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ArribaAbajoPor dónde viene la muerte

Poema en un canto


A mi muy querida amiga Eugenia Mac-Crohon y Barutell.






I

    Te lo vuelvo a decir, y yo no miento,
¡gloria de los Mac-Crohones!
era, cual tú, la Eugenia de mi cuento
una enferma incurable de ilusiones.
Retrato verdadero  5
de tu rostro hechicero,
mostraba, como tú, con mezcla rara,
la realidad de lo ideal su cara,
lo ideal de lo real su cuerpo entero.
Hermosa niña que también tenía  10
ojos azules irisados de oro,
que juntando al talento la alegría,
añadía un tesoro a otro tesoro.
Modelo de esos seres ideales
que abrigan en su propio pensamiento  15
tal horror por las cosas materiales,
que tienen que bajar del firmamento
para poder hablar con los mortales.
Raza privilegiada
de castas soñadoras  20
a quienes nunca afligen
de la vida mortal las tristes horas,
pues su dicha es soñada,
y en el sueño que eligen
siempre hallan el amor que les agrada.  25
¡Gloria eterna a ese ejército divino
de grandes jugadores de ilusiones,
que exponiendo a menudo su destino
a la carta ideal de sus visiones,
alcanzan siempre en su pasión fingida  30
una dicha infalible,
pues si abruma lo real en esta vida,
lo que nunca nos cansa es lo imposible!


II

   El padre de esta niña, el sabio Prieto,
doctor en medicina y cirugía,  35
amante de lo real, y que discreto,
como aconseja Horacio, «coge el día»,
cree que el alma, si existe, está vencida
por la ley de las fuerzas naturales,
y que no hay más criterios en la vida  40
que los cinco sentidos corporales;
que el contento moral, más que un contento,
es de la pobre humanidad martirio,
y que el alma es el sueño de un delirio,
y el fruto de este sueño el pensamiento.  45
—422→
Es claro que, al decir que es nuestra mente
la fuerza de la vida trasformada,
cree en muy poco, o más bien, cree solamente
en el dios Pan, el Todo, esto es, la Nada.
Teniendo por sistema  50
dudar de Dios, creyendo en sus hechuras,
jamás le atormentaba el gran problema.
de que hay un Criador, sí hay criaturas.
   Sienta el Doctor, por única certeza,
que el hecho es la razón de las razones;  55
y a abrigar ilusiones
le llama tener aire en la cabeza;
y, juzgándose un sabio muy profundo,
con sonrisa altanera,
como todos los fatuos de este mundo,  60
él se alaba, y no poco,
de no tener un átomo siquiera
de poeta, de músico ni loco;
y como es tan astuto, el matasanos
todo el arte de Hipócrates lo encierra  65
en jurar por los ídolos paganos
que, exceptuando en los trances de la guerra,
para llegar la muerte a los humanos,
no tiene más caminos en la tierra
que el frío y la humedad de los pantanos.  70
Y por eso a la niña, a la que quiere
con sin igual terneza,
seguro de que el hombre sólo muere
cuando el desorden hiere
de los sentidos la exterior corteza,  75
le dice sonriendo de esta suerte:
-De la callada Parca el paso quedo
no vendrá a sorprenderte;
no tengas, hija mía, ningún miedo;
yo sé por donde ha de venir la muerte.-  80


III

   Como nunca ha llenado su cabeza
la ilusión de un amante desvarío,
no conoce del padre la agudeza
que, así como la gran naturaleza,
tiene horror el espíritu al vacío;  85
y aunque ve que en la edad de los amores
Eugenia sólo busca con anhelo
los pájaros, las luces y las flores,
lo que recuerda y lo que lleva al ciclo,
con mengua del honor de los doctores,  90
no advierte el sabio Prieto
que la niña se entrega
a penas y a alegrías sin objeto.
Mas ¿de estas impaciencias el secreto
cuál puede ser? La pubertad que llega.  95
Y es que, al lucir la nítida alborada
del sol de la existencia,
celebran los sentidos la llegada
de cosas que aun ignora la inocencia;
pues este sol, con poderoso anhelo,  100
llenando lo visible y lo invisible,
circula ardiente de la tierra al cielo
la savia de un amor irresistible;
y, siendo esta la clave
de su feliz tormento,  105
ya de Eugenia el divino pensamiento
desea alguna cosa; y ¿cuál? No sabe.
Sólo ve que pensando y más pensando,
ya en ser su pensamiento convertido,
sale al fin de su cuerpo adormecido  110
la mariposa del amor volando.


IV

   Y ¿qué ser ha inspirado
el fuego que de Eugenia el pecho inflama?
Lo ignoro. Algún ensueño acariciado.
Más que en el ser amado,  115
la causa del amor está en el que ama.


V

   Siente Eugenia impaciencias sin objeto;
mas no quiere estudiar el doctor Prieto
el gran misterio que su pecho encierra,
pues, como hombre discreto,  120
cree que toda mujer tiene un secreto
que nada importa al cielo ni a la tierra.
Y no ve que, en su estado visionario,
Eugenia, en la región del firmamento,
da citas en un parque imaginario  125
a un novio que creo su pensamiento.
¿Quién detener podría la corriente
de ideas hechiceras
que brotan de la frente
de una mujer que en su exaltada mente  130
conduce diez legiones de quimeras?
Hay seres en amar de tal constancia
y de alma tan ardiente y abstraída,
que sacan de sí propios la sustancia
con que tejen la tela de su vida.  135
Así Eugenia, soñando y más soñando,
de hablar tanto con ellas
fue creando, creando
un lenguaje especial con las estrellas;
y de mirar la joven extasiada  140
a la celeste esfera,
como era de esperar, quedó extenuada...
Mas la niña hechicera,
por su padre adorada,
¿qué tiene enfermo? Nada:  145
el pensamiento, esto es, ¡la vida entera!
—423→


VI

   Siendo el Doctor de lo ideal ateo,
de su ciencia seguro,
no cree, como yo creo,
que un amor en estado de deseo  150
es tanto mas vivaz cuanto es más puro;
y, en cambio, si vela
que alguna hermosa joven se moría
por tomar en las noches el rocío,
-Abrígate, -a su hija le decía-,  155
que ayer mató a una niña un aire frío-;
y, con ansias de padre verdaderas,
ponía el algodón de sus cuidados
en todas las rendijas y vidrieras,
arriba, abajo, enfrente y a los lados;  160
y con tan nimio esmero
todo frío exterior interceptaba,
que en el cuarto de Eugenia, cuando helaba,
podría cocer pan un panadero:
y, cual siempre, pagado  165
de su feliz agüero,
le decía a su hija confiado:
-No tengo ningún miedo de perderte;
tú fía en mi cuidado,
que se por dónde ha de venir la muerte.-  170


VII

   Mas lo triste es que un día,
nuestra Eugenia, del sueño en que dormía,
inquieta despertó de tal manera,
que su alma empezó a amar como debía
y su cuerpo a sentir como lo que era.  175
Y Eugenia sin amante, ¿a quién amaba?
Al amor, ¡qué sé yo! misterios de ellas.
El caso es que aquel tipo que adoraba,
¡oh fuerza de los sueños! habitaba
muy cerca... más allá de las estrellas.  180
Y es natural: un alma cuando es pura
y vive en un estado visionario,
como no tiene objeto su ternura
lo aplica ¿a quién? a un ser imaginario.
Lo cual prueba, lectores,  185
que, gracias a estos púdicos amores,
para eterno consuelo,
mientras haya mujeres y dolores
será en la tierra una esperanza el cielo.


VIII

   Pero, a su ciencia natural atento,  190
ni aun viendo como mata el sentimiento,
nuestro Galeno advierte
que alguna vez puede llegar la muerte
envuelta en un amante pensamiento.
Y como es una fruta la experiencia  195
que, o está sin madurar, o esta podrida,
apelando el Doctor a su conciencia,
recuerda que en la edad de los placeres
se murieron por él muchas mujeres,
que vivieron después toda su vida;  200
y aunque no se creía
ni músico, ni loco, ni poeta,
como él amaba un poco todavía
a una enorme coqueta,
especie de animal de sangre fría,  205
y al deducir, por la doctrina impura
de sus principios de malicia llenos,
que muchos platonismos de ternura
no acaban en Platón, ni mucho menos,
por si causar podría  210
de Eugenia los pesares,
a un primo, casi lelo, que tenía,
le desterró el Doctor de sus hogares;
pues, con ser tan notorio, no sabía
que inspira todo primo una gran llama,  215
o, como éste de Eugenia, un gran desprecio;
y que un primo es un dios cuando se le ama,
pero un primo no amado es siempre un necio.


IX

   Y sin darse un momento de reposo,
unas veces honrosas y otras viles,  220
el Doctor, como un viejo receloso,
tomaba precauciones infantiles.
Y como ya es sabido
que un padre es aún más tonto que un marido
con general sorpresa  225
le echó un traje a una estatua de un Cupido
que estaba sin vestir sobre una mesa;
y les dio libertad a dos jilgueros,
por si de ella los ojos hechiceros
ya deleites secretos presagiaban  230
al mirar, en los ratos placenteros,
el por qué, cómo y cuándo se besaban.
Inútil precaución que iba agrandando
de Eugenia los fantásticos amores;
pues, conforme a sus ojos soñadores  235
se iba el espacio de su amor cerrando,
su puro corazón fue desplegando
inmensas perspectivas interiores.
Así es que amando con leal vehemencia
la dulce creación de su existencia,  240
la hermosa Eugenia hacia la muerte avanza
con un amor igual a su esperanza,
y una constancia igual a su paciencia.
—424→


X

   ¿Y el Doctor? Con un juicio algo tardío,
pensando un día, por su buena suerte,  245
que es un error tan necio como impío
el que son siempre la humedad y el frío
las anchas carreteras de la muerte,
-¿Por qué esta niña -el triste se decía-
con cara de sonámbula risueña,  250
ayer y hoy, por la noche y por el día,
este despierta o duerma, siempre sueña?
¿Por qué en labios tan bellos,
sin dejar de ser puros,
ya parece que en ellos  255
palpitan a granel besos futuros?-
   ¡Desdichado Doctor! ¡Siendo tan diestro,
y teniendo además tanta experiencia,
no sabe que el querer es una ciencia
que todos aprendemos sin maestro;  260
y que, al cerrar con diligencia vana
por la noche la puerta a los amores,
entran por la ventana
enjambres de fantasmas seductores
que dispersa la luz de la mañana!  265


XI

   Mas cuando, al fin, con ansia verdadera
nota el Doctor cuán presto
lleva a Eugenia hacia un término funesto
la casta consunción de una quimera,
ya, aunque muy tarde, a comprender alcanza  270
que es la niña adorable
una enferma incurable
del santo malestar de la esperanza.
¡Morir de amor! ¡Oh encantadores seres,
fuentes de bien, refugios de consuelo!  275
¡Los ángeles amasan en el cielo
la pasta con que se hacen las mujeres!


XII

   Así hacia un fin cercano
corría, con el aire más risueño,
la que en las nubes dio su blanca mano  280
a un cierto prometido de un ensueño.
Y entretanto que Eugenia se moría,
nuestro Doctor ¿qué hacía?
Disparatar el pobre como un loco;
por lo cual no veía  285
que la muerte venía poco a poco;
¿por dónde? No lo sé; pero venía.
¡Siempre fue así: yo sé por mis lecciones,
de realidad y de experiencia llenas,
que, mejor que las penas,  290
matan las ilusiones,
pues he visto a docenas,
o más bien, a docenas de millones,
lindas cabezas rubias y morenas
morir de apoplejía de visiones!  295


XIII

   Y una vez que en la faz desencajada
de Eugenia moribunda
el candor hizo franca la mirada,
así como el amor la hizo profunda,
y cuando ya entreabiertos se teñían  300
de azul los labios rojos,
y muriendo parece que tenían
doble vida las niñas de sus ojos,
convencido el Doctor de su torpeza,
parecía, mirándola afligido,  305
un náufrago que saca la cabeza
desde el fondo del mar donde ha caído.


XIV

   Y cuando ya el Doctor no está seguro
si es la niña a quien vela
un espíritu puro  310
que pronto va a volar, si ya no vuela,
a Eugenia una mañana contemplando
con la pasión más tierna,
vio que se iba en sus ojos condensando
la negra sombra de la noche eterna;  315
y ante ella sus errores abjurando,
lo mismo que a la imagen de una santa,
le dio un beso en la frente de rodillas,
dos en los ojos, dos en las mejillas,
y otro y otro, hasta diez, en la garganta.  320
Y en el instante mismo en que, embebida,
a una cadena de ángeles asida,
Eugenia con el aire más risueño
ya iba a seguir los sueños de su vida
a las mansiones del eterno sueño,  325
el Doctor, tristemente,
con la voz de una tórtola que gime,
le decía a la niña, en cuya frente
dejó la muerte un estupor sublime-
-¡Ten, por Dios! ¡ten, por Dios, ídolo mío,  330
quieta la mente, el corazón en calma!
No matan sólo la humedad y el frío;
¡viene también la muerte por el alma!-



  —425→  

ArribaAbajoEl amor y el río de piedra

Poema en tres cantos


Al Sr. D. Raimundo Fernández Villaverde y Rivero.- Recuerdo de cariño de Campoamor.






Canto primero

El Edén



I

    ¿Queréis amar a Dios? ¡Pues id a Piedra;
a aquel Edén que con verdor eterno
alegra hasta lo triste del invierno
con sus musgos, sus mirtos y su hiedra;
pues siendo un fiel traslado  5
de un sueño de Virgilio mejorado,
no hay mortal que lo vea
que, como yo, encantado,
no admire, piense en Dios, se postre y crea!


II

   Así creyendo y admirando, un día  10
por este paraíso de inocencia
van dos hijos de Dios, que todavía
no encontraron el árbol de la ciencia.
Él por ella en un día de batalla
desertó frente a frente al enemigo;  15
y ella por él, al frente de su amigo,
se escapó de un molino de Cimballa.
Mas, como dice en Aragón la gente,
desertar por los ojos de una moza
es cosa que perdona fácilmente  20
la Virgen del Pilar de Zaragoza.


III

   Juntos los dos, siguiendo su destino,
bajaron por el río hacia el camino
que a Piedra viene a dar desde Tortuera,
después que con amor la molinera  25
le dio un beso a la rueda del molino.


IV

   ¡Qué felices serán dos desertores
que tienen libertad en sus amores,
calor de día y por la noche frío,
en la tierra placeres y dolores,  30
aire y luz en la esfera,
para poderse ahogar sitio en el río,
pan caro y agua gratis donde quiera!


V

   Es Jaime, más que un quinto, un veterano
que, puesto en guardia y con fusil en mano,  35
le echa el ¿quién vive? a un pájaro que vuela,
tanto que, el muy tirano,
hallándose una vez de centinela
vio a la Reina y la dijo: «¡atrás, paisano!»


VI

   Mas dejo de hablar de él, por decir de ella  40
que en Daroca una vez la llamó bella,
silbando como un mirlo, un lord muy rico;
—426→
y otra vez, extasiado,
le echó una flor, pasando por su lado,
un Azlor de Aragón, casi un Rey chico.  45
Lleva un traje ceñido a las caderas,
y anillos en los dedos de las manos
como una valenciana con ojeras,
que come arroz y vive entre pantanos.
Cruza enhiesta el pañuelo por delante  50
para dejar al aire la cintura,
mostrando el tallo erguido y ondulante
de la flor sin abrir de su hermosura.
Siempre lleva de andar por las praderas
alpargatas de cáñamo olorosas,  55
pues, según las nociones verdaderas
de los sabios que estudian estas cosas,
cuando son tan hermosas
todas las molineras,
sabiendo a pan de flor, huelen a rosas.  60


VII

   Y, en medio del amor que los obceca,
¿adónde van huidos
Jaime Cortés y Candelaria Ateca?
Llevados y traídos
en el mismo columpio de un deseo,  65
se proponen morir los atrevidos
lo mismo que Julieta y que Romeo.
Su plan de amor y horror era el siguiente:
desertar, verse un día solamente,
darse un adiós eterno,  70
y hallar luego en el fondo de un torrente
la muerte y la esperanza del infierno;
porque hay gentes tan locas
que, con formal empeño,
no encontrando harto duras a las rocas,  75
se rompen la cabeza contra un sueño!


VIII

   Ya hacia el final de la primer jornada,
buscando algún descanso
en la margen del Vado (una cascada
que nace y que concluye en un remanso),  80
miraban extasiados las corrientes,
claras en los arranques,
blancas en las rompientes,
y azuladas después en los estanques,
cuando al llegar la hora  85
de echarse entrambos de cabeza al río,
poniéndose de pie, «ven, Jaime mío»,
le dijo al desertor la desertora;
y hacia un salto mortal ella camina
enseñando al soldado a ser valiente.  90
¡Feliz pasión la que en morir se obstina!
¡El preferir la muerte a estar ausente
es del amor la plenitud divina!


IX

   Ya en pie los dos medían el abismo
de la gran Requijada  95
(otra hermosa cascada
que parece caer del cielo mismo),
cuando al mirar pintados en las ondas
de ella el rostro y gentil desembarazo,
sintió el alma de Jaime aquel flechazo  100
que pasó el corazón de Epaminondas;
y volviendo a mirar en la cascada
aquel talle que imita
la ondulación del cisne cuando nada,
y el pecho de opulencia regulada  105
que a amar las cosas de la tierra incita,
en ese atontamiento en que la mente
no se encuentra despierta ni dormida,
asiendo de repente
el brazo de la hermosa molinera,  110
perdiendo el sentimiento de la vida,
la dijo con afán: -«¡Espera, espera!»


X

   Y, después de esperar, con pies ligeros
bajan corriendo la empinada cuesta
los dos pobres viajeros  115
que no llevan más ropa que la puesta;
y llenos de pasión, aunque mojados,
uno de otro en el talle
muellemente apoyados,
a lo largo del valle  120
se alejan poco menos que abrazados.


XI

   Y, siguiendo del Piedra la corriente,
sus almas encantadas
ven el amor tan casto como ardiente
de las cosas creadas  125
que imantadas, y al fin desimantadas,
se casan y descasan buenamente;
pues era la estación que entre gorjeos,
alumbrando los gérmenes que encierra,
la gran hembra del sol, la madre tierra,  130
da los frutos de antiguos himeneos.


XII

   Y andando poco a poco, se olvidaron
de la parte febril de su aventura,
y al fin no se mataron:
¡quién no hace en este mundo una locura!  135
—427→
Luego, a la sombra de un nogal, notando
que empieza el tiempo a parecerles breve,
se comen unas nueces, enseñando
unos dientes más blancos que la nieve.
Pero ¡oh esperanzas vanas!  140
al sentir un amor inextinguible
ellos creen que es posible
vivir sólo de nueces y avellanas;
sin saber los sencillos desertores
que beber en el Piedra y comer nueces  145
es hacer que se olviden los amores
y aborten las más bellas redondeces;
porque es sabido que el amor y el río
tienen suertes iguales,
pues así como el Piedra se endurece  150
al romperse en las rocas sus cristales,
perdiendo ciertos óxidos vitales,
al moverse el amor se desvanece;
y es que el amor y el río, andando, andando,
por sus cauces los dos marchan dejando  155
el río cal y la pasión olvido,
y así es como se van petrificando
el agua andada y el amor movido.


XIII

   Y al llegar estos míseros mortales,
que alimentan su amor de vegetales,  160
a un monte empenachado de cascadas,
miraron en los altos vericuetos
las tranquilas moradas
del abuelo, los hijos y los nietos,
de la raza feliz de los Muntadas.  165


XIV

   Y al ver el Monasterio frente a frente,
con misterio inocente
se llenaron sus almas de emociones
pensando en las virtudes de un convento;
y él se entregó a juiciosas reflexiones,  170
y ella a un casto y profundo sentimiento.
Y hasta en aquel momento
se despertó de Jaime en la memoria,
de San Benito, el fundador, la historia,
que amando a una mujer, que era un portento,  175
y por la cual su corazón ardía
como un carbón que lo encendiese el viento,
en vez de acariciar como un profano
las torpezas divinas
que envidia el cielo al lodazal humano,  180
se echó sobre un zarzal, cuyas espinas
destrozaron sus carnes virginales:
y añade en sus anales
un cierto Padre Yepes, a quien creo,
renunciando a probarlo en los zarzales,  185
que en San Benito por heridas tales
el fuego se exhaló de su deseo.


XV

   Y en tal instante, aunque con gran frecuencia
no hay más Guardia civil que la conciencia,
ya del día a los últimos fulgores  190
los dos enamorados desertores
creyeron ver, o en realidad miraron,
dos parejas de guardias que pasaron,
y apresuradamente
encontrando un zarzal junto a una fuente,  195
con natural espanto,
no se echaron encima como el Santo,
se escondieron debajo santamente.


XVI

   Y gracias al Señor, libres de sustos,
Jaime Cortés y Candelaria Ateca  200
se durmieron después como dos justos
sobre un lecho de amor de hierba seca.


XVII

   Pero ¿y qué mas? -¿Qué más? Con amor puro
él una vez al tropezar con ellos
besó de Candelaria los cabellos-...  205
-Y ¿nada más? -Y nada más: ¡lo juro!


Canto segundo

La tentación



I

    Ya el sol emblanquecía las estrellas,
y Jaime, aun no despierto,
ni soñaba siquiera con aquellas
tentaciones tan bellas
que tuvo San Benito en el desierto;  5
pues, como todavía
al alborear la lumbre de aquel día
le hacía poco peso la conciencia,
fue su sueño profundo, muy profundo.
¡Qué dicha tan inmensa es en el mundo  10
amar, en pleno amor, con inocencia!
—428→


II

   Cuando ya los llamaban a la vida
los sones halagüeños
que la tierra, aun dormida,
murmura electrizada como en sueños,  15
a Jaime despertó la molinera;
y abriendo un gran portillo en el ramaje
para ver la primera
el teatral aspecto del paisaje,
vio a la luz color gris de la mañana  20
los huecos de las celdas del convento;
y elevando hacia Dios su pensamiento
se santiguó con gracia la aldeana,
pues hija fiel de otro cristiano viejo,
ella es una cristiana  25
tan católica a un tiempo y tan galana
que reza y se santigua con gracejo.


III

   Aunque es un bello nido
de inextintos amores
el Parque, sobre un monte suspendido,  30
los tiernos desertores,
después que el sol vino a borrar la aurora,
dejaron una estancia peregrina
que reúne en su flora
el África, la América y la China;  35
y hacia el Vergel bajaron,
y al límite en que el Parque terminaba,
un bello semicírculo encontraron
que el tocador de Venus imitaba,
y quedó admirado él y ella embebida  40
al ver la Caprichosa, una cascada
que parece, tendida,
el velo de una reina desposada;
y a su influjo, sintiendo
una feliz y casta soñolencia,  45
porque el agua, al caer, baja moviendo
las brisas de las playas de Valencia,
en torno de los tímidos amantes
trazan al sol un círculo divino,
saltando, como un polvo blanquecino,  50
molidos en las peñas los diamantes.


IV

   -Y entran luego en la Gruta del Artista
por ver estalactitas agrupadas,
que alegraban la vista
como labores de cristal colgadas;  55
y sigue admirando él y ella embebida,
y pasa tiempo... y tiempo... y de esta suerte
se fueron olvidando de la muerte
y acordándose un poco de la vida,
Mas ¿cómo de los fieros desertores  60
ya, el que menos, olvida
su deber de arrojarse en un abismo?
Porque en cosas de amores
puede más que el deber el magnetismo.
No lo extrañéis, lectores;  65
según Platón, ya en Grecia era lo mismo.


V

   Entrambos luego, de la mano asidos,
bajando más y más, miran, pasando,
que en el estanque del Vergel, nadando,
ya se atusan los patos aburridos,  70
después de ver y oír como, formando
borbotones, cual pechos de Sirena,
corriendo a unirse al río,
bajo un dosel sombrío,
el dulce Arroyo de los Mirlos suena.  75


VI

   Y a la sombra de un álamo sentados
para admirar el Baño de Diana,
poco después el quinto y la aldeana
miraban los cristales azulados
de un río transparente  80
que sería maldito en el Oriente
por secar los contornos redondeados.


VII

   Se alzan después, y apresuradamente
viendo una cueva enfrente
llamada la Carmela, él en pos de ella,  85
como quien huye de la luz del cielo,
se entraron en la gruta, que es más bella
que la gruta de Elías del Carmelo.
Mas si viese a los dos en compañía
despacio, y sin pensar que el tiempo vuela,  90
¡Jesús! ¡qué colorada se pondría
la Carmen que dio nombre a la Carmela!
Y con razón, porque al seguir su ruta
salieron pálido él y ella encarnada,
aunque en aquella gruta  95
¡admírate, lector! no pasó nada.


VIII

   Y ven después, entre el espeso ambiente
de perlas en las rocas machacadas,
los Fresnos, que, cortando una corriente,
imitan dulcemente  100
un salterio formado por cascadas.
Y al ver que con su escala de colores
la Cascada del Iris sus primores
sepulta en un estanque luminoso
—429→
al pie de una vertiente encajonado,  105
Jaime exclama admirado
como un viajero estúpido: -«¡Qué hermoso!»


IX

   Y, al fin del largo estanque,
miraron en su arranque
la Cola de caballo, otra cascada  110
que, en la cumbre entre rocas apretada,
se para, se acumula, se desborda:
el valle todo asorda,
cae, y después se echa a dormir cansada.
Pero al caer arqueada y ondulante,  115
es tal su gallardía,
que no tiene una cola semejante
el caballo mejor de Andalucía.
Al ver la gran cascada
brillando tan gentil y refulgente,  120
casi duda la mente
si, al caer despeñada,
rompiéndose en las rocas, irritada
lanza el agua una luz fosforescente.
Yo sé de un navegante, amigo mío,  125
que viviendo en el mar constantemente,
nunca vio el agua hasta que halló este río
que, lanzando impetuoso su corriente
de pendiente en pendiente,
recorre desde el cielo hasta el abismo,  130
haciendo de esta tromba a un tiempo mismo
chubasco, borbotón, racha y rompiente!


X

   ¡Y gloria a Dios! Merced a la certera
habilidad del dueño
que abrió a pico en la roca una escalera,  135
bajaron a la Gruta, que supera
en hermosura real al mismo sueño;
gruta en la que es el día
una noche de otoño húmeda y clara,
que mezcla a una luz rara  140
unas sombras más raras todavía;
y cuando de repente
entre tanto y tan mágico espejismo
lleva el sol, al morir en Occidente,
la esplendencia del cielo a aquel abismo,  145
se ve allí claramente
aquel Dios misterioso que el ateo
nunca ve en su nublada fantasía;
a quien vio por detrás Moisés un día;
a quien vio de perfil el gran Linneo;  150
al que ve con su tierna idolatría
la esposa fiel por cuyos ojos veo,
y al que la madre de mi amor veía
con el santo candor del buen deseo!


XI

   Las aguas por las rocas exsudadas,  155
forman allí variadas
obras de arte, a la bóveda sujetas
con primor tan gentil, que sus labores
afrentan a escultores,
a arquitectos, pintores y poetas.  160
¡Qué prodigio, gran Dios! Ninguno sabe
si aquel templo escondido y soterrado
es de una grande catedral la nave,
o algún horno ciclópeo ya apagado;
si habrá formado un hada  165
sus bellos arabescos de mezquita;
si es gruta de Sibila exonerada,
o de un titán la cueva troglodita;
pues la gruta hechicera,
que a todo ingenio humilla,  170
si como arte es la octava maravilla,
como arte natural es la primera:
y acaso en tan extraña arquitectura
Dios tuvo por objeto
juntar en su hermosura  175
los prodigios del orbe en miniatura,
formando tan completo
Pandemonium de cosas celestiales,
que alrededor se ven hombres y brutos,
y dioses vegetales y animales,  180
y fetiches de ritos naturales,
flores, peces, y pájaros y frutos;
ídolos despreciados
que, del mundo barridos,
y en la cueva de Piedra emparedados,  185
fueron, después de ser amontonados,
por el desdén primero confundidos,
y por el tiempo al fin petrificados!


XII

   Mientras hacen las brumas condensadas
en lo hondo de la Gruta acumuladas  190
un estanque sombrío
donde al caer, medidas y contadas,
van formando las gotas de rocío
un joyero de perlas agitadas,
de tanta sombra y humedad mezclados  195
el perfume, el color y los sonidos,
parece que también petrificados
abruman con su peso los sentidos;
—430→
y en tal caos de ruidos y fulgores
al ver y oír los brillos y rumores,  200
cambiando de ilusión ojos y oídos,
encuentran siempre allí nuestros sentidos
voz en la luz, y luz en la armonía,
siendo así de la humana fantasía
quiméricos antojos  205
ya el hallar armonía en los colores,
ya el ver como parece a nuestros ojos
que saltan de los ruidos resplandores!


XIII

   Saliendo de su asombro sobrehumano,
ven luego que, a sortear acostumbradas  210
el furor de las aguas despeñadas,
por la derecha y por la izquierda mano
entraron asustadas
dos palomas seguidas de un milano;
y el milano no entró porque imprudente  215
a las aves de frente
les fue astuto a cortar la retirada,
y el rápido turbión de la cascada
lo echó muerto en el fondo del torrente.
Y luego la pareja arrulladora  220
tranquila y entregada a sus amores,
de aquellos infelices desertores
vino a ser la serpiente tentadora;
pues en tanto que extáticos seguían
por los picos los pájaros unidos,  225
ellos, desvanecidos,
los miraban a un tiempo y los oían
poniéndose en los ojos los oídos.
Y cuando aquella escena,
de peligrosos incentivos llena,  230
convirtiendo en edén la hermosa cueva,
les trajo a la memoria
el amor de Adán y de Eva,
los grandes pecadores de la historia,
en ideal mutismo  235
nuestros dos desertores
sondeaban el abismo
del vértigo feliz de los amores,
y, como es natural, naturalmente,
escena tan sencilla  240
puso fuego a su amor adolescente,
y empezó a arder en ellos de repente
la sangre de Isabel y de Marsilla.
Y como suele a veces
un ejemplo liviano  245
hacer hervir las heces
del fondo vil del animal humano,
mientras casta, apelando a sus deberes,
ella devora en abstracción sublime
ese instante en que incuban las mujeres  250
la idea que las pierde o las redime,
él miró a Candelaria de hito en hito
para beber amor en sus miradas;
pero ella, dando un grito,
que hizo huir a las aves asustadas,  255
salió de aquel lugar de incontinencia
para ella maldecido,
y -¡jamás! -murmuraba con frecuencia,
respondiendo sin duda a un repetido
misterioso argumento de conciencia.  260
Así la fugitiva
salió rápidamente,
como un ave cautiva
cuya jaula se abriese de repente,
mientras Jaime Cortés, desvanecido,  265
ni a ver, ni a oír, ni a respirar se atreve,
y sigue detrás de ella convertido
en fría estalacmita que se mueve.
Y, gracias al buen Dios, de esta manera
el idilio empezado en aquel día,  270
por huir con pudor la molinera
se quedó siendo idilio todavía.


XIV

   Y, después de unas horas,
ya con planta segura
siguiendo a las palomas tentadoras  275
por sendas seductoras
trazadas con ingenio a la ventura,
llegaron a la Fuente del Olvido
y a un Lago entre montañas detenido,
con la Peña del Diablo por un lado,  280
y al otro el Monte Piedra, en donde alzada
con restos de una antigua fortaleza
aun se ve una Capilla abandonada,
con santos que no sirven para nada,
pues ni unos tienen pies ni otros cabeza.  285


XV

   ¡Oh Fuente del Olvido misteriosa!
¡Lola, Asunción, Eugenia, María Rosa!
¡Coro de alegres Musas!
¡Recuerdo entre memorias ya confusas
que después de saltar con planta airosa  290
los arroyos cortados por esclusas,
para hallar el reposo apetecido
presto a vuestro cansancio y mis pesares
el húmedo verdín de sus sillares
la inolvidable fuente del Olvido!  295
¡Isabel, Carmen, Juana!
—431→
¿A que ninguna de las tres olvida
lo que en el Lago del Silencio hablamos?
¿Olvidaréis jamás que allí pasamos
tres horas las más dulces de la vida?  300


XVI

   Mas nos llaman de nuevo otros amores,
porque Jaime, sintiendo trasudores,
de improviso gritó: -¡Guardias civiles!-
pues para un desertor, en la apariencia,
no hay más hombres que guardias y alguaciles  305
¡que es gran pintor de espectros la conciencia!
Y buscando un refugio, mira en torno,
y alcanzando en el fondo del paisaje
una cueva que sirve de hospedaje
a todas las palomas del contorno,  310
uno y otro con ánimo esforzado,
metiendo el pie en las grietas de las peñas,
subieron a la Cueva del Soldado,
que allá arriba, y oculta entre unas breñas,
el mismo Dios que la hizo la ha olvidado,  315
Y en tanto que los pobres desertores
quedan solos, pensando en sus amores,
mas sin faltar a la moral cristiana,
por la altura del monte vigilando
va la Guardia civil representando  320
lo perspicaz de la justicia humana.


XVII

   ¡Que Dios os dé fortuna,
oh jóvenes amantes,
que aun podéis comulgar sin duda alguna
sin precisión de confesaros antes!  325
¡Yo espero que aun podrá vuestra inocencia
la hora retardar de la caída,
creyendo lo que dice la experiencia,
que es muy malo abusar de nuestra vida!
Desechad con empeño  330
cuanto hay de realidad en las pasiones,
dándolo todo, como yo, al ensueño.
Imitad mis fugaces ilusiones,
pues en giro halagüeño,
desenterrando y enterrando historias,  335
ya saco una memoria para sueño,
ya echo un sueño al rincón de mis memorias.
Y aunque en mis rasgos de virtud no imito
lo que hizo en el desierto San Benito,
procuro realizar en mis ternezas  340
un amor superior a las flaquezas,
porque sé en mi constante desconsuelo
que si une de algún modo
un hilo solo nuestro amor al suelo,
sopla el viento una vez, se nubla el cielo,  345
rompe un céfiro el hilo... y ¡adiós todo!


Canto tercero

El castigo



I

   -El amor se cree eterno y dura un día-.
Así a Jaime Cortés con grave acento
un cura le decía,
si es cura el capellán de un regimiento.
-Vamos con calma, vamos-  5
el capellán seguía-
confiésate despacio, que esperamos
una dicha imprevista,
pues sé que, siendo un ángel en la tierra,
pidió ayer tu perdón una bañista  10
que es algo del Ministro de la Guerra.
Háblame, pues, sin remontar el vuelo,
y cuenta sólo la verdad humana.
Cuando se halla por medio una aldeana
todos sabéis cómo se pierde el cielo,  15
aunque nunca estudiáis como se gana-.


II

   -¿Habrá una criatura-
preguntó el desertor- que la ventura
encuentre en las pasiones tormentosas?
Y el confesor le dijo: -«Ten cordura;  20
tú al hablarme te olvidas que soy cura,
y sólo sé por relación las cosas.
Piensa bien que nos dice la doctrina
que es el hurto un pecado,
y la Ordenanza a declarar se inclina  25
que, al robar una moza, es un soldado
tan vil como al robar una gallina.
Confiesa que ese amor desventurado
de la Ordenanza el código destroza,
mostrando el espectáculo adorado  30
de un quinto que secuestra a una real moza.
¡Si fueras oficial, pero un soldado!...-


III

   Bostezando en memoria de su amada,
Jaime exclamó con voz entrecortada:
-¡Oh, qué cuarto de luna tan eterno!  35
Ocho días de dicha continuada
hacen dulce la idea del infierno.
Amé en la gruta a Candelaria Ateca
con todas mis potencias y sentidos.
¿Qué hablamos de hacer, allí metidos,  40
sin tener yo un fusil, ni ella una rueca?
—432→
Duraron nuestras verdes alegrías
tres días y tres noches... pero luego...
-Sí -dijo el cura- al cabo de esos días,
la hablabas tú en latín, y ella a ti en griego.  45
El que sepa la esencia de las cosas,
sabrá que las mujeres siempre entienden
la ciencia de agradar, si son hermosas;
pero, hermosas o feas, nunca aprenden
el arte de no hacerse fastidiosas.  50
Bien, y después ¿qué hiciste?
-¿Qué hice después? -Jaime pregunta. -¡Ay, triste!
Después me acobardé como un paisano.
¡Ningún héroe resiste
a un amor de ocho días mano a mano!  55
Mas ¿qué habrá sido de ella, padre mío?
¿Se habrá arrojado al río?
-Déjate de locuras-
contestó el capellán -¿de qué te apuras?
Con respecto a cariños y placeres,  60
sabemos bien los curas
que se suelen cansar de sus ternuras
tanto o más que los hombres, las mujeres.
Pero tú, ¿no sabías, inocente,
que el río el corazón solidifica,  65
así como al tocarlas petrifica
las ramas que detienen su corriente?
¿No oíste en Piedra hablar de dos inglesas,
que amando con pasión y siendo obesas,
por beber en estío  70
los óxidos metálicos del río
dejaron de querer y de ser gruesas?
-Yo sólo sé -Jaime siguió- que iguales
los astros desde el cielo
siguieron alumbrando mi fortuna  75
cuatro días cabales;
pero ya al quinto día de la luna
noté con desconsuelo
que me enseñaba el pie sin gracia alguna,
mientras necias por valles y por lomas  80
con sus eternos besos,
aquella fiel pareja de palomas
me llevaba el fastidio hasta los huesos.-


IV

   -«¿Y qué fue de esas aves, que os mostraron
el árbol de la ciencia?-  85
preguntó el capellán. -Nos las pagaron-
Jaime exclamó, -pues si ellas me enseñaron
la primera lección de la experiencia,
como es ley natural que el hombre coma,
una tarde de amor nos las comimos,  90
y el par nos repartimos,
comiendo ella el pichón, yo la paloma.
-Pues ¿no tenías nueces?-
preguntó el capellán. -Sí, pero a veces-
respondió el desertor, que sollozaba-  95
tanto el hambre apretaba
que, además de las aves, padre mío,
cuando hallaba cangrejos en el río
encendía un tomillo y los asaba.
-¿Asar a su maestra? Eso da espanto-  100
replicó el capellán; -tú, en amar tanto
fuiste, hijo mío, un verdadero loco,
y te lo digo yo, que soy un santo,
por más que alguna vez lo olvide un poco.-


V

   -Dormida un día, aproveché el momento-  105
siguió Jaime- y con nuevas ilusiones
me volví al regimiento,
prefiriendo el fragor del campamento
al amor siempre igual de los pichones;
mas queriendo atajar, dejé el camino,  110
y andando en línea recta y con premura
para llegar más pronto a mi destino,
la Guardia me prendió cerca de Alhama.
-Es verdad -siguió el cura-
y el idilio acabó, y empezó el drama;  115
pues la Guardia civil es tan amiga
de pensar siempre el mal, que con trabajo
cree que ninguno siga
la senda del deber por el atajo.
Por desertor cogido y sentenciado,  120
preferiste al amor ser fusilado.
Lo comprendo, hijo mío,
fuiste el ciervo asustado
que teme ser cogido y se echa al río.-


VI

   -Mas ¡ay! ya está el piquete en movimiento,  125
y pues llegó el momento-
continuó el capellán -vamos andando.-
Y después de decirle: -Acaba, acaba-,
masculló una oración como implorando
la clemencia de un Dios de quien dudaba.  130
Luego siguió: -Ya quedan conmutados,
en gracia de tu hastío, tus pecados;
el Papa actual es un señor muy bueno,
que cree que son los malos desgraciados,
y que el mundo está lleno  135
de santas y de santos ignorados.»-
Volvió a rezar un poco, a su manera,
le echó después la bendición postrera,
y -Te perdono -dijo-
en el nombre del Padre; y quiera el Hijo  140
que te perdone a ti la molinera.-
—433→
Mas Jaime, horrorizado
de pensar si podría
viviendo más, de Candelaria al lado
pasar un día solo, un solo día,  145
poniéndose de pie con el objeto
de ser en el instante fusilado
por no quedar sujeto
a los trabajos del amor forzado,
se preparó a la muerte, y en tal hora  150
el rostro se cubrió con las dos manos,
diciendo con ternura encantadora:
-¡Cuánto me aflige ahora
el dolor de mi madre y mis hermanos!-


VII

   ¿Cuál sería de Jaime la sorpresa  155
cuando vio frente a sí la aragonesa
que, vestida de quinto, le miraba
con la cara tranquila
que debía poner cuando jugaba
con los cabellos de Sansón, Dalila?  160
Jaime Cortés, de confusiones lleno,
no quería creer lo que veía;
mas la mujer con ánimo sereno
mirándole, parece que decía:
«Caerá entre sangre el que me hundió en el cieno.»  165


VII

   Mas ¿cómo la terrible molinera
llego a la ejecución? De esta manera:
fue a Nuévalos un día,
y en casa de una tía, audaz, se puso
un traje de aldeano, que allí había,  170
de un paño sin color, a fuerza de uso;
y hecho ya aragonés, la aragonesa,
al salir de la casa de su tía
con el pelo cortado a la escocesa,
mas bien que un aldeano, parecía  175
el paje más gentil de una princesa;
y anduvo muchas horas, y aunque en vano
de Jaime preguntó por el destino
a todos los rumores y los ecos,
le dio noticias de él por el camino  180
un vendedor de miel y de higos secos;
y de matar a Jaime haciendo voto,
marchó a Alhama a cumplir su triste suerte.
¡Lechera con el cántaro ya roto,
no halló más esperanza que la muerte!  185
Llega en fin; sienta plaza de soldado;
pide ser del piquete fratricida;
y así en vengarse y en matar se empeña,
al verse sin amor y envilecida;
venganza, vive Dios, que nos enseña  190
que el corazón a veces desempeña
un papel importante en nuestra vida.


IX

    Jaime observa el piquete con espanto,
y Candelaria en tanto,
como le ama a pesar de los pesares,  195
lo mira con furor, mientras su llanto
por dentro de sus ojos corre a mares.
Y cuando vio que a Jaime le vendaron,
unas nubes de sangre la cegaron;
y, en el postrer momento,  200
al consumar su intento,
que se creyó casualidad horrible,
mirando Candelaria al miserable,
echa sobre él un odio irresistible,
o más bien un amor interminable:  205
junta a su sien de su fusil la boca;
el gatillo después con el pie toca,
suena de pronto un tiro,
reza un -¡piedad, Señor! -dando un suspiro,
y cae con el cráneo destrozado,  210
un momento antes que él, y de esta suerte,
si por verlo matar se hizo soldado,
por no verlo morir se dio la muerte.


X

   Y un instante después, lleno de celo,
hizo alguien la señal con un pañuelo,  215
y el ángel del amor tendió sus alas
y se escondió en el cielo,
por no ver que de Jaime sin consuelo,
el pecho atravesaron cuatro balas.


XI

   Y como a ver morir a aquel soldado,  220
de emociones sediento,
subió con gran contento
al Castillo Romano, hoy arruinado,
ese invariable público, formado
de mil inteligencias sin talento,  225
cuando vio de dolor desvanecido
que, pasando un segundo,
de una campana eléctrica el sonido
trajo el perdón pedido,
que llegó como todo en este mundo;  230
en un mismo dolor el pueblo unido
lanzó fatal, desolador, profundo,
un ¡ay! que más que un ¡ay! fue un alarido.
—434→


XII

   ¡Altos juicios de Dios! -En aquel duelo
un claro sol derrama  235
tanta luz sobre el suelo
de la vega de Alhama,
que parece que el cielo
le dice al pueblo absorto: -«Vive y ama!»
¡Y hasta alegres, del Piedra los ambientes,  240
llegando a confundirse sonrientes
del Jalón con las ondas sonorosas,
lo convidan a oír en lontananza
ese canto inmortal de la esperanza
que murmura el concierto de las cosas!  245


XIII

   Y ¿qué dirán del fin de estos amores
los que hablan de lo real sin poesía?
Que mañana ocultando estos horrores,
el viejo sol que nace cada día
alumbrando a leales y traidores,  250
sobre tanta agonía
un velo vendrá a echar de resplandores;
y dirán además que aunque hoy sentimos
estas y otras tragedias espantosas,
sucediendo unas cosas a otras cosas,  255
pronto han de ver como de nuevo oímos
los himnos del otoño a los racimos,
del abril las canciones a las rosas.


XIV

   Y afrontando, por fin, de estos amores
el problema profundo,  260
me preguntáis, lectores:
-¿Qué debemos hacer cuando, iracundo,
el destino consienta estos horrores,
y entre ser y no ser medie un segundo?-
¡Echar en paz sobre las tumbas flores:  265
verlo, sufrir, y despreciar un mundo
tan lleno de Doloras y dolores!