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ArribaAbajoActo II

 

El mismo decorado.

 
 

(Al alzarse el telón la escena está sola. En seguida entra CLOTILDE, precediendo a DOÑA ÁGUEDA. Esta DOÑA ÁGUEDA es una respetable señora de la localidad.)

 

CLOTILDE.-  Pase, pase, doña Águeda... Doña Rosalía ha salido, pero no tardará. La señorita Magdalena está en la iglesia, rezando por el alma del señor.

DOÑA ÁGUEDA.-   (Con alarma.) ¿Se ha muerto ya?

CLOTILDE.-  Todavía no, señora. Pero, como no puede tardar mucho, la señorita Magdalena no quiere que la pille desprevenida...

DOÑA ÁGUEDA.-  Entonces, ¿llego a tiempo?

CLOTILDE.-  Sí, señora.

DOÑA ÁGUEDA.-   (Con cierta timidez.) Oye, Clotilde. A mí me gustaría que tu señorito, antes de morirse, viniera un día a comer a casa...

CLOTILDE.-   (Comprensiva.) Vamos, lo que la señora quiere es organizarle al señor una fiestecita de despedida.

DOÑA ÁGUEDA.-  Eso es.

CLOTILDE.-  Pues no sé, no sé. El señor tiene muchos compromisos, y como le quedan pocos días de vida...

DOÑA ÁGUEDA.-  ¡Qué lastima!...

CLOTILDE.-  Pero ya hará él un huequecito...

DOÑA ÁGUEDA.-   (Con mucha ilusión.) ¿Tú crees?

CLOTILDE.-  ¡Seguro! Anda, pero si al señor le encanta que le inviten y le festejen. Si es lo que el pobrecito estaba deseando...26 Lo que pasa es que antes no le hacía caso nadie, y ahora, desde que se sabe que está moribundo, ha empezado la gente a decir que el señor tiene mucho talento, y todo son fiestas y homenajes...

DOÑA ÁGUEDA.-  ¡Bien se lo merece! ¡Es un sabio!

CLOTILDE.-  Sí, señora, que lo es. ¡Y qué gusto da ver cómo quieren todos al señor! Es que se le saltan a una las lágrimas... Los niños le paran en la calle y le besan la mano. Los profesores del Instituto le han dado un banquete. Y el alcalde, que le había retirado el saludo, le ha nombrado hijo adoptivo de Villanueva, y esta tarde vendrá con todos los concejales y la Banda para poner una placa en la fachada de esta casa.

DOÑA ÁGUEDA.-  Y él, ¿qué dice?

CLOTILDE.-  Pues ya ve usted: se va a morir, y tan contento.

DOÑA ÁGUEDA.-  ¿Es posible?

CLOTILDE.-  ¡Huy! En sus glorias.

DOÑA ÁGUEDA.-   (Con admiración.) ¡Qué mártir!

CLOTILDE.-  Don Lorenzo dice que lo mejor para vivir a gusto es morirse.

DOÑA ÁGUEDA.-   (Con cierto recelo.) Oye... ¿Y es seguro que se muere?

CLOTILDE.-  ¡Seguro!

DOÑA ÁGUEDA.-  ¿No será un error?

CLOTILDE.-  ¡Ca! Puede estar tranquila la señora. ¡Se muere!

DOÑA ÁGUEDA.-  Cuando tú lo dices...

CLOTILDE.-  El señor es muy serio..., y si ha dicho que se muere, se muere.

DOÑA ÁGUEDA.-  ¡Oh!

CLOTILDE.-  No, si ya comprendo. La señora tiene miedo de quedar en ridículo si, después de organizarle al señor la fiestecita, resulta que no se muere... Pero creo yo que la señora tiene todas las garantías. Por lo visto, don Lorenzo tiene una de esas enfermedades nuevas que se han inventado ahora. Lo que yo digo: desde que llegan a provincias todos los adelantos de Madrid, estamos perdidos...

DOÑA ÁGUEDA.-  Y que lo digas, hija.

CLOTILDE.-  Parece que en cualquier momento, el señor, que en apariencia está tranquilo, pues... ¡zas!, el patatús. Y como un pajarito.

DOÑA ÁGUEDA.-  ¡Oh!

 

(Se oyen fuera unos entusiastas aplausos que vienen de la calle.)

 

CLOTILDE.-  ¡Digo! Ahí llega el señor...

DOÑA ÁGUEDA.-  Pero ¿es que le aplauden?

CLOTILDE.-  Sí, señora. Son las niñas del Instituto. Antes le seguían por la calle riéndose de él y haciéndole mil diabluras. Pero ahora, desde que saben que se va a morir, le acompañan todas hasta casa muy calladitas, y cuando entra en el portal le aplauden.

DOÑA ÁGUEDA.-  ¡Jesús!

CLOTILDE.-  Son muy ricas. Pase, pase la señora...

 

(Salen las dos. Arrecian los aplausos en la calle. En este instante entra LORENZO, satisfechísimo. Se dirige al balcón, lo abre de par en par y, de espaldas al público, naturalmente, saluda con el sombrero. Está francamente emocionado y feliz.)

 

VOZ DE NIÑA.-   (Dentro.) ¡Viva don Lorenzo!

NIÑAS.-   (Dentro.) ¡Vivaaaa!

LORENZO.-   (Emocionadísimo.) Gracias, gracias...  

(Se retira del balcón y cesan los vítores y los aplausos. Se frota las manos de contento. Los ojos le brillan de alegría. Es, sin duda, el hombre más dichoso del mundo.)

  ¡Je! ¡Qué chicas! ¡Qué chicas estas!  

(Se quita el abrigo y el sombrero lentamente. En el fondo, mientras, ha aparecido, despacito, sigilosamente, LORETO. Se queda allí, apoyada en una jamba, mirando a LORENZO, con éxtasis.)

  ¡Hola, hijita! ¿Todavía estas ahí?

LORETO.-  Sí, señor. Yo ya no me separo de usted...

LORENZO.-  ¡Caramba! ¿Por qué?

LORETO.-  Porque quiero recoger su último suspiro...

LORENZO.-  ¡Niña!

LORETO.-  ¿Se siente usted bien, don Lorenzo?

LORENZO.-  ¡Muy bien!

LORETO.-  ¿No nota usted nada todavía?

LORENZO.-  ¡Nada!

LORETO.-  Vaya... Pero algún mareíto sí tendrá.

LORENZO.-  No. Tampoco.

LORETO.-  Bueno..., pues no me fío. Le digo que no me voy, y no me voy. Para que lo sepa. Porque usted no puede tardar mucho en morirse.

LORENZO.-   (Asustado.)  ¿Tú crees?

LORETO.-  Sí, señor. Claro que por mí no tenga usted prisa. Ya me entretendré yo por aquí. Pero si nota usted algún síntoma, llámeme en seguida, que no me lo quiero perder... Para que lo sepa.

 

(Desaparece por una puerta hacia el interior de la casa. LORENZO la ve marchar atónito.)

 

LORENZO.-  ¡Loreto! ¡Oye, Loreto!

 

(Aparece MAGDALENA. Viene de la iglesia con su velo, su libro y su rosario. Al ver a LORENZO va hacia él impulsivamente.)

 

MAGDALENA.-  ¡Siéntate!

LORENZO.-  ¡Magdalena!

MAGDALENA.-  ¡Por la Virgen Santísima te lo pido! ¡Siéntate! No gastes fuerzas inútilmente...  

(Con cariñosísima energía le sienta en el sillón y le cubre las piernas con la manta, que estaba doblada en el sofá. LORENZO la deja hacer gustosísimo.)

  Así, quietecito. ¡Ajajá! Pero, hombre, ¿cómo te olvidas de tu estado?

LORENZO.-  ¿Qué quieres? Es que a veces se me va el santo al cielo y no me acuerdo de que estoy moribundo...

MAGDALENA.-  ¿Sientes vahídos?

LORENZO.-  Todavía no. Pero Loreto dice que ya no puede tardar...

MAGDALENA.-  Todavía no. ¡Claro! Si no puede ser de otro modo. Si me paso el día rezando. Mira: para pedir por ti he empezado un triduo a la Milagrosa, una novena a Santa Rita y te dedico el Rosario todas las tardes...

LORENZO.-  ¡Qué bien lo estás pasando, Magdalena!

MAGDALENA.-  ¡Chiss! Calladito, calladito...

 

(Entra ROSALÍA, que, como su hermana, viene de la calle.)

 

ROSALÍA.-  Buenas tardes... ¿Cómo estás? Toma. Te traigo una cajita de yemas. Y mantecadas de las que te gustan... ¡Ah! Y caramelos. Porque tú, aunque lo disimules, eres un sabio muy goloso.

LORENZO.-   (Muy emocionado.) Yemas, mantecadas, caramelos. Una confitería. ¿Todo esto es para mí, Rosalía?

ROSALÍA.-  ¡Todo! ¡Todo para ti!... ¿Estás contento?

LORENZO.-  Mucho, muchísimo... ¡Qué hermosa es la vida! ¡Qué bien se está aquí, envuelto en esta manta y comiendo mantecadas!  (Amablemente.)  ¿Queréis una?

MAGDALENA.-  ¡No! Todas para ti.

ROSALÍA.-  Todas son tuyas. Te advierto que el pastelero, al saber que eran para ti, no ha querido cobrarme nada...

LORENZO.-  ¿Es posible?

ROSALÍA.-   (Muy complacida.) Sí, sí...

MAGDALENA.-  ¡Claro! Como la gente te quiere tanto...

LORENZO.-  ¿Estás segura, Magdalena?

MAGDALENA.-  ¿Lo dudas?

LORENZO.-  No, no... Es que no me acostumbro.

MAGDALENA.-  Calla, calla. No hables. Y cómete todas las mantecadas.

ROSALÍA.-  ¡Ay! Es verdaderamente emocionante... En todo Villanueva no se habla más que de nosotros. La gente me para en la calle, me besa, me abraza... Me dan el pésame.

LORENZO.-   (Suspenso.)  ¿Ya?

ROSALÍA.-  Ya, ya. ¿Qué te parece?

LORENZO.-  Me parece un poco prematuro.

ROSALÍA.-  Además, ¿sabes que hay tres o cuatro que empiezan a hacerme la corte?

LORENZO.-  ¿A ti?

ROSALÍA.-  ¡Claro! Como se ha corrido por ahí que me voy a quedar viuda... Los pobres... Yo creo que es muy de agradecer.

LORENZO.-  Mucho. Oye, ¿y tú qué has decidido?

ROSALÍA.-  ¡Hombre! Todavía, nada. En todo caso, consultaría contigo.

LORENZO.-  ¡Ah, bueno! Eso ya me tranquiliza...

ROSALÍA.-  En fin, te digo que somos las figuras de actualidad27. Claro que a mí ya me conocéis. Yo soy muy sencilla. A mí no me gusta darme importancia.

 

(Asoma en el fondo LINDA Martín. Es una muchacha joven, vivaracha, risueña, muy bien vestida.)

 

LINDA.-  ¡Chiss! ¡Por favor!... ¿Es aquí donde vive ese señor que se va a morir?

ROSALÍA.-   (Amabilísima.)  ¡Ay, sí! Es mi marido.

LINDA.-  ¡Qué suerte!  (Transición.)  ¡Huy! Perdone. Quise decir que me alegro mucho de conocerla.

ROSALÍA.-  Pues tanto gusto... Este es mi marido.

LINDA.-   (Mirando atentamente a LORENZO.) ¿Este?...

MAGDALENA.-  Sí, sí, este.

LORENZO.-  ¡Servidor!

ROSALÍA.-  ¿Es que no le gusta?

LINDA.-  Al contrario. Me gusta muchísimo.

ROSALÍA.-  Da las gracias, Lorenzo.

LORENZO.-  Muchas gracias... Es favor. ¿Quiere usted una mantecada?

LINDA.-  Es igual, igual que yo me lo había imaginado. No sabe una por qué, pero resulta que todos los sabios son iguales.  (Muy cariñosa.) ¿Cómo está usted?

LORENZO.-  Figúrese... Moribundo.

LINDA.-  Pues que sea para muchos años. ¿Puedo entrar?

ROSALÍA.-  Pero, señorita...

MAGDALENA.-  ¿Quién es usted?

LINDA.-  ¡Ay, qué graciosas! ¿De veras no me conocen? Yo soy Linda Martín, la estrella de cine.

 

(ROSALÍA y MAGDALENA, al oír su nombre, van hacia ella con muchísima efusión.)

 

ROSALÍA.-  ¿Qué ha dicho usted?

MAGDALENA.-  ¡Linda Martín!

ROSALÍA.-  Pase, pase, por favor. Ya decía yo que conocía esta cara. ¡Linda Martín, en Villanueva! ¡Y en mi casa! Siéntese aquí...

 

(La sientan en el sofá, entre ROSALÍA y MAGDALENA. LORENZO se queda solo, abandonado, al otro lado, sentado en un sillón, envuelto en la manta y contemplando la escena con verdadera estupefacción.)

 

LINDA.-   (Felicísima.) Muchísimas gracias.

ROSALÍA.-  Somos unas admiradoras. Aquí hemos visto todas sus películas.

LINDA.-  ¿Todas?

MAGDALENA.-  ¡Todas!

LINDA.-  ¿Han visto ustedes «Una mala mujer»?

MAGDALENA.-  ¡Sí!

ROSALÍA.-  ¡Huy! Dos veces. De mala mujer estaba usted monísima.

MAGDALENA.-  ¡Digo! ¡Pero si parecía un ángel de Dios!

LINDA.-  Bueno. Pero no es mío todo el mérito. La censura me ayudó mucho...

ROSALÍA.-  También la hemos visto retratada con su novio en las revistas...

LINDA.-   (Muy mundana.) ¡Pchs! Tanto como novio... ¿Qué voy a decirles a ustedes? Uno de esos amores destinados a la publicidad... ¿Qué no hará una por la publicidad? Y como si no tiene una novio no la retratan... Claro que con novio, toda la publicidad que se quiera. Si es soltero, una plana; si es casado, plana doble. Ya se sabe.  (Transición.)  Pero a mí lo que me importa es mi arte... ¿Me han visto ustedes en «Isabel la Católica»?

ROSALÍA.-  ¡No!

MAGDALENA.-  Todavía no.

LORENZO.-   (Con tímida curiosidad.) Oiga. ¿Qué papel hace usted en «Isabel la Católica»?

LINDA.-  ¡Por Dios!... Eso no se pregunta. ¡Yo soy Isabel la Católica!

LORENZO.-   (Asombradísimo.) ¿Usted?

LINDA.-  ¡Claro! Tenga usted en cuenta que soy primera actriz...

LORENZO.-   (Indignado.) Pero, señorita, usted no se parece en nada a Isabel la Católica....

LINDA.-   (Muy cargada de razón.) ¡Naturalmente! Es que si yo me pareciera a Isabel la Católica, la película no sería comercial...

LORENZO.-  ¿De veras?

LINDA.-  ¡Seguro! Isabel la Católica no es de público...

LORENZO.-  ¡Ah! ¿No?

LINDA.-   (Muy mona.) ¡Oh, no! ¡La pobre!...

ROSALÍA.-  ¡Lorenzo! Linda tiene toda la razón. ¿Y sabes lo que te digo? Que bien agradecida puede estarle Isabel la Católica...

MAGDALENA.-  Eso mismo pensaba yo.

LINDA.-   (Con cierta modestia.) ¡Por Dios!... No merece la pena.

LORENZO.-   (Boquiabierto.)  ¡Qué barbaridad!

LINDA.-  Bueno. Estoy segurísima de que ustedes se están preguntando que por qué me he metido en su casa sin más ni más.28

ROSALÍA.-  ¡Ay, no! Yo estoy encantada.

MAGDALENA.-  Y yo, y yo. ¡De las cosas que se entera una cuando vienen forasteros!...

LINDA.-  Pues verán ustedes. Desde hace quince días estamos rodando exteriores en el pueblo de al lado. Es una película rural, ¿comprenden? Una de esas películas que llevan dentro el alma de Castilla...

ROSALÍA.-  ¡Qué lata!

LINDA.-  Sí, señora. Pero como le van a dar un premio...  (Transición.) El caso es que desde hace quince días en el pueblo no se habla más que de su marido.

LORENZO.-   (Interesadísimo.) ¿También allí?

LINDA.-  ¡Huy! Yo creo que en toda la provincia. Su nombre no se le cae de los labios a aquella gente. Como se va usted a morir... Y, claro, como una tiene mucha imaginación, y es muy romántica, y muy novelera, y es una sentimental, porque todo lo que me pasa me pasa por sentimental, pues me dije a mí misma: «Ese señor no se muere sin que yo le conozca... A ese le cierro yo los ojos».

LORENZO.-   (Con un escalofrío.)  ¡Caray! ¿Por qué se va usted a molestar?

ROSALÍA.-   (Emocionada.) ¿De veras dijo usted eso?  (Transición.)  ¿Has oído, Lorenzo?

LORENZO.-  Sí, sí...

ROSALÍA.-  ¿Estás contento?

LORENZO.-  Mucho, muchísimo...

MAGDALENA.-  Anda, hijo, que ya puedes estar orgulloso.

LINDA.-  Conque dejé colgados a los de la película, cogí mi coche y aquí estoy. Por mi parte, ya se puede usted morir cuando quiera. Vengo decidida a que muera usted en mis brazos.  (A ROSALÍA.) ¡Digo! Si a usted no le importa...

ROSALÍA.-  Por Dios...; tratándose de usted, con muchísimo gusto. Vamos, vamos al comedor y tomaremos una copita.

LINDA.-  ¡Oh! Por mí no se moleste.

ROSALÍA.-  Si no es molestia. Si es que estas cosas son para las ocasiones... Además, me tiene usted que contar muchas cosas de su vida. ¡Ay, la vida de los artistas! ¡Debe de ser un sueño!

LINDA.-  ¡Ah! No quiera usted saber. Un vértigo. Banquetes, estrenos, fiestas, cócteles29... Y, además, todas las noches voy al Café de Gijón.

ROSALÍA.-  ¿Al Café de Gijón?  (Entusiasmadísima.)  ¡Eso es vivir!

 

(Salen las tres. Entra DON JULIÁN por el fondo. Viene con mucho misterio.)

 

DON JULIÁN.-  ¡Chiss! ¿Estás solo?

LORENZO.-  ¡Sí!

DON JULIÁN.-   (Entra, mirando a todas partes.) Lorenzo, durante cuarenta años he ejercido mi carrera en Villanueva, y jamás30 me ha fallado un pronóstico grave. Siempre que yo he dicho: «Este se muere», el aludido se ha muerto sin protestar...  (Muy orgulloso.)  ¡Ni uno solo me ha llevado la contraria! Y tú, precisamente tú, me vas a dejar en ridículo. Porque a ti te conozco yo muy bien... Tú no te mueres. (Está muy apurado. Va junto a LORENZO y se sienta a su lado.)  Esto hay que arreglarlo, Lorenzo. Así no podemos continuar ni un momento más...

LORENZO.-   (Con terror.)  ¡Doctor! ¿Es que quiere usted que me muera de verdad?

DON JULIÁN.-  ¡Hijo!... Tú no sabes lo que es mi vida desde que se dice por ahí que te vas a morir. La gente de estos pueblos es muy sencilla y muy ingenua. Cuando alguien se muere, lo primero que se les ocurre es echarle toda la culpa al médico. Y, claro, como de pronto te han tomado ese cariño, están furiosos conmigo. Me miran de muy mala manera, ¿sabes? He tenido que dejar de ir al Casino, porque los socios empiezan a retirarme el saludo. La mujer del alcalde me ha escrito un anónimo, y no te digo cómo me pone.  (Afligidísimo.) No puedo salir de casa. Me paso los días encerrado entre cuatro paredes. Por piedad, Lorenzo; hay que descubrir la verdad. Hay que decirles a todos que tu enfermedad es una patraña que te has inventado tú mismo...

LORENZO.-  ¡No! ¡Eso, no!

DON JULIÁN.-  ¡Ah! ¿No? ¿Eh?  (Furioso.) ¿Conque te empeñas en seguir muriéndote?...

LORENZO.-  ¡Sí!

DON JULIÁN.-  ¡Lorenzo! Nunca creí que fueras tan egoísta.

LORENZO.-   (Suplicante.) Todavía no, don Julián; todavía no. No me pida usted que renuncie a esta felicidad de morirme poco a poco. ¿Es que no lo comprende usted? Estoy viviendo los días más hermosos de mi vida. ¿Quién era yo? El infeliz, el chiflado, el hazmerreír de las niñas del Instituto... Nadie creía en mi talento. Nadie leía mis libros.

DON JULIÁN.-  Bueno. Nadie lee los libros de los sabios. Los sabios escribís libros para haceros rabiar los unos a los otros...

LORENZO.-  En cambio, míreme usted ahora, doctor. Todos me miran y me agasajan. Eso que tanto le he pedido a la vida, y con tanta vergüenza como si pidiera una limosna, ya es mío. El amor. Me quieren. Todos me quieren. Lo veo, lo siento. No lo pueden disimular, pobrecillos. Cuando voy por la calle, la gente se me queda mirando con un afecto y con una pena... Yo procuro consolarlos como puedo, y hasta les gasto alguna chirigota. Pero es inútil. No se consuelan con nada. Cada uno me expresa su amor a su manera, Magdalena, mi cuñada, se pasa la vida rezando por mí y cuidándome como a un niño... Y Rosalía... Bueno, mi mujer, como es tan insensata, es otro cantar. Ella, que se veía avergonzada de mí; ella, que se inventó otro marido, porque este infeliz no le servía para presumir, no quiera usted saber la importancia que se da ahora porque es mi mujer... ¡Y cómo me mima! ¡Digo! Pero si hasta me trae mantecadas de la pastelería porque sabe que son mi deleite. Antes me traía polvorones, porque sabe muy bien que siempre que como polvorones me atraganto... No falla.

DON JULIÁN.-  ¡Caramba!

LORENZO.-  ¿Se da usted cuenta, don Julián? Y así, en toda Villanueva...  (Conmovidísimo.) ¿Sabe usted que me van a levantar un busto en el Parque, por suscripción popular?

DON JULIÁN.-   (Alarmadísimo.) ¡No!

LORENZO.-  ¡Sí! Un busto. Y esta tarde, dentro de un ratito, el Ayuntamiento descubrirá una placa conmemorativa en la fachada de esta casa. Claro que el alcalde, para hacer economías, quería poner la placa con la inscripción ya completa: «Aquí vivió y murió el sabio historiador Lorenzo Hinojares»... ¿Comprende?

DON JULIÁN.-  ¡Qué bárbaro!

LORENZO.-  Yo les31 he convencido para que dejen un espacio en blanco y pongan eso después de mi muerte. Me ha costado mucho trabajo, no crea usted, porque el alcalde es muy suyo... (Transición. Con gran emoción.)  ¡Pero aún hay más!...

DON JULIÁN.-  ¿Más?

LORENZO.-  Sí... Creo que me van a hacer académico.

DON JULIÁN.-   (Casi saltando.) ¡Lorenzo!

LORENZO.-  Como lo oye. Parece que en Madrid pensaban hacer académico a Valdés. Pero al saber que yo me voy a morir de un momento a otro, como Valdés tiene muy buena salud y puede esperar, la Academia ha decidido nombrarme a mí, y luego, en seguidita, cuando yo me muera, harán académico a Valdés. Así se queda la Academia con la conciencia tranquila.

DON JULIÁN.-  ¿Y qué dice Valdés?

LORENZO.-  Se ha portado muy bien. Ha dado todas las facilidades.

DON JULIÁN.-  ¡Pobre señor!

LORENZO.-  Eso digo yo.

DON JULIÁN.-   (Asustadísimo.)  ¡Lorenzo! ¿Adónde32 vamos a parar? ¿No te das cuenta de que todo esto es una gran estafa?

LORENZO.-  ¡Sí! Es la gran estafa de la muerte. Pero ¿no cree usted que en esta estafa, en esta mentira, todos estamos jugando con la verdad? ¿Se atrevería usted a llamarme impostor solo porque digo que me voy a morir? La muerte es la única verdad cierta de nuestra vida... Y esas gentes engañadas, que me regalan ahora los honores y el cariño, ¿es que no se portan como si de verdad hubiera llegado la hora de mi muerte? Déjelos usted. Déjeme un poco más en peligro de muerte. Se lo suplico. Usted no sabe lo bien que se pasa... Lo tengo todo. Estoy viviendo los sueños de toda mi vida. ¡Un busto en el Parque! ¡Una placa en la fachada! ¡Un sillón en la Academia! ¡He conseguido que mi mujer se sienta orgullosa de ser mi viuda, cosa que no consigue ningún marido antes de morirse! Y usted, doctor, mi amigo, ¿quiere que renuncie a toda esta dicha? No, doctor. No puedo. No quiero, no quiero...

 

(Se oye bastante lejos una música. Es la banda del pueblo, que toca un pasodoble. El doctor y LORENZO, al tiempo, se ponen en pie.)

 

DON JULIÁN.-  ¿Qué es eso?

LORENZO.-   (Radiante.) ¿Oye usted?

 

(Irrumpe CLOTILDE, alborozadísima.)

 

CLOTILDE.-  ¡Señorito! ¡Ya vienen los de la banda!... ¡Y dentro de nada llegarán los concejales y el alcalde! ¿No sabe usted lo mejor? ¡Va a venir el gobernador!

LORENZO.-   (En éxtasis.)  ¡El gobernador!

CLOTILDE.-  Sí, señor. Dicen que, cuando se ha enterado de que le iban a dar un homenaje al señorito, ha dicho que no se lo quería perder... Y le están esperando de un momento a otro.  (Que está mirando por el balcón.)  ¡Virgen, qué gentío! ¡Si está todo el pueblo! ¡Ay, señorito, qué emoción! ¡Ay, señorito!

 

(Sale CLOTILDE, emocionadísima. Quedan otra vez LORENZO y DON JULIÁN.)

 

LORENZO.-  ¡Don Julián! ¿No estoy soñando? ¡Hasta el gobernador33 de la provincia!...

DON JULIÁN.-  ¡Lorenzo!

LORENZO.-  ¿Qué?

DON JULIÁN.-  Todo esto es una barbaridad. A mí me va a dar algo...

LORENZO.-  ¡Don Julián! ¿Se siente mal?

DON JULIÁN.-  Muy mal. Me estoy mareando. Me voy a caer de un momento a otro... Tengo frío. ¡Tengo mucho frío!

LORENZO.-  ¡Caramba! ¿Quiere usted que le ponga la manta? (Y muy solícito, toma su manta y se dispone a envolver con ella a DON JULIÁN.) 

DON JULIÁN.-   (Frenético.)  ¡Un cuerno!

LORENZO.-  ¡Oh!

 

(Aparecen, muy excitadas, ROSALÍA y LINDA. DON JULIÁN marcha al fondo, abre el balcón y se asoma.)

 

ROSALÍA.-  ¡Lorenzo! Prepárate. Ya está al llegar el alcalde, y dentro de unos minutos llegará el gobernador.

LORENZO.-  ¡Vamos, vamos!...

LINDA.-  Un momento. He traído conmigo un fotógrafo, que está esperando en el café, para que nos haga varias fotografías. Hay que hacer una sensacional. Usted, con la cabeza sobre mi pecho y mirándome profundamente a los ojos, como buscando en mí su último refugio...

ROSALÍA.-   (Con igual entusiasmo.) ¡Qué bonita foto!

LINDA.-   (Igual.) ¿Verdad que sí?

ROSALÍA.-  Preciosa, preciosa... ¿Me la querrá usted dedicar?

LINDA.-  Con mucho gusto...

LORENZO.-  Oiga. ¿Cree usted que saldremos bien?

LINDA.-  De primera. Y ya puede usted estar contento. Esa foto se publicará en todos los periódicos y en todas las revistas. Es usted el primer hombre que se muere en mis brazos.

ROSALÍA.-  Cuando yo digo que tienes mucha suerte...

LINDA.-  Ya me parece que estoy leyendo el pie: «Linda Martín, la estrella cinematográfica, asiste al sabio en sus últimos momentos». ¿Queda bien?

ROSALÍA.-  ¡Sí, sí! ¡Muy bien!

LINDA.-  ¡Ea!  (Satisfechísima.) ¡Esto, esto es lo que se llama publicidad moderna!... ¡Cómo van a rabiar en Madrid más de cuatro! Porque por esta vez no se me ha adelantado ninguna otra fresca.

ROSALÍA.-  ¡Bravo! ¡Bravo!

 

(Aparece CLOTILDE.)

 

CLOTILDE.-  ¡Señorito!

TODOS.-  ¿Qué?

CLOTILDE.-  ¡Que ya ha llegado el alcalde y está pasando revista a la banda!

TODOS.-  ¡Oh!

ROSALÍA.-  ¡Vamos! Tienes que ponerte el chaquet34...

LORENZO.-  ¿El chaquet35? Pero si no me lo pongo desde que nos casamos... Hace veinte años.

ROSALÍA.-  No importa. Como no te lo has puesto más que una vez, todavía está de moda.

LINDA.-  Vamos, vamos, que no está usted para perder el tiempo.

 

(Lo cogen cada una de un brazo y se lo llevan. DON JULIÁN marcha detrás.)

 

DON JULIÁN.-  ¡Lorenzo! Oye, Lorenzo...

 

(Está la escena sola. Entra, lentamente, LORETO. Muy despacito, se dirige al sillón de LORENZO. Se sienta allí. Toma la manta, que está caída en el suelo, y la acaricia con suavidad... Se seca una lágrima. Un silencio. Entra PEDRÍN, en actitud errante, como un vagabundo. Pero al ver a LORETO se detiene.)

 

PEDRÍN.-  Hola, tú.

LORETO.-  Hola.

PEDRÍN.-   (Con timidez.) ¿Estás llorando?

LORETO.-  Un poquito.

PEDRÍN.-  ¿Por qué?

LORETO.-  Porque se va a morir.

PEDRÍN.-   (Apenadísimo.) Ya, ya me lo figuraba.

LORETO.-  ¿Tú no lloras?

PEDRÍN.-   (A punto de saltársele las lágrimas.) No, mujer. Los hombres somos más fuertes.

LORETO.-  Ya, ya. Los hombres...

PEDRÍN.-  La vida, que nos endurece... ¿Sabes?

LORETO.-  Bueno... Será eso.

 

(Un silencio. LORETO sigue llorando suavemente. PEDRÍN, que se ha sentado a su lado, la mira a hurtadillas.)

 

PEDRÍN.-  ¿Le quieres mucho?

LORETO.-   (Con la cabeza.) Sí... Porque es un sabio. Y un santo. Para que lo sepas. Antes, cuando las chicas se reían de él, se las quedaba mirando con una pena... Ahora está algo cambiado, ¿sabes? Desde que sabe que se va a morir se da más importancia... Y casi no me mira. ¡Claro! ¡Como las otras le hacen tantas pamemas! Si supieras qué feliz era yo antes, cuando no le quería nadie. Entonces él me quería a mí sola...

PEDRÍN.-  Oye... ¿Es que estás enamorada del tío Lorenzo?

LORETO.-  Claro, hombre. ¿Es que no se me nota?

PEDRÍN.-   (Asustado.)  ¡Chica!

LORETO.-  Las mujeres siempre nos enamoramos del profesor...

PEDRÍN.-  ¿De veras?

LORETO.-  ¡Ay, hijo! ¿Y tú, que vienes de América, no lo sabes? Pues ¿qué os enseñan en América? A todas nos pasa igual. Purita, la pelirroja, está que bebe los vientos por el profesor de inglés. Pero como es tan mala y tan fresca, se pasa la vida dándole ocasiones y haciendo visajes con los ojos...

PEDRÍN.-  ¡Qué desahogada! Y el profesor, ¿qué dice?

LORETO.-  Creo que va a pedir el traslado...

PEDRÍN.-  ¡Qué barbaridad!  (Transición.) Pues, mira: no me parece bien que te hayas enamorado del tío Lorenzo, porque es un hombre casado...

LORETO.-  ¡Anda! ¿Y eso qué tiene que ver?

PEDRÍN.-  ¡Chica!

LORETO.-   (Con mucha dignidad.) Yo estoy enamorada de don Lorenzo con un amor morboso... Él no sabrá nunca que yo le quiero... Por eso es un amor morboso. Porque los amores morbosos son los más decentes. Para que lo sepas.

PEDRÍN.-  Eso es diferente.

LORETO.-  Pues claro, hijo. Hay que ver lo que tardáis los hombres en enteraros de las cosas.

PEDRÍN.-  ¿Y te casarás con otro?

LORETO.-  ¡Qué sabe una! Como soy tan poquita cosa...  (Transición. Llora otra vez.) ¡Ay, don Lorenzo de mi alma, que se va a morir!

PEDRÍN.-   (Muy bajo, secándose una lágrima.) Loreto.

LORETO.-  ¿Qué?

PEDRÍN.-  Yo también soy muy desgraciado...

LORETO.-  ¿Tú? Pero ¿no vienes de América?

PEDRÍN.-  No importa. Te digo que soy muy desgraciado y que no me echo a llorar porque soy un hombre. La vida es muy triste, Loreto...

LORETO.-   (Suspira.) Cuando tú lo dices, que tienes experiencia...

PEDRÍN.-  ¡Sí! La vida es muy triste. ¡Y todo es mentira! ¿Sabes? No creas nunca nada, Loreto. Los mayores mienten siempre. Cuando yo llegué aquí creía que mi tío Lorenzo era otro hombre distinto... Tía Rosalía nos había engañado durante veinte años, haciéndonos creer que tío Lorenzo era un héroe.

LORETO.-  Es que esta doña Rosalía es una fantástica...

PEDRÍN.-  Bueno. Pues mi madre también la había engañado a ella...

LORETO.-  ¿También?

PEDRÍN.-  También. Mamá escribía a sus hermanas diciendo siempre que papá era un hombre maravilloso, que la quería con locura...

LORETO.-  ¿Y no es verdad?

PEDRÍN.-   (Muy bajo.) No. Papá no es un hombre maravilloso, ¿sabes? (Se calla.)  Otra mujer.

LORETO.-  No me extraña... Las extranjeras son de abrigo.

PEDRÍN.-  ¡Ca! Es de la colonia española.

LORETO.-  ¿La conoces tú?

PEDRÍN.-  Sí.

LORETO.-  ¿Guapa?

PEDRÍN.-  Sí.

LORETO.-  ¡Qué sinvergüenza!

PEDRÍN.-  Es una mujer muy moderna...

LORETO.-  No, si me refiero a tu padre.

PEDRÍN.-  ¡Ah!

LORETO.-  Porque ella..., ella debe de ser una fresca. Otra como Purita la pelirroja.

PEDRÍN.-  ¡Quia! Mucho peor...

LORETO.-  ¡Huy! Cualquiera sabe adónde36 va a llegar esa largartona...  (Transición.) Oye, Pedrín, ¿qué dice tu madre?

PEDRÍN.-   (Muy ruborizado.) A mi madre no le importa. Ella solo piensa en su coche y en sus vestidos y en sus amigos...

LORETO.-  ¿De verdad?

PEDRÍN.-  ¡Sí!

LORETO.-  ¡Qué señora! También se parece un poco a Purita.

PEDRÍN.-  Es mi madre.

LORETO.-  ¡Oh, Pedrín! ¿Me perdonas?  

(Él dice que sí con la cabeza. Un silencio.)

  Oye... ¿Y a quién quieres tú? ¿A tu padre o a tu madre?

PEDRÍN.-  No quiero volver a Méjico nunca. ¿Me oyes? ¡Nunca! Me quedaré aquí para siempre. Por eso te digo que soy muy desgraciado. Porque no tengo a nadie...

LORETO.-  ¡Pedrín! ¿Vas a llorar? ¿Se te ha olvidado que eres un hombre?

PEDRÍN.-  No se me olvida. Pero es que a veces... Si por lo menos no se muriera el tío Lorenzo. Él sí que me quiere. Pero se va a morir de un momento a otro...

LORETO.-  ¡Claro! Está al caer.  (Llorando con más desconsuelo.)  ¡Ay, don Lorenzo! ¡Pobrecito mío! ¡Qué solos nos deja, Pedrín!

PEDRÍN.-  Mucho, mucho.

LORETO.-  ¿Verdad que la soledad nos une?

PEDRÍN.-  Un horror. Como que, si quieres, ya no nos separamos...

LORETO.-  Eso... Eso pensaba yo... (Llora.)  ¡Ay, Pedrín!

 

(Aparece LORENZO. Viste un antiguo chaquet,37 con sombrero de copa de la misma promoción. Al verle, los dos chicos corren y se abrazan a él sollozando.)

 

LORETO.-  ¡Don Lorenzo!

PEDRÍN.-  ¡Tío Lorenzo!

LORENZO.-  Pedrín... ¿Estás llorando?

PEDRÍN.-  ¡No te mueras, tío Lorenzo! ¡No te mueras!

LORENZO.-   (Emocionadísimo.) ¡Chiquillos! ¿Estáis llorando por mí? ¿De verdad, Loreto? ¿Es eso? ¡Hijos míos! ¿Tanto..., tanto me queréis?  (Está a punto de llorar él también.)  Es maravilloso. Es la primera vez que veo lágrimas, lágrimas verdaderas. ¡Hijos de mi vida!  (Transición.)  ¡Ah, no! Pues esto sí que no. No quiero que sufráis... No quiero que lloréis vosotros. Vosotros, no. Vosotros, no.  (Con decisión.) ¡Ea! ¡Se acabó la farsa! Ya no me muero.

LORETO.-  ¡Don Lorenzo!

PEDRÍN.-  ¿Qué dices, tío?

LORENZO.-  ¡He dicho que no me muero! ¡Fuera esas lágrimas! No lloréis más. No me muero, y no me muero...  (Nerviosísimo:38 a gritos.)  ¡Rosalía! ¡Magdalena!

LORETO.-  Pero, don Lorenzo...

PEDRÍN.-  Tío Lorenzo...

LORENZO.-  ¡Pobrecillos, cómo lloraban! ¡Hijos míos! ¡Don Julián! ¡Rosalía! ¡Magdalena! ¡Magdalena! ¡Rosalía!

 

(Surgen, alarmadísimos, a un tiempo, en tropel, ROSALÍA, MAGDALENA, DOÑA ÁGUEDA, LINDA y DON JULIÁN.)

 

ROSALÍA.-  ¿Qué ocurre?

MAGDALENA.-  ¿Qué es eso?

DOÑA ÁGUEDA.-  ¿Qué pasa?

DON JULIÁN.-  ¡Muchacho!

 

(Estas frases, casi a un tiempo. LINDA se adelanta heroicamente.)

 

LINDA.-  ¿Ha llegado el último momento? Pues aquí estoy yo... ¡Que llamen al fotógrafo!

LORENZO.-   (Furioso.)  ¡No!

TODOS.-  ¡Ay!

LORENZO.-  ¡No hace falta el fotógrafo! ¡No hace falta nadie porque ya no me muero!

TODOS.-  ¿Cómo?

LINDA.-  ¿Qué dice?39

LORENZO.-  ¡Lo que habéis oído! ¡Que estoy sano, completamente sano! Y, si Dios quiere, voy a tardar muchos años en morirme...

TODOS.-   (Estupefactos.)  ¡No!

LORENZO.-  ¡Sí!

DOÑA ÁGUEDA.-   (Indignada.) ¿Qué dice este hombre?

MAGDALENA.-  ¿Te has vuelto loco?

ROSALÍA.-  ¡Lorenzo! ¿Te olvidas de que estás gravísimo?

LORENZO.-  ¿Sí, eh? Conque gravísimo. Ya, ya, mira, mira.

 

(Y con toda decisión, y con la mayor limpieza, empieza a hacer rápidas flexiones de brazos y piernas. Todos le miran horrorizados.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

ROSALÍA.-  ¡Lorenzo! ¿Qué significa esto?

LORENZO.-  Significa que os he engañado a todos. ¿Me oyes? Significa que mi enfermedad es una mentira que he propalado yo mismo. ¡Yo! ¿Te enteras? Eso, eso es lo que significa. De manera que vayan ustedes despertando...

LINDA.-   (Indignada.) Oiga, oiga. ¡Usted no puede hacerme a mí esto!

LORENZO.-  Conque no puedo, ¿eh? ¡Je!

ROSALÍA.-  ¡Lorenzo! ¿Por qué has mentido?

LORENZO.-  Porque me moría de soledad. Porque me ahogaban las burlas de todo Villanueva. Porque tú te avergonzabas de mí...

ROSALÍA.-  ¡Lorenzo!

LORENZO.-  ¡Sí! ¡Tú! Porque necesitaba cariño... ¿Entiendes? Cariño. Y ya se ve que, si no da uno la seguridad de morirse pronto, no le quiere nadie. Por eso. ¿Sabes? Por todo eso.

TODOS.-  ¡Oh!

LORENZO.-  Pero acabo de ver llorar a estas criaturas, y eso sí que no, eso sí que no...

 

(LORETO y PEDRÍN, alborozadísimos y batiendo palmas, corren hasta LORENZO y se abrazan a él.)

 

PEDRÍN.-  ¡Bravo! ¡Bravo!

LORETO.-  ¡Viva, viva don Lorenzo!

LORENZO.-  ¡Chiquillos! ¿Estáis contentos?

ROSALÍA.-  Pero ¿y ahora? ¿Qué va a pasar ahora?

LORENZO.-  ¿Ahora?

 

(Suenan, fuera, vibrantes, las notas de un cornetín que da un toque de atención.)

 

TODOS.-  ¡Oh!

 

(Irrumpe CLOTILDE emocionadísima.)40

 

CLOTILDE.-  ¡Señorito! ¡Ya está en la plaza el gobernador!...

TODOS.-  ¡Oh!

LORENZO.-   (Muy asustado.)  ¿El gobernador? Ahora tendré que decirles a todos la verdad.

DON JULIÁN.-  Bueno, hijo. Pero díselo poco a poco, que les va a sentar muy mal...

LORENZO.-  ¡Sí! Es necesario. Adiós, hijos míos... Vuelvo. Vuelvo en seguida.

 

(Sale. Todos están consternados, excepto PEDRÍN, LORETO y CLOTILDE, que corren hacia el balcón y miran con alborozo hacia la plaza. En los demás, un rápido silencio.)

 

MAGDALENA.-  Bueno. Yo nunca me entero de nada. ¿Por qué nos ha engañado así?

ROSALÍA.-  ¡Magdalena! Si no fueras tan tonta como eres...

MAGDALENA.-  ¡Ay, mujer!

ROSALÍA.-  Si no fueras tan tonta, repito, habrías comprendido que yo me di cuenta de todo desde el primer día...

MAGDALENA.-  ¡Anda! ¿Y por qué te has callado?

ROSALÍA.-  Tengo mis razones.

 

(Fuera, el pueblo prorrumpe en grandes aplausos y vivas, y la banda inicia un saleroso pasodoble. PEDRÍN y LORETO, en el balcón, saltan de gozo, y también aplauden.)

 

CLOTILDE.-  ¡Ya está ahí!

LORETO.-  ¡Ole! ¡Ole! ¡Ole!

PEDRÍN.-  ¡Tío! ¡Tío Lorenzo!

CLOTILDE.-  ¡Ya está hablando el alcalde!

DOÑA ÁGUEDA.-   (Amargamente.) ¡Pobre de mí! Y yo que le estaba preparando una fiesta con tanta ilusión... Está visto que no tengo suerte...

LINDA.-   (Indignadísima.)  ¡Un timo! ¡Esto es un timo!

ROSALÍA.-  ¿Se quiere usted callar?

LINDA.-  ¡Un timo!

ROSALÍA.-  ¡Magdalena! Si no se calla esta mujer, le doy una bofetada...

LINDA.-  Claro que todo esto pasa porque estamos en España. ¡Si estuviéramos en Hollywood, este señor se moría de verdad!

 

(Sale LINDA. Nuevos aplausos fuera.)

 

DON JULIÁN.-  ¿Quién habla ahora?

CLOTILDE.-  El alcalde, otra vez.

DON JULIÁN.-  ¡Cómo se aprovecha!

 

(Nuevos aplausos.)

 

CLOTILDE.-  ¡Ya!

PEDRÍN.-  ¡Ya se acabó!

LORETO.-  Ya viene... ¡Ya viene!

 

(Corren hasta la puerta del fondo LORETO, PEDRÍN y CLOTILDE. Todos los personajes miran hacia allá. Un segundo, y aparece LORENZO. Sobre el chaquet41 le han puesto una gran banda.)

 

LORENZO.-  ¡Je!

DON JULIÁN.-  Lorenzo... ¿Se lo has dicho?

LORENZO.-  No, señor.

TODOS.-  ¡Oh!

LORENZO.-  ¿Qué quiere usted?  (Baja la cabeza avergonzado.) No he tenido valor. Como estaban los pobres tan ilusionados...

DON JULIÁN.-  Pero, Lorenzo...

LORENZO.-  Además, todo esto es tan hermoso. Los aplausos, los vivas, la música... Esta gloria. ¡Qué lástima que todo esto no sea para los vivos!

 

(Fuera, entre grandes aplausos, la banda ataca un pasodoble muy marcial. CLOTILDE, LORETO y PEDRÍN llaman alegremente desde el balcón.)

 

CLOTILDE.-  ¡Señorito!

LORETO.-  ¡Don Lorenzo!

PEDRÍN.-  Corre, tío. Ven aquí...

LORENZO.-  ¿Es a mí?

PEDRÍN.-  ¡Claro!

LORENZO.-   (Muy satisfecho.) ¡Voy!  (Como disculpa.) Usted perdone, don Julián. Pero, como es la última vez, no me lo quiero perder...

 

(Corre hacia el balcón. Sale. Se inclina sobre la barandilla, saludando gozosa y repetidamente con el sombrero de copa en la mano. Sigue la música.)

 

 
 
TELÓN