Se llaman hábitos pasivos a los constituidos por hechos cuya causa principal está fuera de nosotros, y nacen de sensaciones continuas y repetidas; y se denominan activos aquellos cuya causa principal está en nosotros mismos y nacen de la repetición de los. -Los hábitos activos pueden ser de la inteligencia, de la voluntad y del sentimiento. -Los de la voluntad, se distinguen en voluntarios y de la voluntad, siendo los primeros los que la voluntad impone a las demás facultades, y los segundos los que la voluntad contrae por sí misma.
No todos los psicólogos conforman con esto, pues son muchos los que aceptan la ley formulada por MAINE DE BIRAN, RAVAISON y HAMILTON, y según la cual el hábito debilita la sensibilidad y perfecciona la actividad, olvidando, sin duda, como dice el SR. GONZÁLEZ SERRANO (Manual de Psicología), que la sensibilidad es también actividad, y por lo tanto, perfectible mediante el hábito. Así, lo mismo que a nadie se oculta que quien más sabe más quiere saber (frase que el común sentir repite diariamente), lo cual es debido al hábito de aprender que adquirimos por la repetición de actos intelectuales, del propio modo se dice, y todos sabemos, que quien más ejercita su sensibilidad adquiere un gusto más delicado y exquisito, se halla más dispuesto para sentir bien, en virtud de la aptitud o disposición que para ello le da ese ejercicio o repetición de actos sensitivos. Lo que hay es que los que aceptan dicha ley parten de la idea de que el hábito lo que hace es exaltar y a la postre embotar la sensibilidad, cuyo perfeccionamiento refieren a la exacerbación de las sensaciones y a la excitación de los sentimientos, siendo así que, como el mencionado GONZÁLEZ SERRANO añade, el hábito debilita aquella exacerbación y templa esta misma extensión repitiendo sensaciones y sentimientos, y la perfección de la sensibilidad no consiste en exacerbarla y excitarla, sino en poder conservar en medio de ella la igualdad y, posesión de ánimo. La sensibilidad se perfecciona por el ejercicio, es decir, por el hábito, y en ello consiste la educación estética, que de otra manera quedaría negada; todo el mundo sabe que el sentimiento, moral o estético, se educa, poniéndolo en acción.
El carácter, al que se ha llamado fisonomía espiritual y rostro moral, es lo distintivo y propio de cada hombre, y se refiere a la manera peculiar cómo cada individuo produce su vida, al modo especial cómo cada uno obra y se produce. El carácter es muy complejo, pues que es una resultante, como una consecuencia de la combinación de los elementos constitutivos de nuestra naturaleza, y a su producción concurren todas las fuerzas de nuestra personalidad y todas las energías e influencias de nuestra vida: el sexo, el temperamento y la aptitud, son elementos que contribuyen a determinar los caracteres, que ni aun de las influencias orgánicas se libran; pero su primera y principal generadora es la voluntad, que lo crea en colaboración con todos esos elementos. Como formar el carácter es formar el hombre, no hay para qué decir que la educación debe preocuparse de ello, y, en lo tanto, debe mirar con particular cuidado la cultura de la voluntad, que, como hemos dicho y de estas indicaciones se infiere, es madre del carácter.