—48→ —49→
Aquella mañana desperté bien temprano, el frío no daba tregua y de nuevo la ciudad amaneció cubierta de nieve. Fui hasta la cocina en busca de un vaso de leche y encontré a mi padre revisando papeles. En medio de aquel desorden identifiqué el papelito que le había dejado el tío Jaim con su nueva dirección.
-¿Qué haces levantado a estas horas, Móishele? -me preguntó.
-No podía dormir. ¿Y tú, papá?
-¡Como ves, estoy ordenando estos papeles!
La decisión de ir a América y no a Palestina era una de mis tantas preocupaciones, quise preguntarle a mi padre la razón, pero el miedo a la respuesta me detuvo, aunque finalmente me atreví y dije:
-¡Papá!
-¿Sí?
-Dime, ¿por qué no vamos a Palestina?
Mi padre alzó la vista, golpeó los puños sobre la mesa y se incorporó.
—50→-Te prohibí visitar ese sótano sucio, donde tu tío y sus amigos arriesgan la vida de todos. Si los polacos los descubren, nos matan a todos. No te atrevas a ir nunca más. Ese lugar te está prohibido.
Los gritos de mi padre asustaron a todos en la casa, mi madre que estaba en la cocina preparando la comida tradicional de los sábados vino rápido a ver el motivo de los gritos.
-¡Otra vez están peleando, son padre e hijo y parecen enemigos!
-Reitze, hazme el favor, no te metas. Móishele pronto entenderá que en la vida no sólo existen ideales, también hay que trabajar para poder mantener con dignidad a la familia, y no como Iósel, que busca cualquier excusa para no trabajar, es un tonto.
Una vez más no coincidía con las palabras de mi padre; los ideales del tío Iósel nada tenían que ver con el trabajo. En la familia nadie lo comprendía, principalmente su mujer, la tía Yenttel, que lo criticaba diariamente por sus actividades y le recriminaba la mala vida que les daba a ella y a sus hijas. No tenían casi comodidades. Yo era aún un niño pequeño cuando ellos se casaron, pero no olvido el rostro de la tía en aquella ocasión. Ni ese día se veía feliz. Parecía que nunca la alegría le había rozado.
Pasaron ya algunos años de aquella fecha y a pesar de ello el tío no cambió de aspecto: alto, encorvado, sus ojos parecían lejanos detrás de unos anteojos de gruesos cristales.
Fue a él a quien por primera vez oí hablar de Palestina.
Por el contrario, la tía Yenttel envejeció tanto que aparentaba más años de los que en realidad tenía. Siempre presentaba mal aspecto, su rostro era descolorido, como si por días no se hubiese alimentado. El matrimonio tenía tres hijas muy —51→ parecidas una a la otra, debido a ese parecido se las confundía con mucha facilidad; para hacerlas enojar yo llamaba a una con el nombre de la otra. Ellos vivían gracias a la ayuda económica del abuelo. El tío era pintor, pero sólo trabajaba unos días a la semana, los otros días los dedicaba a reuniones clandestinas o a disertar en mítines.
El abuelo era matarife ritual. En esa época los matarifes rituales ganaban muy poco, cada día la gente comía menos, pero las pocas monedas que traía se las entregaba a la tía Yenttel para comprar comida.
Las discusiones con mi padre siempre me producían malestar, principalmente cuando intentaba imponerme sus ideas y exigirme aceptar sus razones.
Seguí insistiendo con preguntas a mi padre, aunque sabía que las respuestas nos llevarían a nuevas discusiones.
-¡Papá! ¿Por qué piensas tan mal del tío Iósel?
-Móishele, por favor, deja de golpearme la cabeza. ¿No miras de qué manera viven la tía y las niñas, rotosas y siempre hambrientas?
El rostro de mi padre se acaloró. Entonces por temor a que siga la discusión preferí callar. Aunque pensé que a él se le olvidó mencionar que también el tío Iósel recolectaba dinero destinado al Fondo Nacional judío para Palestina.
El salón quedó en silencio, mi madre regresó a la cocina, mi padre a sus papeles y yo a mi lectura: «Roma y Jerusalén» de Moisés Hess.
De nuevo sentí curiosidad, dejé el libro y volví junto a mi padre, insistiendo:
-¡Papá!
-¡Móishele! Por favor, ¿qué quieres? -dijo mi padre impaciente.
—52→-Quiero hacerte otra pregunta.
-¡Hazme el favor, hijo, y cállate!
A pesar de su negativa, igual le pregunté:
-¿Por qué la tía Yenttel y el tío Iósel se casaron si son dos personas tan diferentes?
Esta vez mi padre respondió tranquilo.
-Todos en la familia vivíamos preocupados por el carácter tímido y retraído de Yenttel, nada le gustaba, siempre estaba cansada; no ponía interés en muchas cosas propias de su edad. Pero no sólo era su mal carácter, también su aspecto era de poca ayuda, aunque eso se podía mejorar, tampoco era alegre. A ella le faltaban muchas cualidades. El tiempo pasaba y se acercaba a la edad de encontrar un hombre con quien casarse, formar una familia y tener hijos. Ningún muchacho se le acercaba, aunque su dote era importante. Mi padre, tu abuelo, muy preocupado acudió a Feigu, la casamentera. Ella vivía en otro pueblo, fuimos hasta allá a buscarla, yo lo acompañé para que no fuera solo. Recuerdo muy bien a esa mujer, era chiquita, usaba bastón; era además muy simpática y ofrecía novios y novias como si fueran golosinas. Después de explicar el problema de Yenttel, ella pidió una foto de la futura novia. Finalmente nos despidió con la promesa de que nos avisaría cuando se presente el joven apropiado para ella. Feigu no se olvidó de cobrar por adelantado sus servicios. Pasó un tiempo largo después de aquella visita cuando recibimos noticias de ella, en la carta decía que a pesar del esfuerzo que puso en buscar un novio para Yenttel, los pretendientes nunca aparecieron. El resultado era que mi hermana seguía sin novio y el tiempo corría. La solución llegó de Galitzia, un primo apareció de visita, y contó que tenía un pariente lejano en edad de casarse, pero la desgracia era que tampoco tenía —53→ suerte, seguía soltero, todas las jóvenes que le presentaban no le gustaban, el primo aseguró que era una buena persona, pero un poquito revolucionario. Inmediatamente se arregló el encuentro, el noviazgo y luego la boda. Los dos viejos decidieron todo. Después de haber pasado un mes de aquella reunión, el novio se presentó con una valija pequeña; en ella traía toda su ropa. Preguntó por Yenttel. Esa fue la primera vez que se vieron, y la siguiente fue en la boda. Para no perder más tiempo, Yenttel usó el traje de novia que fuera de su madre.
Mi madre interrumpió el relato:
-¡Dejen de hablar! -dijo-. Acomoden los papeles y arreglen la mesa, hoy es viernes.
El aroma a carne asada que salía del horno, nos recordaba que la noche del viernes se acercaba, siempre nos reuníamos en familia. Aunque no éramos muy religiosos igual respetábamos las festividades, las grandes solemnidades, las festividades menores y también las de peregrinaje. Como todos los viernes la casa adquiría un carácter festivo, principalmente en invierno.
Antes de la caída del sol llegaron los tíos, las niñas y el abuelo. Ellas siempre llevaban vestidos remendados y zapatos gastados, que evidenciaban su pobreza. Después de los saludos cada uno ocupó su lugar. El mismo mantel blanco que se usaba en todas las fiestas vestía la mesa y dos velas esperaban ser bendecidas, una fina servilleta bordada cubría la jala y al lado estaba la copa de vino, servida.
El abuelo sentado en la cabecera parecía un rey orgulloso frente a su pueblo.
Después de las bendiciones todos nos sumergimos en una cierta melancolía.
—54→La comida estaba sabrosa como siempre. Todos deseábamos repetir una y otra vez. Si hubiera estado el rabino Elías, citaría a Maimónides y diría: «No acostumbres a refregar nuestros deseos y a contener nuestras inclinaciones considerando el comer y el beber como finalidad de la vida».
Al caer la noche empezó nuestro descanso sabático, Féiguele pronto se quedó dormido, y las niñas se entretuvieron con mis libros de historietas, que para ellas eran una verdadera novedad. Mientras la tía Yenttel ayudaba en la cocina a mi madre, los hombres permanecimos sentados en la mesa, hablando y tomando té.
En un momento de la conversación el abuelo interrumpió al tío Iósel y preguntó a mi padre:
-Dovid, ¿has conseguido trabajo?
-No, padre, ahora es muy difícil encontrar trabajo.
-¿Tú crees que esta situación va a mejorar? -volvió a preguntar el abuelo.
-¡No, y cada día empeora!
-¡Qué desgracia!
Hubo una pausa, me levanté y busqué un lugar próximo al abuelo, me gustaba observarlo de cerca. Sentía mucha admiración por aquel viejo, desde muy pequeño deseé parecerme a él. Era un hombre alto, de hombros anchos y grandes manos que guardaban caricias y escondían ternura. El abuelo volvió a preguntar, esta vez se dirigió a mí.
-Dime Móishele, ¿cómo van tus estudios?
-No voy más a estudiar, abuelo.
-¿Y Féiguele?
-Él tampoco va -respondí.
-¿Por qué? Unos jóvenes como ustedes deberían estudiar, y ser buenos alumnos.
—55→-Tuvimos problemas, abuelo, y no nos permiten cruzar la plaza para llegar a la escuela.
-¡Así no se puede vivir! -dijo el abuelo, afligido. Entonces el tío Iósel interrumpió:
-Lo más importante en este momento es irnos a Palestina, allá nos están esperando, Palestina es la única solución para los judíos de todo el mundo.
Mi padre preguntó:
-¿Y qué haríamos allá?
-Pelear por el lugar que nos corresponde -respondió el tío.
-¿De qué viviríamos?
-Existen colonias donde los judíos labran la tierra y crían ganado.
El abuelo hizo un gesto de desaprobación y dijo:
-Mira Iósel, tú eres el esposo de mi hija, así que eres como un hijo para mí, por eso te voy a dar un consejo, sal a trabajar. ¡Muchas ideas y pocas monedas! Pierdes el tiempo en reuniones y dando discursos y no te preocupas de traer alimento a tu familia.
Todos sabíamos que mi padre y el abuelo se oponían al sionismo, mientras el tío se esforzaba tratando de hacernos ver cuál era nuestra única realidad y la única solución.
A pesar del comentario del abuelo, el tío Iósel siguió hablando con el mismo entusiasmo. Mi padre desvió su mirada, esquivando la del tío Iósel.
El abuelo hizo lo mismo, pero a pesar de su descontento, prefería ver a la hija casada con el tío Iósel antes que verla soltera, el abuelo temía por la soledad de Yenttel y no tan solo por la de ella sino que por la de todos nosotros, aunque en realidad era su propia soledad la que le aterrorizaba.
—56→Después de quedar viudo, no quiso esa experiencia para sus hijos. Varias veces me contó cómo fue su vida. El abuelo siempre trabajó como matarife ritual, venía de una familia de religiosos. La pareja tuvo tres hijos: mi padre, la tía Yenttel y otro más pequeño. Una epidemia de tifus se llevó a la madre y al hijo. Después de esa desgracia el abuelo se mudó a Varsovia y se dedicó por entero a sus hijos y a su trabajo. Crió solo a mi padre y a la tía. Varías veces se acercaron amigos y casamenteras ofreciéndole buenas mujeres, para un nuevo matrimonio. La abuela también tenía una hermana aún soltera, en edad de casamiento, con quien el abuelo podía casarse para así cumplir con la ley del Levirato, pero tampoco lo aceptó. Se quedó solo. Respetó siempre la memoria de su mujer. Pocas veces hablaba de ella, y cuando la mencionaba, sus ojos brillaban, húmedos.
Se hizo tarde, cayó la noche, los tíos se despidieron y regresaron a su casa, el abuelo decidió quedarse a dormir en la nuestra. Mis padres también se despidieron y fueron al dormitorio, en el salón quedamos solos mi abuelo y yo. Me levanté y fui hasta la ventana, el vidrio estaba empañado y no se veía el cielo. Pasé un trapo y entonces vi que la noche estaba clara. El abuelo acercó el sillón y se sentó a mi lado.
-Ven, Móishele, siéntate sobre mis piernas, ya no tienen la misma fuerza de ayer pero algo queda, ven, hijo.
-¡Pero abuelo, ya no soy un niño!
-Para mí siempre lo serás. ¿Recuerdas cuando te quedabas dormido entre mis brazos?
-¡Sí, abuelo, lo recuerdo, y extraño esos momentos!
-¿Sabes, Móishele, en memoria de quién llevas ese nombre?
-No, abuelo. ¿Tú lo sabes?
-¡Claro! Por mi padre, se llamaba Moisés.
—57→-Abuelo, cuéntame sobre tu padre, nunca me hablaste de él.
Se acomodó, me acarició el cabello, miró las velas del sábado que iluminaban su rostro con un resplandor suave.
-¿Quieres saber todo sobre él? -dijo.
-¡Sí, abuelo!
Bueno, hijo, te lo contaré. El viejo, mi padre, que en paz descanse, fue el gran rabino de una aldea. Mantenía a su mujer y a sus hijos dignamente, cerca de la casa donde vivíamos funcionaba una escuela superior judía, allí recibía a los estudiantes de otras ciudades que se interesaban en estudiar el Talmud. También estaba la casa donde las mujeres tomaban el baño ritual, el asilo, la sinagoga y el corral donde mi madre criaba gansos. Era un hombre muy religioso. «Vendrá el Mesías y el mundo por fin será liberado», decía, con esperanza mesiánica.
Él me enseñó el oficio de matarife. No se me olvida la primera vez que me enseñó a matar un ave, yo era muy joven, como tú ahora. Nos sentamos uno frente al otro, eligió dos gansos, los más gordos; tomó uno y me lo dio a mí. Lo sostuve entre mis piernas mientras él con un cuchillo especialmente afilado, le cortaba de una sola vez el cogote. El animal no sufrió, pero yo sí, a mí me temblaban las manos y las piernas, tuve miedo y lástima por el pobre ganso, y eso no fue todo, después me obligó a repetir con el otro lo que él había hecho. ¡Tuve que hacerlo! No podía fallar frente a los ojos de mi padre.
-Abuelo, ¿qué pasó después?
-Una noche, durante un pogrom, los cosacos atacaron. Prendieron fuego a los techos, saquearon las casas, mataron mujeres y niños sin compasión, una masacre, una verdadera masacre.
—58→-¿Cómo fue que ustedes se salvaron? -pregunté.
Las pisadas de los caballos nos despertaron. Mi madre y mis hermanas corrieron y fueron a refugiarse al monte, mientras mi padre corría gritando: ¡Prenden fuego a la sinagoga! Yo lo seguí y también un cosaco. Mi padre pudo llegar hasta el Arca Sagrada. La abrió y se abrazó a los rollos y en ese momento recibió la muerte de un sablazo. Quedó allí tirado en el suelo, abrazado a los rollos de la Torá, junto a lo que toda su vida amó y respetó.
-¿Qué hiciste tú cuando viste todo esto? -volví a preguntar.
-Después de presenciar aquella escena tan dolorosa, corrí al monte junto a mi madre y mis hermanos, yo conocía el refugio donde encontrarlos.
-Abuelo, ¿te pone triste recordar?
-No, Móishele, me ponen triste otras cosas, pero nunca hay que temer recordar, siempre hay que luchar por recordar. Es lo que nos mantuvo vivos por generaciones y generaciones: la memoria. Sabes algo muy lindo Móishele, tú eres muy parecido a él; heredaste su mirada y sus pecas.
También heredé el justo sentido de la rebeldía -pensé-, aquella rebeldía que mi padre temió y después reprimió.
-Moisés, mi padre -continuó diciendo el abuelo-, venía de una familia de rabinos; él también hubiera querido que yo lo fuera. Pero después de su muerte tuve que salir a buscar pan, yo era el mayor y en Rusia era difícil sobrevivir. Tenía a mi madre y a mis hermanas que mantener.
-Abuelo, cuéntame algo más de tu padre.
-Te voy a contar una de sus tantas historias. Gracias a Dios para él no existían problemas, hallaba las soluciones de la mejor manera y trataba de que nadie saliera lastimado. Una vez se presentó un hombre a nuestra casa y le contó toda su —59→ lamentable vida: su mujer siempre estaba triste, se quejaba todo el tiempo de su mala suerte, Dios le dio salud, un buen marido, hijos sanos y fuertes y no sólo eso, también bienestar, pero ella nunca estaba contenta. Cuando alguien se cruzaba en su camino y le preguntaba cómo se encontraba, no terminaba de relatar todas sus desgracias y penurias. En su boca sólo tenía quejas y en su alma sólo existían amarguras. Un día el hombre se presentó desesperado, ya sin saber qué hacer, a hablar con mi padre, el rabino. Su aspecto era el de un hombre triste y abatido, pidió hablar a solas con él. El pobre hombre lloraba desconsoladamente igual que un niño, mientras decía que ya no podía seguir viviendo con aquella mujer que era su esposa, quería solicitar el divorcio. Después de muchos años ya había perdido totalmente las fuerzas y las esperanzas de que alguna vez ella cambiara, tampoco quería abandonarla porque era la madre de sus hijos, aunque en estos casos el pedido de divorcio era aceptado. Había perdido las ganas de trabajar y hasta de vivir. Rogó a mi padre un consejo. Durante días él se pasó encerrado en su despacho buscando la solución, hasta que, por fin, unos días después la encontró. Fue casa por casa y llamó a todos los habitantes de la aldea pidiendo que cada uno escribiera en un papelito su problema y lo dejara en un canasto que estaba ubicado en la puerta de la sinagoga; también a la mujer del hombre infeliz pidió lo mismo. Todos obedecieron y dejaron su papelito como se les había pedido. Aquella mujer, en vez de poner un papelito puso cien. Mi padre luego de juntarlos la invitó a que viniera a casa a leer cada problema y elegir entre ellos aquellos que a ella le parecieran menos difíciles de solucionar. Cuál fue la sorpresa que eligió los cien suyos. Desde aquel día nunca más se escuchó una sola queja escaparse de su boca. —60→ Se transformó en una mujer alegre y simpática. Su marido como agradecimiento le regaló al rabino un canasto grande, también le deseó para el resto de sus días, prosperidad.
-Sabes, abuelo, creo que tu padre fue un gran hombre. Estoy orgulloso de llevar su nombre.
Luego miré a los ojos del abuelo y dije:
-Abuelo.
-Sí.
-¡Pronto nos vamos!
-¿Adónde? -preguntó frunciendo la frente.
-¡A América!
Sus ojos quedaron clavados en los míos. Me tocó la cabeza y me bendijo. Ese fue el último viernes que pasamos juntos y la última noche que quedé dormido abrazado a él.
—61→
Mi madre empezó a empacar; el viaje dejó de ser una simple idea.
Apartó la ropa menos estropeada y la acomodó en dos valijas; las otras, las más gastadas se las dio a la tía Yenttel para que la usaran las niñas. Varias veces oí decir a mi padre: ¡No podemos llevarnos todo!
La casa estaba en completo desorden: ollas en el dormitorio, ropa en el salón, como si hubiera pasado una tormenta.
Mis padres se ocupaban todo el tiempo de la mudanza, eso les mantenía distraídos y por ello no notaban mis ausencias cuando escapaba para ir a las reuniones en la casa del tío Iósel. Ahora estaba más informado sobre el sionismo y el socialismo: «El nuevo Ghetto», «El estado judío», «Vieja y nueva patria» escritos por Teodoro Herzl eran mis lecturas del momento. Cuando el tío podía, también me leía poemas de autores como Bialik, Jacob, Schneyur, Cohen, escritos en hebreo, él conocía ese idioma, lo leía y escribía igual que el alemán, polaco y ruso. También me informó sobre otros grupos sionistas más antiguos como «Joveve Sion».
—62→En pocos días mi madre terminó de empacar lo más importante. Por último tomó el sobre donde guardaba las fotografías, y mientras las revisaba se detuvo en una, la miró por largo tiempo, después la besó y la metió de nuevo dentro del sobre junto a las demás: era el retrato de su madre.
Envolvió en una sábana vieja el juego de cubiertos de plata, también la colcha que ella había confeccionado con las plumas de ganso que el abuelo juntó especialmente para ella.
Esa mañana partíamos. El día amaneció sombrío. Cargamos la carreta con las valijas, el baúl donde yo escondí unos libros y otros bultos.
Motke, el librero y su hijo Ittele vinieron a ayudar, el rabino Elías con su mujer y todos sus hijos también estaban ayudando. El rabino me regaló un libro para entretenerme con la lectura durante el viaje: «La guía de los descarriados» de Maimónides. Sara, la mujer del pescadero, trajo a mi madre unos tarros con dulces y otros con grasa de gallina. El equipaje ya estaba acomodado en el carro, y yo también.
Parecíamos judíos de otros tiempos escapando de Rusia, ellos llevaban todo cuando se mudaban, hasta sus animales.
Me parecía estar dentro de un sueño increíble. Nos estábamos alejando de los amigos y del barrio. Mi madre subió también al carro y después subió Féiguele, sólo faltaba mi padre. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas; se ató la cabeza con un pañuelo y así parecía otra mujer, de más edad, era como si de pronto los años le cayeron encima. Después de unos minutos mi padre salió, cerró la puerta, subió al carro y nos pusimos en movimiento. Detrás de nosotros la casa quedó abandonada y vacía. Volví la mirada, allí estaba el ático, mi refugio, mis libros, ellos también quedaron solos. En el trayecto a la estación quise llorar, pensé en el rabino —63→ Elías, en su familia, en Ittele, en la escuela, estaba triste, me sentía mal, nadie entendería lo que yo sufría en esos momentos. Resignado, acurruqué mis penas y quizá buscando ayuda miré a los ojos de mi padre, pero en ellos sólo encontré una mirada lastimera.
Por fin llegamos a la estación. Un hombre ayudado de una pala separaba la nieve de las vías, el viento soplaba fuerte. Féiguele de nuevo enfermó, tenía fiebre, tosía. Yo sentía frío, mucho frío, al punto de hacerme estremecer.
Me acerqué a mi madre.
-Mamá, mamá, tengo mucho frío -dije.
Ella me puso otro saco más pesado sobre el que ya tenía, y una bufanda, pero de nada servía, yo sentía frío por dentro.
El tío Iósel, su familia y también el abuelo estaban en la estación para despedirnos, yo hubiera preferido que nadie fuera. La tía Yenttel se acercó a mi madre y le entregó un canasto con galletas, gallina asada, huevos cocidos, frutas secas. Cuando lo vi, sentí pena, yo sabía la situación de ellos, y todo lo que significaba esa comida para las niñas y pensé en el hambre que siempre sentían. El abuelo también se acercó a mi padre y se alejaron juntos unos pasos. Apartados del resto, el abuelo le dio una bolsita llena de monedas, dentro de aquel saquito de gamuza gastada se encontraba toda su fortuna. Después me llamó y me dijo:
-Ven, Móishele, toma, esto fue de mi padre y ahora quiero que sea tuyo, espero lo cuides. Úsalo y luego guárdalo para cuando tengas un hijo y lleve mi nombre. Es una vieja armónica; algunas noches él la tocaba, ahora quiero que sea tuya.
-Pero, abuelo, si tú estás vivo. ¿Cómo me pides algo así?
—64→-Para entonces, cuando tú tengas hijos, seguro que ya no estaré.
Sus ojos y los míos se pusieron llorosos, en la garganta se me hizo un nudo; tampoco podía hablar.
El abuelo se dio cuenta de mi tristeza y para ahuyentarla me ofreció un caramelo; llevaba siempre los bolsillos cargados de ellos, para convidar a los niños que se acercaban a él.
-No, no quiero, abuelo, gracias.
-¡Abre la boca! -insistió.
Sentí como si me dieran un medicamento para las lágrimas pero no para el dolor.
El tren silbó, una y otra vez. Teníamos que partir, llegó el momento. Corrí desesperado a abrazar a mi abuelo. Sus brazos me rodearon, se aferraron a mi cuerpo, con fuerza, con ternura, yo rogaba en silencio no separarme de él.
-No llores, Móishele, pronto nos veremos.
-¿Me prometes, abuelo, que muy pronto vas a reunirte con nosotros?
No tuve respuesta.
-¡Que tengas mucha suerte, mi tesoro, respeta siempre a tu padre y a tu madre, cuida de tu hermano y de ti también!
El abrazo duró unos minutos. Dentro de mí sabía que era el último. No habría más.
-Abuelo, te voy a extrañar.
-Yo también a ti, mucho, pero aún eres joven y fuerte, tienes toda la vida por delante.
Me despedí de la tía Yenttel, la besé en la mejilla y lo mismo hice cuando me despedí del tío Iósel; él me abrazó con fuerza y me dijo:
-Donde estés, podés luchar, siempre hay algo que hacer, recuerda eso.
—65→También me regaló un libro de Stupnicki, sobre Spinoza, y otro: «Ética» de Spinoza.
Cuando subía al tren sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo. Detrás de mí subieron Féiguele y mis padres. Me acomodé en el tercer vagón, al lado de la ventanilla. Desde mi asiento miré por la ventana a la familia de la tía Yenttel, volví la cara y vi al abuelo: estaba allá, parado, próximo a las vías, despidiéndose. En ese momento lo sentí más cerca de mí, como nunca antes. Levanté la mano para saludarlo. Él abrió los brazos como si fuera a abrazar, pero los dejó caer débilmente. Sacó del bolsillo trasero del pantalón un pañuelo y con él se secó las lágrimas.
El vapor gritó y trozos de cielo se opacaron. Detrás de la humareda lo vi a mi abuelo hacerse cada vez más pequeño. Me quedó su figura, solitaria y quieta, en un rincón de la memoria, abandonada.
El tren se puso en marcha, iba abarrotado de pasajeros, algunos viajaban parados, no había casi espacio para el equipaje, acomodamos las valijas bajo los pies, mi madre llevaba sobre su regazo la canasta que le había dado la tía Yenttel.
Las ganas de llorar no se me iban. ¿Cómo sería América? ¿Qué pasaría con los que se quedaban? ¿Habría guerra? No dejaba de preguntarme.
—66→ —67→
El viaje en tren se hacía largo, cerré los ojos y me quedé dormido. Soñé con Málkele que me llamaba a gritos, en medio del bosque. Varias fieras se aproximaban para atacarla. Yo luchaba para salvarla pero todo el intento que hacía era inútil: no podía, estaba atado a un árbol mientras ella gritaba pidiendo ayuda.
-¡Móishele, Móishele!, despierta, y ayuda a tu madre.
La voz de mi padre me despertó, estaba inquieto, tembloroso, suspiré y volví a suspirar.
-¿Qué necesitas, papá?
-Ayuda a tu madre -dijo.
Ella sostenía a Féiguele, quien estaba más enfermo que nunca, tosía casi hasta ahogarse; tomé el canasto para que ella pudiera atenderlo mejor.
-¡Se va a morir! -decía. El miedo no le permitía serenarse.
-¡Qué desgracia! Sólo a mí me pasan estas cosas. Es una desgracia -se lamentaba.
Transcurrieron las horas y Féiguele mejoró, la tos se le fue. El sol se alejaba cuando escuchamos un ruido extraño. Todos —68→ quedamos quietos, nos mirábamos tratando de adivinar lo que pensaba el otro.
El tren se detuvo. Permanecimos en nuestros asientos, temerosos. Las puertas se abrieron, y por fin el aire se renovó. Habíamos llegado a Gvynia, la ciudad donde tomaríamos el barco.
Bajamos del tren y caminamos con nuestros equipajes hasta el puerto. Nunca antes había visto el mar, era la primera vez que me encontraba frente a él, me sentí tan pequeño. La mirada se me extravió en el horizonte. El viento estaba calmo, dejó de nevar, una línea fina de agua se deslizaba a un lado de la calle. El sol apenas se asomaba y tibiamente nos abrigaba.
Recordé cuando el abuelo y yo íbamos de pesca. Bien temprano, preparábamos la canasta, la llenábamos con frutas frescas, pan, paté de hígado, e íbamos al río. Caminábamos por la arena mojada, descalzos, él siempre iba adelante y yo detrás pisando con cuidado sus huellas. ¡Deseaba tanto que mis pies fueran tan grandes como los suyos!
-¿Qué haces caminando detrás de mí, Móishele? -decía el abuelo.
-Veo cuánto le faltan a mis pies crecer para llegar a ser como los tuyos, abuelo.
-¿Por qué?
-¡Para ser un hombre como tú! Quiero parecerme a ti, abuelo. Era así, yo deseaba, cuando niño, parecerme a él. Estar a su lado me daba mucha seguridad. Yo lo quería.
Siempre deseé estar frente al mar, ahora por fin lo conseguí. Tantas veces soñé, imaginé. ¿Cómo sería? ¿Qué sentiría, al verlo? En ese momento estaba frente al mar pero triste, sin el abuelo. Entonces entendí que creer en los sueños es sólo cosa de niños.
—69→Nos pusimos en una fila larga. ¡Nuevamente las filas! Mi padre presentó los documentos en una ventanilla, un hombre los selló, entonces pudimos subir al barco. El barco se llamaba «Alcántara», el nombre estaba escrito, en una rueda, con pintura blanca, y en el centro decía: «Un grupo de pasajeros polacos de clase pobre que vienen a Sudamérica».
La cabeza me daba vueltas, me mareé, sentí ganas de vomitar, abajo las olas peleaban unas con otras.
A los pasajeros nos separaron en clases, nosotros éramos de tercera clase. Un marinero se acercó y nos habló en un idioma totalmente desconocido, no lo podíamos entender, nos indicó con la mano que lo siguiéramos y así lo hicimos. Bajamos varios escalones angostos, teníamos que agachar la cabeza para evitar lastimarnos con el techo. Llegamos a un corredor largo y oscuro; a cada lado se sumaban una puerta tras otra. En una de ella paramos, el marinero la abrió. Nuestro camarote era pequeño, tenía cuatro literas. Nos quedamos unos minutos mirando a nuestro alrededor, sorprendidos. Todo era nuevo.
Mientras nos estábamos acomodando, la puerta volvió a abrirse y aparecieron un marinero y un joven. Éste, por su apariencia, parecía de más edad que yo. Tenía marcas de adolescencia en el rostro, llevaba una boina verde, simpática que hacía resaltar el color negro de sus ojos. Usaba pantalones largos y tirantes, el traje le iba ceñido, como si fuera de otro. Recordé a las hijas de la tía Yenttel que siempre vestían ropas heredadas o prestadas.
Tímidamente y avergonzado acomodó su equipaje sobre la cama. Mi padre esperó un momento y luego le preguntó:
-¿Cómo te llamas?
-Hérshele.
—70→El tono de su voz no era todavía el de un hombre.
-¿Adónde vas?
-¡A América! Me espera mi hermano, él me mandó el pasaje.
Sus manos lentamente se fueron despegando de la cinta de la valija, y su mirada del suelo.
Mi madre le ofreció una galleta y mi padre le ayudó a sacarse el saco.
-Vamos a pasar mucho tiempo en este barco -dijo mi padre-, es mejor que te pongas cómodo. Mira Hérshele, te voy a presentar a mi familia: él es Féiguele, éste es Móishele. Reitze, mi mujer, y yo me llamo Dovid. Todos, como tú, vamos a América.
Aunque los días transcurrían, era como si el tiempo se hubiera detenido. Yo dejé de soñar y el futuro dejó de preocuparme.
Málkele se alejó de mis sueños. La lectura dejó de ser importante; en cambio, me entretenía conversando y jugando con Hérshele. Mi padre pasaba largas horas en cubierta mirando el mar, ausente, y Féiguele no se separaba nunca del brazo de mi madre. Ella no le permitía ir con nosotros y se justificaba diciendo que lo veía enfermo.
Sin embargo, el aire marino benefició la salud de mi hermano, dejó de toser, y respiraba sin dificultad.
Hérshele se convirtió además de compañero de camarote en mi amigo; manteníamos largas conversaciones y compartíamos juegos.
Mi madre también lo atendía a él como a un hijo. Hérshele siempre tenía buen apetito, para mi madre, eso era toda una bendición, deseaba vernos comer mucho y bien, como Hérshele. La comida que nos daban era mala y en pequeñas raciones; a veces regalaban manzanas a los niños.
—71→Hérshele siempre hablaba de su familia, me contó que su padre había sido director de una importante biblioteca en una universidad de Varsovia. Pero la universidad se cerró y como la mayoría de las personas quedó sin trabajo. La madre era concertista de violín, pero tuvo que trabajar como lavandera para poder comprar comida. Hérshele había heredado las cualidades de la madre, le gustaba la música, y ejecutaba varios instrumentos. El hermano mayor salió de Polonia hacía ya varios años. Siempre en sus cartas escribía el deseo que tenía de que la familia se reuniera con él en América.
Una tarde Hérshele y yo nos sentimos aburridos, entonces decidimos hacer un recorrido por el barco. Subimos unas gradas. Arriba todo cambiaba, los pasajeros eran diferentes. Nuestros ojos se abrieron sorprendidos cuando vimos aquel salón. Era tan grande como una casa, o quizás más. Sobre una mesa larga que cruzaba el salón se exhibían toda clase de manjares, carnes, frutas, dulces, bebidas.
-Nunca vi tanta comida junta -dijo Hérshele deslumbrado-, y mira los pescados, parecen vivos.
Los ojos se me iban detrás de las fuentes.
La música que se oía era suave; algunos pasajeros comenzaron a entrar, las mujeres llevaban pieles, trajes largos, brillosos, y en los dedos vestidos de guantes las alhajas relucían. Los hombres vestían trajes de etiqueta. Parecían personajes escapados de cuentos.
Hérshele se acercó y me habló despacio como si fuera a contarme un secreto.
-Entremos y comamos todo lo que se nos ocurra, ésta es nuestra oportunidad.
—72→-Mejor vamos, si nos encuentran aquí nos tiran al mar -respondí.
-¡No tengas miedo! Estás conmigo, yo te protegeré, nada malo nos va a ocurrir.
Ni bien terminó de pronunciar la última palabra, detrás de nosotros aparecieron dos marineros. Nos tomaron de la ropa y a empujones nos llevaron hasta la escalera. Nuestra ilusión duró poco tiempo, volvimos enojados y más hambrientos que antes. En el camino de regreso a nuestro camarote nos cruzamos con un hombre a quien conocíamos de Varsovia, se veía enfermo, pálido, caminaba encorvado. Con las manos se apretaba el estómago, sufría de náuseas y sudaba descontroladamente. Lo ayudamos a llegar hasta su camarote, el resto de su familia estaba de igual forma, todos enfermos. Les tomó una epidemia. Por un tiempo ese piso se aisló. Nadie podía entrar ni salir.
Las semanas transcurrían, los puertos se sucedían, las aguas cambiaban de nombre, perdiéndose en la memoria. Dejé de soñar y di descanso a mis fantasías; también abandoné la lectura.
Una tarde, el paisaje cambió, no era el mismo. La neblina opacaba el horizonte y a lo lejos el agua y la tierra se unían. Fue cuando se escuchó en los parlantes la voz del capitán decir: -¡Buenos Aires!
Era un nuevo puerto, para Hérshele significaba el final del viaje. La última noche que pasamos juntos, ni él ni yo dormimos, hablamos de nuestros miedos y nuestras angustias. El barco atracó al amanecer, estaba clareando, todos los pasajeros desembarcamos.
Me despedí de Hérshele con un abrazo y con la promesa de escribirnos siempre y volver algún día a encontrarnos. Luego —73→ se despidió de mi madre, de mi padre y de Féiguele. Cerré los ojos para no ver cuando se alejaba, pero cuando de nuevo los abrí, lo vi abrazado a un joven más alto y robusto pero muy parecido a él. Hérshele había encontrado a su hermano. Los dos se alejaron juntos, nosotros nos cambiamos a una embarcación más pequeña. Esta vez éramos los únicos pasajeros polacos.
Empezamos el tramo final de nuestro viaje, ahora las aguas que navegábamos eran mansas, tranquilas, regalaban calma. A mi madre le preocupaba qué haríamos si al tío Jaim se le olvidaba ir a esperarnos. ¿Qué pasaría con nosotros?
-Dovid. ¿Y si Jaim no recibió tu carta? ¿O si le sucedió algo malo y nosotros no sabemos?
Como siempre sucedía, mi madre estaba de nuevo presa de sus angustias.
-¡Por favor, Reitze, no te preocupes! Tú sólo cuida a Féiguele y cállate.
Mientras ellos discutían yo pensaba en Varsovia. El recuerdo del abuelo en la estación se repetía una y otra vez, no podía alejarlo de la mente. Pensar en Málkele, en que pronto la volvería a ver distrajo por un momento mi tristeza. ¡Pronto la vería de nuevo! Tantas veces soñé con ella. ¿Estaría igual? El barco asomó la proa a la playa. Miles y miles de naranjas desparramadas, sobre la arena, doraban el paisaje; hacía mucho calor, el sol ardía, rabioso.
Desembarcamos, me acerqué a mi padre, buscando su protección. Él me tomó del hombro y caminamos juntos. Mi madre y Féiguele iban detrás.
Fuimos hasta la aduana.
Un hombre de tez obscura revisó nuestros pasaportes. Inútilmente intentó pronunciar nuestro apellido, resignado, —74→ selló el documento y lo devolvió a mi padre. Hablaba en un idioma desconocido. No lo entendíamos. El calor era cada vez más intenso, insoportable. De pronto vimos al tío Jaim y todos quedamos tranquilos.
Mi madre comenzó a llorar y mi padre dijo:
-¡Llegamos! Allá está Jaim, esperándonos. Reitze, ya no tengas miedo.
-¡Gracias a Dios! -contestó mi madre.
—75→
El tío Jaim se acercaba saludándonos con los brazos en alto, y no ocultó su emoción cuando se abrazó a mi padre. Luego hizo lo mismo con mi madre y entonces algunas lágrimas corrieron por su rostro, también nos saludó a mi hermano y a mí con igual emoción; y después de recorrernos con la mirada dijo asombrado:
-¡Miren cómo crecieron estos muchachos! Gracias a Dios. Están tan altos como yo, recuerdo cuando los vi por última vez, Móishele era aún un niño. Bueno, así es la vida -agregó, con un gesto de resignación-, mientras los hijos van para arriba, los padres vamos para abajo.
También a mí me sorprendió verlo tan igual a aquella mañana cuando el abuelo nos presentó. No había cambiado su aspecto, como si los años no hubieran transcurrido para él. Lo recordaba sentado en el patio de su casa, cosiendo y silbando, rodeado de plantas y pájaros. Ahora me parecía extraño verlo lejos de Polonia, como si él sólo perteneciera a aquel escenario.
Permanecíamos parados mirándonos unos a otros en silencio. De nuevo el temor a lo desconocido nos dejaba paralizados, —76→ a pesar de que teníamos miles de preguntas que hacerle. Yo deseaba preguntar por Málkele. ¿Por qué no estaba junto a él? ¿Por qué no vino? Pero mi timidez me venció y no pude hablar.
El tío preguntó a mi padre:
-Dime, Dovid. ¿Te sucede algo malo? ¿Te encuentras enfermo?
-¡No, Jaim! Es sólo el cansancio, ya sabes cómo es el viaje -respondió mi padre.
-Entonces vamos, no podemos quedarnos todo el día acá parados.
Luego de pronunciar estas palabras, el tío Jaim lanzó un silbido, y a los pocos minutos se acercó a nosotros una carreta guiada por un hombre que llevaba el torso desnudo y los pies descalzos. Bajó de un salto y presuroso ayudó a subir las valijas; después subimos también nosotros.
De pronto la carreta se movió y fue entonces cuando tomamos el camino para llegar al destino final de nuestro largo viaje: ¡La casa del tío Jaim! Ya no tolerábamos el cansancio y la ansiedad por llegar, llevábamos la ropa húmeda de sudor y estábamos sedientos.
El último trayecto, el del puerto hasta la casa, se hizo más tedioso de lo previsto y duró todo el día. La polvareda se levantaba a cada lado del camino, dejándonos casi a ciegas.
El rostro de Féiguele estaba tan acalorado que parecía un carbón encendido. Al tío Jaim le preocupaba vernos tan decaídos y trataba de distraernos hablando de diferentes temas, contando anécdotas de las más irreales, hasta llegar a aturdirnos.
La carreta seguía su ruta. El paisaje no se modificaba. Se repetía y se repetía. Siempre la misma vegetación y cada tanto —77→ una que otra pequeña casa perdida detrás de extensos patios. Mi madre se llevó las manos sobre los ojos, cegándolos para evitar observar el lugar; fue el primer síntoma de rechazo que vimos en ella hacia este país que a partir de entonces y a pesar de su descontento también se convertiría en el nuestro. De pronto tuve deseos de imitarla, cubrirme también los ojos para no ver la realidad, pero aunque me doliera por dentro y por fuera, tenía que enfrentarla.
Estaba seguro que éste no era el lugar con el que tantas veces soñé, ni el que recorría en mis fantasías.
Esta vez el tío Jaim dejó de contar sus historias para preguntar:
-¿Están todos bien? Ya no se preocupen, sólo faltan unos minutos, y si Dios quiere llegamos. Mindú estará preocupada, ella se sintió muy feliz al enterarse que ustedes venían a América, hace días que está cocinando y limpiando la casa para esperarles.
Después de escuchar al tío repetir de nuevo una anécdota que ya la habíamos oído varias veces durante el viaje, nos quedamos en silencio, pero no por mucho tiempo más, de pronto en medio del espeso follaje el carretero gritó, tiró con fuerza de las riendas y los caballos frenaron de golpe. El ruido me asustó.
-¿Qué pasa, papá?.-pregunté.
-¡Llegamos! -respondió el tío Jaim.
El hombre que conducía la carreta fue el primero en bajar, después lo siguió el tío Jaim, quien entró corriendo a la casa dejándonos solos. Desde la calle escuchábamos sus gritos llamando a su mujer.
-¡Mindú, Mindú, ya llegamos!
El tío Jaim regresó a los pocos minutos acompañado de su mujer. La tía Mindú tampoco había cambiado de aspecto, —78→ aunque la noté con algunos kilos de más y también con el vientre crecido. Mientras mi padre me ayudaba a bajar de la carreta me sentía protagonista de una larga y terrible pesadilla. Esto era un sueño, este lugar no podía existir; estaba seguro de que pronto despertaría en mi casa, en Varsovia, y no recordaría absolutamente nada. Sólo era un mal sueño.
Mindú nos dio la bienvenida también con abrazos y besos, se la veía realmente contenta como dijo el tío Jaim.
-¡Vengan, entren, acá hace mucho calor, necesitan tomar agua fresca! Entren, gracias a Dios, llegaron bien -decía mientras sonreía satisfecha.
Y así fue, la seguimos y por fin entramos a la casa.
Era una casa vieja y gastada, algunos pilares flanqueaban un largo y oscuro corredor, tenía varias piezas y en el fondo un patio grande lleno de árboles, también había un aljibe y un gallinero.
Mis padres, Féiguele y yo quedamos estáticos, sin saber qué decir; como si de pronto hubiéramos recibido un gran susto. Recorrí con la mirada las baldosas, las paredes. Seguía sin creer que eso fuera realidad, no entendía qué hacía yo, Móishele, parado en esa casa tan extraña, tan vieja, tan lejos, donde todo era tan diferente, tan distinto: el clima, las calles, el idioma, hasta el aire, que olía a fruta madura. En ese momento sentí deseos de salir corriendo, escapar de aquella casa, llegar nuevamente hasta el puerto, subir aun barco y regresar a Polonia.
El tío Jaim habló:
-Mindú -dijo-, lleva a los parientes a su pieza, están cansados, así podrán descansar.
-Tienes razón, Jaim -respondió la tía Mindú-; vengan, les voy a mostrar la pieza que va a ser de ustedes, es la más grande y linda.
—79→Seguimos a la tía Mindú, llevando nuestro equipaje. Ella abrió la puerta de la segunda pieza y dijo:
-¡Entren!
Entramos y de nuevo la misma sensación de no poder creer que todo esto no era más que una pesadilla. Adentro, la pieza tenía un aspecto lúgubre, olía a encierro, las paredes estaban descascaradas y mohosas. Mi padre intentó abrir la única ventana de persianas rotas, pero no pudo. Había unos pocos muebles: una cama grande, un ropero de dos puertas sin lustre, una fiambrera, dos elásticos y una cocina a leña. En medio de aquel silencio se oyó el llanto de mi madre; la miré y pensé. ¿Podremos alguna vez acostumbramos a vivir en esta pieza pequeña, en donde tendremos que dormir, leer y hasta cocinar? No podía ser que de ahora en adelante eso fuese nuestro hogar. Mi madre dejó de llorar y preguntó:
-¿Qué vamos a hacer, Dovid? Todo esto es muy triste. Es una desgracia, tenemos que volver.
Mi padre se acercó a ella y le tomó las manos, luego trató de convencerla de que el lugar no era tan terrible como parecía, que pronto íbamos a encontrar la solución, que él se encargaría de arreglar la persiana y también de pintar las paredes, entonces la pieza se vería diferente. Le explicó que en estos momentos era el mejor lugar donde podríamos estar, acá tendríamos comida y seguridad, que el sólo hecho de estar lejos de Polonia ya era toda una bendición. Mi madre seguía angustiada y llorando, las palabras que él le decía eran inútiles, ella simplemente sufría. Pero mi padre buscaba la manera de justificarse, y de justificar su actitud al obligarnos a abandonar Polonia. Nosotros no lo deseábamos, y ahora frente a esta situación y al sufrimiento de mi madre, él se sentía culpable. Este sentimiento de culpa siempre lo —80→ acompañó. En todo momento y ante cualquier circunstancia; necesitaba justificarse y fingir ser un hombre fuerte y seguro a pesar de sus miedos.
Mindú salió y regresó después de un corto tiempo.
-Vengo con mi familia, así les conocen a mis hijas. El tío Jaim también las acompañaba.
Fue entonces cuando el recuerdo de Málkele se me presentó de nuevo. La primera vez que la vi, fue cuando con el abuelo fuimos hasta la casa del tío Jaim para encargarle mi primer traje, el que usaría luego en la celebración de mi bar mitzva. Ya habían pasado algunos años de aquella fecha. Todo ese tiempo soñé y pensé durante las noches en ella, en Málkele; ahora la vería de nuevo. ¿Estaría igual a aquella vez? ¿Mantendrían sus ojos el mismo brillo?
Mientras se acomodaban las visitas, yo permanecía sumido en mis pensamientos. Mi padre percibió mi distracción y la interrumpió de inmediato.
-¡Móishele! Hijo, ¿qué te sucede? Pareces extraño. Ven, las hijas de los tíos vienen a saludarnos.
A mi padre se le había olvidado que yo ya las conocía, pero como no estaba dispuesto a contarle la historia de cuando las conocí, preferí mantenerme callado y simular sorpresa mientras me las presentaban.
Viendo que éramos muchas personas las que estábamos dentro de la pieza y para darle más luz y ventilación, mi padre intentó con mucho cuidado abrir la ventana, pero mi madre le pidió que la mantuviese cerrada.
-Si la abres -dijo- sentiremos más calor.
Mi padre respondió con un gesto de desaprobación en el rostro, dio media vuelta y dejó de lado las manijas de las persianas desvencijadas y respondió:
—81→-Reitze, si vamos a vivir acá es mejor que empecemos a acostumbrarnos al calor; si existen otras familias que se acostumbraron, ¿por qué nosotros no? ¿Qué tenemos de diferente a la familia de Jaim y de Mindú?
En ese momento no entendí el significado de las palabras de mi padre, pues me era difícil creer que alguna vez podríamos adaptarnos no sólo a la temperatura sino a todo lo que nos rodeaba. De nada servía el ejemplo que terminaba de darnos.
Siendo testigo de nuestro estado de angustia, el tío Jaim lo interrumpió para presentarnos a sus hijas.
-Ésta es Dóbbele, la más pequeña. Mientras el tío seguía presentando a Sórele y a Rójele yo buscaba dentro de la habitación a Málkele, pero no la hallaba, ella no estaba. ¡Málkele no estaba! Me sentí triste. La ilusión por volver a verla me había mantenido tranquilo durante el viaje. Ahora, me sentía abatido, de nuevo quedaba vacío, sin nada ni nadie con quién soñar, hasta que el tío dijo:
-¡Esta es Málkele!
Yo levanté la vista y la vi. Entonces sentí un sudor frío correrme por la frente. No podía ser, esta no era la misma Málkele, la que yo conocí, la niña con quien tanto tiempo soñé. Esta ya no era una niña, era una joven tan alta como mi padre, y tan grande como su madre.
Resignado, respiré hondo.
Las niñas permanecieron calladas y sorprendidas, al igual que nosotros. Pero por suerte la tía Mindú sí tuvo que decir:
-Jaim y yo tenemos otra sorpresa que darles.
-¿Cuál? -preguntó mi padre.
-¡Vamos a tener otro hijo!
-¡Otro más! -dijo mi madre sorprendida.
—82→-Así es, Reitze, dentro de algunos meses va a nacer. Jaim y yo tenemos esperanzas de que sea un varón.
-Esta vez tiene que ser un varón. No quiero más mujeres, ya tengo cuatro, gracias a Dios todas sanas, pero ahora necesito un hombre -dijo el tío Jaim, con voz segura y convencido de que así sería.
El tío Jaim y su familia se despidieron, para dejarnos a solas, sobre todo para descansar.
Pronto se hizo de noche y fue cuando la tía Mindú regresó con un pastel de papas y otro de tallarines.
-Les traigo la comida, es mejor que coman ahora que está caliente. En el mueble hay platos y cubiertos, mañana bien temprano yo vuelvo para ayudarte, Reitze, a arreglar la ropa, pero si me necesitan, a mí o a Jaim, durante la noche, sólo tienen que golpear la puerta de al lado, esa es nuestra pieza, estamos muy cerca -dijo, y se alejó nuevamente.
A pesar del sueño, el cansancio y la angustia que todos padecíamos, el aroma a comida despertó nuestro apetito. Nos sentamos a la mesa, mi madre puso cuatro platos y cuatro cubiertos. Tampoco había más. Mi padre no cenó, sólo tomó un vaso de té frío, aunque dudó antes de tomarlo, como si no confiara en aquel líquido.
Terminamos de comer, mi madre seguía con la mirada consumida por el llanto, y con dificultad preguntó:
-Dovid, ¿así es como vamos a vivir?
-No lo sé, Reitze.
-Acá no nos podemos quedar, en esta pieza sucia, pequeña, oscura, con muebles que no son nuestros, sólo siento deseos de morir. Por favor, llévanos de nuevo a Varsovia, a nuestra casa, quiero regresar.
—83→Mi madre terminó de hablar y se desplomó sobre la cama llorando. Mi padre, nervioso, daba vueltas por la pieza. Después de unos minutos se acostó a su lado para tratar de calmarla. Féiguele, testigo de esa escena, estaba desesperado, él no podía ver llorar a nuestra madre, y también empezó a llorar y a toser.
-¡Reitze! -dijo mi padre-. Féiguele tampoco se siente bien, el viaje fue muy largo, estamos cansados, mañana será otro día y pensaremos mejor.
Fuimos a dormir, dejando sobre la mesa los platos sucios y desordenados. Mi madre y Féiguele quedaron dormidos de inmediato, mi padre se acostó a un lado de la cama, cruzó ambos brazos sobre la frente y quedó mirando en dirección al techo.
Antes de dormirme pensé en él, lo noté preocupado como nunca lo había visto, percibía nuestro sufrimiento y se sentía responsable de ello. Jamás lo dijo, así como calló tantas otras cosas que para mí fueron importantes en el período que duró mi crecimiento.
Esa fue una larga noche, y de nuevo mis miedos erraron en la oscuridad de mis sueños.
—84→ —85→
Aunque era temprano cuando desperté, mi madre y mi padre ya se habían levantado. Me llevó largos minutos identificar la pieza, y entonces recordé el día anterior; la llegada a la casa, a los tíos y a Málkele.
Féiguele seguía durmiendo a mi lado. En medio del gran desorden, nuestras ropas estaban desparramadas por todas partes, ollas sucias amontonadas y una valija aún cerrada que mi madre no la abrió, pues en ella estaban guardados los candelabros, el juego de cubiertos y el samovar, que, por ahora, era lo que menos necesitábamos.
Miré a mi madre, ella seguía igual, en sus ojos hinchados por el llanto reconocí de inmediato la tristeza.
El rostro de mi padre también se veía abatido, las pocas horas de sueño y de descanso no borraron su aspecto descolorido y demacrado, pero él hacía un enorme esfuerzo por disfrazar su angustia, fingiendo que todo estaba bien, que las cosas se acomodarían de la mejor manera y en poco tiempo más. Que todo era pasajero. Insistía en el ejemplo de la familia del tío Jaim, diciendo lo bien que se los veía. Luego nos propuso —86→ que lo ayudemos a ordenar la pieza, pero no sabíamos por dónde empezar, si primero lavar las ollas o acomodar la ropa, de cualquier manera en ese ropero pequeño no cabrían todas. Entonces mi padre tomó la ropa de invierno, la envolvió dentro de una sábana y la puso debajo de la cama grande.
-Aquí, con el calor que hace, no la utilizaremos -dijo.
Féiguele también despertó atontado, el calor y el cansancio lo dejaron así.
-¡Mamá, mamá! -dijo-. ¿Dónde estamos? ¡Tengo hambre! Las palabras de Féiguele me dejaron pensando en nuestra realidad. No siempre Mindú nos traería la comida, el poco dinero que trajimos no alcanzaría para mucho tiempo más. Fue entonces cuando pregunté:
-Dime, papá. ¿Qué vamos a hacer para sobrevivir?
Mi padre no me respondió, era el momento que yo esperaba para que nos dijese la verdad, y no sólo lo bien que nos encontrábamos lejos de Europa, en estos tiempos de persecución, yo necesitaba también saber. ¿Qué comeríamos? ¿Dónde él hallaría trabajo acá? Pero él no tenía respuestas.
Mi madre también se quedó mirándolo, como una niña indefensa y perdida.
Esa mañana fue larga y con muchas sorpresas, una de ella fue que en la casa no vivían sólo los tíos, y desde nuestra llegada también nosotros, además vivían otras dos familias y aún quedaba otra pieza vacía para un próximo inquilino. Supimos esto cuando mi padre abrió la ventana y escuchamos voces extrañas. Lo curioso era que también hablaban en yiddish. Mi padre se asomó a la ventana y se encontró con el rostro de un hombre totalmente desconocido, quien lo saludó muy amablemente y se alejó.
—87→Más tarde, cuando el tío Jaim vino con una jarra de leche tibia, pan recién horneado y azúcar, mi padre le contó lo que había visto.
-Así es, mi querido Dovid, me olvidé de comentarles que otras familias también viven aquí, alquilan las otras piezas, pero no hay por qué preocuparse, todas son buenas personas y vivimos como una gran familia.
-Pero, dime, Jaim. ¿Quiénes son estas personas?
-Bueno, Avrom y su familia fueron los que alquilaron la casa, son de una ciudad cerca de Galitzia. Primero llegaron a Buenos Aires, pero allí el clima no le hacía bien a la mujer, ella sufre de reumatismo y de muchas otras enfermedades, por eso eligieron este país, acá hace calor y hay poca humedad. Avrom es joyero y trabaja muy bien, así se gana la vida. Pero esperen un momento, voy a ir a buscarlo, así les presento.
El tío Jaim se levantó y fue a buscarlo. Volvió de inmediato con Avrom; era un hombre grande y gordo, tenía la cabeza calva y una joroba en la nariz donde apoyaba un par de pequeños anteojos, vestía ropa gastada y sostenía sus pantalones con un par de también gastados tirantes. Yo encontré que tenía un cierto parecido con el abuelo, quizás era porque poseía la apariencia de un buen hombre. Contó que vivía con su mujer, llamada Guitte y con un hermano soltero, Schloime. También dijo que Guitte y él no tenían hijos. En eso se presentó a nuestra pieza Guitte, buscándolo. También era una mujer mayor, y por la edad que aparentaba hasta podía ser mi abuela. Tenía el pelo casi blanco, recogido en la nuca con un rodete, y la piel del rostro seca y arrugada, llevaba sobre el vestido un gran delantal. Poseía la apariencia de una mujer desgastada y triste.
—88→Después de las presentaciones, sucedió lo que normalmente pasa cuando varias personas desconocidas se encuentran por primera vez, las preguntas se entrechocan sin tiempo a respuestas, el señor Avrom preguntaba, mi padre también, la señora Guitte también preguntaba, en tanto el tío Jaim daba explicaciones que nadie le pedía, interrumpiendo los diálogos. A pesar de que dudaba que podríamos vivir todos juntos como una gran familia, en armonía y felicidad, así como dijo el tío Jaim, igual me sentía cómodo con estas personas que acababa de conocer y con deseos de saber más detalles sobre sus vidas, aunque me costaba creer que compartiríamos con ellos, en adelante, nuestra existencia.
La conversación siguió. El tío Jaim también continuó hablando en voz alta. Guitte se mostró muy amable con mi madre, ofreciéndose a ayudarla en el arreglo de la habitación y en otros quehaceres, pero ella se resistía a aceptar la ayuda diciendo que podía hacerlo sola, pero yo conocía a mi madre y conocía su reacción cuando no quería entablar vínculos. Ella siempre fue muy reacia a tener amigas, su mundo sólo se reducía a cuidarnos a Féiguele, a mi padre y a mí. Constantemente repetía que lo único y lo más importante, para ella era, su familia.
Guitte insistía. Me pareció una buena mujer. Luego salió un momento de la habitación, y volvió portando dos tacitas, una iba cargada de azúcar y la otra de harina, tiró un poco del contenido de cada una en las cuatro esquinas de la pieza y deseó que nunca nos falte pan y alegría, y que siempre gocemos de una vida dulce, así como dulce es el azúcar. Esa era una vieja costumbre judía, y aunque para mí no fue una sorpresa, igual me emocionó. Los augurios de Guitte me cayeron muy bien en ese momento, aunque no siempre se cumplieron.
—89→Terminábamos de conocer a Avrom y a Guitte cuando se presentó Schloime, lo reconocí de inmediato, era el mismo hombre que horas antes curioseaba en nuestra ventana.
-Ya que todos se olvidaron de mí, yo mismo me presento -dijo ofendido-, soy hermano de Avrom y cuñado de Guitte. Mi padre se disculpó y lo invitó también a tomar asiento.
En ese momento sentí vergüenza de esas personas por el desorden en que se encontraba nuestra pieza, ya que aún eran extraños, aunque después se convirtieran en nuestra familia -como decía el tío Jaim-. Ahora, lo único que nos unía era el idioma, y que, también ellos como nosotros, eran judíos.
Mi padre se mostró muy cordial con todos. Al tío Jaim se lo veía alegre, dueño del lugar. Por el contrario, mi madre se mantenía descontenta.
-¿Piensan quedarse mucho tiempo, acá? -preguntó Avrom a mi padre.
-No sabemos, en Europa la situación es terrible -respondió.
-Pero pronto todo va a mejorar, y entonces podremos volver -agregó mi madre.
-Mira, Reitze, primero voy a encontrar trabajo, ahora eso es lo más importante -la voz de mi padre cambió de tono.
-Pero Dovid, tú me prometiste que volveríamos a Europa.
-Sí, Reitze, cuando podamos.
Mientras mis padres discutían, Schloime intentó cambiar de tema, preguntando cosas sin importancia.
Regresar a Europa siempre fue el deseo de mi madre, y estuvo presente en todas sus discusiones con mi padre.
-Mire, señora -agregó Avrom-, acá no se vive mal, estamos tranquilos y nadie nos molesta porque seamos judíos.
-Escucha, Reitze, Avrom tiene razón, es muy inteligente, —90→ espera que pase un tiempo y tú también te vas a acostumbrar. Si eso no ocurre volveremos a casa.
Mi padre terminaba de formular una promesa que mi madre nunca olvidaría y que tampoco se cumpliría.
Schloime hizo callar a todos y pidió que le prestemos atención a lo que iba a decir:
-En realidad, mis queridos amigos, acá mi vida es muy triste, en este país nadie me conoce, no soy nadie, sólo un simple solterón que a veces tiene la suerte de encontrar quien necesite de su ayuda para alimentar a las gallinas, o para ir hasta el mercado a hacer alguna compra. Acá me siento inútil y si no fuera por este bastón, tampoco podría caminar, cuando vivía en Europa yo caminaba por las calles sin arrastrar la pierna, seguro, y todos me conocían en el barrio, me saludaban. Era un gran comerciante, mi negocio era el más importante de todo el pueblo, tenía amigos. ¡Era tan feliz cuando llegaba el teatro! Eran grandes artistas que recorrían pueblo por pueblo en carretas, llevando su arte. Lamentablemente después se les prohibió actuar; el antisemitismo terminó con todo. Allá yo vivía, acá mis días están vacíos, sólo sirvo para ir al mercado. Avrom se puso de pie y antes de abandonar la habitación, dijo:
-Mejor me voy, me pone triste oír a mi hermano hablar así. Con desgano le pasó la mano a mi padre y se retiró con la cabeza gacha.
Guitte por el contrario se quedó y añadió:
-No le escuchen a Schloime, es un viejo que siempre se queja, no sabe lo que quiere, siempre dice mentiras; acá también tiene buenos amigos y todos lo cuidamos.
-¿Cómo yo puedo ser feliz viviendo con una mujer como Guitte, que aunque sea mi cuñada, siempre me está molestando? ¡Me vuelve loco! ¡Oy! ¡Qué mis enemigos tengan mi suerte!
—91→Schloime se sentía ofendido y parecía muy enojado; también él, después de manifestar su queja, se despidió y salió al corredor. Yo lo observé desde la ventana, curioso por saber qué haría. Apoyó en un pilar el bastón y se sentó en el sillón, levantó el periódico que estaba tirado en el piso y retomó su lectura.
Guitte también se despidió, pero antes se ofreció nuevamente a ayudar a mi madre, en el arreglo de las piezas, y a enseñarle a sacar agua del pozo.
Mi madre le agradeció, pero rechazó su ayuda. Guitte por mucho tiempo no volvió a visitar nuestra pieza.
—92→ —93→
Habían pasado varios días desde nuestra llegada y todo seguía igual, los llantos de mi madre, el silencio de mi padre, y el desorden en la pieza. Féiguele se parecía cada vez más a un niño pequeño, no se separaba de mi madre, ni ella lo dejaba sólo un instante.
Prácticamente no nos hablábamos, nadie sabía lo que el otro pensaba o sentía, ni siquiera en las mañanas cuando despertábamos nos preguntábamos cómo habíamos dormido. Se creó un silencio permanente. Mi padre dejó de prestar atención a los reclamos de mi madre, pero tampoco hacía nada por mejorar nuestra situación.
La tía Mindú nos mandaba todos los días, con una de sus hijas, la comida. Ella también dejó de consolar y calmar a mi madre.
Así, de esa manera no podíamos seguir, y llevado una vez más por la preocupación y por la curiosidad, decidí preguntar a mi padre si hasta cuándo íbamos a aceptar la comida que la tía Mindú nos daba, a vivir de la caridad del tío Jaim, y en ese total desorden.
—94→Mi padre estaba sentado en el borde de la cama con la mirada perdida cuando me acerqué y le pregunté:
-Papá, dime. ¿Hasta cuándo la tía Mindú nos va a dar la comida?
-Moishe, no te preocupes, y cállate.
Esa no fue la respuesta que yo esperaba.
-Papá, tienes que buscar trabajo. Pídele al tío Jaim o a Avrom, ellos deben saber dónde puedes encontrarlo.
El gesto de mi padre cambió y enojado dijo:
-Por favor, Moishe, cállate. No quiero seguir escuchándote. Eres aún un niño, ve y ayuda a tu madre.
-Ya no soy un niño, como tú crees, papá, y no iré a ayudar a mamá. Ella no necesita mi ayuda -grité.
Mi padre se levantó de la silla furioso, alzó el brazo como para darme una paliza.
-¡No, papá, no me lastimes!
-Eres un mal hijo, Moishe.
-No soy lo que tú crees, es sólo que siempre te molestas cuando te digo lo que siento, y así no podemos seguir viviendo.
-¡Cállate Moishe! -interrumpió mi madre-, yo siempre dije que era un error venir hasta acá, tenemos que regresar.
-Cuando pueda juntar un poco de dinero para los pasajes nos volvemos a Europa, pero ahora tenemos que esperar -contestó él.
Quise explicar a mi padre que no era mi intención hacerlo enojar, que sólo intentaba ayudar, pero él salió de la habitación dando un portazo. Féiguele comenzó a toser. Sólo nos faltaba eso, que Féiguele enferme -pensé.
No podía seguir encerrado, fui hasta el patio, allí encontré a mi padre, llorando. Traté de entender su pena, pero me fue —95→ muy difícil y preferí dejarlo solo, y cuando de nuevo regresaba a nuestra pieza me acerqué a una ventana que estaba abierta. Allí, frente a una mesa llena de herramientas pequeñas, relojes desarmados y unos cuantos anillos mutilados estaba Avrom trabajando. Cuando notó mi presencia levantó la mirada, se sacó los lentes y me preguntó:
-¿Qué hay, Móishele? ¿Cómo andan las cosas?
Aunque aún no tenía mucha confianza con Avrom, la respuesta fue espontánea.
-¡Mal! Muy mal, don Avrom, mi padre no se preocupa en buscar trabajo y a mi madre le disgusta vivir acá.
-No te preocupes, Móishele, ya pronto tu padre va a encontrar trabajo y tu madre se va a acostumbrar a este país. A todos nos pasó lo mismo.
-Pero, Avrom. ¿Dónde mi padre va a encontrar acá trabajo? No entiende el idioma, no conoce el país. Así es muy difícil.
-Ya verás, Móishele, tu padre aprenderá a hablar castellano, va a conocer más personas. No te preocupes, es difícil empezar. Todo tiene solución en la vida, y ustedes van a aprender a vivir lejos de Polonia, como todos aprendimos.
Las palabras de Avrom estaban llenas de esperanzas, de resignación y como dijo: ¡Había que acostumbrarse! Todos nos acostumbraríamos, sólo existía esa solución.
Avrom corrió su silla, se levantó y vino junto a mí.
-Ven, Móishele, vamos al patio, nos va a hacer bien a los dos respirar un poco de aire fresco, ven.
Salimos al patio. Mi padre seguía parado en el mismo lugar y cuando notó nuestra presencia, prefirió volver a la pieza. Avrom acercó dos reposeras, en una se sentó él y la otra me ofreció a mí. La mañana estaba espléndida, bajo la sombra de los árboles la temperatura era más agradable. Se oía —96→ claramente el canto de los pájaros. La compañía de Avrom me hacía sentir bien. Deseé intensamente que siempre fuera así, no interrumpir ese momento de calma por ningún motivo, seguir en silencio como si el resto no existiera, sólo yo, detenido, solo, contemplando lo que me rodeaba.
La pregunta de Avrom interrumpió el silencio:
-Dime, Móishele. ¿A qué se dedicaba tu padre en Europa?
-Trabajaba en una carpintería, que después se cerró. Él quedó sin trabajo, y como no pudo conseguir otro, la situación empeoró en muchos sentidos, por eso pensamos en el viaje. ¿Y ustedes, Avrom? ¿Por qué abandonaron Europa?
-Por las mismas razones que ustedes, éramos perseguidos, no teníamos trabajo. Vinimos escapando del antisemitismo, aunque Guitte y yo escapamos también de algo más.
-¿De qué, Avrom? -pregunté.
-Otro día te contaré, Móishele.
En ese momento Guitte se acercó a nosotros con dos vasos de limonada y unas tortillitas de papas calientes y crocantes. Detrás de ella, Dóbbele y Rójele correteaban. Más lejos Schloime se mecía en su sillón tarareando una melodía.
Guitte también se sentó junto a nosotros. Me sentía en calma, el clima era agradable y la compañía de Avrom y Guitte, también.
-Sabes, Móishele -dijo Avrom después de largos minutos de silencio-, ya sé quién puede ayudar a encontrar trabajo a tu padre.
Esas eran las mejores palabras que había escuchado en mucho tiempo. No podía creer, lo que más yo deseaba en ese momento, era que mi padre encontrase trabajo; pasarían los miedos y la inseguridad de amanecer al día siguiente sin comida.
-¿Usted dice la verdad? -pregunté.
—97→-Claro, Móishele, se trata de Itche, él también vive acá, en esta casa. ¿Ustedes todavía no lo conocen?
-¡No! -respondí-, aún no lo conocemos, aunque el tío Jaim nos habló de otra familia que también vive en esta casa, pero no nos presentó.
-Bueno, ellos no son una familia, Itche vive solo con un hijo, llegaron poco después que nosotros, son muy buena gente, estoy seguro que él puede ayudar a tu padre.
-Gracias, Avrom, que mi padre encuentre trabajo, es lo mejor que nos puede pasar en estos momentos -dije realmente agradecido.
Pero siempre ocurría lo mismo, cuando encontraba una solución, como ahora que mi padre hallaría trabajo, surgían de nuevo los temores. Se me cruzó la idea de que quizás a él no le gustase el trabajo que se le ofrecería y otras dudas más. Para asegurarme de que Avrom hablaría con Itche, volví a preguntar:
-Avrom. ¿Cuándo puede presentarnos a Itche?
-Esta noche, cuando él vuelva del trabajo, yo lo llevo hasta la pieza de ustedes, y le presento a tu padre. ¿Está bien?
-¡Sí, Avrom! Muchas gracias.
A nuestro alrededor Dóbbele y Rójele seguían jugando a las escondidas. Quise ir a jugar con ellas, y así lo hice, me resultaron niñas muy simpáticas y divertidas.
Preferí no comentarle a mis padres la conversación con Avrom, mantenerme callado hasta la noche, por temor a que ellos no me creyeran. Sentía miedo de darles esa buena noticia. Recordé al rabino Elías cuando decía: «No te anticipes a celebrar un hecho que aún no se realizó».
Pero cuando mi madre me vio al volver de jugar en el patio notó un cambio en mi expresión.
—98→-¿Por qué regresas tan contento, Móishele? ¿Qué te sucedió?
-Jugué con Dóbbele y Rójele, me gusta jugar con esas niñas, son muy simpáticas, Féiguele también debería salir y jugar con ellas -dije, pero la respuesta que me dio mi madre me dejó sorprendido.
-¡No, Móishele! Ya sabes que tu hermano está enfermo, míralo cómo palideció, es mejor que se quede en la cama, este clima no es bueno para su salud.
Mi madre decidió que Féiguele estaba enfermo cuando en realidad no lo estaba, y lo trataba como tal. Pensaba que el calor era perjudicial para su salud, cuando, en realidad, la única que sufría del calor era ella.
Como todas las noches calentamos los restos del mediodía, y mientras estábamos cenando llamaron a la puerta. Ni bien escuché los golpes salté de la silla y fui a abrirla, con la misma excitación de quien abre una caja de sorpresas.
Avrom cumplió su promesa, y se presentó con otro hombre, supuse de inmediato que aquel extraño sería Itche; el bueno de Itche que venía a ofrecerle trabajo a mi padre, y gracias a él la angustia por la sobrevivencia desaparecería, mi madre se sentiría más tranquila, y todos viviríamos mejor, y hasta se podía cumplir el sueño del regreso a Polonia.
-Móishele, ¿quién viene? -preguntó mi padre, poniéndose de pie.
-Es Avrom y viene acompañado de otro hombre -respondí. Itche le pasó la mano a mi padre y luego a mi madre, con movimiento de cabeza saludó a Féiguele. Mi madre se levantó presurosa y ordenó la ropa que estaba desparramada sobre la cama, por primera vez ella se preocupó de poner orden en la pieza.
—99→Itche no perdió tiempo, enseguida habló a mi padre sobre su ofrecimiento. Hablaba pausado, repetía varias veces la misma frase, como si necesitara reafirmarse en lo que decía, mantenía la mirada baja; mientras sus manos jugueteaban con un papelito. Varias veces aclaró que el trabajo que él hacía no era lo ideal, y que la ganancia no alcanzaba para vivir como millonario, pero era suficiente para comer bien y pagar el alquiler de la pieza. Creo que nosotros tampoco pretendíamos otra cosa, solo queríamos sobrevivir.
Todos permanecíamos atentos y curiosos. Por fin mi padre preguntó:
-Y bien, Itche, dígame. ¿Cuál es el trabajo que me vienen a ofrecer?
-Mire, Dovid, yo soy comerciante, vendo cortes de telas a crédito, voy casa por casa para ofrecer la mercadería, y después semanalmente paso a cobrar, la ciudad es grande y hay trabajo para muchos, yo le puedo ofrecer un poco de mercadería, le enseño un día cómo se trabaja, y después usted solo sale a formar su propia clientela.
Por el gesto que hizo mi padre, que para mí ya era conocido, no estaba satisfecho con la proposición. Se quedó unos minutos pensando, y luego dijo:
-Bueno, me parece bien, acepto, y muchas gracias, Itche, pero hay un problema. ¿Cómo voy a vender la mercadería si yo no hablo castellano?
-De eso no se preocupe, en la calle pronto se aprende. A todos nos pasó lo mismo.
-Itche. ¿Cuándo podemos empezar? -preguntó mi padre.
-Si quiere podemos empezar mañana, para qué perder más tiempo.
-Tiene razón, Itche, no hay tiempo que perder.
—100→-Entonces, mi amigo Dovid, mañana bien temprano le vengo a buscar.
Itche se despidió y Avrom también. Por fin mi padre consiguió trabajo, la inquietud por la sobrevivencia pasaría, el miedo a padecer hambre, también. Si hubiera estado el rabino Elías diría de Itche: «Dios lo mandó». En adelante ya no tendríamos de qué preocuparnos, sólo del viaje de regreso.
Pero nuestra realidad estaba acá, en este nuevo país. Deseaba que mi madre aceptara el lugar, esta casa y que todos viviéramos tranquilos, ya que mi padre tenía trabajo, pero luego entendí que los deseos no siempre se cumplen; son igual a los sueños.
—101→
Itche cumplió con lo prometido, venía puntualmente todas las mañanas a buscar a mi padre para ir juntos a trabajar, pronto mi padre formó su propia clientela y cada vez era mayor la cantidad de mercadería que Itche le proporcionaba día a día. Tuvimos mucha suerte de que Avrom nos haya presentado un hombre tan bueno.
A partir del momento en que mi padre empezó a trabajar perdí el miedo a padecer hambre y me sentí seguro y tranquilo, pero mi madre seguía igual, en ella no se producía ningún cambio, aún seguía encerrada, no salía de la pieza, ni siquiera iba a sacar agua del pozo, ni a lavar la ropa. Yo la ayudaba en lo que podía, aunque no me resultaba agradable; lo peor era que seguía resistiéndose a hablar con los demás y a aceptar el lugar, como si tuviera miedo de acostumbrarse a esta nueva vida, y olvidar a Polonia. A Féiguele tampoco le dejaba salir, siempre tenía una excusa para mantenerlo acostado y quieto, era el sol, o la temperatura, o los insectos. Una tarde mi padre volvió del trabajo más temprano de lo acostumbrado, pero esta vez lo acompañaba Itche, mi padre —102→ lo había invitado a tomar una copita de licor para brindar por el trabajo. También vino Bérele, el hijo de Itche, un muchacho mayor que yo, tendría un par de años más. Con ellos ya conocíamos a todos los inquilinos de la casa.
La pieza estaba a oscuras, aunque el sol todavía no se había marchado cuando ellos se sentaron a hablar de Europa, de su terruño, de lo que habían dejado allá, de lo que esperaban de la vida en el futuro, y del regreso a Polonia; ambos compartían la esperanza en el regreso. Aquella atmósfera de compañerismo que se había credo entre Itche y mi padre fue lo que les dio fuerzas para salir a la calle a trabajar, trabajar duro, con el paquete de cortes de género bajo el brazo, todas las mañanas, aunque lloviera, cayera granizo o ardiera el sol. Mientras los hombres seguían sumidos en la conversación, mi madre continuaba planchando, Féiguele descansaba y yo la ayudaba a doblar la ropa.
-Reitze, deja de planchar y ven a sentarte con nosotros, te va a hacer bien distraerte un momento -dijo mi padre, luego abrió la ventana y sacó las copitas y la botella de licor que habíamos traído de Europa. Mi madre siguió con su planchado, ignorando por completo a los visitantes.
Itche y Bérele, incómodos por la actitud de mi madre, callaron; y aunque mi padre hizo lo posible por mostrarse amable, ellos prefirieron marcharse. Itche, poniéndose de pie, dijo:
-Mira, Dovid, es mejor que nos vayamos, dejemos el brindis para otro momento.
-¡Por favor, Itche, espera, no hay apuro!
-Creo que tu mujer se siente enferma, vamos a volver cuando ella mejore -contestó Itche.
-Sí -afirmó mi padre-, ella enfermó por culpa del clima, el calor le hace mal.
—103→Mientras los hombres hablaban yo observé a mi madre, ella seguía con la mirada concentrada en el trayecto de la plancha a carbón sobre la sábana blanca. Pero tras el pedido de mi padre, que fue casi una súplica, Itche aceptó brindar y continuar con la conversación. En realidad lo que Itche deseaba era compartir con nosotros su historia, cómo era su vida antes de llegar a América. Itche había abandonado Varsovia, siendo aún muy joven; en 1917 se fue con toda su familia a una aldea ocupada por los austriacos, después se mudó a un pueblito donde se conseguía trabajo con facilidad, en el cultivo de la tierra, o empleándose como vendedor. Más tarde conoció a su futura esposa, se casó y volvió a Varsovia, poco tiempo después nació Bérele, pero por desgracia en el parto su mujer murió. Desde entonces él quedo solo con Bérele y vino hasta América buscando un mejor porvenir.
-Ya me ven -dijo con voz melancólica-, aquí estoy con mi único hijo, tengo salud. ¿Qué más puedo pedir a Dios?
Después de terminar con su relato, Itche calló. La noche nos vino encima, quedamos en penumbra. Padre e hijo se despidieron, y detrás de ellos mi padre también salió. No volvió hasta la mañana siguiente.
Aquella fue una noche larga, durante horas esperé el regreso de mi padre, a cada rato salía de la pieza a recorrer la casa, ansioso, por encontrarlo. En mi búsqueda me acerqué a Schloime, a Avrom, a Itche preguntando si no lo habían visto. Nadie se había cruzado con él, también pregunté al tío Jaim, pero su respuesta también fue negativa. Nadie vio a mi padre. El tío Jaim notó mi preocupación, entonces me preguntó:
-¿Qué pasa, Móishele? ¿Por qué tu padre salió sin avisar?
-No sé, tío Jaim.
—104→-Pero Móishele, tú eres el hijo. ¿Cómo no sabes dónde está tu padre?
-Tal vez fue a dar un paseo -dije.
-A estas horas nadie da un paseo, es muy tarde. Ve y duerme, Móishele, mañana vamos a buscar a tu padre, y trata de calmar a Reitze, seguro está muy preocupada.
Pero en mi madre no se evidenciaba ninguna preocupación, ella descansaba como todas las demás noches.
De pronto sentí el impulso de ir a buscarlo, pero sentí miedo, nunca había salido de la casa, no conocía las calles. Temí perderme. Tampoco hablaba castellano, para poder preguntar.
Avrom me encontró en el corredor, preocupado, y se acercó a consolarme:
-Mira, Móishele, no te preocupes, ya va a volver, nada malo le va a suceder, acá las calles son tranquilas, no hay peligros. Después de escuchar a Avrom resolví volver a la pieza, allí encontré a mi madre y a Féiguele durmiendo. No entendía a mi madre, cada día me sorprendía de diferente manera, no podía creer en su cambio; en Europa se desesperaba cuando mi padre se retrasaba unos minutos, acá perdió el interés por él, y hasta por ella misma. Era rabia, mi madre sentía mucha rabia hacia mi padre, y aunque hacía todo lo posible por disfrazarla, ésta se evidenciaba en todas sus actitudes.
Pasé toda la noche sin dormir, me sentí abandonado, y pensé: ¿Qué haríamos sin él? ¿Adónde iríamos? Yo era el hijo mayor, y toda la responsabilidad caería sobre mí. ¿Por qué mi padre hacía esto conmigo? Aunque él estuviera enojado con mi madre. ¿Qué culpa yo tenía de eso?
Féiguele se movía y lloraba en sueños. Mi madre despertó e intentó también despertarlo. Féiguele se movía como una —105→ lombriz. Lo miré asombrado, mi hermano gritaba afligido, como si sufriera profundamente. Mojé un trapo y le pasé por el rostro, entonces despertó, miró a su alrededor, buscando a mi madre, cuando la vio, la abrazó y lloró desconsoladamente. Ella le dio de tomar agua y lo acostó a su lado. Féiguele se calmó y pudimos descansar. Después de aquella pesadilla, todas las noches siguientes Féiguele durmió en medio de mis padres.
Al día siguiente, apenas clareaba, se abrió la puerta y entró mi padre. Me levanté de inmediato y con furia le dije:
-¿Dónde estuviste toda la noche?
-Dando vueltas por la calle -contestó.
-¿Dónde es por la calle?
-¡Cállate, Moishe, no tengo por qué responderte!
-Contéstame, papá -volví a preguntar-. ¿Por qué no dormiste acá?
-Ya no resisto el mal carácter de tu madre, siempre que estoy en la casa, ella no habla, no contesta, y trata mal a las personas que son buenas con nosotros.
-Pero yo soy tu hijo, y no tengo la culpa de tus problemas con ella. Tengo miedo, papá, tengo mucho miedo, pero a ti no te importa nada de mí, a Féiguele mamá lo cuida todo el tiempo, y a mí, ¿quién me cuida? ¿Qué significo para ustedes? -dije gritando y llorando a la vez.
-¡Cállate, Moishe! ¡Cállate! Eres muy joven para hablar a tu padre de esa manera. Nunca más te atrevas a gritarme. ¡Nunca más!
Tomó su paquete de géneros y salió a trabajar, dejando la puerta abierta. Avrom, que venía del cuarto de baño, escuchó la discusión que tuve con mi padre, y preocupado se acercó a la puerta.
—106→-¿Estás bien, Móishele? -preguntó.
-Sí, Avrom, gracias.
-Entonces, ¿por qué tu padre te gritaba de esa manera?
-Él siempre habla fuerte...
-Si necesitas de mí o de Guitte ve hasta nuestra pieza.
La sombra de Avrom se borró. Cerré la puerta. Mi madre ya estaba despierta, había escuchado todo, pero se mantuvo callada, y simuló estar dormida. La miré y me acosté de vuelta, escondí mi rostro en la almohada y lloré. Odiaba a mi padre, odiaba a mi madre, odiaba a Féiguele, odiaba a todos, quería volver, quería estar en Varsovia, en mi casa.
Más tarde, cuando salí al corredor a sacar la ropa mojada para tenderla, Avrom me llamó:
-Ven, Móishele, ven a comer un pedacito de bizcochuelo de miel que hizo Guitte.
-No, gracias -dije-, tengo que ayudar a mi madre.
En realidad no sentía deseos de comer.
-Sólo ven un minuto -insistió Avrom-. Ven, mira cómo está tu rostro, pareces que vuelves de una pelea, hijo; tus ojos están hinchados y rojos, un pedazo de bizcochuelo te hará bien. Ven, Móishele.
-No puedo, Avrom, mi madre me está esperando-. En realidad, no quería ver ni escuchar a nadie, deseaba estar solo.
Llegué al patio, con la latona cargada de ropa para tenderla, y encontré a Schloime que estaba limpiando el gallinero, y quejándose del trabajo que le encargó Guitte.
-Todo lo que a ella no le gusta hacer -decía- me obliga a que yo haga. ¡Es una bruja!
-No puede hablar así de Guitte, ella es su cuñada.
-Móishele, no sabía que estabas ahí, espiándome.
—107→-¡No, Schloime! Yo no lo estaba espiando, sólo vine a tender esta ropa que mi madre lavó.
Aproveché que Schloime y yo estábamos a solas para hacerle un pedido, yo sabía que él conocía las calles y creí que ya era tiempo que yo también las conociera; y qué mejor compañía que la de Schloime para eso.
-Dígame, Schloime -pregunté-. ¿Puede usted hacerme un favor?
-Depende de qué se trata, si es dinero no puedo darte nada, porque no tengo.
-No, no es plata, quiero conocer las calles, y necesito salir con usted para que me las muestre.
-Sí, Móishele -aceptó contento-, me parece muy bien que elijas salir conmigo, yo soy el que más conoce estas calles, en todo barrio Palestina.
-Entonces -insistí-. ¿Cuándo podemos salir?
-Mira, Móishele -respondió-, dentro de una hora, Guitte me va a mandar al mercado. ¿No quieres acompañarme?
-Sí, Schloime, gracias, voy, aviso a mi madre, me cambio y salgo a buscarlo.
Quedé entusiasmado con la invitación que acababa de recibir. Pedí permiso a mi madre y también insistí para que Féiguele fuera de paseo conmigo, pero ella rechazó inmediatamente el ofrecimiento poniendo de excusa la palidez de mi hermano y su reciente ataque de tos. Féiguele tampoco manifestaba su deseo de salir de la pieza, ni de jugar con otros niños, él simplemente se conformaba con las decisiones que tomaba mi madre sobre él, nunca discutía y aceptaba las enfermedades inventando sus síntomas.
Entonces invité a Rójele y los tres salimos a la calle. Me sentía emocionado, por primera vez caminaría por las calles de la —108→ ciudad y vería a otras personas. Era como si me dieran de pronto la libertad después de estar largo tiempo preso. Caminaba al lado de Schloime, no me separaba de él un solo paso, temía perderme, parecía un niño indefenso detrás de su padre.
Fue divertido, sobre todo porque Schloime saludaba a todos los vecinos, y se detenía a intercambiar unas palabras o un comentario con todos ellos. Era sorprendente la cantidad de personas que lo conocían, y lo más sorprendente fue que con todos hablaba yiddish.
-Dígame, Schloime -dije-. ¿Estas personas son también judías?
-¡Claro, Móishele! Tú qué crees. Entonces, si no lo son, ¿cómo van a hablar yiddish?
-Yo pensé que sólo los que vivíamos en la casa éramos judíos...
-¡No! Y sabes algo más, Móishele, algunas de estas personas llegaron mucho antes que nosotros, años atrás, y se ubicaron en este barrio, por eso se llama barrio Palestina, porque la mayoría de los vecinos somos judíos.
Schloime me presentó a muchos de los vecinos. Nos alejamos unas cuadras más y finalmente llegamos al mercado. Las calles estaban pobladas de árboles cargados de frutas, decenas de ellas caídas alfombraban el suelo. Me era difícil creer que podíamos caminar tranquilos y libres, sin miedo.
-¡Schloime! -dije-. ¿No siente miedo de caminar por las calles? ¿Nos puede suceder algo malo?
-¡No tengas miedo, Móishele! -contestó sonriente-, acá nadie te va a hacer daño, confía en mí, camina tranquilo.
Me era muy difícil creer que acá un judío podía caminar sin ser perseguido, ni que no existieran calles prohibidas, donde —109→ no podíamos circular, tampoco niños con piedras en las manos para arrojarnos, ni soldados custodiando las calles. Acá un judío era libre.
Observaba a mi alrededor, sorprendido por todo lo que veía y era capaz de sentir, me llamaban la atención las personas, los pájaros. Acá las murallas de las casas eran bajas y de ellas brotaban plantas y flores de diversos colores. En un momento me detuve a mirar el cielo, estaba azul, limpio, como los ojos del abuelo. Mi abuelo. ¡Cuánto lo extrañaba! Me dolía estar lejos de él, sufría por no verlo, siempre lo recordaba y recordaba principalmente aquella tarde en la estación, cuando partíamos para América, y él estaba parado, triste, despidiéndonos.
Seguimos caminando algunas cuadras más y llegamos al mercado. Unas cuantas vendedoras se encontraban sentadas frente a sus canastos repletos de verduras y frutas. Schloime se acercó a una de ellas, se saludaron con mucha familiaridad, como si fueran amigos. Así era Schloime, amigo de todos.
-Vengan, Móishele y Rójele -nos llamó-, vamos a elegir las verduras más frescas.
Rójele y yo nos acercamos para ayudar a Schloime. La vendedora también nos saludó con una sonrisa, poniendo al descubierto unos dientes blancos, que contrastaban con la piel tostada de su rostro. Además, tenía la sonrisa clara y amistosa, y el cabello recogido en una larga trenza.
Terminamos de elegir las verduras y de pesarlas. Schloime las puso en una bolsa.
-¡Vamos! -dijo-, ahora nos espera el puerto, a ver si hay noticias de Europa.
-¿Por qué en el puerto tienen que haber noticias, Schloime? -pregunté.
—110→-Sabes, Móishele -decía, mientras íbamos los tres caminando-, en los barcos llegan las cartas.
Fueron muchos los lugares que conocí esa mañana, pero lo mejor era que podía caminar libre y sin temores, caminar por barrio Palestina, llegar hasta el mercado, y también hasta el puerto, ya conocía el camino, y estaba seguro que no me perdería.
El puerto al que llegamos en busca de cartas, no era el mismo donde nosotros habíamos desembarcado, en aquel otro que estaba muy lejos, Schloime me explicó que atracaban sólo algunos barcos que cargaban mercaderías de la zona, y pocas veces otros, con pasajeros, como en el que nosotros llegamos. Nos dirigimos directo a la oficina. Schloime se acercó a una ventanilla, y preguntó a un hombre si había llegado correspondencia. El hombre también conocía a Schloime y lo llamaba por el nombre, le entregó varios sobres y un par de periódicos. Schloime tomó los papeles, agradeció y nos marchamos.
Curioso por saber más detalles sobre la correspondencia, pregunté:
-¿Siempre llegan cartas de Polonia?
-Sí -respondió-, pero desde que la situación allá empeoró, no tan seguido.
-¿Puedo enviar cartas yo también?
-Sí, pero no es seguro que lleguen -dijo.
Sentí ganas de regresar a casa para sentarme y escribir al abuelo, a los tíos, a mis amigos.
Le pedí a Schloime que volviéramos, poniendo de excusa que me encontraba cansado. Ni bien llegamos, fui corriendo hasta la pieza en busca de papel y lápiz, no podía perder un minuto más de tiempo, necesitaba sentarme y escribir.
—111→Sólo sentía deseos de escribir, nada me motivaba más en ese momento, que correr hacia el patio y sentarme a escribir. Al tío Iósel le contaba detalladamente sobre el lugar, cómo transcurrían mis días acá, las personas que convivían con nosotros, y sobre todo el interés que perdí por la lectura, todo lo que anteriormente me apasionaba ahora se volvió intrascendente. La carta para el abuelo era más corta, pero ni a él ni al tío Iósel les conté sobre mis miedos, ni sobre lo mal que me sentía viendo a mi madre tan angustiada. De mi padre escribí sobre su trabajo, pero tampoco conté sobre sus ausencias, ni de nuestros constantes enfrentamientos, supuse que ellos, estando lejos, no lo entenderían. Y preferí callar. Además, en poco tiempo más volveríamos a Varsovia y todos los problemas se disiparían.
El deseo del retorno también estaba siempre vivo en mí.
Seguí escribiendo. De pronto el cielo se obscureció, dejé los papeles y observé a mi alrededor, la casa parecía desolada, un extraño silencio la envolvía. El tío Jaim estaba sentado frente a su pieza, cosiendo. La tía Mindú y las niñas habían salido. Schloime, adormecido, se mecía y mecía en su sillón. Avrom, como de costumbre, agachado sobre su mesa de trabajo reparaba un reloj. Mi padre se encontraba en la calle, trabajando al igual que Itche y Bérele.
Me sentía solo, como si no formara parte de todo este extraño entorno. Diferente, especialmente de mis padres. Nada en común me unía a ellos. Cerré los ojos, y soñé que estaba en un teatro donde todos los que habitaban esta casa eran los actores, y yo, un simple espectador, que sentado en una butaca frente al escenario, los observaba actuar. Terminada la obra, me levantaba y me iba. Ellos quedaban allí, parados, estáticos, como figuras sin vida.
—112→Un ruido me despertó, retomé la escritura, ya sólo me faltaba despedirme y firmar la carta para el abuelo. Escribirle me hacía sentir cercano a él y se borraba momentáneamente el sentido de pérdida del que sufría, pero a pesar de haber terminado la carta, me resistí a firmarla, de nuevo era despedirme, poner fin a algo.
Igual, firmé.
Recorrí nuevamente la casa, seguía sumida en el mismo silencio. Avrom trabajaba en el reloj, Jaim en la costura, Schloime se mecía, mi madre encerrada, y los demás ausentes. ¿Qué hacía yo allí? ¿Quién era yo lejos de mi país?
Los que habitaban esta casa pretendían vivir como una gran familia, quizás por ello no sufrían como yo, para mí todas estas personas no eran mi familia, esta no era mi casa. La mía quedó allá, abandonada.
Doblé las hojas de carta y las guardé dentro del sobre. Las nubes se habían marchado y el día recobró su esplendor.
Más tarde la tía Mindú volvió del paseo con las niñas, y de vuelta retornó el barullo y la vida a la casa. Málkele me vio solo. Se acercó y sin despegar sus ojos de los míos me saludó. Fue extraño, desde mi llegada nunca la volví a ver, y tampoco sentí deseos de hacerlo, ahora era ella la que se acercaba a mí ofreciéndome su saludo. Málkele y yo estábamos frente a frente, y tuve vergüenza, mis piernas me temblaron y mi rostro palideció. ¿Y si se diera cuenta de todo lo que yo sentía por ella? -pensé-. ¡No! Mi pensamiento era muy infantil, era sólo mi timidez la que hizo despertar aquel miedo.
-¡Hola, Móishele!
-¡Hola, Málkele! -respondí, con voz entrecortada. -¿Qué tienes en la mano? -preguntó ella.
—113→-Son cartas -dije, mientras levantaba los sobres-. Schloime me dijo que las puedo enviar, y seguro que llegarán a destino.
-No lo sé, yo nunca escribo cartas.
-¿Por qué? ¿No tienes amigos o parientes en Polonia?
Sin darme cuenta, Málkele y yo estábamos manteniendo una conversación.
-Dime, Móishele -preguntó de nuevo-. ¿Te agrada vivir acá?
-¿Lo dices por la casa o por el país?
-Por todo -respondió.
-No me gusta vivir lejos de Varsovia, tampoco elegí venir hasta aquí, mi padre tomó la decisión y no nos preguntó qué pensábamos.
-Pero acá estamos seguros -dijo, con voz firme, convencida. Málkele seguía hablando mientras yo la observaba tratando de buscar la semejanza con la otra Málkele, la niña de las trenzas, la niña de la mirada lánguida. Pero aquella niña quedó atrás, Málkele ahora era casi una mujer.
-¡Sabes, Móishele! -continuó diciendo-, me gustaría hablar contigo, si tú quieres; no tengo amigas y mi padre no me deja salir sola de la casa. Todos los que viven acá son personas mayores. Bérele, el único joven, siempre está trabajando, con él tampoco puedo hablar, mis hermanas son aún muy pequeñas y a ti te veo como a un amigo al que necesito.
Me quedé helado. Málkele me ofrecía su amistad.
Aquella proposición fue lo mejor que me sucedió hasta entonces. Ella y yo fuimos buenos amigos, y nuestra amistad se enriqueció día a día.
—114→ —115→
Habían noches en que mi padre llegaba cansado, sin ganas de hablar y ni siquiera cenaba para ir a dormir, vaciaba sus bolsillos y dejaba sobre la mesa todo el dinero de la cobranza del día, deshacía el paquete de telas, agregaba más mercaderías y lo dejaba de vuelta en un rincón de la pieza hasta la mañana siguiente.
Pronto aprendió a hablar en castellano y dejó de lado el yiddish. Insistía en que todos lo aprendiéramos también.
-Vivimos acá -decía-, y de otra manera nunca podremos comunicarnos con las demás personas fuera de las de esta casa o este barrio. Mi madre nunca demostró interés en hablarlo, así como dejó de preocuparle el cansancio que traía mi padre y lo que sucedía a su alrededor. Pero una mañana ella nos sorprendió. Desperté con la resolana invadiendo nuestra habitación y el sol que se abalanzaba sobre nosotros. No podía creerlo, la ventana estaba abierta de par en par y mi madre, ya levantada, arreglaba la pieza, no terminaba de entender la razón del cambio repentino en ella; cuando ya creí que siempre viviríamos en el desorden. El arreglo le llevó —116→ todo el día, primero fueron los utensilios de la cocina, luego juntó la ropa y la guardó ordenadamente en el ropero, la que no cabía la puso dentro de un baúl que nos había prestado la tía Mindú. Abrió la valija que permanecía aún cerrada, y sacó de ella el juego de cubiertos, el samovar y las fotos. Eligió una enmarcada, donde estaban ella y mi padre el día de su boda, y la colgó encima de la cama.
Acomodó el samovar sobre la fiambrera, y los candelabros a cada lado. Sobre la cama extendió la colcha que había confeccionado con plumas de gansos. También comenzó a cocinar y el aroma de la cebolla frita inundó el lugar. De pronto aquella pieza desordenada y sucia, adquirió algo de la calidez de nuestra antigua casa de Polonia. Encontré un lugar donde guardar mis libros; el mueble tampoco era nuestro, pero lo que importaba era que en él cabrían todos los que traje. Los revisé uno por uno, ahí estaban autores como: Tolstoi, Dostoievsky, y otros también rusos pero que escribían en yiddish como: Fefer, Charik, Mrkish. Intenté retomar la lectura, pero no lo logré, aún estaba distraído y preocupado, y no podía concentrar mí atención. Cambié varios autores y títulos creyendo que de esa manera lo lograría, pero siempre fracasaba cuando intentaba pasar de las primeras páginas.
Ese mismo día, cuando, al anochecer, llegó mi padre y entró a la pieza, su asombro fue tan grande que no halló palabras con que manifestar su alegría; creo que había perdido las esperanzas, dejó de creer en que alguna vez podíamos llegar a vivir como en Polonia. Tiró a un lado su paquete, dejó el cuadernillo donde hacía sus anotaciones sobre la mesa, y como si no creyera en lo que veía dijo sonriendo.
-¿Qué pasó?
—117→-Como ves, Dovid, ordené la pieza, no podíamos seguir así rodeados de suciedad, y por el poco tiempo que vamos a vivir aquí, es mejor que lo hagamos bien.
-Reitze, eres la mejor mujer del mundo -dijo mi padre, y con entusiasmo se acercó y buscó sus manos, pero mi madre lo rechazó, se alejó de él, y tomó el plumero para continuar con su labor. Mi padre se quedó quieto y sorprendido.
-Pero, ¿qué te sucede, Reitze? -preguntó.
No recibió respuesta.
Lentamente se dieron los cambios en nuestras vidas: el arreglo de la pieza, que ahora se veía prolija y ordenada, el trabajo de mi padre mejoró y la ganancia alcanzaba para pagar el alquiler, la comida, y lo que sobraba mi madre lo guardaba dentro de un pañuelo cuyas puntas ataba unas con otras. Ese ahorro era sólo para los pasajes de vuelta a Europa.
El clima de hogar llegó a nuestras vidas. Los viernes al atardecer mi madre encendía las velas. Ese era nuestro único contacto con la tradición judía, acá no existían templos adónde ir, ni rabinos, ni casa de baños rituales, ni escuelas donde nos enseñaran hebreo, tampoco matarife ritual.
Éramos muy pocos los judíos que vivíamos en este país y pocas eran las veces que nos reuníamos a rezar en algunas de las casas, pero a cambio de esto, no sufríamos persecuciones y confiábamos en las personas, caminábamos con libertad por las calles sin correr riesgos ni temor de que nos lastimen o nos griten judíos puercos.
El orden en la pieza, los adornos conocidos, el olor familiar de nuestro hogar, me daban seguridad. Antes, cuando llegaba a la pieza, me sentía extraño, como si no formaba parte de ese entorno, pero eso cambió.
—118→Tras el rechazo, mi padre hizo lo que normalmente repetía todas las noches, arregló su paquete de telas para el día siguiente, tomó un vaso de té, y fue a dormir, sin decir una sola palabra.
A pesar de las expectativas que todos teníamos por el cambio que tuvo mi madre al ordenar la pieza, en definitiva, nada cambió, excepto el orden. El cambio fue sólo externo, por dentro seguía igual, pensando y sintiendo lo mismo, siempre en la negativa de vivir lejos de Europa. Su tristeza seguía aislándola de todos. Féiguele se convirtió en su única preocupación, a mí me veía como el hijo mayor sano y fuerte, creía que por ello no necesitaba de sus cuidados como Féiguele, que era el pequeño, enfermo y débil. Yo era el mayor, pero no por ello dejaba de necesitarla, sufría por su abandono. Mi padre tampoco se ocupaba por satisfacer mis necesidades afectivas, él por su parte consideraba que cuanto más tiempo pasara solo, más seguro y fuerte crecería y me haría hombre. Para él los hombres no debían sentir miedo, y yo era muy miedoso, temía hasta de sus palabras.
Salí de la habitación para buscar a Schloime y preguntarle si había enviado las cartas. Lo encontré sentado en el corredor cerca de la radio.
-¡Schloime! ¿Pudo mandar las cartas que le di?
-No hables ahora, Móishele, calla y escucha -respondió.
Se lo venía nervioso. Daba vueltas el dial buscando sintonía. Se oía mal; unos ruidos extraños interrumpieron la comunicación, pero en unos minutos más, la voz del locutor se hizo clara, entonces Schloime gritó:
-¡Avrom, Jaim, Itche, vengan acá! Ahora se puede escuchar bien.
-¿Qué pasa, Schloime? -pregunté sorprendido.
—119→-Hoy fui al puerto, Móishele, y me llegó el periódico donde leí noticias muy feas sobre Europa.
-¡Noticias malas! -dije.
-Sí, Móishele, muy malas -respondió Schloime.
-¿Pasa algo malo, allá? -mi pregunta estaba llena de preocupación.
-¡Avrom, Jaim, Itche, vengan! -volvió a gritar Schloime. Y mientras él seguía llamando yo fui corriendo a buscar a mi padre.
-¡Papá, papá, despierta! -dije moviéndolo de un lado a otro.
-Moishe, hijo. ¿Qué sucede?
Yo me encontraba tan agitado que las palabras apenas me salían.
-Schloime, Schloime, está frente a la radio escuchando noticias muy malas.
-¿Noticias? ¿De dónde? -preguntó mi padre.
-De Polonia, papá, ven pronto, vístete y vamos.
Mi padre se levantó y se vistió. Mi madre también despertó preguntando qué sucedía.
-Nada, Reitze -respondió-, duerme. Son sólo historias del viejo Schloime.
Mi padre y yo salimos al corredor. Avrom, Itche y el tío Jaim ya estaban atendiendo las palabras del locutor que transmitía las noticias en polaco, por eso todos entendíamos.
-¡Vengan, vengan todos, despierten! -gritaba Schloime.
La tía Mindú y Bérele también se acercaron, histéricos debido a los gritos.
En ese momento la noticia se volvió a repetir. Anunciaba el avance de Alemania hacia Polonia.
Todos quedamos atentos, pero sin poder creer lo que terminábamos de oír; en ese momento no comprendimos la —120→ magnitud de la noticia, como tampoco después pudimos comprender sus consecuencias.
Seguimos escuchando. Trajimos sillas y nos sentamos alrededor de la mesita donde estaba apoyada la radio. Así nos quedamos, quietos en espera de más noticias que luego se ampliaron. Eran aterradoras, el antisemitismo invadía Europa, la vida del judío era cada vez más difícil, y corría peligro.
De vuelta un ruido extraño interrumpió la comunicación.
-Schloime, ¿por qué no se escucha? -pregunté.
-Se interrumpió la comunicación -respondió.
Nadie se movió de su silla. La espera continuó. De inmediato me puse a pensar en el abuelo y en los tíos, en el rabino Elías, ellos estaban allá. ¿Y si les sucedía algo malo? -pensé, desesperado.
Me levanté de la silla y me senté en el suelo a los pies de mi padre. No podía contener el llanto. Me aterrorizaba la idea de que al abuelo le podía suceder algo malo, que podía sufrir, y nosotros acá tan lejos, sin poder ayudarlo. Sin poder hacer nada por él.
-¡Papá, por favor, dime que nada malo va a pasar en Polonia! -angustiado dije a mi padre.
-Mira, Móishele -me respondió-, yo también deseo pensar eso mismo, que nada malo les va a pasar, pero creo que no va a ser así, la guerra ya está allá.
-¿Y el abuelo? ¿Y los tíos? ¿Y todos los que se quedaron?
-Nadie puede saber, y menos nosotros que estamos tan lejos. Avrom notó mi pesar, entonces me tomó la mano y me trajo junto a él.
-Mira, Móishele -dijo-, no sufras por algo que todavía no sabemos cómo será. Eres joven, tienes mucho tiempo por —121→ delante para sufrir, ahora sólo reza, pide a Dios que nada malo suceda en Europa y ten mucha esperanza.
Deseé intensamente poder rezar como me dijo Avrom, y sobre todo creer en ello, pero no podía rezar. Yo quería volver, necesitaba ir hasta allá, estar junto a mis seres queridos; yo también era parte de todo ese infierno, estando acá, lejos, me sentía un traidor.
-¡Papá! -lo llamé de nuevo-, quiero volver, necesito volver.
-¿Adónde? -me preguntó.
-¡A Varsovia! No me puedo quedar acá, lejos -dije.
-¡Móishele, estás loco! -fue la respuesta de mi padre-, vinimos a América para salvarnos, huyendo de la guerra, ¡y ahora tú quieres volver! Estás loco, hijo.
-Entonces -pregunté de nuevo-, ¿tú sabías que esto iba a suceder?
-¡No, Móishele! No estábamos seguros de que esto podía llegar a suceder, pasábamos hambre y no había trabajo -respondió él.
-Entonces, por favor, papá, escríbeles a los tíos y al abuelo que vengan, que salgan de Varsovia, que se escapen.
-Sí, hijo, eso voy a hacer.
En ese momento fui egoísta, sólo pensé en los míos y en mi propio sufrimiento, y por el resto, ¿quién se preocupaba? ¿Cómo harían para salir de Europa?
Esa fue una noche larga, todos permanecíamos en silencio y ansiosos esperando más noticias. Nadie hablaba, sólo mirábamos el aparato de radio. Las horas pasaron y las noticias no volvieron.
—122→ —123→
Féiguele enfermó. Fue después de la fiesta de cumpleaños de Dóbbele.
La niña cumplía siete años. La tía Mindú, a pesar de su embarazo, preparó el festejo con mucho entusiasmo. Cocinó shtrudl de manzana, bizcochos, torta de miel y empanaditas rellenas con dulce. Mi madre y Guitte la ayudaron en la preparación de la comida. Schloime ayudó en la limpieza del patio, podó los árboles y limpió el gallinero. Bérele también colaboró, pintando la pared del corredor para que la casa se viera mejor ese día.
El festejo del cumpleaños de Dóbbele nos sirvió de distracción en un momento en el que vivíamos pendientes de las noticias, no se hablaba de otra cosa, y sólo nos preocupaba la guerra, perdimos totalmente el interés en otros temas. Eso no sólo ocurría en nuestra casa, todo barrio Palestina sufría de la misma angustia. Cuando nos cruzábamos con algún vecino, también judío, el saludo era una pregunta: ¿Qué sabés de Europa? ¿Recibiste noticias de algún pariente? ¿Qué se sabe de la guerra?
—124→Cada uno esperaba correspondencia de sus respectivas familias, y la falta total de cartas creaba un clima de permanente tensión.
El cumpleaños de Dóbbele fue un buen pretexto para desviar por unas horas la preocupación. Además, Dóbbele era una niña muy tierna y simpática, en la casa todos la queríamos mucho, estaba siempre dispuesta a ayudar, cuando Guitte baldeaba el corredor, Dóbbele le secaba el piso, si mi madre necesitaba alguna compra Dóbbele iba corriendo hasta el almacén. Cuando Avrom trabajaba, ella se sentaba a su lado y le hacía compañía. Era un día radiante, y la casa se llenó de niños, que correteaban por el patio. Féiguele no jugó, no debía correr, por temor a un nuevo ataque de asma. Mi madre lo sentó junto a Schloime en el corredor, y a pesar del calor, Féiguele vestía camisa abrigada y pantalones largos. Mientras duró el festejo, Féiguele no se movió de la silla, mi madre cada tanto lo miraba, controlando por si se le ocurría cometer alguna travesura, pero él jamás la desobedecería, era incapaz de producirle ni un solo quebranto, pues la culpa de ser un mal hijo, después no lo dejaría vivir.
Dóbbele se veía feliz, disfrutó de su cumpleaños desde la mañana hasta el final de la tarde cuando el último invitado se marchó.
El festejo terminó y todos quedamos cansados, la tía Mindú mandó una fuente llena de comida que había sobrado. Cenamos y fuimos a dormir. Esa noche no se prendió la radio, le dimos descanso a la pesadumbre, pero a mí me duró poco, unas horas después, la tos de Féiguele me despertó. Mi madre se levantó y le dio una cucharada del medicamento que acostumbraba tomar y le preparó un té con limón bien caliente. Le fregó el pecho con la pasta de grasa de gallina y —125→ por un momento Féiguele mejoró, pero en la mañana bien temprano cuando mi padre se marchó a trabajar, le volvió la tos, esta vez ni el jarabe, ni el té lo calmaron. Tosía y tosía hasta volverse azul, de nuevo esos ataques de asma lo dejaban sin poder respirar.
Mi madre, viéndolo en ese estado, gritaba:
-¡Móishele! Ve a buscar un médico, tu hermano se está muriendo.
-Por favor, mamá -dije-, no grites, así no puedes ayudar a Féiguele.
-Pronto, Móishele, pide a Mindú que te indique dónde buscar al doctor.
Salí corriendo a llamar a la tía Mindú, pero Guitte se me cruzó en el camino.
-¿Qué pasa, Móishele, por qué corres? -preguntó.
-Mi hermano enfermó, y busco a la tía Mindú -respondí.
-¿Qué necesitas, Móishele?
-¡Un médico, urgente!
-¡Vamos! -dijo Guitte y me acompañó hasta la casa del doctor, golpeamos a la puerta, nos abrió un hombre alto, de buen aspecto. Vestía ropa blanca que lucía impecable. Guitte habló y le explicó lo que sucedía, yo me mantuve callado, aún no hablaba lo suficiente castellano para hacerme entender.
El doctor contestó a Guitte y luego volvió a entrar.
-¿Qué pasa con el doctor? -pregunté, temiendo que no fuera a ayudar a mi hermano.
-Nada malo, Móishele, no te preocupes, sólo fue a buscar su maletín y unos medicamentos -respondió.
Después de largos minutos, el doctor volvió llevando un maletín en la mano. Los tres caminamos hasta la casa. Guitte —126→ y el doctor hablaban continuamente, yo muy poco pude entender lo que decían.
Schloime, en el portón, nos esperaba. Saludó amablemente al doctor, y nos acompañó hasta la pieza; una vez adentro, el doctor se acercó a Féiguele que se veía peor, lo revisó detenidamente, y pidió a Guitte y a mi madre que salieran de la pieza. Quedamos sólo los tres; bajó el pantalón de Féiguele y le aplicó una inyección. Féiguele se quedó quieto y no se quejó; luego el doctor lo alzó en sus brazos y lo sentó afuera, en el sillón de Schloime. Dio varias indicaciones a Guitte y dejó una botella con medicamento. Le pasó la mano a mi madre, le acarició la cabeza a Féiguele y se marchó.
-Guitte, ¿qué dijo el doctor? -preguntó mi madre.
-Féiguele no tiene nada grave, no tienes que preocuparte -respondió-; con el medicamento que dejó pronto se va a sentir mejor, pero tienes que mantenerlo fuera de la pieza, para que respire aire fresco, así se va a curar.
Mi madre permaneció callada, no prestó atención a las palabras de Guitte ni a las recomendaciones que había dejado el doctor Fernández, levantó a Féiguele y lo llevó de nuevo a la cama, lo cubrió con la colcha y se quedó todo el día junto a él, cuidándolo.
Guitte y yo estábamos sorprendidos, nada podíamos hacer. De nuevo sentí rabia. Pateé una plantera y salí a la calle.
Mi padre me había prohibido salir solo, consideraba que aún no conocía bien las calles, y temía que me perdiera, sólo podía salir acompañando a Schloime cuando iba al mercado o al puerto, de otra manera no podía ser; pero yo, allí en la casa, me sentía prisionero, viendo a las mismas personas que hablaban siempre del mismo tema, y ahora a mi madre encerrada en la pieza pendiente de la salud de mi hermano.
—127→También estaba cansado de mi padre, que cada día regresaba más tarde y hablaba menos, poniendo el cansancio como pretexto para ir a dormir más temprano, y estar menos tiempo con nosotros, especialmente con mi madre.
La calle estaba vacía, ni siquiera el carrito que vendía agua, ni el vendedor de sandías pasaban a esa hora. Era una de esas siestas desabridas, agotadas de calor; sentía ganas de escapar, de esconderme en un lugar donde nadie pudiese nunca hallarme. Me sentía cansado, y enojado, caminé hasta el puerto, pensando encontrar respuestas a las cartas que mandé, eso me tenía preocupado, nunca recibíamos cartas desde nuestra llegada a América. Ahora tampoco tenía noticias, volví a casa pensando. ¿Qué pasaría si mi padre me viera caminando solo, no respetando su orden? De nuevo yo sería el hijo desobediente y por ello me castigaría, pero ya no temía a los castigos que mi padre o mi madre me podían dar, yo sólo temía al dolor; seguí caminando despacio, con desgano y sin correspondencia, no había almorzado, y tampoco había dormido lo suficiente, la enfermedad de Féiguele no me permitió descansar durante la noche. Llegué, la casa estaba silenciosa, encontré a mi madre en el patio alimentando a las gallinas.
Féiguele dormía, lo miré y sentí también deseo de dormir.
Era casi de noche cuando desperté sediento y con hambre, mi padre ya había llegado y la mesa estaba puesta para la cena. Comimos en silencio y después cada uno lavó su plato. Fuimos a dormir, como si nada hubiera pasado ese día.