muertos y trataba a El Propio como si fuera alguno su pariente. María Inés adivinaba el futuro.

Romualda murió sin confesión, echando espuma por la boca, blasfemando en un guaraní que sólo podía entender el diablo. La noche del velorio un suindá se arrojó sobre una gata preñada lanzando un chistido aterrador y se la llevó por   —124→   los aires recortando su figura contra la luna llena. Se dijo que era El Propio que vino a buscar a la india, su manceba, cuya alma se había reencarnado en la felino.

-¡A la pucha! -exclamó Inocencio-, ¿como te animabas a dormir con ella?

Pantaleón se persignó.

-¡Ni qué esperanza, Romualda tenía su hamaca en el cuarto del ama María Inés!

El negro miró a su alrededor y dijo susurrando:

-El ama doña María Inés todo lo sabe, ha de haber quién se lo cuente porque no sale nunca de la casa. Está cumpliendo una promesa que hizo... -se santiguó otra vez y continuó-,... que hizo cuando Gaspar de Francia le perdonó la vida a mi amo don Juan Bautista, que iba a ser fusilado.

A Pantaleón no le gustaba decir estas cosas de la buena ama doña María Inés, pero...

-...el hereje Eberhard Munck pilló enseguida el nombre que la señorita tiene en el infierno...

Volvió a santiguarse antes de pronunciarlo:

-¡Casandra!

-Y Trinidad Acosta -preguntó Inocencio37, que empezaba a asustarse-, ¿cómo se entiende con ella?

-El ama no la aguanta, la moza le da quebrantos. Por el modo de caminar se conoce a las mujeres. Trinidad tiene alas en lo pies. Un día de estos se ha de escapar en ancas de algún cajetillo.

Terminado el chocolate, Inocencio se preocupó de su carreta.

Pantaleón, que no había mencionado ni una vez la muerte de don Carlos, la aludió cuando dijo que no era día adecuado para iniciarse en los negocios. Nadie gasta su dinero si no sabe lo que va a pasar después. Aconsejó que fuera a buscar la carreta y esperase a que se aclarasen las cosas.

Llamó a gritos a su nieto para que acompañase38 a Inocencio. No obtuvo respuesta hasta que lo descubrió en la copa de un árbol, mirando hacia la Plaza de Armas. Pascual bajó con la agilidad de un mono y esquivó los coscorrones de su abuelo. Al enterarse de la comisión se puso muy contento.

El mercado estaba casi desierto. Inocencio unció los bueyes a la carreta, que a todo esto había quedado con la carga a merced de la decencia pública. El sol estaba fuerte. Soplaba un enervante viento norte. Pascual desapareció en el camino de regreso.

El negro Pantaleón no estaba en su rancho. Inocencio dio de beber a los bueyes en una batea que había junto a un pozo. Les echó un canasto de cocos   —125→   para que tuvieran su mascada. Sin más que hacer fue a sentarse bajo un árbol, cerca de la balaustrada.

Lámina



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ArribaAbajo- XXX -

El mayor Rómulo Yegros regresaba al trote de Trinidad. Había ido a hacer arreglos para el sepelio de don Carlos, que se realizaría esa misma tarde.

El general López lo tenía todo planeado de antemano. Esa mañana fue abierto el pliego de reserva que lo designaba Vicepresidente de la República. Acto seguido el obispo le tomó juramento y lo puso en posesión del cargo, con las formalidades y solemnidades establecidas por la ley. Llenados todos los requisitos se dio a publicidad por bando el pliego de reserva y la toma de posesión del vicepresidente, quien entró a ejercer el mando supremo de la República en forma provisoria. Lo mismo que su finado padre, Pancho era muy legalista.

Con esto se disiparon las expectativas de quienes esperaban que fuese designado Benigno o José Berges.

Banderas a media asta; los oficiales con una banda de tafetán negro unida en los extremos por una cinta colorada; las tropas en apresto para rendir honores.

Desde el día anterior Rómulo Yegros no había tenido un minuto de descanso. Cambió varias veces de caballo, pero no sentía sueño ni cansancio. Un ayudante del general López no podía permitírselo. Pancho era infatigable.

El mayor Yegros podía considerarse uno de los amigos personales del general López, aunque su amistad tuviera el defecto de no ser entre iguales. Formó parte de la comitiva que acompañó a Francisco Solano en su gira por Europa. Corrieron juntos divertidas aventuras. Había entre ellos sin embargo una oculta tensión, como suele ocurrir entre los mejores amigos y a veces desembocan en inesperados39 desenlaces.

Rómulo Yegros creía conocer demasiado bien a Pancho López como para aprobar su ascenso a la primera magistratura. Sus valores sobresalientes, la fuerza de carácter, la voluntad de hierro hacían al mismo tiempo sus peores defectos. Le faltaba la flexibilidad del acero. No daba lugar a la confidencia y el consejo; era incapaz de transigir, de tolerar, de perdonar, como generalmente les ocurre a las personas rectilíneas. En esto se asemejaba más al Dr. Francia que a Carlos Antonio López.

Antes que a sus iguales halagaba a la plebe. Yegros estaba al tanto de los planes de favorecerla como no lo había sido desde la muerte del Dictador Perpetuo. Antes que un progreso, el nuevo gobierno significaría un retroceso hacia una demagogia de panem et circenses destinada a usar a los cualquiera de la calle para contener la creciente oposición de gentes que por su nacimiento, educación y fortuna merecían un lugar, si no de privilegio, de mayor predicamento en la sociedad y el Estado.

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El general López, que no toleraba excesos de familiaridad de sus propios hermanos, sabía hacerse querer, respetar y temer por sus subordinados, a quienes, lo mismo que había hecho el Dr. Francia, trataba con tanta más llaneza cuanto más humilde fuera su condición. Confiaba en primer término en los oficiales salidos de la tropa, que todo se lo debían y le profesaban una adhesión fanática. Los mandos del ejército eran en la generalidad de los casos personas de modesto origen. Los grados militares no conferían figuración social. Los patricios los consideraban poco menos que sicarios.

El mayor Rómulo Yegros, nieto del coronel Fulgencio Yegros, prócer de la independencia fusilado por el Dictador Perpetuo, era una excepción. Había recibido de un buen maestro una instrucción poco más que elemental. Aprendió en su casa reglas de urbanidad y buena crianza. Hablaba y escribía en francés y podía entenderse en inglés con técnicos y obreros contratados por el gobierno. Todo esto le hacía imprescindible para determinadas comisiones, pero no para otras, porque tenía sus singularidades.

Era altivo y orgulloso, sin hacer alarde de ello. Despreciaba las intrigas. Poseía independencia de criterio. Tenía sus propios amigos sin cuidarse de que gozaran o no de la simpatía del general López. No halagaba la vanidad de Madame Lynch y evitaba su trato cuando le era posible. La conoció en París en circunstancias que ni a la una ni al otro les gustaba recordar.

Al agravarse la enfermedad de don Carlos el mayor Rómulo Yegros, como muchas personas de su clase, tuvo que tomar una decisión. Se puso al habla con el padre Maíz y otros prominentes ciudadanos para impedir que el Congreso eligiera a Francisco Solano López presidente de la república; o por lo menos tomara los recaudos necesarios para que no dispusiera de los poderes discrecionales que tuvo su padre, quien, después de todo, supo usarlos con moderación y con mentalidad de propietario providente, preocupado por el bienestar de los humildes pero sin veleidades demagógicas. Le pesaba hacerlo, mas entre la lealtad al amigo y los intereses superiores de la Patria no podía caber ninguna duda.

Al galopín llegó a la Catedral. Echó una mirada a la Plaza de Armas, que seguía llena de gente. Bajó del caballo, pasó las riendas a uno de los policianos de guardia y subió la escalinata del templo. Al entrar se encontró con una barahúnda descomunal. Seminaristas, sacristanes, monaguillos, sacerdotes y mujeres corrían desparramados de un lado para otro como cucarachas asustadas. El deán Escobar se desgañitaba amenazando con el puño:

-¡Más rápido carajo, hijos de la diabla, los mandaré a la marina, manga de inútiles!

No advirtió40 la presencia del oficial de la Escolta. Largó un coscorrón y una patada a un muchacho que había dejado caer un candelabro.

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El mayor Yegros contuvo la risa y saludó:

-¿Qué tal, paí, por qué el apuro?

El deán Escobar se volvió, hecho una furia:

-¡Quién puta viene a joder ahora!

Al ver el uniforme se quedó mudo de espanto. Le tranquilizó la sonrisa jovial del mayor Yegros.

-Perdoname, Rómulo, ch'amigo, estos hijos de diablo van a volverme loco. Quise descansar un rato antes de la ceremonia, dejé la iglesia a cargo del padre Espinosa y me vine a encontrar con un quilombo... ¡Sacerdotes ordenados que preparan la iglesia como si fuéramos a rezarle a un cualquiera de la calle! En una hora ha de estar todo listo. Ya lo decía el finado Presidente, ¡éste es un país de rústicos imbéciles!

Se escurrió el sudor con los dedos y dijo, lastimero:

-¡Esto nos puede costar caro, sí señor, muy caro!

-¡Cierto!, es grande tu compromiso, ¡con el general López no se juega!

-¡A la puta, ch'amigo, a la puta, ch'amigo! -gimió el deán Escobar, agarrándose la cabeza.

-¿Dónde está el padre Maíz?

-Ha de andar por ahí, escribiendo su sermón... él pues es sabio por demás, no ha de ayudar ni un poquito a arreglar esta porquería... ¡De qué se ríen, culos de perro, mañana mismo a la marina!

El mayor Yegros cruzó la nave de la iglesia, pasó frente al altar, salió por una puerta, caminó por un pasillo y encontró al padre Maíz en un pequeño receptorio, sentado a una mesa con tapete verde manchado de tinta. Se detuvo a observarlo. Parecía estar divirtiéndose. Le flotaba en el rostro una leve sonrisa. De tanto en tanto se detenía, cerraba los ojos, movía los labios como para memorizar, y continuaba escribiendo con asombrosa rapidez. Yegros tosió discretamente. El padre Maíz levantó la cabeza. Al verlo, sonrió.

-¿Qué tal, Rómulo, alguna novedad?

-Vine a ver cómo andan las cosas por aquí, para dar parte. Paí Escobar está pasando apuros.

El padre Maíz soltó una carcajada.

-No te preocupes, todo estará a tiempo. Bajo la vara del general López los paraguayos pueden hacer milagros.

-¿Irán a casa del finado a la hora convenida?

El padre Maíz miró un reloj de bolsillo que estaba abierto sobre la mesa.

-En una hora exactamente, puedes anunciarlo. Y si no tienes más que decir, mándate a mudar. Tengo que acabar con esto, que es bastante delicado. No imaginé que me elegirían para pronunciar la oración fúnebre. La hubiera tenido preparada.

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-Se te fue el santo-hu, ya no estás en desgracia.

-¡Quién sabe!, ¿qué dijo Pancho?

-Por lo menos a mí, ni una palabra. Debió ser cosa de don Carlos. Fue él quien pidió que te llamaran.

El padre Maíz echó para atrás el respaldo de la silla.

-Eso me dijo Pancho... Pero, ¿por qué me llamó don Carlos? Tal vez quiso un testigo. No encuentro otra explicación, ya que para confesarse prefirió a ese zopenco de Escobar.

El mayor Yegros se rió.

-El viejo no era tonto, no iba a contarle al diablo sus pecados.

El padre Maíz se inclinó sobre la mesa.

-Y tú vete al demonio; déjame trabajar.



La casa, accesible solamente a los íntimos, estaba llena de gente que parecía desatinada. Los rostros expresaban una mezcla de congoja y miedo. El mayor Yegros se detuvo unos instantes en la sala donde el cadáver yacía sobre una mesa cubierta por un paño negro. Vestía el uniforme de Capitán General, luciendo en el pecho la banda de la Orden Nacional del Mérito. Rafaela, llorosa, le pasaba un pañuelo por la frente. Mujeres de la servidumbre rezaban el rosario guiadas por una vieja esclava. Yegros averiguó que doña Juana Carrillo e Inocencia estaban descansando. Benigno, en una sala contigua, atendía a algunos amigos. Venancio había salido a cumplir alguna orden de su hermano mayor. Encontró a Francisco Solano en uno de los corredores. Estaba solo, paseando lentamente con las manos en la espalda. El oficial se cuadró ante él, con el quepis bajo el brazo. El general levantó la cabeza. Tenía el rostro demudado, los ojos enrojecidos.

-¿Qué tal, Rómulo?

-Señor, sus órdenes están cumplidas. En una hora el clero, en solemne corporación, se dirigirá aquí para depositar el cadáver en el féretro y rezar los primeros oficios de difuntos.

El general le miró directamente a los ojos, como si quisiera penetrarle el pensamiento. Yegros sostuvo la mirada. Era un hombre alto, espigado, de hermosa figura. Vestía el brillante uniforme de oficial de la Escolta.

-Está bien, Rómulo -dijo el general, con la voz cálida-, saldré a recibirlos. Que avisen a mi madre y mis hermanos.

El mayor Yegros sintió que le invadía una emoción inesperada41.

-Pancho -dijo, violando el reglamento-, permíteme que te dé mis condolencias. Don Carlos fue un gran hombre, y fue tu padre.

Francisco Solano López le tendió la mano.

-Gracias, Rómulo, muchas gracias, mi amigo.

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ArribaAbajo- XXXI -

-¡Inocencio'oo! ¡Inocencio'ooo!

Trinidad inclinaba el torso sobre la balaustrada. El sol le daba de lleno. Tenía una mano en pantalla, el rostro fruncido por el deslumbramiento. Le brillaba la piel de un moreno aceitunado.

Hizo un ademán de impaciencia y exclamó:

-¡Seguro que ese tonto también se mandó a mudar!

Inocencio asomó de la sombra del árbol.

-No digas que no me oíste, o has de estar completamente sordo -le dijo ella, enojada.

-Nomás te estaba mirando, ¿por qué el apuro?

Trinidad pasó por alto la socarronería de Inocencio y le dijo, imperiosa, como si él fuera su peón:

-Mi tía te quiere ver.

Inocencio subió por unas gradas al patio interior de la casona. Trinidad era una zamba de ley, con ojos de venado. El viento le apretaba el typoi contra las piernas largas y los senos puntiagudos. Liviana, gracil, firme y elástica como potrilla mora. Le dio la espalda más que desdeñosa, indiferente, y se echó a andar a lo largo del corredor. Se detuvo ante una puerta que estaba abierta y le indicó que entrara.

Un ventanal con rejas que daba al corredor estaba velado por una cortina de estera. En un sillón de cuero había una mujer delgada, vestida de negro.

-Buen día, señora.

-¿Cómo estás, Inocencio, te acuerdas de mí?

Inocencio, que se iba acostumbrando a la penumbra, la observó con detenimiento. Una larga cabellera suelta, rubia y brillante como el oro, le enmarcaba un rostro bellísimo de blanca transparencia que dejaba traslucir un fondo oscuro. Aunque no lo revelaba ningún signo exterior, se podía adivinar que no era joven. Sus grandes ojos, de un azul tan intenso que se destacaban como gemas, miraban fijamente.

-¿Por qué no hablas?

-No la recuerdo, señora.

La mujer sonrió de un modo perverso.

-Nadie se acuerda de mí, yo me acuerdo de todos, ¡ni uno se va a escapar...! ¡Siéntate en esa silla, cara de tonto! -dijo, como desesperada.

Inocencio alejó lo más que pudo la silla de aquel fantasma, y se sentó.

-Trinidad, puedes irte si quieres.

La muchacha siguió de pie, junto a la puerta.

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-Soy María Inés, la hermana mayor de Cirilo -explicó la mujer, ya más tranquila-; no te acuerdas de mí porque cuando murió mi padre me fui de la estancia y no he regresado desde entonces. ¿Cómo está tu familia?

-Todos bien, a Dios gracias, señora.

-¡Me imagino! -exclamó, nuevamente irritada-, ¿qué les puede pasar a unos zopencos como ustedes? Hablo de lo que pasa en la cabeza y en el corazón, no de enfermar y morir como animales que son. ¿Viste a mi gente antes de venir?

-No, señora, mamá fue a avisar a ña Felipa que yo venía a la Asunción, y ellos mandaron encomiendas.

-Sí, ya sé, encomiendas y cartas para Cirilo, nada para mí, ni siquiera memorias. Esa negra «ña» Felipa no es mi madre, para que sepas. Salí del vientre de una víbora llamada Mariquita O'Higgins, empeñada en convertir a mi padre en un traidor. No soy una mulata como Cirilo. Desde que murió papá ya no le importo a nadie. Cirilo me aguanta porque no tiene más remedio.

-No es así, señora, memorias le mandaron, y también encomiendas; se lo dije a don Cirilo.

-¿Qué importa eso, cara de tonto? ¡No me discutas, yo sé lo que te digo!

Inocencio no veía el momento de escapar de allí.

-¿Sabes con quién estás hablando? ¡Con la ahijada del doctor Gaspar de Francia! ¡La que imploró a su padrino que no fusilara al capitán Juan Bautista Rivarola!

Soltó una risa enferma.

-¡Ahijada del Dictador Perpetuo! ¡Ja, ja, ja! ¡Ahijada del demonio! ¡Ja, ja, ja!

Puso una mano en el pecho para calmar su agitación.

-¡Peor que del demonio, de un hombre de verdad! ¡Satanás pudo haber sido su lacayo...! Al verme sus ojos se endulzaron; extendió una mano, me acarició la cabeza y me dijo con ternura: ¿Cómo fusilar al padre de un niña tan hermosa?

Se inclinó y le mostró una mancha negra en su rubia cabellera.

-¡Mira y aprende, cara de tonto, esta es la huella de su mano!

Cerró los ojos y se quedó como soñando, con una leve sonrisa en sus labios hermosos. Inocencio creyó que era el momento de escapar.

-¡Espera! -gritó desaforadamente María Inés-, ¿quién te ha dado permiso de marcharte? ¡No tienes educación!

Se rió del susto de Inocencio, y continuó:

-Ruego por Él todos los días, no a los santos de palo sino al Dios Hacedor Universal y creador de todos los mundos, ¡único patrón del Paraguay por Acta de la Independencia...! Rezo para que le perdone haber fundado este país de   —133→   pura gente idiota. Rezo por Él ¡porque Él no va a rezar!, para que el fuego no destruya a la buena gente rústica que de veras lo amaba.

Se frotó nerviosamente las manos y rompió a llorar.

-No les puedo avisar, nadie me quiere oír, nadie me cree, Cirilo me tiene miedo. ¡Ay Dios mío, ten piedad de ellos que no saben lo que hacen! ¿Qué puedo hacer yo, una pobre loca?

Cerró los ojos, juntó las manos, estuvo largo rato moviendo los labios en silencio. De pronto sacudió la cabeza y rompió a reír a carcajadas.

Habló de un modo gracioso, sonriente, como si antes se hubiera estado nomás burlando de Inocencio:

-No fueron capaces de mandarme unos dulces, unas memorias. No digo una carta, porque no sé leer. Eberhard Munck quiso enseñarme. ¿Para qué? Los libros no le dijeron que lo van a fusilar por negociar con los diezmos. Me llamaba Casandra. Me contó la historia de una loca adivina a la que nadie le hacía caso... ¿Cómo está el sueco Munck?

Contento de verla más tranquila, Inocencio respondió:

-Siempre en su porte, juntando yuyos y bichos, dicen que para...

Le interrumpió una risa áspera. María Inés tenía el rostro desencajado. Sus ojos malignos brillaban con luz propia.

-Ya no está el Dictador. El diablo, que le temía, anda suelto por las calles. Bailes y serenatas hasta el amanecer. No saben lo que les espera. No me quieren creer, ¡que se revienten! Ahora hay un poco de silencio porque El Propio está ocupado llevándose al infierno el ánima de un gordo...

Trinidad se rió.

-¡Trinidad, te dije que te fueras!

La muchacha no se movió. María Inés siguió hablándole a Inocencio:

-¿Por qué no fuiste a la Plaza de Armas a sentirlo al finado? Yo te lo diré: no fuiste porque no te importa. Allá está el pobre Cirilo que no sabe qué hacer porque él también ha olido la tormenta. Los veo desde aquí, tienen los ojos secos cuando deberían estar llorando, no por el viejo tripón que por fin ha reventado, sino por ellos mismos... ¿Quieres saber tu destino?

Lo único que quería Inocencio era salir de ahí.

-¡Habla, cara de tonto!

-Como usted guste, señora.

-Fuiste soldado y volverás a serlo; para desgracia tuya, no te podrás morir.

Inocencio sintió lástima por la pobre mujer que no estaba en su juicio.

María Inés le lanzó una mirada terrible:

-¡Fuera, cara de tonto!

Inocencio salió más que ligero. Trinidad lo alcanzó en el corredor.

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-No penes por ella, es una mujer muy mala -le dijo, tomándole de un brazo.

-¡Trinidad, cierra esa boca sucia!

Se detuvieron en el extremo del corredor. Trinidad abrió una puerta y lo introdujo en un espacioso dormitorio, muy bien amueblado. Había también una biblioteca y una mesa con tapete de escribir.

-Éste es el cuarto de tío Fernando, que se fue a estudiar a la Argentina -le dijo Trinidad, sin soltarle del brazo-. Tío Cirilo me encargó que lo preparara para vos.

Trinidad tenía los ojos dilatados, la boca húmeda, anhelante. Sonreía con travesura.

-No hay nadie en casa... ¡Dame un beso!

-¡Trinidad, desvergonzada yegua en celo, ven inmediatamente para acá!

-¿Viste?, ¡es una bruja! -dijo riendo la muchacha, y echó a correr.

Inocencio fue al rancho de Pantaleón. Bebió del cántaro varios porongos de agua. Echó mano a su sombrero y salió disparando a la calle.

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ArribaAbajo- XXXII -

El caballo tascaba el freno y manoteaba impaciente. El mayor Rómulo Yegros se inclinó a acariciarle el cuello, murmurando palabras cariñosas. Le inspiraba piedad el noble bruto, que no podía saberla causa del maldito plantón.

El oficial trataba de sobreponerse a la fatiga. Tras de una agitada noche en vela y una mañana de trajines, apenas tuvo tiempo de tomar unos mates, cebados por su asistente, mientras se ponía el pesado uniforme de gala. Todo lo había soportado con buen ánimo, pero esta ceremonia interminable amenazaba acabar con su paciencia.

Miró severamente a los soldados en busca de alguna falla, de algún signo de flojedad. El sol de mediodía se reflejaba en el bronce de los cascos de los Acaverá. El sudor corría por los rostros atesados como si se les estuvieran derritiendo los sesos. Eran mocetones gallardos, la flor y nata del ejército, pero también apasibles y estoicos campesinos obligados a calzar pesadas botas y a vestir uniformes de lana adquiridos en Europa por el General en Jefe para disfrazarlos a la moda del Segundo Imperio. Pancho tenía la manía del boato. Él mismo estaría padeciendo a causa de ella en su aparatoso atuendo de brigadier general.

Los Acá-verá estaban formados entre la Catedral y la casa del finado don Carlos. Hacia la izquierda, erizada42 de bayonetas, formaba la infantería de cuatro en fondo. En frente, a lo largo de la Costanera, aguardaba una brigada de artillería volante, una compañía de marinos bogavantes y los jinetes del Acá-carayá. A los lados de la explanada del templo estaban la famosa banda Para-i y su rival, la igualmente célebre banda Moá, con crespones en los bruñidos instrumentos. La primera era de pardos, la segunda de indios formados en la tradición del Dictador Perpetuo. El público desbordaba la iglesia y se desparramaba por la plaza. Seguía la misa de cuerpo presente imitando a los que podían observar de cerca los oficios.

El presbítero Fidel Maíz subió al púlpito para pronunciar la oración fúnebre. Su gallarda figura, realzada por los ornamentos del culto, atrajo más de una mirada pecaminosa. El bello sexo lo contemplaba embelesado. En cuanto al sexo feo, lo observaba con recelosa expectativa. Unos se preguntaban qué diría este solapado librepensador de ideas lindantes con la herejía y próximas al anarquismo porteño. Dijera lo que dijese, ¿serían sinceras las palabras de este hipócrita? Otros en cambio no estaban muy seguros de que después de haberse reconciliado con el general López junto al lecho de muerte de don Carlos, no dejaría en la estacada a quienes contaban con él para actuar en el Congreso que elegida presidente de la república. De pie en las naves laterales, medio   —137→   ahogados en levitas y uniformes, cuando empezó a hablar el notable orador sagrado, seguidor de Bosuet, sintieron que el tedio se esfumaba.

El padre Maíz pronunciaba el discurso que, en una pausa de los trajines de esa mañana, había redactado y retenido en la memoria. Cada palabra estaba cuidadosamente sopesada. Todas ellas estaban dirigidas a un único interlocutor. Exaltaba la personalidad y la obra de gobierno del difunto presidente, pero sin excederse en presentarlo como único y sin ejemplar. Dolíase sí por la muerte de tan ilustre ciudadano, pero sin considerar su partida de este valle de lágrimas como fatalidad irreparable, pues no dejaba a su pueblo en la orfandad. El Dios de las naciones permitió que dejase un sucesor forjado en la severa escuela de las virtudes y la total entrega al servicio de la Patria, capaz de continuar y acrecentar la obra benemérita, como Moisés dejara el báculo, las Tablas de la Ley y el Tabernáculo en manos de Josué, conquistador de la tierra de Caanán; la Tierra Prometida que ya fulguraba en el porvenir del pueblo paraguayo como Febo se levanta en el horizonte de un glorioso amanecer.

La voz del orador, grave, medida, levemente quebrada por la emoción, fue subiendo de tono hasta resonar con la armonía de un órgano en el ámbito de la Catedral Metropolitana. Embriagado por sus propias palabras soltó riendas y alcanzó acentos desgarradores. Muchos ojos se llenaron de lágrimas; muchas mujeres no pudieron contener los sollozos. El general López, de pie junto al féretro, escuchaba con la cabeza gacha. De pronto la levantó y clavó los ojos en el padre Maíz.

El orador perdió el hilo de su discurso. Repitió tres veces una frase. Sonaron huecas, como las burlas de un histrión. Entonces pasó por alto algunos párrafos, terminó como pudo y se apresuró a dejar el púlpito al padre Román.

Se alejó con la frente gacha, las manos entrelazadas43, sintiendo que un escalofrío le recorría el espinazo. Y una indecible vergüenza. Había quedado mal con Dios y con el diablo. Una vez más se había traicionado a sí mismo.



El cortejo salió de la Catedral en plena siesta. El cadáver del Presidente iba en un carruaje precedido por una brigada de artillería y un batallón de infantería. Lo seguían otros carruajes, hombres de a caballo y una multitud a pie. Trenes expresos salían de la estación llevando gente hasta en los estribos. Se dirigían al pueblo de la Santísima Trinidad, en cuya iglesia, por expresa voluntad de don Carlos, descansarían sus restos. A las cinco de la tarde llegaron a destino. Hubo muchos discursos. Ya había oscurecido cuando terminó la ceremonia.

El presbítero Fidel Maíz fue olvidado. Con otros eclesiásticos44 y la corporación de seminaristas, tuvo que hacer a pie el camino de regreso, propasado por el polvo de carrozas relucientes.

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Don Cirilo Rivarola y don Benito Varela, que habían ido a caballo, dieron un amplio rodeo para evitar a la multitud que llenaba el camino. A poco andar les dieron alcance y se sumaron a ellos dos amigos: don Justo Pastor Benítez y don José Antonio Vázquez.

-Fue un sepelio digno de don Carlos -comentó don Cirilo-, que en vida fuera algo inclinado al ceremonial aparatoso.

-Muchos discursos, demasiados discursos -se quejó don Benito.

-Palabras, mi amigo, palabras, ¿de qué nos valen las palabras que ya no podemos oír?

-Don Carlos no las precisaba en absoluto -terció don Justo Pastor Benítez-, él siempre prefirió la realidad de las cosas. Falleció en la residencia presidencial que fue su obra, sus exequias fueron oficiadas por sacerdotes formados en el seminario de su fundación, oradores sagrados formados en ese instituto hicieron su apología. Su féretro, transportado en brazos del pueblo, fue escoltado por el ejército que él fundó y organizó y es comandado por su hijo, educado por él y en ninguna otra escuela. El pueblo le acompañó viajando en ferrocarril, construido por su gobierno; fue sepultado en la iglesia de este distrito, mandada edificar por su devoción. Todo lo que rodeó su féretro tiene el sello de su mano, el cuño de su pujanza.

-¡Las vueltas que da la vida! -exclamó don José Antonio Vázquez-, ¡pensar que el hombre que mandó perseguir de oficio a los amancebados públicos y prohibió el uso de las iglesias como cementerio, murió rodeado por tres amancebados públicos y fue enterrado en una iglesia!

Con estas y parecidas pláticas se acercaron a la ciudad. Ya era noche cerrada. Resoplaron los caballos. Se oyó un grito:

-¡Alto'oo!, ¿quién vive?

-¡República!

-¿Qué gente?

-Cirilo Rivarola, Benito Varela, Justo Pastor Benítez y José Antonio Vázquez.

-¡Alto a la patrulla!

Esperaron con los sombreros en las manos. Se acercó un oficial. Montaba un arisco caballejo. Afirmaba en estribos de tiento pies descalzos con enormes espuelas.

-¿De dónde vienen?

-De Trinidad.

El oficial detuvo largamente la mirada en cada uno de ellos. Sus ojos de gato brillaban en la oscuridad.

-¿Por qué tomaron por aquí? No es el camino.

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Don Benito se lo explicó pacientemente. El oficial, no del todo convencido, les dijo de mal modo:

-Sigan a la patrulla, vamos hacia el cuartel.

A poco andar fueron alteados e identificados por un retén cubierto por soldados del ejército. Luego por otro y otro. Discretamente, pero de un modo que no ofreciera dudas, la capital había sido puesta bajo control de las tropas. Ocurrió por primera vez en el Paraguay en el año cuadragésimonono de la independencia.

Escoltados por el pelotón de policianos llegaron al centro de la ciudad y cada uno se dirigió45 a su casa. Sabían que el encuentro sería registrado en el parte.

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ArribaAbajo- XXXIII -

Esa mañana, escapando de la casa de don Cirilo, Inocencio se había incorporado como una hormiga desatinada a la hilera de gente que se dirigía a la Plaza de Armas. Le achicaban los grandes edificios, la nunca vista multitud. Se arrebañó procurando sustraerse de la sensación de irrealidad causada por aquel mundo de extrañas y vertiginosas sensaciones.

No intentó entrar a la Catedral, que rebosaba de gente. Cuando salió el cortejo reconoció al general López y a los militares, pues todos ellos habían estado en Humaitá. Esto lo devolvió a su condición. De nuevo se identificó a sí mismo. Volvió a ser Inocencio Ayala, oriundo de Barrero Grande, el hijo de don Melitón y de doña Robustiana, y no una parte insignificante de un enorme animal de patas y cabezas innumerables.

El monstruo se puso en movimiento y se lo llevó consigo.

Salieron de la ciudad por un ancho camino de tierra. En lenta marcha bajo un sol abrasador arribaron a un pueblo y el cortejo se detuvo ante una iglesia. Hubo muchos discursos de ponderación al finado presidente. Por natural modestia, encantado por la música de las palabras, atribuyó a su escaso entendimiento que las ideas y las voces se le antojasen distintas como un rezo de rosario. El bicho se partió en mil pedazos y él se encontró de nuevo solo, perdido e indefenso en la difusa claridad del crepúsculo.

No atinaba para dónde rumbear cuando alguien lo tomó del brazo y lo llamó por su nombre. Era De la Cruz Torales, su conocido. El carrero le persuadió de regresar en tren a la Asunción. Inocencio viajó atajándose el sombrero, doblado hacia adelante, dominado por el vértigo del galope desbocado del gusano de fierro46 que lanzaba alaridos echando fuego y humo por una suerte de cachimbo que tenía en la cabeza. Al bajar en la estación estaba sudoroso y agitado como si hubiera hecho corriendo aquellas leguas. Se despidió de Torales. Encontró fácilmente la casa de su padrino. Por el patio del fondo se deslizó hasta el rancho de Pantaleón.

El negro le estaba esperando para cenar. Le preguntó si había visto a su nieto Pascual, prófugo desde la mañana. Estaba preocupado. Sentía en los pies el afiebrado temblor que producen en la tierra los infantes en marcha; salían del jeruguá, desde el misterio, golpeteo de cascos de cabalgaduras, ruido de sables, retintín de espuelas, voces de mando. ¿Inocencio no oía nada? Sin embargo, como en la noche del velorio de la india Romualda Areté, el suindá chistó tres veces.

Pantaleón hablaba y hablaba mientras Inocencio devoraba un puchero suculento. Atraído por el hambre reapareció Pascual, desafiando las iras y   —141→   coscorrones de su abuelo. Después de la cena Inocencio se bañó junto al pozo, y caminando sobre los talones para no ensuciarse los pies, siguió al negrito que le guió con una vela encendida hasta la habitación de Fernando, que le había sido destinada. Pascual dejó la vela sobre la mesa y se marchó después de dar las buenas noches.

Inocencio no acababa de dormirse. Estaba acostumbrado a hacerlo en hamaca y no en un mullido lecho, entre sábanas de hilo aromadas de pacholí. Hacía calor, con amenazo de tormenta. Si cerraba los ojos aparecían imágenes de aquella jornada inconcebible. Como si su mente no pudiera asimilarlas, abría los ojos y se quedaba mirando a través de la puerta y de los ventanales abiertos de par en par. La luz de la luna, que al paso de las nubes cambiaba de intensidad, agitaba las sombras de pilares y enredaderas al derramarse en el patio interior de la casona.

Pasaba el tiempo en estado de somnolencia. Cuando ella se deslizó en la habitación él se dio cuenta de que la había estado esperando.

-¡Trinidad!

Se le abrazó como desesperada, musitándole al oído:

-¡La bruja, la bruja!

-¿Se ha dormido?

-La bruja no duerme nunca; si me pude escapar es que me mandó venir.

Se desencadenó una tormenta de truenos y relámpagos. Cuando ella se fue llovía apasiblemente. Inocencio se quedó sin saber si había soñado, y al dormirse soñó con multitudes y banderas a media asta, rugientes locomotoras y discursos rimbombantes. Trinidad le pedía que la gozara por compasión de María Inés. El Santo de Guatambú estaba haciendo leva de soldados. Los cambá invadían como monos saqueando un bananal. Galopaba un perro negro incendiando los campos con el fuego de sus fauces. El sargento artillero Melitón Ayala le disparaba con cañón, pero a aquel monstruo no le entraban las balas.





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ArribaAbajoEpílogo testimonial

La etapa Apócrifa


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Hice mis estudios bajo el sabio magisterio de mi ilustre tío y la severa tutela de mi padre, empeñado éste último en cultivar un hombre libre en la sombra ominosa del despotismo.

El primero me inculcaba los misterios de la fe cristiana mediante la frecuentación de las Sagradas Escrituras, de los padres de la iglesia, de las avanzadas doctrinas de Vitoria y de Suárez, y orientaba mi afición por las letras con la lectura de los clásicos.

El segundo alimentaba los fermentos de mi espíritu con la ciencia de los iluministas, a los que conocía de memoria de tanto abrevar en ellos en el vano intento de saciar su sed de libertad en la insomne y tediosa noche de la Dictadura Perpetua.

Deseaba mi padre que fuera yo un hombre de leyes. Soñaba verme convertido en un tribuno que sacudiera la dormida conciencia de mis conciudadanos, apocada en el hábito de confiada obediencia al Supremo Gobierno, que contraído en la época del Dr. Francia, se hizo naturaleza de los paraguayos.

Mi tío aconsejaba que me hiciera sacerdote, oficio adecuado para un joven de talento aficionado al estudio. Según decía, el sacerdocio pone a cubierto a quien lo ejerce de las ajenas pasiones, al tiempo que modera las propias; cosa esta última que, ¡ay!, mucho me convenía.

Agregaba que poseyendo una ilustración muy por encima de la generalidad del clero de la época no tardaría en alcanzar las más altas dignidades eclesiásticas; suerte que en manera alguna podría vaticinar a un laico para las dignidades civiles, cerrados como estaban por entonces, y acaso por mucho tiempo, los accesos a quienes no pertenecieran a la familia del ciudadano que, habiéndolas alcanzado de derecho, consentía que los suyos se hicieran de los medios para, de serles necesario, usurparlas de hecho.

Cauce para mis inquietudes sería el paciente apostolado en favor de la Ley Natural, ácido poderosísimo que corroería el fierro de las invisibles cadenas que aprisionan la mente de nuestros compatriotas. Si, como presumía, era mi voluntad tomar para mí una misión tan sublime, remarcaba mi tío, nada mejor   —146→   que el sacerdocio que sustenta la eficacia de la prédica con la autoridad que emana del sagrado ministerio.

Así pues mis mentores, concordantes en sus fines, discrepaban en los medios para alcanzarlos. Ambos aspiraban a ver realizadas por mí aspiraciones en ellos malogradas por las circunstancias adversas que modelaron sus destinos.

Más que por vocación por las ventajas e inmunidades del oficio me incliné por seguir los consejos de mi tío; mas la prédica de mi padre había hecho su efecto en la modelación de mi carácter. La duda hizo de mí un fracasado jesuita.

Celebrada mi primera misa y pronunciado mi primer sermón, que me dio fama de ser uno de los más notables oradores sagrados que había subido al púlpito de la Catedral de Asunción, me convertí en un mimado de la buena sociedad. Las familias patricias con ínfulas de abolengo, que se estaban recuperando de los despojos y humillaciones sufridos durante la Dictadura Perpetua, pero que continuaban separadas del manejo de la cosa pública, me reconocieron como uno de los suyos. Tanto por mi nacimiento como por mi supuesta ilustración, vieron en mí a su paladín, a su arcángel vengador. Las damas aseguraban que sería el próximo obispo; una vieja vaticinó que llegaría a papa.

No había en aquel entonces, y menos en las mujeres, noción clara de las distancias y de las proporciones. El Paraguay entreabría sus puertas y asomaba por ellas a un mundo del que había estado ausente, pletórico de energías pero sin los frenos de la experiencia y del cabal conocimiento de las cosas. Fue así que fallecido el timonel que avizoraba, astuto, las tormentas, y eludía, prudente, los escollos, consciente como estaba de la fragilidad de la barquilla, la locura halló sustento en la ignorancia, y entonces, gloriosamente, naufragamos.

Dicho sea con la salvedad de que a mis años estoy libre de pueriles vanidades, mi buena figura armonizaba con las dotes de talento e ilustración que se me atribuían. Las beatas se hacían cruces para aventar malos pensamientos; las niñas disputaban por hincarse en el confesionario donde yo escuchaba sonriente el cándido inventario de sus pecadillos, para luego imponerles, con cálidas admoniciones, suavísimas penitencias. No hubo convite o agasajo, ágape o tertulia que se reputase completo si yo estaba ausente. Expectables caballeros escuchaban, atentos y reservados, mis sabihondas peroratas. No siempre sabía guardar en ellas la consideración debida a mis superiores y a mis pares. Me entregaba con harta facilidad a los placeres de la ironía y de la sátira, que en nada se avenían con mi juventud e investidura, y que tantos daños y disgustos habrían de ocasionarme a lo largo de mi no corta existencia.

Señoras analfabetas e indoctas señoritas memoriaban entusiastas mis exabruptos y humoradas para aventarlos, casi siempre deformados y fuera de   —147→   contexto, procurándome así una notoriedad escandalosa en un medio como aquel, desconfiado y caviloso.

Estos halagos en nada favorecían a mi popularidad entre mis cofrades. Como en la juventud se es presa fácil de la Soberbia, correspondía a la mal disimulada inquina que ellos manifestaban de mil modos, con un trato ya arrogante, ya altanero, ya despectivo o burlón.

Los necios intrigaban contra mí. Los taimados en cambio me dejaban hacer. Con fingidos elogios que excitaban mi vanidad me incitaban a proseguir por una vereda de comisa que sabían insegura y de la que tarde o temprano resbalaría al despeñadero.

A estos últimos consideraba mis amigos. Les confiaba mis pensamientos íntimos, les hablaba de mis sueños de redención moral de la Patria y el Pueblo con el aliento de la Libertad. Que yo sepa, no me delataron pero tampoco me advirtieron del peligro, y algunos de ellos sacaron provecho de mi desgracia.

Con el Presidente de la República y los miembros de su familia practicaba una suerte de estudiada adulación, tanto más eficaz cuanto menos lo parecía, y tanto como esperaba en mi carácter de aprendiz de brujo.

A pesar de los consejos de mi tío que me conminaban a la prudencia, y de las admoniciones de mi padre, que antes de morir llegó a decirme que se avergonzaba de verme convertido en un histrión, ingenuamente creí que tenía ganada la partida; que todo me estaba permitido siempre que hiciera buen uso de la simulación y de la astucia, sin advertir que estaba rodeado de astutísimos simuladores, con más escuela y menos escrúpulos, y que tenían un alma sola, no dos almas como yo.

Mis dos almas se manifestaban como burbujas en un estanque de aguas quietas. Alguna frase aislada, una media sonrisa, el énfasis excesivo al expresar un pensamiento ajeno a mis convicciones, el elogio desmesurado a individuos que despreciaba, trastrocaban mi adhesión en un sarcasmo.

Tan grande fue la duda que inspiraba mi sinceridad que, años después, en plena guerra, estando preso en Paso Pucú, el obispo Palacios mandó que se anotaran las palabras que pronunciase en sueños, cosa que me obligó, por temor a mis dos almas, a pasar noches en vela simulando que dormía.

Cundió la especie de que era yo un solapado partidario de los anarquistas porteños, hereje y luterano por añadidura. Verdaderos y falsos amigos hiciéronme el flaco favor de rebatir tan descabelladas imputaciones, haciéndome sujeto de un debate en el que se ventilaban ideas que arbitraria o insidiosamente se me atribuían. Tales ideas, más que yo mismo, entrañaban un peligro que fue preciso conjurar.

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Como entre mis defensores hubo algunas mujeres, dio comienzo a la patraña, que años más tarde se haría formal imputación en un proceso, que47 había urdido alterar el orden público alborotando al bello sexo.

Fui confinado a un remoto curato de la campaña, el mismo en el que estoy bosquejando, medio siglo después, las memorias, hechas a vuelapluma, de una etapa inédita de mi vida que escapó al pérfido escrutinio48 del feroz archivero, mi enemigo, y que serán publicadas después de mi muerte si encuentran para ello generoso albacea. De pretexto sirvieron las indiscreciones de cierta señorita de buena familia, tan hermosa como estúpida, que prefirió el escándalo a la salvaguarda de su honor, pues es cosa sabida que la vanidad arroja a tantas mujeres al infierno como a los hombres el orgullo.

Supe mucho después que el Presidente López, luego de escuchar a mis detractores, decidió no castigarme sino moderar mis juveniles impulsos con una severa lección de humildad. Hombre austero y malhumorado, insensible a la adulación, don Carlos solía ceder a la ternura. Me complace creer que me blindó su paternal afecto, porque mientras estuvo entre los vivos me alcanzó su protección.

Mi padre había fallecido. Me despedí de mi tío, quien postrado por la enfermedad que lo llevaría a la tumba, diome su postrera bendición. Había perdido a dos mentores cuya influencia sobre mí fue paradójica. Sin embargo, cada cual a su manera, ambos mantuvieron encendida la llama del saber, convencidos como estaban de que la prosperidad y la felicidad que no se iluminan con la razón y se sustentan con la libertad son frágiles, efímeras e indignas del hombre.

Tuve en mi retiro sobrado tiempo para reflexionar en lo ocurrido, cultivar el espíritu con el estudio, inculcar el catecismo a los párvulos y educar a un discípulo que no quiso seguir mis enseñanzas. Como yo sobrevivió a la guerra. A veces me visita apoyado en las muletas que esgrime victorioso cuando evoca las batallas.

En aquel entonces tomé el gusto de enseñar a los niños y en tales menesteres ocupo mi ancianidad.

Mi vida de párroco de aldea fue feliz al tiempo que virtuosa, con olvido de la vanidad y la ambición. Pero, la dicha a la que ocasionalmente accedemos los mortales excita la envidia del demonio, que hasta en el paraíso pone a prueba la fortaleza del Espíritu ante la miserable flaqueza de la carne.

Hubo un suceso bochornoso que preferiría olvidar, y que luego fue torcidamente declarado en el proceso que años después me incoaron por conspiración, con el objeto de desacreditarme y ponerme en ridículo. No lo hubiera mencionado si no supiera que el perverso documento se conserva en el Archivo Nacional, expuesto a las pesquisas del feroz archivero.

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Afortunadamente cuando ocurrió el desdichado episodio, el Presidente de la República lo pasó por alto y me llamó a la capital, poniendo fin a mi confinamiento.

En adelante obré con más cautela, sin que me fuera dado sin embargo ponerme a salvo de mí mismo. Induje a mis alumnos a no aceptar como axiomas principios cuyo postulado es el poder, y cuyos fundamentos no son los de la razón sino los de la fuerza. Sugerí que el corolario era la acción. Algunos de mis discípulos asimilaron mis lecciones de tal suerte que al cabo de ellas, cargados de grillos, compartimos las prisiones.

No fui el inspirador de la conjura destinada a impedir que el general López fuera elegido por el Congreso presidente de la república, pero me comprometí a sostener en el recinto la necesidad de introducir en el reglamento de gobierno que hacía las veces de constitución, algunas cláusulas que coartaran los poderes casi ilimitados del titular de la primera magistratura. Otros diputados agregarían sus argumentos a los míos, y muchos más apoyarían la iniciativa.

El general López no conocía el alcance del movimiento que se había gestado a sus espaldas, y en absoluto ignoraba mi participación. Algo debió haber sospechado sin embargo porque, a último momento, se me hizo saber que no sería bien vista mi presencia en el Parlamento. Naturalmente me abstuve de asistir.

Mi ausencia causó estupor. Los que llevaban en sus bolsillos discursos constitucionalistas los dejaron donde estaban. Sólo don Benito Varela, un hombre rico que tenía mucho que perder, sostuvo que no podía ser elegido presidente un hijo de don Carlos Antonio López porque el Paraguay no es patrimonio de ninguna persona o familia. Se le respondió que Francisco Solano López no asumiría el poder como heredero de don Carlos sino como un ciudadano libremente elegido por los representantes del pueblo.

Don Benito Varela, anciano valeroso, murió en la prisión.

En los dos meses siguientes el gobierno puso al descubierto las ramificaciones increíbles de la oposición. Las cárceles rebosaban de presos, alguno de ellos encepados o cargados de una a tres barras de grillos. Fueron detenidos prominentes ciudadanos, jefes militares retirados y algunos en servicio activo, como el mayor Rómulo Yegros. Y hasta simples soldados. Otros recibieron severas reprimendas, o, como don Benigno López, confinados a sus estancias del interior del país.

Todas las personas de cierta figuración social fueron conminadas a manifestar su adhesión al nuevo presidente, o a rendirle vasallaje, como entonces se decía. Únicamente se resistió a hacerlo don Cirilo Antonio Rivarola, pese a las exhortaciones de su hermano Manuel María, y a la invitación reiterada que el general López le hizo llegar personalmente. Pero, como don Cirilo se había   —150→   abstenido de participar en la conjura del Congreso, de momento no fue molestado.

Dos años después don Cirilo fue detenido por manifestarse contrario a la guerra que se avecinaba. Puesto en libertad en el transcurso de la misma, combatió como soldado. Prisionero en la batalla de Abay, se evadió del enemigo para continuar combatiendo a las órdenes del hombre que había sido su verdugo. Después de la guerra, como triunviro, presentó a la Asamblea Constituyente un proyecto que difería de la copia de la constitución liberal argentina que los emigrados finalmente sancionaron. Don Cirilo fue el primer presidente constitucional del Paraguay, el primero en violar la constitución y el primero en ser destituido al cabo de un año de gobernar de un modo casi tan arbitrario y despótico como lo habían hecho el Dr. Francia y los López. Protagonizó después ocho años de sangrienta anarquía, al cabo de lo cuales murió alevosamente asesinado.

Enigmática fue la personalidad de don Cirilo.

El mayor Rómulo Yegros murió en la batalla de Tuyutí, combatiendo como soldado raso. Sus últimas palabras fueron para su amigo Pancho López.

Fracasado el movimiento constitucionalista49 y liberal, muchos patricios, convencidos de que nada podían hacer en el Paraguay para alcanzar sus fines, fueron a engrosar en Buenos Aires el antiguo núcleo de emigrados, que volvió a organizarse con fines revolucionarios. Propiciaron una campaña libertadora extranjera para librar al país de la tiranía de López. Éste, por su parte, replicó a la actitud desdeñosa o francamente hostil de la aristocracia criolla instaurando una política de neto corte popular. Multiplicó los premios a los agricultores, les facilitó aún más el acceso a tierras de labranza, envió más estudiantes pobres a Europa, otorgó préstamos sin interés a artesanos, industriales y comerciantes modestos, desarrolló la costumbre de realizar grandes y continuadas fiestas populares en las fechas nacionales y en su propio natalicio. Como se había vaticinado en vísperas del congreso que no tuvo más remedio que elegirlo, se volvió al régimen de la Dictadura Perpetua, sin la inhumana austeridad jacobina del Dr. Francia, pero con la mano férrea de don Carlos.

Fui sometido a doble proceso político y eclesiástico acusado de promover una revolución social, moral y política con fines nocivos para la República, alborotando al bello sexo e inoculando en nombre de la Virtud doctrinas antisociales y perniciosas. Corrieron igual suerte varios jóvenes sacerdotes y seminaristas que habían sido mis discípulos.

Hasta Dios me abandonó, como Él sabe dejar librados a su suerte a los hombres poseídos de orgullo que pretenden prescindir del auxilio de la Divinidad, para que en el abismo de las desilusiones reconozcan su fragilidad y humana impotencia. Pero, como el hombre es un dios que participa de la   —151→   naturaleza del demonio, seguí mi camino detrás de un ídolo oculto, siniestro y despiadado que se burló de mí, que se burló de nosotros, hasta que nos redimimos con la muerte y la gloria.

No mencioné la conjura en las «Etapas de mi vida» que publiqué no hace mucho para defenderme de los desaforados ataques de un feroz archivero empeñado en amargar el retiro de un anciano, porque en el curso de la guerra tomé partido por la defensa de mi Patria y la lealtad al hombre que conducía la defensa contra el invasor, olvidando que era el mismo que me mantuvo engrillado todo un lustro.

Como fiscal de sangre me tocó actuar con el rigor de las leyes de mi época, cuando el enemigo nos empujaba en trágicas retiradas, contra muchos de los que habían sido mis cómplices en el movimiento constitucionalista. No es mi culpa que fueran personas expectables las que vacilaron cuando el pueblo estaba decidido a luchar hasta morir.

Hoy sus victoriosos deudos pretenden cebarse en mí.

Me acusan de haber sido un cruel verdugo al servicio de un déspota sanguinario; de haber mandado en persona, olvidando mi sacerdotal investidura, una carga de caballería que aniquiló un batallón brasileño en la batalla de Ytá-yvaté; de haber apetecido rabiosamente el obispado y condenado a muerte a mi obispo; de llevar una vida licenciosa en mi ya lejana juventud.

Nunca fui un libertino, aunque sí pecador. No me arrepiento de todos mis pecados. ¿Por qué mentir a Dios? No practicaré la hipocresía de la impotencia. Lo poco que hubo de bueno en mi azaroso transitar por este valle de lágrimas, y que puedo regustar fumando un cigarro en la penumbrosa soledad del corredor de esta casa parroquial, se lo debo al bello sexo.

Si fui ambicioso, mi vida fue una larga, severa y obstinada escuela de humildad. La Providencia y la Fortuna se unieron para abatir mi orgullo en pleno vuelo cuantas veces pretendí elevarme por encima de mis semejantes. Y heme aquí en el mismo sitio donde había comenzado, en el curato de esta aldea hasta donde me persiguen implacables la incomprensión y la calumnia atribuyéndome acciones indignas y criminales supuestamente producidas antes y durante la formidable contienda, como si yo hubiera sido dueño de mis actos y no un instrumento de deidades crueles, que empeñadas en destruirnos, nos cegaban.

Sobreviví a la más horrenda matanza que han conocido los siglos, que a poco estuvo de borrar de la faz de la tierra al más valeroso de los pueblos. Flaco fue el servicio del Hado cruel que me salvó de las ensangrentadas garras de Melpómene para sumirme en la amarga impotencia del vencido, forzándome a humillarme en las horcas caudinas.

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Soy un hombre de otro tiempo, de otra edad, perdida para siempre, que con gloria sucumbió con el último aliento del último soldado en el último extremo de su ámbito.

Chocheo, hablo solo; dialogo con innumerables espectros que pueblan mi memoria; con el fantasma del hombre que fui y con el fantasma del hombre que pude ser. Medio siglo después de la hecatombe no podemos todavía los paraguayos distinguir a los vivos de los muertos, confundidos como están en la sombra terrible que se abatió sobre las almas.

Mi secreto, compulsivo e imposible amor a la libertad me hizo padecer tormentos y prisiones en la juventud; por no haberme atrevido a sostenerlo hasta el martirio, el desengaño y el remordimiento me acosan en la vejez.

Amamantado por el despotismo, obligado a la ciega obediencia y al constante disimulo para sobrevivir; encharcado en el lodo y la sangre de una guerra terrible, ¿es humano pedir que mis andrajosos hábitos salieran de allí sin una mancha?

Dios conoce mi alma. Sabe de mis angustiosas dudas cuando seguía aquel insensato peregrinar hacia la muerte; que, sin embargo, no ofrecía como alternativa sino la traición a la Patria. Crimen, este único, del que nadie me acusa.

Estoy preparado para comparecer ante el Dios Hacedor Universal y creador de todos los mundos con el peso abrumador del fardo de mis culpas, y un ligero morral en que sobradamente caben mi bandera y mis méritos.



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ArribaNoticia sobre las fuentes

No por mera presunción algunos personajes de esta novela llevan el mismo apellido que el autor. La historia, que presumo verídica, llegó hasta mí por tradición familiar.

Mi objeto es modestamente literario; pero, como la imaginación que no se afirma en la realidad corre el riesgo de volatilizarse en el delirio, para unir datos dispersos y fragmentarios recurrí a la bibliografía existente y al Archivo Nacional. Son particularmente interesantes los volúmenes 331, 333 y 334 de la Sección Histórica. Contienen detalles de la conjura tendiente a impedir que Francisco Solano López fuera elegido presidente de la república. El tema sólo ha sido tratado marginalmente por los historiadores. Entre otros documentos, cabe mencionar el doble proceso político y eclesiástico a que fueron sometidos, por la misma causa, el presbítero Fidel Maíz y varios sacerdotes y seminaristas.

Conté además con la valiosa y desinteresada ayuda del Dr. José Antonio Vázquez, quien soportó pacientemente el fastidio de mis preguntas. Espero que con la misma generosidad me perdone algunos plagios. Si una idea está clara y bellamente expresada en una frase, no veo la necesidad de cambiarla por una paráfrasis, que oculta el robo pero no lo invalida.

Lectores del manuscrito manifestaron haber quedado con las ganas de saber qué fue de Inocencio Ayala. Ocurre que le perdí el rastro en el momento en que se interrumpe el relato de sus peripecias. No sé si por casualidad o por vericuetos de la sangre y la historia, su pueblo natal, Barrero Grande, se llama ahora Eusebio Ayala.

Espero que Carlos Alberto Pusineri Scala, en una de sus excavaciones arqueológicas, encuentre la prueba material de la veracidad de este relato desenterrando, del campo en que se libró la batalla de Acosta Ñu, al Santo de Guatambú.