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ArribaAbajoSegunda campaña

Preparativos


El regreso a la patria no pudo ser más halagador para mi alma de chileno y para mi amor propio de joven.

Visitas, banquetes, agasajos de todo género, cuyos ecos hallaban cabida honrosa en las columnas de los diarios; testimonios de cariño de los unos, felicitaciones de los otros; curiosidad, incienso, ¡cuánta inmerecida recompensa al simple cumplimiento de un deber estricto y sagrado!

En el seno del hogar y rodeado de las más caras afecciones me tocó en aquellas circunstancias festejar el aniversario de mis veintiún años de edad. Llevaba ya, sin embargo, trece meses de campaña; trece meses durante los cuales había sentido mayor suma de emociones y observado más de cerca las virtudes y las miserias humanas, que en todo el resto de mi corta existencia. La vida de soldado es así: no sólo fortalece y disciplina el cuerpo, sino que nutre de enseñanzas el alma, ora haciendo apreciar en toda su grandeza los esplendores de la abnegación llevados hasta el heroísmo sublime, ora poniendo en evidencia las pequeñeces de la envidia o la ambición, susceptibles de degenerar en egoísmo vil.

Al regresar a Chile me encontré con que allí se creía de buena fe en el término inmediato de la guerra.

Pero pronto vino el desengaño.

La lección, por lo visto, no era suficiente: El enemigo nos retaba a un segundo duelo:

-A muerte -decía-; ¡queremos nuevos combates en los cuales no se dará ni pedirá cuartel!

Nos invitaba a atacarlo cerca de su propia capital, en las afueras de la orgullosa Lima, donde, según él, hallaríamos, por fin, tumba cierta, como castigo a nuestras fecharías de «bandidos del Arauco» y «piratas del Pacífico»; de «vándalos alcoholizados, viles rotos de corvo y poncho», expresiones, todas éstas, copiadas textualmente de artículos de la prensa del Rimac y de proclamas a prefectos y autoridades provinciales.

Nuestro pueblo y nuestro gobierno aceptaron el sacrificio:

-Ellos lo quieren -se dijeron-... ¡Pues sea!

Y comenzaron los preparativos de la expedición.

Preparativos formidables esta vez, destinados a asegurar el éxito, sin lugar a duda; acumulación de recursos para los cuales se llamaba a contribución todo lo que el país tenía de más enérgico y de más vital.

Se empezó por organizar el equipo para un ejército que no bajara de 30.000 hombres, ya que el enemigo aseguraba poder hacernos frente con más de 40.000, no sólo bien armados, sino ocultos, como de costumbre tras de fortificaciones y trincheras que él -según costumbre también- calificaba de inexpugnables. El país correspondió ampliamente a las esperanzas que se habían fundado en su enérgico patriotismo. En pocos meses nuestro glorioso ejército quedaba vigorizado con el refuerzo de más de 18.000 hombres de las tres armas.

Batallones tras batallones fueron embarcándose para el Norte.

El enemigo, entre tanto, incapaz de hostilizarnos de frente, nos hería por la espalda. Dos celadas arteras tendidas a nuestra flota, daban mejor resultado que las minas del Morro y hundían sucesivamente en el mar al Loa y a la Covadonga, volados por torpedos automáticos, en cuya aplicación no había corrido riesgo alguno la mano cobarde que los abandonaba al azar.

Un barco solitario cargado de provisiones, en el primer caso, y un botecito-alhaja en el segundo, errantes uno y otro, a la deriva, más afuera y a merced de las olas, fueron el cebo ofrecido a la buena fe e hidalgo desembozo de nuestros marinos, quienes no se habrían rebajado jamás hasta el empleo de medios de represalia semejantes.

La famosa y audaz expedición Lynch, llevada a cabo varios meses después, a pecho descubierto, en el seno mismo del territorio enemigo, desafiando emboscadas y hostilidades -entre las cuales figuraba hasta la orden de envenenar las aguas que pudieran beber nuestros soldados-, fue la respuesta dada a aquellos actos de hostilidad traidora.

El ilustre Lynch supo, sin embargo, a pesar de los terribles medios que forzosamente le fue necesario emplear para el desempeño de su tarea, mantenerse dentro de la corrección de forma más cabal y la legalidad de procedimientos más estricta, notificando al enemigo, con la anticipación debida, del ejercicio que iba a hacer de derechos legítimos, sancionados por los leyes universales de la guerra, e indicándole al mismo tiempo la manera de cumplir con las órdenes impartidas. Desplegó, en suma, aquella energía, aquella prudencia, y aquel tacto que le fueron peculiares, no sólo como militar, sino como administrador y hasta como diplomático, circunstancia esta última que tuve yo mismo ocasión de apreciar ampliamente, un año después, al servir bajo sus órdenes en calidad de secretario, con motivo de la misión extraordinaria y por demás honrosa que se le confió ante la Corte de España, una vez terminadas en Lima sus tareas de general en jefe del ejército de ocupación, con facultades casi de virrey antiguo, facultades que empleó tan sólo para el orden público, para bien de naturales y extranjeros y para el prestigio y dignidad de Chile.

Regresaba a mi puesto a fines de octubre, cuando tenían lugar a bordo del Lackawanna -buque de guerra de los Estados Unidos- las famosas conferencias llamadas «de Arica», entre dos ministros norteamericanos, que habían ofrecido la amistosa mediación de su gobierno, dos delegados chilenos presididos por nuestro ministro de la guerra en campaña, dos peruanos y dos bolivianos. Con orgullo supimos en el ejército que nuestros representantes, tanto el señor Altamirano como los señores Vergara y Lillo, habían sostenido enérgicamente los derechos de Chile, la justicia de su causa, los privilegios a que nos hacía acreedores la victoria y los términos invariables y severos sobre los cuales únicamente nos sería dado entrar en arreglos; todo ello con elocuencia brillante, con cultura, pero sin vacilación.

Los delegados norteamericanos señor Osborne y Christiancy, se limitaron a tomar nota de lo expresado durante los debates y a inclinarse, por fin, ante la resolución inquebrantable -adoptada por una y otra parte- de no seguir tratando.

Se supo asimismo que Baptista, el delegado boliviano, había hablado largamente, logrando impresionar, como que era y sigue siendo uno de los oradores más conceptuosos e ilustrados de su país.

No así García y García, el famoso contraalmirante peruano, conocido en nuestro ejército y marina con el apodo de «Corría y Corría», por sus constantes escapadas con la Unión. En un extenso discurso se demostró también orador de tiro largo, pero de corta puntería, como los cañones de su barco. Este fracaso de arreglo no hizo sino acentuar en nuestras filas el entusiasmo por la expedición a Lima:

-¡A Lima! ¡Y pronto! -fue el grito que desde entonces se oyó por todas partes.

El general Baquedano -ya ilustre- no perdía un segundo.

Recuerdo haberlo visto aproximarse muchas veces a nuestras tiendas de campaña para observar de cerca a los soldados en medio de sus propios pabellones, y poder así examinarlo todo personalmente, dirigiéndonos investigadoras preguntas, con aquella dicción entrecortada que caracterizaba su lenguaje.

El tono empleado era grave y paternal a la vez; severo y sencillo, culto; pero sin apelación.

Llegado el caso de censurar, acostumbraba poner término a sus desaprobaciones con un movimiento de mano, seco, breve y cortante como el «punto» agudo de clarín con que el corneta remata el toque de «atención».

Aquel gesto peculiar suyo -especie de contundente «he dicho»- resultaba para nosotros mucho más eficaz que la soez interjección o el feroz puntapié con que el ilustre generalísimo de los ejércitos bolivianos D. Hilario Daza, solía finalizar sus reprimendas militares en el seno de los suyos. Nuestro querido general, no sólo gozaba entre nosotros de la reputación de bondadoso, activo y enérgico, sino también de la de sobrio, sobrio hasta la intransigencia.

Matinal, como ninguno, se le veía constantemente en movimiento, ora a caballo, ora a pie. Su rostro, tostado por el sol, hacía hermoso contraste con el blanco de sus canas, semicubiertas por un quepis de irreprochable corte, sobre el cual -bien así como sobre las presillas del uniforme- habían adquirido los bordados esa noble pátina que el tiempo, la intemperie y el humo de las batallas logran comunicarles, cuando el oro que ha entrado en su confección es de buena ley.

Y tratándose del general Baquedano, puede decirse, sin temor de equivocarse, que no sólo en las insignias exteriores del vestuario, sino dentro del propio corazón, no lo habría admitido él sino de los más altos quilates.

Nuestro ejército se componía ya a la sazón de veinticinco mil hombres listos para marchar a Lima.

En mi regimiento, sólo unos cuantos de los primitivos oficiales habíamos vuelto a las filas. Entre ellos Patricio Larraín Alcalde, Joaquín Pinto Concha, Juan de Dios Santiagos y yo.

Los demás eran, o trasladados de otros cuerpos, o «clases» del propio ascendidas al rango de la oficialidad.

Muchos de los compañeros antiguos del Esmeralda se hallaban en Chile convalecientes de sus heridas; otros habían muerto. Algunos, por razones serias, resolvieron quedarse atendiendo urgentes ocupaciones o deberes de familia, después de haber cumplido con su deber en la primera campaña.

Nuestro caballeresco y valiente coronel Holley, seguía mandándonos, felizmente.

Le acabábamos de regalar una hermosa espada que Matías Bravo Rivera había arrebatado al enemigo durante la batalla de Tacna (nuestro regimiento tomó también allí dos estandartes) como prueba del cariño y de la admiración que su espíritu de justicia, su distinción y su valor nos merecieron siempre.

Los soldados se demostraban como nunca anhelosos:

-¡A Lima! ¡A Lima! -se decían alborozados.

Y luego agregaban en su lenguaje pintoresco y chistoso, habitual:

-¡Ya veremos qué hace la Santa Rosa peruana, patrona del ejército enemigo, contra Nuestra Señora del Carmen, protectora de las armas de Chile! ¡Una simple beata, pretende pelear contra la Santísima Virgen!

Casi no pasaba día sin que llegaran de Arica transportes con soldados y elementos de guerra o material sanitario.

La organización definitiva de las fuerzas expedicionarias tuvo lugar por entonces. Tres grandes divisiones se formaron, bajo el mando respectivo de los generales Villagrán, Sotomayor y Lagos.

Nuestro regimiento formó parte de la segunda, en su primera brigada, a las órdenes del coronel don José Francisco Gana.

Holley, como lo he dicho, permaneció de jefe del cuerpo, siendo su segundo el comandante don Francisco Lopetegui.

La primera división, compuesta de 8.600 hombres, zarpó el 15 de noviembre. Una de sus brigadas, al mando de Lynch, ocupó luego Pisco, sin resistencia. La otra desembarcó en Paracas.

Nuestro turno se aproximaba...




ArribaAbajoDe nuevo en el mar

Pisco y Lurín


Durante su permanencia en Tacna, el Cuartel General, el Estado Mayor y varios regimientos chilenos, entre los cuales se contaba muy especialmente nuestro Esmeralda, recibieron grandes muestras de simpatía, no sólo de parte de los extranjeros, sino hasta de los mismos peruanos.

La caballerosidad de sus jefes, la juventud de sus oficiales, cuya educación e irreprochable conducta les habían abierto las puertas de los mejores salones tacneños, donde se les trataba con afabilidad y hasta con cariño, fueron causa de que nuestros preparativos de partida arrojasen un velo de profunda tristeza sobre la población, hasta entonces animada por el brillo de los uniformes, el eco de las bandas militares, el ir y venir de gente en las calles, los hoteles, las tiendas y los cafés.

La noche del 25 de mayo, última que debíamos pasar en la población, fue memorable.

Ninguno de nosotros, los más jóvenes a lo menos, se acostó. Despedidas tiernas y afectuosas las más, ahogadas en alegría y algazara las menos: todas emocionantes, ocuparon la velada.

Nos hallábamos listos desde la tarde anterior para volar al cuartel, al primer toque, a formar en las filas y partir, un momento después, con ánimo entero y el equipo en perfecto orden hasta en sus menores detalles. Al amanecer, en efecto, el veintiséis acudimos presurosos a la llamada.

Los adioses de Tacna habían tenido mucho de semejante con los adioses de San Felipe, en la propia patria.

¡Tan cierto es que el impulso que atrae irresistiblemente a los corazones de veinte años «no reconoce nacionalidad» -como nos lo decían en aquella ocasión adorables tacneñas, cuya amistad habíamos cultivado-, cual cumple a caballeros, no sólo respetando su dolor, sino aliviando su infortunio, por medio de todo apoyo moral o material que no estuviese reñido con la dignidad de unos y otros!

Llegado el regimiento a la estación del ferrocarril, nos embarcamos allí distribuyéndonos en secciones.

Nuestra brigada se componía, a más del personal de su Estado Mayor con su dotación de artillería correspondiente, de los regimientos Buin, Chillán y de nosotros.

Una vez en Arica, nos trasladamos inmediatamente a bordo, correspondiendo al Esmeralda el vapor Chile, de grandes dimensiones. En el mismo barco iban también el Estado Mayor y la división de artillería.

Antes de ponerse el sol del siguiente día comenzó a moverse nuestra flotilla expedicionaria, compuesta de seis transportes, custodiados por la Magallanes y el Abtao.

Las bandas tocaban la canción nacional, seguida de dianas y animados pasodobles.

Poco a poco, avanzando, comenzamos a perder de vista la imponente silueta del Morro.

-¡A Lima, a Lima, por fin! ¡Cuánto entusiasmo, cuánto anhelo!

¿A qué repetir aquí lo que queda anotado en otros capítulos?

La vida de a bordo durante los tres días de viaje fue semejante en todo a las anteriores; se deslizó entre chistes y proyectos de gloria.

Cada cual hacía conjeturas sobre lo que podría o no suceder, al internarse nuestro ejército en territorio enemigo para buscar a los peruanos.

El treinta llegamos al puerto de Pisco, donde permanecimos de guarnición veinte días, durante los cuales tuvimos noticias del arribo feliz a Chilca de la brigada Lynch, que nos había precedido por tierra; del contratiempo del general Villagrán, detenido aún en Tambo de Mora por dificultades materiales y por la preocupación de la suerte que correrían sus fuerzas si seguía internándolas, dada la escasez de recursos de que disponía; del desgraciamiento de este honorable jefe, víctima tan sólo de sus excesivos escrúpulos humanitarios y, finalmente, de su relevo y reemplazo por Lynch, seguido todo ello de la arriesgada marcha llevada a cabo por este al través de los bosques, riscos y cañaverales peruanos de aquella región, brillante hecho de armas con que el intrépido marino comenzó a cubrir de fama, en tierra, su nombre, ya conspicuo en el mar, y cuya significación y alcance he tenido oportunidad de comentar en el capítulo anterior.

Dos semanas después, el 18 de diciembre, hallándonos francos en el puerto, presenciamos el grandioso espectáculo de la entrada a la bahía de treinta grandes buques de vapor y de vela que llegaban del Sur cargados con tropas. Venía allí el general en jefe con su Estado Mayor y todo el resto de las fuerzas expedicionarias. Los recibimos con los vítores y dianas usuales. Momentos después, las aguas de la rada de Pisco, el hermoso muelle y las rocas de la orilla, se poblaban de espectadores que daban la bienvenida a sus hermanos, en medio del eco de las bandas de música y el bullicioso rumor de la soldadesca alborozada.

Sin pérdida de tiempo se alistó el nuevo embarco.

El veinte, con fuerte brisa marina y bastante oleaje, zarpamos, por segunda vez, a bordo del Abtao.

Una parte de nuestro cuerpo se acomodó en el transporte de vela Elena, que fue llevado a remolque.

El veintiuno estábamos en Chilca. Nos detuvimos allí sólo el tiempo necesario para hacer una pequeña exploración, tras de la cual se consideró sin duda inadecuado el sitio para desembarcar, pues seguimos navegando rumbo al Norte, hasta llegar a la Caleta de Curayaco, donde largamos definitivamente el ancla para poner pie en tierra.

Era el 22 de diciembre, fecha inolvidable, pues al alejarnos del todo de nuestros barcos -último «suelo» de Chile- entrábamos de hecho en la segunda campaña y en pleno territorio enemigo.

El ir y venir de lanchas, en no interrumpido trajín marítimo, duró toda la tarde. Nuestra brigada fue la primera en desembarcar y en emprender la marcha hacia el valle de Lurín, donde debíamos formar campamento.

Costeando el mar y hundiendo el pie en la arena, avanzamos durante varias horas por entre colinas y montículos amarillentos, barrancones y hondanadas que debíamos subir y bajar sin descanso.

Marchamos así toda la tarde y toda la noche, haciendo alto sólo durante algunas horas para descansar, y a la mañana siguiente llegamos al pueblucho, que atravesamos en medio de la curiosidad de sus habitantes, hijos del Celeste Imperio en su mayor parte.

Los chinos nos sonreían y en el afán de demostrarnos sumisión y amistad, hacíannos toda clase de saludos, de la manera más cómica y servil.

La pintoresca bandera de su nacionalidad se hallaba enarbolada por todas partes, de modo que no podíamos adelantar un paso sin que nos saliera al encuentro algún dragón...

Después de atravesar el caserío llegamos a la altiplanicie, donde debíamos acampar.

Organizada la enorme línea de tiendas de campaña -ramadas en su mayor parte- permanecimos en un paraje cercano al pueblo y no muy distante de un magnífico puente de hierro, sobre el cual se cruza de un lado al otro de las mesetas para seguir el camino que conduce a Lima, después de contornear las célebres ruinas de Pachacamac, cuyo derruido templo incásico divisábamos desde el campamento mismo.

Una vez organizados, pudimos visitar aquéllas a nuestro sabor.

Pero, a la verdad, que bien poca cosa queda allí de lo que realmente pudo ser de interés histórico o científico en otro tiempo, pues, según lo supimos más tarde la mayor parte de sus reliquias habían sido extraídas.

Los propios muros, sus relieves arquitectónicos, se hallaban devastados o mutilados sin piedad. Lo que no han hecho el tiempo y la intemperie, lo han llevado a cabo los chinos, vándalos inconscientes de aquella región. A poco de habernos instalado, tuvimos la satisfacción de presenciar el regreso de la brigada Lynch, que se nos incorporó triunfalmente, después de haber realizado su azarosa expedición.

Por sus oficiales pudimos apreciar la importancia real de la empresa, sus dificultades, las penurias que le fueron inherentes.

De boca de los propios actores oímos la narración de sus combates con montoneros; del hambre, la sed que tuvieron que sufrir, en medio de pantanos nauseabundos y emboscadas de todo género.

Llegaron con la expedición más de mil chinos, cerca de ochocientos burros y unos cuantos centenares de bueyes. El valle retumbaba con los mugidos y rebuznos de estos animales, con la algarabía de los asiáticos, y a decir verdad, con el contento de todos.

Poco a poco fuimos adquiriendo en las tiendas de campaña noticias del enemigo.

El rumor corriente hablaba de 40.000 hombres, bien atrincherados en los alrededores y fortalezas de Lima, y a quienes el dictador alentaba con una proclama por día.

A juzgar por lo que transcribían los diarios de Chile llegados al campamento, poseía el enemigo, además, trescientos cañones, minas de dinamita y bombas explosivas automáticas.

Oíamos hablar constantemente del Morro Solar, del San Cristóbal y del San Bartolomé, que -por lo que aseguraban los oficiales de Estado Mayor- debían ser fortalezas de primer orden, pues la fama de algunas de ellas igualaba casi a la del famoso «Cerro de Moquegua», escalado por el Atacama.

-¡Las tomaremos, como las tomamos en Dolores, en los Ángeles y en Arica! -decían nuestros soldados alegremente.

Y canturreando, se comían un sabroso camote, una banana o una lúcuma, «granjeados» a hurtadillas en los huertos de Lurín.

27 de diciembre de 1880.

Gran sensación en el campamento: dianas y retretas, quepis al aire y corrillos alborozados. El Curicó y algunos compañeros del 31 de línea, se han batido cerca de Pachacamac con un regimiento peruano, extraviado en su marcha: el Húsares de Junín, que, venía del interior a Lima a reunirse con Piérola.

El coronel, el sargento mayor, varios oficiales y muchos individuos de tropa han caído prisioneros y se les trae hacia acá.

Acudimos presurosos a verlos. Poco a poco van llegando.

¡Pobres cholos! Vienen abatidos y como espantados. Los nuestros les han tomado los caballos y los animales vacunos, que traían en gran cantidad. La banda militar enemiga ha caído entera.

Dícese que son excelentes músicos estos zambos jetones y fornidos.

El coronel de los Húsares de Junín se manifiesta muy sorprendido de que nos hallemos en Lurín. Creía este sitio ocupado por fuerzas propias que hubieran salido a atajarnos... ¡En tal caso le hubiera tocado a nuestra brigada que fue la primera en llegar, lo más alegre de la fiesta! Pero está visto que los peruanos no atacan; «se defienden», se defienden siempre...

Juan García Valdivieso, teniente de artillería, se nos aparece poco después como rezagado, arreando por delante de su caballería cuatro burros, con otros tantos soldados enemigos montados en ellos y seguidos, ¡a pie!, por sus mujeres «rabonas». Estos infelices han sido sorprendidos bañándose en el río -mixed bathing-, perfectamente descuidados y ¡parece increíble! -ignorantes en absoluto de nuestra presencia en las cercanías. ¡Si así anda todo por allá!...

Primero de enero de 1881.

Las doce de la noche del 31 de diciembre de 1880, nos ha encontrado, a los más íntimos, filosofando en grupo, dentro de nuestra ramada tienda, sobre el mundo y sus anomalías, la vida de soldados y los azares de la guerra.

Un recuerdo cariñoso para la patria, para la familia, para los amigos... y amigas ausentes y... ¡buenas noches! ¡a dormir! que nadie sabe lo que nos deparará el «mañana».

Al amanecer del día siguiente, como de costumbre, nos despiertan las dianas y los ecos lejanos de los cañones del Morro, del San Bartolomé y del San Cristóbal. Los peruanos ensayan sus punterías.

Del primero al 8 de enero de 1881.

Semana de preparativos y de comentarios; diarios frescos de Chile; recuerdos, expectativa anhelosa...

11 de enero de 1881.

Importantísima reunión de jefes en el Cuartel General.

Se trata ya de las últimas resoluciones. Así nos lo expresa -copa de pisco en mano- Domingo Sarratea, ayudante del Cuartel General, «el chueco», como familiarmente le llamamos, compañero simpático, inteligente, alegre, generalmente travieso.

Acaba de ser indicado para recibir a la delegación china, presidida por su jefe Quintín Quintana, quien, a la cabeza de un verdadero cardumen de connacionales, viene a pronunciar ante nuestro general en jefe un discurso de adhesión y de fidelidad a toda prueba, y a proclamar los servicios que él y sus subordinados están dispuestos a prestarnos en toda ocasión, pues quieren vengar de ese modo los sufrimientos, la tiránica esclavitud a que los tenían sometidos los peruanos, quienes, según ellos, los trataban como a «pelos» (perros).

Sarratea contesta, a nombre del general, agradeciendo y aceptando.

Su discurso es un modelo de humorismo chispeante.

Lo remata con un sonoro «¡Chinchín!», seguido de vivas al dragón chino.

A todas estas demostraciones hacemos alegre coro, con acompañamiento de vigorosos apretones de manos, mientras ellos, los «compales», se dan entre sí, a mano abierta también y en señal de regocijo, no menos vigorosos palmoteos... en aquella sólida y resistente región del cuerpo humano no nombrada por Confucio.

12 de enero de 1881.

¡Por fin llega el esperado momento de partir! ¡A Lima! ¡A Lima! Hoy nos marchamos y mañana al amanecer nos hallaremos, sin duda, frente al enemigo...

He aquí la hermosa proclama de nuestro general en jefe:

«Señores jefes, oficiales, clases y soldados:

Vuestras largas fatigas tocan ya a su fin. En cerca de dos años de guerra cruda, más contra el desierto que contra los hombres, habéis sabido resignaras a esperar tranquilamente la hora de los combates, sometidos a la rigurosa disciplina de los campamentos y a todas sus privaciones.

En los ejercicios diarios y con las penosas marchas al través de arenas quemadas por el sol, donde os torturaba la sed, os habéis endurecido para la lucha y aprendido a vencer.

Por eso habéis podido recorrer con el arma al brazo casi todo el inmenso territorio de esta república, que ni siquiera procuraba embarazar vuestro camino. Y cuando habéis encontrado ejércitos preparados para la resistencia detrás de fosos y de trincheras, albergados en alturas, protegidos por minas traidoras, habéis marchado al asalto, firmes, imperturbables y resueltos, con paso de vencedores.

Ahora el Perú se encuentra reducido a su capital, donde está dando desde hace meses el triste espectáculo de la agonía de un pueblo.

Y como se ha negado a aceptar en hora oportuna su condición de vencido, venimos a buscarlo en sus últimos atrincheramientos para darle en la cabeza el golpe de gracia y matar allí, humillándolo para siempre, el germen de aquella orgullosa envidia que ha sido la única pasión de los eternos vencidos, por el valor y la generosidad de Chile.

¡Pues bien! Que se haga lo que ha querido. Si no lo han aleccionado bastante sus derrotas sucesivas en el mar y en la tierra, dondequiera que sus soldados y marinos se han encontrado con los nuestros, que se resigne a su suerte y sufra el último y supremo castigo.

¡Vencedores de Pisagua, de San Francisco, de Tarapacá, de Dolores, de Tacna y de Arica, adelante!

El enemigo que os aguarda es el mismo que los hijos de Chile aprendieron a vencer en 1839 y que vosotros los herederos de sus grandes tradiciones habéis vencido también en tantas gloriosas jornadas.

¡Adelante! A cumplir la sagrada misión que nos ha impuesto la patria. Allí, detrás de esas trincheras, débil obstáculo para vuestros brazos armados de bayonetas, os esperan el triunfo y el descanso; y allá, en el suelo querido de Chile, os aguardan vuestros hogares, donde viviréis perpetuamente protegidos por vuestra gloria y por el amor y el respeto de vuestros conciudadanos.

Mañana, al aclarar el alba, caeréis sobre el enemigo, y al plantar sobre sus trincheras el hermoso tricolor chileno, hallaréis a vuestro lado a vuestro general en jefe, que os acompañará a enviar a la patria ausente el saludo del triunfo, diciendo con vosotros:

-¡Viva Chile!»



Como en Tacna, debía tocarnos de nuevo atacar una de las más fuertes posiciones enemigas: San Juan, centro de la línea de defensa.

Como allí, también, se hallaban los peruanos ocultos tras de trincheras protegidas por el fuego de cañones de grueso calibre y largo alcance, pues habían desembarcado hasta piezas de artillería de su escuadra, algunas de las mejores que aún les quedaban en sus desmantelados buques.

Pero... ¿a qué pensar en semejante cosa? ¿No era, acaso, nuestro único deber avanzar siempre, avanzar con resolución y brío al frente de nuestras unidades, correr al asalto de fosos y reductos, economizar municiones, apuntar bien y, sobre todo, no retroceder en caso alguno?

Tales fueron las órdenes que recibimos.

Cumplir estrictamente con ellas: he ahí la consigna.

¡Adelante, pues, como nos lo decía nuestro general en jefe en su vibrante proclama! ¡Adelante!

Marchando, ya en columnas cerradas, ya en hileras, durante dos horas, y alejándonos cada vez más de la primera división -que nos había precedido con rumbo oblicuo hacia el mar y hacia los fuertes de la costa-, vimos aparecer, sereno, impresionante, tras de las mesetas dejadas a la espalda, el disco luminoso de la luna llena, que en aquel mes y en aquella latitud brillaba con fulgor excepcional.

A su luz, la imagen de nuestra movible y prolongada fila reflejó su sombra, semejante a una serpiente enorme, que al subir y bajar alturas y concavidades, avanzara ondulando gigantescamente.

Pasada la media noche, acampamos en una depresión de terreno, suficiente para ocultarnos a la vista inmediata del enemigo. Allí descansamos sólo tres horas.

Antes del amanecer nos hallábamos ya de nuevo de pie y emprendíamos la marcha.

De pronto, y cuando no aclaraba aún, oímos una terrible descarga por nuestra izquierda, seguida de fuego graneado e incesante, al cual se mezclaba el estampido de piezas de artillería de campaña, y, a trechos, el mucho más sonoro e imponente de varios cañones de grueso calibre.

¡No había duda: la batalla empezaba por el ala derecha del enemigo, hacia el lado del Morro! La división Lynch se batía ya. Redoblamos el paso, en medio de un silencio profundo. El ruido del fogueo en la quietud de la noche, en la semi-obscuridad, y cuando no se divisa aún al enemigo, tiene el poder de producir ese resultado: impone, perturba, conmueve y desconcierta.

La luna había palidecido poco a poco, entre tanto, tras el velo de una neblina densa, que desorientaba el rumbo y nos obligaba a marchar con lentitud.

A cada instante pasaban ayudantes gritando a nuestros guías:

-¡Más a la derecha!

O, al revés:

-¡Correrse a la izquierda!

En esos momentos marchábamos en fila.

Comenzaba apenas a clarear el alba cuando recibimos la orden de formar en columnas cerradas por compañías y seguir adelantando así, pues desembocábamos en una dilatada llanura, desde la cual no sólo pudimos oír claramente el eco de la batalla empeñada a nuestra izquierda, sino divisar, en la misma dirección, si bien a larga distancia todavía y sólo cuando la niebla se disipaba un tanto, el brillo de los fogonazos enemigos, que en las cumbres de su línea de defensa formaban un cordón no interrumpido de luces movibles, semejantes a luminarias de gas atizadas y extinguidas alternativamente por el soplo del viento en una noche de iluminación patriótica.

Momentos después, veinte o treinta piezas de artillería peruana, nos saludaban con descargas bastante certeras, ¡como que tenían perfectamente ensayadas las distancias!

Serían ya las cinco de la mañana; no había, pues, tiempo que perder.

Nuestro avance se convirtió desde ese instante en paso de ataque.

Inútil era hacer fuego todavía; los tiros se habrían quedado a mitad del camino y la orden de economizarlos era terminante.

No así los de nuestros artilleros, quienes empezaron a contestar, con el brío y precisión acostumbrados. ¡Es increíble cuánto retempla al soldado infante, cuánta confianza comunica a su espíritu en tales momentos el concurso de sus hermanos de aquella arma, concurso que muy apropiadamente lleva el nombre de protección!

Avanzábamos, pues, protegidos por los fuegos de la artillería, en dirección a tres fuertes que veíamos sobresalir de la línea de defensa, al frente; acelerando cada vez más el paso y animándonos los unos a los otros.

El Buin y el Chillán, muy vecinos, habían desarrollado ya sus guerrillas y adelantaban, como nosotros, a la descubierta y a pecho desnudo.

Llegó, por último, el momentos de contestar el fuego -¡y a fe que lo hicimos de buena gana! El verdadero asalto comenzó entonces, animoso, decidido, implacable.

Caían los nuestros por decenas, pero los que les sobrevivíamos, nos agazapábamos tras de sus cadáveres, de los cuales se servían los soldados para apoyar el codo y fijar mejor la puntería.

Disparaban, así, un tiro; volvían a incorporarse; cargaban de nuevo el arma y seguían adelante, ganando más y más terreno, precedidos por nosotros los oficiales que, espada en mano, les íbamos indicando la dirección y el «alza» correspondientes.

El combate se había generalizado ya por toda nuestra línea de batalla, y en esa forma duró más de una hora, al cabo de la cual, a las siete de la mañana más o menos, llegamos al pie mismo de uno de los fuertes, el que quedaba más próximo al camino de San Juan.

Lo hallamos defendido por dos hileras de sacos de arena, delante de las cuales había una extensa y profunda zanja, que nos fue preciso salvar previamente a tiros, y luego a bayoneta.

Cruzado el foso, y asaltadas las trincheras donde perecieron muchísimos de nuestros soldados bajo el mortífero fuego que se les hacía, al amparo de tales defensas, empezamos a atacar el propio fuerte, escalándolo furiosamente.

Allí se trabó el más horrible de los combates.

Los peruanos nos presentaban el pecho desnudo, por vez primera, y en su resistencia desesperada peleaban como tigres: hay que confesarlo.

Nuestros soldados, a su vez, no les daban cuartel. Combatiendo cuerpo a cuerpo -aquéllos con las bayonetas, nosotros con nuestros revólveres- cayó allí el bravo teniente Santiagos, que pocos momentos antes, al recordar su herida de Tacna, me había dicho con decisión y voz entera:

-¡Adiós, compañero del Solar! ¡Ésta es la definitiva para mí! ¡Las balas no me perdonan!

Al hundir, minutos después, su sable en la garganta de un «Zepita» -nombre de uno de los más afamados batallones peruanos-, quedó tendido en tierra por dos certeros balazos.

Su cuerpo rodó al foso y allí permaneció hasta el día siguiente.

¡Pobre compañero! Después de la batalla de Tacna, durante la cual, nos tocó también reunirnos un instante y comunicarnos nuestras impresiones, había enviado él a los diarios de Chile una hermosa relación del combate, relación en la cual me señalaba en términos honrosísimos, que, por los sinceros y por venir de militar tan probado y valiente, tienen para mí y los míos importancia especial. Hubiera deseado reproducir en el apéndice de este tomo esa carta, junto con otras de interés más general, en su carácter de documentos relativos a la historia del Esmeralda y al papel que a este regimiento tocó desempeñar en la Guerra del Pacífico Peiro no he podido obtener a tiempo las copias.

Pero el enemigo comenzó a flaquear.

Antes de media hora caía el fuerte en nuestro poder, y momentos después nos dirigíamos, unos al villorrio de San Juan, otros hacia Surco, con el objeto de apoderarnos de ambos, lo que se obtuvo tras nuevos y reñidos combates.

Chorrillos quedaba a la vista y a corta distancia.

Distribuyendo las fuerzas de nuestro regimiento, el coronel Holley -de acuerdo con órdenes recibidas del jefe de la brigada, quien se nos reunió en aquellos propios instantes dentro de las casas de San Juan para recomendarnos que no abandonáramos a los numerosos heridos que allí, dentro de la iglesia convertida en hospital se iban reuniendo, el coronel Holley decía- marchó resueltamente al ataque de la espléndida ciudad balnearia, convertida en fortaleza y defendida por los fugitivos del ejército enemigo que allí se iban atrincherando con el propósito de quemar el último cartucho.

Con trescientos esmeraldinos asaltó nuestro valiente jefe los edificios de la población, batiéndose en las calles, donde se hacía un fuego sostenido y oculto que diezmaba nuestros grupos.

Las azoteas servían a los peruanos de posiciones casi inexpugnables por el momento; las ventanas, con sus sólidos barrotes de hierro convertidas en troneras resistentes, les prestaban amparo seguro y eficaz.

Fue, pues, necesario acudir a recursos extremos para desalojarlos: incendiar esos baluartes, lo que se hizo al cabo de poco tiempo.

Chorrillos comenzó a arder. Entre tanto, en el pueblecillo de San Juan, cuyo centro era la iglesia invadida ya por centenares de heridos chilenos y prisioneros enemigos, se agrupaban y organizaban de nuevo los retardatarios que habían ido quedando atrás, fatigados o dispersos.

Por el Sur, la batalla tronaba todavía, y densas humaredas ocultaban el horizonte, semejantes a esas blancas y pesadas nubes que, desprendiéndose de las alturas, bajan de la cima de la montaña al llano, donde se desparraman y diluyen luego convertidas en niebla sutil que todo lo empaña, empalidece y esfuma. No era posible, pues, divisar en tal dirección a los contrarios, si bien el menor silbar de balas, el estruendo de nuestras piezas de artillería, más cercano ya a las trincheras, el creciente lamentar de los heridos y los gritos de nuestros ayudantes que como en Tacna pasaban a carrera tendida de sus caballos exclamando:

-¡Ya huyen! ¡La victoria es nuestra! ¡Adelante!

Nos daban lugar a suponer que el término de la jornada se hallaba próximo.

¡Y era tiempo! ¡Ocho horas de marcha y combates encarnizados llevábamos ya! San Juan y el Surco quedaban en nuestro poder; el pueblo de Chorrillos ardía por dos extremos y de allí huían -como ratas que se escapan de sus cuevas- centenares de soldados que, al correr despavoridos, arrojaban sus armas y venían a caer en nuestras filas, donde se entregaban prisioneros, clamando los más por la vida.

Otros, heridos de bala y medio sofocados por el humo del incendio, llegaban aturdidos y se desplomaban con un «¡ay!» desalentado y lastimero, que en circunstancias distintas nos hubiera producido profunda compasión.

Mientras una parte del regimiento, con su jefe al frente, combatía dentro del pueblo mismo, otra ocupaba afuera, por asalto e independientemente, la magnífica Escuela de Cabos, donde siguieron amontonándose prisioneros y heridos, y en cuyos espaciosos patios y hermosas salas debíamos instalarnos después de la batalla.

Hacia el caer de la tarde quedaba ésta del todo decidida en favor de nuestras armas.




ArribaAbajoLa noche de Chorrillos

Desde las azoteas de la Escuela de Cabos pudimos dominar con la vista, pocas horas más tarde y a la luz del día aún, el campo de batalla.

Por el Oriente se veían las praderas como salpicadas en toda su dilatada extensión por innumerables manchas blancas, con forma de estrías, que, contempladas desde allí, en no interrumpida serie, daban a la verde llanura el aspecto de la superficie del mar cuando lo encrespa una espumosa marejada.

Esas estrías eran los cadáveres de nuestros soldados, que, vestidos de brin blanco, y tendidos, de trecho en trecho, sobre el suelo de color de césped, albeaban a los rayos oblicuos del sol poniente.

Por el Norte, se divisaban las líneas de defensa de Barranco y Miraflores, intactas todavía y hacia las cuales se precipitaba el derrotado enemigo en tumultuoso confusión.

Las torres y las cúpulas de Lima, más lejos; el circuito enorme de la célebre plaza de toros, esfumado por la bruma y por la distancia...

Al Sur, el Morro Solar con su escolta de fuertes. Sobre todos ellos se veían brillar ya, al través de los cristales de los anteojos, los colores de nuestra bandera, enarbolados por el ilustre Lynch y su heroica división.

Por Occidente, en fin, Chorrillos, ¡Chorrillos entregado a las llamas! ¡Qué espectáculo! Dijérase un incendio sobre otro incendio, pues el sol, al ocultarse, inflamaba también el horizonte, convirtiéndolo en una inmensa iluminación de púrpura, que servía de fondo a los resplandores de la hoguera terrestre.

Pero, a medida que palidece el uno, el otro se aviva, alimentado sin cesar por el soplo de la brisa y acrecentado en la intensidad de su aspecto, por las sombras de la noche, que, poco a poco, van sobreponiéndose a las claridades del crepúsculo.

La sangre había corrido a torrentes aquel día; el fuego había brillado sin cesar en las bocas de los fusiles y de los cañones. Llegaba su turno al incendio, fatal e inevitable en toda guerra, cuando es el resultado, no de una resistencia obstinada y heroica por parte del enemigo, sino del escondite indemne, utilizado con eficacia en la sombra, tras de parapetos a los cuales no es posible llegar y que es preciso, por consiguiente, destruir.

El espectáculo de aquella hoguera con sus negros penachos de humo siniestramente iluminados por el reflejo de llamaradas colosales; el chisporrotear de las maderas, convertidas poco a poco en ascuas que brillaban un momento con intensísimo fulgor y se derrumbaban después estrepitosamente, sepultadas entre los escombros -todo ello, visto y escuchado desde aquella altura, especie de atalaya alta y elevada- daba la sensación de una segunda batalla, tan reñida y terrible como la primera.

Los comentarios no cesaban de transmitirse de grupo en grupo, motivados por la narración precipitada y nerviosa que cada cual hacía de los principales hechos en que había sido actor, o de los episodios presentados durante el día.

Me impresionó, entre todos, uno que me fue referido, en altas horas de aquella misma noche y a la luz del incendio, por uno de los oficiales peruanos prisionero en nuestras filas.

Al avanzar en su relato, el joven -cuya caballerosidad, cultura y digna entereza habían llamado desde el principio nuestra atención y conquistado nuestra simpatía- se demostraba conmovido y preocupado. ¿Habría cumplido con su deber o habría extralimitado un derecho?

El lector juzgará.

Dicho episodio probará, en todo caso, cuán terribles suelen ser para el soldado las responsabilidades de su oficio y cuántas veces en presencia de las grandes resoluciones siente su conciencia afligida por la vacilación y por la duda, por el formidable conflicto que provocan a menudo entre sí los mandatos imperiosos del deber militar, en lucha abierta con los más nobles impulsos del corazón humano.

He aquí la narración del prisionero, cuyo nombre prometí respetar:

«El día de ayer -comenzó a decir- todo dejaba presumir en Chorrillos que antes de veinticuatro horas deberían desarrollarse sucesos de importancia: en especial, el casi total abandono de la ciudad por sus habitantes.

No todos, sin embargo, habían salido. Algunas familias, en su mayor parte extranjeras o muy humildes, ya porque esperaran el triunfo de nuestras armas, ya porque, aun previendo el de ustedes, confiaran demasiado en su carácter de neutrales, dormían tranquilos a la sombra del Morro y al amparo de nuestras formidables fortificaciones.

Entre dichas familias se contaba la de un modesto empleado italiano, guapo mozo de unos treinta años de edad, casado, con una hechicera mujer, compatriota suya.

Comenzó el combate, y después de diez horas de lucha encarnizada, Chorrillos iba ya a caer en poder de ustedes.

En tales momentos, los que defendíamos el pueblo nos sentíamos perdidos. Muchos jefes nos abandonaban corriéndose hacia Lima y dejándonos sin dirección, sin órdenes, en medio de las calles de la ciudad.

Aturdidos, envueltos por las fuerzas enemigas que nos hacían fuego cada vez más cerrado, en medio del humo y de los horrores de la lucha, no nos reconocíamos casi. Chilenos y peruanos penetraban en las casas, se herían mutuamente y, sedientos, se alzaban unos y otros con las botellas que al acaso hallaban a mano, bebían, vociferaban y continuaban peleando y llevando a término, más feroces aún si cabe, la obra común de exterminio, casi idéntica en el ataque y en la desesperada defensa.

Embriagados muchos de ellos por el vino, no reconocían ni respetaban jerarquía.

Los oficiales que aún quedábamos en nuestros puestos corríamos en todas direcciones y procurábamos agrupar a los que aquí y allá se repartían.

¡Tentativa vana! ¡O no lográbamos hacernos oír, o no podíamos contener a los que nos oían!

Aquellos a quienes dominaba el pánico, huían. Pero otros, embriagados, como lo he dicho ya, por el licor y por la pólvora, se habían convertido en fieras rabiosas.

Entre los que hasta el último instante lucharon desesperadamente me hallaba yo, tratando de abrirme paso al través del pueblo para salir afuera, ya que el seguir sosteniéndome en su interior era empresa imposible; cuando, en el trayecto, al pasar por una callejuela estrecha que conducía al malecón sentí unos gritos estridentes de mujer, que en medio de los disparos de fusil y el silbar de las balas llegaban claramente a mis oídos.

Impulsado por justa curiosidad, me dirigí hacia el punto de donde partían esos gritos, y a poco andar llegué a una modesta casita, que reconocí ser la del empleado italiano de referencia.

Tras de la puerta se oían al mismo tiempo voces avinadas de hombres, cuyo acento me hizo darme cuenta en el acto que se trataba de soldados nuestros.

Sin vacilar, golpeé fuertemente y grité con todo el vigor de mis pulmones.

-¡Abran!

-¿A quién? -respondieron algunas voces del interior.

-¡A su capitán!

-No reconocemos capitán ahora -respondieron.

-¡Miserables!... ¡Echaré la puerta abajo!

-¡Échela, si puede! -fue la respuesta.

Sirviéndome entonces de todas las fuerzas que aún me quedaban, apoyé el cuerpo, y con violentos y reiterados golpes de hombro y de brazos, logré hacer saltar por fin la débil cerradura.

¡Horroroso fue el cuadro que se presentó a mi vista!

La escena representaba un aposento pequeño y modestamente amueblado.

Junto a una mesa, en el fondo del cuarto, estaba una mujer arrodillada a los pies de un pelotón de soldados ebrios que pugnaban por violentaría.

A poca distancia yacía el cuerpo inanimado de un hombre vestido con traje civil. Reconocí en él al empleado italiano a quien tan a menudo había visto con su linda mujer atravesar las calles del balneario.

-¡Deténganse! -vociferé.

Los soldados, electrizados un instante, se quedaron inmóviles.

Acercándome entonces, tomé del brazo a la mujer, joven como lo he dicho, alta, rubia, mórbida, excepcionalmente bella y de no más de veinticinco años de edad. Su fisonomía, demacrada por el terror, y sus ojos, enrojecidos por el llanto, revelaban que sufría atrozmente.

-¡Socorro, capitán! -exclamó abrasándose a mis rodillas.

-Nada tema -contesté-; yo la amparo. ¡Y ustedes, infames -agregué, dirigiéndome a los soldados-, que abusan de una mujer indefensa, salgan en el acto!

Un murmullo de amenazadora reprobación acogió estas palabras.

-¡Salgan! -repetí.

Entonces comenzó una escena lúgubre, terrible.

La mujer, abrasándose más estrechamente aún a mis rodillas -como se abraza el náufrago al madero que ve flotando junto a sí- indicaba al mismo tiempo el cadáver del hombre que a poca distancia se hallaba tendido.

-Era mi marido, capitán. ¡Ah! ¡Lo han muerto! ¡Sálveme!

-¡Esa mujer es nuestra! -gritó de repente uno de los ebrios, adelantándose sobre los demás.

-¡Sí; es nuestra! -repitieron los otros en coro.

-¡No será, miserables, sin que muramos ambos o la mate yo antes! -repliqué temblando de cólera.

Nuevos murmullos rebeldes acogieron estas palabras.

-¡Ah! ¡Sí, capitán! -exclamó la infortunada- ¡Sí, máteme; en el caso de que no pueda salvar mi honra; quíteme la vida, antes que dejarme abandonada a la feroz incontinencia de estos bárbaros!... -Y se retorcía las manos con desesperación- ¡Júremelo, capitán!

-¡Se lo juro!

La agitación de los soldados iba en aumento. Infundiéndose poco a poco resolución entre sí, se me acercaban con gesto amenazador, mientras yo trataba de proteger como podía a la víctima.

Pero, ¡ay!, ¡las palabras, la energía no bastaban ya!

Mi revólver estaba cargado con un tiro único, el último que me quedaba.

Los victimarios, convertidos por el alcohol en bestias feroces, habían llegado hasta mí; eran veinte contra uno y amartillaban ya el gatillo de sus fusiles... La fuga de ambos se había hecho imposible. No quedaba más remedio, pues, que o morir los dos o cumplir de una vez la terrible palabra empeñada.

No vacilé. Volviéndome bruscamente hacia la joven, le coloqué el cañón del revólver en la sien y disparé.

La hermosa mujer cayó en tierra bañada en sangre, y su rubia cabeza fue a estrellarse pesadamente contra el cuerpo sin vida de su esposo.

Aprovechando el primer estupor de los soldados, corrí a la puerta y huí precipitadamente. Chorrillos era ya pasto de las llamas. Los muros de las casas, rojos y ennegrecidos, despedían enormes lenguas de fuego, que muy pronto invadieron el barrio donde acababa de desarrollarse la tragedia, envolviéndolo en un círculo sin salida, de modo que si los ebrios intentaron huir en el estado en que se hallaban, no debieron lograrlo seguramente.

No pudiendo escapar por el Occidente, pues el fuego me lo impedía, corrí, como otros muchos, hacia este lado donde, poco después, sin fuerzas y ya medio aturdido por el humo, caí entre los grupos de ustedes.

-¡Horrible! ¡Horrible!»



Y el narrador, al llegar a este punto, se cubrió la cara con las manos y no pudo reprimir un sollozo, arrancado a pesar suyo al alma varonil, como cuando un exceso de presión hace vibrar y abrirse la válvula de escape, sin la cual estallaría el robusto caldero donde se alimenta aquélla.




ArribaAbajoMiraflores

El día que siguió a la gran batalla fue de relativo descanso para nuestro regimiento. Se le dio como misión custodiar la Escuela de Cabos con los numerosos prisioneros y heridos que allí había, y defenderla a todo trance si era atacada por las tropas que el enemigo seguía reconcentrando en la vecindad.

Algunos de nosotros aprovechamos la mañana para recorrer el campo y recoger personalmente a nuestros heridos.

Habíamos tenido numerosas bajas: seis oficiales y más de ciento cincuenta individuos de tropa. Los demás cuerpos de la división no sufrieron menos, sobre todo el Buin.

Entre los prisioneros más conspicuos se contaban los coroneles Iglesias, Billinghurt, Valle Riestra y Mendizábal; el ayudante Sebastián Romano y varios oficiales más; jóvenes todos ellos, caídos como dos hermosos estandartes, en poder del Esmeralda.

Hacia el anochecer, empezó a correr el rumor de que se «negociaba» entre los ejércitos beligerantes. Se decía que dos parlamentarios habían partido del cuartel general con el objeto de intimar al Dictador la rendición incondicional de Lima, mediante lo cual se evitaría las consecuencias de un nuevo y estéril derramamiento de sangre, sobre todo si, como podía colegirse de los preparativos que se divisaban en el campamento enemigo, se proponía éste resistir aún al avance de nuestras armas victoriosas.

Entrada ya la noche, supimos que, en efecto, se había enviado a D. Isidoro Errázuriz como parlamentario, pero que éste no había tenido éxito en su gestión. Piérola se preparaba a resistir de nuevo, y reconcentraba sus fuerzas en Miraflores.

Una segunda batalla tendría lugar, pues, al día siguiente.

Rendidos de cansancio, nos acostamos con tal convicción.

Muy temprano el día quince, supimos que los peruanos, cambiando bruscamente de idea, se resolvían a entrar en arreglos.

Aquella misma noche habían llegado al cuartel general varios miembros del Cuerpo Diplomático extranjero con proposiciones de paz.

Esto era lo que se decía y lo único que por el momento sabíamos los subalternos. En todo caso, la orden de mantenernos a la expectativa nos había sido dada formalmente.

Algo, pues por el estilo de lo que se susurraba debía de ocurrir en realidad.

Por lo que toca a nuestro Cuerpo, se le confirmaron las instrucciones dadas respecto de la custodia de la Escuela de Cabos, con la variante de que una de sus compañías -la tercera del primer batallón, mandada por Florencio Baeza y en la cual servía yo- recibió el encargo de permanecer dentro del caserío de San Juan, custodiando, a su vez, a los numerosos heridos y prisioneros que allí se había depositado.

A las siete de la mañana, más o menos, los que se hallaban en la Escuela de Cabos vieron desde allí aproximarse al campamento un tren con bandera blanca. Venía de Lima.

La curiosidad fue grande.

Dos horas después sabían aquéllos, y lo supimos también nosotros un poco más tarde por un mensajero llegado del cuartel general, que había armisticio y que nuestra compañía debía continuar Entre tanto en su puesto, descansada, pero vigilante.

Nada más pudimos averiguar aquel día.

Pero aguardamos tranquilos.

Las cuatro de la tarde serían, cuando de pronto sentimos por el Norte el eco de una descarga, seguida de otra y luego de otra más...

El fuego se producía hacia el lado de Miraflores, y arreciando poco a poco en intensidad, acrecentaba su fragor con el bronco estampido de piezas de grueso calibre.

Al cabo de diez minutos no era ya el eco de descargas aisladas lo que oíamos: era el cañoneo de una verdadera batalla.

¿Qué sucedía?

No tardamos en saberlo: los peruanos, violando informalmente el pacto, nos atacaban de sorpresa en momentos en que nuestras tropas, desprevenidas del todo, se ocupaban, unas en ordenar sus filas, otras en acarrear agua; cuáles en preparar su rancho, cuáles en transportar heridos a las ambulancias o lavar la ropa, etc., todo al amparo de un armisticio solemne.

Sin perder tiempo acudimos a las armas. El capitán Baeza hizo formar su pequeña fuerza, la sacó afuera y rodeó con ella el caserío, aprovechando del mejor modo posible el corto número de soldados de que disponía.

Los heridos chilenos se hallaban tranquilos; los prisioneros peruanos sumamente agitados.

Pasamos así media hora de angustiosa incertidumbre, al cabo de la cual vimos que, por el Norte, y a paso de carga, avanzaba en dirección a nosotros, con el propósito evidente de atacarnos en nuestra aislada y débil posición, un fuerte destacamento de caballería enemiga perfectamente organizado.

Resueltos a defender a todo trance la ambulancia y la custodia de los prisioneros, nos reconcentramos al frente para batirnos, allí primero, y atrincherarnos más tarde, si llegaba el caso, dentro del propio caserío.

Al llegar a una distancia suficiente, los jinetes peruanos se detuvieron y, abriéndose, comenzaron a descargar sus carabinas. Contestamos al fuego con brío.

Pero nuestra fuerza era por demás insuficiente: los restos de una compañía casi deshecha el día anterior. El enemigo no sólo se presentaba en número y condición muy superiores, sino que, reforzado por los prisioneros que, en grupo considerable, podían hostilizarnos por la espalda, aunque sólo fuese con el propósito de contribuir a desorganizarnos si nos veían envueltos por los suyos, constituía un verdadero y serio peligro.

En tal situación, y considerando que la Escuela de Cabos se hallaba relativamente a corta distancia, me ordenó el capitán Baeza que tomara un caballo y a toda carrera tratase de llegar hasta el Esmeralda a pedir refuerzo.

Para llevar a cabo esta arriesgada comisión era preciso pasar muy cerca del enemigo, abrigándose a medias tras de los tapiales del camino, pero exponiéndose inevitablemente a ser visto.

-Se le presenta una hermosa oportunidad, compañero -me dijo mi capitán- ¡Aprovéchela!

Y luego agregó:

-Si antes de llegar usted a su destino, ve que estas fuerzas vuelven cara y se retiran, deje sin efecto la comisión y regrese inmediatamente.

Naturalmente, no me hice repetir las órdenes. En aquellos momentos, y a tal edad, cualquiera otro se habría sentido dominado por el mismo entusiasmo con que salté sobre el primer rocín que me tocó hallar a mano y desaparecí en dirección de la Escuela de Cabos.

Inclinando el cuerpo y protegiéndome como mejor podía, a lo largo de unos cercos, que no alcanzaban a ocultarme del todo, no tardé en ser descubierto por el enemigo, quien, para no darme lugar a seguir avanzando, me dirigió una serie de tiros, tan certeros que uno de ellos dio a mi cabalgadura en la paleta del anca, inutilizando del todo sus movimientos.

Como, a pesar de ello, seguían haciéndome disparos, se me ocurrió tirarme al suelo de bruces en un movimiento brusco, destinado a hacerles creer que me habían muerto.

El porrazo fue, en efecto, mayúsculo; pero pude levantarme, y me preparaba ya a seguir adelantando, agazapado y oculto tras del cerco con el fin de poder llegar a pie hasta la Escuela de Cabos y dar allí cumplimiento a la orden recibida, cuando vi que de entre los matorrales, surgía de pronto un bulto movible, una forma negra que se incorporaba a medias y adelantaba luego atolondradamente en mi dirección. Era un sacerdote, un capellán del ejército:

-Señor -exclamé al reconocerle-, ¿usted, aquí?

-¿No te han muerto, muchacho? ¡Loado sea Dios! -prorrumpió mi querido y viejo amigo el presbítero D. Salvador Donoso.

Y luego prosiguió:

-Al verte caer te creí perdido, y corría ya a darte la absolución in extremas, cuando...

Pero yo no podía detenerme.

-Acompáñeme, si quiere -le dije interrumpiéndole-, llevo una orden urgentísima. Por aquí vamos bien; a lo largo del cerco no pueden vernos. Voy a la Escuela de Cabos a pedir refuerzo, porque aquel escuadrón se dirige a San Juan a atacarnos y somos muy pocos. ¡Corramos!

Afianzándose entonces como pudo la sotana, comenzó D. Salvador a trotar conmigo, aunque perdiendo terreno poco a poco.

Mas pronto juzgamos que no había lugar a seguir dándonos tanta prisa.

El destacamento de jinetes enemigos, en presencia del nutrido fuego con que le recibían los nuestros, y creyendo, seguramente, por la decisión y bríos de aquel puñado de valientes, que su número sería mucho mayor, o juzgándose, quizás, amenazado por retaguardia, sostuvo sólo un momento el duelo en retirada. A mitad de camino volvió bridas definitivamente y desapareció a todo galope, con no pocas pérdidas.

Sólo entonces me creí autorizado a detenerme para tomar aliento y hablar con mi inesperada aparición.

El virtuoso y simpático párroco, presbítero don Salvador Donoso, cura del Espíritu Santo, y más tarde, gobernador Eclesiástico de Valparaíso, había desembarcado aquel día, a merced del armisticio, como muchos otros, de uno de los buques de la escuadra.

Creyéndose seguro en tierra, había ido a visitar el campo de batalla de Chorrillos y sus alrededores.

La felonía de los que burlaron de pronto el armisticio lo había sorprendido solo, descuidado, vagando en plena llanura (prueba, esta, irrefutable, entre otras, de la confianza que todos abrigábamos en que el pacto sería cumplido) y al desconcertarlo bruscamente, en medio del desorden -que aun en lo más aguerrido de nuestras filas produjo el primer momento de confusión-, lo había impulsado a buscar refugio en aquellos cercos, mientras le llegaba la ocasión de ejercer su ministerio allí mismo o de volverse a su buque.

Oído este breve relato, nos dijimos adiós.

El señor Donoso siguió hacia Chorrillos y yo, cumpliendo con las instrucciones de mi jefe, regresé a reunirme a mi compañía, donde se celebraba con entusiasmo la correteada al escuadrón peruano.

Baeza había logrado no sólo detener a éste, sino batirlo, saliéndose resueltamente al encuentro, con lo cual lo había obligado a volver bridas después de derribarle buen número de jinetes: todo lo cual, como yo he dicho ya, debió de hacer creer a los atacantes que tenían que habérselas con un batallón entero por lo menos.

Desde ese instante, trepados en las alturas cercanas y mediante dos o tres anteojos de larga vista que pudimos procurarnos, poniendo a contribución hasta a los propios oficiales prisioneros (muy «calmados» ya -sea dicho de paso- de la volteada de cola de sus irresolutos defensores), logramos todos darnos cuenta, aunque imperfectamente, de lo que ocurría en los otros cuerpos combatientes.

Juzgábamos, por lo que nos era dable observar, por el visible y progresivo avance hacia el Norte de masas enteras de tropas precedidas de nuestro tricolor, por manera cómo la caballería, rodeando o saltando tapias y corriéndose más hacia el mar, se reconcentraba sobre puntos determinados, y sobre todo por la firmeza con que nuestros artilleros sostenían y avanzaban sus posiciones, por todo ello, juzgábamos, repito, que las armas de Chile afianzarían poco a poco la victoria definitiva con otro triunfo inmediato y grandioso.

Y así fue, en efecto: al terminarse el día, los fulgores de un nuevo incendio -que no era por cierto el de Moscú- empezaron a iluminar el horizonte.

¡Miraflores ardía como Chorrillos!

En Barranco flameaba nuestra bandera; los cañones del San Bartolomé y del San Cristóbal habían enmudecido...

Pero los de nuestra escuadra tronaban aún, en sus salvas victoriosas, a la vez que al fuego graneado de las filas sucedían toques marciales de trompas y clarines; vivas entusiastas; exclamaciones ardorosas y hasta repiques de campanas: todos esos ruidos triunfales, en fin que, escuchados por nosotros desde lejos, llegaban a nuestros oídos como un hosanna inmenso en loor de la victoria. ¡Himno supremo brotado del pecho de nuestros héroes, al cual se complacían en hacer coro las vibraciones sonoras del bronce y las voces potentes del acero!

Y, como para completar la sublime apoteosis, hacia la hora de la puesta del sol y entre la atmósfera humedecida por la niebla que, poco a poco, había empezado a velarnos la visión lejana del combate, surgió de pronto en el horizonte un hermoso arco iris...

Apoyando uno de sus extremos en las altas mesetas de la Tablada y el otro sobre los escombros humeantes de Chorrillos, abarcó durante algunos minutos todo el campo de batalla, como el más bello de los arcos triunfales, o la más diáfana de las aureolas de gloria... y de paz.




ArribaGuarnición en Lima

El ejército formado en columnas y a «paso de vencedores», hacía su entrada triunfal en la Ciudad de los Reyes, mientras los Esmeraldas nos quedábamos en las casas de San Juan y Escuela de Cabos, custodiando prisioneros y enterrando muertos.

Hacía un calor de todos los demonios, de modo que la atmósfera, al cabo de cuatro o cinco días, comenzó a viciarse con las emanaciones de miles de cadáveres en putrefacción, obligándonos a huir lo más lejos posible del campamento. Era aquello insoportable.

Desde el amanecer hasta la hora de almorzar, nos repartíamos por el campo y hacíamos allí el oficio de sepultureros, no sin cierta repugnancia.

Cuatro o cinco paladas de arena sobre los cuerpos hinchados y amoratados bastaban para cubrirlos: Lo demás quedaba a cargo del tiempo. Un pulpero chino, de San Juan, que durante todo el combate había permanecido oculto en el fondo de la bodega de su cuchitril, fue descubierto allí por nuestros soldados, quienes, con o sin razón, lo sacaron a pescozones de su escondite para obligarlo a ayudar a recoger a los heridos y a transportarlos hasta las ambulancias vecinas.

Trabajó tenazmente todo aquel día el hijo del Celeste Imperio, ayudando no sólo a los acarreadores, sino también a los cirujanos en la ambulancia. Pero es sabido que los chinos de exportación son por lo general perezosos. Al día siguiente había desaparecido de la ambulancia el improvisado practicante.

Se recibió orden de buscarlo, y cuando se dio por fin con él, lo encontraron atrincherado tras de una ventanilla enrejada de su vivienda, con la resolución, tan evidente como pacífica, por otra parte, de no volverse a mover de allí. Y aquí viene lo curioso:

Al intimarle el sargento que había ido a buscarlo orden de rendición, comenzó el sitiado a sacar, al través de los barrotes de la ventanilla: primero un brazo mutilado de cadáver; enseguida una pierna; después una oreja arrancada a la cabeza a que había pertenecido; una mano, una quijada, etc.

A medida que exhibía unos tras de otros estos fúnebres despojos, exclamaba:

-¡Vean si tendrán ustedes razón para hacerme trabajar: éste (la pierna) es mi padre, ferozmente asesinado por ustedes; este otro (la oreja) mi tío, muerto también por un bárbaro soldado; he aquí (la mano) a mi pobre madre; contemplad por último (la quijada) a mi hijo mayor, sacrificado ignominiosamente a los horrores de la guerra!

Ante tales lamentos iba ya a enternecerse el soldado cuando se le ocurrió que no debía dejarse llevar por sólo las apariencias.

Tras de un ímprobo trabajo, quieras que no quieras, consiguió hacerse abrir la puerta y penetró en el interior de la casa.

No fue poco su asombro al encontrarse con los restos del cadáver de un cabo chileno, recién descuartizado, aunque muerto probablemente la víspera. En él, como se comprenderá, había resumido mañosamente el hijo del Celeste Imperio a toda su supuesta parentela.

En este trabajo y en el de recoger armas se pasaron ocho días, al cabo de los cuales las exigencias de la higiene por un lado, y por otro el fin de nuestra tarea, decidieron al general en jefe a llamarnos a Lima.

Pocas veces he tenido un placer mayor que el que sentí cuando se nos comunicó la orden de alistarnos para emprender la marcha.

Diariamente recibíamos noticias de la capital, por los que venían en comisión: sabíamos que, aparte del magnífico hospedaje, los cuerpos que mantenían la ocupación gozaban ya de los atractivos de una gran ciudad y se resarcían con usura de los pasados sufrimientos de la campaña.

Nuestra última palabra, fue, pues, al abandonar el miserable y fétido cautiverio de las vecindades de Chorrillos, una burda maldición y un voto, que venía directa, sinceramente del corazón, de no tener jamás motivo para volver a visitarlo.

Comenzaban a encenderse los faroles del alumbrado público, cuando entramos en la ciudad.

El primer golpe de vista me pareció espléndido. Lima, por contraste con los campamentos, me hizo, en su esfera el mismo efecto que París, en la suya, dos años más tarde. Las numerosas iglesias, todas muy elevadas y dotadas generalmente de cúpulas, le daban a mis ojos, y entre las sombras, aspecto casi monumental. Sus calles, caprichosas y abundantes en edificios de estilo morisco, mirada entonces a la claridad débil del gas que les disimulaba, como a una vieja sus arrugas, lo que tienen de más chocante: falta de aseo, frescura y prolijidad en el exterior, me impresionaron por lo mismo muy agradablemente.

A pesar de que nuestro ejército ocupaba desde hacía dos semanas la ciudad, me pareció que la tranquilidad de sus habitantes no había sido recobrada del todo.

Y no eran, por cierto, los nuestros quienes debían infundirles temor, ya que sólo por ellos se veían libres del pillaje y saqueo que antes de la ocupación había alarmado durante días y noches mortales especialmente para los comerciantes y propietarios, a toda la población.

En dirección a la plaza principal, y desfilando por frente a Santo Domingo, después de haber pasado por los edificios de la Exposición Penitenciaría y otros llegamos al portal de Botoneros y cruzamos a lo largo, dejando a nuestra izquierda el famoso palacio de los Pizarros, que de tal no merece por cierto el nombre, pues a pesar del lujo y grandeza del interior, el frontispicio y los costados más parecen cuartel que casa de gobierno. Las numerosas revoluciones han dejado su huella en las paredes, agujereadas como armeros por las balas de los asaltantes, cuyo objetivo era siempre la persona misma del primer magistrado de la nación.

Veinte minutos más y quedábamos espléndidamente alojados en la suntuosa escuela de Artes e Industrias, uno de los mejores monumentos de Lima.

Como en Tacna, en Lima nos pareció encontrarnos en el Edén. La seguridad de las calles estaba garantizada por la policía chilena, así es que con plena confianza podíamos aventuramos, a lo menos por el centro de la población.

Sin espacio aquí para hacer una descripción de la capital del Perú, que, por otra parte, no tendría interés, pues la mayor parte de mis compatriotas deben ya conocerla -por relaciones-, diré únicamente, que juzgándola por sus monumentos, edificios, paseos públicos, teatros y demás (ya que ni sus instituciones, ni la marcha general de los diversos ramos de su industria y comercio podían ser apreciados en aquellas circunstancias anormales), debía considerársela suficientemente avanzada en aquella época.

Lima ha tenido siempre la reputación de ciudad de placer, notable en sus mejores días. La riqueza, la independencia de carácter, el genio alegre, bullicioso, hospitalario de sus habitantes, la belleza de sus mujeres, el fácil acceso que allí encuentra el pasatiempo, han inspirado juicios que, emitidos por extranjeros de diversas nacionalidades, la han dado a conocer generalmente bajo tales puntos de vista.

Mucho se ha dicho sobre el modo de ser de los limeños y de los peruanos en general. Por mi parte, y habiendo permanecido entre ellos sólo varios meses -ya que, sea dicho en su honor, ni uno solo de los salones de la sociedad nos fue abierto durante ese tiempo-, no me juzgo suficientemente informado para apreciarlo. Sin embargo, considerados los antecedentes de su historia, la índole general de sus hijos, la tendencia de sus ideas, tengo para mí (y he podido convencerme de ello más tarde en España misma), que, salvo la exagerada hidalguía y el «chauvinismo» que son prendas de la raza española, tienen los peruanos muchos puntos de contacto con los hijos de la Península. En efecto, el español es amigo de los pronunciamientos y vive siempre a la pesca de una ocasión propicia para medrar a costa del gobierno que sube: el peruano, a su vez, ama la revolución y espía el momento de llegar al fin que se propone por medio de la caída de una administración que se instaló sobre las bases inseguras.

El español, si se dedica a la cosa pública, lo hace en cuerpo y alma, como suele decirse; vive para ella, sueña con ella y anhela, ante todo, que su nombre quede recordado por la posteridad después de su muerte, como sostenedor de tal o cual idea. Orador por naturaleza, y orador impetuoso, se exalta por el menor incidente y pierde lastimosamente su tiempo en alargar un debate de interés mínimo. Pero lo más curioso es que no obra por vanidad: obra en conciencia y de buena fe; cree que no sería hidalgo si no obrara así: el verdadero quijotismo en el siglo XIX.

El peruano, menos generoso y menos abnegado, vive sin embargo también para la política, a la cual convierte en ídolo, sacrificándole sus intereses propios y privados. Sin conciencia perfecta de lo que son las necesidades bien entendidas de su país, es bullicioso y altanero, batallador y revolucionario por inclinación. El Portal de Botoneros con sus ociosos, es la Puerta del Sol con sus cesantes.

En Madrid la plaza de toros subleva el entusiasmo de todo un pueblo: en Lima la misma hace furor de igual manera.

Por fin, las loterías, verdaderas plagas que fomentan el ocio y pervierten en las clases bajas la adición al trabajo, hallan igual sanción en una como en otra ciudad.

He ahí faltas que bastan por sí solas para entorpecer el adelanto material y moral de una raza.

Por lo contrario, el secreto de nuestros triunfos está en el espíritu de trabajo, de unión y de progreso que distingue al pueblo chileno, en la rectitud de sus gobernantes, en la pureza de la administración, en la sencillez de sus costumbres.

Por eso, después de la guerra hemos presenciado el espectáculo más grandioso y conmovedor para un país que, con justicia, se titula grande, culto y civilizado, y que tras largas horas de una lucha mortal en que se contempla por fin afortunado vencedor, a la vez que levanta orgulloso la frente coronada por el laurel de la victoria, coge con su diestra la hermosa palma de la paz, y unido por vínculos de la más noble solidaridad, a la sombra de sus gloriosos estandartes, se trasmite los poderes y cargos públicos de una a otra mano, sin que el menor asomo de rivalidad o envidia venga a turbar la sencilla pero significativa ceremonia.

Para disculpar la ambición y legitimar la tiranía, los ambiciosos inventan un pretexto por insensato que él sea: Piérola tomó el de los cholos. Le era preciso hacer su causa aceptable a los ojos del pueblo, y para ello el dictador no encontró mejor medio que el de presentársela como su defensor. «Protector de la raza indígena» se llamó desde entonces, y bajo el amparo de este nombre absurdo llevó a cabo su obra de ruina y destrucción.

Si hago mención de estos hechos, es sólo con el propósito de demostrar cómo, por causas que no podían menos que concurrir a un mismo fin, esa desgraciada nación fue labrando poco a poco los males que hoy expía tan duramente. Muy lejos, pues, de mi ánimo la idea de denigrar a un pueblo vencido.

Ya en Tacna, donde, como en toda ciudad de provincia, nos fue más fácil hallar acceso a algunos salones, me había llamado la atención la soltura y facilidad de palabra, que es don especial de casi todos los que han nacido en países tropicales y, sobre todo, la rapidez de concepción para armarse siempre, en un segundo, de alguna contestación picante y oportuna. Esas imaginaciones espontáneas, como las de los colombianos, son más raras entre nosotros y hacen siempre ameno y brillante el trato de quienes tienen la fortuna de poseerlas.

Las limeñas, en especial, se distinguen, según opinión general, por esta cualidad que se hace notar hasta en la clase baja.

Como prueba, y repitiendo previamente aquello de:

«Y si, lector, dijeres ser comento,

Como me lo contaron te lo cuento...»



Citaré dos ejemplos que he oído narrar a más compañeros, quienes responden de su autenticidad.

Dos o tres días después de la ocupación, pasaba a caballo por las calles de Lima un sargento de artillería, largirucho y seco y un tanto estropeado por las fatigas de la campaña. Esto no impedía, sin embargo, que el animal que montaba fuera uno de esos briosos tordos que tanto llamaron la atención por lo lozanos y bien mantenidos cuando desfilaron por la calle de Mercaderes, en presencia de una multitud de extranjeros y de nacionales.

Muy cerca, cruzando en dirección opuesta, y contorneándose como una manola, una zamba limeña, de esas de «cintillo enfrente», jetonas y panzudas, pero en medio de todo garbosas y zafadas, llevaba en la cabeza, a modo de adorno, una rosa blanca de dimensiones colosales, fresca y olorosa y digna por tanto de mejor suerte.

No hay una sola de estas mujeres que, con todo y ser morena como aceituna, no haya servido de blanco a las bromas chocarreras de los ocupantes, en especial de los soldados, que no perdían ocasión de decirles al pasar alguna fresca o lisura, como ellas las llaman.

Esta vez le tocaba, pues, a nuestro sargento, que echándolas de chistoso, la apostrofó de la manera siguiente:

-¡Hola, hola, comadre! ¿Sabe que lleva allí una flor que no es muy a propósito para disimularle el color?...

-Pues, y usted -le replicó sin desconcertarse y en impromptu rápido la interpelada-, ¿sabe que no monta usted una bestia muy a propósito para disimularle la facha?...

En otra ocasión (cuentan las crónicas de que soy portavoz) un oficial, que atravesaba apresurado y distraído uno de los portales más frecuentados, se topó con una muchacha de las llamadas de medio pelo, dándose ambos, al pasar, un encontrón de padre y señor mío.

Esta vez, con mucha más razón, le tocaba al joven compatriota deshacerse en disculpas.

-No hay de qué, tocayo -fue la respuesta que obtuvo.

-¿Tocayo? ¿tocayo había dicho?

Pues la cosa era para intrigar a cualquiera.

-Señorita, dispense usted -agregó volviéndose-, pero me parece que me ha llamado usted tocayo. ¿Conocería usted por ventura, mi nombre?...

-No, señor; pero como yo me llamo Bárbara... suponía que... ¡ya lo comprenderá usted!

Y siguió muy oronda su camino.

Sentí mucho no conocer a Ricardo Palma, escritor de talento clarísimo y poeta chistoso. Mucho antes de visitar el Perú había saboreado ya sus versos picantes y su estilo ligero y juguetón. Desgraciado como su patria, tuvo la mala suerte de perder su biblioteca y algunos de sus escritos que en hora aciaga fueron devorados por el fuego. Si en manos de cualquier chileno hubiera estado el salvarlos, no habría habido quien dejara de poner de su parte todos los esfuerzos a su alcance para lograrlo. Mal informados andaban, pues, los corresponsales maliciosos que propalaron el rumor, corriente en cierta época en Buenos Aires, según lo he sabido después de que Palma había sido maltratado por los nuestros. En esa falsa aseveración, como en otras muchas, se ve clara y patente la manos de los mismos peruanos, empeñados siempre en empañar nuestro prestigio en el extranjero, para lo cual nadie como ellos ha sabido descubrir los resortes capaces de producir el mayor efecto. Las simpatías de que Palma goza en la República Argentina debían, pues, ser explotadas y lo fueron.

He de recordar, finalmente, antes de terminar estos párrafos, algo de lo más curioso que puede verse en Lima: el teatro de los chinos.

Una palabra antes sobre ellos.

En el Perú, casi todo el trabajo de las haciendas y, en general, el servicio más pesado en muchos ramos se hace con individuos del Celeste Imperio. Desde Iquique al Norte no hay un solo pueblo donde no abunden, y tanto, que muy a menudo las autoridades se ven obligadas a adoptar medidas severas para refrenar el pillaje y el desorden que constantemente ocasionan.

No sé por qué motivos el Perú ha protegido la inmigración de chinos. La única razón que se me ocurre para explicármela, es que, siendo muy fácil obtenerlos a causa de la inmensa cantidad de habitantes con que el país de su origen se desborda y, contentándose, por otra parte, los que emigran, con escasísimo salario a cambio de su trabajo, las ventajas para el agricultor o fabricante deben ser muy positivas. Por otra parte, el Perú comercia mucho con la China, y aún hay en Lima opulentos propietarios de almacenes -surtidos de cuanto produce de más notable aquel país- que han logrado labrarse una fortuna considerable.

Desde que la Inglaterra inició los tratados de comercio con la raza amarilla, muchos países americanos han seguido su ejemplo. Los Estados Unidos solos han monopolizado, casi, el de los japoneses, con quienes entraron en relación allá por los años de 1850, gracias a mil curiosas astucias de que se valió el comodoro Perry para vencer la repugnancia con que aquéllos veían violadas las tradiciones religiosas de su patria. Según parece, les habían pronosticado éstos la caída del imperio para la época en que las plantas extranjeras hollaran los sagrados dominios del Mikado.

En Lima se calcula en casi un quinto de la población el número de chinos que la habitan. Raquíticos, sucios y maltraídos, pendencieros y flojos, suelen ser manejados a látigo como las bestias, a las cuales llegan a asemejarse cuando el abuso del opio los ha embrutecido casi del todo. Se comprende, pues, que confiado a tales manos el trabajo, sea mal terminado y poco fructífero. El empleo de chinos en él tiene a más el inconveniente de privar a la gente indígena, cuya ociosidad ha debido entrar por mucho como causa en las desgracias del país, de la ocasión de ganar su pan honradamente. Piérola, con todo y su título de «Protector de la Raza», no hizo nada por concluir con la plaga de chinos y de negros.

Como estos últimos en Malambo, los compales (que éste es el nombre que se da allí a los chinos) tienen su barrio especial -por el estilo de Ghetho de los judíos en Roma o el de los Gitanos en Granada en otra parte de la ciudad. Allí viven agrupados en repugnante aglomeración, empleados los más en un comercio de pacotilla que se sostiene con las necesidades del mismo barrio, y entregados, los que viven de la ratería y del juego, a su pasión favorita: el opio.

Nada hay más peligroso que aventurarse solo por entre las guaridas de la población china. En medio de una muchedumbre andrajosa y desgreñada, grupos de hombrecillos secos y apergaminados, con caras que se pintan la miseria y el vicio -descalzos, mugrientos y fétidos- envilecidos y degradados por la absoluta falta de dignidad y conciencia, hacen recordar la pintura, hecha por el Dante, de la Lujuria y la Envidia, de quienes parecen ser la imagen.

Ríen y gruñen, chillan y cantan en tumultuoso e incomparable algarabía, mientras juegan alrededor de mesas desvencijadas y grasientas un juego especial, de azar, según parece, en que obran como principales elementos dos palillos larguiruchos y unos cuantos puñados de garbanzos o porotos a cuenta de monedas, sembrados sobre la superficie -que, con el cuchillo o navaja, que a veces decide de la suerte del tahúr encarnizado-, constituyen un conjunto curioso, casi fantástico, que se graba profundamente en la imaginación del observador.

Por las noches, sobre todo, cuando se encienden los faroles del barrio, al través de cuyos vidrios turbios y amarillentos se divisa chisporrotear la luz pálida de sus velas de sebo, hay en aquel cuadro cierto colorido lúgubre que infunde en el ánimo una impresión difícil de definir, pero en la cual van mezclados la superstición y el asco...

Engolfándose por una de esas callejuelas y pasando por entre puestos de carne sospechosa y cocinerías que despiden su olor acre y penetrante, se llega al famoso teatro, que es centro de la «población» donde se reúnen a todas horas los ociosos y los jugadores.

Otros han descrito ya los espectáculos de la escena chinesca. Básteme, pues, agregar que, por lo que fue dado ver y oír, las nociones que allí se tienen del teatro manifiestan que así debieron nacer entre nuestros tatarabuelos los primeros indicios del arte dramático.

Nada, por cierto, pude entender en aquella grotesca pantomima de saltos y garrotazos, interrumpida de cuando en cuando por aullidos y gritos con acompañamiento de platillos y cajas destempladas, cuernos, gongos, pitos y cascabeles, todo lo cual, con los trajes feéricos y absurdos de procesiones inacabables de saltimbanquis y mandarines, formaban un conjunto endemoniado y fantástico que trasportaba a uno de esos sitios descritos por Hoffman o Edgar Poe, en sus cuentos de este mundo y del otro. Según se me dijo, los dramas duran días enteros y a veces semanas y meses, pues interpretan las diversas hazañas o simples hechos de la vida de un hombre. Todo con música.

Y, sin embargo, a pesar de que los orientales y los chinos en especial, no han conocido la armonía tal cual nosotros la comprendemos, hay, no obstante, en su polifonía embrionaria ciertos rasgos que acusan un arte constituido, según un sistema especial, que les es propio, de tal modo, que poseen escala musical compuesta de intervalos de una duración consecuente.

A cada grito el público aplaudía furiosamente y reía con alborozo: la cosa no debía ser para menos, sin duda, y muy cómico y espiritual sería lo que se estaba diciendo, pues los actores gesticulaban y se retorcían como hechizados que piden exorcismo.

Recuerdo que hacía un calor horroroso en la sala. Yo ocupaba, con algunos compañeros, un palco que nos había sido graciosamente ofrecido por un chino respetable y muy considerado por los suyos. Por supuesto que él nos acompañaba y nos explicaba con la mayor conciencia las escenas que se iban desarrollando.

Una de ellas me llamó entre otras la atención.

En el paréntesis hecho entre una procesión de mandarines y otras dignidades trenzudas, apareció, seguido a cierta distancia de dos muchachas, cierto individuo armado de una caja que ocultaba cuidadosamente bajo el brazo, lanzando miradas intranquilas y como recelosas a su alrededor.

Las muchachas se le acercaron poco a poco y, acto continuo, comenzaron a pasarle la mano por la cara y hacerle insinuaciones tales y tan marcadas que no se necesitaba ser chino para comprender que se trataba de algo así como la tentación de San Antonio.

En medio de su pantomima, creí notar que el objetivo principal de las desenvueltas damiselas era la caja, a que a cada instante se aferraba más y más su atribulado dueño.

Acudimos a nuestro intérprete, quien nos explicó que el hombre era un mercader de joyas y las muchachas unas mozas alegres que se interesaban por la mercancía y trataban, por tanto, de seducir a su afortunado poseedor.

Inteligentes y nada lerdas debían de ser las chicas, pues viendo frustradas sus tentativas, apelaron a un medio que, por lo visto, es tan eficaz en China como en cualquiera otro país del mundo. El soborno por medio del licor.

Para abreviar; entre quieres y no quieres, no habían pasado cinco minutos sin que el mercachifle se hubiera bebido ya dos botellas, y quedado tan borracho como nuestro buen padre Noé en circunstancias no del todo parecidas.

Mientras una de las aventureras le vendaba los ojos, la otra le sacaba el paletó, y luego el chaleco, y luego los pantalones, y luego la camisa, y luego... ¡figúreselo el que lea!...

En un abrir y cerrar de ojos le despabilaron enseguida de las alhajas y, sin cuidarse de cubrirle, siquiera por respeto a nosotros, ya que el naturalismo parece ser el principal rasgo peculiar de la escena chinesca, le dejaron sin sentido y maniatado.

Pero este suplicio no debía ser aún suficiente.

Temiendo tal vez que se resfriara y para acostumbrarle, sin duda, desde luego al frío, le arrojaron encima, muy bonitamente y sin desperdiciar gota, una palangana de agua que hizo tiritar visiblemente las carnes secas y medio encascaradas del infeliz chino.

-¿Y eso se hace siempre, así, tan a lo vivo y con la misma verdad? -preguntamos a nuestro intérprete.

-Sí -nos contestó muy formal-, pué, como hace tanto calol, al paisano no le disgusta...

¡Y tenía razón el compare, pues nosotros nos sofocábamos ya, tanto por lo pesado de la atmósfera de la sala, como por la risa que nos acometió en tal acceso, que nos vimos obligados a salir, destornillándonos, camino del cuartel!

Con este último recuerdo llega ya el caso de poner fin a estos apuntes. Revisándolos hoy, he vuelto, por decirlo así, a vivir los días que ellos rememoran.

Así como se ha dicho que la memoria del pasado constituye la nacionalidad de un pueblo, puedo yo decir que el recuerdo de la primera juventud en la existencia de un hombre afirma su nacionalidad al través del tiempo, cualesquiera que sean las vicisitudes del porvenir.

Todo lo bueno, todo lo noble, todo lo grande, cabe dentro de un recuerdo. La gratitud es el recuerdo del beneficio; el amor patrio es el recuerdo del deber. El heroísmo de los hidalgos suele no ser otra cosa que el recuerdo de la tradición evocado en la descendencia, ideal de honra tan propiamente sintetizado en el noblesse oblige de los franceses.

¡Y hasta la esperanza misma -por más que parezca ello paradoja- puede ser hija del recuerdo, cuando se inspira, para lo futuro, en los sanos ejemplos del presente!

En tal virtud, la difusión de este volumen, quizá no resulte del todo estéril...