Al hablar de Pedagogía psicológica consideramos incluido en ella el elemento fisiológico, en cuanto que lo psicológico entra como dato necesario para el conocimiento de nuestra naturaleza, y ésta se compone de cuerpo y alma, y el conocimiento del primero, necesario de por sí para la educación, ayuda a obtener el de la segunda. No se olvide, por otra parte, que el sentido predominante en la moderna Psicología, aun en la que hace alarde de mantenerse fiel a la bandera del espiritualismo, afirma que es condición necesaria para obtener el conocimiento del hombre, adquirir el conocimiento del cuerpo, y en tal concepto se realiza hoy su construcción, con lo cual no se hace otra cosa, en cierto modo, que poner en práctica lo que el sabio BOSSUET practicaba ya cuando, partiendo del principio de que el hombre es un todo natural, daba con el estudio de las facultades del alma, una exposición sumaria de las funciones y los órganos del cuerpo. (V. su obra el Conocimiento de Dios y de sí mismo, capítulo II.) Fundándose en éste tan autorizado y nada sospechoso ejemplo, afirma JANET (Traité elementaire de Philosophie á l'usage des classes.- Psicologie) que, no siendo el nombre un espíritu puro ligado al cuerpo por accidente, sino, como dicen los escolásticos, un compuesto, y reconociendo enteramente que el alma es distinta del cuerpo, no debe olvidarse, sin embargo, que el cuerpo es la condición necesaria, que la vida animal y fisiológica es, en algún modo, la materia de donde deberá salir, y distinguiéndose profundamente de ella, la vida intelectual y moral; de aquí, añade, la necesidad de hacer preceder el conocimiento de las facultades del alma, de una exposición sumaria de las intenciones y de los órganos del cuerpo humano. De todos modos, conste que, cuando hablamos nosotros de Pedagogía psicológica, no eliminamos, antes lo consideramos incluido, el elemento fisiológico.
Entre estos términos, que a primera vista parecen expresar un mismo concepto, hay, sin embargo, notables diferencias que conviene tener en cuenta, para saber lo que quiere decirse cuando alguno de ellos se emplea de un modo determinado. Pedagogía psicológica se dice de la ciencia y arte de la educación cuando lo concerniente a ésta se expone constantemente con la base y el criterio del conocimiento psicológico (y del fisiológico, según lo que en la nota precedente queda dicho), como lo hacen, por ejemplo, BAIN en su obra La Ciencia de la educación; HERBERT SPENCER en la suya De la educación intelectual, moral y física; BERNARD PÉREZ en su libro La educación desde la cuna: ensayo de Pedagogía experimental, y ROUSSELOT en su tratado de Pedagogía para uso de la enseñanza primaria. Antropología pedagógica, quiere decir, el conocimiento del hombre adquirido mediante el estudio de la naturaleza psico-física del niño y del adulto, hecho en vista de un fin determinado, que es la educación, y al intento de hacer de él las aplicaciones especiales que este fin presupone. Como boceto, incompleto además, de esta clase de trabajos, puede citarse la primera parte de la obra del BARON ROGER DE GUIMPS, intitulada La filosofía y la prática de la educación. En fin, la Psicología infantil es una parte de lo que hemos llamado Antropología pedagógica, pues en ella se estudia sólo al niño siempre con el criterio del conocimiento psicológico y el sentido predominante del método experimental, a la manera que lo hace el citado BERNARD PÉREZ en su libro Los tres primeros años del niño, y lo han bosquejado en diferentes artículos y memorias, TEIDEMANN, TAINE, DARWIN, EGGER y otros escritores.
Sin negar el mérito que contraen los que sientan nuevos principios y abren nuevos caminos en los diversos ramos del saber, es lícito encomiar los progresos que éstos realizan, por virtud de ello, y vanagloriarse de los adelantos actuales, siquiera fuesen presentidlos hace tiempo; cabe, además, decir que tales adelantos son un gran progreso en la época en que se realizan, con relación a la en que fueron presentidos o iniciados. Así, por ejemplo, SANTO TOMÁS diera ya a entender la relación que existe entre el cuerpo y el alma, y BOSSUET los estudiara unidos por estimar el conocimiento del primero necesario para obtener el de la segunda, no ha de negarse, ni siquiera amenguarse en lo más mínimo, el mérito y valor de los estudios recientes sobre las relaciones del cuerpo y el alma, que a la moderna Psicología cabe la gloria de haber asentado sobre bases firmísimas, merced a la riqueza de los datos que la observación científica y la experimentación fisiológica le han suministrado, y vale decir que las conclusiones que de ello se deducen, a los estudios modernos se deben. Concretándonos a asuntos propios de nuestro particular estudio, recordemos que ya en los siglos XVI y XVII recomendaba por RABALAIS y ROLLIN las excursiones que hoy llamamos escolares, y posteriormente por FREL; y sin embargo. ¿habrá por ello de negarse a la moderna Pedagogía el mérito de haberlas introducido en las escuelas con un más amplio sentido pedagógico y como medio normal y sistematizado de educación? Lo propio puede decirse de las lecciones de cosas, entrevistas también por el mismo REBELAIS, practicadas en cierto modo por COMENIUS y FRBEL, prescritas por ROUSSEAU para su Emilio y ponderadas por DIDEROT por sus méritos pedagógicos, en cuanto que son ciencias verdaderamente hechas para lo, niños, «toda vez que constituyen un ejercicio continuo de los ojos, del olfato, el gusto y de la memoria». Nada más necesario, añade, que el arte de servirse de sus sentidos. Iguales consideraciones cabe hacer respecto de las cajas escolares de ahorro: entre lo que fueron en su origen y lo que hoy son ¿no existe una diferencia tan considerable, como la que existe entre el objeto con que entonces se crearon y el sentido con que ahora se propagan?
El mismo autor añade (ob. cit.) que «es preciso conocer los primeros principios de la Fisiología y las verdades elementales de Psicología, si se quiere educar convenientemente a los niños; en corroboración de lo cual añade M. CH. ROBIN (La Instrucción y la educación): «Después de GALL, BROUSSAIS y A. COMTE, el profesor LALLEMAND ha demostrado con una gran fuerza de lógica, que nadie es apto para dar una educación si ignora la naturaleza de las facultades cuyo ejercicio trata de dirigir y de perfeccionar, de cuya opinión debía ser STEIN-MÜLLER, a quien se debe el dicho, no exento de gracejo, de que el maestro que carece de los indicados conocimientos «se parece a una vieja que se ocupa de Medicina».
Desconocer las diferencias que existen entre el hombre y la mujer y, querer someter a ambos a una misma educación, es decir, dada a los dos en los mismos términos y con igual sentido y dirección, es un absurdo que traería consecuencias desfavorables a la mujer misma, y una contradicción de la ley pedagógica que prescribe que la educación debe llevarse a cabo según la naturaleza del educando; y, como dice JANET, «la diferencia de organización produce entre los dos sexos diferencias morales características: de una parte la finura, la delicadeza, la extrema sensibilidad; de la otra la fuerza, la profundidad, el predominio de la inteligencia sobre el sentimiento». No se pierda de vista que la completa igualdad de la educación para los dos sexos, conduciría a lo que se llama la emancipación de la mujer, que sería la mayor de las calamidades.
Los temperamentos son fisiológicos o del cuerpo y psicológicos o del espíritu: unos y otros se combinan resultando en el individuo un temperamento general, del que cada uno puede hacerse dueño por medio de la educación, para lo cual es bueno tener en cuenta que la parte más influyente en ese temperamento es la fisiológica.
Debe tenerse en cuenta que las aptitudes, o sea la disposición especial que tiene cada hombre para el cultivo y ejercicio de una esfera determinada de su actividad, implican para el hombre un fin individual que constituye, en último término, lo que se llama vocación, la cual debe aspirar a poner en claro la educación, favoreciéndola en cuanto sea posible.
Atender al carácter, llamado la fisonomía espiritual y el rostro moral del hombre, como que se refiere a la manera peculiar cómo cada uno obra y se produce, es de la mayor importancia, recordando que el carácter influye grandemente en todos los demás elementos de nuestra naturaleza, y que en la vida social, más que por nada estimamos a los hombres por sus condiciones de carácter.
Esta ley la formula el SR. GONZÁLEZ SERRANO (ob. cit., página 52) diciendo: «La evolución del espíritu humano comienza rudimentariamente en la sensibilidad, cercana a los linderos de lo inconsciente, para terminar, mediante el esfuerzo de la reflexión, en la vida consciente y racional.