Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
 

41

Se ha ocupado del personaje con detalle y acierto M. C. Daniels, The Function of Humor in the Spanish Romances of Chivalry, New York & London: Garland Publishing, 1992, pág. 154 y ss.

 

42

Resta también por estudiar los elementos teatrales dispersos por obra, algo sugerido ya por G. Borao, op. cit. pág. 135. Al margen de que algunas aventuras tienen un aire de comedia de enredo basadas en el disfraz, cobran especial relevancia las momerías de las fiestas, esas mascaradas aristocráticas tan asociadas a las justas y torneos como explica E. Asensio, «De los momos cortesanos a los autos caballerescos de Gil Vicente», Estudios portugueses, París: Gulbenkian, 1974, págs. 25-36. Geneste, op. cit. págs. 553-556, edita en apéndice la momería trágica titulada «El difunto de amor», pero hay otras descritas también con cierto detalle, como la de los quince caballeros «guarnidos al traje de los desamorados tártaros» quienes, con un amorcillo lanzallamas, motejan y queman a Cupido (fol. 83r b). Otras, en cambio, sólo se nombran, como sucede con la momería por el desencantamiento de Felisalva (fol. 134v a), con la momería en el castillo de la Duquesa de Rodas donde las doncellas se disfrazan de caballeros y tratan de amores con dueñas y doncellas (fol. 209v a), con las momerías para alegrar a Felisalva (fol. 282v b), con las momerías organizadas por el hada Silvana (fol. 309v b) o con las momerías de Colonia, en las que Galiardo y Clarisel salen al «traje de España» (fol. 314r a).

 

43

Las críticas a la orden caballeresca y a los andantes provienen, como se ha ido viendo en los ejemplos citados, de diferentes flancos, desde el más o menos idealizado mundo pastoril o desde la misma nobleza. La afanosa vida caballeresca se cuestiona y parece estar reñida con la medianía, a juzgar por las palabras del anciano que aconseja a Clarisel su abandono: «y si havedes una medianía con que onestamente pasar la vida, dad a Dios esas armas, esas famas, eso que llamáis gloriosos afanes, que son vanidad y enemigos de el cuerpo y de el alma» (fol. 306v b), aunque reconoce que «si bos y otros sandíos no andubiesen andantes buscando aventuras, los que bivimos en nuestros pueblos poco entenderíamos las cosas del mundo» (fol. 306v b). Esta crítica de la caballería desde desde dentro se inicia ya en las obras de Silva como demuestran F. F. Curto Herrero, Estructura de los libros españoles del caballerías en el siglo XVI, Madrid: Fundación Juan March, 1976, págs. 32-33, y M. C. Daniels, op. cit. pág. 155 y ss.

 

44

El concepto de «sandez de amor» lo estudia en las obras de Silva, M. C. Daniels, op. cit. págs. 160-164. En el Clarisel, Felisalva tacha de sandeces las declaraciones amorosas del doncel no conocido (Clarisel) (fol. 145r a) y de «causa baña y sandía» haberse enamorado del Caballero de las Penas (fol. 150r a). Membrudín llama sandío al Caballero de las Palmas por acometer una «sandez amorosa» como es la defensa del sepulcro de Filinea (fol. 157r a). Así llega a calificar también Clarisel su forzado amor por Altinea: «Sandez, amigo, es mi mal, pues pasa de ser amor. Amar un cavallero a una donçella no es sandez sino virtud y señal de valeroso coraçón. El amor mío, esta pasión que aflije, que me façe agenar de lo que soy y facer lo que no devo, no es el gentil amor que façe loçanos y preçiados los cavalleros» (fol. 302r b).