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He aquí algunas notas que comprueban estos asertos: «¡Cuán útil y conveniente sería -ha dicho el juicioso pedagogo, M. DE GERANDO- tener en las dependencias de la escuela un pequeño jardín que los mismos niños cultivasen!». -«¡El jardín! -exclama M. GASQUIN.- ¿Cómo deciros la utilidad y el encanto que ofrece? Es la alegría y la poesía de la escuela... ¡Cómo todo ese paisaje alegre y risueño está destinado a hacer la estancia en la escuela agradable a los niños y a sus maestros!». -«Hace ya mucho tiempo -afirma la BARONESA DE MARENHOLTZ- que en Inglaterra se anexionaron jardines a las fábricas, y los efectos de esta medida han sido muy saludables, demostrando claramente las ventajas que ofrece el contacto del hombre con la Naturaleza». -Para el DR. A. RIAN, que tan bien ha tratado todo lo concerniente a la higiene escolar, el jardín es «una adición muy útil que es de desear que se introduzca en todas partes; pues es preciso que haya en toda escuela un jardín donde los alumnos puedan aprender las primeras nociones de botánica práctica con las plantas usuales a la vista, y donde vayan a ejercitarse en los trabajos de cultivo elemental, tan preciosos para su desenvolvimiento y para su salud, como para su instrucción». En Suecia es obligatoria por la ley la anexión de un jardín en las escuelas rurales, y de 4.413 edificios de escuelas de todas las clases que había en 1871, los 2.166 poseían un pequeño terreno para cultivo. En el mismo caso hay unas 27.900 escuelas en Francia, donde desde 1867 se prescribe el jardín escolar que ya recomendaba el Gobierno en julio de 1858. Para no citar más partes, y dejando a un lado los bellos jardines de las escuelas suizas, diremos que en Austria se hallan rodeados los edificios de escuelas por un terreno bastante extenso, destinado a dar a los niños los primeros principios de jardinería y agricultura.



 

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Las frases subrayadas pertenecen a MME. PAPE-CARPANTIER.



 

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Recordamos aquí lo que decimos en el capítulo II al determinar las condiciones que debe reunir toda buena enseñanza. Véase, al efecto, lo que a propósito de la condición sexta decimos en las páginas 22, 23 y 24.



 

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A propósito de este punto. dice el citado FEBEL: «Los juegos de esta edad son como el germen de toda la vida que ha de seguir, pues el hombre se desenvuelve y muestra todo entero por ellos, revelando sus más bellas aptitudes y lo más profundo de su ser. Toda la vida del hombre tiene su origen en esta época de la existencia, y si esa vida es serena o triste, tranquila o agitada, fecunda o estéril, creadora o destructora, si lleva en sí la paz o la guerra todo depende de los cuidados más o menos juiciosos dados al niño en los comienzos de su existencia».



 

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«Con la primera presión de la mano -se ha dicho- nace la necesidad de arreglar, el instinto del trabajo, o mejor, el instinto plástico».



 

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La inclinación que manifiesta el niño por su deseo de ocuparse en algo, de cuidar de alguna cosa, y a que pudiéramos llamar instinto del trabajo, se funda en los instintos de sociabilidad y de imitación, y cultivada con alguna circunspección puede dar por resultado que el niño adquiera el hábito del trabajo, lo cual tiene una gran importancia para la educación moral del educando y la vida toda del hombre. Si además de esto se tiene en cuenta que mediante el cultivo de esa providente inclinación puede llevarse a los niños que descubran sus peculiares aptitudes, a revelar sentimientos desinteresados, generosos, y a que ejerciten y fortifiquen su voluntad, se comprenderá cuán justificada es la tendencia de la Pedagogía moderna que aspira a introducir en la educación primaria el trabajo manual (contrapeso necesario del espiritual), que hoy constituye como el nervio de las escuelas de párvulos denominadas Jardines de la infancia.



 

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De esta tendencia a conocerlo todo se origina, como hemos dicho, ese afán que domina al niño por descomponer los objetos que caen en sus manos, lo cual da margen a que se le acuse de estar animado del espíritu de destrucción, sobre el cual hemos anticipado algunas observaciones, que ahora conviene tener presentes. Véase, al efecto, la nota que ponemos en la pág. 27.



 

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Por todo esto se ha dicho que la curiosidad es el primer instinto que hace nacer la instrucción, la cual, como afirman MADAME STAEL y ROUSSEAU, acrecienta a su vez la curiosidad, en cuanto que a proporción que se es instruido se es curioso. -«La curiosidad, ha dicho el gran FENELON, es una inclinación de la Naturaleza que va como delante de la instrucción, no faltando más que aprovecharla». -MME. DE LAMBERT daba a su hija este consejo: «No, apagues en ti el sentimiento de la curiosidad; lo que debes hacer es guiarle, y darle un buen objeto. La curiosidad es un conocimiento comenzado que te hará ir más lejos y más pronto en el camino de la verdad, y que no debes detenerle por la ociosidad y la molicie».



 

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Ténganse presente las recomendaciones que hemos hecho en favor del ejemplo al tratar de la Enseñanza y la Intuición (capítulo II, pág. 16 -capítulo III, pág. 34), y muy especialmente lo que decimos en la nota puesta en esta última página, en la que ya dijimos que la poderosa influencia del ejemplo estriba principalmente en el instinto de imitación de los niños y en la fuerza de asimilación que tienen éstos para apropiarse cuanto imitan.



 

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Se llaman formas de la voluntad a las maneras cómo esta facultad se determina respecto de lo conocido y lo sentido, o sea, a los modos peculiares cómo el espíritu rige sus actos desde la unidad misma de su ser. Las formas en que se produce la voluntad son el hábito y la libertad, las cuales son condiciones necesarias y fundamentales para el progreso y la educación de nuestra vida. -Ambas formas se completan mutuamente, y ponderándose y equilibrándose entre sí, contribuyen rítmicamente a nuestra perfección, respecto de la cual es cada una igualmente necesaria, pues con cualquiera de ellas que falte no hay posibilidad de progreso ni de mejora.



 
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