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El alma en pena

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Ramón de Campoamor



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  —114→  

ArribaAbajoAdvertencia

El objeto que me he propuesto al bosquejar esta tragedia, es el de agitar una cuestión que se puede convertir en filosófico-religiosa.

No presento más que una pequeña fase del cuadro que me había propuesto desarrollar, porque para su total desempeño me han faltado fuerzas, solicitud y tiempo. Esto, sin embargo, no destruye la existencia de la idea primordial, pues aunque estuviera engalanada con accesorios más o menos importantes, y el plan hubiese correspondido a la vasta idea que me formé de él en un principio, el fondo siempre hubiera quedado el mismo.

La cuestión está reducida a lo siguiente:

«¿La voluntad, reguladora de nuestros actos físicos y morales, obra por sí misma con absoluta independencia, o lo hace a impulsos de una providencia superior?»

Jamás he podido convencerme de las razones de los que han pretendido probarnos que carecemos de libre albedrío, y que todos nuestros actos están regidos por la omnipotente mano de Dios. Si esto fuese así, sería necesario confesar que Dios hacía un ayo sobradamente descuidado, porque tales cosas hace el hombre que desacreditarían su augusta dirección.

¿Y quién es el necio que por otra parte cree que abandonados a nuestros propios deseos, vivimos, crecemos y nos multiplicamos, ni más ni menos que los animales de un orden inferior? Esta teoría, en mi concepto, era suficiente para hacer morir de hastío a cuantos presumiéramos de tener sentido común. Se me dirá que, al darnos Dios el libre albedrío, nos concedió un instinto de percepción que distingue lo bueno de lo malo, y que por consiguiente somos responsables de nuestros actos, en cuanto obramos con conocimiento de causa; pero esto, a lo más, no pasa de ser una argucia escolástica, porque si los alientos espirituales se hallan subyugados por los estímulos de la carne, poco importa que la Omnipotencia nos haya dado entonces el don de conciencia, pues sería lo mismo que enseñarle a un hambriento el pan inaccesible a su estómago. Doy por supuesto, que no lo creo, que en las batallas interiores tengan el mismo grado de intensidad el espíritu y la materia para ganar la victoria; el que por último quede vencido, aquel será menos fuerte, y el castigarle por su impotencia sería una iniquidad. No es mi ánimo en este lugar prejuzgar la justicia o injusticia de la suerte ulterior que nos espera, y sólo trato de manifestar que así como no me contenta ver a Dios encargado de velar sobre nosotros con un eterno pupilaje, me repugna en extremo hallarme con un albedrío que, a pesar de mi conciencia, ha de ser arrastrado por el sentido más loco.

Y si por una parte es absurdo pensar en la intervención directa del cielo, y por otra demasiado desconsolador tener por nuestros únicos móviles las eventualidades del acaso, ¿cuáles son los medios por los cuales nuestra naturaleza debe estar en relación con el alto fin para que ha sido creada?

Un espíritu que se filtra en el corazón de los actores, tomando alternativamente las diferentes formas de un sueno, de una memoria, de un placer, de un dolor, de una esperanza, de un presentimiento, es el resorte invisible que determina las acciones de este drama; pero semejante medio es indeterminado, local, raquítico. Basta para desarrollar esta composición, pero no cumple con el objeto que me había propuesto. La cuestión por consiguiente queda indicada, pero no resuelta. Falta hallar otro eslabón más aéreo que éste, infinitamente más universal, que abrace todos los actos de la existencia de los hombres hasta sus últimos pormenores; que no se aplique a él un caso dado, sino que él sea aplicable a todos los casos. Es menester, en fin, hallar la identidad de ese ser misterioso ante el cual nuestra voluntad es una esclava, a quien unos llaman sino, otros hado, otros estrella; que se insinúa en el corazón por caminos desconocidos, que excita nuestros instintos de un modo tan invisible, que a veces nos fuerza a hacer lo contrario que anhelamos. En la conciencia de la humanidad hay un sentimiento constante de atribuir el buen o mal éxito de sus acciones a un director espiritual; y si al cruzar el erial del mundo tiene el hombre una convicción tan profunda de que jamás marcha solo, ¿quién es entonces ese duende que le acompaña?...

Abandono la resolución de este problema, porque me parece de la mayor importancia, y digna por lo mismo de que se ocupe de ella otra pluma más diestra que la de un pretenso filósofo de veintitrés años.



  —115→  
PERSONAJES
 

 
IRENE,   alma en pena.
DON LUIS DE CASTRO.
ELVIRA.
DON PEDRO DE LARA.
ANA.





ArribaAbajoPrimera parte

Ángel-Demonio



ArribaAbajo- I -

Morir amando


   Tenía Irene un amante,
y aunque al amor no se aviene
la firmeza del diamante,
fue esta vez la más constante
de las amantes, Irene. 5
    Siempre vivió entre ilusiones,
hasta que extinguió su vida
el fuego de las pasiones;
que en amantes corazones
quien bien ama tarde olvida. 10
—116→
    Y sin que en rudos amaños
un pecho tan inocente
turbasen los desengaños,
así pasaron sus años
uno, diez, quince, hasta veinte. 15
    ¡Dichoso el que así camina
por márgenes deleitosas
en ilusión peregrina,
sin que haya entre tantas rosas
para su planta una espina! 20
    ¡Feliz la que tantas veces
la copa del gusto asiendo,
dando a sus amores creces,
jamás apuro, bebiendo,
de un desengaño las heces! 25
    ¡Bien haya el enamorado
que ve con ojos enjutos
a los que, mal de su grado,
pagando al amor tributos,
gimiendo van a su lado! 30
    ¡Y, aunque pese a sus intentos,
son del destino traiciones,
que unos alcemos lamentos
al compás de las canciones
que entonan otros contentos! 35
    Dígalo Irene, que amando
con tan livianos empeños,
jamás con impulso blando
nubló un fantasma pasando
la nitidez de sus sueños. 40
    Bien hizo, con ansia poca
soñar desterrando enojos,
aunque a cada idea loca
se apagó un rayo a sus ojos,
y perdió un clavel su boca; 45
    Que es mejor que la mejilla
se nos descolore a plazos,
que ir dejando con mancilla
de nuestra senda a la orilla
el corazón a pedazos. 50
    -¡Pobre Irene! -exclamó un día
su madre, al ver que inocente
muriendo, se sonreía;
y al verla morir la gente,
-¡pobre de Irene! -decía. 55
    Dejadla, que, así muriendo,
será más feliz su suerte.
¿Qué más quisierais, que yendo
hacia vosotros la muerte
os asaltase durmiendo? 60
    Dejadla, y no turbe alguno
su ilusión con loco empeño,
pues no ha de darla ninguno
más que un adiós importuno
al despertar de su sueño. 65
    Más lejos, turbas galanas
de amantes, que en la locura
de vuestras mentes livianas,
quisisteis hacer hermanas
la desgracia y la hermosura. 70
    Necios los que en sus paredes
escribís, porque no asoma
a dispensaros mercedes:
-«¡Ay de la bella paloma
que gime entre ocultas redes!»- 75
    Dejad a Irene que duerma,
buenos doctores, en calma;
porque se os muere la enferma
si vuestro saber no merma
males del fondo del alma. 80
    Y vos, piadosos varones
que veláis su último instante,
no perdáis las bendiciones
en quien da vuestros perdones
por un mirar de su amante. 85
    Y cuide aquel que la infunda
que sólo rinde a precitos
de amor la torpe coyunda,
no sea que aun moribunda
le arroje a la faz sus ritos. 90
    Calle, si en fiera agonía
rotos tan íntimos lazos
llora su madre este día.
¡Oh, si al nacer, en los brazos
muriera yo de la mía! 95
    Cuantos a Irene han querido
mitiguen duelo tamaño:
que lanza el postrer gemido,
mas no lleva el pecho herido
por el primer desengaño. 100
—117→
    ¡Del mundo torpes extremos!
¡Que nos reciban cantando
cuando llorando nacemos
y aun cuando al morir cantemos
nos han de dejar llorando!105
    Callad; y pues que su holganza
a nuestro dolor prefiere,
¡dichoso el que en bienandanza
da al mundo un adiós, y muere
en brazos de la esperanza! 110


ArribaAbajo- II -

El alma en pena


    Los sobresaltos y dudas
que nuestro pecho combaten
al ver a algún ser querido
que, presa de ocultos males,
gime en un lecho, y se siente 115
desfallecer por instantes,
cuando los dulces recuerdos
de sus primeras edades
dan pábulo a su existencia
para extinguirla más antes, 120
sólo, en las funestas horas
de tan apurados lances,
aquel que vela a su lado,
porque lo siente, lo sabe.
   Así de la triste Irene 125
la desconsolada madre,
que poco a poco de aquélla
ve la existencia apagarse,
víctima junto a su lecho
de tan íntimos pesares, 130
inunda el suelo de llanto,
y el viento enciende con ayes.
    ¡Terrible suerte por cierto
la de la anciana que en balde
prodiga a su hija adorada 135
el colmo de sus afanes,
sin que a coartar el vuelo
de aquel espíritu basten,
pues de continuo embebido
en la ilusión de una imagen, 140
existe, goza y discurre
por las regiones del aire,
siempre esquivando los lazos
de la prisión de la carne,
y siempre anhelando un mundo 145
de espíritus celestiales!
    Tendió una vez su mirada
a la luz pálida que arde,
y al ver de Irene tranquilo
el amoroso semblante, 150
y una convulsión ligera
que plácida le contrae
como si en sueño tan dulce
la hiciera sonreír alguien,
desfallecida, su rostro 155
en pesadumbre tan grande
dejó caer sobre el lecho,
lágrimas vertiendo a mares.
    Parte entregada al desvelo,
y al sueño entregada en parte, 160
muellemente fluctuando
entre tan dulces mitades,
quedó la madre de Irene
en un éxtasis suave,
llorando de uno ilusiones, 165
de otro sintiendo verdades.
Y ya una vez tan ilusa
seres forjaba ideales,
que creyó ver en su insomnio
al lado de Irene un ángel, 170
el que cubriéndola alegre
con sus ligeros cendales
como si tal vez con ellos
su espíritu aprisionase,
próximo a romper acaso 175
del cuerpo humano la cárcel,
ligeramente al oído
la murmuró este mensaje,
el cual traspuesta la anciana
creyó escuchar delirante: 180
    -«Alma, ¿a qué llamar al cielo?
Dios a sufrir te condena.
Aun no es tiempo: acorta el vuelo;
vaga por el mundo, y pena.
—118→
    »Si en ti no alcanzan victoria 185
hoy de Luzbel los intentos,
aun para entrar en la gloria
te faltan merecimientos.
    »Tu amor fue una idolatría.
¡Sombras del mundo engañosas! 190
¡Ay del que no ama, hija mía,
a Dios ante todas cosas!
    »Si a una luz engañadora
creíste al mundo tu amigo,
Dios te destierra a él ahora. 195
¡Duro es, Irene, el castigo!
    »¡Por cada esperanza vana
tendrás desengaños, celos...
mas sufre, que nadie gana
sin expiación los cielos! 200
    »Por el ser que fue tu encanto
vela hasta su hora postrera:
sigue sus pasos, y en tanto
padece, Irene, y espera».-
    Y creyendo en su delirio 205
estas ilusiones reales,
despavorida la mano
tendió hacia Irene al instante,
y al ver de su tez la nieve
y de sus ojos el mate, 210
fría enmudeció su lengua
y yerta quedó su sangre,
desplomándose transida,
sin dar de vida señales,
del fruto de sus entrañas 215
sobre el helado cadáver.
    Y al mismo tiempo empezaba
del cuerpo de Irene a alzarse
una celeste figura
diáfana, bella, radiante, 220
con formas tal vez marcadas,
pero sin formas bastantes
con que dar a sus contornos
ni a sus perfiles carácter.
Vaga confusión de nieblas, 225
de aromas, de luz y de aire,
que a todas imita, y todas
carecen allí de parte;
cuyas esencias son sólo
las que al espíritu atañen, 230
y cuyo ser en la mente
se engendra, alimenta y cabe.
Fantasma que, concebido
por un delirio suave,
siempre a la torpe influencia 235
de los sentidos se evade,
y que brilla abandonado,
débil, tibio, agonizante,
como sombra de otra sombra,
como imagen de otra imagen... 240
      Adiós, alma perdida,
que con incierto afán y dicha incierta,
       cruzarás dolorida
       la senda de la vida,
estando ya para los vivos muerta. 245
       No descorras liviano
el velo que nubló tu afán perdido:
       ten Irene, la mano,
       porque es el pecho humano
hueco infernal de víboras henchido. 250
       ¡Cuántas sombras amadas,
consagrando al amor sus verdes años,
       vagarán desterradas,
       de quimeras sembradas,
cogiendo como tú los desengaños! 255
       Si hallases por el viento
seres que fueron mi pasada gloria,
       cuéntales mi tormento,
       por el dolor que siento
al relatar tu plañidera historia. 260
      Di que sus ayes vanos
nadie oye aquí, porque los turban luego
      los rumores insanos
       de esos monstruos humanos
que el mundo van talando a sangre y fuego. 265
       Si tal vez doloridos
quieren herir la mundanal conciencia,
       que apaguen sus gemidos,
       porque a muertos y a idos
sepulcros del amor labra la ausencia. 270
       Tan sólo yo, viviendo,
vuestro clamor enamorado escucho.
       ¡Quién me diera a ese estruendo
       corresponder, rompiendo
la cárcel vil en que afanado lucho! 275

  —119→  

ArribaAbajo- III -

Desengaños


 

DON LUIS. ELVIRA. EL ALMA EN PENA.

 



   Los pies sobre el pavimento,
las sienes entre una almohada,
contra un sofá reclinado
don Luis de Castro descansa.
En tal actitud no hay sueño, 280
trasgo, ilusión ni fantasma,
que no nos hiera la mente,
o no nos divierta el alma.
Graves, tristes o risueñas,
juntas o desparramadas, 285
se ven circular visiones
en rápido panorama,
que ya del hondo sepulcro
de nuestros recuerdos se alzan,
o ya desde un falso oriente 290
las aborta la esperanza;
y por eso se oyen cantos
que hallan eco en las entrañas,
y se ven tiernos semblantes
que fuego en las mismas hallan; 295
y todas se miran y oyen,
y todas en lontananza,
con rasgos de verdaderas
y caracteres de falsas,
como si fuese otro mundo, 300
que sostenido en el aura
va, viene, se agranda o acorta,
para, gira, sube o baja,
que hastía, alegra o entristece
a gusto del que lo alcanza.305
    Se abrió de pronto una puerta,
y, apareciendo una dama,
un diálogo de improviso
ella y don Luis así entablan:
ELVIRA
    ¡Luis!
LUIS
¡Elvira!
ELVIRA
Irene ha muerto.
310
LUIS
¿Ha muerto?
ELVIRA
¡Desventurada!
LUIS
¡Dios la tenga en su morada!
ELVIRA
¿Lo sientes?
LUIS
No.
ELVIRA
¿Cierto?
LUIS
Cierto.
    Turbado don Luis sin duda
por su inquietud momentánea, 315
no oyó uno de esos suspiros
—120→
que, al resbalar de callada,
parece que de su asiento
el corazón nos arrancan.
Lamentos que a nuestro lado 320
tal vez quejosas levantan
de algunos seres perdidos
las sombras enamoradas,
que, de un fatal desengaño
la hiel al probar amarga, 325
sembrando remordimientos,
y doblando nuestras ansias,
acusan con hondas quejas
de nuestra fe la inconstancia.
Ayes sin ruido, que sólo 330
hieren en su fondo al alma,
que sin pregonar su origen
nacen, crecen, la desgarran;
mas que comúnmente ahogados,
del mundo entre la algazara, 335
como con don Luis ahora
desapercibidos pasan.
LUIS
    Siéntate a mi lado, Elvira.
(Lo hizo con rostro halagüeño.)
LUIS
   ¿Me amas?
ELVIRA
Como a único dueño.
340
(Por cierto que era mentira.)
ELVIRA
    ¿En tu memoria no lucha
de Irene el amor perdido?
LUIS
   Ni aun recuerdo si ha existido
(¡Ay de su alma sí lo escucha!) 345
LUIS
    Solo sé, Elvira, que quiero,
cuando a tu lado me miro.
(Y aquí sonó otro suspiro
tan hondo como el primero.)
LUIS
    Ya sabes que un matrimonio 350
al morir don Juan, mi tío,
formó, diciendo: -«Luis mío,
dejo a Irene un patrimonio.
    »A legártelo me allano,
si con su mano te avienes».- 355
-Sí, dije: tomé los bienes;
murió, y, olvidé su mano.
    Te vi, te amé, y en seguida
de ella apartando la fe,
entretenerla pensé, 360
y al fin murió entretenida.
    Y si soñando ternezas
ya ha muerto, hoy en mis desvelos,
cuantos a Irene di celos,
pagaré a Elvira en finezas. 365
    Espíritu que, vagando
del torbellino en las alas,
creíste hallar puro el centro
de tus amorosas ansias,
¡oh, cuántas quejas al cielo 370
contra la doblez humana
elevarás, engañado,
en tus dolientes plegarias!
¡Triste Irene, que, encendiendo
de tu corazón la llama, 375
todos tus dones quemaste
de un falso dios ante el ara,
y condenándote el cielo
por oblación tan profana
a desentrañar el pecho 380
del ídolo que adorabas,
ves el sagrario vacío,
oyes sus promesas falsas,
tocas tu dios y es un sueño,
tu dicha una sombra vana, 385
quedando al vaivén funesto
de tu fortuna contraria,
llenos de horror tus recuerdos
falta de luz tu esperanza!
Mas del corazón del hombre 390
¿cuál otro don esperabas
sino el seductor halago
de engañadoras palabras,
torpes gustos que destruyen,
hiel rebozada con ámbar, 395
pesares que mienten goces,
y caricias que desgarran?
Ahora, Irene, que en vano
sordos suspiros ensayas,
que nunca a herir el instinto 400
de nuestras potencias bastan,
busca, alma en pena, pues lloras,
del fiero don Luis el alma,
y atorméntala con celos,
llore con la tuya aunada, 405
ahogue secretas penas,
víctima de ocultas mañas;
lamente glorias perdidas,
gima tu perdida gracia,
—121→
y cúmplanse al mismo tiempo 410
su venganza y tu venganza.
    (Y después que sonrieron,
y uno al otro se miraron,
la plática que empezaron
Elvira y don Luis siguieron.) 415
LUIS
    ¿Y cuando, a mi ruego, humana.
nuestros amorosos brazos
sellarán eternos lazos?
ELVIRA
Cuando tú quieras.
LUIS
Mañana.
    De sus estímulos siervo, 420
viendo la dicha cercana
quiso disfrutarla acaso
don Luis, ahorrando tardanzas,
y estrechando embebecido
de Elvira la mano blanca, 425
sus ojos voluptuosos
o en su frente de nácar,
mientras que ella al turbio brillo
mostrándose fascinada,
entre si quiero o no quiero, 430
ora cruel, ora mansa,
ya con candores fingidos,
ya con inquietudes falsas,
tanto se esquivó mañosa,
cuanto se brindó con maña, 435
creyendo dar a su amante,
en afecciones tan varias,
de su candor claro indicio,
y de su honor muestras claras.
Don Luis redobló su esfuerzo, 440
y tules venciendo y gasas,
fue poco a poco asaltando
de su hermosura el alcázar;
y ya con torpes arrobos
iba a coronar sus ansias, 445
cuando esfórzandose Elvira
como si un áspid hollara,
con estudiada apostura
cruzó de pronto la estancia,
y exclamó desde la puerta 450
sonriéndose: -¡Mañana!-
    Quedose de pie el de Castro,
inmóvil como una estatua,
dulcemente saboreando
de su entonación la magia; 455
y fomentando en su mente
locuras de la esperanza,
vio un porvenir alumbrado
de siempre risueñas albas,
torpes deseos cumplidos, 460
luchas de amor coronadas,
fiestas, nupcias, devaneos,
placeres, músicas, danzas,
a cuyo encantado aspecto
dijo con placer: -¡Mañana!- 465
    ¡Y luego, como si oculto
algún ser se deslizara,
que en su tránsito absorbiese
los sueños de sus palabras,
tras el conjunto risueño 470
de amores, bailes y gallas,
traslució un mundo, poblado
de ensangrentados fantasmas,
deshechos planes de gloria,
de amor mentidas alianzas, 475
placeres desencantados,
sangre, cadáveres, dagas...
Y cual si hiriese su frente
el talismán de una maga,
y con pincel invisible 480
trazase un lema en las auras,
absorto, meditabundo,
llena de inquietud el alma,
con ojos desencajados
leyó con horror: -¡Mañana!- 485

  —122→  

ArribaAbajo- IV -

Presentimientos


 

D. LUIS. ELVIRA. DON PEDRO. EL ALMA EN PENA.

 
    Muestra de lejos la dicha
tanto encontrado fanal,
que ignora el hombre ofuscado
en donde la dicha está.
    Hacia la luz más cercana 490
corre con íntimo afán,
y aunque al llegar ve el engaño
de su resplandor falaz,
dobla rebelde su empeño,
y con resuelto ademán 495
sigue el rastro de otra lumbre
que resurge más alla;
y así van muriendo dichas,
y antorchas naciendo van,
y el hombre las sigue todas, 500
al lado de cada cual
suspira, llora y alienta,
para correr más y más.
    Por eso don Luis el día
de su brillante esponsal, 505
cuanto más se acerca al gusto
lo ve desde mas atrás;
que es atributo preciso
de nuestra estrella fatal,
que el placer que vimos lejos, 510
se trueque cerca en pesar.
    En vano sacude a veces
alguna sombra tenaz
que sigue a su mente inquieta
como el acero al imán, 515
pues siendo un ser increado,
fantásticamente real,
va y viene con terco empeño
donde don Luis viene y va.
Confuso embrión de envidias, 520
de celos y de maldad,
de oscuros presentimientos
tan prodigo manantial,
que cuando a su amante Elvira
torna risueño la faz, 525
sólo mira en ella a un áspid,
que va en su pecho a abrigar.
Norte de desconfianzas,
brújula de enemistad,
pues ve pasar receloso, 530
con la inquietud de un rival,
a todo el que en tono alegre,
en la apariencia galán,
canta de su esposa Elvira
la peregrina beldad, 535
y hasta el disimulo observa,
más receloso quizá,
de cuantos viendo su dicha
indiferentes están,
odiando, hecho un caos su juicio 540
del más insondable mar,
a unos porque más hablan,
y a otros porque callan más.
    ¡Triste condición del hombre
que levantando un altar 545
donde el afán acumula
de toda su larga edad,
la inquietud de algún recelo,
el sinsabor de un azar,
le impelen a que destroce 550
sus ídolos suspicaz,
viendo miserablemente
entre sus plantas rodar
el fruto de tantos años,
el premio de tanto afán! 555
    En medio de sus placeres
devora a don Luis un mal
de origen desconocido,
pero de aguda entidad,
que en el ardor de su fiebre 560
no acierta a calificar,
pues sólo ha visto una sombra,
pero una sombra no más,
que era quizá la de Irene,
si no era un ángel quizá, 565
la que de su mente ciega
se esfuerza por desechar:
—123→
y así entre dudas confuso,
de distinguirla incapaz,
ahogando presentimientos, 570
ríe en su fiesta nupcial,
trocada en infierno el alma,
y la cabeza en volcán.
    Bulle el grotesco tumulto
en algazara infernal: 575
ya de la excitante orquesta
al voluptuoso compás,
ya en el festín descocado,
en impura bacanal,
de copas y de botellas 580
al atronador chocar,
unos bailan, y otros gritan,
porque en orgía tan brutal
nadie ignora que sin tregua
manda la necesidad 585
gritar mientras que haya acento,
y beber hasta rodar.
    Y no falta uno que entre ellos
busque la felicidad,
y crea ver en los rostros 590
de Elvira y don Luis la paz,
mientras que aquella forjando
algún sacrílego plan,
se cubre de la sonrisa
con el mentido disfraz, 595
y éste las llagas oculta
de un invisible puñal
que el corazón lentamente
despedazándole está.
    Entre el montón de quimeras, 600
que le desconciertan más,
pretende huir la zozobra
de un recelo pertinaz,
que le conduce, abismado,
y le arrastra a su pesar 605
donde don Pedro de Lara
camina con torva faz,
ya hacia abajo, ya hacia arriba,
ora adelante, ora atrás;
y, en vano don Luis procura 610
los ojos de él apartar,
pues le persigue, llevado
de su celosa ansiedad,
cual si el poder le arrastrara
de un secreto talismán; 615
y si una vez por acaso
el rostro vuelve al pasar,
otra vez vuelve, y le mira
con más chocante ademán,
pues le parece que al punto 620
cruza el aire una deidad
que le murmura al oído:
-«Allí va Lara, allí va».-
    Y si es cierto que las sombras
de los que murieron ya 625
a cuantos seres amaron
vuelven a la tierra a amar,
sin que ellos tengan noticia
de su constante amistad,
pues sólo las ven soñando 630
en lontananza pasar;
tal vez los manes de Irene
los que le avisan serán
el doble trato de Elvira,
de Lara la falsedad; 635
y acaso también le inspiren
aquel instinto especial
con que sondea sus almas,
cuando engañándole están,
don Pedro fingiendo enojos, 640
mostrando Elvira solaz.
    Rayó por fin la alta noche,
y como en giro cabal
el sueño sigue al desvelo,
y al gusto la saciedad, 645
a dormitarse empezaron
todos, cuál menos, cuál más,
que lo que es grato al principio,
es desabrido al final.
    Y huyendo de los curiosos 650
la despedida mordaz,
sus dicharachos comunes,
y su ironía vulgar,
tendió don Luis una mano
a su adorada mitad, 655
y de una puerta secreta
al trasponer el umbral,
en vano quiso de Irene
la sombra tras sí dejar:
pues a su espíritu asida, 660
en tétrica vaguedad,
le fue siguiendo, su pecho
trocando en llama voraz;
por lo que airado el de Castro
de sí empezó, a blasfemar, 665
que del deber los recuerdos
son para el hombre un dogal.

  —124→  

ArribaAbajo- V -

Ilusiones perdidas


 

DON LUIS. ELVIRA. EL ALMA EN PENA.

 



    Desde el dintel de la vida,
hasta el borde de la tumba,
va el hombre sembrando el germen 670
de su dicha o desventura.
    Y en vano, si espinas coge,
maldice la tierra inculta,
pues creer que nace otro fruto
más que el que siembra, es locura. 675
    Arroja al aire atrevido
mil esperanzas confusas,
que son de mil desengaños
tantas imágenes turbias.
    Levanta en su idea faros 680
para que alumbren su ruta,
y nubes de pensamientos
sus resplandores ofuscan.
    Por los tormentos que hoy sufre
impreca a su suerte dura, 685
e ignora que ayer sembraba
los males que hoy le circundan.
    Si de ayer el devaneo
los males de hoy nos anuncia,
el de hoy podrá ser mañana 690
de nuestro bien sepultura.
    Y jamás llamara el hombre
a la Providencia injusta,
si antes de entrar en la huesa
volviese a mirar su cuna. 695
    Así a lo doble atendiendo
de su pasada conducta,
es fuerza que resignado
don Luis sus tormentos sufra.
    Nubló la dicha de Irene 700
con sus engaños y dudas,
y con sus dudas y engaños
nublará Elvira la suya.
    Ambos, huyendo el desorden
de sus agitadas nupcias, 705
la soledad por testigo
de sus confidencias buscan.
    Y sólo en la oculta estancia
se ve, a una luz moribunda,
del blanco lecho en que duermen, 710
el cortinaje que ondula...
    ¡Mil veces feliz quien logra
tocar así la ventura,
y en ella a saciarse impuros
todos sus anhelos junta! 715
    ¡Y mil y mil veces triste,
el que en horrible tortura
mira usurpar el tesoro
en donde sus dichas funda!
    ¡Oh, qué dolor tan intenso 720
es cuando en la noche oscura
voluptuosas, escenas
la imaginación dibuja,
—125→
y se ve a un ser adorado
terciar amoroso en una, 725
y que a un rival más dichoso
besa su boca perjura!
¡En vano entre ambos entonces
nuestro pensamiento cruza,
de nuestro amor excitando 730
reminiscencias oscuras,
pues abrumados al peso
de tan sabrosa coyunda,
piensan en sus gustos sólo
hacer sus caricias mutuas, 735
sin que un recuerdo consagren
a nuestras glorias ya mustias,
ni un don a nuestra constancia,
ni un premio a nuestra ternura!
    ¡En vano en giro invisible 740
allí nuestra mente lucha,
y con añejas memorias
desavenencias formula,
porque dos almas, que el gusto
recíprocamente aúna, 745
jamás de un voto el recuerdo
sus contentamientos turba,
y uno tras otro, extasiados,
placer tras placer consuman,
mientras que tristes nosotros 750
ninguno enjugar procura
las lágrimas que entretanto
por nuestra faz se derrumban!
¡Insoportable martirio,
cuando, en postración tan suma, 755
nuestra esperanza en el aire
sombras acaso figura
que venideros placeres
tan sólo en sombras anuncian,
mientras pasando la noche 760
negra, silenciosa, augusta,
con su soledad nos dice:
-«¡Jamás! ¡Imposible! ¡Nunca!!!»
    Al ver inquietud tan honda,
es de creer que en su angustia765
don Luis batalla en idea
con un espectro sin duda.
No halla del placer el colmo
trabado en la lid impura,
aunque al sentido estragado 770
estímulos acumula.
    Es por demás que de Elvira
bese la boca de púrpura,
y que ella a su vez le bese
con amorosa ternura; 775
porque don Luis, hostigado
por una sombra importuna,
hozando, en vez de placeres,
a tragos la hiel apura.
    Imagen que a sus sentidos 780
llamando con voces mudas,
cual ser etéreo filtrado
de su ser mismo en la hechura,
yerta entumece sus miembros,
dentro de sus venas pulsa, 785
ciega la luz de sus ojos,
y entre las sienes le zumba.
    ¿Quiénes serán esos seres
que imperceptibles circulan,
eternos verdugos siendo 790
de nuestra humana natura,
que ya de remordimientos
el falso aspecto simulan,
ya de pasados errores
hoscos recuerdos apuntan? 795
   ¡Triste de él, cuando acudiendo
de su impotencia en ayuda,
don Luis se arroja del lecho
en donde el placer repulsa,
y ve deshacerse al aire 800
sus dichas una por una,
porque a la vez en su pecho
amor y flaqueza luchan!
¡Cuitado cuando tendiendo,
desde el asiento que ocupa 805
hacia la mesa en que débil
la luz ilumina turbia,
una mirada sombría,
cuanto sombría iracunda,
acierta a leer papeles810
de antiguas memorias tumba,
rotos pedazos del alma,
sombras de muertas venturas,
frases de amor elocuentes,
cifras de dolor sañudas, 815
tal vez de Irene regadas
con lágrimas de amargura!
    -«¿A qué proseguís, impío,
mi esperanza alimentando,
si en vano os estoy, bien mío, 820
noche tras noche esperando?»
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    «Si Dios les da el sufrimiento
—126→
por el mal con que ellos dañan,
¡mucho ha de ser el tormento
de los amantes que engañan!» 825
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    «Y si a mi amorosa holganza
burlasen tus juramentos,
¡plegue a Dios que a tu esperanza
labren sepulcro los vientos!»
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    «Sin ti me halla el claro día, 830
y sin ti, porque más pene,
me encuentra la noche umbría.
¡Sola!... ¡siempre sola!...» -Irene.
    Y en el confuso delirio,
que sus potencias ofusca, 835
alzó los ojos al cielo,
por cuyas sendas cerúleas
viendo la imagen de Irene
cruzar silenciosa y pura,
-«¡Irene, ángel o demonio,840
que así mis contentos turbas,
perdón!!» -exclama, y el rostro
entre las manos sepulta;
mientras que Elvira, a otro lado
el gesto tornando mustia, 845
horribles imprecaciones
en son de rezo murmura.



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