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Adiós, maestro

Jorge de Arco

Escribo estas líneas, pocas horas después de tener noticia del fallecimiento del escritor Leopoldo de Luis. Hilvano estas palabras, con el corazón aún encogido y la emoción incontenible de saber que hemos perdido a uno de los más grandes poetas del siglo XX, a uno de los hombres más generosos que ha dado este enrevesado mundo de las letras.

Conocí a Leopoldo de Luis cuando contaba con doce años. Lo vi atravesar el largo pasillo de la casa paterna y siempre se me quedó grabado el recuerdo de su amable figura. Fue uno de los primeros poetas que tuve la dicha de tratar y siempre sentí por su persona y por su obra una admiración profunda.

Afortunadamente, el devenir del tiempo me permitió compartir a su lado emotivos e inolvidables momentos, que a su vez me dieron la oportunidad de confesarle cara a cara todo cuanto ahora escribo. Su modestia, su humana grandeza, le hacían sentirse incómodo cuando le trataba como «maestro», y en esa referida humildad radicó, junto a su impecable quehacer, buena parte de la devoción que tantos le profesamos.

Nacido en Córdoba en 1918, pasó su infancia en Valladolid, y a los 17 años se instaló en Madrid. Superados los rigores de la Guerra Civil -formó parte del ejército republicano y estuvo preso en la cárcel de Ocaña-, publicó el que está considerado como su primer poemario, Alba del hijo, en 1946. En 1937 había editado Romance, bajo su nombre verdadero, Leopoldo Urrutia.

Agudo crítico literario, colaboró en revistas señeras como Espadaña, Cántico o Revista de Occidente. Ensayista pertinaz, dejó bellísimos volúmenes dedicados a Miguel Hernández y Antonio Machado, entre otros. Con más de treinta títulos a sus espaldas, fue galardonado en diciembre de 2003 como Premio Nacional de las Letras por el conjunto de su obra y un año después, nombrado Hijo Predilecto de Andalucía.

Tengo muy cerca de mí los dos últimos poemarios suyos que vieron la luz, Cuaderno de San Bernardo -Premio Paul Beckett (2002)- y una pequeña plaquette El mar y tú, que junto a su hijo Jorge Urrutia, publicase ese mismo año. Dentro de esta, conservo algunas de las últimas cartas que me remitió y que me han estremecido al hilo de su relectura: «Mi querido Jorge: Eres un ángel tutelar de este viejísimo amigo y lector conmovido», me decía en una de ellas, con su inconfundible y perfiladísima letra y su ejemplar costumbre de acusar recibo de cada envío. Poeta de tierra adentro, amante del Sur que le vio nacer, tuvo en el mar uno de sus más líricos referentes. Ahora que el otoño ha atravesado con su helor de hojas el corazón de todos los que tanto le quisimos, dejo junto a mi pena, mi desasosiego y mi incesante admiración, una muestra de su verbo palpitante en el que evoca a su mujer desaparecida: «Venid a ver el mar. Ella palpita, / el corazón azul es del planeta. / En sábana de espuma ahora se aquieta / hermosa, silenciosa e infinita. / Venid a ver el mar. Todo rodea / su cuerpo que se integra en el abismo. / El mar, la eternidad, Dios... son lo mismo. / Al integrarla el cosmos se hermosea. / Telúrica emoción eterna la hace, / desconocido mundo se deshace / bajo el alto temblor de alguna estrella. / Venid a ver el mar. Inmortal, pura, / el mar espejo es ya de su figura / y yo me muero en la nostalgia de ella».

Descanse en paz el hombre, mas nunca en el olvido su verso.