Vida y escritos de don Vicente de los Ríos, por don Luis Vidart
José Gómez de Arteche
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Don Luis Vidart, tan conocido en la república de las letras, amigo mío y antiguo compañero de armas en la de Artillería, ha dirigido á esta Real Academia un ejemplar de la Vida y escritos, que hace poco tiempo publicó, del también artillero y célebre académico D. Vicente de los Ríos.
El Sr. Vidart y yo convenimos bastante en ideas militares, algo más por cierto que en Filosofía y Política; pero en la ocasión presente, aun tratándose de un asunto que, como profesional del arma en que los dos servimos, hemos debido estudiar en las mismas fuentes, disentimos, y mucho, en el fondo del notable trabajo, cuyo informe ha tenido á bien confiarme nuestro ilustre Director.
Y digo en el fondo, porque, mejor que presentarnos la biografía de D. Vicente de los Ríos, aun apareciendo tan rica en datos interesantes y estando escrita con gran erudición y galanura, prueba de una labor tan delicada como ardua, el Sr. Vidart se ha propuesto demostrar que el famoso Tratado de Artillería de D. Tomás de Morla es en su mayor parte obra del primero y no del segundo de estos dos insignes profesores de la Escuela de Segovia. El Sr. Vidart se apasiona fácilmente, y lo hace con una vehemencia que sus amigos deben agradecerle mucho y sentirlo mucho también los que no lo son: el desapropio le enamora; y si cree hallar, allí donde sea, una falta de probidad, la persigue y la condena con esa misma vehemencia que es la prenda más saliente de su noble carácter. Y ahora ha lanzado su temible anatema, ha descargado todo el torrente de sus iras sobre Morla, con quien no era fácil se mostrara lo indulgente que con el protagonista de su encomiástico escrito, libre de toda censura en cualquier concepto que se le examine y juzgue.
Ese es el defecto de que adolecen las biografías, elogios ó panegíricos —89→ dedicados á la buena memoria de personalidades que se han hecho conspicuas por su virtud, servicios y merecimientos: todo en ellas es laudable y hasta se disculpan, difuminan ó borran sus lunares. Aparece en la historia de esas personalidades un motivo de choque con otra, de que pueda resultar el eclipse, aun cuando solo sea parcial, de una de sus mayores glorias: ¡ay del cuerpo que se interpone para producirlo! Visto detenidamente, reconocido y juzgado con la pasión de quien solo se preocupa en favor de su héroe, se desprecia ó rechaza cuanto puede proyectar la menor sombra sobre él, sobre sus obras, actos ó escritos que, como antes he dicho, le hicieron ilustre y benemérito.
Y como vivimos en un siglo en que todo se discute si no se niega en redondo, nada más fácil que introducir, por lo menos, la duda en el ánimo de los que leen ó escuchan, sobre las que antes se tenían por excelencias de carácter, virtud ó mérito del que, por su situacion especial en aquel momento, se atraviesa en el camino del panegirista. Homero no es autor de los poemas que se le atribuyen, sino un pobre rapsoda que va de pueblo en pueblo cantando las composiciones de otros de sus compatriotas; no lo es tampoco César de sus Comentarios, aseverándolo quien no querrá de seguro se niegue la autenticidad de sus Memorias históricas; Napoleón es incapaz de dictar las magistrales conferencias de Montholon y Gourgaud; y bajando el diapasón y refiriéndonos á la historia moderna de nuestra patria, las Memorias de Godoy, la magistral obra de Toreno y la justificativa del General D. Luis Fernández de Córdova son producciones de otros ingenios, por virtud de sus rivales en política ó literatura. De ese modo, si se presenta la ocasión de un paralelo ó cotejo entre dos personas que gocen por un concepto ú otro del favor de la opinión, el panegirista de la una por afición ó por deber, aun cuando sea circunstancial, ensalza su mérito y casi siempre á costa del de la otra, que, como el calumniado de Don Basilio, resulta hecha pedazos en su renombre y fama, adquirida acaso á fuerza de estudios, de desvelos y hasta de su sangre.
Y esta conducta se impone despótica aun en los hombres más prudentes; se hace condición casi ineludible en tales casos.
Hé ahí la sombra que al primer golpe de vista se descubre en —90→ el escrito, por otro lado, tan concienzudo y elegante del Sr. Vidart.
Veámoslo aunque con el temor de, por ese espíritu de contradicción que aflige á la humanidad, caer en la misma falta que con acritud, quizás excesiva, acabamos de anatematizar.
Don Vicente de los Ríos fué hombre, cuyo mérito es inútil recuerde yo en esta Academia que tiene la más alta opinión de su Vida y Escritos, objeto de la obra del Sr. Vidart, intachable aquella, según ya he dicho, y por todos reconocida como tal, y atendidos ó publicados estos por nuestra docta corporación como joyas de la mayor estima. Examinado el hombre como maestro y militar bizarro, el Sr. Vidart nos da las noticias más detalladas de su nacimiento, precoz inteligencia, varios y profundos estudios, tan adelantados para su edad que, con el testimonio de don Tomás Antonio Sánchez, autor de un Elogio histórico del mismo Ríos, publicado en 1779, nos lo describe como ya perfecto gramático, retórico, filósofo y hasta teólogo razonable antes de cumplir los catorce años de su edad. A los veinte, en el de 1753, era admitido en la Academia de Buenas Letras de Sevilla y, lo que parece más raro y le honra sobremanera, pertenecía también á esta de la Historia en clase de honorario, once después en la de supernumerario y en la de número en 1772. Por cierto que en el memorial que presentó solicitando la plaza de numerario, declaraba tener, lo que no sabíamos, destino en Madrid, para, así, llenar el requisito, entonces como ahora reglamentario, de la residencia fija en la oficial de la Academia.
Lo que es aún más de extrañar es que un joven de sus condiciones, tan aventajado y precoz, no hubiera antes descubierto su vocación ni se decidiera á vestir el uniforme del ejército hasta mucho después de haber cumplido los veinticinco años, al terminar los estudios de derecho civil y canónico, y sin que, por otra parte, le impeliese á ello un estado de guerra que se lo hiciera desear, puesto que reinaba todavía el pacífico Fernando el VI. Nombrado entonces cadete de dragones, pasó á estudiar las matemáticas en la Academia de artillería, establecida desde 1751 en Cádiz, de la que salió tres años después, en el de 1760, á subteniente del arma.
—91→¿Se halló, como dice el Sr. Vidart, en la guerra de Portugal y especialmente en el sitio de Almeida el año de 1762? Este dato, curioso y todo para la memoria de D. Vicente de los Ríos, nos interesa poco ahora, aunque pueda darse por de probable certeza, suponiendo que acompañara al conde de Gazola á Portugal, ya que existe la circunstancia de que no asistió á la Academia, como solía, el tiempo que duró la guerra.
De todos modos, un oficial de artillería de los antecedentes de Ríos, no necesita se le rebusquen ni discutan así sus servicios militares para dar fe á la posterioridad de sus sentimientos de honor en los trances de mayor riesgo y de su bizarría en los campos de batalla.
Lo que no ofrece duda es que al hacerse la paz, llamada de París, en 1763, Ríos fué destinado á la compañía de caballeros cadetes del arma, que se estaba organizando en Segovia y debía luego, como sucedió, establecerse en el estupendo alcázar de aquella ciudad, cuna, desde entonces, escuela casi perenne y orgullo de los que allí aprendimos el arte de la guerra.
El hoy general, D. Adolfo Carrasco, jefe distinguidísimo de artillería, hace á Ríos desde aquella fecha profesor del Colegio, y desde 1765 secretario de la junta de profesores del mismo; y, al consignarlo así en un manuscrito que ha visto y leído el Sr. Vidart, dice que desempeñaba la clase de Artillería, entonces llamada de Táctica, reemplazado en sus ausencias por D. Tomás de Morla, ayudante profesor de la misma. Y aquí, dejando á un lado, los servicios académicos, que nunca descuidaba el Sr. Ríos viniendo por largas temporadas á la corte, es donde realmente comienza, para el que suscribe este informe, la no fácil tarea de argüir con el Sr. Vidart sobre la verdadera ó usurpada paternidad de la obra que Morla publicó en Segovia los años de 1784, 85 y 86 con el título de Tratado de Artillería para el uso de la Academia de Caballeros Cadetes de Artillería. Detenerme en el examen de la biografía de D. Vicente de los Ríos, aun con los eruditos comentarios de su autor sobre las producciones literarias del ilustre académico, sería, me parece, defraudar los deseos de esta corporación que espera polémica más provechosa para el objeto de su instituto; así es que sin ambajes ni divagaciones voy á entrar de —92→ lleno y desde ahora en el interesante estudio provocado por el entusiasmo, y aun podría decir exclusivismo, que campea en toda el escrito del Sr. Vidart.
Este (y pronuncio con terror tal pronombre) para arrebatar á Morla la paternidad de la que en el mundo científico pasa por su mejor obra, no solo se vale, y de ello no le culpo, de las más leves indicaciones que el célebre general, después de todo, ha sido el primero en dar á luz, y de los argumentos que un talento perspicaz, una erudición vastísima y su continuo ejercicio como polemista le hacen encontrar fácilmente, sino que se ensaña con crueldad, nunca así por é1 usada, en sus cualidades personales como hombre de letras, de ciencia y aun de guerra. No me gana el señor Vidart en lo de abominar de la última etapa de la carrera del general Morla, cuya flaqueza en posición tan difícil como la que tenía el año de 1508 en Madrid, le arrastró á buscar salida de ella postrándose á los piés de Napoleón y poniéndose al servicio de su hermano. Aquel aire oriental del Emperador en sus iras verdaderamente homéricas, el temor á la venganza con que se le amenazaba, tan terrible como inmediata, por su conducta en Cádiz con los prisioneros de Bailén, y el desmayo, acaso, en las esperanzas de salvación que aquella batalla incomparable hizo concebir para la causa española, produjeron en Morla un envilecimiento del que nunca ya supo sustraerse. El Sr. Vidart me cita como autoridad para poner de manifiesto que el general Morla se afrancesara: no hacía falta que yo lo asegurase porque sobran pruebas y documentos irrefutables que pueden servir de testimonio para tan triste aserto.
Pero la infidencia de Morla no quita ni pone, como suele decirse, á su mérito como hombre de ciencia y á sus servicios anteriores. El Sr. Vidart quiere como negárselos en ambos conceptos; y, reproduciendo un escrito de D. Antonio Alcalá Galiano, le hace aparecer con mala reputación de soldado por falta de valor, justificada, en opinión del autor de Recuerdos de un anciano, en una entrevista de Morla con el duque de San Carlos y en presencia del Rey.
Sabe la Academia que San Carlos era padre del conde de la Unión, muerto el 20 de Noviembre de 1794 al frente del ejército —93→ de Cataluña, que mandaba, con Morla por su Cuartel Maestre ó Jefe de Estado Mayor. Morla, sea por el enojo que le produjeran los desdenes del conde ó porque lo considerara inepto para el mando, hasta imbécil le llamaba, se mostró casi siempre opuesto á su conducta militar, en sus últimas operaciones sobre todo, y lo puso de manifiesto en una carta célebre que M. Delbrel no ha querido tomar en cuenta para su reciente trabajo sobre aquella campaña, á pesar de, aun cuando anónima, tener la importancia de saberse que está escrita por el Cuartel Maestre del ejército. Los accidentes, además, que acompañaron á la muerte de Unión dando lugar, en mi sentir, sin fundamento á que se atribuyera á otras balas que las enemigas, crearon en la familia y en los amigos del heroico prócer una atmósfera de algo así como desconfianza en la lealtad ó, cuando menos, en el valor de los que formaban su séquito, presentes y no presentes en aquel trance. No es, pues, de extrañar que el duque de San Carlos, en el paroxismo de su dolor, increpara á Morla por la muerte de su hijo en las condiciones en que tuvo lugar, por la retirada, mejor, del ejército que dejaba en manos de los franceses aquel pedazo de su corazón. Pero antes de que se atribuyan esas condiciones y ese abandono á mala voluntad ó á falta de valor, particularmente de Morla, que no subió al Roure con el conde y, al saber su catástrofe, llamó al marqués de las Amarillas, en quien recaía el mando, sería necesario hacer un estudio muy detenido de aquella guerra en general y de la batalla, con especialidad, del 20 de Noviembre, de las relaciones, harto vidriosas, del general con su jefe de Estado Mayor, que, conocidas probablemente por el duque, serían las que produjeran la explosión de sus iras en palacio, y las causas, en fin, de mayor eficacia á que pudiera atribuirse tan lamentable desgracia. Y ese estudio, bien lo comprenderá la Academia, sería muy largo en el objeto y la ocasión de este informe, más propio de otro género de trabajos literarios, aun cuando no falten datos para formar opinión sobre ese punto Concreto de la historia de aquella lucha, con tanta imprevisión como entusiasmo emprendida, y acabada en medio de la mayor tibieza de los españoles y su desdichado Gobierno. Una opinión, sin embargo, puede adelantarse, y es la de que no es justo echar —94→ sobre Morla, ni sobre ninguno de los generales que allí estaban, la responsabilidad de la muerte del conde de la Unión, más atento aquel día á mantener la fama, en tantos combates adquirida, de valiente que la de general sagaz y prevenido. La retirada del ejército, si no vergonzosa poco menos, según se dice en el escrito del Sr. Alcalá Galiano, se hizo no mandando Morla y después de una larga deliberación de los jefes allí presentes, y no es motivo ni pretexto siquiera para una acusación de cobardía de que, injustamente por cierto, no se vería libre su autor la noche, para él, su familia y la nación toda, funesta, de San Daniel en 1865. Morla se había encontrado expuesto á riesgos mucho más graves que el que pudiera correr el 20 de Noviembre de 1794; y creemos que la memoria de su comportamiento en campaña, que, como dice D. Ramón de Salas, fue siempre el de militar valiente; la dula herida gravísima en la flotante Talla-piedra cuando el ataque de Gibraltar, sin que obstase para que, no bien curado se empleara en la peligrosa tarea de minar la fortaleza; sus servicios en el Rosellón hasta conquistarse la consideración y el afecto del general Ricardos, y el eminente que prestó en Cádiz para obtener la entrega de la escuadra francesa de Rosily, deberían bastarle para poner á salvo su reputación militar.
El Sr. Vidart no puede acoger como fundadas esas acusaciones harto gratuitas; y haciéndole en eso justicia el que este informe emite, va inmediatamente á sincerar también á Morla de los cargos que su antiguo compañero de armas le dirige para, en su consecuencia, negarle toda la parte que tuvo en su Tratado de Artillería.
Sin engolfarse en comparaciones de doctrina y de estilo, harto enojosas, entre esa obra magistral, por todos hasta ahora aclamada como de Morla, y la, de todos también desconocida, de Don Vicente de los Ríos, bastan, en mi concepto, el examen del prólogo del citado libro, la tradición constante en el cuerpo de Artillería, el juicio de los que más intervinieron en su publicación y la ninguna protesta entre los muchísimos oficiales que copiaron, estudiaron y pudieron aprovechar las lecciones manuscritas de Ríos, para que la Academia pueda juzgar con su acierto de siempre de qué lado se halla la razón en tan escabrosa polémica, y de —95→ cuál es la parte de honor que en tal trabajo corresponde á cada uno de aquellos sabios profesores.
Ríos dejó escrito un tratado de táctica de Artillería; esto es indudable. Pero ¿en qué estado? ¿en qué condiciones de publicación? vamos á verlo: «En Enero de 1781 (Ríos había muerto en junio del 79) se dispuso imprimir el Curso de Táctica escrito por el profesor de ella D. Vicente de los Ríos y al que han aludido varios bibliógrafos: pero Morla presentó á la Junta un escrito acerca de las correcciones que necesitaba dicho curso». Así lo dice el general de brigada Sr. Carrasco en el manuscrito leído por Vidart. En aquella Junta se hallarían los jefes del colegio y profesores, todos superiores en graduación ó por lo menos iguales á Morla, sin más compromiso, de consiguiente, que el de honor y el de la memoria demasiado reciente de tan gran pérdida como la de Ríos para el cuerpo en que servían. ¿Podría Morla, tan poco simpático por su raro carácter, influir en el acuerdo de unos oficiales que siempre se han distinguido por la independencia de sus opiniones, hasta lograr que se desairase la obra de tan sabio y digno compañero? No: luego es exacto lo que dice Morla en el prólogo de su obra. «Asimismo, para la más fácil y pronta instrucción teórica, providenció (el Rey) el arreglo é impresión de los Tratados que se dictaban en este Colegio. El de Artillería, encargado principalmente al erudito y sabio oficial D. Vicente de los Ríos, estaba incorrecto, é incompleto por sus ocupaciones y temprana muerte, con cuyo motivo y el de ser obra mía mucha parte de él, trabajada en sus ausencias, se me mandó completarlo y uniformarlo. El Tratado ha perdido mucho en este trueque, pero solo me tocaba obedecer».
Morla añade todavía: «Como nunca me pueda ser lícito cubrir mis débiles producciones con el respetable velo del citado oficial, debo prevenir, que de todos los artículos que compondrán esta primera parte, solo compuso y trabajó el I, IV y V, y que en estos me he creído obligado á hacer adiciones considerables, y á refundirlos, por decirlo así, de modo que, para no imponer al público, he debido presentarle esta parte como producción mía».
¿Se quiere declaración más sincera y explícita de las variaciones introducidas en el escrito de Ríos, hecha ante el Cuerpo de —96→ Artillería y su junta de profesores cuando aún tenían todos sus oficiales á la mano los cuadernos manuscritos de las lecciones acabadas de recibir de sus maestros ó comprofesores Ríos y Morla? Pues si ahora mismo le ha salido al Sr. Vidart un compañero y amigo intimo, al punto de tutearle, que le contradice en ese y otros puntos de su folleto ¿qué le hubiera sucedido á Morla ante los que, de no ser ciertas sus aseveraciones, se hubieran instantáneamente levantado á vindicar la memoria de su malogrado comprofesor ó maestro?
Una de las pruebas, en concepto del Sr. Vidart concluyentes, de que el tratado de Artillería de Morla no es, en su mayor parte, más que una ampliación del de D. Vicente de los Ríos, consiste en la conformidad y diferencias de estilo que alternativamente se observan en los diversos capítulos de la obra. Según el Sr. Vidart, el estilo de Morla es malo, de gusto pésimo, pesado y de incorrección evidente, y el de Ríos, por el contrario, correcto, fluido y elegante. Y para demostrarlo, copia un párrafo del prólogo de la obra de Morla, en que no parece, esto lo digo yo, sino que cogió, para relatarlo, una espuerta de pronombres demostrativos y la volcó en la frase que se había propuesto escribir, para que un crítico tan severo como el Sr. Vidart, recogiéndolos cuidadosamente, se los tirase á la cara como el tan celebrado Padre Cobos echaba á los piés de un ministro de Hacienda las letras de los dos únicos libros que había leído, formando con ellas una locución insultante. Si se fueran á examinar con tal escrupulosidad otros libros, aun los de los más eximios escritores, ¡cuántas veces no tendríamos que recordar el quandoque bonus de Horacio para disculparlas! ¿Cree el Sr. Vidart que, como dice también el poeta latino, no habrá quién halle ocasión de criticar á D. Vicente de los Ríos? Pues lea el exordio de la oración gratulatoria que dirigió á la Academia por su elección en 1753. «Si huviese, dice, de corresponder a la grandeza de los Beneficios, el merito de los favorecidos; si se necesitase para admitir una excesiva dádiva, que el que la recibe, ya que con otra igual no la pagasse, al menos produjesse expresiones en que vivamente delineasse su altura, mas elevada a vista de su improporcion; i si en fin quando a el Beneficiado (no pudiendo, ofuscado de el brillante del conferido Honor, debidamente —97→ publicarlo) le fuese preciso plenamente conocerlo, para que informada la Voluntad segun su posibilidad lo estimasse, si esto fuesse necesario, buelbo a decir, o para conferir una gracia o para aceptarla, o ultimamente para registrar a proporcionada distancia los loados de la deuda, que refugio, que asilo, que acogida me restaba? quando en mi no residen meritos, poder, eloquencia, ni penetracion!»
Como de la paternidad de los libros, se han hecho juicios en el mundo literario sobre el estilo de muchos de sus autores; y eso según el gusto de los críticos, cuando no también por su carácter ó sus simpatías hacia ellos. Hasta los clásicos han pagado ese tributo á las rivalidades de escuela ó á la emulación que aflige á la humanidad. Si el estilo es el hombre, y los hombres son tan varios en las que se dicen sus manifestaciones, ¿cómo esperar el aplauso universal para sus obras?
Por lo demás, cuanto puede exigirse en escritos del género de los de Morla es la claridad ó transparencia de sus conceptos y la cultura del lenguaje más propio de todo trabajo didáctico. El Sr. Vidart conoce como yo los del sabio artillero D. José Odriozola, que todavía se estudian en algunas escuelas de matemáticas, y es regular que las celebre aun estando escritas en un castellano vergarés, primo hermano del vascuence.
Pero dejemos estas disquisiciones, que Dios sabe á dónde nos llevarían.
Es muy difícil y arriesgado el fundar las sospechas de una que se cree usurpación literaria en la diferencia de estilos entre los del usurpador y su víctima, cuando aquel tiene el talento que todos reconocen en Morla, suficiente y aun sobrado para asimilarse, como las ideas, la manera de expresarlas. ¿Cómo, de otro nodo, Había el Tratado de Artillería de obtener en España la voga que inmediatamente alcanzó entre los mismos camaradas de Ríos, y en el extranjero, hasta conquistar el honor, además, de ser traducido y estudiado por los oficiales del arma de Francia y Alemania, las dos naciones entonces más adelantadas en el ejercicio del arte de la guerra?
El erudito D. Martín Fernández de Navarrete y ahora el señor Vidart, se resisten á reconocer que entre los años en que Ríos —98→ escribió sus lecciones de Táctica y los de 1784, 85 y 86, en que se publicó la obra de Morla, se hubiesen verificado muchas transformaciones en el material de artillería, varias de ellas fundamentales para su exposición en un trabajo didáctico de la índole del que se trata. Si esos señores se hubieran tomado la molestia de comparar, ya que no los dos libros, puesto que no les era conocido el de D. Vicente de los Ríos, el estado de la ciencia artillera en los años en que debieron escribirse, y hacer el análisis del de Morla con relación á ese cotejo, habrían podido demostrar sus asertos ó convencerse del error de sus prejuicios. Por ahí debían haber empezado, ya que no han querido atender á la segunda Advertencia que nos ofrece Morla en el prólogo de su tercer tomo después de volver á dedicar á Ríos los más calurosos y, al parecer, sinceros elogios. Para fundamentar las reformas que había introducido en su trabajo y señalar las causas que á ello le movieron, dice que Ríos «carecia de las varias y excelentes obras modernas en quienes mejor se exponen los principios de la artillería, como son los Sres. Febure, Antoni, Coudray, Teil, Scheel, San Auban, etc.»
D. Ramón de Salas, disertando sobre el impulso que en los tiempos posteriores á los de Ríos se daba al estudio y aplicación de la artillería, nos dice en su Memorial Histórico: «Este movimiento científico, sostenido oportunamente por los directores generales conde de Gazola y conde de Lacy, dió lugar á que en la década de mil setecientos ochenta á mil setecientos noventa, recibiese nuestro material un impulso extraordinario en que lucieron sus profundos conocimientos nuestros antiguos jefes D. Tomás de Morla, D. Andrés Aznar y otros muchos de quienes quisiera tener noticias para consignar sus nombres entre los que han ilustrado la artillería española».
Y con efecto, no hay más que recorrer esa y las demás páginas del libro de Salas para desechar toda duda respecto á los adelantamientos realizados en la artillería durante los años que mediaron entre la publicación del Tratado de Morla y la muerte de Ríos, ya que no la época en que debe suponerse que redactaría sus eruditas y sabias lecciones.
Y por cierto que en la primera de las Advertencias de Morla, á —99→ que acabamos de referirnos, aparece que Ríos, partidario del antiguo sistema de artillería, hallaba grandes inconvenientes en el de campaña moderno; dando sin duda al olvido las ventajas que ofrecía el material aligerado en las batallas desde que lo presentó en ellas Carlos VIII de Francia, y despreciando los resultados que acababa de conseguir Federico II de Prusia en sus recientes victorias. Lo cual, como el desarrollo que después de su muerte ha ido tomando la artillería ligera y hoy ha obtenido, prueba que no en todo andaba acertado ni previsor el eximio artillero y académico.
Pero, además, si se estudian, repetimos, con detenimiento los detalles que tanto abundan en la obra de Morla y la diferencian de la de Ríos en lo que debería constituir su fondo y esencia, ya que á todos nos es desconocida, se verá cuántos y cuán importantes son los que se han introducido en ella respecto á pólvoras, fundiciones y montajes, cuando en Francia se trabajaba tanto en su perfeccionamiento, por Gribeauval, sobre todo, cuyo sistema prestó muchísimos servicios á su patria.
Pudiéramos todavía ofrecer datos y datos, para rebatir las apasionadas opiniones del Sr. Vidart; pero, á fin de no cansar más la atención de la Academia en un asunto que no debe interesarle tanto como para eso, vamos á copiar del Post-Scriptum, del coronel de artillería D. Mario de la Sala, el íntimo amigo suyo á que antes me he referido, un párrafo que prueba mejor y por manera más elocuente, todo cuanto yo acabo de exponer. Dice así: «Acorde, pues, con la tradición conservada por Salas, abrigo el convencimiento de que D. Tomás de Morla, no fué un simple refundidor del manuscrito de Ríos, sino que, ensanchando la esfera de su importancia con el aditamento de la industria militar, que lleva próximamente las dos terceras partes de la obra, transformó lo que solo era táctica en un verdadero tratado de artillería, el mejor y más completo de los hasta ahora publicados. Y me fundo para creerlo así en que el Cuerpo sancionó la portada del tratado con su aquiescente silencio, cosa imposible, dada nuestra tradicional libertad de juicio, si los Vivancos, Maturanas, Cevallos, Guillelmis, Villabas, Loigorris, Pezuelas, Cienfuegos y tantos otros compañeros ó discípulos de Ríos, no hubiesen reconocido —100→ títulos y méritos bastantes en quien se proclamaba autor para figurar como tal».
Y por si eso no bastara, el coronel La Sala, estampa en su escrito parte del discurso del general conde de Casa-Sarria, al inaugurar la Academia de Alcalá en Mayo de 1830, en que se decía: «Tal apareció en el mundo con su amabilidad, su sabiduría y sus virtudes, aquel D. Vicente de los Ríos, espejo de cortesanía y de cultura, severo y profundo en la Escuela de Segovia, elegante y erudito en las Academias de Madrid, amable y discreto en los estrados, á quien los matemáticos de su tiempo, los humanistas, los militares y caballeros, reivindicarían á porfía para contarle como su primer honor, como su lustre principal. Tal D. Tomás de Morla, que bajo un exterior de burla y mordacidad, algún tanto dura á veces, escondía una razón tan despejada y una doctrina tan vasta y tan segura, á que se debe el complemento y perfección de la enseñanza proyectada y planteada en la Academia por Ríos».
En ese paralelo halla el Sr. La Sala las diferencias entre las obras de uno y otro de aquellos insignes artilleros, tal, en mi concepto, como resulta de todas las anteriores observaciones estampadas en la de Morla y en el presente informe.
El Sr. La Sala ha citado, entre los antiguos artilleros que mejor podían adjudicar la gloria del Tratado de Artillería, á Ríos ó Morla, ha citado, repito, al después director del arma D. Martín García y Loygorri, que en 1816 hacía reimprimir la obra para su estudio en el colegio. Pues bien; en las Advertencias sobre aquella segunda edición, se lee la siguiente que Loygorri dejó pasar sin correctivo alguno.
Al encargarse la Academia de la reimpresión, «contestó, se dice, que estaba pronta á ejecutarla; pero aunque se había justamente acreditado su autor (su autor), tanto en España como fuera de ella, por haber recopilado con el mayor tino y maestría todo lo mejor que se sabía en su tiempo, formando un cuerpo de doctrina que no tenía nación alguna de la Europa...»
Me parece que basta lo escrito para que la Academia, como dije antes y me había propuesto, forme juicio sobre este asunto, y pueda adjudicar el honor del Tratado de Artillería á quien corresponda, —101→ en los límites naturalmente que permite la ausencia absoluta de la obra de Ríos en esta polémica. Y como no he de entrar en el examen de las demás obras de D. Vicente de los Ríos, en el del Discurso sobre los ilustres autores é inventores de Artillería, por haber sido encargado y hecho publicar por la Academia, y en el de las otras por no corresponderme, termino este harto desaliñado informe manifestando que, en mi sentir, la biografía de D. Vicente de los Ríos, que ha escrito y publicado el erudito é infatigable artillero D. Luís Vidart, adolece de una pasión tan exagerada en favor de aquel insigne académico y en contra de D. Tomás de Morla que, á pesar de su perspicacia y sus más escrupulosas investigaciones, no ha consentido al autor distinguir con la exactitud necesaria la parte que cada uno de aquellos egregios profesores tomaron en la obra que, en mi opinión, lleva con justicia el nombre de Morla.
Un libro, y no de cortas dimensiones, podría escribirse con el del Sr. Vidart á la vista; de tal manera se deja llevar en los comentarios que nos ofrece de la enciclopédica que le es característica por el fuego de su imaginación y los recursos con que cuenta para hacerlo brillar; pero se me figura que no he sido llamado á eso al encargárseme de este informe, y hago punto en él para no interrumpir por más tiempo el curso de las demás tareas de la Academia.
Madrid 30 de Mayo de 1890.