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Chávez hasta en la sopa

Sergio Ramírez





«Detrás de un Mitsubishi hay gente comprometida», reza el lema del anuncio de página entera donde un ejército de técnicos sonrientes, vistiendo sus uniformes de faena, custodia un deslumbrante modelo Lancer. Hay decenas de avisos full color en los diarios, que ofrecen toda suerte de extravagancias para el consumo como en cualquier país donde la clase media cultiva su avidez por las mercancías y rebosa de dinero plástico en el bolsillo.

Pero ésta es Venezuela, donde bajo la égida del presidente Hugo Chávez la Asamblea Nacional vota a toda máquina una reforma constitucional que pretende crear un modelo socialista. En la primera página de uno de esos mismos diarios, la foto principal es la de una mujer del pueblo, chavista a muerte, que delante de un cordón de policías antimotines prende fuego a una camiseta morada en la que se lee «Leer para decidir», arrebatada a alguno de los manifestantes que adversan las reformas y piden tiempo para que sean estudiadas por la población.

La palabra compromiso, igual que la palabra revolución, pertenecen al léxico sagrado de Chávez y su entorno de poder; y el anuncio del Lancer, un poco socarronamente, enlaza el tipo de compromiso a que se atiene la legión uniformada que custodia el vehículo: «comprometidos con tu seguridad, con la innovación y el progreso». Un compromiso más que rentable. Para las compañías que venden autos, Venezuela es una fiesta. Hay colas de hasta seis meses en espera de poder recibir el modelo reservado, y los Mercedes, los Jaguar y los Hummers gozan aquí del mejor mercado del mundo. Y una fiesta para los cirujanos plásticos. Una muchacha suele recibir como regalo de sus padres, al cumplir los quince años, un lift de los senos.

La gente que puede tiene tanta plata en las manos que el financiamiento de las tarjetas de crédito ha aumentado desde el año 2004 en 582%, otra fiesta, esta vez para los bancos que de esta manera colocan el dinero a tasas del 30% y más, mientras los préstamos para otros sectores, como vivienda y pequeñas y medianas empresas, dejan de ser atractivos como negocio porque el gobierno ha impuesto tasas de «piso y techo».

Pero también el consumidor de la clase E, la categoría de abajo donde está el 60% de la población, ha visto aumentados sus ingresos en un 160% en los últimos cuatro años. Hay tanto dinero en la calle, una abundancia provocada en gran parte por el enorme crecimiento del gasto público, que el Ministerio de Finanzas drena el exceso de liquidez con una emisión de bonos por 10 billones de bolívares (2 mil bolívares por un dólar, al precio oficial). Una liquidez que dispara el consumo, y dispara el precio del dólar en el mercado negro, que ahora se cotiza a tres veces su valor.

La espiral de la abundancia no deja de ser un espejismo, y no pocos economistas del país ven el disparo ascendente de los precios del petróleo como una maldición. El gobierno gasta a dos manos. Con una mano prodiga el presupuesto oficial, que siempre está creciendo, y con la otra los recursos paralelos que van a los programas sociales de Chávez, sobre todo a las famosas Misiones destinadas a aliviar las condiciones de vida de los más pobres, llevando sobre todo salud y educación a las barriadas.

A más recursos petroleros, mayor gasto, y más bolívares en circulación. Y aunque en los últimos tres años las ventas de petróleo representan 167 mil millones de dólares, sólo el año pasado el hueco del déficit en el gasto público fue de 5.8 billones de bolívares. Este ciclo perverso no es extraño a la historia de Venezuela. Víctor Salmerón, analista financiero del diario El Universal, dice que «cuando el precio del barril registra un salto estelar una enorme cantidad de divisas ingresa. Esto tiende a incrementar el valor de la moneda, las importaciones se abaratan, y sectores como la agricultura y la manufactura pierden competitividad». Pero un amigo del mundo académico me ha dicho también que, desde siempre, la corrupción crece en la misma proporción que crece el ingreso petrolero, de manera que el país nunca sale ganando con el incremento de los precios del crudo.

Desde el año 2004 las importaciones, donde van enlistados desde alimentos básicos y medicinas genéricas a automóviles de lujo, joyas y perfumes, se han incrementado en un 190%, mientras que la industria y la agricultura se han quedado por debajo de los demás sectores de la economía, que crece sobre todo gracias al consumo; pero la producción insuficiente para atender la demanda, a su vez hace crecer la inflación, que este año alcanzará el 15%, la más alta del continente. A más consumo, mayor inflación.

Y crece la escasez de los bienes de consumo básico, que faltan en los estantes de los supermercados porque tienen más demanda habiendo tanto circulante en la calle, o porque el gobierno ha puesto precios topes a los productores y a los detallistas, o porque hay especulación y acaparamiento según el alegato oficial. La gente se queja de que debe ir de la seca a la meca para poder abastecerse, lo que significa la pérdida de muchas horas útiles. Faltan la leche y el azúcar, además de los frijoles, productos que cuesta encontrar aún en los Mercal, los centros de abastecimiento creados por Chávez para vender productos de primera necesidad a precios subsidiados.

Y como sucede siempre con las tiendas bajo control estatal, hay acusaciones de corrupción contra los administradores de los Mercal, de mal manejo de las importaciones de alimentos, gran parte de los cuales llega ahora desde Brasil, y de filtración de inventarios por la frontera hacia Colombia, «una madeja de complicidades que tiene que ver con cooperativas, mantenimiento de camiones, distribución», según un dirigente sindical chavista, Antonio Chirinos.

El control de precios, que distorsiona el mercado de los alimentos, es parte de la filosofía justiciera del gobierno, y se aplica también a los servicios médicos privados y a los medicamentos. Chávez ha calificado de «insensatos y criminales» los costos de las medicinas, y ha advertido que si las clínicas no atienden las tablas de precios decretada para los 20 procedimientos quirúrgicos más frecuentes «...viene la roja rojita y los voy a esperar en la bajadita...». Los médicos de esas clínicas, reacios al control, alegan que el gobierno debería más bien ocuparse de los déficits sociales de la salud pública, pues faltan unas 40 mil camas de hospital, si se toma en cuenta la norma de la Organización Mundial de la Salud, que señala una media de 3 a 4 camas por cada mil habitantes. Y faltan también en los hospitales materiales quirúrgicos y medicamentos básicos, según el mismo alegato.

Uno puede imaginar a Venezuela de dos maneras: como en la historia del rey Midas, que todo lo que tocaba lo convertía en oro, aún los alimentos que se llevaba a la boca, de modo que se moría de hambre; o como el glorioso país de Jauja, donde corren por los prados ríos de miel y de vino, llueven del cielo longanizas y jamones, abundan los patos y las ánades que vuelan ya cocinados para posarse en las mesas, y no se necesita ni arar ni aserrar.

De acuerdo a la reforma constitucional que una vez aprobada será sometida a referéndum, la jornada laboral será reducida de 44 a 36 horas, en una aplicación escalonada que empezará con los trabajadores del estado en enero del 2008, y llegará a su totalidad en el 2010; la filosofía que trasluce desde el fondo de la benéfica intención, es que en un país tan rico en recursos, y donde el petróleo seguirá siendo el maná divino por los próximos 200 años, según calcula el presidente Chávez la duración de las reservas del subsuelo, no hay que esforzarse tanto.

Pero este sentimiento tampoco es nuevo, ni consecuencia de la filosofía de Chávez, que lo único que ha hecho es exacerbarlo frente al alza inusitada de los precios del petróleo, ahora en la temible frontera de los 100 dólares por barril. El síndrome del país bendecido por la gracia divina siempre ha estado allí, al punto que el escritor Arturo Uslar Pietri llamó una vez a sus conciudadanos a dedicarse «a sembrar el petróleo», en lugar de gastarlo sin reflexión.

Y que el petróleo cueste hoy en día tanto no depende del azar, sino, en primer lugar, de una de exitosa estrategia que Chávez se empeñó en orquestar desde su subida al poder en 1998: revivir a la OPEP, el organismo formado por los países productores de petróleo, y darle su papel de cartel internacional para determinar los precios del crudo en el mundo. La guerra de Irak y la voracidad de China en tragar petróleo han contribuido al alza, pero es un tanto que nadie puede quitarle a Chávez.

El dinero producido por el petróleo viene a ser como una lluvia de la que todos se mojan necesariamente, pero de acuerdo a las premisas socialistas del gobierno, los más pobres deben mojarse más. Es la razón de la existencia de las Misiones, que ahora tendrán rango en la Constitución Política de acuerdo a las reformas. Las Misiones han costado más de 30 billones de bolívares desde el año 2003, y en el presupuesto del año 2008 tienen asignados 3.5 billones, con un incremento del 70% desde el año pasado.

Las Misiones Robinson I y II, bautizadas en homenaje al maestro de Bolívar, Simón Rodríguez, que usó el nombre Robinson como seudónimo durante la lucha por la independencia, están destinadas a ofrecer alternativas informales de educación a los adultos que no tuvieron oportunidad de asistir a la escuela de manera formal. Atienden a 3 millones de personas, y el costo por alumno es de mil dólares, mientras el costo por estudiante de una escuela básica es de 89 dólares, según un estudio del experto Mariano Herrera.

No hay duda que se trata de un número impresionante de estudiantes, cerca de un 20 por ciento de la población adulta del país, personas que antes no tenían ni cédula de identidad porque no siquiera estaban censadas, parte de esa masa sin rostro de los estratos más pobres y marginados, los de «barrio adentro», como se llama la misión de salud organizada por Chávez para ellos. Pero las críticas de los expertos en educación se ciernen sobre las misiones educativas en cuanto a su eficacia, y su calidad. Caras, y malas. Muchos van, se alega, porque se les paga una beca o subsidio por asistir, pero no con la intención de estudiar. El ex presidente de la Comisión de Educación de la Asamblea Nacional, José Luis Farías, ahora adverso a Chávez, dice que «la gente se fastidia de procesos pedagógicos anacrónicos, además del desorden y la corrupción».

Para quienes adversan las Misiones, se trata de una operación de clientelismo político, sin calidad pedagógica. «Un estudiante recibe 15 horas académica semanales, pero sin profesor ni materiales, mientras un estudiante del sistema formal tendrá 40 horas», alega Farías. En lugar de profesores, hay facilitadores que apenas han recibido un breve curso de adiestramiento, y no están sujetos a supervisión, ni a evaluación.

Las universidades del estado, que se rigen en Venezuela de manera autónoma, como en toda América Latina, entran también en el paquete de reformas constitucionales, y, para empezar, quedará abolido el sistema de admisión selectiva de los estudiantes, lo que presupone una medida democrática, aunque los rectores lo ven como un atentado a la calidad de la enseñanza. La reforma establece además que para elegir a las autoridades académicas votarán los profesores, los estudiantes, los empleados y los obreros de cada centro, una disposición que, según la rectora de la Universidad de Carabobo, María Luisa Aguilar de Maldonado, consumará el control político de unas entidades que hasta ahora han sido reductos antichavistas.

La Constitución dará un vuelco al sistema institucional y marcará un rumbo diferente a la sociedad, con nuevos conceptos en cuanto a la propiedad privada, y los límites a las inversiones extranjeras. Pero sobre todo, afirma los mecanismos de centralización del poder. Quita a los estados y municipios facultades que pasan a manos de la presidencia, y a la vez crea un nuevo estamento de Poder Popular, paralelo a los otros poderes del estado, que ya incluyen un «Poder Moral». El Poder Popular, dice el nuevo artículo 136 de la Constitución «no nace del sufragio ni de elección alguna, sino de la condición de los grupos humanos organizados como base de población».

Pero la perla de las reformas es la potestad que Chávez tendrá de reelegirse continuamente en la presidencia, son ningún límite. Mientras tanto, su Partido Socialista Unido de Venezuela, actuará como «una gran maquinaria que vaya mas allá de la mecánica electoral, para que desempeñe funciones políticas, organizativas, ideológicas...» según el propio Chávez.

Aunque las firmas encuestadoras, entre ellas Interlaces, muestran que el referéndum a que las reformas deben ser sometidas sería adverso a Chávez, muy pocos creen en Venezuela que vaya a perderlo. Tiene el control absoluto del órgano electoral, como tiene el control de los demás poderes del estado, y los índices de abstención han venido creciendo. Un amigo que viaja conmigo a Valencia para la Feria del Libro, me dice que la apatía ha terminado por sentar sus reales frente a la idea de la imposibilidad de salir de Chávez, que tiene todo en un puño; pero él mismo reflexiona y me dice que no todo, en verdad.

En un pronunciamiento reciente en contra de las reformas constitucionales, la Conferencia Episcopal expresa que «la reforma vulnera los derechos fundamentales del sistema democrático y de la persona, poniendo en peligro la libertad y la convivencia social, y la consideramos moralmente inaceptable». Los obispos católicos nunca se han entendido con Chávez, a quien acusan de «secuestrar el lenguaje de Dios», y él, a su vez, los acusa de tener al diablo debajo de la sotana.

Del otro lado están también los empresarios, asociados en Fedecámaras, entidad que respaldó abiertamente el golpe de estado contra Chávez en 2002, y están los medios de comunicación tradicionales, aunque Chávez se ha cuidado de venir creando una extensa red alternativa de radios y televisoras comunales. Tras el episodio de la cancelación de la señal de la RCTV este año, las reformas constitucionales establecen que en tiempos de suspensión de garantías el estado tiene la facultad de censurar a los medios, sobre los que pesan ya la Ley de Responsabilidad Social, y las reformas al Código Penal que los hace solidarios con el delito de difamación. Y están las universidades, y los estudiantes que han salido a las calles a protestar contra las reformas.

La oposición a Chávez sigue siendo, sobre todo, un asunto de la clase media silenciosa, que no tiene expresión en partido políticos fuertes. Los partidos tradicionales, Acción Democrática (socialdemócrata) y COPEI (socialcristiano), que tuvieron el monopolio compartido del poder desde 1958, tras la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, fueron dinamitados por el fenómeno del chavismo, y no hay fuerzas emergentes capaces de penetrar en los estratos populares.

Pero la sociedad venezolana sigue polarizada de arriba abajo. Todos aquellos con los que me tocó hablar esta vez, universitarios, estudiantes, intelectuales, periodistas, choferes, empleados de hoteles y centros comerciales, meseros de restaurantes, viven una división dentro de sus familias, unos con Chávez, otros en contra. No hay lugar para posiciones intermedias, o desapasionadas, tanto como fue la situación en Nicaragua en la década de los ochenta, para el tiempo de la revolución sandinista, salvo que entonces la polarización se manifestó en la guerra en la que hermanos de sangre peleaban entre sí, la que no es, dichosamente, la situación aquí.

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Chávez hasta en la sopa. Una semana en Venezuela, metido en conversaciones diarias que siempre van a dar al tema de Chávez, me ha ayudado a dilucidar no pocos temas. Pero el sustento me lo ha dado Hugo Chávez sin uniforme, el libro escrito por Cristina Marcano y Alberto Barrera, con el que he vuelto a encontrarme, para mi ventaja.

En el aeropuerto de Maracaibo he comprado un ejemplar de la edición venezolana que lleva ya vendidos 15000 ejemplares, una cifra notable para los cánones locales, y me he propuesto que su relectura acompañe mi visita, una manera ideal de hacer comparaciones y comprobaciones en base a un libro que me sedujo cuando lo leí por primera vez en el 2005, año en que también tuve la oportunidad de conocer a sus autores con motivo del Hay Festival celebrado en Cartagena de Indias.

El libro va sobre dos vertientes que se alternan de manera atractiva en el relato. En una se cuenta la historia política de Chávez y las circunstancias históricas que han rodeado su ascenso y su permanencia en el poder, en medio de diversos avatares, viniendo como viene de un golpe de estado que orquestó en 1992 contra el presidente Carlos Andrés Pérez, y que fracasó, y habiendo sobrevivido a otro golpe de estado en el 2002, diez años después, porque también éste fracasó.

A lo largo de esa década, entre dos golpes de estado, la historia moderna de Venezuela sufrió profundas modificaciones de la mano de Chávez, las que el libro explora en sus diversas facetas, y explora también las consecuencias del fracaso del golpe contra Chávez, aún vigentes. Pero aún cuando en sus páginas hallamos referencias que vienen a ser imprescindibles para moverse por los meandros de la realidad venezolana, la situación es siempre de permanentes cambios, y la dinámica de los acontecimientos arrasa con las previsiones y las predicciones, con lo que cualquier relato histórico, por acucioso y bien documentado que sea, se vuelve provisional.

Hoy, las reformas constitucionales han venido a corregir de manera dramática el panorama descrito por el libro, por mucho que en sus páginas pueda intuirse que Chávez apuntaba desde el principio hacia una escalada en la que, valiéndose de las instituciones, se dispone a buscar siempre más poder, y a asegurar espacios concebidos como irreversibles para su proyecto de socialismo del siglo XXI. Los análisis son todo el tiempo correctos, pero necesariamente insuficientes. Un libro de esta naturaleza tiene un siguiente capítulo siempre abierto.

Donde el libro no tiene provisionalidad, es al establecer los elementos que conforman la compleja personalidad de Chávez, a partir del rastreo de su vida, y al entrar en su intimidad a través de muy diversos testimonios que van tejiéndose para componer una biografía contada a dos voces cantantes, pero que lleva en el fondo un coro de sustento. Y si el Chávez definitivo puede ser indescifrable, y lo que se abren son más preguntas antes las respuestas obtenidas, la ruta que los autores siguen es fascinante, y uno termina por hallar lo que busca, al arquetipo del caudillo latinoamericano de todos los tiempos que ha ascendido desde los estratos más humildes, y luchando con devoción mesiánica, fija la mente en la idea de poder, logra alzarse por fin con el premio mayor.

Para buscar al Chávez verdadero, al fin y al cabo siempre escurridizo, hay que pelar todas las capas de la cebolla, como lo hacen los autores del libro, una investigación de múltiples fuentes, y testimonios de amigos y enemigos, más de 60 entrevistas, desde luego que en la propia personalidad de Chávez no caben las tibiezas en las relaciones personales, sino las amistades o las enemistades a muerte, la traición o la obediencia.

El hallazgo del libro que más seduce es el del Chávez que se inventa a sí mismo hacia atrás, reconstruyéndose como personaje histórico de acuerdo a sus propias necesidades, todo un alarde de invención que penetra su propia biografía y la moldea y modula como lo haría un novelista que toma ventaja de sus recuerdos y de sus vivencias, sin respetar la veracidad. Chávez ha inventado su propio mito -de niño en el humilde poblado de Sabaneta, donde nació, no quería ser Supermán, sino Bolívar-. Además, dice Barrera en una reciente entrevista al suplemento Domingo del diario La Prensa de Managua, Chávez es autoreferencial. Todo el tiempo habla de sí mismo, «y se va construyendo como el personaje de una saga heroica. Es natural que revise su infancia y la quiera recuperar de otra manera». La manera que conviene a su permanente puesta en escena.

Es Chávez inventado por Chávez, el héroe de un culebrón político, el que queda expuesto en Chávez sin uniforme. Y él mismo, afirma Barrera en la entrevista citada, es el director de la telenovela, se dirige a sí mismo frente a las cámaras. Y puede convertir sus fracasos en victorias, gracias a su poder mediático, algo de lo que se haya consciente, y trabaja sobre ese libreto. «Sabe detectar rápidamente la realidad de una serie de cosas y reelaborarlas, reinterpretarlas y devolvérselas a la gente de otra manera».

«Chávez que es una emoción, una emoción mediática, transmite verdad», agrega Barrera, «te mira a los ojos por la cámara y además no tiene pudor en hacerte una campaña y decirte "te amo", "amor con amor se paga". ¿Cuándo la cursilería invadió la política de tal manera? Nunca». Es el Chávez cursi o insolente, melodramático o airado, provocador o enternecido, el que canta a capella o endilga una parrafada retórica.

Es el líder supremo tradicional que busca acomodar todo a su propio proyecto único, y se vale antes de nada del atractivo de su personalidad. Toca los registros claves del alma popular, se identifica con los de abajo como uno más de ellos, se hace cargo de sus aspiraciones y ansiedades, y también de sus fobias y sus resentimientos, metiéndose de cabeza en sus actitudes y creencias, lo mismo que en su lenguaje, al que sabe copiar en sus matices, aún los del irrespeto y la grosería. Y se vale, con igual ventaja, de las debilidades de sus adversarios, y de la subestimación de que desde el principio lo hicieron objeto, creyendo que podrían manipularlo. En Hugo Chávez sin uniforme, tenemos un estupendo retrato hablado.

Parecerá cursi en los estratos intelectuales cuando canta joropos con voz desafinada frente a las cámaras de televisión, o despreciable cuando insulta con lenguaje soez, pero frente al sentimiento popular es el héroe de telenovela que de pobre pasó a poderoso, no importa que ahora use trajes cortados a la medida y relojes Cartier. Un día todos serán como él, como la empleada doméstica que en las telenovelas se casará con el patrón millonario y vivirán felices. Un asunto de esperanzas avivadas por la mano dadivosa que regala de todo, becas, subsidios, medicamentos, materiales de construcción. El taumaturgo que devuelve la vista a través de la «Operación Milagro».

Es la magia del populismo benefactor, del que fue maestra Eva Perón, quien a través de la fundación que llevaba su nombre dio a la caridad un rango de estado, repartiendo desde muñecas en Navidades para las niñas hijas de los «cabecitas negras», a viviendas populares, camas, estufas, máquinas de coser, sillas de ruedas, órdenes de atención médica en los hospitales públicos, y lo mismo becas de estudio, no importaba que vistiera de pieles y se adorna con joyas de Tifanny.

Ese vínculo entre el caudillo y los pobres que reciben dádivas, y que ven en él una expresión de la divinidad, se vuelve más duradero y resistente de lo que sus adversarios políticos quieren aceptar, no en balde las imágenes de los caudillos terminan enfloradas y alumbradas por velas igual que las de los santos. El peronismo, muerto hace años el general Perón, y muerta aún antes Eva Perón, sigue siendo un factor decisivo de poder en Argentina. Más de medio siglo después que Evita «entró en la inmortalidad», Cristina de Kirchner, la nueva presidenta, arrastra a las masas emulándola.

Todo esto sirve para concluir que el chavismo no es un fenómeno circunstancial, sino que resultó de una crisis terminal del sistema político venezolano, cubrió vacíos, y aprovechó oportunidades, la más importante de ellas la recurrencia viciosa de las sociedades latinoamericanas a las figuras mesiánicas que no tardan en erigirse en caudillos, fruto, como son, de las persistentes condiciones rurales de esas sociedades, por mucho que se disfracen de modernas. Y lo rural es sobre todo una cultura que habita por igual en las haciendas remotas y en los rascacielos.

Esta figura del nuevo caudillo de sustrato rural de la postmodernidad latinoamericana que Marcano y Barrera penetran y describen con esmero, avanza ahora hacia una nueva etapa de su proyecto de poder, más allá de las convenciones tradicionales del sistema democrático, dueño de un plan muy meditado por muy extravagantes que su discurso y sus acciones puedan parecer. A su disposición una fortuna inconmensurable, puede comportarse como nuevo rico, algo que calza en la cultura de masas dentro del espíritu de esperanzas que despiertan las telenovelas. Un nuevo rico pródigo.

Sus extravagancias, que empiezan por su autoproclamado papel de heredero de Bolívar, alcanzan el plano político internacional, como su abrupta declaración de intervenir militarmente en Bolivia: «si la oligarquía boliviana lograra derrocar a Evo, los venezolanos no vamos a quedarnos con los brazos cruzados... van a despertar un Vietnam de ametralladoras...».

La devoción a Cuba, y la admiración hacia Fidel Castro, aparece documentada en el libro, pero la intimidad de esas relaciones ha venido alcanzando ahora su clímax. A su intención declarada de unir a Cuba y Venezuela bajo una sola soberanía, algo que podemos fijar en la distancia romántica, precede un cuantioso programa de apoyo financiero, petrolero y económico, que pasa más recientemente por la constitución de una compañía mixta que instalará un cable submarino entre la Guaira y Siboney, para manejar el tráfico de datos y voz de Internet con autonomía de la red continental que converge en Miami.

Independencia de Estados Unidos en cuanto al manejo de redes tecnológicas de comunicación. Una televisora mundial como CNN, tal como intenta desde Telesur. Un banco que sustituya al BID y al Banco Mundial, para lo que está promoviendo la creación del Banco del Sur. Una Alianza Bolivariana, el ALBA, en lugar de los tratados de libre comercio con Estados Unidos. Los componentes de un ambicioso programa de alternativas soberanas movidas por una voluntad mesiánica, y por el petróleo. Todo esto, también, está expuesto en Chávez sin uniforme, pero los telones siguen moviéndose para hacer más nutrido el paisaje. Y entre los acontecimientos nuevos se haya también el que Chávez arme a Venezuela como una superpotencial militar.

Muchos auguran una Venezuela como Cuba, algo que entra en la discusión de todos los días. Chávez será como Fidel Castro, una sola cabeza autoritaria que se reelige incesantemente hasta la vejez, y tiene el control de los poderes del estado en una sola mano, y el control de un partido primero hegemónico, y luego único, con lo que la economía de mercado, y el pluralismo político llegarían desaparecer; y, como consecuencia, cero tolerancia y por tanto, cero libertad de expresión. Es lo que uno escucha uno decir a cada rato, y las reformas constitucionales dan pie a estos presagios.

Y en Hugo Chávez sin uniforme uno puede ver el hilo conductor de un proyecto semejante, metido en la cabeza de Chávez desde sus tiempos de aprendiz precoz de teorías políticas, primero en su rural Barinas, y luego como cadete de la Escuela Militar. Barrera explica en la entrevista que he citado: «como estamos hablando de marcos legales, siempre puedes o no ejecutarlos, pero ya tienes esa posibilidad: todo el poder para Chávez. Lo que me parece preocupante es que no es el estado soy yo, en los términos del absolutismo, es "el pueblo soy yo". Aquí la soberanía no reside en las instituciones sino en Chávez, la representación del pueblo la tiene una sola persona y es Chávez».

Pero al andar por las calles, entrar en los bares y los restaurantes, las tiendas y los mercados, al escuchar las conversaciones en alta voz, discusiones amistosas que igual que en Nicaragua parecen a veces pleitos a muerte, al ver la libertad y el desparpajo con que todo el mundo se conduce, al leer los diarios donde campea la vitalidad de las opiniones; frente a la avidez por el consumo y el bienestar, y frente a las mismas ilusiones que Chávez ha despertado con su telenovela en los que menos tienen, porque al fin y al cabo lo que promete son historias individuales de felicidad, más que un proyecto colectivo, uno se pregunta si esa Venezuela que no pocos temen, encuadrada en un estricto régimen donde el estado asuma un papel decisivo en la vida de la gente, pueda ser de verdad posible.

Managua, diciembre 2007.





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