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«Ola de secuestros», así titulaba La Razón. Cuatro comerciantes habían sido secuestrados en las últimas 48 horas. Pedían diversos rescates en dinero. El secuestro había dejado de ser una actividad guerrillera. La vieja técnica especializada de los ladrones de bancos había sido reemplazado por la técnica de los secuestros. En algunas oportunidades dejaban inscripciones mediante las cuales simulaban que los autores habían sido guerrilleros, en otras oportunidades ni se molestaban. La policía no podía hacer nada para evitarlo y el clima de inseguridad, de temor, de intranquilidad favorecía nuestros planes. La dictadura militar se expresaba a través de las declaraciones de los comandantes en jefe con una violencia verbal que no era más que el anticipo de la violencia que luego se traducía en allanamientos, detenciones, torturas y arbitrariedades que la mayoría de las veces se abatía sobre víctimas inocentes, sospechadas de actividad guerrillera. En otras oportunidades los detenidos eran de la organización.
Había que demostrar que la única alternativa posible para el país, no solamente para el Gobierno, para todo el sistema era cambiar su orientación. Nosotros no esperábamos que esto se concretara, pero sí estábamos seguros, que los personeros del régimen llegarían a la conclusión de que no podrían seguir actuando con impunidad y el pueblo sabría que no estaba —138→ solo y que un ejército silencioso, clandestino, eficiente y audaz estaba dispuesto a administrar justicia, ya que los canales normales habían institucionalizado la injusticia como filosofía del poder. El periodismo mostraba solamente una décima parte de la realidad, escamoteaba el resto y aceptando las limitaciones que le imponía el Gobierno que se jactaba de una supuesta libertad de prensa.
Se podía mostrar con libertad lo que el Gobierno quería. Los políticos, enemigos de los militares, con la esperanza de participar de alguna suerte de actividad democrática que pudiera aproximar el proceso electoral, aun condicionado, aceptaban las reglas del juego que les imponían con la esperanza de participar, aunque sea parcialmente, del poder. La conducción sindical era «participacionista» esto significaba que para mantener la estabilidad de las organizaciones sindicales se prestaban a secundar la política del sistema, con lo cual los dirigentes sindicales conservaban su poder y sus privilegios.
El Gobierno había anunciado que convocaría a elecciones sin proscripciones, esto es que el pueblo podía presentarse a elecciones con los candidatos que quisiera. El hecho es que hasta los profesionales de la política, los que militaban o los que escribían sobre ella, terminaron por aceptar que realmente ese diez por ciento de la realidad que mostraba el periodismo era toda la realidad y esta convicción los llevó a admitir la hipótesis de que el sistema era capaz de admitir el cambio, perdiendo o cediendo finalmente su poder por respeto a la soberanía popular. Era lógico suponer que si los representantes del sistema asumían esta conducta era porque ya habían establecido sus reaseguros, pactando con quienes representaban a los sectores populares. De otra manera podía suponerse que habían resuelto suicidarse y esto era poco probable.
Las palabras revolución, cambio, socialismo etc., etc., se incorporaron a los discursos de los dirigentes sindicales. Hasta hubo un dirigente de la juventud que habló de organizar milicias populares por lo cual fue expulsado de su cargo partidario. Evidentemente se trató de un error porque —139→ cuando un dirigente quiere institucionalizar y burocratizar la guerrilla, en realidad es fácil advertir que lo que quiere es destruir la guerrilla en su eficiencia y libertad de acción. Curiosamente el país estaba tan adherido a la formalidad que los jefes militares reaccionaron vivamente por esta declaración. Se puso en evidencia la paradoja de que todos los dirigentes políticos del país creían en las expresiones formales, escamoteando la realidad, como lo había hecho la prensa en los últimos años.
Mientras tanto nada cambiaba en el país. El centro de decisión de la política económica continuaba en el exterior, la desnacionalización de bancos y empresas, la penetración ideológica y el macartismo se acentuaba y hasta el movimiento nacional que en un principio había hablado de socialismo, ahora expresaba a través de sus dirigentes una conmovedora sumisión a los principios occidentales y cristianos, lo cual en nuestros países sudamericanos significa sumisión a los principios del capitalismo y del imperialismo. Frente a ese panorama era absurdo suponer que la guerrilla cambiara sus planes. La acción terrorista, por el contrario, aumentaba con atentados, asaltos a reparticiones policiales, bombas y ocupación transitoria de fábricas.
Era lógico suponer que esa acción es la que había determinado a los representantes del régimen a pensar en la alternativa de las elecciones, lo cual no implicaba una garantía de cambio dadas las características y antecedentes ideológicos de quienes se movían en la cúspide del movimiento popular.
Posiblemente esta realidad acentuaba la soledad de la guerrilla. Mientras no existieron posibilidades de participar en el poder, los partidos enrolados con el pueblo se regocijaron secretamente y justificaron de alguna manera los actos de violencia.
Cuando miles de participantes de la conducción de las superestructuras partidarias podían acceder a cargos públicos, privilegios, sueldos estables y pequeñas cuotas de poder era previsible suponer que en su opinión la —140→ acción de la guerrilla perdía su justificativo nacional y debía ser combatida hasta las últimas consecuencias.
Esta lógica tenía vigencia no solamente para los dirigentes políticos y gremiales sino para la mayor parte de la gente que miraba con esperanza y fe la alternativa electoral. Para el pueblo también la violencia había tenido como objetivo obligar al régimen a convocar a elecciones. No pasaba por su cabeza la idea de que esa violencia perseguía en realidad el cambio definitivo a través de la transferencia del poder y la iniciativa, a ese mismo pueblo. El tema fue largamente discutido en la conducción guerrillera y la conciencia de la soledad, la convicción de que no podría ya contarse con un apoyo de infraestructura popular que pudiera expresarse con el silencio, o en una complicidad de hecho, ayuda con la cual se había contado para muchos actos de guerra, determinó la realización de reuniones en todas las regiones del país para resolver en definitiva si se daba una tregua, hasta que el Gobierno triunfante en las elecciones expusiera con claridad sus planes hacia el futuro.
Las visitas de Manuel constituían el único vínculo que permitía informarnos sobre este análisis que hacía la conducción guerrillera. Norma explicó que ella estaba a favor de la tregua y que no se podía forzar la actitud mental de la gente que partía de hipótesis diferentes a las que los habían decidido a la acción guerrillera. Era inútil pelear contra las esperanzas populares, como es inútil pelear contra la fe. Había que dormir sobre las armas hasta que los hechos demostraran que no había otro camino que la violencia, o hasta que la política del nuevo Gobierno demostrara que el cambio podía realizarse por el camino pacífico de la sustitución del poder dentro de la democracia representativa.
Hablaba con la misma pasión con que se había burlado de mí en aquella marcha por la provincia, cuando me conducían al refugio guerrillero cerca de Comodoro Py. Seguramente pensaba en estos cuatro meses de amor y de alegría y en la suerte que habíamos tenido por estar vivos todavía.
—141→Manuel escuchaba con atención y me pareció advertir una sonrisa irónica. Su nariz enrojecida sobresalía agresiva sobre los bigotes y miraba atentamente un crepúsculo azul intenso quebrado a veces por los últimos rayos del sol. La habitación iba quedando a oscuras, libros y objetos simulaban figuras fantasmales que se desplazaban en una ronda melancólica e inútil. Las palabras de Norma se me antojaron extrañas y tan íntimas como los gritos de los pájaros en el atardecer silencioso del campo. Estaba reclamando su derecho a vivir después de haber arriesgado su muerte durante años de lucha. Sin el pueblo no hay revolución. Y ahora el pueblo cree que estará en el Gobierno. No se lo puede hacer cambiar con doctrinas ni tesis políticas. Cambiará cuando los hechos le demuestren lo contrario. Mientras tanto nos considerará enemigos de la misma manera que hoy nos respetan porque saben que luchamos por ellos. ¿Y nuestra vida? ¿Y nuestro amor? ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Silencio.
Manuel pensaba que sería difícil confiar en nosotros.
Norma era la depositaria relativa de esa confianza. No yo con mis dudas y vacilaciones. Sin embargo yo no tenía dudas. Nuevamente me resultaba difícil identificar mi vida, mi interés, mi alegría, mi amor con mis pensamientos, con el curso lógico y racional de una reflexión que me hacía desde tiempo atrás y que ahora me veía forzado a expresar.
La guerrilla no había nacido solamente para hostigar al régimen y hacer tambalear su estructura formal. Había nacido para destruirlo. Para reemplazarlo en el poder. De otra manera era difícil justificar su existencia. Si no se miraba la guerrilla con esa perspectiva entonces el asesinato era sólo asesinato, y el robo puro latrocinio. La muerte de un policía era entonces venganza y el secuestro de un empresario el método para obtener los instrumentos de la acción, dentro de un sistema en el que había poco para cambiar. Si esto era así la guerrilla sería tan limitadamente eficaz como podrían serlo algunas huelgas o la toma de una facultad por un grupo de estudiantes, que expresaban de esa manera su repudio a algunas cosas, pero que no cuestionaban las fundamentales.
—142→Cuando se inició la guerrilla sus integrantes sabían que no contaban con el apoyo del pueblo. Sabían que eran una minoría y que nadie estaba dispuesto a arriesgar nada para encubrirla o defenderla. Una aventura en la soledad. El hecho de que la acción guerrillera hubiera favorecido los objetivos políticos de un sector del país, obligando al régimen a hacerlo participar de una cuota de poder, era simplemente un accidente y de ninguna manera este hecho invalidaba los fundamentos de la acción guerrillera.
La soledad de la acción durante la primera etapa, se relacionaba estrechamente con la soledad de la acción en esta etapa. ¿O había que suponer que la guerrilla había existido solamente para que un conjunto de dirigentes políticos y gremiales, de condiciones personales discutibles y francamente reprobables en muchos casos, que indirecta o directamente habían servido al régimen, accedieran al poder?
El juicio de valor debía hacerse en relación con los objetivos del movimiento. ¿Se alcanzaron sus objetivos? Si la respuesta era afirmativa había que liquidar la guerrilla o asumir la actitud de paz armada que proponía Norma. Si la guerrilla no había cumplido su objetivo, tal como yo lo suponía, había que continuar la guerra a pesar de la opinión general, con lo cual el pueblo advertiría que los objetivos eran más profundos aun cuando no los entendiera en una primera etapa.
¿Acaso no existe la posibilidad bastante concreta de que este régimen que se inicia, se limite a cambiar algunas cosas para que todo siga igual? Entonces seremos cómplices. Los ayudamos para que fueran poder. ¿Y ahora qué? Yo entré por la ventana a esta lucha y puedo salir también por la ventana, o por la puerta, si resuelven abandonar la guerra.
No sé si me importa demasiado. Pero no me engaño frente a la realidad y creo que ustedes tampoco tiene derecho a engañarse. Salgan de la cosa sabiendo cómo es y sin inventarse justificativos en los cuales es imposible creer. O sigan en la guerra aunque los odien. A nadie le gusta que le explote una bomba en el oído cuando está pensando en cómo —143→ comprarse un nuevo televisor, o marcha a convencerlo al almacenero de que le dé más crédito. A nadie le gusta la violencia, ni la muerte, ni la inseguridad. Pero ustedes eligieron el método y sería absurdo ponerlo a votación dentro de las normas de la democracia representativa, para ver si la gente está dispuesta a repartirse la responsabilidad de asesinar algunos generales, empresarios, sindicalistas o soldados de guardia.
Si la guerra termina aquí pueden estar seguros que la gente ni siquiera justificará lo hecho hasta ahora. Al contrario, de lo que se acordarán es de la decisión del régimen de permitir elecciones, a pesar de que estos locos terroristas siguieron poniendo bombas y matando gente hasta el último momento.
El silencio que continuó fue hendido primero suavemente por el sonido lejano de una sirena, fue roto poco a poco, irritado, herido de muerte por ese chillido desgarrante, agudo, angustioso que penetraba en el cuarto, se revolvía contra las paredes, penetraban nuestros oídos sin piedad, sin esperanza, locamente, hacía vibrar los vidrios de la ventana y envolvía, ya no solamente al cuarto, sino a la ciudad entera como un grito crispado, interior, profundo, sin esperanza, como un barco roto, hundido para siempre, lleno de fantasmas interiores, a la deriva, en el estallido alucinante de una muerte solitaria, en un mar habitado por sombras y violencia.
Luego fue extinguiéndose solitario y absurdo, sin objeto y sin fuerza, corriendo entre paredes en sombra y hombres asombrados que se hacían preguntas sin respuesta. Entonces el silencio fue mayor.
-Te has convertido en un revolucionario -dijo Manuel.
-Posiblemente no. Lo que ocurre es que no soporto la ambigüedad. Por lo menos en relación con los hechos objetivos. Tal vez mi vida haya sido ambigua. Tal vez lo sea. Por eso también no soporto la ambigüedad.
-Todo esto se discute en el movimiento-. Manuel se rascaba el bigote mirando hacia la ciudad iluminada, Norma encendió las luces.
—144→-Manuel -dije- Nadie sabe como yo cuánta es mi felicidad. Después de tantos años de frivolidad, aventuras intrascendentes y tedio he llegado a la sencilla conclusión de que me resultaría imposible vivir sin Norma. La amo. Ahora sé qué es eso. La amo. Yo que siempre rechacé las alternativas de una vida normal, ahora lo único que quiero es una vida normal.
Sí, no es gracioso. Quiero que vivamos juntos. Quiero tener hijos. Pero no puedo dejar de pensar en qué mundo les tocará vivir a esos hijos. Si es en éste, tal vez no se justifique demasiado tenerlos. Salvo que hagamos lo posible por cambiarlo. Participamos de un mundo bastante insoportable que se funda en la popularidad, el exitismo, la acumulación de bienes materiales o la suma de neurosis que determina la imposibilidad de obtener esos bienes materiales. Vivimos para tener la heladera más grande o el televisor más moderno. El arribismo, la hipocresía, la auténtica inmoralidad, son el pan de cada día de quienes orientan esta sociedad y de quienes consumen esos valores como los fundamentales e indiscutibles. ¿Cómo educaría a mis hijos? Vamos a ver. Les explicaría que no importa tener bienes materiales, que lo importante es la vida del espíritu, que el éxito es una ficción, que hay que ser auténtico y consecuente con las propias convicciones, que hay que ser el más inteligente, el más lucido, el que más sabe de lo que lo rodea, el que mejor entiende dónde está la felicidad, el deleite, la vida real. Que el mundo que le presentan como real es menos real que el surco que deja un pájaro en su vuelo y que la ciudad del oro es una quimera que inventaron los hombres para satisfacer la fantasía y justificar una vida inútil.
-Me parece que lo que decís es una pendejada -interrumpió Manuel-. Yo te diría que esas son reflexiones burguesas. Eso no tiene nada que ver con la revolución ni con la lucha de clases. Al fin de cuentas una sociedad cristiana ideal respondería a esas expectativas que estás señalando. Yo no participo de la revolución para que la gente desprecie los bienes materiales. Al contrario, busco la revolución para que todos los tengan. Trabajo para que no haya madres de cuatro o cinco hijos que no tengan qué —145→ comer y que sus hijas terminen en la prostitución y sus hijos deban abandonar el colegio a los nueve años para trabajar. La vida del espíritu es un lujo para el que come todos los días y no le cuesta nada sobrevivir. Un lujo. Tus opiniones sobre la técnica revolucionaria, en relación con el problema concreto de hoy son buenas, objetivas. Al fin de cuentas es una táctica que debe examinarse como una estrategia general. Pero las razones que has dado para la revolución son las que da quien puede acceder con facilidad a todas esas cosas que hoy desprecia y que ya no le interesan. Estás equivocado. Son ideales y tal vez atractivas para vos, porque no te ha costado sobrevivir. Estoy seguro que no pensarías así si te faltaran. Pero otra cosa es el hambre. La injusticia vital, profunda, despiadada, inexorable. Me temo que si alguna vez triunfa la revolución, revolución que solamente hará de manera definitiva la clase obrera, a vos te van a fusilar por individualista y contrarrevolucionario. Tal vez a mí también, pero por diferentes razones. No hay que estar contra las heladeras y los televisores, sino que hay que fabricar muchos para que todos tengan uno. No quiero decir con esto que la revolución tiene como objetivo un relativo mejoramiento del nivel de vida de la población. Para eso bastaría un Gobierno reformista manejado por la burguesía, si no fuera que los dirigentes de la burguesía son tan estúpidos. Pero no te preocupes -rió- no se lo voy a contar a nadie. Mientras tanto lo importante es destruir el régimen. Romper el sistema. Para eso aceptamos todas las ayudas. Al fin de cuentas, de eso se nutre la revolución. De ideas y de balas. Todas son diferentes y terminan de manera diferente.
Se levantó para irse.
-No tan fácil. No te vayas todavía. No entiendo bien ese determinismo. ¿Acaso la clase obrera nació clase obrera? No lo entiendo.
-Claro, te resulta difícil entenderlo porque no sos clase obrera. Ya sé, me vas a decir que tu abuelo era inmigrante. Es posible, que haya llegado a la Argentina con una mano atrás y otra adelante y gracias a su esfuerzo e imaginación se hizo rico. Seguramente fue así. En esa época todavía era —146→ posible. Por supuesto que lo hizo a costa de muchos otros. Pero seguís confundiendo los términos. Tu abuelo cumplió una misión. La de concentrar capitales en una economía feudal. Ahora estamos en pleno capitalismo. Tal vez precapitalismo, pero el mundo marcha muy rápido y la concentración de capitales se hace aceleradamente. ¿Quién maneja la economía? ¿Los monopolios o el pueblo? Yo lucho para que lo haga el pueblo.
-Pero el pueblo no es solamente la clase obrera.
-Claro que no. Pero solamente la clase obrera es la que no tiene nada que perder y todo para ganar. Los otros, la clase media, la pequeña burguesía lo único que quieren es ser alta burguesía. Clase alta. No tienen conciencia de clase. En Chile, por ejemplo, ahora se van del país los empleados de las grandes empresas, funcionarios, técnicos, profesionales y los miembros de la alta burguesía. No se van los obreros de las minas, ni los campesinos, ni los metalúrgicos. Esos seguro que no. Son los que tiene todo para ganar. También es cierto que la clase media se queda. Pero en dos posiciones claras. A favor de la revolución codo con codo con la clase obrera, o como representantes ideológicos del viejo régimen y porque no pueden irse. También bien nutridos para conspirar. No hay términos medios.
-Entonces debés aceptar, cualquiera sea el estímulo que determine la participación en la revolución, que no es necesario ser obrero para luchar por esa revolución. Al fin de cuentas Mao no lo era, ni Chou. En Lai tampoco.
-No, no lo eran. Pero su actitud revolucionaria fue la consecuencia de interpretar la voluntad del proletario industrial o campesino. No fueron obreros, pero al aceptar las razones de estos para formular la revolución se convirtieron en obreros.
-Supongo que Mao no se sintió nunca demasiado conmovido ante una heladera o un televisor. Si viviera en la Argentina no creo que hubiera —147→ hecho una revolución para que la clase obrera, o cualquier otra, vea las estupideces que se transmiten por televisión.
Manuel estaba ahora de buen humor. Era la primera vez que lo veía así.
-Sos nada más que un dialéctico. El pecado de los intelectuales. Pero tené cuidado que eso va a terminar por liquidarte. Dialécticamente demostraste que hay que seguir peleando. Y así podés terminar con una bala en la cabeza. Como ves, la dialéctica es peligrosa.
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Cada noche me despertaban los ruidos de la calle. Mi sueño había cambiado. Ya no dormía profundamente, no podía volcarme a ese negro abismo de paz y abandono. Mis noches estaban llenas de inquietud, zozobra, sueños extraños. Los ruidos del vacío. Observaba desde la ventana del departamento los automóviles estacionados. Ningún rastro humano, nada que pudiera indicar que alguien vivo habitaba el silencio lleno de ruidos de la madrugada. Sin embargo, estaba allí.
Todo cruje en la soledad de la noche. El aire, el empedrado de la calle, los autos, hasta las casas, la vida está presente aunque no podamos verla, palparla. Decir, aquí está. Es ese tipo que camina por la vereda. Hasta los gatos pesan en las madrugadas, dejan rastros, denuncian su presencia.
Es mentira que a esa hora las calles estén vacías, la ciudad muerta, los árboles inmóviles. Un pulmón inmenso respira en la noche. Se expande y se contrae. La vida se esconde, disimula su presencia, se convierte en sombras bajo los faroles inmóviles. La fuerza de las cosas es más intensa, todo lo que aparentemente ha sido postergado hasta el otro día en realidad está allí, los ojos están más abiertos en la noche porque descubren otro mundo. También éste. Sólo que otra parte de éste. También real, viva, —150→ intensa, llena de amenazas, la calle es un gran hueco de silencio lleno de ruidos imperceptibles.
Es más fácil morir en la noche, es más difícil evitar la muerte. No se lucha, nos entregamos a la soledad, al horror, al misterio, a la angustia, al silencio. Esto es así desde que el hombre existe. La noche está metida en la naturaleza humana desde hace miles de millones de años, miles y millones de noches iguales, diferentes, silenciosas, llenas de ruidos, de sospechas, amenazas, sombras fantasmales, ruidos imprecisos, crujidos.
Empezó a ocurrir algo que me recordaba la infancia. El frío. Sentía frío entre las sábanas y sólo podía evitarlo abrazando a Norma. Si no lo hacía me despertaba aterido, solo, hundido en una absoluta, fría, desesperante, definitiva soledad igual que muchos años atrás en los colegios internos, en los enormes dormitorios silenciosos, llenos de sombras vagas e imprecisas con la luz azul encendida en los baños.
Cuántas noches pasé despierto, cubierto totalmente por las frazadas, pensando que irremediablemente llegaría el día siguiente, el toque de diana, el baño rápido y vigilado entre los gritos de los oficiales, después el café con leche con algunas facturas húmedas y la marcha hasta el patio interior donde estaban las aulas.
Allí los oficiales eran reemplazados por civiles, preceptores que imitaban toda la estupidez, la simpleza y el sadismo que en los militares no surge deliberadamente, sino como consecuencia del sistema. En ellos era una vocación frustrada. Ni siquiera eran capaces de ser preceptores, apenas mediocres sin autoridad que reemplazaban ésta con gritos y arbitrariedades.
Lo que les disculpábamos a los oficiales se nos tornaba intolerable en los preceptores. En los militares la cosa ya no tenía remedio.
En las aulas continuaba el frío de los dormitorios, así era también en el comedor al mediodía y en los recreos, luego del almuerzo, cuando nos —151→ agrupábamos como pollos ateridos en un extremo del patio donde llegaba el sol. En el campo de entrenamiento, las corridas y el cansancio nos hacían olvidar el frío, no teníamos conciencia de él, pero allí estaba, lo sentíamos de pronto cuando advertíamos las manos lastimadas, insensibles, rotas por las correas duras de la cabezada del caballo, y luego otra ducha en cinco minutos, un minuto para desvestirse, dos para enjabonarse, dos para enjuagarse, terminó, fuera del baño, a secarse.
El agua salía hirviendo. Era un segundo y después nuevamente el frío. Así cada día, cada noche, siempre, ¿pero es que el frío no termina nunca?
Necesité muchos años para olvidar esa permanente, angustiosa, indefensa sensación. Años más tarde me sorprendía de no tener frío, hasta dejé de usar sobretodo en el invierno, a veces un pullover, liviano, cómodo, pero ahora había vuelto. Nuevamente sentía frío a cada momento, pero sobre todo por las noches, vacías, húmedas, llenas de sospechas y terrores. Claro que tal vez no era el frío, tal vez era el mismo terror metafísico de la soledad adolescente en el internado que ahora retornaba más agudo, despiadado, intolerable. El mismo terror o tal vez otro, igualmente intenso, inútil, inexorable.
Estaba lanzado en un mundo que enfrentaba como podía, pero con miedo, un miedo extraño, una especie de terror por dilapidar mi vida en algo ajeno a mi naturaleza.
En mis noches de vigilia en el colegio pensaba en un mundo amplio, enorme, brillante, lleno de luces atractivas que me esperaban colmadas de sugestión, de misterio, de pasión. La vida se escondía en cada llamado, porque eso me parecía cada luz en la noche, cada cuarto o cada calle que imaginaba poblada de seres fascinantes, heroicos, bellos, sórdidos, llenos de pecados y amores.
Pero estaba solo. Ese mundo me esperaba a mí, a mí solo, que debía tener la decisión de arrancarme de esa prisión, a la cual el menor cargo que —152→ podía hacérsele es que era imbécil, inútil, castrante.
Ahora era diferente, pero de alguna manera igual, también estaba en una suerte de prisión porque el mundo de las luces lejanas y atractivas me estaba vedado.
La frustración era más terrible porque tenía con quien compartirlo. Lo había conocido por lo menos en parte, pero ahora tenía a quien mostrárselo, con quien vivirlo, amarlo, gozarlo, odiarlo, entregarme a él con pasión, entusiasmo, inteligencia. Crear cosas para disfrutarlas entre nosotros, compartirlas libremente sin ataduras. Lanzarnos a la noche con pasión adolescente, con una pasión madura que en definitiva es más plena que la pasión adolescente, ya no quiero nada para mí solo, ya no basta, aunque tenga el mundo a mi disposición y unos brazos gigantescos para aprisionarlo, aunque me quepa todo el viento en la boca y el sonido y la música en el pecho y toda la pasión en el amor, haciéndome temblar la cintura. Todo es dos ahora. Es su cuerpo apretado contra mis piernas, son mis manos apretando sus pequeños, deliciosos, perfumados y suaves pechos, es su pelo en mi frente y sus pies acariciando los míos. «Hacés el amor como los chinos». «¿Quién dice que los chinos hacen el amor rozando los pies del ser amado?» Entonces el frío era solamente una sensación remota, difícil de adivinar, de comprender, como una enorme noche desnuda, interminable, perdida para siempre, sin retorno, sin amanecer y entonces el frío ha muerto para siempre, la soledad ha muerto, el silencio, el terror, el vacío, la angustia, nada, todo, uno mismo.
Varias veces desperté durante la noche. A las seis de la mañana un ruido en la puerta me sobresaltó, y sin encender la luz desperté a Norma. Empuñando una pistola me acerqué a la puerta de entrada del departamento, cuando una llave se introducía lentamente en la cerradura. Solamente Manuel tenía llave del departamento por cualquier emergencia. Podía no ser él sin embargo, esperé tenso, la pistola apuntando a la altura del corazón del presunto intruso. La puerta se abrió lentamente y la voz de Manuel quebró en un susurro el silencio angustioso.
—153→Entró y encendimos la luz.
-Es mala hora para visitas -dijo, y se sentó. Miró la pistola que aún le apuntaba-. Menos mal que no sos nervioso.
Dejé la pistola sobre un estante de la biblioteca.
-¿Qué pasa?
-Bueno, las cosas se precipitan. Hace algunas horas detuvieron a Gabriel. -También a Marcos.
Silencio. Miró hacia la ventana. Haría un informe objetivo. Marcos era su hermano. Norma me miró, no había nada que decir, solamente escuchar. Manuel jugaba con unas llaves, las guardó como si le incomodaran en la mano, encendió un cigarrillo.
-No sabemos cuánto aguantarán.
Un largo silencio como para que evaluáramos bien lo que acababa de decir. El paraíso perdido. ¿Adónde? ¿Cuándo? Ya mismo.
-El plan no puede fracasar -continuó- eso es lo importante. Está todo preparado. Vos lo viste -dijo- el lugar es perfecto para el ataque. Está controlado hasta en sus mínimas posibilidades y alternativas. No podemos dejar pasar la oportunidad.
Las elecciones se venían encima. Todo el mundo estaba encantado de entrar en el juego, la derecha y la izquierda, los partidos populares y los no populares, todo el mundo estaba cansado de la inutilidad de los militares. Estos se habían agotado y ya no servían al sistema. Había que reemplazarlos, lo cual no significaba en definitiva cambiar nada sino solamente encontrar otro mascarón de proa. El movimiento había resuelto que provocar una conmoción con un grave hecho terrorista podía frenar el proceso.
—154→Demostrar a todo el mundo que las elecciones no bastaban, que no resolvían nada. ¿Qué cosa podía resolver algo? ¿Resolver qué? Nada, no había nada que resolver, solamente explicar que la lucha era larga y recién estábamos al principio. Que hay gente que no acepta las trampas, cualquiera sea el que esté en el poder, mientras no se intente cambiar el sistema y romper la dependencia. El terrorismo debía continuar.
Lo habíamos hablado muchas veces, yo también había sido consultado y había dado mi opinión, una opinión que ahora caía sobre mi cabeza.
-Vamos a tener que cambiar algunas cosas-. Manuel con gran sentido práctico se preocupaba por el éxito de la operación. Esa era su misión y se comportaba como un profesional disciplinado.
-Como no podemos contar con Marcos hay que reemplazarlo -hablaba como si estuviera solo-. Su misión era de mucha responsabilidad. Habíamos resuelto que solamente tres conociéramos todo el plan. Era una forma de evitar riesgos. El Comandante, yo y Marcos. Ahora hay que reemplazar a Marcos.
Manuel insistía en la palabra. Reemplazar. Norma me miraba, tensa, estaba pendiente de las palabras de Manuel, pero tuve la sensación de que esperaba que yo las dijera.
-Por eso hay que realizar el operativo lo antes posible. Marcos conoce todo el proyecto y la tortura hace hablar a cualquiera.
Aun a los tipos entrenados como el hermano de Manuel, pensé. Caminé hasta la ventana. La luz azul del amanecer igualaba el color de los autos. El farol de la calle había sido apagado. Todo había comenzado demasiado temprano esta mañana.
-El Comandante y yo pensamos que vos tenés que reemplazar a Marcos.
—155→Silencio. Había tardado mucho en decirlo, pero lo esperaba. No me sorprendió, tampoco a Norma. No quería preguntar por qué me habían elegido a mí. Espontáneamente comencé a elaborar una serie de reflexiones destinadas a explicar por qué la decisión no era acertada. Pensé que debía postergar esa argumentación para después, pero si Manuel me explicaba el plan ya no existiría el después, no habría lugar para las explicaciones y los cambios, y además las explicaciones no tenían sentido cuando el comando había resuelto quién y cómo. Cambiar era imposible, dejar de actuar era traición. A los efectos de preservar mi vida con Norma cualquiera de las dos alternativas era igualmente mala. Lo cierto es que en este momento se repetía lo que había sido mi vida en los momentos críticos en que tuve que tomar alguna decisión. Por una parte el análisis racional de la acción, que no tenía objeciones, salvo que se cuestionaran los fundamentos. Por otra, la absoluta certeza de que todos estos hechos de sacrificio, violencia y terror eran completamente inútiles. No lograban cambiar nada, solamente condicionaban parcialmente la realidad y endurecían la actitud de los que mandaban. Desde que me había incorporado al grupo, más exactamente, desde que el grupo había resuelto enrolarme ambas hipótesis me parecían válidas, pero como se desarrollaban fuera de mí, nada me obligaba a definirme, porque no estaba en juego nada profundamente vital como es la diferencia entre estar vivo o muerto. Existía solamente la amenaza, pero no la certeza. Ahora sería diferente, era muy difícil imaginar que alguien pudiera escapar a un atentado como el que se planeaba, más aún cuando algunos de los principales organizadores del complot habían sido detenidos y en ese momento eran seguramente víctimas de la tortura de la policía. Sabíamos que nadie había podido resistir y era mejor dejarse matar que caer preso.
Dejarse matar, se dice fácilmente, pero ¿será realmente que la gente se deja matar o lo que ocurre es que no pudo cambiar la cosa? Nunca se tiene estas respuestas. Cuando uno las conoce ya no puede aprovecharlas porque está muerto. Los que opinan que se dejó matar son los otros, los que cuentan la historia, o la recuerdan o la piensan. Esta es la oportunidad de —156→ dejarse matar o no, este momento en que Manuel viene a proponerme que encabece un comando suicida para liquidar al presidente y tengo que contestar afirmativamente, yo que ni siquiera accedí por propia iniciativa al grupo guerrillero y aún cuestiono si lo que está haciendo sirve para algo. Todavía peor es pensar si me estoy haciendo preguntas tramposas solamente porque tengo miedo. Miedo de perder lo que tengo y me gusta, no solamente de que termine mi amor por Norma o su amor, o esta forma de vida que inventamos desde aquella noche en el refugio de la provincia. Miedo de perder la vida, de morirme, de no existir más, de terminar, con o sin Norma, con o sin la felicidad, el amor, el sexo, el placer, el deleite. Aunque todo esto ya se toma secundario. La vida solamente. Eso y ninguna otra cosa. Lo demás puede obtenerse a partir de allí. Es fácil o no es fácil, pero conviene creerlo.
¿Y el deber? El deber, como lo imaginaba y lo expresaba el sargento cuando fuimos capturados por los guerrilleros. Un deber sólido, inalterable, sin ambigüedades. El deber que lo hizo proyectar una fuga imposible, distinta de la mía que nada tenía que ver con el deber, y podía ser solamente una frívola afirmación personal por no haber sido tenido en cuenta. Ahora pensaba en el sargento, nada supe de su destino y no había querido preguntar por temor a la respuesta. Tal vez era el momento de preguntar cosas, tenía derecho. Hasta ahora no había querido saber por qué apenas participaba, era una especie de infiltrado al que las circunstancias lo habían forzado a asumir un rol. Saber, preguntar, estar enterado, era meterme de cabeza en el negocio, estar obligado. Pero ellos me obligaban y empezaban también mis derechos.
-Decime, Manuel, ¿qué pasó con el sargento?
Manuel me miró con un gesto vacío, no tenía idea de lo que estaba preguntando ni a qué sargento me refería, debía pensar que estaba loco. Tal vez lo estaba, tal vez lo había estado siempre ya que nada me había impedido aceptar esta absurda doble vida sin auténticas convicciones en ninguno de los dos sentidos. Esquizofrenia. Esa era la explicación, pero no —157→ me importaba su sorpresa. En pocos días más podía ser un esquizofrénico muerto y eso me daba ciertos derechos. Repetí la pregunta.
-¿Qué pasó con el sargento aquel que estaba preso conmigo en el campamento de la provincia?
Manuel demoró en contestar. Seguramente trataba de adivinar la razón de la pregunta. Pensaba qué reflexión me había llevado a preguntar por el sargento. ¿Acaso eso condicionaba mi decisión? ¿Por qué ahora la pregunta, cuando durante meses podía haber preguntado por el sargento?
-¿Y a quién le importa el sargento? -contestó agresivamente, con fastidio.
-A mí me importa, por eso pregunto. Quiero saber qué fue del sargento y también del comisario Toquero. Al fin de cuentas yo no me metí en esto, me metieron ustedes, ahora me piden que haga algo que puede ser definitivo para mí, tan definitivo como morirme, bueno, ya que suponen que tienen derecho a pedirme eso yo también tengo derecho a saber cosas. Quiero saber qué fue del sargento.
Manuel se tomó un largo tiempo para contestar. Encendió un cigarrillo, se levantó y marchó hacia la ventana. Tuve clara conciencia de que su decisión lo torturaba, se sentía agredido por la pregunta precisamente en ese momento. La situación implicaba una suerte de dependencia que le resultaba intolerable. Me tenía que dar explicaciones, urdir una respuesta aunque fuera una simple mentira, pero tenía que decir algo, estaba en peligro el reemplazo, la operación, el plan elaborado durante meses que ahora peligraba. Ese plan dependía de mí.
No podía gozar de la venganza. Me sentí súbitamente avergonzado. Quise no haber hecho nunca la pregunta. Cuando llegué a esta conclusión empecé a escuchar su respuesta, como si una voz monocorde, indiferente, desapasionada llegara desde muy lejos.
—158→-Nos descuidamos con el sargento. No sabíamos cómo deshacernos de él. Creo que vos te diste cuenta que era un hombre honesto a su manera. Con la particular honestidad que puede tener un sirviente del Gobierno que mata, golpea o tortura porque supone que ése es su deber, para preservar una situación que nosotros precisamente pretendemos cambiar. Conversaba con los muchachos. Un día trató de desarmar a uno de ellos y lo logró. Escapó hacia el camino pero no alcanzó a llegar. Lo matamos.
Las bocinas y el ruido de los motores de los automóviles nos sorprendió como el primer anuncio de la mañana. Todo empezaba a moverse y circular. Había escuchado ese breve y preciso relato como un cuento del pasado, en la hora en que los fantasmas huyen de la luz y de la vida, mucho más irreal en medio de la alegría irritante de la ciudad que despertaba. El relato no había terminado.
-En cuanto Toquero, tuvo más suerte. Lo trasladábamos hacia otro refugio y el auto fue interceptado por la policía. Román y Mario eran los encargados de la tarea. A Mario lo mataron antes de que pudiera hacer nada para defenderse, Román está preso. Por un amigo que trabaja para nosotros en la cárcel de Trelew, sabemos que no hubo tiempo de hacer nada porque el policía que conducía el grupo reconoció a Toquero.
Durante unos minutos nadie hizo ningún comentario. Manuel dejó que evaluáramos lo que había contado. Había sido un informe frío, preciso, objetivo, desapasionado. Se volvió hacia mí.
-¿Eso es lo que querías saber?
-Sí -contesté.
Donde todo es posible nada puede sorprender. Es el teatro del absurdo. El primer acto de una obra de teatro de Ibaskiewicz empezaba en un salón de la alta burguesía polaca. Un lugar refinado con toda clase de detalles de buen gusto, pero las paredes eran amarillas, de un amarillo intenso que —159→ molestaba la vista, un amarillo que nada tenía que ver con ese ambiente y que agredía la sobriedad y el equilibrio del conjunto. En medio del salón, alrededor de una gran mesa una familia tomaba el té. Hablaban con monosílabos, en voz baja, sin molestarse, con el clásico estilo de los burgueses distinguidos de la alta Alemania. De pronto entraba corriendo una mujer pobremente vestida, con un niño en los brazos y lo arrojaba por el balcón. La familia se levantaba, toda al mismo tiempo y comenzaban a bailar un vals.
Ese estilo de teatro finalmente fracasó. Donde todo puede pasar, nada sorprende. El teatro del absurdo, la vida absurda, el sargento con el cuerpo acribillado cerca del camino cumpliendo con su deber, Toquero libre y seguramente aprovechando lo que había aprendido en el cautiverio, Mario muerto. No sé siquiera quién es Mario, no supe nada de su vida de manera que poco puede significar para mí su muerte. Román en la cárcel. Un amigo que trabaja allí nos tiene informados. Vamos a matar al presidente. Nos detuvieron a uno de los jefes. Ahora vos tenés que ser jefe. ¿Yo? Sí, vos. Cuatro meses atrás había ido a Mar del Plata a pasar un week-end con una ex amante y ahora formaba parte de la cúpula de una conspiración para matar al presidente. El teatro del absurdo. Nadie puede estar ajeno, los muertos son siempre los que no participan. Por lo menos no los importantes. Ni Toquero, ni el Comandante, ni Manuel. Sólo el sargento, Mario, muchos, cada día, de ambos bandos. Reflexionemos. ¿Hay dos bandos? Está el pueblo y el régimen que lo somete. ¿Cierto? Nosotros somos el ejército del pueblo, el brazo armado de la justicia popular, los elegidos. ¿Por quién? Elegidos por la vida, simplemente.
Manuel preguntó:
-¿Querés saber algo más?
-No. Es lo que quería saber. Me parece que estás molesto por la pregunta. No tenés por qué sentirte molesto, pienso que es una lástima lo del sargento, también lo de Mario y Román, seguramente todo es una —160→ lástima. Pero casi siempre ocurre exactamente lo que tiene que ocurrir, ninguna otra cosa.
Me sentía cansado y con sueño. Como si hubiera estado toda la noche en vela. Y en realidad así era. Sentía frío, tenía ganas de darme una ducha caliente y meterme en la cama con Norma. Seguramente lo que quería era calmar la angustia. Había resuelto lo que me preocupaba pero no podía aguantarlo, también había resuelto el problema de Manuel y el de la organización. Por primera vez iba a asumir una posición no ambigua. En realidad, ya la había asumido aunque no podía precisar cuándo. Durante la noche de mi fuga a Comodoro Py, cuando encontré a la policía y retorné al campamento o cuando le hice el amor a Norma por primera vez, o tal vez antes, cuando me negué a colaborar con el comisario Toquero, o aun muchos años atrás, cuando descubrí que no me importaba nada de lo que me ofrecía un mundo que no había ayudado a construir, de manera que aprovechaba lo que ese mundo tenía de bueno, sin aceptar ni respetar los convencionalismos sobre los cuales estaba organizado. Tal vez lo resolví cuando casi mato a patadas al chico del almacén de la esquina o cuando en el club Lagartos de Bogotá escuchaba las estupideces que decía el canciller y me regocijaba con la fantasía de que a alguien se le ocurriera hacer explotar en mil pedazos el edificio, como una respuesta lógica a lo que escuchaba. Conmigo adentro claro, aunque era parte de la fantasía que yo sobreviviría para contarlo.
Sin embargo, nuevamente me hacía trampa. Mi decisión parecía ser la consecuencia de que ya nada me importaba, en lugar de ser la consecuencia de algo que me importaba mucho. Finalmente, era un optimista, siempre lo había sido, yo no era Mario, ni Marcos, ni Román, ni el sargento.
Norma preparó café mientras Manuel me explicaba el plan con todos sus detalles. Traté de visualizar la acción de cada uno de los hombres del grupo. Manuel repetía cada secuencia varias veces.
—161→En un papel marcaba la cronología de las acciones, Norma escuchaba en silencio, era difícil saber lo que estaba pensando, si su preocupación se vinculaba al cumplimiento del plan o a nuestro destino personal. Estaba seguro que ambos sabíamos que esto era el paraíso perdido.
El sol entró por la ventana, la ciudad parecía alegre y despreocupada, los ruidos de la calle se mezclaban con las voces, los gritos y las risas de los chicos del barrio. Miles de personas ajenas al análisis técnico que hacíamos en ese cuarto piso, sobre el mejor método para terminar con la vida de un presidente. El teatro del absurdo. Hay que gente para las cuales la cosa más importante que hace en su vida es sacar la cédula de identidad. Se enteran de lo que ocurre en el mundo y a su alrededor porque leen a veces los diarios, escuchan radio o miran televisión. Se enteran de algunas cosas y creen vivir en un mundo que en realidad no existe. Es apenas la mistificación de una parte de la realidad. También hacen otras cosas, trabajan, se casan, tienen hijos, se jubilan y mueren.
A las once de la mañana habíamos revisado el plan muchas veces. Empecé a impacientarme y Manuel insistía en los mínimos detalles con precisión de relojero.
Finalmente se fue, después de recomendarnos que no saliéramos del departamento hasta el día convenido, salvo para cosas elementales. No teníamos ni el proyecto ni la intención. Apenas cerramos la puerta detrás de los grandes bigotes de Manuel nos metimos en la cama e hicimos el amor como si fuera la última vez, con violencia, sutileza, ternura, rabia y desesperación. Nos quedamos dormidos.
Me desperté a las tres de la tarde. Nos habíamos amado diciéndonos que no podríamos vivir uno sin el otro y estábamos seguros de que así sería. Fui a la cocina y preparé sandwiches y café. Cuando volví, Norma estaba despierta y en silencio, me sonrió con ternura. Comimos y volvimos a acostarnos. No hubo necesidad de ponemos de acuerdo en no hablar del tema, sin embargo no todo fue sencillo. Me abrazó y mientras me besaba la —162→ cara, el cuello y el pecho rompió a llorar como una niñita pequeña y desamparada. Creo que en ese momento advertimos que estábamos absolutamente solos, que contábamos solamente con nosotros mismos y que teníamos razón de ser tan felices y desdichados.
—163→
Desde la terraza veíamos pasar los helicópteros. Recorrían una franja de rutina entre la residencia del presidente, en Olivos, y la Casa de Gobierno, a lo largo de la avenida del Libertador. Sobrevolaban cada lugar donde pudiéramos estar agazapados, esperando. A nosotros o a cualquiera. Nadie sabía de nuestra presencia, solamente lo sospechaban. Desde cualquier rincón, esquina, ventana, automóvil o motocicleta fugaz, en cualquier lugar de la ciudad, barrio, suburbio, una escopeta y tac-tac se acabó el presidente. O alguien de su escolta. O algunos de los motociclistas que se tiran encima del presunto peligro con sus motocicletas gritonas, jadeantes, con extraños sonidos de pájaro herido, lastimado, aleteando tristemente en un mundo lleno de sol, luz y niebla matutina.
La angustia es más terrible en pleno día, tiene menos alternativas. También en algunas noches en que las luces coloradas intermitentes, cruzan entre el ulular de las sirenas, semáforos rojos, corridos por el temor, el odio, las amenazas, las culpas, la sospecha. Esperen, animales, ¿a quién cuidan? Cuidan sin cuidar verdaderamente. Protegen sin proteger. No aprendieron todavía que hasta ahora nadie se salvó por la acción de la custodia. Por eso van tan rápido, cruzan los semáforos con luz colorada, aturden con las motocicletas, cambian de autos, de colores, de ruta, de —164→ sospecha, de destino, de miedo. Llegamos, adentro, rápido, tal vez en aquella ventana, o tal vez la de más allá, y aun adentro de la Casa de Gobierno.
El helicóptero pasaba sobre nuestras cabezas sin vernos. Habíamos construido sobre la terraza un techo pintado por arriba del mismo color de los mosaicos de la terraza. Desde el aire no se podía advertir que era un techo cubriendo nuestro puesto de observación. Desde allí veíamos la Avenida del Libertador hasta plaza Francia. Desde Callao hasta Retiro. Habíamos instalado un teleobjetivo, un lente gigantesco como los que usan los tiradores profesionales para ver los impactos en el blanco a más de mil quinientos metros. Podíamos ver con todos sus detalles los rostros de los automovilistas que a esa hora de la mañana transitaban hacia el centro de la ciudad. Mano única de Libertador. Una especie de carrera no pactada, competencia, ¿quién se adelanta más rápido? Las caras preocupadas, intrascendentes, torpes, lindas, feas, inteligentes, sorprendidas. Más sorprendidas aún si nos vieran, si supieran. Desde lejos llegaba el ulular de las sirenas, el ruido intermitente de las motocicletas, abriéndose paso, apartando los autos a empujones, manejando con la mano izquierda para mantener la escopeta Itaka en la derecha. Un blanco perfecto, orgulloso, casi bizarro, destruido en una fracción de segundo. Nadie conoce sus nombres. Son solamente uniformes azules, los cascos sobre los anteojos oscuros. Sorprende verlos de cerca porque se advierte que son diferentes, gordos, flacos, bajos, altos, con bigotes, sin bigotes, rubios o morenos. Qué fuertes deben sentirse apartando con gestos firmes y violentos a los torpes, estúpidos, sospechosos, amenazadores conductores que marchan a esa hora a enterrarse en sus oficinas entre pagarés, ambiciones, fracasos, entusiasmos, éxitos y desalientos. Detrás y alrededor de las motocicletas, autos de diversos colores, veloces, como sorprendentes castillos artillados de los cuales sobresalen las escopetas y ametralladoras apuntando hacia los flancos, a cualquiera, a los otros autos, al tiempo, al espacio, a los desprevenidos automovilistas, a la historia, a desconocidos rostros extraños, a la crónica policial, al día, a la noche, al destino, a la fatalidad. Veloces, brutales, alertas, resignados, confundidos. —165→
En medio de la jauría el auto del presidente, grande, negro, limpio, brillante, con la placa con el escudo, las cortinas oscuras corridas, detrás de la aterradora incógnita de los vidrios polarizados. Tal vez va vacío. Tal vez el presidente está tirado en el piso de uno de los autos de la custodia. Tal vez fue por el puerto en una pickup inocente y no por la Avenida del Libertador. Tal vez manejaba él mismo o pasó en el helicóptero y está en su despacho de la Casa de Gobierno. Tal vez todavía no salió de Olivos. Tal vez, tal vez. Cada día igual, rápido, sin dejarse vencer por la rutina. No hay que hacer caso porque hasta ahora no ocurrió nada. ¿Y si ocurre? ¿Y si en cualquiera de los edificios que flanquean la Avenida del Libertador, algún grupo de delincuentes subversivos está esperando su oportunidad? En cada ventana, en cada techo, en cada auto. Quién puede asegurar que todos estos automovilistas que conducen hacia el centro son gente de trabajo, ciudadanos honestos, buenos padres de familia, respetuosos de la autoridad presidencial. Habría que detenerlos uno por uno e interrogarlos. Que prueben quiénes son, qué hacen, si están libres de sospecha, si merecen estar libres de sospechas. Porque si los terroristas existen es porque la indiferencia del pueblo los protege. Nadie es inocente. Todos son culpables. Por eso no importa cometer errores, porque un error vale por muchos aciertos. Alerta. Alerta. Alerta. Sin descanso. En las últimas tres semanas estudiamos la rutina. El martes fue por el puerto, el miércoles en helicóptero, el jueves en auto por Libertador, el viernes nuevamente por el puerto. La imaginación de los custodios tenía límites. Variables, imaginables o probables. Alternativas previstas, pero en el fondo una rutina. Al final una rutina. Cambiaba cíclicamente. Desde Olivos hasta la Plaza de Mayo hay muchos caminos, pero muy pocos para absorber ese despliegue de vigilancia, poder, violencia, rapidez, tamaño, número. Muy pocos. Al final siempre vuelven a la Avenida del Libertador. Y allí estábamos nosotros, estudiando la rutina de la semana. Manuel analizaba las pautas, preparó un cuadro con todos los días de la semana y una curva de alternativas. Al cabo de un mes sabíamos cuáles eran los puntos débiles. Cuándo comenzaba la rutina, la oportunidad, el peligro, el destino, el azar, la fatalidad, la muerte.
El hermano de Manuel seguía detenido. No sabíamos dónde ni cómo; —166→ aparentemente no habían logrado hacerlo hablar, o nos estaban siguiendo de cerca y esperaban apresarnos cuando a ellos les resultara oportuno.
Teníamos alquilado el último piso de un edificio en la Avenida del Libertador, frente a los depósitos del ferrocarril. El acceso a la terraza donde estaba el puesto de observación era por el departamento y no de uso común. Las terrazas vecinas eran más bajas y no podían vernos. Nosotros sí podíamos observarlos y de eso también hicimos una rutina. Supimos quiénes vivían en los departamentos vecinos, cómo, cuál era su actividad durante la mañana, quiénes estaban regularmente a una hora determinada y quiénes no. A qué hora regresaban del trabajo, de hacer compras o de pasear al perro.
Cuando llegara el día decisivo había que tener resuelta la huida. El refugio, los lugares para defenderse, la ubicación de los apoyos. Resultaba un entretenimiento excitante, sólo que el día decisivo tenía que llegar junto con lo imprevisible. De acuerdo a la resolución del equipo de comando ese día dependía de mí. Yo decidiría sobre la base de las pautas del cuadro de rutina elaborado por Manuel, en qué momento se realizaría la operación. Podía equivocarme, ese día tal vez cambiaba la rutina. Se introducía lo imprevisible, un cambio de planes. Del otro lado había algún comisario Toquero pensando lo que nosotros podíamos hacer, de la misma manera en que nosotros analizábamos y conjeturábamos sobre todo el espectro de actitudes y alternativa del enemigo. Hasta el momento decisivo era solamente un juego de ingenio. A partir del momento decisivo un seguro estallido de espanto, muerte, sangre, terror, violencia, angustia y una huida del miedo hacía el miedo, acosados, cansados, con una fatiga profunda, eterna, inmemorial con deseos de que todo termine para siempre. Vivir o morir. Definitivamente. Sin la amenaza, sin el acoso, sin el húmedo paño del terror sobre los riñones, sin la boca seca y la lengua como un trapo pastoso y desgarrado y el hilito de orina involuntario, tenaz, más fuerte que el coraje y la fuerza, inevitable, escurriéndose por el pantalón, enfriando la pierna, reventando de vergüenza, de debilidad, de vulnerabilidad. Un niño —167→ débil, pequeño, miedoso, torpe, llorón, solitario. Quiero un agujero para esconderme temblando de terror a la muerte.
Entre estas reflexiones fantásticas y posiblemente premonitorias, se abrió paso la imagen de la mujer de la terraza vecina, tres o cuatro metros más abajo que había mirado por segunda vez hacia el puesto de observación. Aparentemente no podía ver nada, o en realidad no había mirado y nos había parecido. Miraba el helicóptero, anaranjado y blanco, grande como un bicho extraño sin alas, capaz de caerse en cualquier momento, con un equilibrio precario, sin paracaídas. Y de pronto escuchamos la sirena. Nuestros oídos se habían acostumbrado a detectar el sonido de la sirena de los autos de la custodia y los gritos intermitentes de las motocicletas desde que doblaban por Plaza Francia hacia Retiro. Eso nos producía una curiosa excitación omnipotente. Estábamos allí esperando que el pescado cayera en la red. El oso en la trampa. El pájaro en la jaula.
En las últimas semanas el departamento había funcionado como una normal compañía de publicidad, decorado de acuerdo a esa actividad hasta en sus mínimos detalles. Mesas de dibujo, proyectores, fotos, papelería, equipos de fotografía. Recibíamos correspondencia y atendíamos a presuntos clientes. Norma era la secretaria. En contra de mi opinión se decidió que participara en esa fase del proyecto. Intentaban asegurar mi permanencia y eso implicaba también una sutil e imprecisa amenaza. Manuel con su cara de intelectual inocente pensaba en todo. No podía explicarme por qué él no comandaba el operativo y cuando se lo pregunté contestó que por tener un conocimiento más amplio de la organización controlaría el operativo de apoyo y las alternativas de la fuga. Manuel a veces me parecía un buen hijo de puta. En realidad eran todos unos hijos de puta. Los de aquí y los que ahora hacían pedazos el silencio de la mañana con las sirenas y el ronquido de las motocicletas. Un verdadero campeonato de hijos de puta. Esencialmente, básicamente, al margen de la ideología, de la Patria. ¿Qué Patria? ¿Cuál? ¿Era la misma para ambos grupos? Preguntas que no tienen respuesta. Mejor, tienen un millón de respuestas todas válidas, precisas, —168→ inexactas, mentirosas, interesadas, inteligentes, estúpidas, pero en definitiva creían en ellas. En cualquiera. En realidad, desde ese punto de vista el hijo de puta mayor era yo, que no creía en ninguna. Dudaba de todas, recelaba de cada afirmación heroica, desinteresada, generosa, idealista. Qué palabra. Sesenta años de estupidez nacional habían repetido sistemáticamente esa palabra que carece de significación.
Yo me quiero ir de aquí, de este departamento transformado en comando de operaciones, de esta terraza alcahueta, de los grandes paquetes de papel enrollado con que introducían las armas al departamento, de las mesas de dibujo anchas y gruesas en cuyo interior transportaban los fusiles FAL desarmados y las pistolas ametralladoras.
Manuel interrumpió esas peligrosas reflexiones y me indicó que saliéramos. Buscamos el auto en un garaje vecino y marchamos hacia la provincia. En una linda casa con jardín encontramos al Comandante que nos habló con la seriedad de costumbre. Este nunca aprendió lo que es un gesto amable. Ni siquiera me interesó vincularlo al pasado de Norma. No existía. Preguntó a Manuel si yo estaba enterado de todo. Interrumpí en un esfuerzo de humor y comenté que, como siempre, no estaba enterado de nada. No hubo ni una sonrisa.
-Sabemos que usted no es un militante convencido, pero tampoco es un traidor -dijo.
Si no soy un militante convencido, pensé, aunque traicione tampoco sería un traidor en rigor de verdad. El Comandante seguramente no había leído a Platón.
-Hemos tenido muchas bajas -continuó- y no podemos darnos el lujo de rechazar a quien puede sernos útil.
Eso ya era un halago. Entraba en la categoría de objetos usables. Como un fusil FAL, una escopeta de caño recortado, el teléfono o un automóvil bien cuidado.
—169→-Hay que evitar las elecciones -ahora se introducía en la doctrina obligar al ejército a que conserve el poder a través de la multiplicación de la violencia; en eso se está trabajando, pero nuestra responsabilidad es llevar a cabo el atentado al presidente, en medio de su custodia. Debemos demostrar a todo el país que la seguridad no existe, que si este Gobierno integrado y apoyado por las fuerzas armadas no está en condiciones de lograr la pacificación, ni impedir la violencia, menos lo hará un Gobierno civil, que de alguna manera ahora, desde la oposición, alienta la violencia. Usted dirigirá y resolverá el momento del operativo en la Avenida del Libertador. Manuel lo cubrirá con un dispositivo que ya está preparado para facilitarles la fuga. Simultáneamente se concretarán atentados en el interior del país contra jefes militares y unidades del ejército. ¿Comprendido? Claro, comprendido. No me había dicho nada que no supiera y había usado un tono como si estuviera revelándome la verdad universal, la esencia del principio del bien y del mal, el sentido de la vida. Le perdí el respeto. Me pareció un pelotudo.
Volvimos al centro. Manuel no formuló preguntas ni hizo comentarios, pero estoy seguro que de alguna manera había adivinado mi reacción. Si Manuel era como yo imaginaba, debía pensar lo mismo que yo. Pero ¿qué era Manuel? ¿Quién era? Cómo mantenía ese rol de segundón instrumentador de los planes del Comandante si a la legua se veía que era más inteligente y con una personalidad más poderosa. No entendía, y había llegado a un punto en que no me interesaba entender. Quería desaparecer. No sabía cómo y además tenía la convicción de que era imposible. Estos son fanáticos y me la darán en cualquier lugar. Hoy, mañana o dentro de un año. Pero, ¿son fanáticos? Esto me pareció una reflexión falsa tomada de la literatura convencional del periodismo. ¿Fanáticos? No era la expresión correcta. En realidad parecían alentados por una profunda, inconmovible, inviolable convicción de que estaban salvando a la Patria. Claro, igual que el comisario Toquero y sus torturadores. No como el sargento, muerto inútilmente por sus domésticas y elementales convicciones. Por su fidelidad hacia todo lo que sencilla y primitivamente amaba. Su mujer, su traba, su deber, sus amigos. Por eso se muere, en cambio los salvadores —170→ de la Patria matan. Y yo estaba enrolado ahora en uno de los bandos de los salvadores de la Patria. Me había convertido en protagonista. Había abandonado el peligroso y heroico sector de los testigos.
Durante la tarde revisamos cuidadosamente el plan. El auto cargado de gelignita, el equipo de control remoto para explotarlo, los tiempos de la operación, la oportunidad para empezar con los disparos, el tiempo previsto de la confusión, las huidas alternativas de la comitiva presidencial y la nuestra. El lugar de reunión después del ataque se conocería el mismo día de la acción. De esa manera se evitaba, en el caso de que alguien fuera detenido en los días previos, que la policía pudiera preparar un operativo de copamiento.
Esa noche el presidente habló por televisión. Lo vimos con Norma desde la cama. Habló de la salida política. Propuso un gran acuerdo. Todo el país debía participar de ese acuerdo. Invocó la fidelidad al ser nacional. Esa expresión no puede faltar en los discursos militares. El ser nacional. Mencionó las ideologías extrañas. Otra. El trapo rojo y la bandera. Siempre la misma literatura, cursi y de mal gusto. El que no está con el Gobierno, con el poder, según la opinión del presidente, está con el trapo rojo, en contra del ser nacional y alienta ideologías extrañas.
Yo debía ser la excepción que confirmaba la regla. No era marxista por formación mientras que por educación y vocación era más criollo que el mate. Y naturalmente, como consecuencia de las premisas anteriores no sentía ninguna atracción por el trapo rojo y lo que representaba. Lo cierto es que de lo único que no había oído hablar en este complejo grupo humano del que ahora formaba parte de una cierta manera involuntaria, era de ideologías. Seguramente ese tema estaba reservado a la cúpula conductora. Al pelotudo del Comandante y a Manuel, con esa cara de rusito inofensivo.
Yo debía ser un idiota útil, un camarada de ruta. Para los que manejan el poder los que no acatan sus decisiones son comunistas o idiotas útiles.
—171→Para los que están en contra del poder, desde el presidente hasta el portero del ministerio de economía son agentes de la CIA. Lo grave de la cosa es que parece tan ridícula que puede ser cierta. El presidente habló contra la delincuencia subversiva. No dijo nada de los negocios con la importación de petróleo, ni con la exportación de cereales, ni sobre la operación con las divisas que manejaban alegremente las financieras privadas informadas oportunamente por los funcionarios del Estado sobre las nuevas medidas de regulación, ni tampoco habló de las coimas que había que pagar para obtener certificados de importación. Había que darle a la guerrilla, a los agentes de la Cuarta Internacional que pretendían subvertir el orden en América. Y el orden era expresión, naturalmente, de los que manejaban el orden. De los que permanecen. De los que se benefician con el orden, aunque ese orden estableciera las condiciones que determinaban que la Argentina fuera cada día un país más disgregado, postergado, liquidado. Pero en orden. Los representantes legítimos del orden manejaban el poder financiero, y sus lenguaraces a sueldo cuidaban de su prestigio en diarios, revistas, radios, canales de televisión. Sus ideólogos eran candidatos a premios Nobel y profesores universitarios. Abogados sus defensores y protectores. Pero, ¿qué estudiaron los militares en la Escuela Superior de Guerra? ¿No saben qué cosa es la defensa nacional?
El discurso era bastante aburrido. Apagamos el televisor y permanecimos sin hablar. Pensando. No podíamos hablar del futuro. Hubiera sido solamente un rasgo de humor. Tampoco de lo que estábamos haciendo. Ambos advertíamos que nos faltaba convicción pero no era posible pensar en desertar. Norma tal vez sobreviviría por su antigua amistad con el Comandante. Yo estaría muerto antes de las cuarenta y ocho horas. No había alternativas para mí. Lo curioso es que estaba seguro de que en el momento decisivo algo me salvaría. Resulta difícil aceptar la idea de la propia muerte. Eso es algo que le ocurre a los otros. No a quienes aman la vida y la viven con intensidad. Que gozan y se deleitan con la realidad y el misterio. La muerte es para el Comandante y su ascetismo seco, sin esperanzas. Esos son los que deben morir. No los que juegan alegremente con —172→ la vida, con el sexo, con el misterio de cada nueva oportunidad, con el sol eterno, cambiante, regocijado, feliz de su enloquecedora y a la vez serena carrera por el espacio. La muerte no es para los que pueden permanecer horas mirando los dibujos que trazan las gaviotas en la violenta alucinación del mediodía en una playa. No es para los que esperan una mujer sabiendo exactamente todo lo que va a pasar o puede no pasar hasta en sus mínimos detalles, pero con el corazón saltándole en el pecho como si fuera la primera aventura importante de la adolescencia. La muerte no puede ser para quienes no la conciben, ni para los que la desprecian y no la tienen en consideración. La muerte debe ser para los fabricantes del terror. Para los que especulan con ella, creando las condiciones para que otros la teman. La muerte debe ser para los que la llevan adentro, obsesivamente, no de una manera fatal e inevitable como cualquier ser viviente para el cual constituye simplemente el término natural de la vida, sino para los que la usan como sanción. Como amenaza, como instrumento de dominación y poder. Como parte del terror, de la angustia, de la soledad, de la incertidumbre, de la noche, de los breves ruidos del silencio y del descanso. Los que nos desvelan y toman heladas las sábanas y transforman en estruendo el rumor de un gato en la azotea vecina. Hay fabricantes de muerte que merecen morir, así como los fabricantes de vida merecen vivir.
Estos pensamientos me habían llevado a una conclusión inoportuna para mi condición de enrolado casi involuntario en la organización guerrillera. Estaba también en una usina de muerte y era parte de ella. En poca medida, tal vez, pero era parte de ella. Tampoco era válida para mí la conjetura del objetivo. Todos los que matan, de uno u otro bando, seguramente calman su conciencia, los que la tienen, en razón de los objetivos que se inventaron para justificarse. Pretenden ser los ejecutores de una misión destinada a salvar la patria. Los verdugos instrumentales del ser y del no ser nacional. Aspirantes al bronce mediante la oportuna presión en el disparador de una escopeta Itaka o del interruptor de una picana eléctrica. Esto podría ser de alguna manera verdad, si no fuera que los actores materiales de estas brutalidades son por lo general bastante sádicos, estúpidos —173→ e irracionales. Matar a alguien previa violación y tortura, disparándole cincuenta balazos y volándolo luego con dinamita, acusa a una mente enferma merecedora de un chaleco de fuerza.
Un típico tarado mental sin posibilidad de redención, de la misma manera, que poner una bomba bajo la cama de la hija menor de un jefe de policía. La misma acción, merecedora de iguales calificativos. Se trata de un enfrentamiento entre tarados, en el más riguroso sentido de la expresión. Los que están en el medio están perdidos. Yo estaba en un bando, pero en realidad me sentía en el medio. Lo curioso es que la experiencia me indicaba que estaba más seguro en la situación de comprometido, que en la de no comprometido. Absurdo, pero real. Formar parte de la secta implicaba estar protegido por la secta. Igualmente para un miembro de la secta antiguerrillera representante del orden su rol era bastante cómodo, porque hasta los errores por exceso de celo en el cumplimiento de la misión debían ser bondadosamente justificados y disculpados por sus mandos. No era demasiado importante que ese exceso de celo hubiera determinado la muerte de algunas personas ajenas a cualquiera de las dos alternativas, porque no era admisible la hipótesis de ser ajeno. Finalmente ya no tenían oportunidad de protestar ni reclamar por sus derechos, perdidos definitivamente en algún baldío de los alrededores de la ciudad.
La explicación que había escuchado alguna vez es que se trataba de una guerra total en la cual nadie debía permanecer neutral. Olvidaban decir que no se trataba de una guerra de liberación nacional, tampoco una batalla para convertimos en una gran potencia política y económica. No hacíamos gala de heroísmo violencia y cobardía para terminar con una pesada herencia de torpeza, idiotez, falta de imaginación y coraje que nos había legado una clase dirigente decadente y mediocre.
Se trataba de una simple guerra de exterminio de alguna gente que pensaba de tal o cual manera, por obra de otra gente que pensaba lo contrario, aunque la información que determinaba las acciones, fuera real, —174→ irreal, imaginada, conjeturada o urdida como parte de alguna frívola delación procesada por algún integrante de los grupos enfrentados.
Mientras tanto todo seguía igual y el ministro de economía, director de varias empresas internacionales que por una patriótica manera de observar la realidad acentuaban las condiciones de la dependencia, enviaba a su familia a vivir en el exterior, para preservarla de la locura homicida que no variaba esencialmente la realidad y costaba unos centenares de cadáveres por año.
-¿Me querés?
-Sí, claro.
-Vos estás en esto por culpa mía.
Me acordé del comentario de un policía en una conferencia de prensa, en la cual se refería a un militar comprometido con un grupo subversivo a través de su amante. «Le hizo el bocho» -dijo.
-No, vos no me hiciste el bocho. Si hubieras estado en un colegio de monjas, me las habría arreglado para ser tu confesor.
-Pero esto te puede costar la vida.
-Yo creo que nos vamos a salvar.
No puse mucho énfasis en la afirmación. No estaba demasiado convencido, salvo por esa irracional y optimista actitud ante la adversidad que había sido una constante en mi vida. Si siempre fue así, no tenía por qué cambiar.
-Tenemos que hacer algo -dijo Norma.
Me quedé pensando en eso. Hacer algo. Era poco lo que se podía hacer, sin embargo ese poco podía resultar mucho. Había que pensarlo. Las —175→ mujeres tienen un sentido de la realidad y una capacidad de reacción generalmente superior a la de los hombres. Yo pensaba que la salvación aparecería de alguna manera como un hecho mágico. Así tenía que ser, porque me resistía a imaginar que todo pudiera terminar como era previsible, no obstante los hipotéticos planes de huida de Manuel. Pero en la afirmación de Norma no había nada de mágico, ni contenía la menor intención de una loca fantasía. Tenemos que hacer algo era una expresión más importante de lo que revelaba. Implicaba una definición abrupta y planteaba la desvinculación de todo lo que estábamos haciendo, particularmente de lo que en este episodio o proyecto dependía de nosotros y de nuestra modesta participación en la guerra.
A partir de esta propuesta silenciosamente aceptada por mí, podía ocurrir cualquier cosa. Inclusive que reveláramos a nuestros ocasionales compañeros, involuntariamente, que habíamos tomado una decisión fácilmente interpretada como deserción o más precisamente como traición. En ese caso no tendríamos ninguna oportunidad.
-Vámonos del país -dijo Norma-. No tenemos antecedentes, podemos viajar hasta con nuestros propios pasaportes.
-No es así, mi amor. Nunca se comentó en los diarios mi desaparición y el comisario Toquero debe recordarme perfectamente. Estará convencido de que pasé a la clandestinidad. Y claro, no está muy equivocado. Eso encaja en su idea de que yo era un espía del grupo. Debe estar buscándome y los policías en los aeropuertos estarán alertados. No, eso no resultaría.
-Podemos pasar la frontera por cualquier parte. De contrabando-. La voz de Norma expresaba su angustia.
Era una situación extraña. Si no nos hubiéramos conocido, cada uno de nosotros hubiera continuado su rutina sin fisuras. Claras formas de vida. Conocernos y amarnos cambió nuestras convicciones, terminó con la mecánica —176→ de nuestras acciones, alteró la habitualidad de nuestros actos cotidianos.
Habíamos traicionado un estilo de vida diseñado por las circunstancias, por la fuerza de las cosas, por nuestra voluntad. Rompimos un molde, esparcimos su contenido y con lo que quedó no habíamos sabido ni podido todavía, inventar un continente nuevo. El contenido tenía los mismos elementos, pero de otra manera.
-Para obtener documentación falsa tenemos que contar con la organización. No podemos conseguirla por nuestra cuenta.
En esta conversación había un aspecto del problema que no nos atrevíamos a mencionar. No era la huida la única alternativa. Había otra. Tomar contacto con la policía, con el comisario Toquero, por ejemplo, y ganar de alguna manera nuestra liberación, si esa era la expresión justa. No lo habíamos mencionado. Probablemente teníamos vergüenza de hacerlo. La cosa era demasiado dura. Conjeturar algo así podía tener consecuencias no solamente sobre nuestra propia estimación sino sobre lo que cada uno de nosotros pensaba del otro. No éramos traidores. No éramos delatores. Lo único que queríamos era poder vivir libremente, dentro de la relativa normalidad en que se puede vivir en un país que acumula cada día episodios de violencia y muerte. Pero esa alternativa a través de ese método, implicaba inexorablemente traición, cualquiera fuera la fórmula que intentáramos para justificarla.
Había llegado a la conclusión de que el mundo en que vivía, a la luz de lo que debía ser una existencia decorosa para todos, no me gustaba. Pero también sabía que a través de la violencia, el asesinato, la muerte, discriminatoria o no, tampoco podíamos llegar a una fórmula de convivencia razonable con alternativas para todos, en una sociedad que debía ser relativamente justa. Lo cierto es que el conocimiento directo de esa guerra, formando parte de uno de los bandos, me había esterilizado la capacidad de análisis. Cada vez era más confuso el camino orientado a revertir una —177→ situación que era objetivamente mala para los argentinos. Desde afuera resultaba más fácil anatematizar las dos alternativas, igualmente brutales. Desde adentro hacía un juicio de valor parecido, pero el desconcierto me impedía analizar una hipótesis alternativa para salir del pantano.
Norma permanecía en silencio como si siguiera mentalmente mis silenciosas reflexiones. Seguramente ella también había pensado en la posibilidad de acudir a la policía. Seguramente nunca lo diría. Yo tampoco.
—178→ —179→
Antonio Gómez iba sentado en el asiento trasero de la limosina del presidente. Trataba de disimular la idea de que era un señuelo, actividad a la que lo habían dedicado desde hacía dos semanas. Le comunicaron su nueva responsabilidad como si lo premiaran con un ascenso por la muerte de su tío el sargento Rodríguez, a quien habían encontrado muerto a tiros en la banquina de una carretera de la provincia.
Antonio Gómez apenas conocía a su tío porque se trataba de un pariente más o menos lejano, pero ahora le había servido para el ascenso y eso era de alguna manera una suerte. Sólo que esta tarea de atraer los tiros de los terroristas en la limosina del presidente no podía ser un gusto ni tampoco una vocación. Tenía en claro que los terroristas eran unos hijos de puta, pero el presidente y sus amigos, a su manera, también. Pero de otra clase. Esto era claro para la simplista lógica formal de Antonio Gómez que nunca se había preparado para trabajar como policía, cambiaba empleos frecuentemente por su incapacidad de asumir algún oficio y porque en realidad le gustaba la vida sin compromisos ni problemas, pasear, las mujeres y la plata fácil.
Llegar a la policía había sido un buen puerto para cumplir, por lo —180→ menos parcialmente, ese modelo de vida. Pero no tenía nada que ver con su rol de blanco móvil, en el asiento del auto del Presidente, esperando que a los terroristas se les ocurriera acribillarlo a balazos. El trabajo en la policía se estaba tornando peligroso desde que integraba la custodia.
Antonio Gómez no tenía preocupaciones ni intereses políticos. La muerte de su tío le había hecho pensar, pero no mucho. Más que una reflexión política le generó una verdadera curiosidad por la conducta de su pariente, hombre tranquilo, buen padre de familia, sin audacia ni interés por la aventura. De ninguna manera un héroe. Sin embargo, ahora decían que era un héroe y estos comentarios le resultaban agradables pero desconcertantes.
El auto marchaba a regular velocidad, mientras los motociclistas apartaban a los tipos que no se habían dado cuenta que venía el presidente. Antonio miraba a la gente caminando por las veredas, los balcones sobre la avenida y las ventanas, desde las cuales se podía disparar y hacer un desastre antes de que ellos tuvieran tiempo para reaccionar. El gringo Biancoti, sargento veterano de la motorizada estaba sentado al volante. Era una garantía.
-Me jubilo el mes que viene, Negro -comentó.
-Qué bueno, señor, lo felicito. Entonces se dedicará a la vida tranquila.
-Eso espero. Aunque será difícil. Ya no hay ningún lugar para disfrutar de vida tranquila. Además la jubilación no es un lujo. Una forma de cagarse de hambre en casa.
Quedó en silencio. -Tendré que seguir trabajando. Un amigo me habló de una compañía privada de seguridad y custodia, organizada por militares retirados. -Seguía en realidad hablando consigo mismo-. Tal vez siga allí. No me veo como desocupado después de treinta años en la institución.
—181→Antonio pensó que los viejos le llamaban a la policía, la institución. No sabía qué querían decir, pero debía tener un sentido profundo que se le escapaba.
Un auto superó la velocidad del vehículo del presidente, conducido por una mujer joven y rubia que miró con indiferencia hacia la enorme limosina. No podría ver nada a través de los vidrios polarizados si la intención era descubrir la presencia del presidente.
Antonio pensó que todos terminarían locos porque nadie se salvaba de las sospechas. No era para menos. La bomba que mató más de cien personas en coordinación policial fue puesta por un oficial, socio de los terroristas. Finalmente lo descubrieron, pero no pudieron procesarlo. Hubiera sido un escándalo porque se trataba del ayudante del Jefe de la institución.
Igualmente fue castigado. Cayó por el hueco del ascensor del Departamento de Policía. Se habló del accidente durante varias semanas. Después fue olvidado.
Antonio no podía olvidarlo porque ese día había estado comiendo en el comedor de coordinación y se había ido diez minutos antes de que explotara la bomba. Le costó varias horas de interrogatorios hasta que se dieron cuenta de que no podían esperar nada de él. Ni malo ni bueno. Parecía inexistente. Sin embargo había llegado como auxiliar a la residencia presidencial, terminó en la custodia y ahora, sentado en el asiento trasero de la limosina se consideraba uno de los hombres del presidente. Eso servía para las minas y además él era un negro simpático.
El sonido primero fue imperceptible. Como un lejano repiqueteo de granizo en el techo de un galpón de zinc. La relación entre el repiqueteo y el hecho de que uno de los motociclistas cayera de costado y su moto comenzara a girar enloquecida con el motor a toda marcha, y sin su conductor, tardó en abrirse paso en la conciencia elemental y primitiva de Antonio Gómez.
—182→El gringo Biancoti tenía buenos reflejos, pero su iniciativa fue también su perdición. El primer tiro de bazooka se estrelló contra la pared del ferrocarril en un chisporroteo de fuegos artificiales. El segundo tiro alcanzó de lleno la limosina, atravesada en la avenida por una brusca maniobra de Biancoti que intentó con eso detener el avance hacia el peligro.
El Negro Gómez descendió con la ametralladora en la mano y corrió a refugiarse bajo la recova.
Desde allí vio cómo la limosina se convertía en un volcán en erupción terminando con las fantasías de jubilado del sargento Biancoti. En ese momento tuvo la absoluta convicción de que los terroristas eran unos hijos de puta que debían ser exterminados, pero que él no tenía el coraje ni la voluntad de hacerlo. Estaba aterrado.
A pesar de lo cual llevó a cabo una serie de actos reflejos sobre los que tomó conciencia más tarde, cuando todo había terminado y encontró un nuevo rol, inesperado, en su vida de mediocre aventurero de barrio.
Se reunió con los policías que habían descendido de los otros autos, más tres motociclistas, y comenzó a correr hacia adelante, hacia lo que imaginaba como el lugar de donde había partido los disparos de fusil y también los de bazooka, porque a pesar de sus pocos conocimientos sobre la vida de policía y su entrenamiento, había visto en las películas de guerra disparar bazookas contra los tanques, con resultado parecido al que había calcinado al pobre Biancoti y a ese auto de mierda donde realmente debía estar el presidente y no Biancoti.
Estas cosas se le fueron ocurriendo mientras corría como loco, a la cabeza de sus compañeros, sin calcular hasta dónde debía hacerlo y si se encontraría con esa aterradora ficción, que habían sido los terroristas para él, hasta ese momento. O en todo caso alguien le ordenaría detenerse y trepar por una escalera que nadie sabía a dónde conducía. O una bala de las que seguían rebotando en el pavimento, terminaría por anticipar la orden, —183→ frustrando su imprevisible acción involuntaria, que pasó a los anales de la historia policial como un gesto heroico y encomiable.
En ese momento se encontró con otros policías que venían en sentido contrario. No intercambiaron disparos porque advirtieron su identidad antes de atinar a sacar el seguro de sus metralletas.
Entonces hubo un rápido intercambio de información, como un análisis de situación, seguido de una decisión táctica en medio del campo de combate, porque no era otra cosa ese sector de la avenida con una enorme limosina quemándose, ahora lentamente como una pira funeraria, varias motocicletas destrozadas en medio de la calzada, tres o cuatro policías evidentemente muertos o gravemente heridos, disparos por todas partes, y como si eso no fuera bastante, dos carros de bomberos con sus sirenas ululando a su máxima potencia incorporaron un elemento más de locura al escenario lleno de humo, ruidos, estallidos, gritos de terror y de alarma entre los que debían ser directos protagonistas del drama, y las víctimas de los choques inevitables que se produjeron en la avenida, a esa hora en la cual los automovilistas se dirigen a su trabajo en la ciudad y no están preparados para enfrentarse con una limosina destruida por una bazooka, varios policías muertos en su brillante uniforme azul con correaje blanco, ni un grupo de civiles con aspecto indefinible corriendo por la vereda, apuntando con sus armas a todos los que todavía no se habían ocultado en los edificios, porque imaginaban que cualquiera podía ser un miserable terrorista acechando la oportunidad de convertirse en asesino.
Antonio Gómez detuvo su insólita carrera y se preguntó qué estaba haciendo y adónde se dirigía. Miró a su alrededor buscando una respuesta. En ese momento vio a la anciana arrodillada en un rincón de la escalera, como un ovillo de lana desteñida o un trompo con el hilo sin tensar fuera de su hipotético objetivo. Pensó que estaba muerta, como una momia en cuclillas, pero en realidad solamente estaba esperando que le preguntaran algo sobre la gente del último piso, la de la compañía de publicidad que en lugar de trabajar se pasaban la mañana en el techo, porque ella los veía, —184→ aunque se cuidaba muy bien de que no se dieran cuenta de su presencia y si esto ocurría, miraba al cielo o a los helicópteros, porque siempre había alguno a esas horas de la mañana, revoloteando como un alguacil ruidoso sin objeto ni destino, porque giraba, volvía sobre el mismo rumbo, descendía o ascendía, pero siempre terminaba marchando hacia el horizonte. Cualquiera podía sospechar que eso era puro disimulo, y alguno de los que estaban en el helicóptero debía mirar para abajo, probablemente sin ver nada, porque era difícil a esa velocidad y teniendo en cuenta que los muchachos de la compañía de publicidad habían construido una especie de techo, más alto que el correspondiente a la terraza, lo cual era muy raro. Ella no lo había contado a nadie todavía, pero ahora que estaba ocurriendo lo que había podido ver cuando venía de la panadería, creía que valía la pena decírselo a alguien, porque debía haber alguna relación entre la extraña conducta de esos muchachos que tomaban sol en la terraza y las explosiones en la calle.
De manera que cuando el Negro Gómez empezó a tocarla para saber si estaba muerta, viva o solamente asustada, le dijo que se dejara de molestar y que no perdiera tiempo porque los muchachos estaban arriba todavía, y aunque pensaba que eran buena gente, amables en sus saludos matutinos, ese techo artificial algo debía tener que ver con alguna cosa fuera de la rutina, y lo que estaba pasando, que ella no entendía muy bien, pero imaginaba, por las explosiones y los gritos y toda la gente con armas en las manos, no era precisamente una rutina a la que estuviera acostumbrada.
Gómez no entendió nada. Pensó que precisamente en ese momento, que intuía como la gran oportunidad de su vida, venía a tropezar con una vieja loca o por lo menos enloquecida por lo que estaba ocurriendo. Con un gesto de forzada solidaridad, pero con un profundo malhumor la ayudó a incorporarse, la llevó hasta el ascensor y le dijo que se quedara en su departamento sin asomarse hasta que todo hubiera pasado.
Por eso cuando la anciana señora le dijo con una violencia desusada y resentida que era un pobre imbécil, el Negro Gómez reflexionó que le —185→ resultaba difícil entender a la gente en general, igual a los jóvenes que a los viejos, y en medio de lo que estaba ocurriendo le acometió un gran desaliento y llegó a un punto en que no sabía si avanzar, retroceder, quedarse protegido por el vestíbulo del edificio, sumarse a sus compañeros que seguían corriendo sin meta cierta o negarse simplemente a participar, como consecuencia de una intuitiva y visceral convicción de que no sabía en qué participar ni cómo, a pesar de llevar una ametralladora en la mano y haber visto cómo el pobre sargento Biancoti se consumía entre las llamas de la limosina.
Una terrible explosión interrumpió sus reflexiones. En ese momento presenció un espectáculo que seguramente jamás vería repetirse, ni podría olvidar, ni dejaría de relatar a sus hijos y aun a sus nietos, muchos años más tarde, cuando ya se había convertido por obra de las crisis, los golpes de Estado, los atentados subversivos y la violencia de las fuerzas de represión en jefe de investigaciones de la Policía Federal.
La explosión fue seguida por una cascada de llamas, humo y gritos de horror anticipando la caída del helicóptero en medio de la Avenida del Libertador, donde rebotó, reventó y se esparció en miles de fragmentos que convirtieron en una escandalosa corrupción plástica el frente de los edificios, que agregaron un estallido de vidrios multicolores en los cuales se reflejaban las llamas del aparato, que ya no era ninguna cosa organizada ni racional, con una mecánica y un objetivo lógico, sino un montón de hierros retorcidos, humeantes, desoladamente trágicos a pocos metros de los restos de la limosina.
Antonio Gómez apenas advirtió la presencia de la pareja de jóvenes que había salido del ascensor y que a su lado, tomados de la mano, se incorporaron como testigos de ese espectáculo caótico y desconcertante. Solamente les dijo que se quedaran a cubierto o volvieran a su departamento, pero la advertencia fue solamente una especie de reflejo condicionado, porque el Negro Gómez había vivido e incorporado miles de experiencia en esos pocos minutos, a partir de la primera explosión del disparo de —186→ bazooka y su actitud era ahora protectora, como representante de la ley. Por eso cuando salió de su refugio y se unió a sus compañeros en la calle, que ya sabían que el helicóptero había sido derribado también con un tiro de bazooka, se sintió sorprendido porque los jóvenes, como ajenos a la tragedia que se desarrollaba sobre la avenida, retrocedieron en dirección a Plaza Francia y sólo después de varios minutos, críticos para quien participa de un frente de guerra, estableció una relación entre la pareja, las advertencias desechadas de la vieja sentada en la escalera y la certeza de que el fuego y la agresión habían partido de la terraza de algún edificio de departamentos como podía ser ése en el que había estado refugiado.
Gritó a sus compañeros que debían subir hasta la terraza, mientras con la mayor rapidez posible describía la pareja a un policía, que se dirigió a paso rápido hacia la Plaza Francia.
El Negro Gómez, sobrino del héroe muerto en la carretera de la provincia, se había convertido en jefe y sus intuiciones diseñaron el operativo que culminó en la terraza del edificio donde no encontraron a nadie, aunque sí rastros de la presencia de los terroristas.
La bazooka, vainas servidas de balas de fusil y ametralladoras, varios fusiles FAL y tres ametralladoras, un cajón con armas cortas y varias granadas unidas a cables eléctricos, preparadas para explotar con un equipo de relojería.
Los terroristas escaparon por los techos de las casas sobre la calle Arroyo. Allí los estaban esperando los patrulleros de apoyo que desde los primeros minutos rodearon la manzana. En realidad todos podrían haber escapado con tiempo suficiente, pero la idea de destruir el helicóptero, como una demostración de fuerza y potencia militar les hizo perder los pocos minutos que tenían para aprovechar el operativo montado por Manuel.
Dos terroristas salieron a la calle por la puerta principal de un edificio con las armas en la mano, sin intentar disimular su participación en el —187→ operativo y se dedicaron a tirotear a los policías de los autos patrulleros, que fueron sorprendidos en pleno desconcierto, porque aparte de la convocatoria de la radio policial, no recibían instrucciones ni les comunicaban un proyecto de reacción contra el ataque.
Uno de los terroristas logró subir a un auto que esperaba en marcha y aceleró hacia la esquina para salir a Juncal. El otro fue muerto mientras gesticulaba como un espantapájaros azotado por el viento, y se estrelló contra la pared desde donde fue deslizándose lentamente hasta quedar sentado en la vereda en medio de un charco de sangre que goteaba hasta la alcantarilla.
Un policía se le acercó y le pateó la mano en la cual todavía empuñaba el revólver. Fue su último gesto, porque otro terrorista salió de un departamento vecino disparando con su revólver, empuñado con ambas manos, y prácticamente le voló la cabeza. El policía permaneció parado como una imagen atemporal, sorprendente, un maniquí de alguna tienda en la cual se vende ropa militar, después levantó los brazos lentamente y cayó para atrás en medio de un charco de sangre.
La huida del auto de los terroristas tuvo un abrupto final en la esquina, despedazado por las balas de las metralletas y los disparos de escopetas que lo fueron convirtiendo en una chatarra humeante. Al final de una carrera, loca y sin real control, guiado solamente por su propio impulso y no por el conductor, que estaba muerto, se estrelló aparatosamente contra las puertas de hierro de un enorme y bello edificio del siglo pasado, refugio de viejas familias en decadencia, algunos de cuyos miembros meditaban seguramente en la fatalidad de vivir en un mundo que había cambiado y era difícil de interpretar.
Norma y su acompañante fueron recorriendo un complicado itinerario entre los cientos de automóviles detenidos sobre la avenida y alrededor de la Plaza Francia, con la seguridad de no ser reconocidos, confundidos con los miles de peatones, automovilistas, curiosos y estudiantes de la facultad —188→ que a esa hora y en esa circunstancia, se habían multiplicado de manera misteriosa.
La avenida que rodea la plaza se había convertido en una inmensa playa de estacionamiento, una especie de feria, una kermesse de gritos y colores, rostros silenciosos y preocupados. Miedo y angustia de quienes se enteraban de la magnitud del episodio por las radios de sus vehículos.
Norma y el periodista habían cambiado el curso de acción previsto por Manuel y caminaban rápidamente entre los automóviles y la gente, que se aproximaba al lugar impulsada por una curiosidad temerosa pero irresistible. Querían alejarse del lugar del atentado, de la organización terrorista, de la policía, de la pugna mortal entre los beligerantes. Se sentían libres, como si su participación en el atentado hubiera sido suficiente para cumplir el pacto de lealtad con la organización, el último acto de un drama que los tuvo como protagonistas forzados.
Curiosamente, deslindaban su responsabilidad de la tragedia como si la acción desarrollada por cada uno de ellos, formara parte de un gran fresco sobre la vida política cotidiana, en el cual el artista hubiera dibujado sus figuras como elementos decorativos, sin consultarlos sobre su voluntad de integrar el conjunto.
No querían preguntarse cuál había sido el destino de sus compañeros. Su objetivo consistía en acercarse al lugar donde habían dejado estacionado el automóvil el día anterior.
Cuando descubrieron la mancha marrón del vehículo, cerca de la puerta del Convento de los Recoletos, se detuvieron y abrazaron como dos jóvenes amantes, lo suficientemente inmaduros como para preocuparse solamente por sus impulsos eróticos, mientras el mundo se derrumbaba entre gritos, disparos y explosiones. Solamente que en este caso el recurso tenía como objeto analizar si había algún peligro, porque tenían la convicción de que alguien debía haberse preocupado por impedir la huida ya —189→ que el cambio de plan, cuando todavía estaban en la terraza con los otros terroristas, fue aceptado por ellos sin discusión lo cual tomaba esa conducta sospechosa.
No fue difícil descubrir los autos estacionados en la vecindad con gente adentro, ni los dos hombres vestidos de civil que conversaban con el encargado de la puerta del Convento.
Volvieron caminando lentamente a través de la plaza, en dirección a la calle Vicente López y desde allí hasta Las Heras y Pueyrredón, ya bastante lejos del lugar del ataque, donde tomaron un taxi hasta Belgrano.
Por la radio escucharon la crónica de lo que ocurría.
«Casi se cargan al presidente» -comentó el chófer. No había emoción, ni sorpresa, ni crítica en la voz del hombre. Solamente la expresión objetiva de un hecho puntual. El cronista decía que todos los terroristas habían sido abatidos por la policía. Ninguno había escapado, pero había varios muertos entre los policías, además de los tripulantes del helicóptero. El presidente fue informado en su despacho en la casa de Gobierno. Esa tarde daría un mensaje por radio y televisión seguramente para condenar el atentado y reiterar su decisión de convocar a elecciones.
Norma y el periodista no sabían adónde ir. Su plan original era alejarse en el automóvil hacia el interior, como simples turistas, pero el hecho de que estuviera vigilado indicaba que había algún traidor en el equipo. Implicaba también que habían sido identificados y que en ese momento las fuerzas de seguridad los buscaban.
No había lugar seguro.
Al llegar a Las Heras y Canning fueron detenidos por una barrera policial que pedía documentos a los automovilistas. No fue necesario ponerse de acuerdo. Abrieron las puertas del taxi y corrieron hacia una calle transversal mientras Norma sacaba un revólver de su cartera y el periodista —190→ empuñaba una pistola de grueso calibre que hasta ese momento ocultaba bajo la campera.
Los policías gritaron la voz de alto y comenzaron a disparar. El taximetrero miraba la escena estupefacto. Los peatones gritaban asustados mientras intentaban refugiarse en los zaguanes o se arrojaban al suelo para evitar las balas.
Un disparo dio a Norma en la espalda y la tiró hacia adelante como si un ariete violento y terrible la hubiera hecho volar en dirección a su destino imprevisible y frustrado. El periodista se detuvo y miró el cuerpo inerte sin creer en lo que había ocurrido. Se volvió con la mirada vacía hacia los policías que avanzaban gritando que se rindiera. Supo entonces que estaba todo terminado y que no podía ser de otra manera. Levantó el arma y vació el cargador contra los uniformes azules mientras su cuerpo se retorcía como una marioneta a la cual le hubieran cortado los alambres que le daban cierta coherencia, como consecuencia de los impactos de las balas de las metralletas, que continuaron disparando cuando ya estaba en el suelo, encogido como un niño en posición fetal, casi derrumbado sobre el cuerpo de Norma.
Después se hizo un silencio total, roto a los pocos minutos por una ambulancia del hospital Rivadavia que venía a buscar los cadáveres. El oficial de policía a cargo del operativo se negó a que los cadáveres fueran cargados en la ambulancia, argumentando que había recibido instrucciones de esperar a su jefe. La gente del barrio se amontonaba en el lugar en un dramático silencio y a regular distancia de los dos cuerpos porque los policías formaron un círculo para impedir que se acercaran.
El sol del mediodía, lleno de vida y energía, otorgaba una cualidad grotesca a los dos jóvenes, como un misterio más de los millones de misterios que habría que desentrañar, para encontrar alguna coherencia racional que explicara las vicisitudes cotidianas, cuya naturaleza esencial permanecía invariable, desde el fondo remoto de la historia.
—191→Veinte minutos más tarde llegó el jefe esperado. El Comisario Toquero observó en silencio los cadáveres y nadie podría imaginar lo que pasó por su cabeza en esos momentos. A su lado el Comandante, después de algunos segundos, impartió instrucciones al oficial de policía a cargo del operativo.
Los dos hombres se dirigieron a un automóvil de la policía después de autorizar el traslado de los cuerpos.
-Los hubiéramos necesitado vivos. Estaban quebrados y podían sernos útiles.
-Sí, comisario, pero ese periodista era un desordenado mental, en realidad irresponsable y no confiable.
A pesar de su aparente escepticismo se hacía cargo de las ideas como si fueran cosa propia.
-Usted lo trató más.
-Sí, y varias veces estuve a punto de hacerlo eliminar. Era errático y eso lo tornaba peligroso.
-No lo critique tanto, hizo un excelente operativo.
-Es cierto. -Permaneció unos segundos en silencio-. ¿Y ahora qué?
-Ahora el presidente entenderá que somos la tercera fuerza. Nosotros somos los árbitros entre los payasos del Gobierno y los terroristas. Supongo que abandonará la idea de convocar a elecciones. El país está en plena violencia y estas no son condiciones para iniciar un proceso formalmente democrático.
El automóvil marchaba por Figueroa Alcorta en dirección a la Escuela de Mecánica de la Armada.
—192→-¿Dónde está Manuel?
-En Córdoba. Allí organizó un grupo que parece eficiente. Mañana le explicaré el plan.
La mañana parecía plácida, normal, con la rutina de los autos marchando a regular velocidad hacia la provincia.
-No pareció muy impresionado por lo de la chica, Comandante -comentó el Comisario Toquero.
El Comandante tardó en responder. Miraba por la ventanilla del auto en dirección opuesta al comisario.
-Es una vieja historia.
El auto se detuvo para esperar que abrieran el portón de la Escuela de Mecánica.