Cine del 74
Sergio Ramírez
Desde todas las bandas llegó cine a Europa durante 1974; se vio pornografía de lujo -a la Deep Throat, a la Enmanuelle de Jaeckin- se vio cine de underground ya institucionalizado por las poderosas distribuidoras -así En nombre del pueblo del alemán Ottocar Runze, del llamado Knastkino- se vieron parodias monumentales como el Gran Gatsby que impuso la línea blanca en la moda, incluyendo las cacerolas teflón, se vieron jamesbonds de nuevas caras frente a un Sean Connery envejecido y fracasos sangrientos como el Trío infernal, Michele Picolli y Rommy Schneider en salsa de cadáver y los spaghettis de Sergio Leoni marcados por la música de Moriconni entre bala y bala. De esta variada avalancha rescato una lista de diez, no los mejores diez que llegaron a Berlín en el curso del año, sino mis mejores diez porque solo apuesto aquí a mi gusto personal:
Gritos y susurros de Ingmar Bergman (Suecia, 1974)
Presentada por la televisión alemana, se queda en la cúspide de esta selección. Es quizá el examen más descarnado y profundo de la condición humana intentado en el arte en las últimas décadas.
Papermoon de Peter Bogdanovich (USA, 1973)
Bogdanovich (El baile de ilusiones, La última película) es ya el maestro de la nostalgia en el cine norteamericano; pero además de nostalgia esta película tiene la gracia suficiente para contar sus trampas sentimentales, la relación entre un traficante de biblias (Ryan O'Neal) y su contraparte en la vida errante, una niña (Tatum O'Neal).
The Conversation de Francia Ford Coppola (USA, 1973)
Aunque no avalado pero sí afamado por El padrino, Ford Coppola no atrajo público para este ensayo de decir algo distinto a su fama, donde entran en juego otro tipo de gánsteres: los del affair Watergate.
Effie Briest de Reiner Werner (Alemania Federal, 1973)
De la novela de Teodoro Fontane del mismo nombre, se han hecho no menos de cuatro filmaciones. Ésta, gana. Por su limpio juego de imágenes, por su sobriedad romántica, es el clásico de un clásico.
Lacombe Lucien de Louis Malle (Francia, 1973)
Fueron necesarias tres décadas después de concluida la II Guerra Mundial, para una revisión del mito del héroe francés antifascista: rechazado por la resistencia, un joven campesino entra a colaborar con las fuerzas de ocupación. Así se relata este drama que ha levantado una ola crítica.
La Mamam et la Putain de Jean Eustache (Francia, 1972)
Partiendo de una revisión total de los tiempos cinematográficos para hacer un nuevo ajuste a la realidad (larga, inútiles conversaciones, caminatas, discos escuchados en su duración verdadera) esta película hace una nueva marca y comienza ya a crear escuela, para no hablar de la sórdida magia de su trama, un juego de tres (Jean Paul Léaud y las dos muchachas del triángulo, Francoise Lebrun, Bernardine Lafont), un rito de cuerpos al amanecer, de despedidas y desencuentros finales.
La paloma de Daniel Schmid (Suiza, 1973)
Schmid, el mejor de los directores suizos contemporáneos (Esta noche o nunca), hace del melodrama extremo -o súper melodrama- una obra maestra de barroco sentimental con La paloma. Perfume de nostalgia en sus decorados de art noveau, sentimiento de agonía. La paloma (Ingrid Caven) queda fija aquí como fetiche erótico a través del modelaje en las manos de Schmid, como Marlene Dietrich en las de Sternberg, como Greta Garbo en las de Stiller.
La tierra prometida de Miguel Littin (Chile, 1973)
Presentada en el Festival de Cine Joven de Berlín en mayo de 1974, esta película anuncia al nuevo cine latinoamericano que comienza a recrear los territorios de la fantasía popular, de su épica guerrera y anónima: la rebelión de campesinos encabezada en 1930 por José Durán, su efímero gobierno de un lejano distrito, la marcha de su tropa por la nieve, la búsqueda de una tierra prometida. Un hermoso despliegue de fantasía con agarres terrenos.
Die Legende von Paul und Paula de Heiner Carow (República Democrática Alemana, 1973)
El reclamo de una simple pareja de jóvenes por la felicidad (Angélica Domröse, Winfried Glatzeder). Y vale porque se cuenta además, con la mejor de las ironías.
Amarcord de Federico Fellini (Italia, 1973)
No con otro film podría cerrarse esta lista, del cual ya se ha hablado anteriormente en artículo aparte. Como en un caleidoscopio encantado, infinita alternación, sucesión, explosión de imágenes, fiesta de recuerdos iluminados.
Berlín, diciembre de 1974.