Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

El pulso de la memoria: Adolfo Sánchez Vázquez «Poesía» (2005)

Francisco Ruiz Soriano

Adolfo Sánchez Vázquez es uno de los ensayistas y filósofos más relevantes que ha dado el pensamiento español del siglo XX, con obras destacadas que van desde Las ideas estéticas de Marx (1965) a su más reciente De la Estética de la Recepción a una estética de la participación (2005), labor filosófica por la que ha recibido numerosos galardones como el Premio Nacional de las Ciencias y Artes de México o la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio, y este mismo año el Premio María Zambrano de la Junta de Andalucía.

Nacido en Algeciras en 1915, estudió Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid en los años anteriores a la guerra civil e ingresó en el FUE y en las Juventudes Socialistas Unificadas, colaborando en la sección literaria de Mundo Obrero además de dirigir periódicos de compromiso marxista como Octubre y Ahora, órgano central de las JSU. Sin embargo, a Adolfo Sánchez Vázquez hay que considerarlo también un poeta importante de la generación del 36, promoción que osciló entre las vanguardias y la toma de conciencia social que una poesía rehumanizadora comporta ante las circunstancias históricas del momento. De este modo, su poesía es un ejemplo magnífico de la estética poética de su tiempo; amigo de los poetas del 27 como Emilio Prados o Rafael Alberti (llegando a colaborar en la revista Octubre), fundó y dirigió la revista Sur (1935-1936) con Enrique Rebolledo en Málaga. Su primera obra, El pulso ardiendo, que recoge poemas de los años anteriores a la guerra civil, iba a publicarse en el verano de 1936, pero el advenimiento del conflicto impidió que viera la luz hasta 1942, en el exilio mexicano. Será en el destierro cuando reemprenda una intensa labor cultural y docente, cursando estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de la que llegaría a ser profesor y doctor honoris causa (también por la de Puebla, Nuevo León, Michoacán y Guadalajara), participando además en la fundación y redacción de revistas como Romance, Ultramar y Boletín de la Unión de Intelectuales en México.

En este volumen se recoge la totalidad de la poesía de Sánchez Vázquez, agrupada en tres secciones: Poesía en vela (1933-1936), Poesía en guerra (1936-1938) y Poesía en exilio (1940-1954). El autor, en la nota que abre el libro, señala que éste podía haberse titulado perfectamente Diálogos con el tiempo, y en cierta forma la poesía toda de la generación del 36 lo es, pues desde los poetas del exilio como Juan Rejano, Pascual Pla y Beltrán o Ildefonso-Manuel Gil, hasta el grupo Escorial, con Rosales y Ridruejo, establecen al final de su recorrido existencial una poesía que intenta ser testimonio de lo vivido y sufrido, una palabra en el tiempo según las directrices de Antonio Machado, maestro y ejemplo generacional a seguir por todos ellos, pues el maestro de Soledades que fundamentó una poética de la meditación temporal también estableció ese diálogo del hombre con su tiempo histórico, baluarte desde el cual Adolfo Sánchez Vázquez va hilvanando las composiciones del poemario. Así, «Poesía en vela» recoge poemas anteriores a la guerra civil donde destacan «Número», de ecos maiakovskianos, o «Esta voz que nos convoca» donde asoman ciertos tonos surreales en la animación de los objetos y la violencia anímica; aunque el núcleo principal lo conforman las composiciones de El pulso ardiendo, dividido éste a su vez en tres partes: la primera, «Soledad adentro», son diez sonetos de tono desolador con los que Sánchez Vázquez entronca de lleno con la línea sonetil que caracteriza a su generación en esos años, poemas todos llenos de evocaciones panteístas y soledad marcada, mientras que en la segunda parte, compuesta por «Memoria de una noche de octubre» y «Sonarán a silencio», aparece una vertiente de compromiso y lucha social que tiene como fondo la Revolución de Asturias, presente también en la «Elegía asturiana» final, poesía de compromiso ante los hechos históricos que otros poetas de su generación habían denunciado (aquella «Elegía a Aida Lafuente» de Serrano Plaja, u «Homenaje a los caídos en la lucha» de Pascual Pla y Beltrán), para terminar con el apartado «Entrada en agonía», donde el tema central es el dolor por el asesinato de un camarada en Málaga, junto a poemas de tintes surreales que expresan la unión del ser humano con la naturaleza, de clara evocación hernandiana, como «Entrada a la esperanza» o «Entre el ser o no ser», en el que aparece un poeta clamando contra la muerte. La segunda sección incluye poemas escritos durante la guerra civil que entran dentro de la vertiente del Romancero general de la guerra de España (1937), pues Sánchez Vázquez participó con «Romance de moros» o «Romance de la muerte del camarada Metralla»; este apartado recoge sonetos preciosos como «Miliciano muerto», escrito en el frente del Ebro, o «Guerrillero en la noche», fechado en diciembre de 1938 en Barcelona, en el que describe con imágenes cargadas de vitalismo y esperanza la figura del combatiente frente a un paisaje desolado.

La tercera sección del libro recopila las composiciones escritas en el exilio entre los años 1940-1954. La memoria va hilvanando estos poemas que tienen como centro el recuerdo, igual que las obras de muchos compañeros (Manuel Andújar, José Ramón Arana, Rejano, Pla y Beltrán, Lorenzo Varela, Antonio Aparicio, etc.). Sánchez Vázquez necesita explicar poéticamente esa experiencia humana, el paisaje remite constantemente al pasado sufrido y la necesidad de salvación, que es la fuerza de la verdad y del ser humano en libertad, bajo imágenes como la de los «ríos de sangre que surgen de las tinieblas de la historia» y del sueño, la de «ese pulso ardiendo como el toro en la plaza», o la de la «voz sangrante» que denuncia la opresión y la injusticia de su pueblo, pero sobre todo el testimonio de que todavía se existe y se lucha estructuraría este apartado final; buen ejemplo es esa «Elegía a una tarde de julio» donde se evoca el inicio de la guerra, mientras en otras se abre una ventana a la esperanza: «Maternidad», «Paloma de Picasso» y «Afirmación del amor», este último lleno de símbolos naturales en torno al ser humano convertido en árbol o semillas, ejemplos de eternidad frente a la muerte. El libro termina con un tono amargo por lo que ha representado la experiencia de la expatriación: son los catorce «sonetos del destierro», todo un recorrido existencial por el desarraigo de la mano del dolor y la nostalgia, en el que destacan poemas magníficos que tienen como motivo esa actitud de resistencia combativa; así, en «El desterrado» o «Sentencia», aparece el poeta como una torre o un árbol desnudo luchando contra el viento y el hacha de la ruina, idea de enfrentamiento esta vez contra el tiempo con sus connotaciones de postergación y vacío en «Reloj de arena», o contra la apatía en «El poeta pregunta», donde insta a la acción para no caer en la abulia, o contra la nostalgia personificada como un río de tristezas que paraliza al poeta en el poema del mismo título, o contra una poesía sin ideales -anclada solo en la belleza- en «Miseria de una poesía», o contra el engaño de las ilusiones que un paisaje bello pueda presentar en «Impasible naturaleza», para alcanzar un tono más acibarado en «Desterrado muerto» y, sobre todo, «Al dolor del destierro condenados», con el que termina la obra, todo un alegato a la conciencia y al espíritu crítico de la sociedad para que sigan despiertos, memoria poética como centinela alerta para atestiguar que todavía se sigue luchando contra la indiferencia y el olvido.