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Historia de Brunilda

Casi el sol no nacido, ya difunto.

D. PEDRO SOTO DE ROJAS



Acabáis de arribar al extremo septentrional de la Noruega, a la patria del sempiterno hielo, a la tierra en que yo nací.

No muy lejos de Hammesfert, donde nos hallamos, es decir, a cinco grados más de latitud Norte que el mismo Círculo Polar Ártico, se eleva el castillo de Silly. Edificado en la punta de áspera roca, hunde uno de sus pies de piedra en las aguas del mar, y por el lado opuesto busca su base en un profundo tajo, ruda labor, más que lecho, de desesperado torrente, el cual, después de ceñir la fortaleza por el Este y por el Sur, se arroja en el Océano con pavoroso estruendo. Por la parte del Norte se estrella la vista en una montaña gigantesca, siempre nevada, cuyos escalones de hielo, arrancando desde el foso del castillo, se elevan hasta perderse en las nubes.

En aquella morada, distante de aquí veinte leguas, vine al mundo hace veinticuatro años.

Al nacer perdí a mi madre.

Mi padre era el jarl Adolfo Juan de Silly, caballero de la Orden de Carlos XII y el primer revolucionario de mi patria. Cuando yo le conocí, blanqueaba ya en su cabeza la nieve de setenta inviernos.

Yo era su hija única, su consuelo, su descanso. Pero como casi siempre estaba viajando o mezclado en conspiraciones, y al castillo no iba otra persona que su hermano Gustavo, pasé la infancia y la niñez en una soledad absoluta.

La precocidad de mi pensamiento y la melancolía de mi carácter fueron inmediatas consecuencias de aquella quietud, de aquella soledad, de aquel aislamiento.

Mi genio altivo y los consejos de mi padre me alejaban de todo trato con la servidumbre del castillo, y mi aya, antes mi nodriza, era horriblemente sorda; de modo que, durante las salidas del señor de Silly, pasé meses enteros sin hablar con más personas que con mi preceptor.

Era éste un viejo sabio danés llamado Carlos Yo, amigo de mi padre, quien, desde que tuve seis años, lo puso a mi lado, dándole habitación en el castillo, a fin de que me enseñara todo lo que pudiera aprender mi pobre inteligencia.

Carlos Yo, no sólo había recorrido la Europa, sino que había estado en Egipto con Napoleón, en América con Lafayette, y en Madagascar desterrado. Sabía seis o siete idiomas; respetábasele como historiador; pintaba regularmente, y en música y poesía era un verdadero genio.

De todo esto nació mi deseo de viajar y mi afán por visitar el Mediodía; aquel edén primaveral que me pintaba mi maestro; aquella Italia, aquella Grecia, aquella España, cunas de todos los grandes artistas y poetas que él adoraba y me enseñó a adorar...

Terminada mi educación a los diez y siete años, llena de ideas, de deseos, de delirios, mi desventura estaba consumada.

Aquella soledad, mi carencia de afectos, la triste mansión en que vivía, aquel viejo helado y escéptico, y esta Naturaleza yerta y muda, abandonada por Dios, pesaron sobre mi corazón como las piedras de un sepulcro...

Pensé y padecí. Mi alma desfalleció en el más espantoso desaliento. La tristeza prolongó mis horas. Mi espíritu quedó enteramente postrado, como si ya hubiera vivido tanto como mi maestro.

Mi padre atribuía esta postración a falta de fuerza física: pero Carlos Yo, que había formado mi alma, conoció lo que sucedía, y dio palabra de curarme del propio mal que me había hecho.

¿Qué remedio diréis que dio a mi horrible melancolía?

¡Uno solo, que equivalía a todo un mundo, al mismo cielo! ¡La música!

Haydn, Mozart, Cimarosa, Pergolesse, Rossini, Meyerbeer, Schubert, Weber, Bellini, Donizetti... ¡Todos, Serafín!... Todos nuestros soberanos, todos nuestros semidioses encantaron con sus armonías aquel castillo lúgubre y pavoroso...

Sus obras inmortales se hallaban siempre ante mi vista; sus inspiradas melodías vivificaron mi corazón.

Ya era feliz. ¡Había resucitado! Era joven después de haber envejecido; sentía después de haber meditado; nacía cuando creía morir; amaba... no sabía qué, ni a quién; pero amaba con toda mi alma.

La música, pues, me dio la vida.

Más tarde debía darme vuestro amor...

Así viví hasta los veinte años.

Esta Naturaleza pálida y enfermiza hablaba ya dulcemente a mi corazón, y, al llegar el verano, me complacía en subir a la plataforma del castillo a contemplar los grandes fenómenos polares...

El valle de Silly despertaba de su letargo; el torrente volvía a mugir; el Océano suspiraba de nuevo al pie de la fortaleza; los ánades revolaban sobre los lagos; los rengíferos pastaban en los abismos, y los árboles ofrecían al cansado cuervo una rama nueva en que posar su pie...

Incesantemente se deslizaban por el Océano, viniendo del Norte, enormes témpanos de hielo, que pasaban ante el castillo como islas flotantes que huyeran de los rigores del Polo, o como los esqueletos de las embarcaciones que el mar había sepultado. Aquellos ejércitos de sombras, que provenían de los derretimientos del mar Glacial, se tropezaban en su errante camino, produciendo ruidos fragorosos; un hielo encallaba en otro hielo; deteníanse un instante; eran alcanzados por otros; formábase una mole gigantesca, capaz de tocar con sus extremos en los dos mundos, y aquel monolito inmenso bajaba luego por el Atlántico, rugiente, formidable, amenazador... Pero un solo dardo del sol primaveral bastaba para herir de muerte al coloso, que se liquidaba y desaparecía insensiblemente, como una gigantesca nube se deshace en rocío... ¡Bendita, bendita la primavera! ¡Bendito el aliento del Mediodía! ¡Bendita la zona en que algún día hube de conoceros!...

Pero volvamos al origen de mis desventuras.

Una tarde (recuerdo que era el primero de Mayo) paseaba yo por la almenada plataforma de Silly.

El sol se había ocultado... para reaparecer al cabo de dos horas.

Llegaba una de esas rápidas noches que preceden a nuestro continuo día de siete semanas.

El crepúsculo vespertino duraba aún en el ocaso... y ya lucía el crepúsculo matinal.

Mas, como entonces el sol se pone y sale casi por el Norte, resultaba que entre aquellos dos crepúsculos, cuya claridad se fundía en una sola, brillaba un tercer fulgor, que también se mezclaba con ellos: ¡el fulgor de la maravillosa aurora boreal!

Absorta estaba en su contemplación cuando llegó a mis oídos lejana música, que salía del barranco donde rugía el torrente.

Era el gemido de una flauta.

Miré hacia aquella parte, y a la luz del naciente día vi un cazador montañés vestido lujosamente, recostado en altísimo abeto y con los ojos fijos en el castillo.

A sus pies había una carabina de dos cañones.

Él era quien tocaba.

Luego que salió el sol, pude distinguir su cabellera rubia, larga y ondulante, sus ojos azules y su tez descolorida. Cosa rara en aquel país: era de elevada estatura.

Ya hacía muchos días que aquel cazador rondaba al castillo, y, no sé por qué, desde el primer momento me inspiró una aversión que había de convertirse en odio.

Acaso era porque siempre lo veía perseguir y matar a los pájaros cuyo canto más me agradaba; acaso era por la audacia que revelaba su impasible rostro... En suma: no sólo me disgustaban los agasajos del montañés, sino que su vista me infundía terror; de tal manera, que hasta en sueños aquella figura, siempre clavada enfrente del castillo, me perseguía como genio maléfico, enemigo de mi felicidad.

El desconocido debió de darse cuenta de mi desdén al observar que, siempre que él aparecía en el valle, huía yo de la plataforma. Pero él tornaba, sin embargo, al día siguiente.

En la ocasión que os digo me apartaba ya de las almenas al punto que lo reconocí, cuando divisé a la parte del mar un cuadro que me agradó vivamente.

Al pie del castillo mecíase sobre las aguas una especie de góndola, tripulada por dos remeros y por un joven que, sentado en la popa, tenía entre sus brazos un arpa escandinava.

¡Misteriosos instintos del corazón! Aquel joven me interesó desde luego. Sus ojos y sus cabellos negros, verdadera singularidad en esta tierra, y los primeros que yo veía, llamaron mucho mi atención. Vestía de blanco como los antiguos noruegos, y destacábase admirablemente sobre su túnica el gracioso perfil de un arpa negra con remates de oro.

No diré que fue amor lo que inspiró aquel hombre a mi alma, virgen aún de afectos; pero sí declaro que oí con emoción su serenata; que lo vi partir con pena, y que cuando allá, a lo lejos, me saludó descubriendo su cabeza, abandoné la plataforma como diciéndole: Adiós.

El odioso montañés presenció esta escena muda, y no volvió en muchos días.

También habían pasado dos semanas, cuando torné a ver al desconocido del arpa...

Pero no ya en góndola, sino a bordo de una urca de gran porte.

Apareció por detrás de la isla de Loppen, que está enfrente de Silly, como a una legua de distancia, y cruzó casi por debajo del castillo.

El joven de los cabellos negros venía en la proa, con la mirada fija en mí.

Al pasar por Silly me hizo un saludo, al cual yo contesté.

Al mismo tiempo sonó un tiro en el torrente.

Un marinero que estaba próximo al joven del arpa, cayó herido.

Miré al valle buscando al cazador (pues desde luego supuse que sus celos eran causa de todo), y no lo vi por ninguna parte.

Entretanto saltó a tierra el joven de la urca, seguido de algunos marineros; pero, por más que registraron todo el valle, peña por peña, mata por mata, no encontraron al agresor.

Entonces volvieron a embarcarse.

La urca desapareció al poco tiempo con dirección al Norte.

Lo último que vi fue el humo de un cañonazo, que luego retumbó como lejano trueno...

Era su postrer adiós.

Cuatro años han transcurrido sin que yo vuelva a verle, y el corazón me dice que ha muerto asesinado...

Ahora, Serafín -continuó Brunilda-, para que comprendáis los sucesos posteriores de mi historia, necesito poneros en algunos antecedentes.

Ya sabréis que la Noruega, reino agregado antes a la corona de Dinamarca, pasó no hace muchos años a poder de la Suecia, que dio el cambio a los dinamarqueses toda la Pomerania.

Pero lo que no sabréis es que el corazón de los noruegos no ha aceptado ni aceptará nunca este tráfico inmoral que los puso en manos de sus tradicionales adversarios; pues nosotros odiamos de muerte a nuestros vecinos, quizá porque lo son.

Así es que, a pesar de habernos dado la Suecia una Carta muy amplia, que nos constituye en cierta especie de democracia presidida por un Rey, la patria del gran Sverrer, la que vio en otro tiempo sucederse en Cristiania la gloriosa dinastía de sus Reyes propios, conspira sin cesar por romper aquel tratado... ¡Y lo conseguirá, Serafín; pues todo pueblo generoso concluye siempre por conquistar su independencia!

Para ello está minada la Noruega por una Sociedad secreta, que se reúne cada mes en pequeñas secciones, de las cuales salen diputados para la Dieta clandestina, que acude todos los años a Spitzberg, a la isla de Nordeste, que está completamente deshabitada a causa del frío.

En esta isla hay un gran salón subterráneo, donde se van reuniendo las armas y los tesoros de esta inmensa conspiración, y en el cual se celebra la sesión anual de los diputados noruegos.

La importancia de la revelación que os hago no se os ocultará, Serafín; creo inútil, pues, encargaros el secreto. Yo lo sabía todo por mi padre, que se hallaba afiliado en la sección de Malenger, ciudad no muy distante de Silly, a la cual iba el anciano con frecuencia.

Estos viajes solían ser de tres o cuatro días; pero el que emprendió la misma tarde en que pasó la urca por delante de Silly se prolongó mucho más, sin embargo de no habérmelo advertido...

Ya estaba yo muy inquieta, cuando, el día que hacía ocho de su partida, entró mi padre en el castillo sobre un caballo que no era el suyo.

Venía pálido, más delgado y con la huella del sufrimiento en su venerable rostro.

Yo me asusté sobremanera... Pero él me tranquilizó, aunque diciéndome al mismo tiempo que tenía que hablarme reservadamente.

Quedamos solos, y he aquí la relación que me hizo:

Volvía de Malenger hace cuatro días, cuando, al pasar por las gargantas del Monte Bermejo, caí en poder de unos bandidos.

Bajáronme del caballo, atáronme los brazos a la espalda y me obligaron a penetrar por un barranco, en cuyo término había una pequeña explanada rodeada de cuevas.

Al verme llegar, adelantose hacia mí un enmascarado, a quien dieron los bandidos el nombre de capitán.

El capitán, pues, me desató los brazos y me condujo a la menos repugnante de aquellas cuevas.

-Sentaos... -me dijo, haciéndolo él.

Yo lo imité.

Su voz era juvenil y su porte distinguido.

-Jarl... -prosiguió el enmascarado-: he turbado vuestra tranquilidad...

-¡Basta!... -interrumpí yo-. ¿Quieres mi dinero? Toma.

Y arrojé mi bolsa a sus pies.

-Tomad vuestro oro... -dijo el bandido con voz alterada-. Aquí no se trata de eso.

-Pues ¿de qué se trata?

-De vuestra hija.

-¡De Brunilda! -exclamé aterrado.

-¡Al fin sé su nombre! -murmuró el desconocido.

-¡Mátame! -repliqué sin vacilar.

-¡Vos lo habéis dicho! -repuso con voz sorda y tranquila.

Yo me estremecí, porque me entró el temor de no volver a verte.

-Una palabra más... -añadió el bandido-. ¡Yo la amo!... Os la pido en casamiento.

-¿Quién eres? -pregunté asombrado ante aquella osadía.

-Óscar el Encubierto.

-¡Tú! -exclamé horrorizado al verme enfrente del Niño-Pirata, como le dicen las gentes de mar.

Hasta entonces, y aunque debí sospecharlo al ver la máscara del bandido, no había yo pensado en tal cosa; y era que nunca había oído decir que el terrible corsario hiciese correrías por tierra.

-Tenéis tres días... -añadió levantándose-. ¡Vuestra hija, o la muerte! ¡Os lo juro por mi rostro, que nadie ha visto ni verá!

Y salió de la cueva, cerrándola con dos o tres llaves.

Yo no repliqué ni rogué.

Sabía que el Niño-Pirata era inflexible.

Aquella noche me dormí.

A la mañana siguiente había tomado una determinación desesperada, acaso inútil; pero la única que me quedaba en tan horrible situación.

-Tengo cuarenta horas... -me dije-. Este terreno es blando y húmedo: detrás de esta explanada hay otro barranco... Procuraré escaparme.

Y con un afán indescriptible, valiéndome, ora de las uñas, ora de mis espuelas, me puse a hacer un agujero de media vara cuadrada en la pared del fondo de aquella cueva, asaz profunda y lóbrega.

Al rayar el otro día, que era el del plazo fatal, llevaba hecha una excavación de seis varas.

¡Y todo esto sin comer, sin beber, sin dormir!

La desesperación me ayudaba y la blandura del terreno se prestaba a mis esfuerzos.

Al mediodía empecé a escuchar el ruido del torrente, cuyo lecho es el mismo barranco que yo buscaba a través de aquella galería...

¡Una hora más, y estaba libre!

Emprendí mi tarea con nuevo ardimiento, y ya tocaba al fin de mis afanes, cuando oí sonar las cerraduras de mi prisión.

Salí presuroso del agujero; sacudí mis cabellos y mis vestidos, y esperé con un ansia horrible...

La puerta se abrió, dando paso a un hombre.

Era Óscar.

Venía enmascarado como siempre.

-¡Tres días! -dijo, mostrándome un reloj.

-Y bien... -murmuré, interponiéndome entre él y el fondo de la cueva.

Pero mis precauciones eran inútiles; la obscuridad de aquel punto no permitía ver mi trabajo.

-Ya lo sabéis... -contestó el Encubierto a mi interpelación-. ¡Brunilda, o la muerte!

El frío del sepulcro se apoderó de todo mi cuerpo.

-¡Responded pronto!... -añadió el pirata.

Una súbita idea cruzó por mi mente.

-Aún no me he decidido... -contesté.

Déjame pensarlo esta noche.

Mi idea era concluir la excavación y evadirme.

-Tiempo habéis tenido de reflexionar... ¡Decidíos! -replicó el facineroso.

Era tal la voz de aquel hombre, que no admitía apelación.

-¡La muerte! -respondí.

-¡Sea! -dijo él con frialdad-. ¡Yo me apoderaré de vuestra hija sin que vos me la deis!

Salimos de la choza, cruzamos la explanada y llegamos al barranco.

Miré hacia atrás, y vi que nadie seguía al Encubierto.

Él se bastaba.

Quería ser juez y verdugo, como yo era juez y víctima.

¡Qué cuadro aquel, hija mía!

Él con una pistola en cada mano...

Yo sin armas.

Él joven, fuerte, ágil...

Yo viejo, débil, con tres días de ayuno y de insomnio.

-¡De rodillas! -exclamó el Encubierto.

Yo me arrodillé, poniendo mi pensamiento en Dios y en ti.

-¡Por última vez!... -añadió el pirata-: ¡Decidid entre la paz o la muerte!

-¡Maldito seas! -respondí, cubriéndome los ojos con las manos.

El bandido montó una pistola.

-¡Esperáis que me apiade! -murmuró sarcásticamente-. ¡Qué locura!

-¡Tira! -grité con mi último resto de valor.

Una fuerte detonación ensordeció el espacio.

¡Cosa extraña! ¡No me sentí herido!

Pasada la primera emoción, levanté la cabeza y vi al enmascarado rodar al fondo del barranco.

Miré a mi alrededor, no explicándome aquel misterio, y distinguí a un joven de gallarda presencia, que se acercaba a todo el galope de un brioso alazán.

Apeose; dejó en el suelo una carabina aún humeante, y, cogiéndome en sus brazos, exclamó:

-¡He llegado a tiempo!

-¡Os debo la vida! -contesté, estrechándole a mi corazón-. ¿Cómo podré pagaros?...

-¡Anciano! -respondió el joven con dignidad-. No os he salvado por la recompensa. Volvía de Malenger por este camino extraviado, temiendo que los bandidos de Monte Bermejo me arrebatasen unos papeles importantes que llevo en mi cartera, cuando os vi de rodillas al lado de vuestro asesino... ¡Dios ha querido que salve a un inocente y purgue a la tierra de un malvado!

-¡Ah!... ¡Nunca lo olvidaré! -repliqué, volviendo a abrazarlo-. ¡Decidme quién sois! ¡Sepa un padre a quién debe la dicha de abrazar a una hija adorada!...

-¡Hablad! ¡Hablad! Yo conozco vuestra voz -exclamó el joven-. Yo acabo de oírla... ¡Ah, qué idea!

Y llevándose la mano a la frente, hizo uno de los signos de la Asociación de Malenger.

-No os engañáis... -respondí-: ¡somos hermanos!

-He oído vuestro discurso de hoy -replicó él-. Como estábamos todos enmascarados, no he podido reconoceros. ¡Sí, somos hermanos!

-¡Y amigos! -añadí con toda la efusión de mi alma-. Yo soy el jarl Adolfo Juan de Silly.

-¡Vos! -exclamó el mancebo con indecible sorpresa-. ¡Gracias, Dios mío!

-No os comprendo... -murmuré al ver aquella emoción extraordinaria.

-¡Ah, señor! -añadió el joven-. ¿Por qué he de ocultároslo? Yo soy el jarl Rurico de Cálix. Mi castillo se halla a una legua del vuestro... ¡y amo a vuestra hija! Me hablasteis de recompensa hace poco... Vos conocéis mi estirpe... Pues bien... ¡No en nombre del servicio que os he prestado, sino rendido a vuestros pies, os pido la mano de Brunilda!

Aquel amor tan elocuente, aquella ocasión, la seguridad de tu júbilo al verme después de tan grande peligro, todo, en fin, me hizo no vacilar.

-Será vuestra esposa... -respondí tendiéndole la mano...

-¡Jurádmelo, señor!

-¡Os lo juro! -dije, señalando al cielo.

-¡Ah! ¡Soy dichoso! -exclamó él, besándome aquella mano-. ¡Ahora, oíd! -continuó con solemnidad-. Yo soy el encargado en Malenger para ir a Spitzberg a dejar las actas de este año y todos los documentos recogidos hoy... Sabéis lo peligroso de este viaje, que debo emprender ahora mismo, pues mi barco me espera en la ensenada que hay detrás de este monte, a media legua de aquí... Si tardo... ¡que Brunilda me espere! Si pasa un año y no he vuelto... ¡Brunilda es libre!

-¡Os lo juro! -volví a decir, cada vez más prendado de mi salvador.

Hízome entonces subir en su caballo; cogiólo del diestro, y caminamos juntos hasta la orilla del mar.

Allí lo esperaba un buque.

Yo no le insté para que viniese a Silly, porque sabía la urgencia de su peligrosa comisión: él me obligó a quedarme con su alazán; nos despedimos tiernamente, y aquí me tienes, hija mía, sin tranquilidad ni ventura hasta saber si te adhieres o no a mi juramento.

-¡Ah, padre mío! -contesté, besando sus venerables canas-. ¿Podéis dudarlo? ¡Mi corazón ama ya, sin conocerlo, al que le ha devuelto vuestro cariño, vuestra preciosa existencia! Pero, aunque fuera mi mayor enemigo, os juro, por Dios y por la madre que perdí, ¡que Rurico de Cálix será mi esposo!

Pasaron cinco meses sin que nada notable ocurriera en el castillo.

Desapareció el sol completamente; el frío se presentó más intenso que ningún año; mi padre se agravó de sus achaques, empezando a inclinarse hacia el sepulcro; mi tío Gustavo se fue a vivir con nosotros, y Carlos Yo volvió a Copenhague, dando por terminada mi educación.

Yo no torné a ver al montañés de la flauta.

El bardo del arpa negra dejó también de aparecer por los alrededores de Silly.

Rurico de Cálix no vino tampoco a reclamar su promesa.

Transcurrió otro mes, durante el cual mi padre, cada vez más débil y abatido, no dejó el lecho.

Entonces se presentó un correo con una carta, que decía así:

«Jarl:

»No he olvidado vuestro juramento.

»Espero de vuestra honradez que os suceda lo mismo.

»Acabo de llegar de Spitzberg, y no sé cuándo podré presentarme a reclamar mis derechos; pero será antes del plazo fijado.

»Como la vida es la probabilidad de la muerte, desearía que exigieseis a vuestra hija y a su tío (que supongo será su tutor cuando bajéis al sepulcro) el cumplimiento de lo que me jurasteis.

»Así lograremos más tranquilidad, vos en la muerte y yo en la vida.

»RURICO DE CÁLIX».

La rudeza de esta carta afectó mucho a mi padre.

A mí no pudo menos de inspirarme un sentimiento de rebeldía contra el que la había escrito.

Pero mi padre y yo teníamos prestado un juramento que era forzoso cumplir. Es más: receloso ya el noble anciano, en vista del disgusto que nos había causado a todos aquella lectura, nos llamó una noche a mi tío y a mí al lado de su lecho, nos hizo volver a jurar el cumplimiento de su promesa, encargó mi tutela a Gustavo y nos bendijo...

Ya dábamos por segura la muerte del anciano, cuando empezó a reponerse...

La vuelta de la primavera acabó de restablecerlo, y a mediados de Abril salió de Silly, después de once meses de clausura.

Despidiose de todos por cuatro días, diciendo que iba a Malenger... y ¡pobre padre mío! su cadáver fue el que volvió...

¡Sí, Serafín! ¡Su cadáver, bañado en sangre, cosido a puñaladas!

Tal lo encontraron unos pastores en los desfiladeros del Monte Bermejo. ¡Tal lo llevaron al castillo!

¡Óscar, el Encubierto, había sido vengado!

Quince días después de la muerte de mi padre se detuvo un lujosísimo caballero en la puerta del Silly.

Pidió hospitalidad y fue admitido.

Mi tío y yo pasamos al gran salón de los Condes, y dimos orden de que introdujeran al huésped.

Abriose la puerta, y uno de nuestros servidores anunció:

-El jarl Rurico de Cálix.

Mi tío se adelantó a recibir al recién llegado.

Yo creí morir al verlo entrar.

¡Era el cazador montañés que tanto aborrecía!

Era el Capitán del Leviathan, a quien ya conocéis.

-Señora... -dijo el joven, inclinándose fríamente ante mí-. Si no tuviéramos el sentimiento de llorar la muerte del jarl de Silly, él me presentaría a vos entre sus brazos y os diría la alta consideración con que soy vuestro admirador más humilde y apasionado.

-Recibid, señor... -le contesté-, la ofrenda de mi gratitud. Yo bendigo en vos al que en otro tiempo me conservó un padre... que después me ha sido arrebatado.

-Admito esas palabras con tanto más placer, cuanto que me recuerdan otras no menos gratas del difunto jarl... -contestó el joven saludándome de nuevo.

-Y esas palabras... -murmuré con terror.

-¿Las ignoráis? -replicó vivamente-. ¡Son un juramento!

-Lo sé.

-Entonces, señora, espero...

-Bien, jarl... -repuse sin saber lo que decía-. Pero ved...

-¿Qué deseáis? -preguntó Rurico. palideciendo.

-¿Y vos?

-Yo, con el mayor respeto, pido al señor Gustavo de Silly la mano de su pupila la jarlesa Brunilda.

-Y yo, caballero... -respondió mi tío-, os la concedo con el mayor placer, y cumplo así lo que he jurado.

-También me atrevería a suplicar... -añadió el de Cálix- que nuestro enlace se verificase lo más pronto posible.

-Nos permitiréis un año... -replicó mi tío-. Mi hermano acaba de morir.

-No es sólo eso... -observé yo entonces.

Por mi parte desearía otro plazo... además del exigido por el luto.

Rurico me lanzó una mirada ardiente.

-Yo no os amo, jarl... -le dije con entereza-, y desearía trataros antes de ser vuestra esposa.

Los ojos del joven se inyectaron de sangre.

-Yo sí os amo, señora... -murmuró con voz alterada-. Os amo hace mucho tiempo... y vuelvo a suplicaros que no retardéis el día de mi ventura.

-¡Jarl! -repuse con altivez-. Ni mi padre ni yo hemos jurado nada relativo a fechas...

-¡Señora! -replicó Rurico con los labios trémulos-: ¡fuera un horrible escarnio que, valida de ese pretexto, excusarais vuestro deber!... ¡Según lo que decís, pudierais esperar a que blanqueasen vuestros cabellos ante de ir al altar conmigo!

-Caballero, me ofendéis... -respondí con dignidad-. Sólo os pido cuatro años.

-¡Cuatro años! -murmuró el joven con despecho.

-Y, en tanto -dije yo a mi tío-, recorreremos la Europa, según tenemos proyectado.

Una viva transición se obró de pronto en la fisonomía de Rurico.

-¡Sea! -apresurose a decir-. Dentro de cuatro años... El día 7 de Mayo de...

-Permitid, jarl, que fije el plazo yo misma... -le interrumpí-. Somos 7 de Mayo de 18... Pues bien: el día 7 de Agosto de 18... os acompañaré al altar.

-Bien, señora... -respondió el jarl de Cálix-. Me arrebatáis otros tres meses... Pero acepto. Tomad mi sortija.

Y me entregó este anillo, cuyo blasón no he comprendido nunca.

-¡Yo soy testigo!... -añadió el hermano de mi padre.

-Entretanto, jarl, viajaréis con nosotros, puesto que Brunilda quiere trataros.

-Con sumo placer... -respondió el joven-; y, si me creéis digno de tanta honra, pondré a vuestra disposición un bergantín que acabo de comprar en Liverpool. Se llama Leviathan.

-Aceptamos -respondió mi tío.

-Mañana partiremos -añadí yo.

-Convenido -concluyó el de Cálix, saludando.

-Sabéis lo demás, Serafín -prosiguió Brunilda.

He estado en Cristiania, Stockholmo, Copenhague, Londres, París, Viena, Venecia, Lisboa y Sevilla.

En algunas de estas poblaciones he cantado cediendo a mi afición, y por esta circunstancia me habéis conocido.

Ahora quería ir a América; pero el plazo de los cuatro años se cumple dentro de dos meses, y Rurico de Cálix me reclama mi juramento.

He inclinado la cabeza, y lo he seguido a esta ciudad...

Desde aquí partiremos a Silly dentro de tres días, y ¡adiós, mundo! ¡adiós, esperanza! ¡adiós, todo! ¡Quedaré sepultada en vida!

Spitzberg

Brunilda y Serafín vuelan juntos

Según avanzaba Brunilda en la relación de su historia, Serafín se fue poniendo pálido, lívido, desencajado...

Cuando la joven concluyó, el infeliz amante había inclinado la cabeza con absoluto desaliento... Dijérase que iba a morir.

Brunilda lo miró intensamente; apoderose de sus manos, y dijo con ademán y acento de inexplicable grandeza:

-¡A vuestro corazón apelo! ¿Qué puedo hacer?

-Casaros con Rurico de Cálix... Cumplir vuestro juramento... -murmuró el joven con una tranquilidad horrible.

La Hija del Cielo arrojó un profundo suspiro, como si a su vez le faltase la vida.

Pasaron algunos instantes de silencio.

-¿Y en estos cuatro años?... -balbuceó Serafín.

-¡He aprendido a aborrecerlo más y más! -interrumpió ella.

-¡Sois muy desdichada!

-¡Sí!

-¡Ese hombre es un infame!

-¡Lo sé!

-¡Un vil, un desalmado, un réprobo!

-¡Ah..., callad!... ¡Ese hombre será mi esposo!

-¡Puedo evitarlo! -exclamó Serafín levantándose.

-¡No..., no..., amigo mío!... -replicó Brunilda-. ¿Y mi padre? ¿Y mi juramento?

¡Vos no podéis matar a Rurico!... ¡Sería un sacrilegio! ¡Ni yo me uniría nunca al matador del que salvó la vida al jarl de Silly!

-¡Pero el salvador de vuestro padre ha querido después asesinarme alevosamente!

-Me dirá que tenía celos, y que yo di motivo para que los tuviera...

-¡Conque no hay remedio!

-¡Ninguno! -respondió Brunilda con la calma de la muerte.

-¡Conque he de abandonaros!

-¡Sí, Serafín; dentro de una hora moriremos el uno para el otro!

-Conque dentro de una hora... -prosiguió el joven con voz enronquecida- he de salir por esa puerta diciendo a mi corazón: «¡Ya no hay ventura!...», diciendo a mi amor: «¡Ya no hay esperanza!... ¡Hay un nunca, un implacable nunca entre la felicidad y nosotros!».

Serafín calló algunos segundos.

Brunilda lloraba.

-¡Y luego vivir! -continuó el joven-. ¡Deslizarse por el tiempo con un dolor inextinguible, con un deseo irrealizable! ¡Recordar esta hora, aquella noche, aquellas armonías; recordar que os he visto a mi lado; que nos unía el corazón; que se tocaban nuestras manos; que se miraban nuestros ojos, que se hablaban nuestras almas; que temblábamos de amor, como dos flores de un mismo tallo; que todo nos enlazaba, la pasión, el arte, el pensamiento; y que fue preciso separar esos corazones, desviar esas miradas, tronchar el tallo de esas flores, desenlazar esas manos, romper esa simpatía, destruir esa ventura! ¡Recordar que sonó una hora en que el mundo cayó entre nosotros, poniendo la barrera de lo imposible entre la ilusión y la realidad, entre vuestro porvenir y el mío, entre mi felicidad y la vuestra!... ¡Y luego vivir!... ¡Vivir! ¡Ah! ¡Esto no puede ser!

El joven golpeó su frente con desesperación.

Pasó otro intervalo de silencio.

-Serafín, oídme... -murmuró Brunilda, en cuyos ojos brillaron una luz celestial, una vida eterna, una esperanza divina-. Quiero que viváis: quiero que seáis dichoso: quiero serlo yo también... Escuchad cómo. No os diré yo que me olvidéis... ¡No! ¡Esto es imposible! No os diré tampoco que os acordéis de mí con la desesperación que me habéis pintado... ¡Quiero otra cosa..., y vais a comprenderme! Quiero que nos separemos sin desunirnos; que vivamos el uno para el otro; que, a través de la distancia, se busquen nuestros pensamientos; que a cualquier hora sepa vuestro corazón que hay otro corazón en el mundo que late a compás con él; que de día, de noche, hoy, mañana, dentro de veinte años, digáis desde vuestra patria, desde el fin del universo: «¡Te amo, Brunilda!», y estéis convencido de que el viento que acaricie en seguida vuestra frente os responde: «¡Te amo, Serafín!». Quiero que creáis que ese viento es mi voz..., y lo será sin duda... porque siempre os estaré bendiciendo. Quiero que cuando beséis una flor, digáis: «¡A ella!», y que no dudéis que en el mismo instante estoy diciendo yo, viendo volar un pájaro: «¡A él!». Quiero que cuando veáis a ese pájaro llegar del Norte, exclaméis: «¡Brunilda!», como yo, cuando vea llegar una nave por el Mediodía, diré: «¡Serafín!». Quiero que, cuando oigáis el Final de Norma, me veáis a vuestro lado, bien seguro de que mi alma, mi pensamiento, mi memoria, no estarán en otra parte. Quiero, en fin, que cuando pasen muchos años, y podáis imaginar que he muerto, sigáis haciendo lo mismo, hablándome, viéndome, adorándome, en tanto que yo, muerta o viva, entre el último suspiro, desde la tumba o desde el cielo, estaré bendiciéndoos, repitiéndoos un inmortal ¡le amo! Ya veis, Serafín, que os propongo una unión indisoluble, que va más allá de la vida, que triunfa de la ausencia, de la distancia, de los ultrajes de la edad, de la muerte. ¡Vivir así es la beatitud del cielo, la juventud eterna, la existencia perdurable, una gloria anticipada! Por algo y para algo, Serafín, nos dio el Criador un alma inmortal... Mi alma no es ni puede ser de Rurico de Cálix. Mi alma es vuestra. ¡Amémonos con el alma! Yo juré ante Dios dar la mano de esposa al salvador de mi padre, y cumpliré mi juramento, aunque le odio. Pero mi corazón, mi espíritu, mi voluntad, ¡Dios lo sabe! os pertenecerán eternamente. Ahora, sentaos a ese piano... ¡Vamos a despedirnos en el divino lenguaje del alma!

Serafín había seguido a la Hija del Cielo en aquella atrevida inspiración, palpitante, arrebatado, suspenso, cual si escuchara la voz de un ángel, y, cuando la joven dejó de hablar, cayó de rodillas ante ella, con las manos cruzadas, desfallecido de amor...

Brunilda estaba de pie. El genio radiaba en su frente; la pasión fulguraba en sus ojos; el sublime canto de Bellini brotaba de sus labios...

Serafín corrió al piano, y tocó y cantó las patéticas melodías del Final de Norma como nunca fueron oídas por nadie...

Las lágrimas salían presurosas a escucharlas, y el corazón respondía a sus lamentos.

Serafín, con la cabeza vuelta hacia Brunilda, le expresaba además en sus miradas los pensamientos de amor y muerte de aquella suprema despedida.

Brunilda, apoyando una mano sobre el hombro de Serafín, elevada sobre él, inundándolo de luz, de amor, de poesía, envolviéndolo en su voz, en su ademán, en su aliento, en su dulce calor, en el aroma que se desprendía de ella, profería aquellas sentidísimas frases:

So terra ancora

Sarò con te,



como si improvisase lo que cantaba, como si fuese la propia Norma bajando a la frente de Bellini, o la misma música dormida en los pliegues del aire; como ilumina la luz, como las flores exhalan su fragancia...

Ayer, hoy, mañana; Sevilla, Hammesfert, Silly; el amor, la despedida, la ausencia; la esperanza, la dicha, el recuerdo; el fuego, la llama, la ceniza: todo palpitó en aquellos cánticos, todo se lo dijeron aquellas almas...

Y cesó la armonía, y aún resonó en sus oídos...

Y callaron, mirándose, enlazadas las manos...

Y cuando la luz del sol inundó el aposento, Brunilda y Serafín seguían aún mirándose, sin pensar, sin hablar, fuera del mundo, fuera de esta realidad palpable que nos oprime, de este ser, esclavo de la vida, que nos ata a la tierra; lejos, sí, muy lejos del imperio del tiempo, de la prisión del espíritu, de las cosas que transcurren, de las historias que se cuentan...

Un beso mutuo, un dilatado beso, ni premeditado ni pedido, sino espontáneo, instintivo, abrasador, terminó aquel misterioso coloquio de sus almas.

Separáronse en seguida bruscamente, él para salir de la habitación, ebrio, aturdido, vacilante, y caer en brazos del que allí lo condujo; ella para languidecer como flor moribunda, y desplomarse al fin sobre la alfombra, sin gritos, sin color, sin conocimiento.

Lector, lo siento mucho; pero sucedió como te lo cuento

Cuando Serafín volvió en sí, hallose en cama, en una habitación desconocida, sin memoria de lo que había pasado, y sin más cuerpo de que disponer que unos huesos inertes liados en un pellejo flojo y amarillo.

A la cabecera de su cama se hallaba Abén, el negrito de Brunilda.

-¿Dónde estoy? -preguntó, sin recordar que el africano manifestó en otra ocasión no entender los idiomas que él poseía.

-En Hammesfert, en el Hotel del Oso Blanco... -respondió el negrito en correcto francés.

Serafín lo miró sonriendo, y le dijo:

-¡Hola! ¡Parece que ya nos entendemos!

El nubio enseñó a Serafín toda su caja de dientes, digna de figurar entre las fichas de un dominó.

-¿Quién me ha traído aquí? -siguió preguntándole nuestro héroe.

-Yo.

-¿Cuándo?

-Hoy hace un mes.

-¡Un mes!

-Ni más ni menos. ¡Habéis estado agonizando!...

-¿Qué he tenido?

-Fiebre cerebral.

-¿Y Brunilda?

-La señora jarlesa se fue a Silly hace veinte días...

-¿A cómo estamos?

-A 3 de Julio.

-¡Es decir, que no se ha casado todavía! -exclamó Serafín, procurando inútilmente incorporarse.

-No se casa hasta el 7 de Agosto... - respondió Abén.

-¿Y Rurico?

-En Silly con el señor Gustavo. Ambos creen que os suicidasteis hace un mes.

-¡No se engañan! -pensó Serafín-. ¿Y mi equipaje? -preguntó al cabo de un momento.

-Miradlo... -respondió Abén, señalando al fondo de la habitación.

-¡Para siempre! -exclamó Serafín, cubriéndose el rostro con las manos.

El negro ocultó su caja de dientes.

-¿Cuándo podré levantarme? -preguntó el músico después de un momento.

-Dice el médico que dentro de diez días.

-¿Y la señora? ¿Qué te ha dicho?

-Que os cuidase mucho y os aconsejara volver a vuestro país cuando estuvieseis bueno.

-¡Para siempre! -tornó a exclamar Serafín.

El negro volvió a descubrir su dominó.

-También me dio esta carta... -añadió, alargando un papel al enfermo.

Éste lo abrió, trémulo de amor y de angustia.

Decía así:

«Vivir es amar.
»Vivamos, Serafín.
»Adiós.
»Hasta siempre.

»BRUNILDA».

El joven besó el papel y volvió a quedar sin conocimiento.

Al cabo de ocho días se levantó.

-Ve al puerto, Abén... -dijo al negrito-, y búscame un pasaje para cualquier puerto del Mediodía.

-No hay barco, señor -dijo a Serafín.

-¡No hay!

-No; pero se espera dentro de quince días una urca que viene de Spitzberg con dirección a Cádiz. Dicen que permanecerá una semana en Hammesfert.

-Partiré en esa urca -murmuró nuestro joven.

-Bien; descuidad en mí... -dijo el negro.

Ocho días después Serafín salió a la calle.

El sol no se ponía hacía dos o tres semanas, sino que giraba en torno del cenit, trazando una espiral.

Hacía calor.

Ningún hombre ha pasado días tan desesperados, tan lentos, tan aburridos, como Serafín en Hammesfert.

Transcurrió otra semana, y la anunciada urca, cuyo nombre era Matilde, fondeó en el puerto.

Abén dio a Serafín un billete de pasaje para el día 3 de Agosto, y recibió su importe de manos del músico.

Pasó, en fin, la tercera semana, y llegó el día de la partida.

Nuestro joven escribió la siguiente carta, que entregó a Abén después de darle un estrecho abrazo:

«¡Adiós, adorada Brunilda!

»Te escribo el 3 de Agosto...

»Dentro de cuatro días... iré yo por los mares con dirección a mi patria... ¿A qué? ¡Dios mío! ¡A morir, o a vivir muriendo!

»Dentro de cuatro días... estarás tú caminando hacia el altar.

»¡Somos muy desdichados!

»¡Adiós, Hija del Cielo! ¡Adiós, idolatrada Norma! ¡Adiós, Brunilda mía!

«SERAFÍN».

Después de esta suprema despedida, que costó al músico las últimas gotas de su apurado llanto, quedó tranquilo, indiferente, estúpido.

Dos horas más tarde se embarcaba en la urca Matilde, que ya se preparaba a salir con rumbo a España...

Saludó por última vez al negrito, que agitaba su gorro turco desde el muelle, y la urca se hizo a la vela.

Serafín tembló todavía al ver que se apartaba de aquella costa, donde dejaba todas sus ilusiones, toda su dicha, toda su esperanza... Cuando cesó aquel postrer síntoma de sensibilidad, creyó que ya se habían interpuesto mil leguas entre Brunilda y él.

-¡He muerto a los veinticuatro años! -dijo con una frialdad y una calma de que nadie le hubiera creído capaz.

Y miró a su alrededor como un autómata, como un insensato, como un loco...

Entonces no vio otra cosa que olas, y olas, y más olas... Olas por Levante, olas por Poniente, olas por el Norte y olas por el Mediodía.

La dicha está en el fondo de un vaso

Serafín se dirigió a la cámara de proa y se dejó caer sobre un asiento, apoyando los codos en la gran mesa de aquel salón-comedor.

Allí permaneció largo tiempo inmóvil y silencioso como un cuerpo sin alma.

Al cabo de dos horas levantó la cabeza, y pidió ponche, mucho ponche, con ron de Jamaica, mucho ron...

Trajéronle una enorme ponchera.

-¡Así dormiré! -se dijo.

Y llenó el vaso hasta los bordes.

Bebióselo lentamente, con la cabeza tirada atrás, fijos los ojos en el ardiente licor; pero, al apurar la última gota, vio en el fondo del vaso la figura de un hombre que penetraba en la cámara en aquel instante.

El vaso se le cayó al suelo, mientras que él daba juntamente un grito y un salto, y quedaba de pie, tambaleándose, sin creer en lo que veía...

-¡Diablo! ¡Rediablo! ¡Diablísimo! ¡Protodiablo! ¡Archidiablo! ¡Non plus ultra diablo! ¡Diablo Cojuelo! -exclamaba en tanto el aparecido, lanzándose a Serafín, cubriéndole de besos y estrechándole entre sus brazos.

¡Era Alberto!

El músico se restregó los ojos, se los estiró con los dedos, tocó como Santo Tomás, y dudó todavía.

-¡Alberto! -exclamó por último-. ¡Alberto mío! ¡Alberto de mi alma!

Y se quedó un instante como traspuesto, entregado a su júbilo, a su sorpresa, a su felicidad...

Luego languideció otra vez y volvió a desplomarse sobre el banco.

-¡Te dejé bebiendo y te encuentro lo mismo! ¡Bravo, querido Serafín! -exclamó Alberto abrazando nuevamente a su amigo-. Pero ¡diablo! ¿Cómo es que te hallo aquí? ¡Tú en Laponia! ¡Tú, que reprobabas mi viaje! ¡Tú, que ibas a Italia!

-¡Italia! -murmuró Serafín, a cuyos ojos volvían las bienhechoras lágrimas.

-Ya sé que equivocaron nuestros billetes... -continuó Alberto-. ¡Mas no por eso he ido yo a Italia, como tú has venido a Laponia! Y ¿qué te ha parecido mi Norte? Pero te encuentro pálido... ¡Lloras! ¿Qué tienes, mi querido amigo?

Serafín no pudo responder. ¡Le agradecía tanto a Dios aquel encuentro! ¡Le recordaba Alberto tantas cosas!...

-¡Qué noche aquélla, Serafín! -prosiguió el incansable cosmopolita, hablando de mil cosas a un tiempo, como tenía de costumbre-. Estábamos borrachos en los tres grados que marcan los autores: Chirlomirlos, Cogegallos y Patriarcales... Yo advertí la equivocación... al día siguiente; me quedé en Gibraltar, y tres días después... no creas que fui a Sevilla ¡Diablo! ¡Amo demasiado a Matilde para verla con tranquilidad! Y, dime: ¿sabes algo de ella?

Serafín suspiró al oír el nombre de su hermana.

Alberto continuó:

-Pues, señor, tres días después, hallándome sin buque en que hacer mi expedición al Polo, compré esta urca; la tripulé; la confirmé con el nombre de Matilde...

Alberto hizo otra pausa, mirando a Serafín.

-¡Mucho la amas! -suspiró el músico.

-¡Más que a mi vida! -replicó Alberto con vehemencia-. ¡Cada vez más! ¡Es el único dolor que me avasalla! ¡Es mi única debilidad en el mundo!

Luego continuó, dominándose:

-Bauticé, digo, la urca con el nombre de tu hermana... y me nombré a mí mismo Capitán. ¡Sabe, pues, que estás bajo mis órdenes!

Serafín sonrió a pesar suyo.

-En fin... -prosiguió Alberto-. Después de un mes de navegación llegué a este maldito Hammersfert, donde permanecí dos días. En seguida enfilé la proa al Polo, y he hecho mi anhelada visita a Spitzberg. ¡Qué cosas tan magníficas, tan sorprendentes he observado en aquella región! Pero ¡hombre! ¿qué tienes? ¡Tú estás triste hasta la medula de los huesos! Tristis est anima tua usque ad mortem! que hubiera yo dicho en mis tiempos de teólogo.

-¡Ay, Alberto!... -suspiró Serafín, a quien la locuacidad de su amigo le comunicaba deseos de hablar.

-¿Qué te pasa, diablo? ¡Cuéntamelo todo! Tú sólo bebes en las situaciones culminantes... ¡Algo extraordinario te ha sucedido!

-Te lo contaré todo muy despacio... -dijo Serafín-. Ahora no me siento con fuerzas... Sabe, por de pronto, que la Hija del Cielo...

Alberto interrumpió a su amigo con una ruidosa carcajada.

-¡Cien veces diablo! -exclamó-. ¿Conque aquel amor es la causa de tus penas? ¿Conque no has olvidado a esa mujer? Pues, señor, ¡te compadezco! -añadió, mudando de tono-. ¡No hay peor cosa que un amor imposible! ¡Tampoco puedo yo olvidar...!

-¡Ay! -suspiró Serafín-. ¡Tú no lo sabes todo!

-Pues ¿qué hay? ¿Te ha escrito? ¿Dónde está? ¡Diablo! ¡Me interesa esa mujer! ¡Perderla a la hora de amarla! ¡Perderla!... y encontrarla luego en Cádiz..., sí..., ¡eso es!... ¡Qué borrachos estábamos!... ¿Viste cuando agitó el pañuelo? Y luego... ¡nada!... ¡Se disipó! ¡Desapareció para siempre!

-¡Ojalá! -exclamó Serafín.

-¿Cómo? ¿Has vuelto a encontrarla? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Tiene algo que ver ella con tu viaje al Norte?

-La he visto; la he hablado; he viajado con ella un mes; ha cantado, acompañándola yo; sé su nombre y su historia...

-¡Diablo y demonio! ¡Y me lo dices con ese aire de tristeza! ¡Oh! ¡Tú me engañas! ¡Tú estás, cuando menos, chirlomirlo!...

-Te digo la verdad... -respondió Serafín-. ¡Por ella he venido a esta región! ¡Por ella me ves en tu barco! ¡Por ella vivo... sin poder vivir en manera alguna!

-¡Yo te consolaré -repuso el Capitán de la Matilde- echando algunos tragos! Pero... ¡ahora caigo en la cuenta! ¿Has encontrado también al joven del albornoz blanco? ¡Por cierto que no se me ha olvidado el desafío pendiente, y que acudiré a la cita!... ¿Has vuelto a tropezar con aquel oso rubio?

-¡Y he hablado con él muchas veces!

-¿Estoy soñando? Dime: ¿y el viejo, el enano, el calvo?...

-¡También sé quién es!

-Y ¿no te llamas todavía Polión?

-¡Ya ves que estoy desesperado! Es asunto largo de contar... Mañana lo sabrás todo.

-¡Por mis charreteras y por todos los diablos! ¡Creo que hemos tropezado a tiempo! ¡Los que se suicidan deben de estar la víspera de su muerte como tú estás hoy!

-Tampoco puedo matarme... -replicó Serafín lúgubremente.

-Me alegro muchísimo...; pero dime, ¿por qué no puedes?

-Porque lo he jurado.

-¿A quién?

-A la Hija del Cielo.

-Pues, señor, ¡no lo entiendo! ¿Es coqueta esa mujer?

-¡Es un ángel!

-¿Te quiere mal?

-¡Me adora!

-Cada vez lo entiendo menos. ¿Es casada?

-No... ¡Aún es soltera!

-¡Vete al diablo! En fin, dejemos esto...

Ya me lo contarás después... o nunca. Lo que no tiene remedio, se olvida. Para olvidar, se bebe. Y para beber, se pide. ¡Hola! ¡Traed más ponche! Voy a hacerte la partida... Luego vendrás a mi cámara, y en adelante viviremos allí juntos. Yo te curaré de ese amor o suspiraré contigo... ¡Ay! ¡También tengo mis razones! ¡Dentro de un mes estaremos en Cádiz... y, por mi parte, no sé qué hacerme! ¡Cantaré misa, o me iré al Japón! No tengo casa, ni familia... ni... ¡Diablo! ¡Que sea yo tan necio! ¡Pues no amo a tu hermana como un imbécil! Pero hablemos de otra cosa... ¡Brrr! ¡Magnífico ponche! ¡Alégrate, Serafín!¡Qué ganas tenía de hablar... y, sobretodo, contigo! ¡Figúrate mi sorpresa cuando hallé tu nombre en la lista de los pasajeros de mi buque! ¡Vaya otro vaso! ¡Me parece un sueño que te veo! Pues, señor, ya que no hablas, hablaré yo solo; te contaré algo de mis viajes... De seguro te distraerán... Ahora recuerdo cierta entrevista que he tenido con un alma del otro mundo... Y esto me recuerda otra cosa... ¡Torpe de mí, que no te lo he dicho todavía! ¿Sabes tú con quién estás hablando?

-¿Con quién? -dijo Serafín maquinalmente.

-¡Con el Capitán de la Matilde!

-Ya me lo has dicho.

-Espera... que aún no he concluido... No sólo soy Capitán, sino Almirante. Y digo Almirante, porque, si echo al agua las lanchas y los botes, no negarás que me hallo con una escuadra. ¿Qué te parece? ¡Ni es esto todo!... ¡Soy rey!

-¡Rey! -murmuró Serafín sonriéndose.

-¡Rey!... ¡Rey con todas sus letras!

-¿De dónde?

-Del Spitzberg; de la Isla del Nordeste. ¡Un rey sin súbditos! ¡Rey de una isla desierta! ¡Una especie de Pepe Botellas, como decían en los somatenes de antaño...; pero rey absoluto, pues que no tengo Cámaras! ¡Y qué paz hay en mis Estados!

-Mas ¿quién te ha consagrado rey?

-¡Yo mismo...; yo que antes de ceñirme la corona había ya dicho en mis adentros, parodiando al gran Sixto V: Ego sum Papa! Sí, chico... En esto soy de la opinión de mi primo Enrique VIII de Inglaterra. ¡Soy rey y pontífice a un mismo tiempo! Primero me hice papa, y luego me consagré rey. Pero vuelvo a mi historia... a mi entrevista con los muertos. Atención. ¡Vaya otro vaso!

De cómo un cadáver se embalsamó a sí mismo

La Isla del Nordeste -continuó Alberto- es la más septentrional del archipiélago de Spitzberg, y está desierta como las otras. En la que da su nombre a todo el grupo creo que hay una colonia rusa, habitada sólo los veranos... Pero yo no buscaba rusos, Serafín; ¡yo buscaba la augusta soledad de una Naturaleza muerta!

Así es que desembarqué en aquella isla, mayor que muchos reinos de Europa, solo, con mi escopeta al brazo y no sin cierto estremecimiento de orgullo al pensar que era yo el único morador de aquel vasto territorio, ¡su rey, mejor dicho, como Adán lo era de todo el planeta cuanto apareció en él!

Mediaba a la sazón la primavera de aquel país; pero hacía un frío de todos los diablos.

Algunos fresales silvestres crecían sobre un suelo siempre nevado: las adormideras blancas y las siemprevivas florecían a la sombra de añosos cedros abiertos y desgajados por el frío, y en el zócalo de los témpanos de hielo que se recostaban sobre los montes se extendía el liquen o musgo blanco... He aquí toda la vegetación de la Isla del Nordeste.

El burgomaestre, ese buitre del Polo, el mallemak y los rotgers cantaban y volaban de cumbre en cumbre...; pero por ninguna parte veía cierto pájaro que yo buscaba, y sobre el cual había leído muchos embustes...

-¿Qué es eso, Serafín? ¿Te duermes? Atiende, ¡voto a bríos! que se acerca la catástrofe.

El pájaro que yo buscaba era el apuranieves.

Ya había andado cosa de media legua por el interior de la isla, cuando el sol rompió la aterida niebla... Inmediatamente vi en la cumbre de un picacho de hielo cierta especie de tórtola, cuyas doradas plumas resplandecían al sol de tal manera, que parecía un ave de oro, o, mejor dicho, de fuego...

¡Era la que yo buscaba!

Apuntéle en seguida; pero la tórtola me vio, y, levantando el vuelo, se fue a posar en una hendedura formada por dos hielos seculares...

Avancé hacia allí con precaución; mas no con tanta que el apuranieves dejase de tener tiempo de adoptar alguna por su parte...

Ésta consistió en introducirse por aquella grieta.

Desesperado con este contratiempo, y decidido a no volver a bordo sin un apuranieves, trepé a la montaña y me deslicé por la hendedura.

Entonces vi con asombro que aquel pórtico de constante hielo daba entrada a una extensa gruta, al fin de la cual brillaba también la luz del día.

El apuranieves estaba parado en aquella salida de la galería de cristal, y fulguraba al sol como un ascua.

A mí me rodaban las tinieblas.

Como la crujía natural en que me hallaba era enteramente recta, apunté al pájaro desde el centro y solté el tiro...

El apuranieves cayó al otro lado de aquella mina.

Iba a, buscarlo, cuando sentí que se estremecía toda la gruta, y que los témpanos se desplomaban por todas partes con fragoso ruido. Aquella galería no era de rocas, sino de hielos seculares.

Creí perecer.

La salida y la entrada se habían obstruido juntamente, privándome de todo escape y de toda claridad.

Quedé, pues, en tinieblas, en el centro de un terremoto.

Al poco tiempo crujió la techumbre, y empezó a desmoronarse también alrededor de mí.

La luz entró a torrentes en la destrozada gruta.

Yo me puse de un brinco en el primer claro que vi sin techo, y, ya más tranquilo, esperé a que terminase el trastorno que había causado mi imprudencia.

Pero, como si el cataclismo no hubiese tenido más objeto que el asustarme, no bien me coloqué en salvo, terminaron los crujidos y los hundimientos.

Entonces miré a mi alrededor buscando salida, y con ánimo de buscar también el apuranieves.

Pero, al girar la vista, mis ojos tropezaron con otros ojos...

¡Diablo, Serafín! ¡Estremécete!...

¡Aquellos ojos eran humanos, y tan resplandecientes y negros como los míos!

Y, sin embargo, yo me hallaba solo en la gruta.

¡Aquellos ojos estaban dentro de un témpano!

Al punto creí que mi propia imagen, refractada por el hielo, estaba enfrente de mí...

Pero cuando vi que aquellos ojos correspondían a una cara, y que aquella cara no era la mía, y que a la cara seguía un cuerpo vestido de blanco, tendido a lo largo del témpano, y que aquel cuerpo era el de un hombre engastado en cristal, el de un hielo convertido en hombre, el de un cadáver helado..., ¡diablo, Serafín! te lo juro, no fue «¡Diablo!», lo que dije, sino «¡Dios!», «¡Dios!», una y otra, y muy repetidas veces.

¡Lo que más me extrañaba era que aquel cadáver tenía los ojos abiertos, lucientes, con la chispa vital vibrando en la pupila!

Era un hermosísimo mancebo, vestido con una blanca túnica escandinava, manchada de sangre por muchos puntos. Su mano estrechaba un objeto, en que reconocí una caja de plata. Largos cabellos negros, erizados por el frío polar y por el de la muerte, rodeaban su blanco rostro, sellado aún con la postrera angustia. Parecía una imagen del Crucificado tendido en su santo sepulcro.

Y no te extrañe nada de esto, Serafín... Yo ya sabía que no hay embalsamamiento más perfecto y durable que la congelación, y hasta había visto que en todos estos países se usa el hielo, en vez de la sal, para conservar frescas las carnes durante años enteros...

De cualquier modo, mis primeros momentos fueron de espanto, de terror...

Luego me asaltó la curiosidad. ¿Quién había llevado allí a aquel hombre? ¿Quién le había dado muerte? ¿Qué significaba aquella caja que el cadáver tenía en la mano?

Entonces empecé a romper el hielo con el cañón de mi escopeta, y al cabo de una hora había logrado arrancar la caja de la mano del cadáver...

Abrila a duras penas, y encontré un legajo de papeles, en cuyo sobre decía:

«MEMORIAS DEL jarl RURICO DE CÁLIX,
escritas en la hora de la muerte, y dirigidas a sus Hermanos de Malenger.
Spitzberg, 18...».

Reverdece la esperanza

Serafín había oído a Alberto sin escucharlo.

Pensaba en sus desventuras, y no estaba para formar juicio de otra cosa.

Pero al oír el nombre de Rurico de Cálix se levantó como impulsado por un resorte de acero.

-¿Qué nombre has pronunciado? -exclamó con una exaltación indescriptible.

Alberto lo miró atónito.

Serafín quiso entonces recordar lo que le había contado su amigo, y empezó a golpearse la frente...

-¡Spitzber!... ¡Un cadáver!... ¡Unos ojos negros!... ¡Sangre!... ¡Rurico de Cálix!...

He aquí las ideas que en medio de su trastorno pudo recoger; las mismas que expresó en frenéticos gritos.

-¡Cálmate, Serafín! -exclamó Alberto.

-¡Qué delirio! -añadió Serafín, volviendo a decaer-. ¡Rurico de Cálix vive! ¡Rurico de Cálix se casa dentro de cuatro días con la Hija del Cielo!

Alberto comprendió en un instante, gracias a su privilegiada imaginación, todo lo que Serafín no le había contado.

-¡Rurico de Cálix murió hace cinco años en la Isla del Nordeste! -exclamó con un acento de convicción que electrizó al amante de Brunilda de Silly.

-¡Alberto! ¡Alberto! -gritó el joven con desesperación-. ¿Por qué me engañas? ¿No ves que tus invenciones me vuelven loco?

En efecto; Serafín creía que su amigo inventaba aquella historia para llamarlo al mundo de la esperanza.

Alberto no contestó cosa alguna; pero se levantó con imponente seriedad, y salió apresuradamente de la cámara, haciendo señas a Serafín de que esperase...

Dos minutos después volvió con unos papeles en la mano.

-Oye, Serafín, y no me interrumpas... -exclamó-. Las Memorias de Rurico de Cálix dicen de este modo.

Serafín puso atención, sin atreverse a creer todavía que fuese verdad lo que le pasaba.

Memorias de Rurico de Cálix

«Hermanos:

»Me confiasteis una sagrada misión: no la he cumplido, y necesito justificarme a vuestros ojos.

»Voy a morir...; pero el cielo me otorga una agonía sosegada, y podré escribir brevemente estas Memorias, que encontrará con mi cadáver el emisario vuestro que desembarque en esta isla el año próximo.

»He aquí la historia de mi muerte:

»Hermanos: yo amaba a la jarlesa Brunilda de Silly.

»Otro hombre la amaba también.

»Este hombre era el Niño-Pirata, Óscar el Encubierto.

»Cierto día recibí de mi adorada una prueba de amor: un saludo...

»Al día siguiente me disparó mi rival un tiro, que mató al timonel de mi urca El Águila.

»Fui a Malenger, y me confiasteis papeles importantísimos a fin de que los trajese a esta isla, a nuestro subterráneo palacio...

»Cuando volvía a mi urca encontré al jarl de Silly, a, nuestro venerable hermano, al padre de Brunilda, en poder de Óscar el Encubierto, quien se disponía a darle muerte...

»Salvé al anciano hiriendo al joven, el cual rodó a un profundo abismo...

»El jarl de Silly me juró entonces que su hija sería mi esposa.

»Nos separamos cerca ya del mar, y me dirigí a mi embarcación.

»El Águila se hizo a la vela.

»A los ocho días de navegación, notamos que un groenlandero nos seguía a lo lejos.

»Una completa cerrazón de niebla lo ocultó a nuestros ojos al día siguiente.

»Yo mandé desplegar todas las velas de El Águila porque recelaba de aquel barco espía...

»Una semana después rompió el sol las brumas que entoldaban el espacio.

»El groenlandero estaba a una legua de nosotros.

»Era el Niño-Pirata, el bajel corsario de Óscar el Encubierto, el barco que lleva su mismo sobrenombre.

»Nuestros esfuerzos fueron vanos.

»El groenlandero era más corredor que El Águila.

»Al tiempo de avistar a Spitzberg nos dio caza.

»Trabose un combate horrible a tiros.

»Óscar el Encubieto venía en su buque y mandaba el ataque... ¡No había perecido, como yo pensaba!

»Traía vendado el brazo derecho, pero empuñaba el hacha con la mano izquierda.

»Nuestros marineros se batieron con desesperación.

«Todo fue inútil.

»El Encubierto arrojó el antifaz en la hora del supremo peligro, y sus secuaces, al ver, por primera vez sin duda, el rostro del bandido, rugieron de entusiasmo.

»Los corsarios nos acribillaban, nos abrasaban casi a boca de jarro.

»El Niño-Pirata no apartaba de mí sus ojos furibundos.

»Para que lo reconozcáis y nos venguéis, os diré que es un hermoso mancebo de diez y ocho a veinte años, un tigre cachorro, de altanera fisonomía, cabellos rubios muy cortos, ojos azules clarísimos y sonrisa desdeñosa.

»La insignia pirática que le da supremacía entre su gente, es un peto rojo cruzado por una banda amarilla.

»Cuando los corsarios que lo acompañan ven este blasón siniestro, rugen como osos sedientos de matanza...

»¡Así nos venció, llegado el abordaje!

»Toda mi tripulación fue pasada a cuchillo.

»El Águila hacía agua por todas partes.

»Pronto la vi comenzar a sumergirse en la vasta tumba que me rodeaba.

»Entonces yo, que me había escondido a tiempo con la caja que encerraba vuestros papeles, me arrojé al mar para salvarme a nado.

»Llegué a esta isla.

»¡Ah! ¡Ni aun así me había librado de la muerte!

»¡Echada a pique El Águila, no tendría embarcación en que tornar al continente!

»El frío y el hambre harían lo demás...

»Pero el destino me tenía reservada muerte más horrible.

»Escuchad.

»Al tocar yo a tierra, me divisaron los piratas...

»Óscar entró en un bote, y vino hacia mí seguido de cuatro o cinco corsarios.

»Viéndome perdido, arrojé al mar la caja de vuestros papeles.

»Y me interné en la isla.

»Pero al cabo de una hora caí prisionero.

-»¡No lo matéis! -gritó desde lejos el Niño-Pirata.

»Llegó al fin donde yo estaba, y mandó que me maniatasen.

-»¡Dejadnos solos! -dijo en seguida.

»Los bandidos se alejaron.

-»¡Escucha! -exclamó Óscar con su calma desesperadora-. Brunilda de Silly me aborrece: Brunilda de Silly te ama. Tu arpa le arranca un saludo: los ecos de mi flauta le causan enojo... ¡Uno de los dos está de más en la tierra! Hace veintiocho días que el jarl de Silly te ha jurado que Brunilda será tu esposa... Poco antes, tú me habías roto un brazo de un tiro... ¡Así nos convenía a los dos! Aquel día trepaba yo por el barranco, a pesar de mi herida, para lanzar mis piratas sobre vosotros, cuando oí tu tierna conversación con el padre de nuestra adorada... Me detuve. Dijiste que venías a Spitzberg, y decidí seguirte. Mi plan era soberbio. Atiéndeme, y revienta de ira. Voy a matarte... ¡No es esto solo!... Voy a matar al padre de Brunilda... ¡No he concluido aún!... ¡Voy a presentarme a ella diciendo que me llamo Rurico de Cálix, y a reclamar el juramento que te ha hecho el jarl de Silly! Tu adorada no te conoce; es decir, no sabe que Rurico de Cálix y el hombre del arpa son una misma persona. Tampoco sabe que Óscar el Encubierto es el montañés de la flauta... Su padre, que pudiera aclararlo todo, habrá ya muerto. Mi semblante es desconocido para todo el mundo... Resultado: ¡Brunilda será mía! ¡Brunilda será mi esposa! ¡Y, entre tanto, a ti te comerán los osos en esta isla desierta!...

»Dijo, y me clavó su puñal en el pecho.

»Cuando recobré el sentido, el barco pirata desaparecía en alta mar.

»¡Ya estaba yo solo en esta isla!

»¡Solo, y desangrándome!

»Introduje un pañuelo en mi herida y me fajé con mi cinturón.

»Dios ha permitido que llegue hasta aquí, por donde pasará mi sucesor el año que viene, y que salve al menos mi honra, escribiéndoos estos renglones...

»¡Hermanos!

»No he desempeñado mi importante misión; pero los papeles que me confiasteis no caerán en manos de nuestros enemigos.

»¡Me debéis todos la vida!

»¡Vengadme, hermanos!

»Se me acaban las fuerzas.

»Oíd mi testamento:

»Buscad a mi madre, a mi pobre madre la jarlesa Alejandra de Cálix, que vive en la isla de Loppen.

»Decidle que muero bendiciéndola.

»Prevenid al jarl Adolfo Juan de Silly el peligro que corre...

»¡Buscad a Brunilda y anunciadle que está libre de la palabra empeñada, supuesto que yo, Rurico de Cálix, he muerto!

»¡Decidle que muero por ella, pero adorando su memoria!

»¡Adiós, hermanos!

»¡Trabajad por la independencia de Noruega!

»¡He aquí mi último voto... mi última esperanza!

»RURICO DE CÁLIX».

El rey de una isla desierta arenga a sus vasallos

Imposible nos fuera describir la revolución que operó en el alma del músico la lectura de las precedentes Memorias.

-¡Me has salvado, Alberto! ¡La has salvado a ella! ¡Me vuelves la dicha! ¡Me vuelves el amor! ¡Te lo debo todo!

Esto dijo abrazando al rey de Spitzberg, que no comprendía aquellas cosas sino a medias.

Entonces le contó Serafín todas sus aventuras: su viaje, sus peligros, las conversaciones con el capitán, la historia de Brunilda; todo aquel laberinto que acababan de desenredar las Memorias del verdadero Rurico de Cálix.

-¡Diablo y demonio! -exclamó Alberto, dando vueltas por la cámara-. ¡A Silly! ¡A Silly, Serafín! ¡Corramos en busca de Brunilda! Faltan cuatro días... ¡Tenemos tiempo!

¡He aquí por qué nuestro hombre no podía batirse hasta pasado un año! ¡Ya le diré yo lo que me importan todos los corsarios del mundo, rojos y sin enrojecer! ¡Hola..., timonel! ¡piloto! ¡mi teniente!... ¡Al castillo de Silly! ¡Virad al momento! ¡Que no quede un trapo arrugado en toda la arboladura! ¡Iza, Iza! ¡Arriba mi gente! ¡A Silly! ¡Si no llegamos antes del día 7, os cuelgo a todos del palo mayor; y tú, mi segundo, me sirves de gallardete hasta la consumación de los siglos!

No había concluido Alberto esta arenga extraña, cuando la Matilde viró completamente, como un caballo dócil vuelve grupas, y corrió de bolina hacia la costa como una exhalación, como un relámpago...

Serafín besaba, abrazaba, levantaba en el aire a Alberto.

-¡Te premiaré, amigo mío! -le decía con toda la efusión de su alma-. ¡Te premiaré... como no puedes imaginarte! ¡Alberto! ¡Alberto!... Has de pagarme estas lágrimas de ventura con otras lágrimas de felicidad, o pierdo mi nombre de Serafín, mi vida, mi esperanza, mi amor y mi stradivarius!

Todo y nada

Era el día 7 de Agosto; el día de la boda.

El sol apareció después de brevísima noche.

Alberto y Serafín lo vieron salir con inmensa emoción desde una banda de la urca Matilde.

-¿Cuánto queda? ¿Cuándo llegamos? -preguntaban a cada instante los dos jóvenes a todos los marineros.

-Dentro de diez horas... Dentro de ocho... Dentro de seis... Dentro de cuatro... Dentro de dos... -iban respondiendo éstos, según que el sol adelantaba en su carrera casi horizontal.

-¿Cuándo llegamos? -repetía Alberto, arrojando puñados de dinero a la absorta tripulación.

-Dentro de una hora.

-¿Qué hora es?

-Las doce...

-¡Las doce! ¡las doce! ¡Vela! ¡vela! ¡más vela! -exclamaba Serafín.

-¡Ya vemos a Silly! -gritó un marinero.

-¡Silly! -repitieron los dos jóvenes.

-¡Miradlo!... Aquel castillo negro que asoma entre la nieve, es Silly...

-¡Silly!.. -exclamaba Serafín-. ¡Allí está Brunilda! ¡Allí nació la Hija del Cielo!

-¡Siete de Agosto!... ¡Las doce y media! -gritaba el capitán de la Matilde-. ¡Si a la una no hemos saltado a tierra, echo a pique la embarcación! ¡Preparad ese ancla!... ¡Arría, arría! ¡Un abrazo, Serafín!... ¡Esperanza! ¡ánimo!... Hemos llegado.

¡Era la una y media!

Alberto y Serafín entraron en una lancha, que los dejó en tierra en dos minutos.

-¡Corramos!... -exclamaron a un tiempo.

Y se dirigieron al castillo, que se enseñoreaba de una aldea.

Silly estaba sombrío, silencioso.

Algunos criados lujosamente vestidos dejaron pasar a nuestros jóvenes, creyéndolos convidados a la boda...

-¿Se han casado? -preguntaba Serafín en italiano, en francés, en español, en latín...

La servidumbre se encogía de hombros.

No le comprendían.

-¿Se ha casado ya? -preguntaba Alberto en inglés, en alemán, en griego, en árabe, en portugués...

¡Tampoco le entendía nadie!

¡Qué instantes tan angustiosos!

Guiados por la servidumbre, penetraron en un salón, luego en una galería, luego en otro salón, todos desiertos.

Al fin llegaron a la antecámara, en cuyo fondo había una puerta entornada, a través de la cual se oía murmullo de gente y se percibía profusa iluminación.

Serafín temblaba como un epiléptico.

-¡Entra tú! -le dijo a su amigo.

-¡Diablo! ¡Pues no he de entrar! ¡Sígueme! -exclamó Alberto.

Y arrojando el sombrero, empujó con resolución aquella puerta.

Serafín penetró detrás de él. Estaban en la capilla.

Todo inútil

-¡Deteneos!... -gritó Alberto al penetrar en el sagrado recinto.

Brunilda, Rurico de Cálix, el conde Gustavo, el sacerdote, el notario y los testigos, únicas personas que había en aquel lugar, volvieron la cabeza admirados.

Rurico vio a Alberto, y reconoció en él al hombre del desafío.

Brunilda no lo conocía, pero presintió algo extraordinario.

Entonces apareció Serafín.

Al verlo Brunilda; al hallarlo allí, cuando lo creía en medio de los mares; al pensar que quebrantaba todos sus juramentos; al contemplar de nuevo al que era su vida, su alma, su único amor, sintió enojo, sorpresa, dicha, desesperación y cuanto no pudiéramos explicar.

-¡Serafín! -exclamó, cayendo en brazos de su tío.

-¡Serafín! -repitió Rurico, que lo creía muerto hacía dos meses.

-¡Caballero! -exclamó el conde Gustavo lleno de indignación.

Pero Serafín no existía más que para Brunilda.

La miraba con indecible angustia, con delirante amor...

¿Era libre todavía?

¿Se había casado ya?

La joven estaba pálida y mustia, como una sombra de lo que había sido.

Aquellos dos meses de sufrimiento habían dejado en su rostro profunda huella.

Vestía de blanco y ceñía dos coronas: la condal y la de desposada.

Acaso también la del martirio.

-¡Deteneos! -volvió a decir Alberto con tanta audacia, que todos quedaron suspensos de sus labios.

Brunilda se había recobrado, y miraba aquella escena sin adivinar lo que iba a suceder.

Rurico, lívido de cólera, acariciaba su puñal, temiéndolo todo, conteniéndose apenas.

El conde Gustavo se adelantó hacia los dos jóvenes y dijo con severidad:

-¿Cómo os atrevéis a turbar de este modo la paz de una familia, la quietud de mi casa, la solemnidad de esta ceremonia? ¡Idos de aquí con vuestro temerario amor! ¡Dejad a una buena hija cumplir lo que juró a su padre!

-Acabemos... -añadió Rurico, dirigiéndose al sacerdote-. Estos señores presenciarán el desposorio, y luego nos dirán a qué han venido.

Serafín oyó estas palabras con inexplicable júbilo.

-¡Llegamos a tiempo! -exclamó.

-¡No se ha casado! -dijo Alberto, sacando las Memorias de Rurico de Cálix.

-¿Qué significa eso? -gritó Rurico, desenvainando el puñal al ver aquellos papeles que, sin saber por qué, le auguraban algo muy horrible.

-¡Estáis en un templo! -advirtió el sacerdote.

Rurico envainó el puñal, trémulo, confundido, tartamudeando una excusa.

-¡Escuchad todos! -dijo Serafín con voz solemne-. Este casamiento no puede verificarse. ¡La hija del jarl de Silly tiene jurado dar su mano al jarl Rurico de Cálix, y no debe faltar a su juramento!

Todos se miraron asombrados, creyendo que aquel extranjero estaba loco.

Rurico vio que la tormenta se le venía encima, y miró hacia la puerta.

Alberto le enseñaba disimuladamente una pistola.

-Explicaos, joven... -dijo el conde Gustavo-. Mi pupila juró casarse con el jarl de Cálix, y se dispone, como veis, a cumplir su juramento, casándose...

-¿Con quién?

-Con Rurico de Cálix...

-Y ¿dónde está ese hombre? Yo no lo veo aquí...

-Miradlo... -repuso Gustavo, señalando al capitán del Leviathan.

-¡Ese hombre no es Rurico de Cálix! -replicó Serafín con voz entera.

Un rayo que hubiese caído en medio de la capilla no habría causado efecto igual al que produjo aquella revelación.

Brunilda, con los ojos dilatados y las manos extendidas, dio un paso hacia el falso Rurico, y murmuró lentamente:

-¡Lo había sospechado!

Rurico soltó una violenta carcajada.

El conde Gustavo se acercó a Serafín.

-¡Ved lo que decís, caballero! -exclamó con voz solemne.

Alberto seguía enseñando la pistola al bandido, quien no se atrevía a moverse.

-Ese hombre... -continuó Serafín- es Óscar el Encubierto, el Niño-Pirata, el asesino de Rurico de Cálix, que murió en Spitzberg hace cinco años. Ese hombre es el montañés que cierto día hirió a un marinero en frente de este castillo; el bandido que prendió después al jarl Adolfo Juan de Silly para hacerle optar entre la muerte o el deshonor de su hija; el infame que lo asesinó al año siguiente; el impostor sacrílego que quiere pasar por libertador de aquel a quien asesinara, y recoger el premio de la virtud de otra víctima suya. ¡Hipócrita! ¡Falsario! ¡Pirata! ¡Asesino! ¡Traidor! -continuó Serafín, apostrofando al bandido-. ¡Defiéndete si tal es tu osadía!

Reinó un instante de silencio.

Gustavo, el sacerdote y los testigos se apartaron de aquel hombre sobre quien recaían tan horribles acusaciones, y esperaron su réplica antes de soltar todas las tempestades de la ira y de la venganza.

Brunilda, deslumbrada por aquella revelación, se tapaba el rostro con las manos, diciendo:

-¡Yo iba a dar mi mano al asesino de mi padre!...

Óscar se adelantó entonces, frío, sereno, impasible.

-Señor notario, prended a ese infame en nombre de la ley... -dijo, señalando a Serafín.

Éste retrocedió un paso.

-¡Prendedlo, os digo! -añadió el joven con una entereza y una dignidad que impuso a todos respeto, y les hizo dudar nuevamente-. ¡Prended a ese malvado que me calumnia! ¡A ese aventurero que profana el templo donde Dios va a premiar mis sufrimientos con la mano de la mujer que adoro! ¡Prended a ese falsario, que me llama impostor, porque ama a mi prometida; a ese miserable violinista, que aspira a ceñirse, con intrigas de mala ley, la corona condal de Silly! Prendedlo, y obligadlo a que presente las pruebas de su acusación o a que sufra el castigo de los calumniadores.

-¡Aquí están las pruebas!... -gritó Alberto, viendo vacilar a los circunstantes-. ¡Aquí están las Memorias del verdadero Rurico de Cálix!

-¡Esas Memorias son falsas, señor novelista! -exclamó el pirata con indignación- ¡Yo nunca he escrito mis memorias!

-Hay una prueba... -dijo Serafín.

-¿Cuál? -exclamaron todos.

-El cadáver de Rurico de Cálix.

-¡Su cadáver! ¿Lo traéis acaso de testigo?...

Óscar pronunció estas palabras con una ironía espantosa.

Quizás temía aquello mismo que preguntaba sarcásticamente.

-Su cadáver está en Spitzberg... ¡Yo lo he visto!... ¡El hielo lo ha conservado incorrupto, y puede reconocerse por la autoridad!... -exclamó Alberto con arrogancia.

-¡Está muy lejos! -replicó Rurico con aparente sangre fría-. El invierno habrá empezado ya en aquella región, y nadie podrá ir hasta el año que viene... ¡Por Dios, que sois ingenioso! ¡Inventáis una fábula artificiosa que necesita un año para desenredarse!... Durante ese año la jarlesa permanecería libre, y vuestro amigo recobraría una esperanza... ¡Qué locura, señores, qué locura! ¡Las personas que nos están oyendo son demasiado formales para dejarse llevar de los caprichos de vuestras imaginaciones aventureras! Yo soy el jarl de Cálix mientras no se me demuestre lo contrario, y esta señora será mi esposa dentro de diez minutos. Burlado así vuestro propósito, el esposo de Brunilda irá mañana a los tribunales a constituirse en prisión o a reconquistar su honra.

La asamblea volvió a mirarse con asombro al ver desvanecida en un momento la acusación que pesaba sobre el joven jarl.

Entonces se adelantó Brunilda, y dijo con una voz enérgica y vibrante, dirigiéndose al pretendido Rurico:

-Caballero, todo lo que ha dicho este joven es verdad. Si no tiene pruebas, mi corazón no las necesita.

-¡El mío sí! -respondió el pirata, helando con una espantosa sonrisa la que ya vagaba por los labios de su rival-. ¡El mío sí las necesita! ¡Cómo, señora! ¿Apelaréis vos también a un torpe subterfugio para violar los más sagrados juramentos? Cuando salvé la vida a vuestro padre, juró el jarl que seríais mi esposa. Cuando el jarl agonizaba, lo jurasteis vos también. Cuando se le confió vuestra tutela al venerable anciano que nos escucha, repitió éste el mismo juramento. Cuando yo me presenté en el castillo hace cuatro años, lo reiterasteis nuevamente. ¡Jarl de Silly! ¡Jarl de Silly!... ¡He aquí a tu hija insultando al que te libró de la muerte, y despreciando las últimas palabras de tu agonía!, ¡y vos, señor Gustavo, ved cómo se mancha en vuestra presencia el honor de vuestra estirpe; ved cómo se ofende la religión; cómo se empaña la honra; cómo se escarnecen las tumbas! ¡Ah, señora! -prosiguió el joven con majestad sublime-. ¡No me obliguéis a arrancaros el anillo que os di! ¡No me obliguéis a devolveros la palabra que me empeñasteis! ¡Ved lo que hacéis, señora! Después de una escena tan sacrílega, apelaría yo también al sacrilegio... ¡Maldeciría la memoria de vuestro padre, arrojaría lodo a la estatua de su sepulcro y tiraría piedras al escudo de vuestros mayores!

Todos los circunstantes inclinaron la cabeza ante aquella voz terrible y amenazadora.

Verdad o mentira, lo que decía aquel joven hablaba al corazón y al convencimiento.

El viejo Gustavo, trémulo, aturdido, subyugado por aquella actitud tan digna y tan indignada, llegose a Brunilda, cogíale ambas manos, y le dijo con dulzura:

-Hija mía... ¡Dios lo quiere! ¡Acepta el sacrificio!

Brunilda, pálida, abatida, llena de superstición y espanto, cayó de rodillas ante el altar.

Alberto cometió la imprudencia de mostrar una pistola, y de avanzar hacia el falso o verdadero Rurico.

El sacerdote lo vio, y convencido de que el pirata decía verdad, exclamó con una indignación espantosa:

-¡Salid de aquí!... ¡Respetad el templo!

Serafín inclinó la cabeza y se dispuso a abandonar la capilla.

Óscar se arrodilló al lado de la Hija del cielo.

Gustavo repitió a los jóvenes la intimación de que saliesen.

El sacerdote empezó la ceremonia.

Los dos jóvenes se miraron con la más culminante desesperación.

-Vámonos... -dijo Serafín.

-¡Mátate! -replicó Alberto.

Y le alargó una pistola.

En aquel instante oyéronse pasos y gritos en la antecámara.

-¡Dejadme entrar! ¡Dejadme entrar! -decía una mujer con voz ronca y sollozante-. ¡Dejadme entrar, asesinos!

En el que mueren dos personajes de esta novela

La ceremonia se suspendió nuevamente al sonar aquellos lamentos desesperados.

Abriose la puerta, y apareció un criado.

-Señora... -dijo-. Una loca muy anciana, que dice ser la jarlesa Alejandra de Cálix, quiere entrar.

Todos lanzaron un grito al oír estas palabras.

Rurico se levantó con el rostro descompuesto, la vista extraviada y las manos en la cabeza.

Brunilda se volvió hacia su amante y le dijo con enajenamiento:

-El cielo os depara el mejor testigo.

Alberto y Serafín resplandecían de gozo.

Gustavo y el sacerdote salieron precipitadamente.

-¡Ahora sabremos la verdad! -dijeron los testigos.

-¡Dejadme entrar! -repitió la loca, penetrando en la capilla entre los brazos de los ancianos que habían salido por ella.

Era la recién llegada una mujer de sesenta años, alta, majestuosa, vestida de blanco, pálida y enjuta como un esqueleto. Sus negros ojos llameaban como dos cavernas luminosas en medio de aquel rostro hundido. Sus canos cabellos, erizados sobre la frente, le daban un aire de terrible poder, de salvaje majestad.

Al penetrar en la habitación iba furiosa, despechada, anhelante...

Luego se paró en medio de la asamblea con la entreabierta boca teñida de espuma, y los miró a todos fijamente, uno por uno, con imbecilidad, con idiotez...

Después se miró a sí propia, se tocó el cuerpo con ambas manos, y dijo entre una sonrisa desconsoladora:

-¡Me habían engañado mis servidores!

Entonces se aflojó la rigidez de sus músculos; dobláronse sus rodillas; dejó caer los brazos indolentemente e inclinó la cabeza.

Un ancho sollozo levantó la árida tabla de su pecho, y dos arroyos de lágrimas corrieron por sus mejillas, viniendo a templar la sed de sus calenturientos labios.

-¡Era mentira! -murmuró con toda la desolación del verdadero sentimiento-. ¡Triste de mí! ¡Me han engañado! ¡Escuchad, escuchad la desventura de una madre! «Adiós, hijo mío... ¿Volverás pronto? ¡Te vas a helar! ¡Tú eres la única flor de la pobre viuda! ¡Te quiero tanto, Rurico mío! Conque no tardes...». Un año, dos años, tres años, cuatro años! ¡cinco años!... ¿Ha muerto?... ¿Vive?... ¡Qué frío!... ¡Pues más hace en Spitzberg!

¡Allí tengo yo un hijo helado! ¡Oh! ¡Dejadme ir, y yo le calentaré con mis besos! ¡Y lo resucitaré! ¡Y me arrancaré este corazón ardiente y vivo, y lo meteré en su pecho muerto y helado! ¡Ah!..., ya... ¿Conque no se heló? Pues si no se heló, ¿por qué no viene?... ¡Cómo! ¿Ha venido? ¿Quién? ¿Rurico de Cálix se casa con la castellana de Silly? ¡El hijo de mis entrañas! ¡Mi Rurico... mi Rurico vive!... ¡Vasallos... preparad la nave!... ¿Qué dice el eco? ¡Mandadle a ese torrente que calle!... ¡Vasallos, vamos a Silly en busca de mi hijo! ¡Ingrato! ¿Has olvidado a tu madre?... ¿Dónde estás, amado de mi alma? ¿Me quieres menos que a otra mujer?... ¡Pobres madres!

La loca calló un momento.

Luego dejó de llorar súbitamente, y se levantó furiosa, diciendo:

-Pero ¿dónde está? ¡Quiero verlo! ¡Dejadme entrar!

Calmose de pronto, y preguntó con naturalidad o simpleza:

-Buenos días, señores. ¿Habéis visto a mi hijo?

Inútil fuera que procurásemos describir el efecto que aquella madre produjo en cada uno de los que la oían.

Brunilda lloraba.

Óscar, espantoso, crispado, convulso, casi se ocultaba entre las cortinas de un balcón.

Serafín temblaba como un azogado.

Gustavo, el sacerdote y los demás circunstantes paseaban sus ojos desde la loca al corsario, y murmuraban:

-¡No es su hijo!

Entonces Alberto se adelantó hacia Óscar, apartó la cortina con que se velaba, y dijo a la triste viuda:

-Señora, ved a Rurico de Cálix.

La madre dio un grito desgarrador, un brinco de leona, un salto de pantera, y se abalanzó al bandido.

Cogiolo de los hombros; mirolo fijamente, y le escupió a la cara una carcajada bronca y rechinante.

-¡No es! ¡No es! ¡No es!... -tartamudeó entre su risa.

-¡No es! -repitió toda la reunión.

-¡No es! -volvió a decir la anciana, cayendo de rodillas.

Y lloró de nuevo.

-¡No soy! -exclamó el pirata, sacando el puñal-. ¡No soy! -repitió, apartando sus vestidos y mostrando en su pecho el peto rojo con la insignia amarilla-. ¡Soy Óscar el Encubierto! -añadió, por último, amenazando a todos con el hierro de los asesinos.

Y plantose en medio de la habitación; lanzó una mirada de desprecio en torno suyo; tiró la cabeza atrás con arrogancia; sonrió con la ironía de siempre, y volvió a decir:

-¡No soy! ¡Soy el Niño-Pirata!

Alberto y Serafín se pusieron entre él y Brunilda.

Ya era tiempo.

El bandido se dirigía hacia ella con el puñal levantado.

Al verse contenido por las pistolas... retrocedió un paso.

Alberto fue a dispararle, pero el buen Serafín lo estorbó.

La loca lloraba, repitiendo:

-¡No es!

Jarlesa de Cálix! -gritó entonces Alberto, temiendo que se le escapara Óscar por escrúpulos del amante de Brunilda-. ¡Jarlesa de Cálix, vuestro hijo ha muerto, y ése es su asesino!

La vieja se puso de pie al oír estas palabras; lanzose al corsario; cogiólo de la garganta con las tenazas de sus manos y lo arrojó al suelo.

Al caer el bandido, asestó una puñalada al costado izquierdo de la loca.

Ésta dio un alarido.

Sacose el puñal de la herida, y lo clavó repetidas veces en el corazón de Óscar.

Estremeciose el corsario bajo las rodillas de la vieja; murmuró una maldición y entregó el último aliento.

La loca se levantó triunfante; apoyó un pie en el pecho de su víctima; lanzó una carcajada histérica y salvaje, y cayó muerta sobre el cadáver del pirata.

Epílogo

- I -

Veinte días después, a quinientas leguas de Silly, al mediar una hermosa noche de verano, en medio del mar, sentados en la cubierta de la Matilde, solos, a la luz de la luna, enlazadas las manos, mirándose con idolatría, Brunilda y Serafín entablaron este diálogo:

-¡Te adoro!

-¡Te adoro!

Alberto, asomado por una escotilla, veía aquel cuadro de santo amor, de dulce esperanza, de casto delirio, y decía para su coleto:

-¡Diablo!... ¡He aquí a todo un rey... muerto de envidia!...

Y volvió a su cámara, murmurando:

-¡Matilde! ¡Matilde! ¡Yo también te adoro! ¿Por qué no he de poder decírtelo?

El conde Gustavo se paseaba por el alcázar de popa.

- II -

Han pasado dos meses.

Estamos en Sevilla.

En cierta hermosa casa de la calle de la Cuna hay una esplendente fiesta.

Se celebran las bodas de Serafín con la Hija del Cielo.

Son las doce de la noche.

Alberto acaba de bailar con la bella desposada, cuando se acerca a él nuestro músico, y le dice:

-Ven conmigo...

Y atraviesan el salón asidos del brazo.

Brunilda los sigue apoyada en José Mazzetti.

Todos los convidados van detrás de las dos parejas.

-¿Qué significa esta procesión? -pregunta Alberto a su amigo.

-¡Voy a premiarte! -contesta el feliz esposo.

Llegan a la puerta de una habitación.

El negrito Abén la abre de par en par, y aparece una capilla iluminada.

Un sacerdote se adelanta seguido de una mujer bellísima, radiante de felicidad.

Es Matilde.

-¡Arrodíllate! -le dice Serafín a Alberto.

El joven duda, vacila, llora... y cae de hinojos.

Serafín besa aquellas lágrimas.

-Son hermanas de las que tú enjugaste cierto día... -dice derramando otras nuevas.

Y todos se arrodillan.

El sacerdote enlaza las manos de Alberto y de Matilde y las une para siempre.

Concluida la ceremonia, dice Serafín a su amigo:

-Matilde acaba de celebrar sus primeras nupcias... ¿Entiendes bien? Hazla tan dichosa como desgraciada la hubieras hecho hace algunos meses.

Alberto lo comprende todo y exclama:

-¡Diablo, hermano mío! ¡Diablo, por última vez! Te juro no viajar más, no hacer el amor sino a mi esposa, y no volver a decir diablo en lo que me queda de vida.

- III -

Pocos meses después se presentó José Mazzetti en casa de Serafín, que vivía con Alberto y con las nuevas amigas Brunilda y Matilde, y habló de esta manera:

-Todos sois dichosos; todos habéis hallado la recompensa de lo que sufrimos hace un año... ¿Y yo, Serafín? ¿y yo?

-Dime qué quieres tú...

-Quiero que Brunilda cante la Norma en mi beneficio.

- IV -

Celebradas las bodas, el señor Gustavo se volvió a Silly, a cuidar de las inmensas riquezas de Brunilda.

- V -

Es el 15 de Abril, aniversario de aquella noche en que cantó Brunilda la Norma, y Serafín tocó la parte de concertino y juntamente dirigió la orquesta.

Han dado las diez y media de la noche.

El público del Teatro Principal de Sevilla está oyendo el final de Norma.

Lo canta la Hija del Cielo.

Serafín la acompaña como un año antes.

Alberto, Matilde y su respetable tía están en el mismo palco que ocupaban entonces el joven del albornoz blanco y el conde Gustavo de Silly.

José Mazzetti se agita en una butaca cerca de la orquesta, volviéndose a veces para contar con la vista los espectadores y calcular el importe de la entrada.

El coliseo está lleno completamente.

Serafín y su esposa son colmados de aplausos y de coronas.

José Mazzetti es también dichoso.

- VI -

A la salida del teatro recordó Alberto que el joven del albornoz blanco, o sea Rurico de Cálix, o mejor dicho, Óscar el Encubierto, lo había emplazado para aquel día, para aquella hora, en la orilla del Guadalquivir, y le ocurrió la humorada de acudir a la cita, aunque sabía que su adversario no podía comparecer, pues que lo había visto enterrar en el foso del castillo de Silly.

Despidiose de su esposa y de sus amigos, diciendo que volvía pronto, y se dirigió al sitio concertado.

Alberto no era supersticioso; pero, según se aproximaba al río, se iba arrepintiendo de su pesada broma.

-¡Diablo! -murmuraba-. Diré «Diablo», ahora que nadie me oye. ¡Ese pirata es capaz de resucitar para acudir a la cita!

Llegó, al fin, al mismo punto donde un año antes habló con el desconocido, y se paró a encender un cigarro.

En esto sintió leve rumor en el agua.

El joven se estremeció y miró al río.

Hacía luna.

Alberto distinguió a su incierta claridad un bote que se acercaba hacia aquel sitio.

-¡Diablo! -exclamó, sintiendo frío en los huesos.

Pasado un momento, empezó a percibir una figura blanca sobre el fondo obscuro del barco.

El joven retrocedió.

La aparición siguió aproximándose.

Alberto vio entonces perfectamente que el hombre que gobernaba la barca vestía un albornoz blanco exactamente igual al que usaba el difunto noruego.

-¡Él es! -pensó el esposo de Matilde-. ¿No murió del todo, o ha resucitado?

Y trémulo, despavorido, montó sus pistolas.

El hombre del albornoz blanco saltó a tierra.

Alberto vaciló un momento; luego se decidió y se arrojó sobre el aparecido.

-¡Ladrones! -gritó el de lo blanco.

-¿Quién eres? -preguntó el joven, apuntándole al pecho.

-¡Señor... soy un pobre barquero con mucha familia!

Alberto lo miró entonces atentamente, y vio que, en efecto, era un tosco pescador.

-¿De dónde has sacado ese disfraz? -preguntó el joven con un resto de duda.

-¡Señor... me lo encontré el año pasado, tal noche como ésta, ahí... en medio del río!

-¡Soy un imbécil! -exclamó Alberto, guardando las pistolas-. Este albornoz blanco es el que nuestro pirata echó al Guadalquivir aquella noche... Perdone usted, buen hombre... -añadió.

Y le llenó de plata la mano, pidiéndole en cambio aquella estropeada vestimenta.

El barquero aceptó el trato con regocijo.

Alberto volvió a su casa, y mostró su trofeo a los asombrados ojos de Brunilda y Serafín.

Contó su cómica aventura, que arrancó varios estremecimientos a los recién casados, y ésta fue la última vez que hablaron en toda su vida de aquella larga serie de desgracias.

- VII -

Han transcurrido cuatro años.

Brunilda, Matilde, Serafín y Alberto recorren la Italia.

Sus hijos son muy hermosos y juegan juntos.

¡Dios los bendiga!

FIN DE LA NOVELA