81
v. 1611 Monte del Testamento: el Monte del Testamento (o Monte de la Reunión) se suponía situado al extremo norte sobre las estrellas de Dios; en él quería asentarse el rey de Babilonia para ser semejante a Dios. Es reminiscencia de la antigua mitología oriental (cananea). Isaías, 14, 11-14 («Quomodo cecidisti de caelo, Lucifer, qui mane oriebaris? / corruisti in terram, qui vulnerabas gentes, / qui dicebas in corde tuo: In caelum conscendam, / super astra Dei exaltabo solium meum, / sedebo in monte testamenti, / in lateribus Aquilonis, / ascendam super altitudinem nubium, / similis ero Altissimo») no piensa en un monte determinado. Habitar en él es privilegio de Dios. Otras veces parece identificarse con el Sinaí: ver Ausejo, Diccionario de la Biblia, s. v. monte de la reunión. En muchos textos de autos calderonianos debe de remitirse al monte del que se desgaja una piedra que derriba la estatua soñada por Nabucodonosor, episodio narrado en Daniel, 2, 34 y ss., piedra que simboliza a Jesucristo, el cual acaba con el imperio de Satanás. Comp. DP, 1259: «desceñiré / la honda, y verás que te venzo / con las armas que quisiste / vencerme, en ella poniendo / la piedra arrojada / del Monte del Testamento»; MR, 1056: «la piedra que los derriba / es el encarnado verbo / piedra angular que vendrá / del monte del Testamento»; LQ, 275: «¿qué piedra / no reconociera feudo / a la que cayó arrojada / del monte del Testamento»; AD, 1380: «caiga contra ti del cielo, / bien como piedra arrojada / del monte del Testamento / otra piedra que derribe / tu soberbia».
82
vv. 1630-1631 la eucaristía, que es decir de gracia aumento: es una expresión ponderativa para indicar la especial consideración de la Eucaristía como sacramento: comp. PS, 819: «que en sí incluye y guarda / sacramento con que pueda / restituirse a la gracia /con nuevos aumentos», pasaje que anotan Cilveti-Arias (ed. de PS en esta misma serie): «el sacrificio de Cristo incluye el sacramento de la Eucaristía, la comunión, la cual produce sus efectos en el hombre junto con la penitencia, que perdona el pecado actual [...] Sobre la base de la penitencia, la comunión produce los siguientes efectos (que Calderón señala como «nuevos aumentos» de gracia [...]) muy celebrados por la tradición patrística y anotados también por el Concilio tridentino: aumenta y fortalece la vida espiritual; es antídoto contra el pecado (borra los veniales y preserva de los mortales); es garantía («pignus») de la futura gloria y contribuye a la santificación del alma y a la resurrección del cuerpo; es símbolo eficaz del cuerpo místico de Cristo, causando la unión de los miembros entre sí por fe, esperanza y caridad, semejante a la unión de los miembros con su cabeza, Cristo (Denzinger, 875)». Ver OR, 1086: «a cuya Eucaristía, pues / ella es de Gracia el aumento»; MF, 1009: «en Pan y Vino, alma y cuerpo, / recobrándole en su gracia / por ser de la Gracia aumento»; RC, 1340: «el que habiendo / por la puerta del bautismo / entrado, pasare luego / por la de la Penitencia, / volverá a vivir de nuevo / a la vida de la Gracia, / por ser de la Gracia aumento».
83
v. 1635 de aquel pan en alma y cuerpo: tras la transubstanciación que convierte la hostia en el cuerpo de Cristo y el vino en la sangre de Cristo, desaparece la substancia de pan y vino conservándose sus accidentes de color, olor, etc.: «Si quis dixerit, in sacrosancto Eucharistiae sacramento remanere substantiam panis et vini una cum corpore et sanguine Domini Nostri Jesu Christi, negaveritque mirabilem illam et singularem conversionem totius substantiae panis in corpus et totius subtantiae vini in sanguinem, manentibus dumtaxat speciebus panis et veni, quam quidem conversionem catholica Ecclesia aptissime transubstantiationem appelat, an. s. (anathema sit)», Concilio tridentino (Denzinger, 884); «panis iste panis est ante verba sacramentorum; ubi acceserit consecratio, de pane fit caro Christi», San Ambrosio, ML, 16, col. 439. Carranza: «Este sacramento [...] contiene real y verdaderamente el cuerpo verdadero y la sangre verdadera de Jesucristo debajo de aquellas figuras de pan material y vino que vemos con los ojos corporales [...] En solo este sacramento se muda la materia sustancialmente, porque lo que antes de la consagración era sustancia de pan y vino, después de la consagración es sustancial carne y sangre de Jesucristo» (Catecismo, II, p. 203); la substancia del pan eucarístico es imperceptible a los sentidos y consta de la carne y sangre de Cristo glorificado, pues Cristo está en ella como en el cielo, «a modo de substancia», sin cantidad ni extensión (Santo Tomás, Summa, III, q. 76, 3).
84
v. 1636 oblación: «ofrenda y sacrificio que se hace a Dios» (Aut).
85
v. 1650 yo pan veo allí no más: el Judaísmo niega la transubstanciación, rechaza la presencia real de Cristo en las especies de pan y vino. Durante la Edad Media diversos herejes como Berengario de Tours y Juan Wicleff impugnaron la doctrina de la transubstanciación. Las herejías mas conocidas sobre este dogma de Fe son las de los reformadores protestantes: Lutero, Zwinglio y Calvino. Todos ellos rechazaron unánimemente la transustanciación y el carácter sacrificial de la eucaristía, pero tuvieron diversos pareceres sobre la presencia real. Lutero defendía la doctrina de la consustanciación: coexistencia del verdadero cuerpo y sangre de Cristo con la sustancia de pan y vino. Zwinglio negaba la presencia real, declarando que el pan y el vino eran meros símbolos. Calvino rechazaba la presencia sustancial de Cristo y predicaba una presencia «según la virtud», es decir, con el pan y el vino los predestinados reciben una fuerza que alimenta el alma. Contra todas estas herejías van dirigidas las definiciones dogmáticas de las sesiones 13ª, 21ª y 22ª del Concilio de Trento.
86
vv. 1655-1656 otro velo... blanca hostia: la Hostia, blanco velo visible de la divinidad invisible, disfraz de accidentes que vela la sustancia divina. Comp. PCT, 361: «Blanco velo, a quién encubres / saber tengo, y qué sustancia / debajo de las especies / se comprehende»; IN, 1129: «dejando / de ser Pan, pasó a ser Carne / y Sangre, transubstanciado / debajo de sus especies, / su cuerpo de un velo blanco»; DF, 1795... San Cirilonas, siglo IV, en TEP, I, núm. 1038: «Venid, recibidme, partidme en pedazos y gustadme velado bajo las especies»; y en el Himno de Laudes de la Octava de Corpus: «Al vencedor le daré el maná escondido», «Vincenti dabo manna absconditum»; San Agustín, Tract. 26 in Joannem, del tercer nocturno de la feria III de la Octava de Corpus: «accipimus visibilem cibum, sed aliud est sacramentum, aliud virtus sacramenti»; Fray Luis de León, Padre del Siglo futuro, en OC, p. 495: «se encerraba [Cristo] en aquellas especies [...] aunque ponían velo a los ojos»; San Juan de Ávila, Sermones, en OC, II, p. 851: «en aquella casa de pan está el Hijo de Dios consagrado, envuelto en pañales de pobres accidentes»; Baltasar Gracián, Comulgatorio, en OC, pp. 1029-30: «Pondera [...] no la sombra, sino el Sol mismo, aunque dentro de la nube de los accidentes [...] la realidad de un Dios verdaderamente encerrado en esta Hostia».
87
vv, 1658-1659 infinita deuda...infinito precio: el mérito infinito de Cristo (Verbo encarnado) satisface la maldad infinita del pecado original (y de todos los pecados personales). Comp. DM, 253: «Dios y hombre, para que tenga / lo infinito en lo infinito / conforme la recompensa». San Pablo, Romanos, 5, 20-21: «Ubi autem abundavit delictum superabundavit gratia». San Juan Crisóstomo, comentando este texto, apunta que Cristo pagó mucho más de lo que debíamos: «longe plura quam debeamus solvit Christus» (MG, 60, col. 519). Y la Angélica del Jueves Santo canta: «¡Oh felix culpa, quae talem et tantum meruit habere Redemptorem».
88
vv. 1665-1668 la heredera de la viña que perdió el Judaísmo cuando la muerte dio al heredero; la viña es imagen de la Iglesia y estos versos son paráfrasis de la parábola de los viñadores infieles, que puede leerse en Mateo, 21, 33-41; Marcos, 12, 1-9; Lucas, 20, 9-16. La comparación del pueblo elegido con la vid había sido utilizada en el Antiguo Testamento. En el salmo 80 se habla de la ruina y restauración de la viña arrancada de Egipto y plantada en otra tierra; en el cántico de Isaías (5, 1-7) Dios se queja de que su viña produce agraces y no uvas... Para la viña como símbolo de la Iglesia cfr. C. a Lapide, VIII, 234, 2; XIII, 411, 1; XI, 152, 2... Calderón escribirá el auto de La viña del señor sobre esta trágica parábola, y otro tanto hicieron Lope de Vega en El heredero del cielo y Mira de Amescua en La viña del Señor. Comp. HP, 2155-2156: «Tú, Gentilidad, serás / de su lugar heredero».
89
vv. 1669 y ss. Este final en el que los personajes del auto expresan su alegría con parlamentos que comienzan por «feliz» o «felice» es bastante frecuente en los autos calderonianos; se encuentra en El Año santo de Roma, La segunda esposa, Triunfar muriendo, El primer refugio del hombre, No hay instante sin milagro, etc.
90
v. 1677 Enmiendo «recobrando» de H1 por el resto de testimonios.