31
J. B. Avalle-Arce, La novela pastoril española, Madrid: Istmo, 1974, págs. 249 y ss.; P. García Carcedo, La Arcadia en «El Quijote». Originalidad en el tratamiento de los seis episodios pastoriles, Bilbao: Beitia, 1996, págs. 80-81.
32
Los estudia, J. B. Avalle-Arce, ibid. , págs. 35-68; S. Cravens, Feliciano de Silva y los antecedentes de la novela pastoril en sus libros de caballerías, Chapel Hill: Estudios de Hispanófila, 1976; F. López Estrada, «Los pastores en la obra caballeresca de Silva», en Homenaje al profesor Carriazo, III, Sevilla: Universidad de Sevilla, 1973, págs. 155-169; y A. del Río, «Figuras al margen: algunas notas sobre ermitaños, salvajes y pastores en tiempos de Juan del Encina», en Humanismo y literatura en tiempos de Juan del Encina, ed. J. Guijarro Ceballos, Salamanca: Ediciones Universidad, 1999, págs. 147-161, (págs. 159-161). También ensaya en 1564 esta mezcla pastoril-caballeresca Torquemada, como nos enseña M. I. Muguruza, «El pastor en los libros de caballerías: el caso del Olivante de Laura, de Antonio de Torquemada», Cuadernos para Investigación de la Literatura Hispánica, 20 (1995), págs. 197-215, quien ha puesto en conexión la obra de Urrea y la de Torquemada por esa mezcla de prosa y verso connatural a la recreación del ambiente bucólico, pág. 206.
33
G. Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996, pág. 139. A lo largo de la obra, Urrea explota varias veces este viejo motivo revitalizado por el neoplatonismo italiano. En relación con Clarisel, véase, p. e., el diálogo sostenido con la doncella de Prenestina, en el que Clarisel le dice quererse mal por querer a otro bien, a lo que le contesta la doncella: «¿Cómo? ¿Y no sabedes que el amor se convierte en la cosa amada? Pues si por razón de haveros convertido en vuestra señora sois ella, a vos mismo amáis amando a ella.»
(fol. 292v b). Esta conversión amorosa le evita la transformación en animal en la floresta de la maga Silvana, pues «yo tengo, como saves, transformada el alma en aquella reina de la fermosura, señora de mi coraçón»
(fol. 306v b), reflexión jocosa que ofrece una revisión irónica del tema.
34
Gutierre de Cetina, ed. cit., pág. 187. Comenta éste y otros sonetos de Cetina con el mismo motivo G. Serés en su ya citado y excelente trabajo, págs. 156-158, entre ellos aquel en el que «en un bastón de acebo que traía / por sostener el cuerpo trabajado, / Vandalio de su mano había entallado / la imagen que en el alma poseía»
, ed. cit., pág. 80, la imagen de su amada. En el Cancionero General de obras nuevas (Zaragoza, 1554), ed. cit., págs. 173-174, Esteban de Nájera recoge el «Villancico a una partida» de Jerónimo de Urrea, donde el aragonés recrea el mismo motivo, especialmente los versos finales: «Soy vna sombra o hechura/ del que solía ser yo, / la figura de aquel só / sin ser más que sepultura / donde ell alma se enterró»
, pág. 176.
35
El afán por la historia y por las antigüedades que demuestran algunos de sus personajes, antes se ha citado el caso de Deidenida, habla entre líneas de los gustos y aficiones del autor y puede relacionarse con «la pasión por los vetera vestigio del Humanismo, tan afines a la corte de Alfonso el Magnánimo y a la propia tradición aragonesa de los anticuarios, iniciada por el príncipe de la numismática, Antonio Agustín»
, como explica A. Egido, Las caras de la Prudencia y Baltasar Gracián, Madrid: Castalia, 2000, pág. 118. Los condes de Aranda, en Épila, y en concreto la biblioteca de su descendiente Jiménez de Urrea, ilustran estos afanes humanísticos.
36
Para éste y otros episodios mitológicos, véanse P. Geneste, op. cit. pág. 484-491, y M.ª Carmen Marín, «Metamorfosis caballeresca de Píramo y Tisbe en el Clarisel de la Flores de Jerónimo de Urrea», en Literatura de caballerías y orígenes de la novela, ed. R. Beltrán, Valencia: Universitat de València. 1998, págs. 289-307.
37
El amante transformado en la amada ve su imagen en las aguas, la dicha a la que ansia la Esposa en los versos del Cántico espiritual: «¡Oh christalina fuente, / si en esos tus semblantes plateados / formases de repente, / los ojos deseados / que tengo en mis entrañas dibuxados»
, San Juan de la Cruz, Poesía, ed. D. Ynduráin, Madrid: Cátedra, 1988, pág. 251. Para otros ejemplos del reflejo en la fuente del amante transformado en la persona amada, véase G. Seres, op. cit. pág. 215 y ss.
38
G. Borao, op. cit. págs. 123-124; M. Chevalier, op. cit. págs. 262-263; M. Menéndez Pelayo, op. cit.. I, pág. 434; Geneste, op. cit. págs. 472-482, quien recuerda que, junto con Ortúñez de Calahorra y su Espejo de príncipes y caballeros, Urrea es el primero en fusionar la materia ariostesca con la española, armonizando la diferencia de espíritu y de tono, pág. 472. Es preciso, sin embargo, estudiar igualmente la influencia de los primeros libros de caballerías españoles en la obra de Ariosto para determinar con mayor precisión todas estas deudas.
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Para el tema en la serie amadisiana, véase, A. Taufer, «The Only Good Amazon is a Converted Amazon: The Woman Warrior and Christianity in the Amadís Cycle»; en Playing with Genre. A Renaissance Pursuit, eds. J. R. Brink, M. C. Horowitz y A. P. Coudert, Urbana and Chicago: University of Illinois Press, 1991, págs. 35-51; E. J. Sales Dasí, «California, las amazonas y la tradición troyana», Revista de Literatura Medieval, 10 (1998), págs. 147-167; M. I. Romero Tabares, La mujer casada y la amazona. Un modelo femenino renacentista en la obra de Pedro de Luján, Sevilla: Universidad de Sevilla, 1998. Para el cruce con la doncella guerrera, M.ª C. Marín, «Aproximación al tema de la virgo bellatrix en los libros de caballerías españoles», Criticón, 45(1989), págs. 81-94.
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He comentado esta aventura junto con otros aspectos del humor en el primer libro en «El humor en el Clarisel de las Flores de Jerónimo de Urrea», en Libros de caballerías (de «Amadís» al «Quijote»). Poética, lectura, representación e identidad, Congreso Internacional (Salamanca, 4-6 de junio de 2001), en prensa.