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El antirretoricismo humanista con la creación del «estilo científico» y con la corriente clasicista -ya arraigada en Francia desde el siglo anterior- que se reforzó con la creación de la Academia que, a partir de 1635, y que realizó un ingente esfuerzo por mantener -y, en su caso, restaurar- postulados supuestamente clásicos.
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Dentro de esta línea de recuperación de la Retórica clásica -en concreto, de la retórica griega- hemos de situar la obra de Fenelon (1651-1715): los Diálogos sobre la elocuencia en general y la de la cátedra en particular, tres libros compuestos en 1670 y publicados tres años después de su muerte (1718) que vuelven su atención a las ideas de Longino.
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Asimismo es destacable la contribución de Pascal quien, en su obra De l'esprit géométrique-también conocida como El arte de persuadir (1664)- defiende que es el pensamiento y no la palabra el que debe determinar el desarrollo del discurso: el lenguaje debe conformarse al pensamiento para ser correcto.
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También los románticos portugueses y luego los positivistas protestaron contra España y contra los efectos de su dominación cultural en la Península Ibérica.
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En este tiempo, contra o junto a ese estilo barroco, nace el llamado «estilo científico», surgido de unos planteamientos más lógicos, cuya base encontramos en el pensamiento de Descartes y de Pascal, en Francia, o de Bacon en Inglaterra, en los que se busca un mayor equilibrio entre el contenido y la expresión de los discursos, una mayor adecuación entre los mensajes que se pretenden transmitir y las fórmulas en las que se trasladan a los oyentes o a los lectores.
Al desarrollo de este «antirretoricismo humanista» contribuye igualmente la creación de una serie de instituciones (l'Académie en Francia, la Royal Society en Inglaterra...) que velan por un uso más correcto de la lengua en todas sus manifestaciones, e intentan recuperar el ideal clásico, propósito que se desarrollaría con mayor amplitud durante el siglo XVIII.
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Dos prestigiosos tratadistas, el padre Caussin y el padre Cressolles, citan frecuentemente en sus obras a Pseudo Longino e identifican el estilo sublime con el estilo elevado.
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En palabras de Fumaroli, su Retórica es «una Retórica de la ampliación universal, enriquecida progresivamente por su mismo desarrollo» (1984: 682).
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Un caso paradigmático lo constituye Italia. En 1623, la proclamación de Urbano VIII como Papa trajo consigo -pese al espíritu de la Contrarreforma- una vuelta a la cultura y al arte profanos, impulsados por un buen número de sabios y de eruditos que, procedentes de todas las cortes europeas, acudieron a Roma a la llamada del nuevo Pontífice.
Las predicaciones se convirtieron en ejemplos de «arte demostrativo» y el género epidíctico -el arte de la alabanza- se dirigió especialmente a exaltar la figura papal. La muestra más representativa de esta tendencia se halla en las Aedes Barberianae (1641), del Conde Teti. Esta obra, ejemplo de ese «género demostrativo» presenta un estilo ampuloso y recargado, en el que no faltan ingeniosos juegos alegóricos.