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Capítulo IX de la primera parte de «Amalia» (Montevideo, Imprenta Uruguayana, 1851, Tomo I, pp. 91-103, r. 16)

Mármol, José

Curia, Beatriz (ed. lit.)




ArribaAbajoIntroducción

Este capítulo de la edición original, eliminado en la edición de última mano (José Mármol, Amalia, Segunda edición, Buenos Aires, Imprenta Americana, 1855) y en todas las posteriores, es hoy prácticamente desconocido. Algunos fragmentos se incorporan, con variantes, a otros capítulos de la novela. (Sobre las causas de la supresión, véase mi «Problemas textuales de Amalia de José Mármol», Incipit, II (1982), pp. 61-83).

Siglas y signos utilizados
51:edición original.
55:edición de última mano.
| |:señalan el final de cada página en 51.
< >:encierran en el texto los fragmentos incluidos en 55. Se remite con un número arábigo a la nota
donde se consigna la versión proporcionada por 55 o se establecen las erratas evidentes de 51.

Beatriz Curia






ArribaCapítulo IX

La flor-del-aire y la magnolia


<No será largo el tiempo que sostengamos la curiosidad del lector1 sobre el nuevo personaje que acaba de introducirse en nuestros asuntos. Pero entretanto, separándonos algo bruscamente de la calle de la Victoria, y pidiendo á nuestro buen viejo Saturno2 el permiso de no seguirlo esta vez en su mesurada carrera, daremos un salto desde el alba hasta las doce del dia, de uno de esos dias del mes de Mayo3 en que el azul céleste4 de nuestro Cielo5 es tan terso y brillante que parece, propiamente hablando, un cortinaje de encajes y de raso; y apresurémonos á seguir un coche amarillo6 tirado por dos hermosos caballos negros, + que á gran galope marcan sus gruesas herraduras sobre el empedrado de la calle de la Reconquista7. Y por cierto que no seremos únicamente nosotros los que nos proponemos seguirle, pues no es dificil8 que la curiosidad se incite, y las imajinaciones de veinte años florescan9 mas improvisamente que la Primavera, cuando el pasaje fujitivo de ese coche dá tiempo, sin embargo, á mirar10, por uno de los postigos abiertos11, una mano de mujer, escondida entre un luciente guante de cabritilla color paja, que mas bien parece dibujado que calzado en ella, y un puño de encajes blancos como la nieve12 que acarician con sus pequeñas ondas aquella mano cuya delicadeza no es difícil adivinar. Pero la mujer á quien pertenece, reclinada en un ángulo del carruaje, no quiere tener la condescendencia que su mano, y la mirada de los paseantes no puede llegar hasta su rostro...............................................................................................................13

El coche dobló por la calle de +Belgrano, tomó luego la de la Universidad, y | | enfilando en seguida la calle del Potosí, fué á parar á la puerta de la casa del jeneral D. Lucio Mancilla, á una cuadra de distancia del Convento de las Capuchinas14.

Entonces una jóven bajó del coche, ó, mas bien15, salvó los dos escalones del estribo, poniendo lijeramente su mano sobre el hombro de su lacayo. Y su gracioso salto dió ocasion por un momento á que asomase, de entre las anchas aldas del vestido, un pequeñito pié, preso en un botin color violeta. Y era esta jóven de diez y siete á diez y ocho años de edad, y bella como un rayo del alba, si nos es permitida esta tan etérea16 comparacion. Los rizos de un cabello rubio y brillante como el oro, deslizándose por las alas de un sombrero de paja de Italia, caían sobre un rostro que parecía haber robado la lozanía y colorido de la mas fresca rosa. Frente espaciosa é intelijente, ojos límpidos y azules como el Cielo17 que los iluminaba, coronados por una cejas finas, arqueadas y mas oscuras que el cabello; una nariz perfilada, casi transparente, y con esa lijerísima curva, apenas perceptible, que es el mejor distintivo de la imajinacion y del injenio; y por último, una boca pequeña, y rosada como el carmin, cuyo lábio inferior la hacía parecer á las princesas de la casa de Austria, por el bello defecto de sobresalir algunas líneas al lábio superior, completaban lo que puede describirse de aquella fisonomía distinguida y bella, en que cada fraccion revelaba delicadezas del alma, de organizacion y de raza, y para cuyo retrato la pluma descriptiva sería18 siempre ingrata.

Agregad á esto un talle de doce pulgadas de circunferencia, soteniendo un delicado vaso de alabastro en que parecía colocada19 como una flor20 aquella bellísima cabeza, y tendreis una idea medianamente aproximada21 de la jóven del coche, vestida con un traje de seda color jacinto, y un chal de cachemira blanco, con guardas color naranja.>22

Un minuto despues, esa jóven cambiaba dos cariñosos besos con la Señora Doña Agustina Rosas de Mancilla; y puede bien decirse sin exajeracion, que pocas veces se han juntado bocas mas lindas, mas frescas, mas provocativas; y para demostrar esta verdad, en la mitad de ella que nos falta hacerlo, justo es dar á los lectores estranjeros alguna idea de la Señora de Mancilla; teniendo antes la necesidad de decir algo relativo á su casa, pues que ciertas peculiaridades de ella podrán revelar después algunas otras caracteristicas de esa Señora.

<En 1840>23, todos los niños que iban á las escuelas, ó que venían de ellas, por la calle del Tacuarí, en Buenos Ayres, no bien se hallaban á diez pasos de la calle del Potosí, cuando consagraban á dos ventanas la pérdida de veinte ó treinta minutos de camino. Oprimiendo los libros bajo su brazo izquierdo, los muchachos se empujaban, codeaban, se oprimían contra las rejas de aquellas ventanas, al través de cuyos cristales pasaba el rayo de la mirada inquieta y buscadora de esos pequeños concurrentes. | |

La vereda era obstruida á todas horas del dia por veinte ó veinte y cinco de ellos, que se reemplazaban como soldados de guardia; y sabe Dios cuantos libros perdidos y cabezas rotas deberán en conciencia las encantadas ventanas de la calle del Tacuarí, á diez pasos de la calle del Potosí!

Sabráse pues, que lo que asi entretenía á los niños estudiantes de Buenos Ayres, eran dos mesas colocadas en la parte interior de las ventanas, tan pegadas á los vidrios que era un problema el saber como se abrían y cerraban los postigos, mostrándose cada una de ellas cubierta de cuanto muñeco y juguetes se vendían en la bandolas de la Recova Nueva y en las mercerías de la calle de la Victoria.

Imposible hallar una cosa mas curiosa, ni mas ridícula, que esas dos mesas destinadas á dar jubiléo á los muchachos, risa á los hombres, é incentivo á la ironía de las porteñas; de esas mujeres cuya imajinacion chispea siempre cuando á sus ojos se presenta el ridículo. Porque es preciso decir, que esas dos mesas estaban en un salon de recibo, y tanto la coleccion de muñecos, como el lugar de su colocacion daban asunto de conversacion y de burla.

Pero los muchachos nada hallaban de ridículo en todo eso. Por el contrario, hallaban que las personas de mejor gusto en Buenos Ayres, eran los dueños de aquella casa, es decir el jeneral Mancilla y su Señora; y se acostaban conversando de ella, y despertaban para ir á saludar sus immperturbables ídolos, siempre pegados á los mal limpios vidrios de las ventanas.

Las horas de hacer visitas en Buenos Ayres han sido siempre de las dos á las cuatro de la tarde, y de las ocho á las once de la noche; y, hasta la época de que hablamos, se conservaba aun la costumbre, si era tiempo de verano, de recibir en la calle á las visitas de la noche, es decir, de recibirlas con ventanas abiertas y abundancia de luces en la sala; en la sala de casas que no tienen sinó el primer piso nivelado con la calle, lo que importa decir, que vale tanto sentarse en el medio de ésta, como en el medio de la sala.

En invierno se cierran las ventanas, pero rara vez dejan de estar los postigos á medio cerrar.

Y esta costumbre, en que entraban naturalmente las ventanas de las calles del Tacuarí y del Potosí, facilitaba á otra clase de curiosos el poder ver otra clase de curiosidad.

A las luces del salon, y al través de los traicioneros cristales, se descubría á menudo un nuevo talisman mucho mas atrayente para los jóvenes, que lo eran los muñecos á los pueriles ojos de los niños: -era una mujer.

<+Era una mujer de veinte y cinco años, en quien la mano pródiga de la naturaleza había derramado24 una lluvia de sus mas ricas gracias, y á cuyo25 influjo había abierto sus hojas la flor de una juventud que radiaba en todo el esplendor de la belleza. De una belleza de estatuario, de pintor, y á quien ni el uuo26 ni el otro, +sin embargo27, podrían28 imitar ecsactamente29. El cinsél30 quebraría31 los | | detalles del mármol antes de dar á la estátua los contornos del seno y de los hombros de esa mujer +, la hermosura y voluptuosidad de sus formas32; y el pincel no +encontraría en sus tintas la combinacion del33 color indefinible de sus ojos, +en cuyo cristal se descubría, unas veces el negro brillante y aterciopelado, y otras veces la sombra indecisa de la media luz de ese color34; ni donde hallar tampoco el carmin de sus lábios, el esmalte de sus dientes, y el color de leche y rosa de cutis35.

Rebosando36 en ella la vida, la salud, la belleza, esa flor del Plata37 ostentaba la lozanía38 de su primera aurora, y debía39 ser, y lo era en efecto, el encantamiento de las miradas de los hombres, y aun de las mismas mujeres, que, con sus ojos perspicaces,y tan interesados40 en este caso, no podían determinar41 otro defecto en Agustina, sinó que sus brazos eran algo mas gruesos de lo que debían42 ser, y no bien redonda su cintura.>43

Ella en misa hacía profanos los pensamientos de los hombres.

Ella en el paséo, ajitados por la brisa su chal, ó las ondas de su vestidura, era una Diosa marchando entre las nubes sobre que había descendido del Cielo.

Ella en el teatro, bajo las impresiones de la luz, de la música, de las perspectivas, y de las miradas que ponen siempre en accion todos nuestros fluidos nerviosos y dan cierta particular radiantéz á los ojos y á la fisonomía, brillaba como la Vespertina en el semi-círculo de esas estrellas vivas que se llaman mujeres, y que nunca como en los teatros saben brillar con mas lujo de luz y de cambiantes.

Ella en su casa, era buscada todavía un momento, al través de los vidrios de sus ventanas, por los jóvenes que la casualidad ó el intento hacían pasear la calle de su casa.

<Pero, empeñados como estamos en describir prolijamente los personajes de esta historia, debemos decírlo todo: esa mujer del estatuario y del pintor, no era, sin embargo, la mujer del poeta.

Para el poéta la belleza sin sentimiento, no es belleza; y en la fisonomía de Agustina Rosas, se hallaba solamente la obra de un molde perfecto de la naturaleza, sin la animacion que dá á sus obras el soplo anjelicado de Dios. Se buscaría en vano en su fisonomía uno de esos rasgos característicos de la sensibilidad, de la dulzura, de la bondad, que hacen que el poéta idealice y embellezca hasta las mismas imperfecciones de la mujer á quien admira.>44

Un carácter inconstante y pueril cuya propension es variar de temple y de impresiones en cada dia, se revelaba en los movimientos repentinos, en la accion continua, en la frase corta, en los puntos á cada momento inconexos de la conversacion, y en la vaguedad simple de sus ojos.

Su conversacion, servía á descubrir, además, una intelijencia poco perspicáz y menos fuerte; como al mismo tiempo <una educacion primaria mal atendida>45 | | que se revelaba en su pronunciacion; y un mal tono de familia que se descubría en la eleccion de sus trajes, de sus maneras, y, sobre todo, de los muebles de su salon. Es ahora, pues, que se podrá comprender porque dió principio esta descricion con las mesas de los muñecos.

En vano quería filtrarse la mirada hasta lo mas profundo del corazon de Agustina para encontrar en él algo que correspondiese á su belleza esterior. Aquella fisonomía tan radiante, tan perfecta, nada dice de espiritual, de tierno, de mujeril. Hay algo de dureza en sus contracciones musculares; algo de violencia en su sonrisa, mucho de frialdad en sus miradas; y, en todo el semblante, ni una línea de pesadumbre, de amor, de ternura, que sombrean frecuentemente el semblante de las mujeres mas bellas, cuando el ramo de los afectos de su alma tiene tantas flores como el de sus gracias físicas.

La conciencia que ella tenía de su hermosura era quizá la satisfaccion mas dulce de su alma.

En efecto, la naturaleza fué ingrata con ella misma. Agustina, su obra tan perfecta, mereció de ella un poco de menos sobriedad para su alma, pues de ese modo no habrían venido las creaciones de la educacion y del mundo á ocupar los vacios que la naturaleza debió llenar previsoramente! Y sí esa naturaleza nos llamase á juicio sobre esa grave falta de que la hecemos46 responsable, iriamos á buscar en la Señorita Agustina, un dato bien elocuente para justificar lo que decimos de la Señora Agustina Rosas de Mancilla.

El jeneral de ese nombre era mas bien un cadáver á quien movía secretamente alguna corriente galvánica, que un hombre vivo cuando se casó con aquella en la edad mas fresca y mas pura de una mujer.

<Tendría la Señorita Agustina diez y seis á diez y ochos47 años apenas, y el jeneral Mancilla cincuenta y cuatro, cuando se efectuó el matrimonio. Agustina era toda vida, salud, belleza, juventud. Mancilla era un hospital caminando. La vida disipada de su juventud había amontonado sobre su cuerpo decrépito todos los estragos de sus devaneos pasados. La compostura, el aseo, el arte daban á la esbelta figura del jeneral cierta gallardía que impresionaba de lejos; pero cerca de él, el color cetrino de su suemblante, sus ojos apagados, sus labíos48 o sus encías amarillas, y una espresion dolorida que los años y las enfermedades habían sellado en su fisonomía, daban á entender que aquel hombre estaba mas próximo á la tumba, que al tálamo de novio.

Pero el jeneral Mancilla tuvo siempre mucho valor, mucho espíritu; y un talento claro y emprendedor. Estas condiciones morales lo hacían enseñorearse sobre la triste condicion de su cuerpo, y dominándolo con ellas, se encontró todavía fuerte y capaz de contraer un enlace con la hermana de D. Juan Manuel Rosas, de quien en otro tiempo había sido enemigo, pero cuyo poder y fortuna recientes le inspiraban la idea de buscar su parentesco y amistad.>49 | |

Se ganó completamente el cariño y la confianza de la madre de los Rosas; y poco á poco llegó hasta la mano de Agustina.

Para contraer ese enlace, desigual y chocante, Agustina no fué violentada por sus padres, ni por su hermano. Su madre no hizo sinó consentir y aprobar el matrimonio, y Agustina libre y espontáneamente50 dió su mano á Mancilla.

Ahí no había, ni podía haber, un enlace de afectos. Los vínculos del corazon tienen leyes tan fijas en la naturaleza humana, que no aceptan jamás las escepcio-nes monstruosas.

Respeto, admiracion, gratitud no había tampoco por Mancilla en el corazon de Agustina, pues que su relacion con él era reciente, y el nombre del jeneral, por él51 contrario, había figurado siempre entre los adversarios de los federalistas, á quienes esa familia estaba ligada desde mucho tiempo.

El corazon de Agustina, pues, nada, tuvo que hacer en su matrimonio. Y si esta circunstancia poco tiene de estraño en la sociedad europea, en la sociedad americana es sorprendente y esplicativa de las condiciones morales de una mujer. Nuestro matrimonio es siempre la obra esclusiva del amor; y sí alguna vez es el honor quien lo orijina, preciso es declarar que antes del caso de honor ha habido casos de amor que aproximaron á los amantes. Agustina se casó por casarse; por pasar á ser dueña de su casa y de sus acciones. Y esta subordinacion de los afectos á la conveniencia, en una mujer de diez y ocho años apenas, es un hecho que por sí solo caracteriza cándidamente todo el sistema52 moral de aquella joven.

Sin embargo, á medida que el tiempo fué desenvolviendo aquella organizacion cuyas esterioridades eran tan perfectas, fueron brotando de ella mas bien ciertos instintos pueriles, ciertas ambiciones de mujer frívola, que jérmenes de verdaderas faltas.

<La política era cosa inapercibida ó de bien poca importancia para ella.>53

La posicion de su hermano, sino dejaba de lisonjearla, la enorgullecía poco. Ella poseía otro objeto que hacía fermentar su orgullo hasta el grado de la vanidad: y ese objeto era su espejo. El la decía que <era la mas bella mujer de Buenos Ayres>54, y que las joyas de mas valor y los mas delicados adornos de mujer debian ser destinados á embellecer mas sus perfecciones. Y si su belleza era su orgullo, las alhajas y los adornos eran su ambicion delirante. Esta pasion la llevaba naturalmente á los celos, y á la impertinencia muchas veces. Sus amigas eran sus víctimas. Ellas tenían que sacrificar á los caprichos de Agustina el chal, el abanico, y muchas veces alguna rica joya que brillaba en sus cuellos ó en sus manos. Y todas estas oblaciones á los deseos siempre insaciables de la bella coqueta, eran siempre y sucesivamente sucedidas de nuevos deseos que aconsejaban la moda, ó el espejo.

Tal era la Señora Doña Agustina Rosas de Mancilla, que acababa de recibir | | la visita de la Señorita Florencia Dupasquier, hija de un rico comerciante francés, y novia de nuestro conocido Daniel Bello.

Pero esas dos mujeres tan distinguidamente bellas, una al lado de la otra, formaban un contraste particular que el ojo observador podía distinguir al momento.

<+En Florencia había algo de aéreo, de vaporoso, de anjelical55 que esparcía en torno de ella56 un perfume que solo era perceptible al alma57.>58 En Agustina estaba la voluptuosidad, la belleza provocativa que enciende la imajinacion y los sentidos. <+Florencia era toda perfiles59, formas lijerisimamente60 dibujadas por el pincél61 delicado de la naturaleza, +que los poetas roban para pintar las sílfides y los ánjeles62.>63

<En Agustina resaltaba esa virilidad y bizarría que buscaban por modelo los escultores antigüos para detallar sus Venus, ó sus Dianas.>64

En la fisonomía de Florencia brillaba la intelijencia clara, la imajinacion viva y sutil, y esa sensibilidad dulce, tranquila, impresionable de las organizaciones en quienes predomina el temperamento linfático.

En Agustina no se descubría, sinó esa intelijencia poco flecsible,y esa voluntad arrebatada en sus deseos, como en sus desiciones, que se desenvuelven lentamente en los temperamentos sanguineos. Y, en el lenguaje de las comparaciones, tan determinativo en ciertos casos, era Florencia la bella y delicada flor-del-aire, que suspendida entre el Cielo y la tierra embalsama las brisas y las aguas del Paraná, leve y cándida como una gota del llanto de la Aurora; y era Agustina la esplendida y magnifica magnolia, que engloba sus ebúrneas hojas bajo los rayos de oro del Sol de Grecia, y á quien los trovadores antigüos llamaban la esposa del tulipan del Bósforo...............................................................................................................

-Me traés65 dos satisfacciones en tu visita, -dijo la Señora de Mancilla despues de haber agotado el bocabulario de cumplimientos, de interrogaciones y de quejas que es la ley constitucional de toda Señora que recibe á una amiga á quien no ha visto despues de algunos dias: -la primera, el verte en mi casa, y la segunda, el poder admirar la elegancia con que vienes vestida.

-Mi vanidad acepta el cumplimiento, y en este caso yo creo que son tres las satisfacciones que recibirás con mi visita -respondió Florencia con una sonrisa la mas encantadora del mundo, á que contribuia tanto, el lábio inferior de su pequeña y rosada boca, que, sobresaliendo del superior, marcaba con una gracia hechicera, la sonrisa, como marcaba el enojo, ó el desden cuando alguno de ellos la animaba.

-No entiendo lo que quieres decirme -observó Agustina, á quien siempre le era dificil comprender lo que se quedaba oculto en alguna reticencia.

-Yo te lo esplicaré. | |

-Veamos, pues.

-Sabes que tuvimos carta de papa por la corveta americana llegada el miércoles último.

-Me alegra mucho, pero ¿qué tiene que ver eso con la tercera causa de mi alegría?

-Nada, gracias! -dijo Florencia con una espresion de burla tan fina y tan fujitiva que no fué notada por Agustina, que despues de la impertinencia que acababa de decir, tenía fijos sus ojos en los puños de encajes que jugaban con las pequeñas manos de la joven.

<Pero á lo menos -continuó Florencia,- sabes que papá se halla en Paris actualmente.

-Por supuesto que lo sé ¿y bien?

-Que papá me quiere con idolatría.

-Es mui justo; pero ¿y bien? -Volvió á decir Agustina, cuya organizacion no gustaba de situaciones en que el espíritu tuviese que trabajar algo para comprender las cosas.

-Que en Paris hay cuanto puede ambicionar el lujo, la elegancia y la moda -continuó Florencia que se divertía de la perplejidad de su amiga.

-Oh quien estuviera en Paris!

-Pero lo que hay en Paris se trae á Buenos Aires, como se lleva á todas las capitales del mundo en que hay gusto y dinero.

-Algunas veces sí; pero, me decías...

-Que papá me quiere con idolatría.

-Sí, sí.

-Que hemos tenido cartas de él por la corveta americana.

-Mil felicitaciones.

-Que en Paris hay cosas bellísimas.

-Ya.

-Que papá nos escribe á mamá y á mi...

-Y van tres veces -la interrumpió Agustina con impaciencia.

-Y lo repetiré una cuarta vez al decirte que, á la carta que me escribe papá viene adjunta la lista de un surtido de trajes y adornos que me envía.

-Ah! que felicidad para tí, Florencia! ¡cuanto no daría yo por que Mancilla residiera siempre en París para que me enviase todas esas cosas! -esclamó Agustina con una verdadera acentuacion de entusiasmo.

-Y son cosas magnificas! -continuó Florencia que se divertía de la situacion en que estaba colocando á su amiga, cuyo caracter le era perfectamente conocido, manteniendo una estrecha relacion con ella despues de cuantro años.

-Oh magníficas deben ser!

-Un chal de cachemira.

-Un chal! Ah! como eres feliz! | |

-Dos trajes de seda y dos de indianas.

-Cuanta cosa, Dios mio! Continúa.

Y Agustina se aproximaba mas á la bella tentadora para no perder una sola palabra de la relacion que le hacía.

-Una capa bordada, de merino color almendra, con mangas griegas -prosiguió Florencia, como si no diese atencion á los deseos que estaba inspirando en Agustina.

-Una capa bordad con mangas griegas! Oh! es necesario que yo tenga una capa igual! Esto es horrible. Todo el mundo tiene cosas de Paris, menos yo; yo, la hermana de Juan Manuel Rosas, y la esposa de Lucio Mancilla! Esto es horrible!

-Seis camisolines de invierno con golas á la María Stuart, y seis de verano, á la María Antonieta.

-Prosigue -dijo Agustina, cuyos ojos bañados por el fluido que brotaba de la irritabilidad que sufrían sus nervios en ese momento, parecían próximos á llorar.

-Una caja de guantes, de pañuelos, de encajes y de cintas.

-Tambien?

-Dos sombreros de invierno.

-Todavía mas?

-Dos juegos de brazaletes alegóricos.

-Ah! es cargamento! -esclamó Agustina que quería persuadirse que estaba en estado de satirizar. -Y hay mas? -preguntó con cierta frialdad.

-No, nada mas -respondió Florencia con tranquilidad. -Te he dicho todo cuanto recuerdo que hay en la lista. Pero lo que me falta decirte, es que...

-Qué? Por Dios que nunca te he visto hablar con tanta calma!

-Pero lo que me falta decirte es que todo esto debe llegarme la semana quue viene por un buque de guerra ingles que ya está en Montevideo, -respondió Florencia sin alterar el acento de indiferencia y calma que daba á sus palabras, tan estudiado como la seriedad de su semblante, con lo cual estaba poniendo en espinas á su amiga.

-Mejor para tí -respondió aquella con frialdad.

-Y todavía pienso decirte...

-Todavía mas!

-Oh! y lo mas importante.

-Perlas? diamantes? Tambien te llegan aderezos de Paris?

-No.

-Algun vestido de encajes para tu casamiento?

-No.

-Algun manto real que te manda Luis Felipe.

-No.

-Y qué es pues lo que vá á llegarte todavía?

-Nada.

-Nada?

-Yo no te he dicho que espero algo mas de lo que te he detallado.

-Y entonces, que decías, ó que has querido decir, porque hoy estás incomprensible, insufrible.

-Gracias! pero como me interrumpes á cada palabra no sabes aun que lo que mas me alegra del regalo de papá, es que voy á tener el placer de poder regalarte lo que yo juzgue que te agradará mas.

-Ah! Florencia! -esclamó Agustina dando un salto en el sofá y besando, radiante de alegría, las mejillas de rosa de su amiga. -Sola tú eres capáz de dar estas sorpresas. Tú me quieres mas que este bueno de mi marido que no ha pensado nunca en irse á Paris para vivir allá y mandarme tanta cosa que me hace falta; porque no tengo nada, nada absolutamente de cuanto otras se ponen con menos fortuna que yo. Esto es insoportable. Yo no puedo vivir así. Se aproximan las fietas Mayas y no tengo un solo vestido con que poder presentarme dignamente. No tengo un mueble que no sea antigüo; y entretanto en Buenos Ayres hay casas adornadas con muebles de Francia, desde la sala hasta la última habitacion. Si; y, á propósito, tú me vas á hacer una gran servivio.

-Con el mayor placer, esplícate.

-Tú, por el intermedio de Daniel.

-De Daniel!

-El tiene una prima, no es verdad?

-Sí. -contestó Florencia que emepzaba á tomar mas interés en este episodio de la conversacion, que el que había tenido en la parte sustancial de ella.

-Pues bien; me ha dicho Doña María Josefa Escurra, que esa prima de Daniel, que se llama...

-Amalia.

-Amalia, eso es. Que Amalia vive como una reina, como una emperatriz. Que su casa es un palacio, donde desde el primero hasta el último de sus muebles y de sus adornos son todos de un valor y de un gusto estraordinario. ¿No sabes algo de esto?

-Sí. Le he oido á Daniel que el marido de su prima hizo venir de Europa la mayor parte de esos objetos que dices, cuando pensaba venir á residir á Buenos Ayres; y que habiendo muerto casi repentinamente en Tucumán, se volvió Amalia á Buenos Ayres y adornó su casa con todos los objetos que encontró para ella.

-Oh! son cosas espléndidas y tengo un vivísimo deseo de verlas.

-Y como puedo hacer yo? mamá no visita á esa Señora que, segun dice Daniel, se resiste á tener relaciones.| |

-Segun Daniel, y segun Doña Maria Josefa, no. Pero en fin esto no es del caso; lo que importa es que tú obligues á Daniel á que, de este ó del otro modo, nos lleve de visita á casa de su prima. Vive en el campo, saldremos de paséo una tarde; pasaremos por su casa, y con cualquier pretesto, Daniel hace parar el coche á la puerta, y asunto concluido.

-Nada te prometo. Me parece dificil que Daniel acepte, sin embargo, yo se lo propondré.

-Bien, si él no acepta, yo iré con cualquier otro. Creo que esa señora no perderá mucho en recibirme en su casa.>66 Pero volvamos á nuestro asunto, ¿para cuando dices que esperas las encomiendas?

-Para la semana que viene.

-Estamos á 5 de Mayo; llegarán para el 15; al 25 faltan diez dias. -Oh! tenemos tiempo! -esclamó Agustina con la alegría de un niño á quien se le presenta una bandeja de juguetes- nos vestiremos iguales -prosiguió, y pasaremos la plaza.

-Hablaré de esto á Mamá.

-De qué? De lo que me regalas?

-No, del paséo.

-Bien.

-Pero ¡ay! quien sabe como estaremos para entonces! -esclamó Florencia con el acento mas sentimental del mundo; dando el primer paso en el terreno donde debía conducir á Agustina segun el objeto de su visita, que no habrá olvidado el lector, y por el cual la tierna pero sagaz embajadora acababa de haccer el sacrificio de uno de aquellos objetos preciosos que debían llegarle de París, pues que, por un refinamiento de su talento, ella había sabido comprender que era necesario envolver en una red de seda ó de encajes la irreflecsiva sirena en quien podía estar aquel secreto que interesaba á Daniel, y cuya sorpresa le encomendaba en la carta que se conoce ya.

-Como estaremos! ¿y de qué, Florencia?

-De qué? ¿No lo comprendes, Agustina? De política; de bloqueo, de unitarios y de todas esas cosas que nos ponen á todos en conflicto y que pueden ser mas peligrosas cada día.

-Bah! qué nos importan á nosotras? Esas son cosas de Juan Manuel, y allá se las avenga.

-Del Señor D. Juan Manuel, y de su hija, si quieres agregar, por que la pobre Manuela trabaja, dicen á la par de su padre. ¿La has visto hoy?

-Sí, hace una hora que la he dejado, y por cierto que nunca la he visto mas pálida y ojerosa.

-Qué! está emferma67?

-No, pero se ha acostado al venir el dia. | |

-Ves; no te lo decía Agustina! El 25 no hemos de poder lucir nuestros vestidos.

-Qué estás diciendo?

-Digo que si Manuela ha pasado la noche despierta, es por que alguna cosa grave habrá ocurrido, y Dios sabe de la magnitud que podrá ser.

-Bah! -esclamó Agustina riéndose, toda la magnitud se reduce á unos cuantos que iban á embarcarse fugados, y á quienes Cuitiño encontró y fusiló en el acto.

-No, no creas -le replicó Florencia empalideciendo por el horror que la causaron las últimas palabras de Agustina, pero manteniéndose firme en su posicion de ataque- Manuela no habría pasado de pié la noche por un suceso que habrán llegado á saberlo esta mañana.

-No, criatura, anoche mismo lo supieron. Cuitiño fué á dar aviso á Juan Manuel.

-Pero el aviso no podía durar hasta el día. Creelo68, Agustina, no has de poder estrenarte el riquisimo traje que te regalo.

-Te digo que no hay nada -esclamó Agustina con una marcada acentuacion de impaciencia- Nada, nada. El aviso no duró hasta el día, pero se fué la noche en las ordenes que se daban para indagar el paradero de uno de los unitarios que logró escaparse.

-Lo ves? Ese debe ser persona de grande importancia; sinó, no lo buscarian con ese empeño, y habrá rejistro de casas, persecusiones, encarcelamientos, y el pueblo se entristecerá y no habrá funciones, ó nadie irá á ellas si llega á haberlas.

-Estás insoportable con tus miedos. El hombre que se ha escapado, ni es de mucha, ni de poca importancia, por la sencilla razon que nadie sabe como se llama, ni donde ha ido.

-No lo creas.

-Te digo que sí. Allí se hallaba Doña María Josefa á quien Manuela estaba refiriendo todo, diciéndole de órden de Juan Manuel, que por su parte tratase de averiguar lo que pudiera; y no se sabe mas nada, sinó que los muertos son Lynch y tres mas de quienes no recuerdo el nombre, pero del que se ha ido no se sabe una palabra. Un tal Merlo los delató, y se le buscaba para saber si conocía á aquel. Mi hermano está hoy de un humor endemoniado; pero no le ha de durar veinte dias. Verás como nos vamos á presentar en la fiestas! Ya tengo dos vestidos preparados, y con todo lo que tú me regalas nada me faltará.

-Estarás hermosísima.

-De veras?

-Y cuando no lo estás?

-Oh! Florencia, es preciso que me visites mas a menudo. Mañana á la tarde, voy á verte. | |

-Bien, te espero. -dijo Florencia levantándose, y arreglando sobre sus hombros el chal, y ajustando sus puñitos de encajes.

-Pero que, te vas ya?

-Sí, tengo que hacer una visita en nombre de mamá á Doña María Josefa, y volver á casa porque mamá sufre algo de la cabeza.

-Oh! no será nada. Pero, me esperas mañana á la tarde?

-De cierto.

-Y si hoy te llegasen las encomiendas me lo mandas avisar en el acto?

-En el momento.

-Entoces, hasta mañana, mi Florencia.

-Hasta mañana, mi linda Agustina. -Y las dos bocas de coral y nácares se dieron un fuerte beso, y tomadas de la mano las dos amigas, se dieron un otro adios en la puerta de la calle, y en seguida dió Florencia al cochero la órden de parar en casa de la Señora Doña María Josefa Escurra, y subió al carruaje muy contenta de haber comprado con un vestido de seda una parte de los secretos que interesaban saber al bien amado de su corazon.





 
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