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«Viaje a China», de Enrique Gaspar

María de los Ángeles Ayala

La inclusión de la olvidada figura de Enrique Gaspar (1842-1908) en un congreso dedicado a la literatura de viajes nos permite adoptar, desde un principio, una postura claramente reivindicativa a favor de un escritor escasamente mencionado en los estudios que sobre la literatura española de la segunda mitad del siglo XIX vienen sucediéndose en las últimas décadas. Desconocimiento e injusto olvido de un autor que jugó un papel muy destacado en la renovación del teatro de finales de siglo1, tal como en su día reconocieron críticos como Manuel de la Revilla, Blanco García, Menéndez Pelayo, Yxart, Pardo Bazán, Cejador y más recientemente Kirschenbaum2, Poyán Díaz3 o Juan Antonio Hormigón, responsable, este último, de la única edición moderna existente de un texto del autor: Las personas decentes4.

Si el olvido envuelve la faceta literaria más sobresaliente de Enrique Gaspar, su teatro, en la que obtuvo destacados éxitos, no puede extrañarnos que su obra poética, sus artículos periodísticos, sus narraciones de viajes, sus relatos cortos y sus novelas no hayan merecido el interés de la crítica. El presente trabajo pretende llamar la atención sobre sus relatos de viajes, especialmente el titulado Viaje a China5, ejemplo modélico de amenidad narrativa y en el que se destacan dos de las notas que caracterizan los trabajos del escritor: la ironía y la mordacidad, elementos narrativos que Enrique Gaspar utiliza con suma habilidad para ofrecer el reflejo de una civilización alejada y desconocida para la mayoría de los lectores decimonónicos.

La redacción de los relatos de viajes de Enrique Gaspar, Viaje a Atenas6 y Viaje a China, deriva de las circunstancias personales del autor. Enrique Gaspar inicia su carrera literaria en Valencia, dándose a conocer gracias a sus colaboraciones periodísticas en La Ilustración Valenciana y al éxito alcanzado con una serie de comedias ligeras: Consecuencias del amor (1855), ¿Si será? (1857), Corregir al que yerra (1860), El onceno no estorbar (1860), La escala del matrimonio (1861). Con veinte años, plenamente convencido de su vocación literaria y decidido a convertirse en un escritor profesional, se instala en 1862 en Madrid, en una época difícil para un dramaturgo joven y sin nombre, tal como se desprende de los numerosos testimonios existentes, pues son escasos los autores que en la época podían mantenerse exclusivamente de los ingresos obtenidos con sus producciones dramáticas.

La precariedad económica acompaña al autor durante los años siguientes a pesar de estrenar numerosas comedias y alcanzar un indiscutible éxito con Las circunstancias (1867) y La levita en la temporada siguiente. La falta de recursos económicos determina que Enrique Gaspar7, con la protección de Adelardo López de Ayala, ministro de Ultramar en aquellas fechas, ingrese en el cuerpo consular, desempeñando el cargo de vicecónsul en Sête, Saint-Nazaire y Atenas. En 1878 es ascendido a cónsul y destinado a Macao. Estas circunstancias personales y la favorable acogida que durante toda la centuria obtienen los relatos de viaje, debieron motivar y animar a Enrique Gaspar a plasmar su experiencia como viajero por unas tierras tan alejadas como exóticas. No debemos olvidar el éxito editorial que algunas obras de este tipo obtuvieron durante el siglo XIX. Obras como el Viaje de Fray Gerundio por Francia, Bélgica, Londres y Madrid de Modesto Lafuente; Manual del viajero español de Madrid a París y Londres de Antonio María de Segovia; París, Londres y Madrid de Eugenio de Ochoa, o el célebre relato de Pedro Antonio de Alarcón De Madrid a Nápoles, el libro de viajes más leído en España en esta época. Asimismo es un hecho incuestionable que los semanarios y revistas más destacadas de la época -El Semanario Pintoresco Español, El Laberinto, El Álbum Pintoresco Universal, El Álbum de las Familias, El Museo Universal...- incluían este tipo de relato de tan grata acogida entre sus lectores, constituyendo en numerosas ocasiones una de las secciones fijas del periódico.

Viaje a China se configura sobre la fórmula clásica de las memorias o impresiones de viaje de un observador-narrador que en primera persona, conversando directamente con el lector, muestra sorpresa, extrañeza, agrado o repulsa ante la realidad que paulatinamente va descubriéndose ante sus asombrados ojos. El molde literario elegido por Enrique Gaspar es la carta de clara filiación dieciochesca, pues aunque las cartas que constituyen Viaje a China estén dirigidas a un innominado amigo -en este caso el desconocido amigo no es otro que Teodoro Llorente, director de Las Provincias8-, se evidencia la voluntad del escritor por captar el interés de un amplio público, tal como sucede en las Cartas familiares del abate Juan Andrés, Viaje literario a las iglesias de España de Jaime Villanueva, Cartas del Viaje a Asturias de Jovellanos o el célebre Viaje a España de Antonio Ponz... Estamos, pues, lejos de la publicación de un epistolario de carácter íntimo, como podría ser el caso de la experiencia de Juan Valera por tierras italianas, rusas o americanas. Enrique Gaspar adopta el procedimiento epistolar como el artificio literario más adecuado para plasmar la visión crítica propia del relato de viajes.

Viaje a China comprende un total de once cartas que abarcan un lapso de tiempo que se inicia el 26 de septiembre de 1878 y concluye el 8 de diciembre de 1882. Las cartas o entregas, fechadas todas ellas desde la ciudad de Macao, no responden a un criterio regular ni en extensión ni en periodicidad. Así, mientras que la primera carta ocupa únicamente seis páginas, la última entrega alcanza la cifra de veintiocho. Igualmente, el número de cartas difiere de un año a otro: dos en 1878; cuatro en 1879; una solo en 1880 y dos, respectivamente, en 1881 y 18829.

Desde el inicio de la narración, y al igual que en distintos momentos de la misma, Enrique Gaspar expresa de manera clara la postura adoptada y el objetivo que persigue con su relato. Ya en la segunda entrega advierte al director y lectores de Las Provincias que no se le exija «un análisis profundo de las cosas que vamos a ver» (Viaje a China, p. 227), pues no persigue, como los relatos de los viajeros ilustrados, enseñar nada a sus lectores y mucho menos hacer alarde de una erudición excesiva que dificulte el retrato veraz y exacto de aquello que contempla. Enrique Gaspar renuncia a la monografía exhaustiva, al espíritu «notarial» que preside buena parte de los relatos de viaje y que si bien los convierte en excelentes libros de carácter informativo y fuente inapreciable para los historiadores, su lectura resulta árida para el lector no especializado, ya que en ellos apenas tienen cabida las sensaciones y emociones personales del escritor. En Viaje a China Gaspar ofrece solo aquellos datos imprescindibles sobre geografía, historia, artes..., para situar al lector ante la realidad descrita, pues tal como el autor señala prefiere autolimitarse al papel de cronista, y como tal «relato lo que veo» (Viaje a China, p. 326), juzgando esa realidad desde la perspectiva de un viajero no demasiado complacido con lo contemplado. Quizás convendría señalar en este momento que Enrique Gaspar fue enviado a China por los responsables de la diplomacia española sin misión concreta. Se trataba de tomar posesión y regresar a España sin dilatar su estancia más de cinco meses. La perspectiva de un viaje tan largo y de mero formulismo no parece que agradase demasiado a Gaspar, pues de nuevo el destino le impone un período de alejamiento de la producción teatral. El viaje representa, simplemente, la condición sine qua non para lograr un ascenso que repercuta en su resentida economía doméstica. Pero si la perspectiva de permanecer en China cinco meses no le agradaba, mucho menos debió de satisfacerle una estancia que se alargó por espacio de casi siete años (1878-1885) y que le desvinculó totalmente de la escena española. No deben, por tanto, extrañarnos su ironía, su mordacidad, su desencanto y su pesar a la hora de juzgar aquella sociedad. Enrique Gaspar centra su atención sobre unos determinados puntos: el itinerario desde Marsella a Macao y el contraste existente entre las ciudades de Hong Kong, Cantón y Macao, dedicando una mayor atención a esta última, ya que en Macao residió la mayor parte del tiempo que permaneció en China. Las primeras entregas las dedica a describir la vida a bordo del Tigris, el vapor que le condujo desde Marsella. Una travesía que se inició el 11 de agosto de 1878 y que finalizó después de treinta y ocho días de navegación. La descripción de la vida a bordo es detallada, ofreciendo desde una óptica humorística todo tipo de datos, desde el precio del hospedaje, cincuenta y dos francos y cincuenta céntimos al día, hasta el servicio y atenciones que el viajero puede esperar a cambio del mismo. Todo ello sin olvidar las peculiares características del camarote, variedad y abundancia de los alimentos servidos en sus elegantes salones, composición de la tripulación, criados al servicio individual del pasajero, diversiones, etc. El humor y la ironía dominan en estas primeras páginas dedicadas a comentar los incidentes y características de la travesía, notas que, sin embargo, no enmascaran el pesar, la nostalgia, el espíritu contrariado del escritor ante su obligado traslado a China.

El interés por la descripción de los medios de locomoción marítimos se mantiene a lo largo de todo el relato, pues Enrique Gaspar enumera los diferentes tipos de embarcaciones tradicionales que abordan a los asombrados pasajeros del Tigris cuando este arriba a los distintos puertos donde hace escala. Botes, canoas, falúas, piraguas, champanes, lorchas..., lanchas, en definitiva, de todo tipo, desde las que los nativos con su peculiar idiosincrasia tratan de convencer a los viajeros para que adquieran sus mercancías: objetos artísticos de coral y lava en Italia; productos relacionados con la zoología en Arabia; encajes de Lahore, bordados y telas de Cachemira o piedras preciosas en la India, minerales sobre cuya autenticidad Gaspar muestra sus dudas a la par que describe los habituales trueques comerciales de aquel rudimentario comercio.

La diversidad de razas sorprende a Enrique Gaspar, quien intercala frecuentemente la descripción de los tipos oriundos de zonas diversas y que confluyen en un determinado lugar; así, a su llegada a Port Said, en Egipto, fija su atención sobre el negro de Sudán, el beduino del monte Sinaí, la mujer fellah, la dama turca, el derviche, el hijo de los aduares..., señalando tanto las características de su fisonomía como las piezas que configuran su indumentaria. Igualmente, al arribar a Adén, en Arabia, nos ofrece la siguiente visión:

«Asombra la diversidad de razas que allí pululan. El árabe, de correctas facciones; el abisinio, desafiando al sol con su cabeza siempre descubierta y tapando sus piernas con una sábana llamada sarong [...]. El somaulís, con su gracioso turbante; el afeitado y desnudo habitante de Nubia, cabalgando sobre el paciente asno; el parsi, descendiente de los antiguos persas, sectario de Zoroastro y adorador del fuego, cubierto con un jaique sobre calzones a la europea [...]. El indostánico o malabar, con la chaquetilla de vivísimos colores y el abultado turbante escarlata, fumando sus ehibuc, incrustado en las jorobas de su camello; hasta el hombre, en fin, que sin otro traje que un pañuelo pendiente de la cintura, ignora su patria, su religión y su lengua; todo se encuentra allí en mezcla confusa, como si la especie humana se hubiera dado cita para asombro del viajero, que solo conoce el mundo por las cartas geográficas».

(Viaje a China, pp. 244-245)



El itinerario seguido por el vapor es descrito con gran minuciosidad, enumerando tanto los accidentes geográficos de la costa como los puertos donde el Tigris hizo escala. La primera etapa del viaje le transporta de Marsella a Nápoles y desde allí, atravesando el estrecho de Mesina, alcanza Port Said. Desde esta moderna ciudad, cruzando el todavía recién inaugurado Canal de Suez, navega por el mar Rojo con rumbo a Adén. La larga etapa siguiente le conduce hasta Punta de Gales, en la parte meridional de la isla de Ceylán, colonia portuguesa en aquel momento. Singapur y Saigón son los dos nuevos trayectos que recorre antes de bordear la isla de Hai-Nam y llegar a Hong Kong.

La descripción precisa del itinerario seguido se interrumpe no solo con la inclusión de aquellos aspectos que por su extrañeza o exotismo despiertan el interés del viajero, sino también con la introducción de parcas referencias a personajes notables que nacieron o vivieron por aquellas latitudes. Así, por ejemplo, recuerda a Garibaldi al aproximarse al estrecho de Bonifacio que separa Córcega de Cerdeña; menciona al llegar al Canal de Suez a Wagorne, el impulsor de la comunicación postal entre Europa y Asia, y a su famoso constructor, Mr. Lesseps, o a Camões al visitar la gruta en la que el desterrado poeta escribió Os Lusíadas. Tampoco puede sustraerse a la tentación de incluir algunas reflexiones sobre el extraordinario número de colonias que posee Inglaterra, nación a la que califica de «conserje universal» (Viaje a China, p. 241), dada la excelente ubicación de sus plazas. El valor estratégico de estos emplazamientos le permite mantener un control absoluto de las rutas marítimas, de ahí que Enrique Gaspar afirme que «puede decirse que la Inglaterra tiene al mundo metido en un bolsillo» (Viaje a China, p. 242). Poder y sentido práctico que contrasta con la errática política seguida por España en lo que respecta a sus colonias o a sus intervenciones armadas en tierras orientales. Así, al descubrir que la arteria principal de Saigón ostenta el nombre de España, Enrique Gaspar con ironía comenta lo siguiente:

«Es el único testimonio y el solo provecho que hemos sacado de la campaña de Cochinchina, en la que las armas españolas han regalado a sus vecinos de allende el Pirineo la hegemonía sobre el imperio de Annam, la costa del golfo de Tonkín y el reino de Cambodje [...]. A rumbosos no nos gana nadie».

(Viaje a China, pp. 254-255)



Concluido el relato de los treinta y ocho días de navegación, Enrique Gaspar se propone tratar detenidamente de «los usos, costumbres, ceremonias y fisonomía del pueblo chino, así como del aspecto de las principales poblaciones del país de Confucio» (Viaje a China, p. 255). Desde estas primeras líneas muestra su tremenda desilusión al comprobar el abismo que separa la China imaginada de la real, pues el europeo de la época ha creado la imagen falsa de un país que combina los progresos materiales del siglo XIX con las patriarcales costumbres de los tiempos bíblicos: lujo, limpieza y silencio. Frente a esta imagen idealizada descubre una muy distinta. El griterío ensordecedor, la fetidez insoportable, la fealdad de sus gentes, el caos de sus calles rompen la romántica imagen e impelen al escritor a exclamar, poco después de su llegada a China:

«¡Horror! ¡Abominación! ¿Y para esto he empleado treinta y ocho días y me he expuesto a las contingencias de un viaje de tres mil leguas? Figúrate unas casuchas de ladrillo gris azulado, sin enlucido de yeso, ni por dentro ni por fuera, con una puerta y una ventana embutidas en dos pilares de mampostería. [...] En cada una de estas viviendas habitan treinta o cuarenta individuos, la mayor parte con el torso desnudo, destilando pringue, viviendo entre estiércol, en compañía del marrano y las gallinas, ejerciendo su industria en colaboración con otro artesano de índole distinta. Así media tienda pertenece a un sastre y la otra media a un platero o pintor de retratos.

Todo son abacerías, expendedurías de verduras, pescado salado y objetos de culto para las pagodas, tocinerías, zapateros remendones, armeros y artículos de ferretería oxidados por el moho y la incuria. En fin, el rastro de la grasa, de la fetidez y de la basura elevado al infinito».

(Viaje a China, p. 268)



Las muestras de desaprobación se mantienen a lo largo de todos estos capítulos destinados al análisis de sus usos y costumbres, aunque, poco a poco, acaba por imponerse la visión del estudioso, del escritor de costumbres que trata de analizar con objetividad todos aquellos aspectos que particularizan la realidad observada. Así, independientemente de las cuestiones y reflexiones de carácter general, Enrique Gaspar establece una singular comparación entre Oriente y Occidente, pues enfrenta las zonas europeas de las ciudades de Hong Kong y Macao con los barrios habitados por chinos en las mismas, añadiendo observaciones sobre Cantón, centro urbano que para los chinos es «lo que París para los europeos; la ciudad de los placeres, del lujo, de la industria, de la actividad y de la riqueza» (Viaje a China, p. 355). La contraposición entre las tres ciudades se realiza a través del análisis de aquellos aspectos que determinan las diferencias entre ellas. De esta forma, además de detallar con minuciosidad el enclave geográfico y la configuración de cada una de las ciudades, describe su organización política, económica y militar, así como la administración de la justicia o el funcionamiento de centros de enseñanza, hospitales, bomberos, etc. Evidentemente su admiración, no exenta de cierta crítica, se decanta por la organización, pulcritud y belleza del Hong Kong inglés, y subraya asimismo su simpatía por la pequeña península de Macao, ciudad en franca decadencia desde la apertura del puerto de Hong Kong y la abolición de la inmigración de trabajadores a Cuba y Perú en 1874. La indigencia en que viven los macaenses y los escasos rendimientos que obtiene el Gobierno portugués de la torrefacción del té son las razones que explican, según el escritor, que Macao se haya convertido en «el Mónaco o el Baden-Baden del Celeste Imperio» (Viaje a China, p. 272) y que el juego, prohibido y castigado en el Imperio chino, se practique a la sombra de la bandera lusitana. Circunstancia que da pie a que el autor muestre, una vez más, su insatisfacción, pues afirma que «el chino, que posee todos los vicios, no podía dejar de ser jugador, y lo es, en efecto, en grado superlativo» (Viaje a China, p. 272), Enrique Gaspar describe con amplitud los distintos y variados juegos que practican los chinos, quienes no solo juegan al ajedrez, damas, billar, volante, paí, atchen..., sino que participan en otros juegos de azar, como el pakopio, especie de lotería antigua y cuya extracción se repite dos veces al día; el fantán, que ofrece al fisco un rendimiento de cuarenta y cuatro mil duros anuales en concepto de retribución, o el curioso vaisen, donde el jugador apuesta sobre el nombre del individuo que alcanzará el grado de mandarín en los exámenes públicos que cada año se celebran en Pekín o Cantón. Juego que proporciona a Portugal el extraordinario beneficio de cuatrocientos cincuenta mil duros anuales.

Igualmente enumera y describe con detalle otros muchos aspectos que configuran el retrato del pueblo chino, desde las piezas que constituyen su indumentaria tradicional a los productos y objetos artesanales que se acumulan sin arte sobre las abigarradas estanterías de los comercios, sin olvidar la descripción de los únicos monumentos artísticos y de las costumbres elogiados por el escritor: las majestuosas pagodas -la de los Quinientos, la de la Campaña, la Torre de Porcelana, la Pagoda de los Cerdos, la de los Cinco Pisos- y sus tradicionales y milenarias fiestas, como las que se celebran en conmemoración de la llegada del año nuevo, las ofrecidas en memoria de los difuntos, la fiesta del plenilunio de la octava luna, las célebres procesiones de las linternas o las que festejan en Macao en honor de Hon-Kung los años que, según el calendario chino, son bisiestos para pedirle que la paz reine en todo el Imperio, le preserve de las epidemias y le otorgue riquezas inmensas.

Es indudable que el material noticioso ofrecido por Enrique Gaspar debió de satisfacer la curiosidad de los lectores de Las Provincias, sobre todo cuando este comenta con no poca ironía y humor los usos y costumbres que en mayor medida se apartan de las normas sociales occidentales, como permanecer con la cabeza cubierta delante de las visitas, proferir como prueba de cortesía un sonoro eructo al final de la comida o afirmar que tu anfitrión aparenta mayor edad de la que realmente tiene, pues la senectud, al contrario que para el europeo, es para el chino la condición más respetable. Las normas de urbanidad estimadas por los asiáticos también son objeto de sátira. Al rememorar una invitación a comer que recibieron de un acaudalado hombre de negocios, recuerda el horror de su esposa cuando la dueña de la casa

«[...] quitándose un nivat de plata (horquilla) y pinchando con él un pastelillo, se lo ofrecía a mi mujer; que, como puedes imaginarte, no tenía ya más apetito. En vista de lo cual la criada sirvió agua caliente, en la que remojó un pañuelo de espumilla de seda, con el que su ama se limpió las manos y la boca, pasándolo después a toda la reunión para que hiciera lo propio».

(Viaje a China, pp. 331-332)



Igualmente, los comentarios sobre supersticiones y creencias populares están realizados con la intención de despertar la hilaridad entre sus lectores; de esta forma refiere que pasar una escoba por la cara de un chino es el mayor castigo que este puede recibir, pues se le condena a la pobreza eterna. Asimismo son supersticiones arraigadas en el pueblo las creencias siguientes:

«Un sobre de un despacho oficial trae fortuna; y, si se le hierve, su agua cura enfermedades epidémicas. Unas monedas de cobre ensartadas evitan el mal de ojo. La infusión de una bolita de oro, otra de plata y una ramita de coral es eficacísima contra los sustos. La nuez extraída de la garganta de un mono vivo no tiene rival para las fiebres. Y en la casa donde, como acontece en la mía, que está apoyada sobre un monte, entran culebras, ya no hay más que pedir».

(Viaje a China, p. 361)



Sin embargo no todo es ligereza y humor en este libro de viaje, ya que Enrique Gaspar analiza también aspectos más graves, como la situación de esclavitud en la que vive la mujer china y su nulo papel dentro de la institución familiar y en la sociedad oriental. No debemos olvidar que Enrique Gaspar, influenciado por la filosofía krausista, defendió desde sus primeras obras dramáticas hasta las últimas la infracción y emancipación de la mujer -¡Pobres mujeres! (1863), Huelga de hijos (1893)-. El sistema político, casi feudal, que rige las relaciones entre los ciudadanos y sus gobernadores, la administración de la justicia por los mandarines, la situación carcelaria de los reos... son aspectos que preocupan a Enrique Gaspar, pues observa que quien detenta al poder solo se rige por su propia voluntad, intuición o corazonada. La arbitrariedad es la máxima que impera, y «cuando hay un delito que castigar, echan mano del presunto reo; pero si este se fuga, lo substituyen por su pariente más próximo, o en defecto de familia, con el vecino más inmediato» (Viaje a China, p. 361). Recrimina la crueldad de los interrogatorios y la dureza de las penas; la ley no se pone en práctica con equidad en este exótico mundo, pues es práctica admitida que el chino rico compre a quien lo reemplace en el cadalso o consiga sobornar a los jueces. Toda esta cadena de injusticias sociales refuerza la visión negativa que Enrique Gaspar posee y transmite de China en su Viaje. La crítica o denuncia adquiere en ocasiones tonos tremendamente rotundos, como sucede, por ejemplo, cuando a modo de resumen pretende plasmar las impresiones recibidas en su deambular por los barrios típicos de Cantón. En esta ocasión Enrique Gaspar utiliza tres contundentes palabras: «miseria, basura, abyección» (Viaje a China, p. 343), que subrayan a menudo la exactitud de lo descrito o el carácter testimonial de lo narrado.

Es evidente que la apertura del Canal de Suez no solo repercutió en materia económica, sino que también tuvo la virtud de despertar el interés de los europeos por estas lejanas y exóticas tierras orientales, pues al aproximarnos al periodo de 1859-1869 la cadencia en el ritmo de publicaciones que tienen como objetivo la difusión de los usos y costumbres chinas aumenta considerablemente10. Sin duda el Viaje a China de Enrique Gaspar ocupa un lugar destacado entre todas ellas, tanto por el volumen de información aportado como por su amenidad narrativa.