11
A. Battistini y E. Raimondi, 1984, Le figure della Retorica. Una storia letteraria italiana, Torino, Einaudi, pág. 167.
12
El italiano Giambatista Marino (1569-1625), iniciador del estilo llamado marinismo y llamado acertadamente por Lope de Vega gran pintor de los oídos, disputa a Carrillo de Sotomayor, la prioridad en el culteranismo.
13
Op.cit., págs. 1984: 223.
14
Tanto el asianismo marinista como su adscripción a Séneca quedaría codificados en su obra Idea dell'arguta e ingeniosa elocuzione (1654) que, a partir de 1679, se conocería con le nombre de Cannnochiale aristotélico, tratado retórico de esta corriente sofística italiana en el que se lleva a cabo una total reivindicación del ingenium.
15
Op. cit., pág. 168.
16
Por causas muy diversas (escasez de medios para pagar el profesorado, prestigio social...), los Jesuitas no sólo impartieron sus conocimientos en sus Colegios, sino también muchas universidades españolas (Rico Verdú, 1973: 57 y ss.).
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Otras obras que alcanzaron renombre durante este siglo fueron las de Melchor de la Cerda, Juan Bautista Poza, Novella, Pablo José Arriega, Juan Bautista Escardo y José de la Olzina.
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«Los oradores pagan todos tributo a la línea quebrada, retórica, cargada de lujuriosa vegetación parasitaria» (Herrero García, 1942: 282). También Martí (1972: 288) señala la importancia de la Agudeza... de Gracián en la construcción de sermones: «ofrecía un estímulo muy agradable y la oportunidad de cultivar el estilo que privaba entonces».
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Luis Alfonso de Carballo (¿-1630) y Bartolomé Jiménez Patón (1569-1640). Contienen algunas consideraciones sobre Retórica en las Tablas Poéticas de Francisco Cáscales (1564-1642), si bien sus ideas presentan escasa originalidad (García Berrio, 1988).
Hay un a compilación de cuestiones retóricas ya conocidas en la obra titulada Breves Rhetoricae Institutiones de Francisco Novella (fallecido en 1645).
Jacinto Carlos Quintero ofrece una amplia visión de la oratoria sagrada de su época y una interesante información sobre la teoría retórica de este siglo en su Templo de la Elocuencia (1629). Como normas prácticas para la elaboración del discurso -cuyo fin último es la persuasión- recomienda la sobriedad y la elegancia.
Agustín de Jesús María (muerto hacia 1675), defensor de un conceptismo moderado en el pulpito, en su obra Arete de orar evangélicamente (1648) considera que el fin de la Retórica es llevar la verdad al auditorio ilustrándolo -mejor que persuadiéndolo- con un estilo deleitoso.
Contrario al conceptismo se muestra Francisco Alfonso Covarrubias, en cuyo Instructio Praedicatoris (1650) se apoya en la doctrina de los Santos Padres y en las escrituras, sin tener en cuenta los autores clásicos.
En su obra más destacada, el Cisne de Apolo, Carballo equipara la poesía con la oratoria y aplica a ambas por igual las normas básicas retóricas. A su juicio, la única diferencia existente entre las dos reside en el mayor rigor formal de la poesía (en lo que se refiere a la cuantificación de las sílabas, pies métricos, etc.). Pero tal diferencia no le impide afirmar que las operaciones poéticas son las mismas que las retóricas: «Invención, Disposición, y Locución».
Para Martí (1972: 263), la obra de Carballo es una de las más importantes y personales de todo el Siglo de Oro español: «no sólo es la de mas valor preceptivo para la retórica y para la Poética que produjo la escuela jesuítica, sino además goza de la originalidad de fundir las teorías par ambas formas en una sola teoría de la Estética».
El Mercurio Trimegisto de Jiménez Patón es un tratado de retórica que incluye tres tipos de Elocuencia: la sagrada, la española y la romana. De hecho, reduce la retórica a la Elocución: en su obra define la elocuencia sagrada como «El arte que adorna todo eloquio sacro»; de ahí que su propósito sea conseguir un buen estilo mediante el uso de los tropos y de las figuras. Objetivo fundamental es, también, la claridad del discurso, por lo que se muestra contrario al conceptismo de muchos predicadores de su época.
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Puede situarse su punto de partida en la publicación del Discurso del método de Descartes, en 1637, y su más clara manifestación en la Lógica de Port-Royal (1662).