Viaje hacia el centro del ser humano. Sueño de sueños para iniciados
Yvan Lissorgues
Université de Toulouse 2-Le Mirail
El barco Progreso, bergantín de mediano tonelaje, navega lentamente hacia un seguro futuro desconocido. Las velas tradicionales medio amainadas y la nuevecita calderita de vapor propulsan la nave por la segunda mitad de un mar de aceite de tiempo novecentista, sin crestas históricas notables, pues allá en la nubosa ribera alfonsina recién restaurada los dos Eolos, Cánovas y Sagasta, se soplan por turno a la cara. Sólo el corrupto vientecillo caciquil procedente de las invertidas alturas del erosionado poder llega a las narices ya acostumbradas a los malos olores de los sabios repartidos en varios espacios de la primera cubierta.
Barco de sabios es, en efecto, a lo Julio, a lo Jules Veme que digamos. Cinco sabios principales, para redimirse como el dinamitero Nobel de un siglo de miseria, han fletado este barco prestado por el empresario y filántropo catalán, don Claudio López Bru, marqués de Comillas, enriquecido por el transporte de tropas a Cuba. Los cinco se reparten el espacio de la nave que bien merece el nombre de Progreso por los altos conocimientos científicos, filosóficos y literarios de las eminentes lumbreras. La delantera, como decir la parte Norte, está ocupada por los sabios Clarín y Pereda, entre cuyos campos, denominados Asturias y La Montaña, se alza un tabique ideológico poroso aunque infranqueable. En medio, bien acotado, se abre un extenso e intrincado espacio rotulado Madrid, en cuyo centro está sentado en felpudo sillón el eminente Galdós, ahora acariciando a su amado perro. Sorprende que tenga a la vista, en relativa proximidad, a una mujer, también muy perita, alzada hasta las altas cumbres, desde las cuales se complace ufana en otear nuevos horizontes; doña Emilia, ella es, sin olvidarse de su Galicia, se ha ubicado para a gusto viajar en el Retiro galdosiano, que así puede llamarse el acogedor regazo del más grande novelista de España. En lo que queda de primera cubierta, se reparten espacios otros doctores de las letras hispanas, entre los cuales descuellan dos destacadas cabezas entrecanas, la de don Armando Palacio Valdés y la de don Jacinto Octavio Picón; entre todos forman una especie de clase media artística, que va y viene de babor a tribor, mirando con fruición la superficie del mar para captar los garabatosos movimientos de las olitas folletinescas, pronto garabateados en papelitos abiertos como tragamoscas en rincones de mesas.
Falta un sabio de gran talla, en propio y en figurado, don Juan, don Juan Valera, que no quiso embarcar y se quedó en tierra, en Cabra o en no se sabe qué capital del mundo, cuidando con esmero las rosas de sus rosales, rodeado de sus criaturas Pepita, doña Luz, Juanita la Larga, figuras claras poco aficionadas a médicos y otros doctores del alma. A don Juan no le gusta meterse en honduras científicas, su estética pura y sana repugna los recovecos por donde anda la investigación hasta meterse en pozos de donde salen lodos. Pues bien, don Juan no quiso emprender el viaje hacia no se sabe qué centros oscuros, a través de lo que él ve, más allá de un mar de escollos, como oscuras galerías ahumadas, sin fondo. ¡Tan bella es para él la clara y cándida luz del pleno sol de la belleza! No quiso embarcar en la nave de ese progreso que él tilda con desprecio de experimental. Está en su derecho de esteta, aunque tal vez pierda los adelantos de esas ciencias en pleno auge en los dilatados campos de la psicología, de la psicofisiología y hasta de la psiquiatría y de la teratología, que «tanto ayudan al arte», según dijo Clarín a propósito de Lo prohibido del admirado don Benito.
Pues de eso se trata. La travesía del barco Progreso es un experimento en torno al alma humana, más precisamente al alma femenina, más opaca y por su irracional oscuridad de más apasionante investigación y de más inefable representación artística. Por eso en las mullidas cabinas de la segunda cubierta, cada sabio ha instalado a unas seleccionadas protagonistas. Clarín ha invitado a Ana Ozores, la ruego embarque para ver, entre otras cosas, si puede aclararse por qué hace usted soñar a don Benito, un hombre que lo es todo, menos un soñador. A ese mismo Galdós, poco trabajo le costó convencer a Isidora Rufete, que con tal que se tratara de una aventura original y con cierto olor aristocrático, se precipitó como mariposa atraída por la llama; en cambio, Fortunata, poco amiga de candilejas y escaldada por las falsedadas de los burgueses, menores y mayores, se negó rotundamente a subir a bordo; por más que insistiera don Benito, sí, hija, tú también tienes que seguir aprendiendo, ya sabes leer, gracias a mí, pero ancho es el mundo, ven y verás, se mantuvo en sus trece. El pobre José María de Pereda, espléndido pintor de la naturaleza de su Montaña, sólo consiguió el beneplácito de Águeda, triste y como astilla del palo de sí misma, y aun fue después de recitarle dos «Padre Nuestro» y de cantarle tres «Ave María». Con bastante facilidad, la autoritaria doña Emilia, metió en un camarote a Amparo, que entró fogosa en el barco, pensando que tal vez en alta mar, podría imponerse como Tribuna de un motín capaz de dar rumbo democrático a ese tan cacareado Progreso del alma, cuando al cuerpo se le niega el pan de cada día. Finalmente, a Jacinto Octavio, se le otorgó un camarote para Cristeta, porque Picón mirándola, tan sabio como el tocayo ese, la hizo muy «dulce y sabrosa».
Navega el arca lejos del mundanal ruido. Desde cualquier faro costero parece la homérica cáscara de nuez de una suave odisea que lentamente se escribe entre cielo y mar, rumbo a un radiante horizonte de brumas. A bordo, en tumbonas, hamacas, camitas, sillones, sofás, cada cual, sabio o criatura, mecido por el ondulante balanceo de una mar benévola, piensa, reflexiona, medita y sueña como le da la gana hasta cuando, sobre las cinco, la campanilla toque fuerte como a rebato, para anunciar la apertura de la plenaria que se celebra en una sala grande rotulada «Seminario» y que algunos resentidos llaman en voz baja «La Salpétrière».
Entretanto, a las cuatro, se juntan los sabios para fijar el flexible programa de la plenaria. Hoy, en esta suave tarde de mayo, se encuentran reunidos en el camarote de Pereda, el más neutral por menos implicado en esos intríngulis de la psique, para recibir y discutir una protesta levantada por Armando Palacio Valdés.
-Estimados amigos y compañeros -dice don Armando con tono de controlada irritación- ¿por qué se han negado ustedes a que pase a bordo mi Obdulia, esa agitada figura que vive en La fe? Es, creo yo, un caso interesante de trastorno debido en gran parte a una infancia fracasada y que se manifiesta por un incontrolado desbordamiento de la libido, disfrazado a veces en misticismo. Hubiera sido provechoso intentar saber si es un caso de histeria o si es meramente malévola actuación demoníaca...
Los cinco sabios en silencio se miran un rato y prorrumpe Leopoldo con su voz de Clarín:
- Querido Armando, te lo he dicho cien veces, tus criaturas carecen de hondura. Se las ve actuar, gesticular, contorsionarse, mover los labios y mover en ellas todo lo que puede moverse, pero sin saber nunca lo que les pasa por dentro en el magín, en el alma o en otro de los sitios estratégicos y palpitantes del ser humano. Pasa lo mismo con tu María, la mística, y hasta lo mismo con la Clementina cínica y desvergonzada de tu, por otras cualidades, excelente novela La espuma. Personajes así interesan por sus movimientos, pero no sirven para la ciencia y aun carecen de densidad artística. Cien veces te lo he escrito, obrando de esta manera no se puede ir muy lejos ni siquiera en el campo del arte...
-Ya, ya, yo no soy, ni quiero ser, un científico, me basta el arte y mi arte gusta, a nadie se le traduce fuera como a mí. Además os acuso de parcialidad. Mi admirado amigo José María de Pereda, es juez ahora aquí, y díganme qué densidad humana tienen sus mujeres pintadas. Esa su pobre Águeda que aquí está, asustada por alelada, aquí está y ni siquiera es astilla de mi María...
Nadie se atreve a contestar y el silencio vale como conclusión de un insoluble problema de arte, de ciencia y de relaciones humanas inscritas como todas en la página de lo relativo. Afortunadamente, toca la campanilla y se suspende el malestar.
Chasquidos de puertas que se abren y se cierran, taconeos en sonoros pasillos metálicos. Ya todas y todos están sentados en el amplio y confortable salón del «Seminario».
Alineados en la tribuna, campean ellos, los cinco sabios, los cinco dones, a saber, Benito, Leopoldo, José María, Jacinto Octavio y Armando, juez también a pesar del malestar, y ella, doña Emilia, sola representante, como artista de la palabra, de un valioso grupo de mujeres de pro, Rosario de Acuña, Concepción Arenal y otras y todas que a duras penas pasan sus cabelleras por las ventanas de las instituciones superiores de lo masculino.
Enfrente, ellas, las benditas criaturas seleccionadas, doña Ana, cubiertas las rodillas con su piel de tigre, Isidora con su rizado pelo, elegida en su .segunda juventud, Cristeta que se abanica con su ardiente «tente pluma», Amparo, guapa y altiva en su discreto olor a tabaco y Águeda esa pobre astilla de su santa madre, tiesita en el palo ígneo de su fe.
Contemplando un rato tanta fresca hermosura femenina, se echa un poco de menos la ausencia de algunos personajes masculinos. Es de recordar que cuando se discutía el proyecto del barco Progreso, se pensó en convocar a Fermín de Pas y a Pedro Polo; pero pensándolo mejor, se intuyó el potencial peligro de reunir en un mismo espacio a dos sacerdotes muy gallos pues nadie podía garantizar que no se saltarían a las crestas. También algunos pensaron que el Rafael Bueno de Guzmán sería un caso interesante para estudio de una neurosis que llega hasta los límites de Lo prohibido. De todas formas, puso el maestro Galdós punto final al sugerido proyecto: «Compañeros, les recuerdo que si hemos decidido embarcamos en esta aventura no es para reiterar los espectáculos muy bien representados en nuestras respectivas novelas, sino para portarnos como científicos especializados en la ciencia del alma; otrosí que hemos montado este experimento naval para confrontar observaciones e intuiciones nuestras plasmadas en nuestras criaturas. En ciencia experimental, y nótese que no es necesario como creen o fingen creer los neos, ser positivista para hacer experimentos, en ciencia experimental, digo, hay que delimitar el objeto, y está claro que la mujer es un objeto de estudio apasionante y atractivo por delicado y complejo. No digo que no lo sea el hombre, pero hay que andar por partes. Así pues, quedemos en lo decidido, pues con los personajes femeninos elegidos hay bastante paño de falda que cortar».
El tema de esta tarde es el sueño, declara en voz muy alta Clarín, encargado de presidir los debates, y a quien le toca, como experto en interioridades o, como dijo el polisabio Menéndez Pelayo, en «interiores ahumados», orientar al público, dándole previas explicaciones acerca de un «fenómeno» hasta ahora poco estudiado científicamente.
De buena gana y hasta ufanito al verse reconocido como perito en lunas de sueños, y más generalmente como buen conocedor del alma, don Leopoldo ajusta las gafas y, buscando las palabras más sencillas para que se le entienda, explica que el ser humano es como una trémula caja de doble fondo. Hay una parte superior regida por la razón y más o menos iluminada por una conciencia, lámpara prodigiosa de desconocido aceite.
«Pienso -dice el maestro- que tanto los que pensamos que el hombre es la medida de todas las cosas, que dijo Protágoras, como los que creemos que el ser humano es criatura de Dios, todos podríamos acordamos sobre lo que nos enseña la Historia con H mayúscula, a saber que la conciencia se enriquece conforme se ensanchan los conocimientos. Esto se llama progreso y no creo que en nuestra época nadie, ni el más pétreo tradicionalista, niegue esta mínima verdad. La cuestión palpitante, que diría nuestra eminente e imprescindible amiga, doña Emilia, es la del aceite. Pura materia dicen los positivistas, desgraciados por automutilados, y no se ofenda mi estimado amigo Luis Simarro, si me oye. De fuente divina mana el aceite de la llama de vida, dice rotundamente la gente de fe. Para los más, incluso los indecisos agnósticos, la maravillosa llama es un misterio. Les niego a todos perdonen esta necesaria digresión que vale tanto para nosotros, los encamados, como para nuestras figuras, espejos de papel y palabras de nuestras grandezas y de nuestras miserias y entiéndame quien pueda. Y vuelvo a la caja, al segundo y soterrado fondo de la caja.
Ahí dentro todo bulle en media oscuridad, trozos de memoria con destellos de recuerdos oscuros, aspiraciones inefables, trocitos de deseos frustrados, que se cuelan por retorcidas galerías intestinas, aguas libidinescas más o menos encrespadas, en fin qué sé yo, un amasijo de todo eso envuelto en burbujeantes humos y humores de cosas innominadas. Este es el problema, es una realidad sin lenguaje, una realidad intuida más allá de nuestro racional vocabulario. El papel de la ciencia es darles nombres a las innumerables realidades que todavía no los tienen. En esa imperativa y noble tarea se empeñan los científicos y pensadores modernos, desde el casi positivista Wundt hasta el filósofo de los datos inmediatos de la conciencia y de Materia y memoria. Pero yo sostengo, y creo que por eso estamos aquí embarcados en esta nave del Progreso, que en este campo del alma, los artistas pueden más que los científicos. Puesta aparte toda cuestión de modestia, me parece oportuno citarme a mí. En un artículo publicado en El Porvenir, el 18 de noviembre de 1882, escribía yo lo siguiente: «Hay algo que la literatura puede únicamente suministrar a la ciencia es el estudio del hombre vivo, del hombre individualizado». Es otra digresión, lo concedo, pero sumamente importante para nosotros ya que justifica el presente experimento.
Estimadas criaturas, nobles señoras, representan ustedes lo que puede el arte en la representación del alma humana; cual más cual menos, cada una de vosotras debe enseñamos algo, pues sois un retroespejo, ¡a ver si se me entiende la palabra! de nosotros mismos, los creadores, que no somos dioses, sino también criaturas de carne y hueso, de razón y conciencia, que andan buscando destellos de verdades en galerías de dudas.
Pero dejémonos de metafísicas y volvamos a la metáfora de la caja de doble fondo. Pues bien, intuimos que en el fondo más hondo de la caja, en grisáceo claroscuro, se anida la fuente de los sueños, que más que fuente es, sin duda, glauca lagunilla burbujeante, matriz de nuestra vida inconsciente, que a veces se nos sube, como regüeldo, al proscenio ahumado de nuestra confusa conciencia. Mi poca ciencia no me permite ir mucho más lejos en este terreno pantanoso. Pero tengo fe en la ciencia, fe relativa, por Dios sí, relativa, e intuyo también, mientras navegamos en esta mar de dudas, que pronto saldrá un sabio en las estepas austríacas de la Europa central, para poner nombres a esas cosas innominadas que bullen en el centro del ser, para establecer relaciones de causas y efectos e intentar así clarificamos. Ya lo ven ¡otra digresión! Es que en esta cesta de los «ahumados interiores» todas las cerezas están enlazadas...
No sé, queridas criaturas, si ustedes me entienden bien. Por lo menos, según podemos leerlas, saben lo que es soñar, pues vemos que sus pobres padres las han creado a imagen de lo que serían ustedes si fueran personas de carne y sangre. Así las cosas, les vamos a dar la palabra para que nos digan, sin reticencia alguna, cómo viven sus sueños.»
Los cuatro sabios padres y la sabia madre, condenados todos a respetuoso silencio ante el entreverado discurso del compulsivo orador, dejan transparentar en sus miradas, mientras ruidosamente palmotean, una curiosa mezcla de admiración y envidia.
Enfrente, las cinco criaturas representantes elegidas de la gente femenina del ancho mundo novelístico, conscientes de su papel, no creen oportuno juntarse al convencional aplauso, pero se ve que tienen ganas de hablar de su condición y por qué no, ya que es el tema impuesto por los amos, de sus capacidades de soñar. ¿Amos? Sí, tal vez, pero se ve en sus miradas que no se reconocen dueños primigenios. Saben que van libres por el infinito mundo moldeable de la lectura y que en cualquier rincón del espacio y del tiempo cualquier espíritu puede adueñárselas.
Ana de Vetusta ostenta serena su soñadora sonrisa de la Virgen de la silla, Amparo de Marineda, desorientada, parece buscar la entrada de la galería de sus sueños, al parecer, Cristeta se complace en el recuerdo de un soñar dulce y sabroso, Isidora Rufete mirando al cielo imaginado por encima de la cubierta, debe de reflexionar por primera vez en su vida sobre quién es ella, en cuanto a Águeda se está retorciendo las manos mientras sus ojos echan chispas, clavada la mirada en don José María de Pereda. Su malestar es tan patente que don Leopoldo, intrigado, a ella se dirige primero.
-A ver, Águeda, háblenos de sus sueños.
-¿Mis sueños? Nunca pude soñar ni siquiera dormida. Cuando para cualquier ser humano, según he leído, se relaja la censura durante el sueño, yo estoy siempre aprisionada en un calabozo inquisitorial ajustado a mi cuerpo y a mi alma que me impone pensar según lo que dispone nuestra Santa Madre la Iglesia Católica. En tal situación me puso el señor Pereda, por mi bien, claro, para que yo sea un dechado de señorita cristiana y yo me conformé con su voluntad ¿qué más remedio tenía? Y más aún, se las arregló el novelista montañés para darme una madre, madre querida, de intransigente virtud católica. Total que no me quedó ni una almena mía por donde pudiera dispararme a otra cosa, a esas cosas dulces de la vida en las que varias veces intenté soñar. Imposible. Aquí, en este barco del Progreso liberador ha llegado la hora de la verdad, aquí pues voy a confesar algo que apenas se trasluce en la historia contada de mi vida, es que algo en mí, no sé qué, se sentía atraído por Fernando, ateo patético y tan desgraciado que por mí puso fin a su vida. Pues pensar en él ni hablar y ni siquiera soñar. Cuando duermo, se dibuja la bella figura del pobre joven y se insinúa en mí la tentación de dejarme llevar por la fantasía. Y entonces, surge brutalmente de la nada el omnipotente brazo de Dios que lo borra todo. Tal me ha hecho quien me dio vida, vida de papel, pero vida que quiera que no, y ¡vida sin sueño! Yo acuso al señor Pereda de haberme sacrificado en nombre de una idea superior, pero inhumana. Quiso hacer de mí un modelo de virtud católica, digo bien católica y no cristiana, pues a Jesús nunca se le ocurrió condenar el enlace amoroso entre hombre y mujer, él que tanto amor le tenía a Magdalena, según cuentan José Saramago en El evangelio según Jesucristo, y otros... Y aquí estoy, tan desgraciada en mi historia y condenada per saecula saeculorum a la capital pena de no poder soñar. Cuando las miradas lectoras pasan sobre mí, leo en esos ojos sorpresa, incomprensión y una lástima que me lastima de veras. Bien sabe Dios misericordioso cuánto me cuesta ser la mártir de una fe que no transige, como escribe usted, don José María, y que yo veo no como fe sino como ley impuesta como regla del juego en el redondel dogmático ¡Ay, señor Pereda!...
Visible malestar aureola las canas cabezas de los sabios padres. Por fin, vacilante, Pereda encuentra su voz lastimosa: «Sí, te entiendo, hija, más aún ahora que cuando te di vida. Conozco ya en mi alma el inconmensurable dolor humano cuando pierde a un ser querido, dolor sólo algún tanto atenuado por la fe en nuestro Dios de misericordia. Sí que te comprendo, pero eran tiempos de luchas aquellos, de lucha contra ese materialismo que amenazaba los puros valores de nuestra España eterna y al cual sólo podía oponerse el baluarte de una fe intransigente en ti encamada. Discúlpame, y discúlpenme mis colegas sí corto aquí mis explicaciones por ahogarme la pena, pero te ruego, querida Águeda que me comprendas y me perdones por no haberte dado siquiera el don de soñar.»
Para romper el pesado silencio, interviene el liberal don Benito, gran amigo del desgraciado José María:
-Y usted, Cristeta, ¿qué nos puede decir de su soñar?
-¡Oh, yo no me quejo de mi suerte! Ustedes saben que mi padre putativo, que así le puedo llamar aunque no sea la palabra más oportuna, mi padre putativo, digo, es decir el señor Picón, es un hombre bueno y muy liberal y uno de los primeros en haber salido en defensa de la independencia o, mejor dicho, de la autonomía de la mujer. Ha sabido escribir lo que necesitamos, lo que pensamos y más aún lo que experimentamos. ¡Benditos sean los novelistas que entran en simpatía para damos la vida! Yo, tal como me ven a través de las palabras, puedo soñar cuanto me da la gana y consta que sueño con mi Juan, a pesar de no ser todo lo formal que se debe, la mar de sueños asoma en la narración cervantina, sí cervantina y no se sorprendan encontrar en mi boca esta palabra que es para mí como una suave almohadilla. Con gusto, y verán por qué con tanto gusto, les cuento el eterno sueño a que me ha condenado el señor Picón, aquí presente. Usted, señor Jacinto Octavio, cuando en el famoso sofá de la famosa escena, se me cae el corsé, usted, en general muy atrevidillo, suspende las sabrosas hostilidades corriendo la cortina con su famoso «tente pluma», fórmula tan obsesiva para mí que así he llamado mi abanico, «tente pluma», que es como la vara mágica de un soñar que comparto con el lector. Me explico, lo no escrito no existe, no tiene realidad concreta, sólo, se imagina, se sueña, y yo sueño eternamente en eso, en lo que hacemos desnudos Juan y yo. Fíjense ¡qué movimiento, qué calor, qué flujo que no cesa, qué delirio, qué éxtasis! y no paro de extasiarme y el lector, llevado hasta el agujero del «tente pluma», lo mismo, se entrega a los asaltos de la imaginación. Ya lo ve, señor Jacinto Octavio, usted suspendió la bendita pluma, para no chocar a las buenas conciencias, pero el resultado es peor para esas buenas conciencias y finalmente mejor para todos incluso para dichas buenas conciencias que no son tan buenas, ni malas, diría yo, porque todos soñamos con esas cosas ¿No es verdad? Gracias, señor padre, su «tente pluma» es un acierto literario y lo digo yo que poco sé de literatura. Bueno, no sé si he contestado bien la pregunta del señor Pérez Galdós, lo que les puedo decir es que, después de lo dicho, mil ganas tengo de abanicarme.
Como presidente de la sesión, Clarín se apresura a hablar para que nadie se le usurpe el papel.
-Bien han hablado Águeda y Cristeta, insatisfecha una, gozosa la otra. Gracias a ustedes. No creo, sin embargo, que sus intervenciones, de alta pertinencia literaria, hagan adelantar mucho la ciencia de los sueños. Lo que esperamos es que nos cuenten unos sueños verdaderos. Claro que si no hay ninguno en el relato de sus vidas, será muestra de un fallo de la real representación del ser humano, un fallo creativo, pues no hay vida sin sueño. El caso de Águeda, no es un fallo ya que es resultado de intención deliberada de nuestro admirado amigo José María de Pereda, no quita que es una mutilación del ser humano y es prueba de que cualquier idea que se anteponga a la directa captación de la realidad falsea la representación de dicha realidad. De todas formas, esta confrontación entre criaturas y creadores es muy fructuosa tanto desde el punto de vista literario como, espero, científico. De momento, como lo pueden ver, nosotros tomamos minuciosos apuntes de cuanto aquí se dice, para debatir después sobre sus preciosas confesiones e intentar clarificar los problemas humanos y literarios que de ellas se infieren.
Y, si os parece, vamos a proseguir.
A ver, Amparo, ilustre Tribuna de Marineda ¿sabe usted lo que es soñar?
-¿Soñar? No sé. Si soñar es «forjarse ilusiones», yo puedo ser un buen ejemplo de sueño, de sueño despierto, que digamos. Amé a Baltasar, al señorito Baltasar, del barrio de Abajo, es decir del barrio de los ricos, Baltasar me ha engañado, y estoy a punto de odiarle. Fíjense, abandonarme, a punto de ser yo madre, alejarse como un cobarde después de tantas promesas... Así las cosas, sigo pensando que es para él obligación el tomarme por esposa y que mi derecho es entrar en su casa de rico, pero no me mueve el deseo de pasar del barrio de Arriba al barrio de Abajo, es decir de pobre a rica, no, sólo me anima el sentimiento de la justicia y mi concepción de que todos somos iguales. Le estoy agradecida a la condesa de Pardo Bazán por haberse atrevido a propulsarme, yo una pobre cigarrera, al escenario del espectáculo literario y conste que soy, en España, la primera «proletaria» que accede a tal honor, pero dice que me forjo ilusiones, que me he dejado engañar por las ideas igualitarias proclamadas por la Revolución, que soy una ilusa y que desde luego la Revolución es un engaño sólo buena para trastornar la mente de la gente de abajo. Comprendo que la condesa, desde la altura social en que se sitúa, así vea las cosas, pero yo, mujer como otra cualquiera, no me veo inferior a nadie y a mí no me parece ilusión que una señorita del pueblo, tan señorita como otra cualquiera y tal vez más guapa y más lista, pueda casarse con un burgués, aunque poco formal y muy cobarde. No, eso no será nunca para mí motivo para un bello sueño, es una reivindicación de mera justicia.
En cuanto a la forma de sueño de que habla el señor Alas, esa ola de fondo espumosa, fría o caliente, que nos invade a pesar nuestro cuando dormimos, confieso que no la conozco. Al parecer a la señora de Pardo Bazán, tan atrevida en las pinturas sociales, y gracias, no se le ha ocurrido que una mujer como Amparo pueda tener ella también sus «interiores ahumados». Lo siento por ella, y lo siento por mí. Intuyo que esas burbujas nocturnas, esas aguas turbias desatadas sin control, pueden significar mucho, pero de fijo no sé de qué se trata y no les puedo ayudar en sus afanes de aclarar las honduras misteriosas del ser humano.
-Gracias, hija -habla Galdós, con voz reposada- por tus sinceras y sensatas palabras. Alabada sea nuestra admirada y bien amada Emilia por haberte alzado a Tribuna. Tu reivindicación de mayor justicia social por tu clase y de justicia a secas por ti, mujer del pueblo engañada, nos conmueve a todos. Lo del soñar en tu caso es un lujo y tal vez sería, según la lógica racional de tu ser, un lujo artístico, es decir una disonancia. Comprendo las exigencias de Leopoldo en cuanto a la representación total del ser humano en vista a la universalidad, pues mientras más nos acerquemos al centro del ser mejor plasmaremos los universales humanos y estas exigencias las comparto. Sin embargo, considero que nuestra situación histórica, nos impone en primer lugar «pintar al hombre y a la sociedad contemporánea», es decir nuestro semejante español inmediato y nuestro espacio social presente, para que el pueblo español de hoy y del cercano mañana se vea en nuestras obras como en un espejo. Está claro que si en el cumplimiento de tal cometido altruista, se desliza, cuando viene al caso, la oportunidad de orientamos hacia el centro del ser humano, de intuir aquellas hondas y misteriosas formas de vida interior sobre las cuales se asienta nuestro yo consciente, si se presenta esta oportunidad, repito, y si uno se siente capaz de emprender el estudio de esos «interiores ahumados», entonces será, para bien del arte de la representación, miel sobre hojuelas, como tan bien dice Leopoldo.
Personalmente, por lo que hace a mis criaturas, siempre he intentado acércame a los más finos y profundos mecanismos psicológicos, llamémoslos así, rozando las zonas de sombra, a las cuales confieso que me asomo con cierta inseguridad, tal vez por exceso de racionalismo. Pero no por nada me hace soñar Ana Ozores, a mí muy poco soñador, como me tilda no sé si para bien o para mal mi querido crítico Clarín. Por cierto que mis más queridas figuras, y son muchas, entre las que descuellan Fortunata, Jacinta, Amparito, mejor llamada Tormento, Rosalía, podría dar testimonio de mi captación del alma femenina y de mi capacidad de vivir y dar vida a sus sueños. Como nuestra aventura marítimo- científica no da para tanto y que sólo va con nosotros mi linda Isidora Rufete, creo llegado el momento de que haga uso de su palabra. ¿De acuerdo, Isidora?
-Sí, sí, sí que para mí es un placer hablar aquí en tan solemne círculo de prestigiosas personalidades, a quien ante todo quiero dirigirme. Primero diré que muy a gusto me encuentro en este espacio aureolado por la aristocracia del saber, que sin ser aristocracia de la sangre, a la que pertenezco yo, es, por lo menos, algo superior y por serlo merece respeto y hasta admiración. Tengo que recordar que yo, por no sé qué travesura de la casualidad, soy un ángel caído, y perdón por la arriesgada comparación, que en otros tiempos me hubiera llevado a la hoguera, pero, de veras, saber quién soy y verme vivir en ese Madrid fétido es un injusto purgatorio.
Desea mi narrador, que no es mi padre y en eso soy una excepción entre mis congéneres que llaman padres a los autores que cuentan sus vidas, mi padre es un desconocido aristócrata, desaparecido por fatal desgracia de mi pobre madre, condesa de Aransis, pues bien, decía que mi narrador quiere que rememore un sueño, por lo menos uno, significativo y en el que se pueda ver si deja traslucir algo de esas oscuras fuerzas interiores, motivo de sus desvelos y objeto de obsesiva atención por parte del señor Alas, si he entendido bien lo que se ha dicho hasta ahora.
No se sorprenderán si les digo que mi vida actual es un sueño, mejor dicho una pesadilla, y que cada día espero el despertar a mi clara vida real. Como en este sueño que les voy a contar.
Durante una larga noche de insomnio, acosada por el bullir de mil ideas contrastadas, sólo cortado por las campanadas de las horas. A cierto momento, entre las tres y las cuatro de la madrugada, siento que me va ganando el sueño, que se me diluye la conciencia y que de lleno entro en el soñar. Me derribó el sueño en un cuchitril y he aquí que despierto en la plena luz de un palacio de amplias vidrieras, en medio de retratos de prestigiosos antepasados, entre alfombras, tapices, arañas centelleantes. ¡Bendito sueño! Nunca olvidaré esta luminosa escena que por premonitoria se me ha grabado en la memoria y se la cuento lentamente por si la quieren apuntar: «Ya llegan los convidados, mi abuelita me manda que los reciba. Estoy preciosa esta noche... Entran ya. ¡Cuánta sonrisa, cuántos brillantes, qué variedad de vestidos, qué bulla magnífica y... en fin, qué cosa tan buena! Hay una tibieza en el aire que me desvanece: me zumban los oídos, y en los espejos veo un temblor de figuras que me marea. Pero esto es preciso, y ya que una ha de morirse, porque no hay más remedio, que se muera aquí. ¡Jesús, qué cosa tan buena! Mi vestido es motivo de admiración. Eso bien se conoce. Acaba de llegar Joaquín y se dirige hacia mí...» Dulce sueño demasiado breve, cortado por la entrada de Joaquín, ese plebeyo que se presenta como una amenaza, como un elefante en un precioso palacio de porcelana.
Cree doña Emilia que a ella le toca hablar, y habla.
-De perlas son sus palabras, querida Isidora, pues nos dan la prueba de que es una soñadora absoluta que vive en otro mundo, disociada de esa nuestra realidad, que, pese a sus aspiraciones, tiene usted que aguantar. Eres, Isidora, y permíteme tutearte por ser yo también mujer, eres un caso agudo, y por eso significativo, de esquizó, palabra griega que significa, separación, como lo es tu ilustrísimo compatriota Don Quijote. Los dos vivís en la poesía mientras la realidad os apalea. En cuanto al sueño que nos deparas en sus palabras originales, yo lo veo en la estricta lógica de tu sueño vital. Está por ver si cuando lo analicemos según criterios científicos, como dice nuestro impagable Clarín, da más de sí. Pero mil gracias por tu autoanálisis de la lógica en la que te mantienes.
Entre los sabios, a pesar del gran interés que toman en escuchar estas insólitas confesiones, y aunque algunos se sientan picados en lo vivo por ciertas interpelaciones directas, se nota cierto cansancio. Tienen todos un buen manojo de apuntes y se ve que aspiran a una pausa café, antes de la cena prevista sobre las diez. Armando Palacio Valdés a quien le pesa no tener aquí representante de su arte, se hace intérprete del deseo de todos, de todos, menos uno.
-Estimadas señoras, queridos amigos, ni las mejores cabezas escapan al cansancio. Si están todos de acuerdo, nos daremos un respiro, creo que lo hemos ganado. Pues señoras, son las ocho casi y si les parece bien nos reunimos de nuevo aquí a las nueve menos cuarto. Y le ruego a la señora doña Ana Ozores nos disculpe, pero dentro de poco tendremos el gusto de escucharla y con las mentes más claras.
Menos uno, don Leopoldo, nervioso por esperar lo que va a decir su Regenta, temeroso de que le acuse de no sabe qué, cuando él ha puesto toda su capacidad de empatía para comprender a su personaje del alma.
En la cubierta ya, acariciada la cara por una suave brisa de mar, cada cual se sume en el lunar crepúsculo, cortado en lontananza por la línea rojiza de un prometedor horizonte.
-Las nueve menos cinco -grita don Armando, que, con autoridad se impone como presidente de la sesión-. Dígnese usted, doña Ana, hacer uso de la palabra.
-Sí, gracias,... Perdón... No sé... ¡Es tan difícil hablar de sí! sobre todo de sueño, cuando lo bueno del soñar es no despertar o despertar a medias... Soy una soñadora impenitente, pero ¿cómo decir?... frustrada. No, no lo puedo explicar. Don Leopoldo Alas que me ve desde superior altura sabrá decirles lo que no puedo expresar. Soy una paradoja, como tal vez muchos soñadores, féjense, estoy soñando con Santa Teresa y busco con fruición las suaves caricias de mi piel de tigre... Para mí será más fácil contar que «introspectarme», y perdón por el fuerte neologismo; permítanme, pues, que les cuente no un sueño sino una pesadilla, una pesadilla genérica, por decirlo así, que desde el momento en que la he vivido sigue latiendo, como profundo malestar, con destellos de dolor, aunque no aflore en palabras en la superficie de las páginas. Mi pesadilla es parecida en cierto modo a la que acosa a mi casi tocaya Anna, la trágica Anna Karenina, que se ve con horror una y otra vez presa en la fatal visión de ese desgreñado campesino que machaca con saña un trozo de hierro que finalmente toma la brutal forma real de la rueda del vagón que la arrastra... Creo que los sueños y particularmente las pesadillas son para el ser humano, incluso para nosotras, nosotros, que sólo lo somos virtual y artísticamente, como plasmación de un desdoblamiento creativo de nuestros padres putativos, creo, digo, que nuestras pesadillas no son gratuitas, son la revelación de un profundo malestar expresado libremente en un lenguaje propio fuera de las redes de la conciencia...
-¡Tanta sabiduría! -exclama Palacio Valdés, interpretando la admiración de todos- usted Señora Regenta anticipa, estoy seguro, las discusiones y las posibles conclusiones de nuestro original experimento. Seguro que volveremos sobre sus observaciones pues están todas minuciosamente apuntadas. Pero no se olvide contamos su pesadilla ya que le es más fácil contar que hacer obra de introspección.
-Sí, les ruego me perdonen... Por cierto que no quiero hacer de marisabidilla... Es que nosotros superamos los límites temporales de nuestros creadores; en cierto modo, por ser frágiles figuras de papel, como dicen algunos teóricos empeñados en poner fronteras entre el arte y la vida, olvidando y ¡peor para ellos! que el arte es vida, creo yo, en cierto modo, que por ser criaturas somos universalmente eternas y siempre abiertas a la mirada de los siglos. Y eso, que quiera que no, enriquece. Noto que mis amigas aquí presentes no se han atrevido en sus intervenciones a salir del tiempo del relato de su historia y tal vez sea porque no se les han dado plena facultad de soñar... ¿verdad, hermanas?
Mi pesadilla... Muerte y vida, amor y muerte, culpabilidad... pecado... Era a finales de marzo en tiempos de fiebres de la «primavera médica», según ese pobre doctor Somoza. Fueron muchos días de enfermedad con «sueños horribles». Visiones y sensaciones que se prolongaban más allá del sueño. Al despertar «sentía todavía el roce de fantasmas groseros y cínicos, cubiertos de peste»; olía hediondas emanaciones de sus podredumbres; respiraba en la atmósfera casi viscosa en que el delirio me aprisionaba. Andrajosos vestigios amenazándome con el contacto de sus llagas purulentas, me obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien veces por angosto agujero abierto en el suelo, donde mi cuerpo no cabía sin darle tormento.
«Una noche la Regenta reconoció en aquel subterráneo las catacumbas, según las descripciones románticas de Chateaubriand y Wiseman», escribe don Leopoldo, prestándome sus palabras para que me leyera a mí misma gracias a ese estilo indirecto libre que es, si lo miramos bien, una forma de vasallaje, del que ahora me puedo librar, no sin dejar de agradecer al artista que no tenía otro medio de dar forma a mi vida recóndita... Perdón por la digresión. Pero en dichas catacumbas, en vez de Vírgenes de blanca túnica, vagaban por las galerías húmedas, angostas y aplastadas, larvas asquerosas, descamadas, cubiertas de casullas de oro, capas pluviales y manteos que al tocarlos eran como alas de murciélago. Y me veo, siempre con escalofríos, corriendo, corriendo sin poder avanzar cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto, queriendo antes destrozar en él mis carnes que sufrir el olor y el contacto de las asquerosas carátulas; pero al llegar a la salida, unos me pedían besos, otros oro, y yo ocultaba el rostro y repartía monedas de plata y cobre, mientras oía cantar responsos a carcajadas y me salpicaba el rostro el agua sucia de los hisopos que bebían en los charcos.
Cuando desperté me sentí anegada en sudor frío y tuve asco de mi propio cuerpo y aprensión de que mi lecho olía como el fétido humor de los hisopos de la pesadilla. Pensé que era muerte anticipada y aquellos subterráneos y sus larvas imitación del infierno. No un infierno abstracto, como hasta ahora se me aparecía, según mandaba creer la Iglesia, sino infierno material: la podredumbre de la materia para los espíritus podridos.
Tal era, en aquel entonces, lo que de mi salía cuando se desataba la conciencia. Contar la pesadilla es siempre para mí un escalofrío de asco, es «percibir en el sueño el olor y el sabor del infierno», como escribe Gonzalo Sobejano, el señor que mejor me conoce y a quien le agradezco la gran simpatía de su penetrante y delicada mirada.
¡El infierno! Aunque me veo pura, en simpatía con Teresa la Santa, las brumas de mi romanticismo deben de envolver turbas inclinaciones que se manifiestan en el placer experimentado al dulce contacto de las rayas negras de la amarilla piel de tigre... Pecadora antes de serla de veras, eso me dijo la pesadilla en su viscosa advertencia, con sus casullas larvarias y sus hisopos corruptos, que no sé por qué me traen a la memoria la terrorífica visión de algunos cuadros de Vázquez Leal, muerte y desengaño, vanidad de vanidades...
Aunque ahora, después de tantos años en los que he sido (y puedo decir hemos sido todas) espejo de tantas miradas analíticas, inquisitivas, comprensivas, y, cuando viene al caso, repulsivas, ahora que he conquistado (hemos conquistado) relativa autonomía, me gustaría saber lo que experimentaba mi creador al prestarme sus palabras para contar la pesadilla ¿compartía conmigo ese horror al pecado? Parece que no. Sospecho que acumulaba con fruición irónica las imágenes fuertes, las más repulsivas y asquerosas para disfrutar sensaciones artísticas, que para mí eran escalofríos de horror...
Llaman a la puerta del «Seminario». Entra el comandante con un papelito en la mano.
-Perdón, Señores y Señoras. Acabo de recibir un telegrama de su Excelencia el Marqués de Comillas. Leo: Urgente. Stop. Necesito barco Progreso. Stop. Lo siento. Stop. Ruego den la vuelta de inmediato, rumbo al Puerto. Stop. Firma: Claudio López Bru, Segundo Marqués de Comillas.
Son las diez y cuarto de la noche.
-¡Qué pena!... Pero gracias doña Ana. Gracias a todas -prorrumpen conjuntamente Palacio Valdés, Picón y la Pardo Bazán. Gracias -prosigue doña Emilia- por haber entrado resueltamente en el juego de este experimento. Hemos aprendido algo, sobre todo hemos visto estos problemas según un ángulo nuevo y, mientras han hablado, hemos escrito mucho. En tierra firme nos reuniremos de nuevo, si Dios quiere, para hacer fructificar los datos recogidos y adelantar ciertas conclusiones tan literarias como científicas.
Pero ya es hora de descansar. Amaneceremos en el puerto.
Buenas noches y a soñar.