Chema López Valdizón, «La vida rota»
Sergio Ramírez
De Chema López Valdizón (1929-1975) recuerdo ahora los gestos de predicador, de humilde maestro rural, al pasearse por el estrecho espacio de mi cuarto en el Hotel Panamericano de la ciudad de Guatemala una tarde en marzo de 1967, hablando entre otras cosas de sus días de exilio en México (pero ahora se me confunden sus anécdotas de desterrado, porque a tantos guatemaltecos he oído hablar de lo mismo, vendedores de lotería, de máquinas de coser de puerta en puerta, de fotógrafos ambulantes). Mínima su figura, los zapatos empolvados, dando majestad a su atuendo con una larga corbata que le colgaba debajo de la hebilla de la faja, pasando de un tema de conversación a otro, sin transición, (pero a eso también me he habituado, a las largas, desconcertadas y desconcertantes pláticas centroamericanas en los cuartos de hotel, en las cafeterías, donde a distintas voces se habla de todo a la vez). Y fuera del tema eterno del exilio, ya no recuerdo de qué otros hablaba, Chema López Valdizón, bracero, buhonero, artesano metido a profesor de escuela primaria, escritor de cuentos, el registro monocorde de chapín de la Baja Verapaz en su voz.
Tenía un extraño automóvil fabricado por él mismo, de piezas viejas recogidas en distintos lugares, y al que nadie osaba subirse, porque además del riesgo de que el armatoste se destratara a medio viaje, él conducía por la libre, quitando las manos del volante para gesticular, y si llevaba pasajeros atrás, volviéndose enfáticamente hacia ellos. Ese día me dejó sano y salvo en la Universidad, quedamos de vernos luego, otro día, en otro viaje mío, alguna vez. Pero en futuras ocasiones ya no volvió a presentarse al hotel, algún recado telefónico, el saludo a través de algún amigo; pero nunca volví a saber por dónde andaba, su dirección perdida en algún folder viejo con los años, ya nunca más, hasta ahora, cuando leo que lo secuestraron en media calle, que desaparecido hace días nadie sabe más de él. Una noticia de segunda página, la protesta de algún grupo, ya amortiguada por la frecuencia con que tales cosas suceden. Lo asesinaron, seguramente, al más humilde de los revolucionarios. Y ahora, se prepara su cadáver para el olvido.
De los narradores guatemaltecos que aparecen a finales de la década de 1940, y que se obligan a buscar algo distinto que decir para librarse de la marca vernácula establecida por Flavio Herrera y Carlos Wyld Ospina -para no hablar de Miguel Ángel Asturias, de quien acababa de aparecer Hombres de maíz -Chema López Valdizón es junto con Ricardo Estrada, mayor que él en edad, quien con mejor propiedad afirma esta ruptura. Buena prueba de ello es su libro de cuentos La vida rota, quizás lo mejor de su obra, que recibió en el año de 1960 el premio «Casa de las Américas» en La Habana. Los temas regionales guatemaltecos son sometidos aquí, no ya al dominio del medio, sino al de los personajes; el lenguaje se aparta del entrevero pintoresco y se da en un nivel muy coloquial, pero a la vez mágico. Como en Rulfo, los protagonistas cuentan en primera persona, desde dentro de ellos, y tal tratamiento concede al relato una mayor profundidad, e individualidad. Indios pobres, mendigos, dementes, que hablan por la Guatemala de los caminos rurales y los poblados en abandono, y que hablan por boca del autor, que ejecuta el trasiego, matizándolo.
Había vuelto de México donde se publicó, después de la edición cubana, La vida rota en 1961, y donde también abrió una tercera época de la mítica Revista de Guatemala, volviendo a Guatemala donde, como a sus personajes, le esperaba un destino obscuro e incierto. Estaba seguramente en una vieja lista, de esas resudadas en manos de los mismos de siempre, y le llegó a Chema López Valdizón, humilde e inocente, su turno, no solo de ser asesinado, sino también de caer en el olvido.
Que en algo lo rescaten estas líneas dolidas por su muerte, a un cuentista de Rabinal, artesano y maestro rural, caído a los cuarenta y cinco años de su edad.
San José, agosto de 1975.