Cuadro V
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A la mañana siguiente.
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MANUEL está sentado ante su escritorio. Enseguida por la puerta de la alcoba entra SABINA, que cruza hacia el fondo.
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SABINA.-
¿Estás trabajando, cariño?
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MANUEL.-
(Un gruñido.) ¡Hum!
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SABINA.-
¿Sobre qué vas a escribir hoy?
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MANUEL.-
Sobre los Reyes Católicos...
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SABINA.-
¡Ay! ¿Y tú crees que eso resultará ameno?
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MANUEL.-
(Concienzudo.) Mucho. ¡Muy ameno!
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SABINA.-
¡Vaya! Nunca se sabe...
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(SABINA desaparece por el fondo. MANUEL continúa embebido en su tarea. Pero a los pocos surge SABINA otra vez. Viene muy sofocada.)
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SABINA.-
¡Manuel!
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MANUEL.-
¿Qué ocurre?
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SABINA.-
Están ahí...
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MANUEL.-
(En pie.) ¿Cómo?
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(Se vuelven los dos, atónitos, hacia el fondo. Dentro, se oye la risa de AMPARO. Y ahora, bajo la entrada aparecen AMPARO y NICOLÁS, muy juntos, muy sonrientes. Hay un sutilísimo silencio. SABINA y MANUEL miran a los recién llegados con los ojos abiertos de par de par.)
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AMPARO.-
(Con cierto rubor.) ¡Sabina! ¡Manuel! Hemos querido que vosotros seáis los primeros en saberlo. (Se calla. Luego, radiante.) ¡Me voy con Nicolás a Estocolmo!
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(Otro fugaz silencio. MANUEL y SABINA están impresionadísimos.)
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Los dos.- ¿Cómo? |
SABINA.-
¿Que te vas?
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MANUEL.-
¿A Estocolmo?
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AMPARO.-
(Felicísima.) Sí, sí...
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MANUEL.-
(Aterrado.) ¿Con NICOLÁS...?
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AMPARO.-
¡Ea! ¿Qué te parece?
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MANUEL.-
(Excitadísimo.) ¡Ca! Eso no puede ser...
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AMPARO.-
¿Cómo que no?
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MANUEL.-
(Furioso.) Pero, grandísima insensata, en Estocolmo hace mucho frío...
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AMPARO.-
(Encantada.) ¡No importa!
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MANUEL.-
Mira que allí son todos socialistas y tú eres muy de derechas...
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AMPARO.-
(Firmísima.) ¡No importa! Evolucionaré...
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MANUEL.-
(Indignado.) ¡Amparo! ¡No seas irresponsable!
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AMPARO.-
¡Ay, hijo! ¡Todo el mundo evoluciona!
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(MANUEL se lleva las manos a la cabeza.)
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MANUEL.-
¡Huy! ¡Huy! ¡Huy! Pero ¿tú has oído? ¡Dicen que se van a Estocolmo!
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(SABINA se vuelve vivamente hacia NICOLÁS.)
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SABINA.-
¿Eso es cierto, Nicolás? ¿De veras?
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NICOLÁS.-
(Sonríe.) Sí, Sabina. Amparo y yo hemos caído en la cuenta de que estamos muy solos. Y hemos decidido unir nuestras soledades. ¿Comprendes?
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SABINA.-
¡Ah! Entonces, ¡enhorabuena!
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NICOLÁS.-
Gracias.
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(AMPARO va hacia SABINA, muy emocionada.)
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AMPARO.-
¡Sabina! ¡Cielo! ¿Me das un beso?
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SABINA.-
¡Naturalmente! ¡Muchos besos!
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AMPARO.-
¡Oh! Te quiero tanto...
(Se besan.)
¿Estás contenta?
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SABINA.-
¡Muy contenta! ¡Figúrate!
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AMPARO.-
Adelantamos el viaje, ¿sabes? Nos vamos mañana. Ya hemos pedido los billetes del avión. Estaremos unos meses en Suecia. Después, una temporadita en Roma. Y luego nos iremos a Pekín. ¡Oye! ¡Lo que me voy a divertir yo con los chinos! Dicen que son muy salados... |
MANUEL.-
(Escandalizado.) ¡Qué barbaridad! ¡Estocolmo! ¡Roma! ¡La China! ¡Pero si vivimos en un país maravilloso! ¡Si como España, nada...! |
AMPARO.-
¡Jesús! ¡Qué patriota eres! |
MANUEL.-
(Dignísimo.) Bueno. Pues, ¿queréis que os diga mi opinión personal? A mí esto no me parece decente... |
NICOLÁS.-
Hombre... |
MANUEL.-
Nada, nada. Hablemos claro. ¡Esto es un lío! Ni más ni menos... |
AMPARO.-
¡Por favor! ¡No digas palabrotas! |
MANUEL.-
(Dignísimo.) ¿Qué va a decir la gente? ¡Vamos a ver! Porque, señores, este país, aunque algunos lo olviden, tiene profundo sentido moral...
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NICOLÁS.-
¡Manuel! ¡No seas inmovilista!
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MANUEL.-
(Muy severo.) ¡Amigo mío! Donde esté el legítimo matrimonio...
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AMPARO.-
(Divertidísima.) Calla, tonto. Pero si es que aún no os lo hemos dicho todo...
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MANUEL.-
¡Ah! ¿No?
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AMPARO.-
¡Claro! Cuando pase una temporadita, si la experiencia resulta, Nicolás y yo nos vamos a casar...
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(MANUEL se queda inmóvil y atónito.)
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MANUEL.-
¿Qué has dicho? ¿Que os vais a casar?
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AMPARO.-
(Entusiasta y tiernísima.) ¿Verdad que sí, mi vida?
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NICOLÁS.-
(Sonriente.) ¿Por qué no?
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AMPARO.-
¿Qué te parece, Sabina? ¿Te gusta la idea?
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SABINA.-
Me encanta...
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AMPARO.-
¡Oye! A mí me hace mucha ilusión. ¡Como no me he casado nunca...!
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(AMPARO se vuelve hacia MANUEL, muy afectuosa.)
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¿Qué? ¿Estás ya más tranquilo? |
MANUEL.-
(Siniestro.) ¡Oh, sí! Muy tranquilo. (Se calla. Luego mira a AMPARO de un modo terrible.) Conque has decidido emprender una vida nueva. ¿No es eso?
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AMPARO.-
¡Ay, sí! Me estaba haciendo mucha falta...
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MANUEL.-
¡Pues felicidades, señorita! ¡¡Muchas felicidades!!
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AMPARO.-
Gracias, cielo.
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(MANUEL se encara ahora con NICOLÁS y le mira de un modo feroz)
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MANUEL.-
¿A ti qué voy a decirte, muchacho?
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NICOLÁS.-
(Suavemente.) ¡Por favor! No me digas nada. ¡Me lo figuro todo!
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MANUEL.-
(Sibilino.) ¿Tú crees? No sé, no sé...
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NICOLÁS.-
¡Je!
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MANUEL.-
¡Je! Es curioso. Hacía diez años que no nos veíamos. Y de pronto, ayer apareciste por esa puerta para invitarme a dar una conferencia en Nueva York...
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NICOLÁS.-
¡Manuel! La vida es un puro azar...
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MANUEL.-
¡Ah! ¿Sí?
(De pronto, en una transición, con muchísimo coraje.)
Bueno. ¡Se acabó! Disculpadme. No estoy para visitas ni frivolidades. ¡Tengo mucho trabajo! ¡Ea! ¡Buen viaje!
(Se va, muy embalado, hacia la primera puerta de la derecha. Pero allí se detiene en seco y habla muy excitado.)
Pero, calla, ahora que caigo. ¡Sabina!
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SABINA.-
¿Qué?
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MANUEL.-
¿Y la otra?
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(Un terrible silencio. MANUEL prosigue implacable.)
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¿Qué va a ser de la otra? La maravillosa mujer que este caballero conoció anteanoche en una fiesta. Esa criatura adorable que le volvió loco. Esa mujer con la que vivió una hermosa aventura. Esa mujer a la que estaba dispuesto a consagrar toda su vida. ¿Tú te acuerdas, Sabina? ¿Tú te acuerdas? |
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(Se vuelve hacia NICOLÁS con un hondísimo reproche.)
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Esa pobre mujer. ¡La víctima! Pero, hombre, ¿es que ya la has olvidado? Pues, ya ves. ¡A mí eso no me parece serio! |
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(Se va, muy airado, por la primera puerta de la derecha. Quedan en escena SABINA, NICOLÁS y AMPARO. Ellas miran a NICOLÁS, luego se miran entre sí. Un silencio largo y difícil.)
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SABINA.-
¡Nicolás! ¡Por favor! A Amparo y a mí nos gustaría charlar un ratito a solas. ¿No le importa?
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NICOLÁS.-
(Sonríe.) ¡Oh, no! Encantado...
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(NICOLÁS entra en la alcoba y desaparece. Al instante, SABINA se encara con AMPARO y estalla con muchísima violencia.)
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SABINA.-
¡Amparo! ¡Tú eres una fresca! ¡Una descarada! Una, una, una...
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AMPARO.-
¡Ay! ¡No me lo digas!
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SABINA.-
¿No te da vergüenza? ¿Has perdido el decoro? Pero ¿cómo ha sido posible? De manera que apenas conoces a un hombre caes en sus brazos deslumbrada y loca de amor? ¡Amparo! ¡Por favor! ¿Tú crees que eso es moral?
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AMPARO.-
¡Sabina! Ponte en mi caso...
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SABINA.-
¡¡Cállate!!
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(Otro silencio. SABINA habla, ahora, con otro tono y una incontenible curiosidad.)
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SABINA.-
¿Cómo ha sido eso? ¡Vamos! Dímelo ya...
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AMPARO.-
(Emocionadísima.) ¡Ay, Sabina! ¡Todavía no me lo explico! Este Nicolás es irresistible. Bueno, ¿a ti qué te voy a contar?
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SABINA.-
¡Oh!
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AMPARO.-
Figúrate que estaba yo con tu marido en el Ateneo. Ya estaba a punto de comenzar la conferencia. Habíamos decidido cenar, después, en el restaurante italiano. Yo, encantada. Tú me habías pedido que acompañara a Manuel. ¿Y qué no haré yo por una amiga? Pero, hija, de pronto, apareció Nicolás. Mira: en cuanto le vi, tuve el presentimiento de que algo iba a pasar...
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SABINA.-
¡Ah! ¿Sí?
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AMPARO.-
¡Huy! Para estas cosas tengo yo mucha sensibilidad...
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SABINA.-
(Sofocada.) ¡Calla! ¡No sigas!
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AMPARO.-
(Sinceramente.) Como me conozco, ¿sabes?
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SABINA.-
¡Que te calles!
(Pasea de aquí para allá alteradísima.)
Conque fue así de sencillo. El hombre maravilloso, el hombre irresistible, llegó, te miró, te dijo unas cuantas cosas graciosas, te habló de una novia vietnamita que tuvo en Saigón. ¿A que sí?
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AMPARO.-
¡Pobre chica! ¿Verdad?
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SABINA.-
¡Ea! Y ya está. Tú te volviste loca. ¡Qué frágil eres, Amparo! Pero qué frágil y qué...
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AMPARO.-
Mujer...
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SABINA.-
Entonces, sin pensarlo más, dejasteis plantado a mi pobre marido -que, por cierto, está muy enfadado y con razón- y os fuisteis por ahí a tomar copas y a cenar y a bailar. ¡Hala! ¡Viva la vida!
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AMPARO.-
(Tan fresca.) ¡Ca! Pero si no fue así...
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SABINA.-
¡Ah! ¿No?
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AMPARO.-
¡Qué va! Ni copas, ni nada. Nos fuimos enseguida al apartamento...
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SABINA.-
(Muy impresionada.) ¿Tan pronto?
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AMPARO.-
(Un suspiro.) A ver...
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SABINA.-
¡Jesús! ¡Qué prisa!
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AMPARO.-
(Con mucho entusiasmo.) ¡Ay, Sabina! ¡Cariño! Es que a Nicolás no hay quien le pare. ¡Digo! ¡Si lo sabrás tú!
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SABINA.-
¡Oh!
(Un silencio.) |
AMPARO.-
El apartamento es muy bonito, ¿verdad?
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SABINA.-
(Muy bajo.) Sí.
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AMPARO.-
Tiene muchas chucherías muy graciosas. Y muchos barquitos de vela. Y una colección preciosa de muñequitos japoneses. ¿Te acuerdas?
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SABINA.-
(Con rubor.) No sé. Apenas me fijé...
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AMPARO.-
(Sonríe.) Todo está un poco abandonado, eso sí. Como Nicolás viaja tanto. Pero pondremos una moqueta azul celeste y quedará divino. ¿No crees?
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(Silencio.)
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SABINA.-
¿Resultó muy divertido?
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AMPARO.-
(Encantada.) ¡Ay, sí! Una fiesta. Primero tomamos unos whiskys, ¿sabes? Bastantes, por cierto. Después, yo me puse a preparar la cena con algo que habíamos comprado por ahí. ¡Oye! ¡Qué cosas! ¡Yo no había guisado nunca!
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SABINA.-
¡Ah! ¿No?
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AMPARO.-
A Nicolás le divertía muchísimo verme trajinar en el fogón. ¿Qué te parece? Está visto que a los hombres no hay quien les entienda. Pero, hija, ¿qué quieres? Si a él le gusta que guise, yo a guisar. Me llevaré a Estocolmo un libro de cocina...
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(Otro silencio.)
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SABINA.-
(En voz baja.) ¿Fuiste muy feliz?
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AMPARO.-
(Con cierta emoción.) Sí, Sabina. Fui muy feliz. Tan feliz, tan feliz, que esta mañana, cuando desperté, me pareció que descubría la vida otra vez. Realmente, yo llevaba una mala temporada, ¿comprendes? En los últimos tiempos me estaba portando como una tonta...
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SABINA.-
¿De veras? Nunca me dijiste nada...
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AMPARO.-
¡Calla, mujer! Te hubiera dado un disgusto... (Una transición.) Esta mañana desayunamos juntos. ¡Fue una delicia! Nos reímos como dos chiquillos. Él me contó toda su vida y yo no le oculté nada. Pero nada, nada. Y entonces fue cuando Nicolás me pidió que me fuera con él a Estocolmo. ¿Qué iba a decir yo? ¡Figúrate! Encantada. Estocolmo debe ser muy bonito en primavera...
(Un corto silencio.)
Dime. ¿Estás celosa?
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SABINA.-
(Con un sobresalto.) ¿Quién? ¿Yo? ¿Celosa yo? ¡Qué cosas se te ocurren! ¿Por qué voy a estar celosa? Nicolás no me importa nada. ¡Nada!
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AMPARO.-
Bueno, si lo prefieres, te lo preguntaré de otra manera: ¡Sabina! ¿Te mortifica un poquito que yo me lleve a Nicolás?
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SABINA.-
(Con mucha viveza.) ¿A mí? ¿Qué dices? Pero ¿cómo puedes pensar eso? Ese hombre ha sido el único error de mi vida. Es mi pesadilla, mi remordimiento, mi desesperación, mi angustia. Todo eso. Deseo con toda mi alma que se vaya muy lejos y no vuelva nunca. En realidad, te quedo muy agradecida...
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AMPARO.-
(Muy sensata.) Eso pensaba yo...
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SABINA.-
¡Naturalmente!
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AMPARO.-
(Un suspiro.) Pero ¿cómo te diré? También pienso que las cosas pudieran no ser tan sencillas como parecen. ¡La vida es tan sorprendente y las mujeres somos tan complicadas!
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SABINA.-
¡Amparo! ¿Te quieres callar? ¡No sabes lo que dices!
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AMPARO.-
¡Oh!
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(Aparece NICOLÁS en la entrada de la terraza.)
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NICOLÁS.-
¿Interrumpo?
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AMPARO.-
¡Oh, no! Pasa, cariño. Ya hemos terminado. ¡Anda! Te concedo cinco minutos para que te despidas de Sabina. Yo no soy celosa, ¿sabes?
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(Entra en la terraza. Están solos SABINA y NICOLÁS frente a frente. Él sonríe.)
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NICOLÁS.-
¡Je! Es curioso. No habíamos vuelto a estar solos desde entonces. ¿Qué fue lo último que nos dijimos al separarnos? ¿Tú te acuerdas?
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(Ella se aleja despacio.)
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SABINA.-
Era mentira, ¿sabes? No fue nada mágico, nada irreal, nada maravilloso. No fue un milagro pequeñito. Fue, sencillamente, un episodio vulgar. Lo de siempre, lo que puede ocurrir cuando se encuentran un hombre audaz, muy experto en esta clase de aventuras, y una pobre mujer, débil y estúpida, que deja de ser ella misma y pierde la cabeza porque ha bebido unas copas. Una conquista más que añadir a una larga serie de conquistas. ¿No es eso?
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NICOLÁS.-
(Sonríe.) Te equivocas, Sabina. Fue como un sueño, fue algo mágico y maravilloso. Fue algo que yo no lo olvidaré jamás. Pero también fue un error...
(Ella se vuelve vivamente hacia él y le mira.)
Un delicioso error. El destino, a veces, se confunde. Debe ser porque no encuentra otra manera de hacernos un poquito felices. (Calla un segundo.) Ayer, cuando entré en esta casa -donde nunca hubiera esperado yo encontrarte- y te sorprendí en tu mundo, en tu realidad de todos los días, tal y como de verdad eres, comprendí que nuestra hermosa aventura de una noche no se repetiría. Tú estás encadenada, Sabina. Implacablemente encadenada a un hogar, a un marido, a ti misma. Tú no eres la mujer que yo encontré la otra noche en la fiesta de los Salcedo. Aquella mujer tan alegre y tan fragante que le pedía a la vida un poco de ilusión y de locura. Tú eres, realmente, esta otra mujer que tengo ahora ante mí. ¡Sabina Fontán! ¡La señora de Fontán! ¡La que nunca se perdonará a sí misma haber engañado una vez a su marido! Una mujer encantadora, eso sí. Pero distinta. La otra, mi Sabina, la que estuvo una noche entre mis brazos, está ya muy lejos. ¡Quizá no vuelva nunca!
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(Ella le mira largamente y suspira.)
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SABINA.-
¡Dios mío! ¡Qué inteligentes son los hombres!
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(Un silencio.)
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NICOLÁS.-
¡Sabina!
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SABINA.-
¿Sí?
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NICOLÁS.-
¿Puedo hacerte una pregunta?
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SABINA.-
¡Naturalmente! ¿Por qué no?
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NICOLÁS.-
¿Hubieras sido capaz de venir conmigo a Estocolmo, a Roma, a Pekín, al fin del mundo?
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(SABINA tarda mucho en contestar. Ahora, muy bajo, casi ofendida.)
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SABINA.-
No. ¿Cómo puedes pensar eso?
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NICOLÁS.-
(Sonríe.) ¡Claro! Lo sabía...
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SABINA.-
(Con una suave ironía.) ¡Oh! Tú lo sabes todo. ¿Quién puede engañarte a ti?
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(Un silencio.)
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NICOLÁS.-
Bien. Nos queda el recuerdo. ¡Un bello recuerdo!
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SABINA.-
¡No! Yo olvidaré pronto.
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NICOLÁS.-
¡Oh, no! Eso, no. Tú no olvidarás nunca.
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SABINA.-
¿De veras? ¡Qué presumido eres!
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NICOLÁS.-
Nunca se olvida una hora feliz...
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(Otro silencio.)
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SABINA.-
¡Nicolás!
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NICOLÁS.-
¿Qué?
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SABINA.-
¿Y Amparo?
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NICOLÁS.-
(Divertido.) ¡Oh! ¡Amparo! ¡Amparo! ¿No lo comprendes? Para olvidar a una mujer solo hay un remedio: ¡otra mujer!
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SABINA.-
¡Oh!
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NICOLÁS.-
¡Amparo es mi solución de urgencia!
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SABINA.-
¡Nicolás! ¡Tú eres un cínico!
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NICOLÁS.-
(Sonríe.) Un poco. Pero ¿qué quieres? Tengo que defenderme. Además, Amparo me gusta. Tengo la seguridad de que será una compañera muy estimulante y muy divertida. (Cambia de tono.) Estoy harto de mi soledad, ¿sabes? Quizá es que me estoy haciendo viejo. Pero cada día se me hace más dura y más difícil la vida a solas conmigo mismo. El almuerzo de cada mañana en un restaurante distinto. La barra de un bar diferente cada noche. La habitación de un hotel, extraño, en una ciudad desconocida, todas las madrugadas. Y yo solo, siempre solo. Me abruma todo eso, ¿entiendes? Necesito compañía, un poco de compañía...
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(Se calla. Por la terraza surge AMPARO.)
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AMPARO.-
(Muy gentil.) ¿Qué? ¿Ya? ¿Todo está en orden?
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NICOLÁS.-
¡Amparo! Te espero en la calle. No tardes.
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AMPARO.-
Sí, cariño...
(NICOLÁS se vuelve hacia SABINA. Los dos se miran.)
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NICOLÁS.-
¡Suerte, Sabina!
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SABINA.-
Suerte, Nicolás...
(NICOLÁS se va por el fondo.) |
AMPARO.-
(Confidencial.) Dime. ¿Ha sido muy difícil?
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SABINA.-
¡Oh, no! ¿Por qué?
(SABINA da unos pasos y se aleja. Llega hasta la terraza.)
¡Amparo!
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AMPARO.-
¿Qué?
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SABINA.-
¡Acabo de tomar una determinación!
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AMPARO.-
¡No me asustes! ¿Qué determinación es esa?
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(SABINA se vuelve muy resuelta.)
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SABINA.-
¡Voy a contárselo todo a mi marido!
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(AMPARO se queda atónita y suspensa, con los ojos abiertos de par en par.)
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AMPARO.-
¿Cómo? ¿Qué has dicho? ¿Que se lo vas a contar?
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SABINA.-
¡Ah, sí, sí! Estoy decidida. ¡Tengo que contárselo! Lo necesito. Solo así podré salir de esta obsesión y de este remordimiento...
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AMPARO.-
(Horrorizada.) ¡No! ¡Por Dios! Eso, nunca...
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SABINA.-
Te digo que sí. Se lo cuento, se lo cuento...
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AMPARO.-
¡Sabina! ¡Recapacita! ¡Que no es costumbre!
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SABINA.-
(Con muchísima energía.) ¡Vaya si se lo cuento!
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AMPARO.-
Pero ¿serás capaz? ¿Serás capaz de decirle a tu marido que te has acostado con Nicolás?
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SABINA.-
¡Huy! Por estas...
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AMPARO.-
¡Sabina! ¿Te has vuelto loca?
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SABINA.-
(Con desesperación.) ¡Calla! Pero ¿es que aún no lo entiendes? ¡Manuel tiene derecho a saberlo!
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AMPARO.-
(Indignada.) ¡Anda! ¿Y a él qué le importa?
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(SABINA habla ahora con más sosiego, pero con una insobornable decisión.)
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SABINA.-
¡Amparo! Procura comprenderme. Manuel no puede vivir así, engañado hasta la eternidad, como un ridículo marido de vodevil. ¡No! Él no se lo merece. Es un hombre bueno, un hombre maravilloso, que ha puesto en mí todo su amor y toda su fe. Tiene que saber, tiene que saber. Y después, cuando sepa, que me maldiga, que me perdone o que me mate. Porque, a lo mejor, me mata, ¿no crees?
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AMPARO.-
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
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SABINA.-
¡No importa! ¡Que me mate! Yo, tan contenta. ¡Pero tiene que saber! ¡Y lo sabrá! Solo entonces, cuando lo sepa, podré volver a mirarle cara a cara. Además, yo necesito esta confesión. Es lo único que puede liberarme de esta angustia que me ahoga. Es lo único que puede justificarme un poco. Me siento tan mala, tan perversa...
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(AMPARO, que ha escuchado a SABINA, asustadísima, da un paso hacia ella.)
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AMPARO.-
Pero ¿te das cuenta de lo que va a ocurrir si tu marido se entera? ¡Le vas a dar un disgusto!
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SABINA.-
(Terca.) ¡No importa!
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AMPARO.-
¡Es la catástrofe!
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SABINA.-
¡No importa!
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AMPARO.-
Mira que Manuel es muy celoso...
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SABINA.-
¡No importa!
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AMPARO.-
¡Jesús! ¿En esta casa hay armas de fuego?
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SABINA.-
¡Una escopeta!
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AMPARO.-
Ya es suficiente. ¡Manuel empezará a pegar tiros!
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SABINA.-
¡Ah, sí, sí! Tiros, tiros. ¡Muchos tiros! ¡Digo! ¡Menudo es mi marido! ¡Que se prepare Nicolás! ¡Le va a dejar frito!
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AMPARO.-
(Muy apurada.) ¡Dios mío! ¡Qué tragedia! ¡Y todo por nada!
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SABINA.-
(Furiosa.) ¡No importa! ¡Te digo que no importa!
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AMPARO.-
¡Ay, Sabina, Sabina!
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(SABINA, bruscamente, en una transición, se derrumba.)
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SABINA.-
Pero ¿cómo se lo digo? ¡Dios mío! ¿Cómo se lo digo? Estoy segura de que Manuel no me comprenderá. Él no concibe el engaño. Para él no existen ni la mentira, ni la doblez, ni la traición. Es tan puro, tan limpio, tan inocente...
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AMPARO.-
(Casi asustada.) ¿Tú crees?
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SABINA.-
¡Oh! Tú no conoces a Manuel...
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AMPARO.-
¡Hija! ¿Qué va a decir una?
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SABINA.-
(Desesperada.) ¡Oh! ¿Por qué no tendré yo un marido de esos que tienen otras mujeres? ¡Un golfo! ¡Un libertino! ¡Un sinvergüenza! ¡Un mujeriego! ¡Un marido como debe ser un marido! ¡Ea! ¡Un marido cabal! ¡Ay! Entonces, todo sería muy fácil para mí. Yo me plantaría ante él, le miraría fijamente a los ojos y le diría: «¡Amigo mío! ¡Óyeme bien! Te he engañado. ¡Hala! Para que lo sepas. Ojo por ojo y diente por diente». Y ni escándalos, ni tiros, ni nada de eso. Y lloraríamos juntos el uno por el otro y nos querríamos mucho. ¡Mucho! ¡Más que nunca! (Con dolorosísima indignación.) Pero ¿cómo le digo yo todo eso a mi pobre Manuel? ¡Si es un santo! ¡Si es un bendito! ¡Si, jamás, jamás, ha tenido un mal pensamiento! (De pronto, en un estallido de coraje) ¡Si es tonto!
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AMPARO.-
¡No! Tonto, no...
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SABINA.-
(Furiosa.) ¡Sí! Tonto, tonto, tonto. ¡De remate!
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AMPARO.-
¡Sabina! ¡Que exageras!
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SABINA.-
¡Pasmado! ¡Idiota! ¡Más que idiota! De buena gana, le daría de bofetadas...
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AMPARO.-
¡Oh!
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(SABINA, un poco más calmada, habla con muchísima amargura.)
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SABINA.-
Si, por lo menos, en la vida de mi marido hubiera un desliz. Una pequeña aventura. Un tropiezo. Nada. ¿Comprendes? Uno de esos amoríos fugaces e intrascendentes que tienen todos los hombres. Algo que le hiciera salir de ese estado de inocencia en que vive. Algo que le convirtiera en un ser humano que, por haber pecado, fuera capaz de comprender los pecados de los demás...
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(En este momento, aparece MANUEL por la primera puerta de la derecha. Se detiene allí, un instante, mirando a las dos mujeres. Ellas también le miran a él. MANUEL, con un aire de absoluta indiferencia, cruza el salón.)
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MANUEL.-
Bum, bum, bum...
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(Entra en la terraza. SABINA y AMPARO, que han seguido sus pasos con la mirada, se miran ahora entre sí.)
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SABINA.-
¡Oh!
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AMPARO.-
(Inquietísima.) ¡Ay, Sabina! Yo me marcho.
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SABINA.-
¿De veras?
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AMPARO.-
¡No! Deja. ¡No me despido! Hasta siempre. ¡Te enviaré una postal desde Estocolmo!
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(Se va, casi volando por el fondo. Vuelve MANUEL. SABINA le mira largamente, intensamente, en silencio. Por fin, adopta una decisión y avanza arrolladoramente hacia él.)
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SABINA.-
¡Manuel! Tengo algo que decirte...
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MANUEL.-
¡Ah! ¿Sí?
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SABINA.-
Es muy importante...
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MANUEL.-
¡Hum! ¡Qué casualidad! Yo también quiero hablar contigo.
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SABINA.-
Bueno, después...
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MANUEL.-
¡No! Antes...
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SABINA.-
(Indignada.) ¡Manuel! ¡No seas autoritario!
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MANUEL.-
(Muy suyo.) ¡Sabina! No insistas. Primero hablaré yo y luego me cuentas todos los chismes que quieras...
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SABINA.-
¡Oh!
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(MANUEL adopta un tono muy resuelto y un tanto solemne.)
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MANUEL.-
Óyeme, Sabina. Voy a pedirte un favor. ¡Un gran favor! ¡Un inmenso favor que no puedes negarme! Es absolutamente necesario -¿me oyes?- que termine tu amistad con Amparo...
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SABINA.-
(Estupefacta.) ¿Qué dices?
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MANUEL.-
¡Hum! Lo que has oído. ¡Quiero que Amparo deje de ser tu amiga! ¡Quiero que jamás, pase lo que pase, vuelva a poner sus pies en esta casa! ¡Quiero que no la llames nunca! ¡Que no respondas a sus llamadas! ¡Nada! ¿Te enteras? Como si hubiera muerto. ¡Hala!
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SABINA.-
(Atónita.) ¡Jesús! Pero ¿todo eso por qué?
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MANUEL.-
¿Que por qué? ¡Sabina! ¡Amparo no es digna de tu amistad!
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SABINA.-
Pero, Manuel...
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MANUEL.-
(Embalado.) ¡Amparo es una fresca!
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SABINA.-
¡Oh, no!
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MANUEL.-
(Asqueadísimo.) ¡No tiene principios! ¡Ha perdido la decencia!
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SABINA.-
¡Manuel!
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MANUEL.-
Tiene muy mala fama. Ya ves tú, en casa de los Maldonado no la invitan nunca...
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SABINA.-
Bueno. Porque esos son del Opus y exageran15...
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MANUEL.-
(Furioso y terminante.) ¡¡Se va con Nicolás a Estocolmo!!
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SABINA.-
¡Anda! ¿Y por eso estás tan enfadado con ella? Pero, tonto, ¿a ti qué más te da...?
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MANUEL.-
¡¡Sabina!! ¡No me provoques!
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SABINA.-
¡Manuel! Pero ¿cómo puedes pedirme que renuncie a la amistad de Amparo? ¡Es mi mejor amiga!
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MANUEL.-
(Terriblemente mordaz.) ¡Hum! ¿Tú crees?
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SABINA.-
¡Naturalmente!
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MANUEL.-
¡Santo Dios! ¡Lo que hay que oír...!
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SABINA.-
¡Ah, no! Por favor, no insistas. No me pidas eso. Amparo es un poco loca, ya lo sé. Pero yo la quiero. Nunca dejaré de ser su amiga. No podría. Cometería una ingratitud espantosa. Nos conocemos desde que éramos unas chiquillas. Tú lo sabes. Nuestras familias veraneaban en San Sebastián y allí empezó todo. Yo me casé contigo y ella se quedó soltera. Pero siempre hemos estado muy unidas. No tenemos secretos la una para la otra. Yo se lo cuento todo. Y ella, a mí, no me oculta nada...
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MANUEL.-
(Sarcástico.) ¡Je! ¿Estás segura?
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SABINA.-
¡Segurísima! ¡Digo! Si la hubieras oído hace un ratito contándome con todo detalle su aventura con Nicolás...
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(MANUEL reacciona encrespadísimo.)
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MANUEL.-
¡Ah! Pero ¿te lo ha contado?
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SABINA.-
¡Huy! Todo, todo. Si supieras...
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MANUEL.-
¡Qué poca educación! ¡Qué falta de tacto! ¡Hablarle de esas cosas a una señora! (Arrollador.) ¡¡Basta!! No sigas. ¡Sabina! Esto se acabó. ¡Amparo ha muerto para ti! ¡De una vez y para siempre! ¡Te lo digo yo! ¡¡Yo!! ¡Tu marido! ¿Está claro?
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SABINA.-
(Muy firme.) ¡Manuel! Es inútil. ¡No te obedeceré!
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MANUEL.-
(Gritando.) ¡Sabina!
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SABINA.-
¡Amparo es mi amiga!
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MANUEL.-
¡¡Sabina!!
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SABINA.-
¡La quiero y la querré siempre!
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(De pronto, MANUEL, en un estallido de cólera, se abalanza sobre su mujer, la toma por los hombros y la agita con violencia. Está totalmente fuera de sí.)
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MANUEL.-
¡¡Basta!! ¡Insensata! ¡Rebelde! ¡Más que rebelde! ¡Inocente! ¡Que estás en la luna! Tú no conoces a Amparo. Pero vas a conocerla de una vez. ¡Ea! Para que te enteres: ¡Amparo, tu maravillosa amiga, ha sido mi amante durante seis meses!
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(Un silencio mortal. A SABINA, inmóvil, con los ojos abiertos de par en par, casi no se la oye.)
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SABINA.-
¿Cómo? ¿Qué has dicho?
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(MANUEL, en una vivísima transición, anonadado, se hunde en el sofá.)
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MANUEL.-
¡Santo Dios! ¿Qué he hecho yo? ¿Es que me he vuelto loco?
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(SABINA está mirando a su marido con una intensidad aterradora.)
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SABINA.-
A ver, a ver. ¿Dices que Amparo ha sido tu amante?
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MANUEL.-
¡Sí!
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SABINA.-
¡No!
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MANUEL.-
Que sí, Sabina, que sí...
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SABINA.-
¿Amparo? ¿De veras?
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MANUEL.-
(Derrotadísimo.) ¡Amparo! ¡Amparo!
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SABINA.-
(Suspensa.) Es increíble...
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MANUEL.-
Hum...
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SABINA.-
¿Durante seis meses?
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(MANUEL está a punto de echarse a llorar.)
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MANUEL.-
Justo. Desde un fin de semana que la llevamos con nosotros a Marbella. ¿Te acuerdas? Aquel domingo, tú te despertaste con un poco de gripe y decidiste no salir de la habitación del hotel. Entonces, Amparo y yo nos fuimos a la playa. Y allí empezó todo...
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SABINA.-
¿En la playa?
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MANUEL.-
¡No! Después, en el hotel. Amparo me invitó a tomar unas copas en su cuarto. Y ya puedes figurarte. ¿Qué iba a hacer yo? Porque tú no conoces a Amparo, Sabina, tú no la conoces... (Con auténtica desesperación.) ¡Sabina! ¡Sabina! ¡Mi pobre mujer! ¡Mi santa esposa! ¡La mártir! ¿Podrás perdonarme algún día?
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SABINA.-
¡Calla! Deja eso. ¿Y después? ¿Cómo fue después? ¡Vamos! ¡No me ocultes nada!
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MANUEL.-
¡Sabina! ¡Ten lástima de mí!
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SABINA.-
¡Sigue! ¿Dónde os veíais?
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MANUEL.-
(Con cierto rubor.) En casa de Amparo...
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SABINA.-
¡Claro! Como vive sola. ¿Dónde mejor?
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MANUEL.-
(Sinceramente.) A ver...
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SABINA.-
(Interesadísima.) ¿Todos los días?
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MANUEL.-
¡No! Miércoles y viernes. De cuatro a siete...
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SABINA.-
¡Ah! ¡Es que tú eres un hombre de orden...!
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MANUEL.-
(Muy compungido.) Bueno. Algunas noches salíamos a cenar por ahí. Yo te engañaba a ti con cualquier pretexto. ¿Te das cuenta?
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SABINA.-
¡Ah! ¿Sí?
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MANUEL.-
(Emocionado.) ¡Oh! Tú eres tan ingenua, tan cándida, tan inocente...
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SABINA.-
Entonces, ¿cuando me decías que ibas a cenar con unos amigos para fundar una asociación política?
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MANUEL.-
(Dolorosamente.) ¡Amparo! ¡Amparo! Era Amparo...
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SABINA.-
¡Oh!
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MANUEL.-
¡Si es que no tengo vergüenza! ¡Si es que soy un mal hombre!
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(El rostro de SABINA se ilumina con una vivísima esperanza.)
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SABINA.-
¡Manuel! ¿Todo eso es verdad? ¿No me engañas?
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MANUEL.-
¡Huy! ¡Qué más quisiera yo!
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SABINA.-
¿Puedo estar segura?
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MANUEL.-
¡Segurísima!
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SABINA.-
¿Me lo juras?
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MANUEL.-
¡Por la santa memoria de mi madre, que está en la gloria!
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(SABINA da un paso hacia él, ilusionadísima.)
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SABINA.-
Pero, entonces, tú no eres el hombre que yo creía...
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MANUEL.-
(Apenadísimo.) ¿Quién? ¿Yo? Quita, mujer, quita...
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SABINA.-
¡Tú no eres un santo!
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MANUEL.-
Sí, sí. ¡Santo! ¡Me río yo!
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SABINA.-
Tú no eres puro, ni eres honesto, ni eres honrado, ni eres nada de eso...
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(MANUEL está sumido en una dolorosísima contrición.)
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MANUEL.-
¡Calla! ¡Yo soy un sinvergüenza! ¡Un hipócrita! ¡Un farsante! ¡Maldita sea mi estampa! ¡Me daría de bofetadas!
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SABINA.-
(Triunfante.) ¡Eres un marido como todos los maridos!
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MANUEL.-
(Con mucha energía.) ¡¡Peor!! Te lo digo yo...
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(De pronto, SABINA grita con una inmensa y desbordante alegría.)
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SABINA.-
¡Manuel! ¡Amor mío! ¡Mi vida!
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MANUEL.-
(Estupefacto.) ¿Cómo?
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(SABINA se lanza sobre MANUEL y le abraza.)
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SABINA.-
¡Dios mío! ¡Qué alegría me das! Pero qué alegría...
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MANUEL.-
(Atónito.) ¡Sabina! ¿De veras te alegras?
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SABINA.-
¡Oh! ¡Que si me alegro! Tú no sabes...
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MANUEL.-
(Desconcertadísimo.) ¡Caramba! Pues si yo lo hubiera sabido te lo hubiera dicho muchísimo antes...
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(SABINA está loca de alegría. Va de aquí para allá. Ríe y llora de puro gozo.)
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SABINA.-
¡Dios mío! ¡Me ha engañado! ¡Me ha engañado! ¡El muy granuja me ha engañado! ¿Y cómo? De la manera más ruin y más cruel. ¡Con mi mejor amiga! ¡Ah! ¡Canalla! ¡Mal hombre! ¡Traidor!
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MANUEL.-
¡Sabina! ¡Tranquilízate!
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SABINA.-
(Alegrísima.) Calla, bandido. ¡Seis meses de engaño! ¡Seis! ¡Que se dice pronto! Día a día. ¡Miércoles y viernes, de cuatro a siete! Yo confiada, tranquila, segura de su cariño, orgullosa de su fidelidad, pobre de mí. Adorándole, queriéndole. ¡Tonta! ¡Estúpida! ¡Más que estúpida! Y él, entretanto, entregado al lío, al placer, a la depravación, a la mentira, al engaño. ¡Ah! ¡¡Miserable!!
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MANUEL.-
(Muy asustado.) ¡Sabina! Estate quieta...
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SABINA.-
¡Jesús! Y yo creía que era tonto...
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MANUEL.-
Mujer...
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SABINA.-
Pero ¿cómo he podido estar tan ciega?
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MANUEL.-
¡No te rías! ¡Que me estoy poniendo muy nervioso!
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(De pronto, SABINA salta, muy contenta y con muchísima naturalidad.)
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SABINA.-
¡Manuel! ¿No sabes? La otra noche me acosté con Nicolás...
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(MANUEL, horrorizado, abre los ojos de par en par y casi se tambalea.)
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MANUEL.-
¿Qué has dicho?
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SABINA.-
¡¡Sí!!
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MANUEL.-
¿Que tú...?
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SABINA.-
¡Que sí!
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MANUEL.-
¡¡Repítelo...!!
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SABINA.-
(Contentísima.) ¡Ca! Lo has oído perfectamente...
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MANUEL.-
(En un grito.) ¡¡No!! ¡Eso, no! ¡No es verdad! ¡No te creo! ¡Mentira! ¡Mentira!
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SABINA.-
(Triunfante.) ¡Amigo mío! ¡Ojo por ojo! ¡Diente por diente!
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MANUEL.-
¡¡Sabina!! ¡Desventurada! ¡Mala mujer!
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SABINA.-
¡Depravado! ¡Ojo por ojo!
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MANUEL.-
¡Sabina! ¡Que me matas!
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SABINA.-
¡Diente por diente!
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MANUEL.-
(Casi ahogándose.) ¡Socorro! ¡Esto es un asesinato!
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SABINA.-
¡Ojo por ojo!
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MANUEL.-
¡Sabina!
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SABINA.-
¡Diente por diente!
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MANUEL.-
¡!
(En este momento, se encuentran los dos frente a frente. Callan un segundo. Él la mira horrorizado.)
¡Por Dios! Dime que no es verdad. Dime que eso lo has inventado para vengarte de mí...
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SABINA.-
¡Quia! Es la pura verdad...
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MANUEL.-
(Aterrado.) Pero, entonces, eras tú. ¡Tú!
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SABINA.-
¡Sí! Era yo...
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MANUEL.-
¡La maravillosa mujer que Nicolás conoció en una fiesta!
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SABINA.-
¡La misma...!
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MANUEL.-
¡En la fiesta de los Salcedo!
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SABINA.-
Allí, allí...
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MANUEL.-
¡Tú, SABINA, tú! ¡¡Mi mujer!!
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SABINA.-
¡Sí! ¡Tu mujer!
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(MANUEL recapitula con espanto.)
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MANUEL.-
¡Calla! Entonces, ayer, cuando estábamos aquí tomando café y Nicolás nos contaba su aventura, ¿se refería a ti?
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SABINA.-
¡Naturalmente!
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MANUEL.-
¡Santo Dios! ¡¡Y me lo contaba a mí!! ¡A mí!
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SABINA.-
A ti, a ti...
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MANUEL.-
¡Huy! ¿Dónde está? ¿Dónde está ese rufián? ¡Que lo mato! ¡Te juro que lo mato!
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SABINA.-
¡Oh!
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MANUEL.-
(Excitadísimo.) Dime, ¿Amparo lo sabía?
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SABINA.-
¡Sí! Lo sabía...
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MANUEL.-
¡¡Cristo!! Entonces, ¿todos habéis jugado conmigo?
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SABINA.-
¡Granuja! ¿Es que tú no has jugado con los demás?
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(MANUEL pega un brinco, irritadísimo, herido en lo más profundo.)
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MANUEL.-
Pero ¿qué has hecho? ¡Desventurada! ¿Qué has hecho? ¡Me has puesto en ridículo! ¡Me has hundido en el deshonor! ¡Has pisoteado mi nombre y mi prestigio! ¡Mala mujer!
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SABINA.-
¡Me has engañado con mi mejor amiga! ¿No te parece una infamia?
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(MANUEL se yergue soberano.)
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MANUEL.-
¡Pero yo soy un hombre...!
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SABINA.-
(Furiosa.) ¡¡A callar!! ¡Sinvergüenza!
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(Calla. Durante un instante se miran los dos frente a frente como dispuestos a acometerse. Pero, bruscamente, SABINA se echa a llorar y escapa.)
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SABINA.-
¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho? ¿Es que nos hemos vuelto locos?
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|
(Un silencio. MANUEL, cabizbajo, humilladísimo, da unos pasos y se refugia en el sofá.)
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MANUEL.-
Hummm...
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(SABINA con ternura.)
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SABINA.-
¡Manuel!
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MANUEL.-
¿Qué?
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SABINA.-
¿Qué era para ti Amparo?
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(MANUEL calla y piensa. Habla derrotado.)
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MANUEL.-
Era la libertad. Tú eras una esposa tan rígida, tan inflexible, tan perfecta...
(Un silencio.)
¿Comprendes?
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SABINA.-
¡Sí!
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|
|
(Otro silencio.)
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MANUEL.-
¡Sabina! ¿Puedo saber?
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SABINA.-
Di, cariño...
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MANUEL.-
¿Qué ha significado para ti Nicolás?
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SABINA.-
La huida. Ahora lo comprendo. La entrada en un mundo a donde solo se llega soñando con sueños que están prohibidos. ¿Lo entiendes?
|
MANUEL.-
Sí...
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SABINA.-
Tú parecías tan bueno, tan honesto. ¡Un santo!
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MANUEL.-
(Rencorosísimo.) ¡Bandido!
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|
|
(Otro silencio.)
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SABINA.-
Nos creíamos que éramos felices y no lo éramos. ¿Verdad, Manuel? Nos habíamos creado un mundo para nosotros solos. Pero ese mundo era demasiado estrecho, muy pequeñito. Y de pronto, un día, sin que nadie pudiera evitarlo, ese mundo se derrumbó...
|
MANUEL.-
Quizá.
(MANUEL se calla. Y, ahora, con un irreprimible interés.)
¡Sabina! Por curiosidad: ¿de verdad Nicolás es tan seductor como parece?
|
SABINA.-
(Muy bajito.) ¡Sí!
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MANUEL.-
(Con muchísima amargura.) No me extraña. Me ha robado todas las mujeres de mi vida. Primero, Adelita, aquella chica. Después, tú. Y ahora se lleva a Amparo a Estocolmo...
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SABINA.-
¡Oh!
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MANUEL.-
(Un suspiro.) ¡Qué destino!
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SABINA.-
¡Pobre Manuel! No tienes suerte...
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MANUEL.-
Hum...
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(Un gran silencio.)
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SABINA.-
Naturalmente, habrá que tomar una determinación...
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MANUEL.-
¡Claro! Eso mismo pienso yo...
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SABINA.-
No podemos seguir viviendo juntos, ¿verdad?
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MANUEL.-
¡Figúrate! ¡Imposible! Después de lo que ha pasado...
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SABINA.-
Nuestra vida en común sería un infierno, ¿no crees?
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MANUEL.-
¡Un suplicio! ¿Quién sabe si llegaríamos hasta la violencia?
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SABINA.-
Todas las mañanas, al despertar, cuando nos miráramos el uno al otro, tú te acordarías de Nicolás y yo pensaría en Amparo. Y ahí empezaría otra vez el drama de cada día. Los reproches, las lágrimas, los gritos, el escándalo. ¡Ah, no! ¡Qué horror! Eso, jamás...
|
MANUEL.-
Además, ¿qué diría la gente?
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SABINA.-
¿La gente? ¿Tú crees?
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MANUEL.-
¡Digo! Si se supiera por ahí que, después de habernos engañado el uno al otro, nos habíamos perdonado y volvíamos a querernos y a vivir juntos, tan felices, la gente lo iba a tomar muy a mal...
|
SABINA.-
¿De veras?
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MANUEL.-
¡Huy! Aquí hay mucha dignidad, Sabina. Esto no es Europa.
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SABINA.-
(Un suspiro.) Entonces, ya está decidido. ¡Nos separaremos!
|
MANUEL.-
Eso es. ¡Nos separaremos!
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SABINA.-
Para siempre...
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MANUEL.-
Para siempre...
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|
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(Se callan.)
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SABINA.-
Pero ¿qué piensas tú? ¿Nos separamos con el juez y los abogados y todo ese jaleo? ¿O, sencillamente, nos despedimos como dos buenos amigos?
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MANUEL.-
¡Mujer! Yo creo que como amigos...
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SABINA.-
¡Claro! Es mejor...
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|
|
(Ahora, SABINA tiene un temblor en la garganta.)
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Entonces, adiós, Manuel... |
MANUEL.-
¡Adiós, Sabina!
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SABINA.-
Vete...
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MANUEL.-
Ya, ya me voy...
|
|
|
(Pero no se mueve. Los dos se quedan inmóviles y callados, quietos, ensimismados.)
|
SABINA.-
¿Qué?
|
MANUEL.-
Me gustaría saber. ¿Qué vas a hacer tú, ahora?
|
SABINA.-
¡Oh! Tengo que pensarlo. De momento, me iré a pasar una temporada a casa de mamá...
|
MANUEL.-
¿A Logroño?
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SABINA.-
¡Sí!
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MANUEL.-
Bien pensado...
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SABINA.-
Tengo que distraerme, ¿sabes?
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MANUEL.-
¡Claro!
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SABINA.-
¿Y tú? ¿Qué harás desde mañana?
|
MANUEL.-
¿Yo? Me retiraré. Me iré a vivir a un pueblecito. |
SABINA.-
¡Ah! ¿Sí?
|
MANUEL.-
Está decidido. Alquilaré una casita y me encerraré allí con mis papeles y mis libros y me dedicaré a escribir sobre la Edad Media...
|
SABINA.-
(Emocionadísima.) ¡Pobre Manuel! ¡Qué mal lo vas a pasar!
|
|
|
(Silencio.)
|
MANUEL.-
¡Sabina! El coche para ti. ¡Te lo regalo!
|
SABINA.-
¡Oh, no! No lo permitiré. El coche es tuyo. Te lo quedas.
|
MANUEL.-
Pero, mujer, ¿para qué quiero yo un coche viviendo en un pueblecito?
|
SABINA.-
¡Oh!
|
MANUEL.-
Nada, nada. No se hable más. El coche es tuyo.
|
SABINA.-
Gracias.
|
MANUEL.-
¡Ah! Y el chalé en Benidorm, también...
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SABINA.-
¿También?
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MANUEL.-
También. Y el dinero que hay en el Banco. Todo, todo para ti.
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SABINA.-
Pero, Manuel, te vas a quedar en la ruina...
|
MANUEL.-
¡No me importa!
|
SABINA.-
¡Oh!
|
|
|
(Callan. MANUEL mira en torno con mucho desconsuelo.)
|
MANUEL.-
Este piso. Se nos había olvidado este piso. ¿Qué hacemos con este piso, Sabina?
|
SABINA.-
¿Te acuerdas? Lo pusimos con tanto cariño y tanta ilusión...
|
MANUEL.-
¡Ea! Pues el piso también para ti...
|
SABINA.-
¡No! ¡No lo quiero!
|
MANUEL.-
¡Ah, sí, sí! No discutamos. Te quedas con el piso.
|
SABINA.-
¡Manuel! No insistas. No podría vivir sola en este piso. Me moriría de pena...
|
MANUEL.-
Bueno. Entonces, si a ti te parece bien, lo venderemos...
|
SABINA.-
(Indignada.) ¿Que has dicho? ¿Vender este piso? Pero ¿estás loco? Hemos vivido aquí seis años. Todo está lleno de recuerdos. ¡Venderlo sería casi un sacrilegio!
|
MANUEL.-
(Muy animado.) ¡Calla! Tengo una idea. Podemos conservar el piso. Y de vez en cuando, tú y yo nos llamamos y venimos aquí los dos y charlamos de nuestras cosas y lo pasamos tan ricamente...
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|
|
(SABINA se vuelve hacia él muy severa.)
|
SABINA.-
¡Manuel! ¿Qué estás pensando? Pero ¿es que quieres separarte de mí y después liarte conmigo?
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MANUEL.-
(Avergonzadísimo.) ¡Calla! No había caído...
|
SABINA.-
¡Oh, Manuel! Tú no tienes remedio...
|
MANUEL.-
¡Hum! ¡Maldita sea!
(Silencio.) |
SABINA.-
(Impaciente.) ¡Vamos! Vete, ya. ¡Por favor!
|
MANUEL.-
Sí. Me voy.
(Se levanta y muy despacio marcha hacia el fondo.)
Adiós, Sabina.
|
SABINA.-
Adiós, Manuel.
|
MANUEL.-
(Tímido.) ¿Estás llorando?
|
SABINA.-
Un poco.
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MANUEL.-
Yo también.
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|
|
(Se aleja más.)
|
Esta noche dormiré en un hotel... |
SABINA.-
Acuérdate de las pastillas para el colesterol...
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MANUEL.-
Sí.
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|
|
(MANUEL ya está bajo el dintel de la entrada del fondo.)
|
Luego mandaré por mis cosas. Lo más necesario, ¿sabes? Pero no te olvides de poner en la maleta el despertador. Era de mi padre y le tengo mucho cariño... |
SABINA.-
Bueno...
|
|
|
(Se callan, una vez más.)
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MANUEL.-
¡Sabina! ¿Qué nos ha pasado?
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SABINA.-
¡Cariño! Hemos jugado y hemos perdido...
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|
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(Él piensa un poco.)
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MANUEL.-
¡Claro! Eso ha sido. ¡Adiós, Sabina!
|
SABINA.-
¡Adiós!
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|
|
(Sale MANUEL. SABINA, sola, mira en torno con angustia. De pronto, tiene miedo, un miedo infinito. Se tapa la boca con la mano para no gritar. Los sollozos le inundan la garganta. Y, por fin, grita con toda su alma, como pidiendo socorro.)
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SABINA.-
¡¡Manuel!! ¡No te vayas! ¡Por Dios! ¡No me dejes sola! ¡Tengo miedo! ¡Manuel! ¡Manuel!
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|
|
(Aparece MANUEL, jubiloso y emocionadísimo.)
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MANUEL.-
¡Sabina!
|
SABINA.-
¡Manuel! ¡Amor mío!
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MANUEL.-
¡Mi Sabina!
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|
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(Van el uno hacia el otro y se abrazan estrechamente. SABINA habla entre un torrente de lágrimas.)
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SABINA.-
¡Manuel! ¡No te vayas! ¡No me dejes! No importa nada. ¡Nada! ¿Sabes? No importa, no importa. ¡Manuel! ¡Por Dios te lo pido! ¡No te vayas! No me dejes, no me dejes...
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