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Resultados de mis observaciones. - El gaucho, peón o paisano: su carácter y costumbres. - Dos categorías de estancieros. - Estado de transición en las costumbres nacionales. - Ausencia de clase media. - Perjuicios que resultan de la falta de trabajadores. - Un país fértil de población escasa. - Superabundancia de animales inútiles. - Molestias en los viajes. - Limpieza imposible. - Falta de aseo en la población. - Necesidad de una buena dentadura. - El inconveniente de los matambres. - El combustible, artículo de lujo. - Sistema de gobierno. - Las vizcachas y sus costumbres. -Búhos y avestruces. - Hábitos del avestruz. - Araña y sapos venenosos. - El bicho colorado.
Es llegado el caso de recapitular sobre mis observaciones en lo relativo al pueblo y a sus costumbres, al campo y sus producciones naturales, a la sociedad y sus leyes. Habré de referirme, ante todo, a los habitantes de la provincia de Buenos Aires.
La palabra «gaucho» es ofensiva para la masa del pueblo, por cuanto designa un individuo sin domicilio fijo y que lleva una vida nómada; por eso, al referirme a las clases pobres, evitaré el empleo de dicho término. Los hábitos y sentimientos del peón o trabajador criollo, se deben al estado mismo de la campaña. Yo me limito a considerarlo desde el solo punto de vista de su aptitud para el trabajo y el bienestar doméstico, que estimo como bases fundamentales a la riqueza y la moral del país. Me abstengo de indagar las causas de su —130→ situación actual, pues basta a mi propósito el establecer los hechos tal cual son.
El paisano vive en una choza o rancho, construido -según lo tengo dicho- con barro, estacas y paja. El rancho se compone, por lo general, de dos departamentos, uno de ellos destinado a cocina cuyos utensilios he descripto; el otro se usa como dormitorio, y contiene dos o tres sillas y un catre o lecho; los paisanos más pobres se sirven de una especie de plataforma dispuesta con estacas, tablas y trenzas de cuero, o bien de una piel de vaca, estirada sobre cuatro postes clavados en el suelo. Colocan encima cueros de oveja y lo cubren todo con una manta; suelen verse, a veces, algunas sobrecamas limpias. Los trabajos de estos hombres se limitan a todo lo que hace relación con los caballos y el ganado en general: todas las faenas las desempeñan sobre el caballo y nunca trabajan a pie. Por eso no se les ocurrirá tomar un arado, ni sembrar, ni cavar zanjas, ni cultivar una huerta, ni reparar la casa. Jamás se ocupan en las tareas propias de la granja: sienten asimismo aversión por las ocupaciones marítimas y las labores mecánicas; la caza y la pesca tampoco les interesan. El paisano rehuye todo trabajo cuyo éxito dependa del transcurso del tiempo; no sabe valorar éste y no lo cuenta por horas ni por minutos sino por días; es hombre moroso y su vida transcurre en un eterno mañana; tiene hábitos migratorios y, por donde quiera se encamine, sabe que encontrará de qué alimentarse, debido a la hospitalidad de las gentes. Si viaja -no siendo en invierno- duerme al aire libre con el mismo agrado que en su propia casa. Vive su vida activa siempre a caballo; si accidentalmente trabaja de pie, lo hace para matar animales, poner cueros a secar, o reparar —131→ los arreos de su caballo. Cuando está ocioso, se le hallará siempre fumando o tomando mate. Las mujeres se ocupan de la cocina y del lavado, pero trabajan apenas lo indispensable para la subsistencia de la casa. Los hábitos son uniformes y los días se suceden, todos iguales. El marido se levanta al salir el sol, toma mate, empieza a fumar, luego monta a caballo y sale al campo para cuidar el ganado hasta las diez o las once; cuando vuelve a casa, la mujer ya tiene preparado el asado, de vaca o de cordero; después duerme su siesta y vuelve a montar a caballo para repetir la misma faena. A tiempo de entrarse el sol, deja su trabajo y vuelve a cenar: consiste la cena en un plato de puchero al que se añade, a veces, un trozo de zapallo. En general no gusta de las legumbres y el pan constituye para él un lujo que raramente puede satisfacer.
Su diversión principal consiste en jugar a las cartas y es un experto jugador.
Los propietarios de campos pueden dividirse en dos categorías: los que quieren adoptar hábitos europeos, cuyas modalidades imitan, y los que prefieren conservar las costumbres del país. Estos últimos viven de idéntica manera que los peones: el patrón, aunque sea propietario de una o dos leguas de tierra, en nada se diferencia del peón, en cuanto a sus hábitos y sentimientos; la única diferencia notable está en que el patrón dispone de más dinero para jugar y anda mejor montado que el peón. Generalmente, los propietarios que desean adaptar sus costumbres a la vida europea, son aquellos que, por accidente o de propósito, se han vinculado a los extranjeros de Buenos Aires. Vuelven al campo con el deseo de mejorar sus propiedades y en lo posible conforman su vida a los hábitos y comodidades —132→ de la civilización. Como dato muy ilustrativo de lo que acabo de decir, mencionaré el caso de un rico propietario a quien visité. Este hombre vivía, -según una frase que oí de sus propios labios- en estado natural. Su indumento era el del gaucho; el cuarto en que dormía no había sido barrido desde seis meses atrás. Bajo el lecho que ocupé, se hallaba un gallo de riña, favorito del patrón, atado a una pata de la cama, para que su dueño pudiera tenerlo a mano y divertirse con él, colgaban de las paredes, estribos, espuelas y otras prendas de montar, todas de plata. La comida consistió en carne y nada más que carne; no se nos dio sal, ni pan, ni galleta ni verduras de ninguna especie; bebimos solamente agua y comimos en el suelo, a falta de mesa. Cerca de la casa de este hombre, tuve ocasión de visitar a otro que no era más rico, pero aspiraba a llevar una vida más civilizada; allí vi, complacido, una mayor limpieza, una casa bien amueblada, y la comida se sirvió debidamente, con buenos vinos, frutas y otros lujos. Este hombre, que parecía europeo en sus procedimientos de trabajo, no hacía cuestión de gastos y, sin embargo, prosperó, mientras el otro, con hábitos ociosos y limitado a las necesidades más elementales, vivió siempre en un estado próximo a la barbarie.
De todo esto puede colegirse que el país pasa por un estado de transición y que las costumbres atávicas darán paso, con el tiempo, a otros usos de índole superior. Ya el vestido a la europea se generaliza mucho y, cuando se le ve en el campo, llevado por un criollo, es señal de que en esa comarca se va operando algún cambio en la manera de ser general. A ningún extranjero que se respete se le habrá ocurrido adoptar el indumento nacional, y, por cierto, que ello no halagaría a —133→ las clases cultas: todo lo contrario. Puede decirse que no se ha formado todavía en el país una clase media: los propietarios de campos, dueños de grandes cantidades de vacas y ovejas, forman una clase; los peones y pastores forman la otra, pero los inmigrantes empiezan a formar una clase inmediata de pequeños propietarios de ganado, semejantes a nuestros «yeomen»26.
En el proceso general de la sociedad, se notan cuatro estados definidos por los que el hombre atraviesa sucesivamente: el de la caza, la vida pastoril, la agricultura, y por último, el comercio. Los hispanoamericanos de esta región, se encuentran en el segundo estadio, porque si bien el comercio del Río de la Plata es muy considerable, se halla dirigido exclusivamente por extranjeros. Al presente, no hay muy buenas perspectivas para la industria en el país, por falta de trabajadores que permitan al capitalista llevar adelante un plan sostenido de operaciones en gran escala. Tomemos como ejemplo el caso de un hombre que compra tierras para la cría de ovejas: sólo dos caminos se le abren para alcanzar beneficios: uno, el comercio de la lana, el otro, el aumento natural de las majadas. La oveja es el animal que más cuidados requiere, particularmente si el criador pone empeño en multiplicar sus majadas, pero esto se hace casi imposible por falta de peones. Como consecuencia, en épocas de mal tiempo, las ovejas se desparraman y mueren los corderos pequeños. Otro renglón que puede explotarse con ventaja es el de la lana. Muchas veces el criador, viendo la imposibilidad de obtener beneficios por la sola procreación de las ovejas, dedícase al comercio de la lana, cosa que tampoco le demanda —134→ mucho trabajo. Hay propietarios que no han aumentado el número de sus ovejas, desde hace tres años, pero han mejorado de tal manera la calidad de las lanas, que, la libra de ese producto, vendida en esquilas anteriores al precio de dos peniques, puede venderse, al presente, a diez peniques. La escasez de peones origina, asimismo, muchos inconvenientes y causa perdidas considerables en la administración de las estancias. El clima benigno y el suelo fértil permiten que, tanto las ovejas, como el ganado mayor, se reproduzcan con asombrosa facilidad. Pero el número de trabajadores no está en proporción con la demanda de los propietarios y éstos no pueden sentirse satisfechos por la sola multiplicación de sus majadas, si saben que los corderos han de perderse o morir. Lo mismo ocurre en cuanto al ganado mayor, que se desparrama o se vuelve cimarrón.
En este viaje cumplí un recorrido de seiscientas a setecientas millas. Hubiera podido llegar hasta el Atlántico, en las cercanías de Quequén, donde están las últimas estancias del sur y de allí pasar a la frontera del oeste, siguiendo luego al norte, hasta el límite de Santa Fe, pero tal recorrido me habría significado un circuito de dos mil millas. En la zona que recorrí, el ganado en general -ovejas, vacas y caballos- no era muy abundante. En cuanto a la población, podía calcularse en un habitante por legua cuadrada. Si exceptuamos Tandil, no puede decirse que existan lomas ni colinas. Las corrientes de agua que encontré, no merecían el nombre de ríos. Tampoco se ven árboles ni piedras.
La primera tarea que debe emprender el poblador es edificar su casa y hacer plantaciones de árboles; ya crecidos éstos, podrá seguir con otras mejoras. Yo he visitado familias que, poseyendo miles de vacas, no tenían —135→ en sus casas un poco de leche ni de manteca; disponían también de caballos en grandes cantidades, pero no se hallaba entre ellos un solo animal manso. El suelo es excelente para la agricultura: sin embargo, la harina se importa de los Estados Unidos o de las provincias del norte del país. En este último caso se encarece mucho por el coste del transporte terrestre, a través de cientos de millas. En general, las incomodidades de un viaje como el mío no son muy grandes, si el viajero dispone de vigor físico suficiente para soportar las fatigas diarias; lo que constituye un grave inconveniente son las dificultades para mantener la higiene personal. Yo me he sentido, a veces, más que sorprendido al comprobar que algunas personas de familias respetables, rara vez se lavaban la cara ni las manos. En cuanto al baño, es algo casi desconocido y no existe en las casas un cuarto destinado a ese efecto, ni siquiera en las viviendas de familias ricas. Por la mañana, veíame obligado, con cierta vergüenza, a pedir un poco de agua para lavarme. Encontrándome entre gentes pobres, la miseria ha llegado a tal extremo, que me he visto obligado a sacarme la grasa de las manos con el propio cuchillo y a usar pasto, semillas y hasta paja del rancho para completar mi higiene personal. Pero ésta no es una dificultad insuperable; los ingleses podrían salvarla proveyéndose de jabón, que no es caro, seguros de que conseguirán el agua con facilidad.
No aconsejaría yo a una persona de mala dentadura que hiciera un viaje por estas provincias porque, debido a la costumbre de asar la carne apenas muerto el animal, y a que los nativos dejan de lado las partes blandas y gordas de la res, prefiriendo las porciones más duras, los asados resultan a veces incomibles. Y como —136→ la carne asada constituye el único alimento en la campaña, quien no dispone de buenos dientes queda expuesto a sufrir hambre más de una vez, a menos que lleve buena provisión de pan y bizcochos. Yo, que tengo buena dentadura, al cabo de un mes sentía las encías tan irritadas de mascar aquella carne, que no me atrevía a tocar los llamados matambres. Afortunadamente solía conseguir perdices, armadillos o algún cordero tierno; de lo contrario me privaba de comer.
Si no fuera porque el clima es muy benigno, se haría casi imposible pasar una temporada en el interior de esta provincia, debido a las dificultades con que se tropieza para hacer fuego; no hay leña para quemar y el acarreo de cualquier especie de combustible resulta excesivamente caro. Por fortuna, los fríos no duran mucho y son tolerables, aunque la grasa, los huesos y otros sustitutos de la leña y del carbón, resultan, en el mejor de los casos, muy molestos.
Los dueños de pulperías, residentes en lugares apartados de todo centro de población, viven al parecer sin ninguna protección ni garantía en cuanto a sus personas y bienes, siendo de admirar la confianza con que dichos mercaderes sobrellevan una vida de peligros, expuestos a los ataques de merodeadores y ladrones. Se me ha asegurado que no ocurría lo mismo en tiempos anteriores al gobierno de Rosas. Sea como fuere, el sistema implantado por este último -que somete a la pena capital a todos cuantos violan las leyes del país, sin distinción de clases- ha terminado casi por completo con los robos y tropelías27.
—137→Un animal que abunda mucho en la pampa, especialmente en un radio de veinte leguas alrededor de la ciudad, es la vizcacha: tiene la cola larga y peluda y en algo se parece a la ardilla, siendo en tamaño dos veces más grande que el conejo. Sus cuevas, innumerables, obligan al jinete a mantenerse siempre vigilante, porque de lo contrario el caballo podría meter una de las patas en aquellos agujeros. Las vizcachas tienen hábitos gregarios y cavan la tierra en la misma forma que los conejos. Raramente se les ve durante el día, pero al ponerse el sol, salen a comer. Las he podido ver con frecuencia porque son muy mansas y no tienen conciencia del peligro: sentadas sobre las patas traseras, me observaban siempre sin inquietud y acaso con mayor curiosidad que la que yo sentía por ellas. Diríase que se alimentan de hierbas únicamente, porque no tienen a su alcance otra cosa y nunca se alejan mucho de sus cuevas. No he oído decir que sean comestibles, pero se sustentan de cosas limpias y su carne, una vez cocida, es tierna y blanca. Tienen las vizcachas una costumbre muy singular: cuando encuentran cualquier objeto duro en el terreno donde comen, se lo llevan invariablemente a la puerta de sus cuevas, ya se trate de una piedra, de un tallo de cardo o de un hueso. Me sería difícil explicar por qué lo hacen, dado que los referidos residuos quedan a la entrada de las cuevas y no podrían servirles de defensa, en manera alguna. Sin embargo, no dudo de que tal instinto les ha sido dado con alguna finalidad útil.
Hay unos búhos pequeños, de bonito aspecto, que son compañeros inseparables de las vizcachas, durante el día, y especialmente por la tarde, se les ve posados junto a las cuevas; si alguien se les acerca vuelan a —138→ corta distancia en dirección a una madriguera vecina. Tienen estos pájaros la facultad de volver la cabeza completamente, de manera que, si miran hacia atrás, el pico y la cola quedan en una misma línea: el cuello gira como sobre un eje y al parecer miran con la misma facilidad en cualquier dirección28.
Los avestruces abundan mucho, pero son muy asustadizos y veloces; aliméntanse generalmente de hierbas, raíces y otros vegetales: se les atribuye una facultad maravillosa para digerir, que yo no he podido comprobar. La caza del avestruz es deporte muy difundido. Cuando se organiza una cacería, los participantes se disponen en un semicírculo que va cerrándose de más en más, en torno a los animales, hasta una distancia conveniente: entonces les arrojan las boleadoras a las patas haciéndolos caer por el suelo. Los movimientos del avestruz, al iniciar su carrera, son desmañados y torpes; parece que se sirviera de las alas como el hombre de los brazos en las carreras a pie. Dícese que prefiere correr contra el viento, pero no podría yo asegurarlo porque lo he visto siempre huir en distintas direcciones. Estas aves hacen un ruido silbante, de tono profundo que puede oírse desde cierta distancia y, cuando pichones, emiten un silbido largo y muy melancólico. El macho se distingue de la hembra por el tamaño de la cabeza y el color más oscuro. Durante los meses de primavera, el macho tiene bajo su cuidado cierto número de hembras -de cuatro a ocho- que debe defender —139→ a fuerza de coraje para que no se las roben sus rivales. Todas las hembras de una tropa depositan sus huevos en el mismo nido; el número de estos huevos suele oscilar entre veinte y cincuenta. Yo he encontrado hasta cuarenta y cinco, en una sola nidada. El macho se encarga principalmente de la incubación. En cuanto a esos huevos sueltos y abandonados que se encuentran con frecuencia en la pampa, me inclino a creer que son depositados por las hembras que no tienen todavía un nido fijo. Mientras se realiza la incubación, los avestruces dejan algunos huevos fuera del nido y los rompen al nacer los pichones, con objeto de atraer moscas, de las cuales se alimentan aquéllos durante los primeros días.
Por lo que hace a reptiles venenosos, me he informado suficientemente y creo que la provincia de Buenos Aires se halla, comparativamente, libre de ellos, por lo menos en la parte sur. Hay culebras, es verdad, pero de ordinario su mordedura produce solamente una inflamación muy aguda. La araña negra, por el contrario, es en extremo venenosa y su picadura puede ser fatal si no se pone el cuidado necesario. Es peligroso también el escuerzo, especie de sapo venenoso que, mordiendo, puede ocasionar la muerte si no se aplica un antídoto de inmediato. El bicho colorado es un diminuto insecto rojo, apenas visible, pero terriblemente molesto: se reproduce entre el pasto, durante el verano, y penetra en la piel de las personas irritándola y produciendo una inflamación muy desagradable. Las mujeres suelen ser víctimas de sus picaduras cuando caminan por el campo. Hay, además, otros insectos que producen diversas inflamaciones, pero sin mayores consecuencias.
—140→En rigor, puede decirse que no existe motivo de alarma para el extranjero en cuanto a los animales venenosos que se encuentran aquí. Conozco un médico de larga práctica, por quien he sabido que, en los últimos siete años, no ha tenido un solo caso de peligro, por picaduras de insectos o reptiles, en esta provincia.
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Buenos Aires a la distancia. - El desembarco. - La muralla. -Aspecto de la ciudad. - La plaza de la Victoria. - Las iglesias. - Las residencias particulares. - El arreglo y el moblaje de las casas. - El mercado: precio de los comestibles. - El nivel de vida. - La Alameda o paseo de la ciudad. - Las carretas de bueyes y los carreteros. - El parque de recreos del Sr. Hickman. - La residencia del general Rosas. - El Retiro. - El cementerio protestante. - Vistas panorámicas. - La iglesia de la Recoleta, el convento y el cementerio. - Las ceremonias fúnebres y el entierro de los pobres. - El baño con faroles.
La ciudad de Buenos Aires, vista desde la rada exterior y a una distancia de siete millas de la costa, ofrece un panorama hermoso y atrayente, pero...
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«’Tis distance lends enchantment to the view»29. |
El asiento es algo elevado y la ciudad destaca sobre las costas bajas y monótonas del río, cuyas aguas barrosas descienden hasta perderse en el mar. El viajero que ha navegado, aguas arriba, unas ciento veinte millas en el Río de la Plata, se siente cautivado por los graciosos perfiles de las torres y cúpulas de las iglesias; la mirada se posa sobre el blanco domo de la catedral que resalta entre la niebla de la mañana y resplandece a los primeros rayos del sol.
—142→Al acercarnos al puerto, que ha sido centro comercial por espacio de más de tres siglos y es ahora la entrada de un país tan extenso como los Estados Unidos, esperamos encontrarnos con diques, muelles y arsenales en plena actividad, pero no es así; las arenas y las rocas de la costa, el suelo y el agua se presentan tales como los formó la naturaleza, porque el hombre no ha hecho nada, hasta ahora, para mejorar el puerto. Los pasajeros se ven obligados a desembarcar en botes que no pueden llegar hasta la orilla, y, de los botes, pasan a unos carros de grandes ruedas que les conducen a tierra. Sin embargo, el general Rosas, a principios de 1847, ha iniciado la construcción de una muralla que deberá extenderse desde el Fuerte hacia el lado norte, en todo el largo de la ciudad. Esta obra, una vez terminada, formará una explanada magnífica sobre uno de los más bellos ríos del mundo. También forma parte del proyecto la construcción de un desembarcadero para pasajeros. Trátase de una empresa gigantesca y cuando pasen las guerras civiles y se olviden las querellas de partido, quedará ese monumento como testimonio de los afanes de su fundador por el progreso de la ciudad.
El aspecto de Buenos Aires, para quien desembarca en la ciudad, no tiene nada de simpático: las casas, de una sola planta, aparecen sucias, ruinosas, y se pregunta uno si pueden estar habitadas en tales condiciones. El comercio y los negocios dan pocas señales de existencia: no se siente el bullicio de las grandes ciudades y predomina más esa quietud propia de los pueblos rurales en Inglaterra. Las calles se cruzan en ángulo recto, a distancias iguales, y el plano de la ciudad puede compararse a un tablero de ajedrez. El ancho de las calles permite fácilmente el paso de dos carros, pero —143→ las veredas son estrechas e incómodas. Algunas calles principales tienen pavimento y se mantienen muy limpias, pero otras, menos frecuentadas, se hallan en tal estado de abandono que se hace imposible cruzarlas: hay en ellas numerosos pantanos que ofrecen peligro por su profundidad, a punto de que es indispensable tener un conocimiento previo de las condiciones en que se encuentran. Existen algunas plazas muy espaciosas que no tienen nada de particular, aparte su amplitud. La más hermosa es la plaza Victoria, que ofrece algunos detalles de interés: Hacia los lados Este y Sur, se levantan bonitas recovas embaldosadas en su mayor parte con piezas de mármol blanco y negro, en forma de losanges: bajo los soportales se abren tiendas arregladas con buen gusto. El lado Oeste de la plaza está ocupado por el Cabildo o Municipalidad y algunas oficinas del Departamento de Policía. En la parte Norte se levanta la catedral, con su fachada de estilo griego no terminada aún.
Los únicos edificios públicos dignos de atención, son las iglesias, construidas sobre planos de grandes proporciones, pero su aspecto exterior denota un completo abandono que contrasta con la suntuosidad, la magnificencia y la solidez de los interiores. Muchos signos de decadencia pueden advertirse ya, pero el extranjero se hace todavía una idea muy alta de la pasada grandeza de esta capital sudamericana que -como decía Lord Byron de Venecia- «muere diariamente».
Algunas residencias de familias pertenecientes a las clases superiores son realmente hermosas como edificios, aunque el efecto que producen pierde mucho debido a la estrechez de las calles. Por lo general, dichas casas pueden considerarse dobles por su disposición: —144→ tienen sobre la calle una ancha y maciza puerta que conduce a un patio abierto, encuadrado por los departamentos principales; un zaguán espacioso une este patio con un segundo, destinado a los cuartos de dormir; más adentro se abre otro donde están las cocinas y cuartos de servicio. Estos patios se hallan adornados generalmente con plantas y flores escogidas; a veces un árbol de naranjo ocupa el centro y suele hallarse cubierto todo el patio por una frondosa parra, de la que cuelgan racimos purpúreos. Los techos planos llamados azoteas constituyen un delicioso retiro en las tardes de verano cuando los cuartos interiores se ponen sofocantes a causa del excesivo calor. En las construcciones de estos edificios no se ha tenido, sin embargo, la precaución de disponer un pasaje cubierto que pueda llevar directamente desde la parte delantera a cualquiera de los departamentos interiores, y así, para pasar desde la sala a la cocina, o a una cualquiera de las piezas, es necesario atravesar todos los cuartos intermedios o bien cruzar los patios abiertos. Este defecto constituye una verdadera incomodidad para la vivienda.
Las familias de elevado rango social, gustan mantener sus casas con lujo y esplendor, lo que se pone de manifiesto en los costosos y elegantes mobiliarios. Se preocupan también por adoptar todos los adelantos de la época. El gusto de las señoras y señoritas se echa de ver en el arreglo de sus dormitorios, que sirven también de tocadores: el lecho se adorna con las más ricas colgaduras; las sobrecamas son de seda de damasco carmesí, con largos flecos; las almohadas y cojines ostentan los mejores rasos, guarnecidos con bordados de blonda.
El cuadro más animado y bullicioso que pueda verse en la ciudad, es el del mercado, que ocupa un gran —145→ espacio cuadrangular con pequeños cobertizos colocados a igual distancia uno de otro. Allí se instalan los carniceros y vendedores de frutas y verduras. Este mercado produce en el extranjero que lo ve por primera vez, una gran impresión de sorpresa: la variedad de tipos y trajes, entre los que figuran specimen de casi todas las razas y países, así como la Babel de lenguas de todas las naciones, confunde al espectador, a un punto difícil de explicar. Ninguna ciudad del mundo -con seguridad- puede ostentar tan abigarrado concurso de gentes: es tan grande la variedad de los rostros, que acaba uno por dudar de que la especie humana proceda de un tronco común. La tez olivácea del español, el cutis cetrino del francés y el rojizo del inglés, alternan con fisonomías indias, tártaras, judías y negras; mujeres blancas como el lirio y de radiante belleza forman contraste con otras, negras como la noche, mientras el porte y la indumentaria de las diferentes clases sociales contribuye no menos al desconcierto. Unas grandes y pesadas carretas de bueyes llegan trayendo el pescado, del que hay una gran variedad: algunos son exquisitos y en general muy baratos. Un pescado de primera calidad, suficiente para alimentar una familia, puede adquirirse a seis peniques porque todos los que no han sido vendidos a una hora determinada deben removerse, y, con alguna frecuencia, se arrojan pescados en gran cantidad como desperdicios. Tropas de pavos, patos, pollos y gansos aumentan la algarabía, las aves muertas, entre ellas las perdices, se alinean en montones. También pueden hallarse en abundancia todas las legumbres de una huerta inglesa, con la adición de batatas y calabazas. Los melones y otras frutas se exhiben en el suelo, mientras las más delicadas, como los —146→ duraznos, las uvas y los higos, se colocan sobre mesas o banquetas. El aspecto de la carne no es agradable, porque la traen directamente del campo del matadero y aparece muy negra y sucia. Véndese por trozos y no por libras. Algunos carniceros proveen diariamente a las familias de la ciudad mediante una cantidad fija, que se paga por mes. En cuanto al cálculo de los precios en libras esterlinas, se hace difícil establecerlo porque el cambio varía mucho, pero los carniceros están obligados por ley, a vender la carne al precio de tres pesos (más o menos tres peniques) la arroba -equivalente a veinticinco libras- si bien es cierto que para evitar disputas relativas a la calidad, se pagan comúnmente algunos pesos más. Las legumbres, debido a la escasez de población suburbana, son más caras que en Londres. Una libra, de manteca cuesta, por lo general, en la ciudad, lo que una oveja en el campo; en algunas ocasiones la manteca ha alcanzado el precio de cinco chelines la libra.
La vida es muy cara en Buenos Aires: los alquileres altísimos, y los sirvientes -aunque ingobernables- ganan muy buenos sueldos. Hay muchos hoteles y casas de huéspedes, varios pertenecientes a ingleses y norteamericanos.
Los alrededores de una gran ciudad constituyen un índice bastante exacto de lo que es la ciudad misma, algo así como una introducción o prólogo de lo que puede encontrarse en ella. Si los caminos o localidades suburbanos son antros de ignorancia, crímenes y vicios, generalmente es porque la ciudad los ha hecho así, y, por el contrario, si son limpios, laboriosos, alegres y bien administrados, se debe a la inteligencia y energía de sus convecinos.
—147→Un paseo por los arrabales de Buenos Aires podrá darnos una idea de lo que es la ciudad misma.
Si bajamos por una de las calles en pendiente, caemos en la Alameda, el paseo público de la ciudad, cuyas obras de prolongación están ejecutándose. A la sombra de una fila de árboles, puede verse a centenares de argentinos y extranjeros que frecuentan este grato retiro y cambian saludos comentando las últimas noticias y los chismes del día. Cantidad de jinetes de ambos sexos llenan el extremo norte de la Alameda, allí donde ésta se ensancha hasta la costa del río. Los coches que se ven son, comparativamente, pocos.
Las lavanderas extienden las ropas blancas sobre el pasto verde de la orilla y el color de las ropas contrasta con el de las mujeres, que son, casi todas, negras. Pasando la casa del Resguardo -donde hace de centinela un negro descalzo y mal vestido- llégase a una batería de diez cañones de bronce bien montados y acondicionados, pero sin ningún muro o foso de protección, de suerte que, siendo el terreno muy inconsistente, están expuestos a desaparecer en algún día de fuerte viento y alta marea.
En aquel punto se ofrece un vasto y sorprendente panorama: hacia un lado el río, hacia el otro una graciosa barranca arbolada que, por alguna distancia, forma una alta plataforma natural sobre la que se levantan elegantes residencias, ocupadas, casi todas, por extranjeros. La iglesia y el cementerio de la Recoleta destacan desde su eminente posición y sólo se requieren algunos árboles más para dar mayor atractivo al paisaje.
En este lugar, la costa forma un extenso campo cubierto de pasto verde y corto, que sirve de punto de reunión a las carretas de bueyes que vienen del interior: —148→ tuve ocasión de ver una tropa de veinte carretas, recién llegadas del norte del país después de un viaje de mil millas; los bueyes, desuncidos, erraban por los alrededores; algunos pacían, otros descansaban echados en el suelo; uno o dos parecían morir de hambre y de fatiga. Cuando mueren, les sacan el cuero y dejan los restos abandonados para servir de alimento a los perros; luego esas osamentas molestan mucho, por el olor que despiden y porque resultan peligrosas para las personas que andan a caballo durante la noche.
El aspecto fiero y salvaje de los carreteros despierta cierta aprensión; sus maneras tampoco inspiran ninguna confianza; reciben siempre al extranjero con calculada frialdad, según costumbre general en ellos. Para sus estrechas inteligencias, las preguntas del europeo resultan incomprensibles y se muestran suspicaces y desconfiados cuando se trata de hacerles entrar en conversación. En la preparación de la cocina usan los métodos simples de los gitanos y otras tribus nómadas: valiéndose de un yesquero encienden fuego con algunos palos y asan la carne a la manera común.
Forma contraste con estos grupos de árabes sudamericanos, el campo de recreo que ha sido inaugurado hace poco por Mr. Hickman. Entre este campo de espectáculos y la ciudad, se ha establecido un servicio de carruajes con horario fijo.
Cerca de su entrada veíanse grupos familiares a la sombra de los árboles; algunas personas paseaban, otras merendaban con frutas y refrescos; había también reuniones en que se danzaba al son de la guitarra. Subiendo un ancho camino, hacia la parte alta, dominábase el puerto y aparecían en todas direcciones árboles —149→ cargados de frutos: durazneros, higueras, granados, limoneros y naranjos.
Me indicaron la residencia particular del general Rosas. Yo la suponía rodeada de bosques, de praderas y otras dependencias propias de las casas de campo; pero su aspecto era el de un espacio llano con algunas plantaciones nuevas en la orilla del río: vi, en primer plano, un conjunto de ranchos rústicos, plantaciones de cañas y un terreno baldío donde crecían cardos gigantes. Se estaban haciendo algunos arreglos, entre ellos unos plantíos, pero la tierra es tan baja, que difícilmente podrá darse al paisaje cierto carácter pintoresco. Algunos avestruces domésticos y unas llamas caminaban por un terreno frente a la casa; entre los árboles volaban pájaros de hermoso y variado plumaje; los terus, gavilanes y otras aves de presa, llenaban el aire con sus gritos estridentes.
Bajando por la calle del Perú -calle bien pavimentada y donde están las casas de las familias pudientes- se llega al Retiro. Este sitio comprende una gran plaza, limitada hacia el río por un amplio edificio, hoy destinado a cuartel y que antiguamente ha sido plaza de toros. Esta diversión, muy del gusto de la aristocracia española, ha sido suprimida en Buenos Aires. Un poco más allá del Retiro está el antiguo cementerio protestante, primer sitio en que fueron inhumados los individuos del credo reformado; se construyó en 1821 y costó ochocientas libras esterlinas, suscriptas por los residentes extranjeros de dicho culto. Antes de 1821, los cementerios públicos estaban cerrados para los cismáticos. Estos eran enterrados junto al camino alto que conduce al río, desde Retiro, a menos que se dispusiera de alguna influencia -que no —150→ excluía el soborno- para que el cadáver tuviera acceso al cementerio católico.
Pasando el cementerio, disfrútase de una vista muy amena, a la que contribuyen los naranjales y limoneros cargados de frutas doradas que destacan al sol entre el verde oscuro del follaje. El cuadro presenta los más raros contrastes: aquí un terreno bien cultivado, más allá una tierra abandonada y baldía; villas y jardines que denotan riqueza y buen gusto alternan con miserables ranchos de barro; por momentos sopla una brisa saturada de perfumes y de pronto las emanaciones de un animal muerto ofenden el olfato. Estas incongruencias son comunes a todos los suburbios; es deplorable el abandono y la suciedad, chocantes a los sentidos, que se advierten por doquiera. Hasta no hace mucho tiempo, las familias más pudientes y respetables habitaban los alrededores de la ciudad, pero al presente, sus villas y campos de recreo amenazan ruina. Suele todavía encontrarse alguna residencia con aspecto de elegancia y comfort, pero siempre es propiedad de algún extranjero. A juzgar por lo visto, diríase que los habitantes de los suburbios han abandonado dichos barrios, de común acuerdo.
El único cementerio público de la ciudad es el llamado La Recoleta, se halla situado en un hermoso paraje, sobre una barranca del río bastante elevada. La iglesia se ha construido de acuerdo a una escala de grandes proporciones, pero, como ocurre en la mayoría de los edificios públicos en el país, anuncia ya una completa ruina. El exterior presenta un aspecto lamentable, aunque el interior del templo se halla bien conservado. Los Recoletos forman una rama de la orden —151→ franciscana y se dedican a confesar a los moribundos y enterrar a los muertos.
Teniendo en cuenta la pobreza del país, el general Rosas dictó un decreto por el que se prohíbe que figuren más de dos coches de duelo en los acompañamientos fúnebres. Esto llevó a la abolición general del luto, que fue sustituido por una cinta de crespón o un brazalete negro, según el sexo. Para ello se dio como pretexto que los vestidos de luto estaban -por su precio- fuera del alcance de la población.
Llegado el coche fúnebre a la puerta del cementerio, llevan el ataúd a una pequeña capilla y encienden cirios sobre un modesto altar; un fraile celebra una misa por el alma del difunto y depositan luego el cadáver en la tumba. En el cementerio pueden verse los nombres de muchos muertos ilustres: patriotas, poetas y guerreros; el recinto está entrecortado por avenidas en que alternan limoneros, naranjos y cipreses.
Hallábame contemplando la escena, cuando llegó un carro que se acercó con alguna rapidez, tirado por una mula; en el carro había dos ataúdes sin tapas, con sendos cadáveres envueltos en vestidos de lana muy andrajosos. Nadie los esperaba en el cementerio -cosa natural tratándose de gentes pobres -y los sepultureros -un negro y un mulato- sacaron de los carros los cajones sin ninguna ceremonia, los colocaron sobre unas angarillas y echaron a caminar entre las tumbas. Deseoso de ver cómo enterraban a los pobres caminé en la misma dirección y encontré a los sepultureros de vuelta, con los ataúdes vacíos. Seguí entonces al extremo del cementerio, hasta un terreno donde crecían hierbas y ortigas en libertad: los cadáveres, apenas cubiertos con sus vestidos de lana, habían sido —152→ arrojados a un ancho foso que se mantiene siempre abierto, y dejados allí sin ninguna ceremonia religiosa.
Una tarde que me paseaba por la Alameda, al anochecer, advertí que la playa tomaba un aspecto fantástico. Era debido a las luces distintas emitidas por innúmeros faroles de que se sirven los bañistas. El cuadro resultaba muy característico: aquí un grupo familiar se desvestía para ponerse las ropas de baño; más allá otro grupo, que salía del agua, se ocupaba en buscar sus prendas de vestir entre las rocas o sobre la playa de arena. Cientos de personas de todas clases y edades se bañaban: hombres, mujeres y niños aparecían mezclados en gran regocijo y la superficie se agitaba con aquella multitud de bañistas que ponían una nota de alegría. En todos se observaba, sin embargo, el mayor decoro. Me senté bajo un árbol para disfrutar de la brisa nocturna al claro de luna; los bañistas que volvían a la ciudad pasaban junto a mí; las mujeres llevaban amplios vestidos y los cabellos sueltos cayendo sobre las espaldas, «their long locks, black as the raven’s wing floating in the gentle breeze». (Las largas guedejas, negras como ala de cuervo, flotando al suave soplo de la brisa).
—153→
El autor aludido públicamente. - Figura física, carácter y hábitos del general Rosas. - Una entrevista con él y con su hija Manuelita. - Arrieros y carreteros. - La villa de Luján y su iglesia. - Imagen de la virgen y consagración del templo. - La villa de Areco y el río Arrecifes. - Llanuras y cardos gigantes. - San Nicolás de los Arroyos. - Aversión de los nativos por las tareas fluviales. - Comercio y población. - Un vasto territorio inexplorado. - Destacamento militar. - La estancia del señor Armstrong. -Cultivo del lino. - Los soldados y sus mujeres. - Los fortines y los saqueos de los indios. - Rosario: su población e industria. - Molino primitivo. - El convento franciscano de San Lorenzo: la hospitalidad de los frailes. - Costumbres primitivas de una familia criolla. - Cortesías en un rancho. - Redecillas de tela de araña. - Insecto fosforescente. - Una llanura montuosa.
Volví a Buenos Aires, después de mi primer viaje, precisamente cuando el Lord Howden, embajador británico, había llegado de Inglaterra para ofrecer términos de avenencia con el gobierno30. Infortunadamente su misión fracasó, y después de una corta residencia en Buenos Aires, se hizo a la vela para Río de Janeiro. A su partida, la opinión pública se hallaba muy agitada y se hacían conjeturas sobre las probables causas y consecuencias de esa actitud. En tales momentos, una sombra cualquiera se miraba como una realidad y de una cuestión insignificante se hacia una montaña. Ocurrió así que, en el debate de la Sala de Representantes, —154→ uno de los oradores habló de mi viaje como de una empresa organizada por el gobierno inglés para recoger informaciones que pudiera servir al Lord Howden. Este rumor, tan infundado como ridículo, me molestó mucho y me hizo temer por la suerte de mi proyectado viaje al norte, porque es de saber que el discurso del sabio representante, apareció en la Gaceta. En suma, vine a ser mirado como una especie de espía y en tales condiciones no consideré prudente aventurarme hasta las provincias lejanas.
Estaba a punto de abandonar mi acariciado proyecto, cuando el general Rosas, sabedor del trance en que me encontraba, me invitó a visitarlo en su quinta. Como esta inesperada deferencia me habría la posibilidad de proseguir mi viaje con seguridad, acepté muy complacido la invitación.
De entonces acá, la fortuna ha vuelto la espalda a Rosas, pero esto no es razón para que yo modifique las notas que entonces escribí sobre el hombre que ha gobernado por tanto tiempo como Dictador en la República Argentina. No tengo por qué acusar ni tampoco defender al general Rosas, pero desde que éste cayó del poder, siento la obligación de registrar las opiniones que entonces formé y he conservado hasta ahora, con toda conciencia, sobre su carácter y sus actos de gobernante.
Hago esto confiadamente, porque tengo la seguridad de que los hechos que están ahora ocurriendo en la República Argentina harán nueva luz sobre el gobierno de Rosas, a quien solamente pueden juzgar aquellos que conocen el país y el pueblo que gobernó31.
—155→Cuando me presenté de visita en su residencia, encontré reunidas, bajo las galerías y en los jardines, a muchas personas de ambos sexos que esperaban despachar sus asuntos. Para todo aquel que deseaba llegar hasta el general Rosas en carácter extraoficial, la hija del Dictador, doña Manuelita, era el intermediario obligado. Los asuntos personales de importancia, confiscaciones de bienes, destierros y hasta condenas a muerte, se ponían en sus manos como postrer esperanza de los caídos en desgracia. Por su excelente disposición y su influencia benigna para con su padre, Doña Manuelita era para Rosas, en cierto sentido, lo que la emperatriz Josefina fue para Napoleón.
En la casa del general Rosas se conservaban algunos resabios de usos y costumbres mediavales. La comida se servía diariamente para todos los que quisieran participar de ella, fueran visitantes o personas extrañas; todos eran bienvenidos. La hija de Rosas presidía la mesa y dos o tres bufones (uno de ellos norteamericano), divertían a los huéspedes con sus chistes y agudezas. El general Rosas raramente concurría; cuando aparecía por allí, su presencia era señal de alegría y regocijo general. En esos momentos se mostraba despreocupado por las cuestiones de gobierno, pero no participaba de la mesa porque hacía una sola comida diaria. La vida de Rosas era de interrumpida labor: personalmente despachaba las cuestiones de Estado más nimias y no dejaba ningún asunto a la resolución de los demás si podía resolverlo por sí mismo. Pasaba, de ordinario, las noches sentado a su mesa de trabajo; a la madrugada hacía una ligera refacción y se retiraba a descansar. Me dijo una vez doña Manuelita que sus preocupaciones más amargas, provenían del —156→ temor de que su padre se acortara la vida por su extremosa contracción a los negocios públicos.
Desciende el general Rosas de una antigua familia española; su padre era coronel de ejército y él mismo desde temprana edad se sintió inclinado a la milicia. Su natural chocarrero e inclinado a las bromas pesadas y chascos, contribuyó a darle popularidad entre la soldadesca y su influencia personal sobre las milicias se hizo entonces muy considerable, aunque no era más que un subalterno. Como hacendado supo ganarse las voluntades del paisanaje y aventajaba a todos los gauchos en alardes de prontitud y destreza, en domar potros salvajes y en tirar el lazo, acreditándose también como un excelente administrador de estancias. Durante toda su carrera se hizo notar siempre por sus cualidades de administrador y su arte especial para captarse las simpatías de los que lo rodeaban, hasta obtener su confianza, así como la segura obediencia de todos aquellos que servían bajo sus órdenes.
Mi primera entrevista con el general Rosas tuvo lugar en una de las avenidas de su parque, donde, a la sombra de los sauces, discurrimos por algunas horas. Al anochecer me llevo bajo un emparrado y allí volvió sobre el interminable tema político. Vestía en esta ocasión una chaqueta de marino, pantalones azules y gorra; llevaba en la mano una larga vara torcida. Su rostro hermoso y rosado, su aspecto macizo (es de temperamento sanguíneo), le daban el aspecto de un gentilhombre de la campaña inglesa. Tiene cinco pies y tres pulgadas de estatura y cincuenta y nueve años de edad. Refiriéndose al lema que llevan todos los ciudadanos: «¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes unitarios!», me dijo que lo había adoptado contra —157→ el parecer de los hombres de alta posición social pero que en momentos de excitación popular había servido para economizar muchas vidas; que era un testimonio de confraternidad, y como para afirmarlo, me dio un violento abrazo. La palabra «mueran» expresaba el deseo de que los unitarios fueron destruidos como partido político de oposición al gobierno. Era verdad que muchos unitarios habían sido ejecutados, pero solamente porque veinte gotas de sangre, derramadas a tiempo, evitaban el derramamiento de veinte mil. No deseaba, dijo, ser considerado un santo, ni tampoco que se hablara mal de él, ni buscaba ninguna clase de alabanzas.
Aludiendo a mis propósitos de viajar a través de las provincias y juzgar por mí mismo del estado del país, expresó que, todo lo que él deseaba y lo que deseaba el país entero, era que se hablara con positiva verdad, no era él hombre de secretos, hablada a la faz del mundo, y aquí se irguió con orgullo, echó la gorra hacia atrás y levantó la frente como diciendo: «Yo desafío al mundo todo»...
Volviendo a la intervención del Lord Howden, Rosas se mostró asombrado de que Inglaterra hubiera olvidado a tal punto su propio interés para darse la mano con Francia en una cruzada contra la República Argentina, enajenándose las simpatías del pueblo, que siempre fueron mayores por los ingleses que por los franceses. Me hizo presente que el reconocimiento de la independencia de la República por la Gran Bretaña, quince años antes de que lo hiciera Francia, había despertado en el pueblo argentino sentimientos de gratitud hacia Inglaterra, y observó que el carácter de los ingleses era más abierto y sus costumbres más morales que las de los franceses. Luego se extendió sobre las —158→ ventajas que ofrecía el país para la emigración de todo el excedente de población de Gran Bretaña, y habló de la inmejorable situación en que colocaba a los emigrantes el tratado de 1825, por el cual, en realidad, gozaban de mayores ventajas que los nativos.
Al referirse a la Misión de Mr. Hood, advirtió que el gabinete de Londres decía «no abrigar ningún interés ni propósito egoísta», no obstante lo cual los franceses habían omitido la palabra «egoísta» y él consideraba esto muy significativo porque Francia tenía designios ulteriores en favor de ciertos miembros de su real familia, con relación a estos países. Todo lo que estas repúblicas necesitan -prosiguió- es intercambio comercial con alguna nación fuerte y poderosa, como Gran Bretaña, que, en recompensa de los beneficios comerciales, podría beneficiarlos con su influencia moral. Sólo esto querían, y nada más. No deseaban nada que oliera a protectorado, ni afectara en lo más mínimo su libertad e independencia nacional, de las que eran muy celosas y no renunciarían un solo átomo. Este sentimiento lo exteriorizó vigorosamente en su lenguaje y ademanes. Al terminar la frase apretó el dedo pulgar de la mano derecha contra el dedo indice, como si tomara un pelo entre las uñas, y como diciendo: «No, ni tanto como esto».
Como siguiéramos caminando por el parque, levanté la vista y observó las refacciones de albañilería que se hacían ante nosotros. - Alguien podría preguntar -me dijo- porqué se edificó esta casa en estos lugares. Él la había edificado con el propósito de vencer dos grandes obstáculos; ese edificio empezó a construirse durante el bloqueo francés: como el pueblo se encontraba en gran agitación, había querido calmar los —159→ ánimos con una demostración de confianza en un porvenir seguro. Erigiendo su casa en un sitio poco favorable, quería también dar a sus conciudadanos un ejemplo de lo que podía hacerse cuando se trataba de vencer obstáculos y se tenía la voluntad de vencerlos.
Había notado mi desconfianza en punto a la seguridad personal de que podría gozar en mi proyectado viaje al norte; reconoció que era muy natural, puesto que me aprestaba a visitar regiones que los ingleses habían asolado y donde sin duda existiría alguna indignación contra los extranjeros, pero me dio la seguridad de que ninguno de ellos sería insultado ni molestado, porque el gobierno había impartido órdenes estrictas a ese respecto. Refiriéndose a los representantes que miraron con desconfianza mis investigaciones, me dijo que él, en cierto sentido, se alegraba de lo ocurrido porque eso probaba que los miembros de la Sala tenían el coraje de decir lo que pensaban, siempre que no hicieran ataques de carácter personal. Se extendió en largos comentarios a este propósito refiriéndolo a las especies corrientes de que no había libertad de palabra en la Sala de Representantes. -Y por otra parte -agregó riendo-, si uno o dos diputados han hablado contra usted y los demás no lo han hecho, quiere decir que usted tiene mayoría en su favor.
Si, con todo, yo me encontraba decidido a dar un galope a través del país, de unas mil o dos mil millas -lo cual, ni me lo aconsejaba ni me lo desaconsejaba- me ofrecía todas las facilidades que yo quisiera y con ello cumplía un acto de justicia corriente, porque había dado facilidades semejantes a otros individuos.
El trato del general Rosas era tan llano y familiar, que muy luego el visitante se sentía enteramente —160→ cómodo frente a él; la facilidad y tacto con que trataba los diversos asuntos, ganaban insensiblemente la confianza de su interlocutor. El extranjero más prevenido, después de apartarse de su presencia, sentía que las maneras de ese hombre eran espontáneas y agradables. Me relató varios episodios de su vida juvenil; me dijo que su educación había costado a sus padres unos cien pesos, porque solamente fue a la escuela por espacio de un año. Su maestro solía decirle: -Don Juan, usted no debe hacerse mala sangre por cosas de libros; aprenda a escribir con buena letra, su vida va a pasar en una estancia, no se preocupe mucho por aprender.
La hija de Rosas, que posee grandes atractivos, dispone de muchos recursos para cautivar a sus visitantes y ganar su confianza.
En una de mis visitas a la casa, como su padre se encontraba ocupado, montó en seguida a caballo, y juntos nos echamos a galopar a través del bosque. Es una excelente amazona y me dejaba atrás con tanta frecuencia, que hasta se me hacía imposible espantarle los mosquitos del cuello y brazos, como me lo ordenaba la cortesanía. Ya anochecido, se nos reunió Rosas y continuó hablando de política hasta la media noche. Mientras nos paseábamos por los corredores del patio, doña Manuelita vino corriendo hacia su padre y rodeándole el cuello con sus brazos, lo reconvino cariñosamente por haberla dejado sola y por quedarse hasta esas horas en el frío de la noche. Llamaron entonces a un empleado de la casa para que me hiciera compañía hasta la ciudad, y antes de que yo montara a caballo, doña Manuelita corrió a buscar una capa de su padre insistiendo luego en que me la pusiera para abrigarme, porque amenazaba un viento pampero.
—161→Consigno ahora estos rasgos de carácter con Mucha complacencia -y sin darles más importancia de la que tienen- en la esperanza de que puedan contribuir a disipar en algo la espesa nube de prejuicios que oscurece la reputación del general Rosas y de su hija, en la adversidad.
Asegurado así contra cualquier injuria o molestia de que hubiera podido ser víctima, hice mis preparativos para el viaje al norte. Esta vez no me ocupé de procurarme una tropilla de caballos y preferí servirme de las postas, donde proporcionan caballos y postillones. El postillón es un guía montado que se encarga de las cabalgaduras y de la conducción del equipaje de los viajeros.
Una vez que salimos de Buenos Aires, por el camino del norte (iba yo acompañado por mi amigo Mr. William Barton), pasamos por entre campos abiertos, sembrados de maíz y trigo32. Las yuntas de bueyes que con frecuencia encontrábamos arando la tierra, los ganados y los rebaños de ovejas que se presentaban a nuestra vista comiendo entre abundantes pastizales, ofrecían una demostración muy halagüeña de la industria pastoril y agrícola en esta región. Las praderas semejaban tapices ricamente bordados: flores estivales de infinita variedad pintaban el campo con los más variados colores y perfumaban el aire. Pero, muy luego, en contraste con ese cuadro, se ofreció ante nosotros una vasta extensión cubierta de plantas de nabo y cardos gigantes.
Poco tardamos en llegar al pueblito de Morón, que tiene una pequeña iglesia; a eso de mediodía nos detuvimos —162→ en la casa de la posta. Allí nos ofrecieron, como único almuerzo, huevos duros y algunos tragos de agua.
Por la tarde -habiendo reanudado el camino-, dejamos atrás una arria de mulas que marchaba de regreso a su provincia, distante seiscientas millas. Es costumbre entre los arrieros, llegada la noche, descargar las bestias y con la misma carga formar un ancho circulo dentro del cual pastan en libertad los animales. Encienden un gran fuego, sobre el que asan la carne, y duermen alrededor del fogón. Apenas habíamos pasado esta arria de mulas cuando encontramos un convoy de carretas de bueyes que se había detenido para hacer noche; uno de los carreteros estaba degollando un animal para la cena, mientras los otros desuncían los bueyes y los dejaban comer libremente.
Poco después de entrado el sol, llegamos a la villa de Luján. En la mañana siguiente visité la iglesia. El párroco estaba celebrando la misa, y asistían algunas mujeres, arrieros y carreteros. En esta iglesia se guarda la venerada imagen, sobre la que se cuenta la siguiente tradición: Llevaban en cierta oportunidad, de Buenos Aires a Chile, por el camino a través del país, dos imágenes en talla de la virgen, cuando, de pronto, el carro donde viajaba una de ellas, empezó a encontrar obstáculos en el camino y al fin se rompió en las proximidades del río Luján. Este accidente fue considerado milagroso, creyéndose que la virgen se rehusaba a cruzar la corriente. Entonces resolvieron erigir una iglesia en las márgenes del arroyo. Más tarde se levantó un magnífico edificio, consagrado a la misma devoción, que costó setenta mil pesos plata y empezaron a llegar las ofrendas, procedentes de todo el país. —163→ Estas ofrendas consisten en objetos de oro y plata, y simulan brazos, manos y otros miembros, emblemas de los beneficios que los creyentes han creído alcanzar con sus votos. La imagen se encuentra en el centro del altar mayor, mirando hacia la nave de la iglesia, pero cuando se trata de presentarle una ofrenda, el sacerdote la hace girar hacia el camarín. Llaman así a una capillita colocada tras del altar, donde la virgen puede ver a los donantes y sus ofrendas. Los ex-votos de las gentes pobres consisten generalmente en cirios que se encienden en honor de la imagen. Además, cuarenta a cincuenta capellanías están vinculadas al santuario y los ingresos provenientes de donaciones pías, superan a los de la Catedral de Buenos Aires.
Después del almuerzo montamos a caballo, y, habiendo cruzado un rústico puente de madera tendido sobre el río, echamos a andar campo afuera. Por la tarde nuestro postillón que, según pudimos luego comprobarlo, ignoraba la verdadera ruta, se detuvo ante una casa de agradable aspecto, diciéndonos que habíamos llegado a la posta. Los dueños de casa nos sacaron del error, haciéndonos ver que estábamos equivocados, pero al mismo tiempo nos invitaron bondadosamente a desmontar y a participar de un asado. El patrón nos ofreció también caballos de refresco; se mostró muy orgulloso de sus cabalgaduras y para probarnos su buena condición ordenó al menor de sus hijos que viniera con nosotros como guía, conduciéndonos a buen paso. Fiel a sus instrucciones, el pequeño nos acompañó precediendo la marcha con tanta rapidez como si fuéramos en una partida de caza. Así atravesamos praderas de muy buenos pastos y espesos cardales donde pacían tropas de ganado y rebaños de ovejas. En esta —164→ forma llegamos al pueblo de Areco, distante siete leguas, haciendo el recorrido en menos de una hora y media.
Areco es un villorrio en decadencia, que tiene también una iglesia. El número de casas abandonadas y de cercos derruidos, demuestra que ha sido en otro tiempo una población próspera. Aquí estuvieron como prisioneros, el general Beresford y los oficiales de su estado mayor.
Después que salimos del pueblo, cruzamos el río, que es vadeable en esta época del año. En otras estaciones, los viajeros deben pasarlo sobre una balsa, haciendo nadar a los caballos. A mediodía nos acercamos a la casa de una familia acomodada y laboriosa. El propietario nos invitó a comer y a dormir la siesta, instándonos para que retardáramos la partida hasta la entrada del sol. En estas regiones, durante los meses de verano y en las horas cálidas del día, todo el mundo tiene el hábito de dormir la siesta. Nosotros aceptamos complacidos la invitación, y bien repuestos después de la abundante comida y el buen sueño, proseguimos nuestro viaje con el aire agradable del anochecer.
A la sobretarde, cruzamos en balsa el río Arrecifes, con los caballos a nado. Este río es correntoso y profundo, pero estrecho, y dada la naturaleza de sus orillas, podría construirse sobre él un buen puente de madera, con poco gasto.
Al día siguiente, por la noche, entramos en la ciudad de San Nicolás. Pasamos antes por el campamento del general Mansilla, en las afueras del pueblo33.
—165→Puesto a considerar sobre estos primeros cuatro días de nuestro viaje, hallé que las primeras jornadas me habían sido muy gratas. Las tierras cultivadas, la general laboriosidad que se advertía, daban al paisaje un aspecto sonriente. Hacia la derecha, y por el lado del río Paraná, los campos aparecían altos y ondulados, pero a la izquierda se extendían llanuras infinitas y monótonas.
Nosotros nos habíamos apartado del camino real, desde Luján, y, durante tres días, con muy pocos intervalos, marchamos por entre llanuras cubiertas de cardos enormes, algunos hasta de ocho pies de altura. Por momentos se hace muy difícil avanzar entre los cardales: las sendas son tan estrechas, que apenas permiten pasar a un solo caballo. Estas hierbas gigantes, molestan tanto al caballo como al viajero. Las gentes pobres se defienden las piernas por lo general con un cuero de oveja suspendido a la cabecera del recado. Viajeros más experimentados y de más recursos, usan al efecto unas defensas de cuero curtido. Yo carecía de una y otra cosa y me vi obligado a sufrir muchas molestias. Existen tres variedades de cardos y cada una de ellas indica alguna particularidad del suelo. A veces, y a la distancia, estos cardales dan al terreno el aspecto de un extenso trigal verde, otras veces toman el color de un sembrado de maíz, cuando está maduro.
El suelo, en esta parte, es mucho más ondulado que en el sur, pero asciende en forma tan suave e imperceptible y la superficie es tan vasta y uniforme, que no puede apreciarse nada que merezca el nombre de colina. Con todo, habíamos subido a unos mil pies, desde que dejamos la última llanura hasta que volvimos —166→ a bajar al mismo nivel. Árboles no habíamos visto, a excepción de algún ombú solitario y pequeños montecillos artificiales.
Esta parte del país es también, por otros motivos, superior a las regiones del sur y está mucho mejor regada. La población, igualmente, es más numerosa. Tal circunstancia se debe a que, en los tiempos del descubrimiento, el Paraguay fue centro principal de la conquista y los españoles se desparramaron por estos rumbos, fundando ciudades y erigiendo iglesias. No lejos de la ruta que seguíamos, se encuentra el paraje de Obligado, donde, con motivo del reciente bloqueo, las escuadras de Francia e Inglaterra atacaron las baterías y brulotes del gobierno argentino, en su propósito de forzar el paso y remontar el río hasta Corrientes. A pesar de que en este combate -generalmente mal juzgado- perdieron la vida cientos de ciudadanos nativos, a nosotros se nos recibió con la mayor deferencia.
San Nicolás de los Arroyos dista sesenta y cinco leguas de Buenos Aires y es la ciudad más importante de la provincia, si exceptuamos la capital. Se halla situada en condiciones muy favorables para el comercio; es probable que en tiempos no lejanos posea un tráfico floreciente. Las calles se cruzan en ángulo recto, hay aceras embaldosadas y faroles para el alumbrado público. Las casas son de azotea y de un solo piso. La iglesia está en la plaza y frente a la puerta principal se levanta una gran cruz de madera. Junto a la iglesia está el cuartel; guardan su entrada dos piezas de artillería. El gobierno de la ciudad está bien organizado; existen dos escuelas de varones y varias otras para niñas. Como residentes extranjeros, hay varios italianos y algunos pocos vascos. En la ciudad no hay —167→ fondas para viajeros, pero nuestro postillón, después de algunas averiguaciones, nos condujo a una casa de familia donde se nos trató con toda urbanidad y benevolencia. Vimos solamente dos casas de comercio al por mayor. El intercambio con Buenos Aires se hace por vía fluvial o por carretas de bueyes. Los barcos de comercio pertenecen a súbditos italianos, porque los naturales del país se muestran poco inclinados a las tareas fluviales, al punto de que no hay matrícula de barcos en la ciudad. Vimos en el puerto unos pocos lanchones que se utilizan para traer leña de las islas vecinas y dos pequeñas goletas que, atracadas a la orilla, descargaban mercaderías de Montevideo; casi todos eran artículos ingleses, procedentes de Leed y Manchester.
La ciudad cubre una extensión considerable de terreno, cuya mitad, aproximadamente, ha sido destinada a huertas de frutales muy bien abastecidas. En los suburbios abundan las arboledas de sombra muy grata. La población se estima en ocho mil habitantes; la mayoría de ellos parece vivir al aire libre. Por donde quiera, se ven mujeres y niños que van de un lado a otro, o descansan a la sombra de los emparrados y las higueras. La ciudad está lindamente situada sobre una barranca del Paraná y el panorama, en dirección a la provincia de Entre Ríos, es amplio y hermoso.
La frontera más próxima con los indios, dista unas veinte leguas. Más allá se extiende un vasto e inexplorado territorio, dominado por los salvajes, pero las aldeas y tolderías de estos últimos se hallan tan lejos, que son apenas conocidas de los blancos. Toda esta extensión de suelo fértil, podría, en poco tiempo, explotarse con provecho, con sólo aumentar la población, —168→ asegurando la navegación del Paraná. Hace cosa de dos años una horda de indios, muy numerosa, invadió los campos de pastoreo de la región llevándose una gran cantidad de ganado vacuno y caballar. Con ese motivo se organizó una fuerza de setecientos hombres que se ha distribuido en varios destacamentos para contener las incursiones de los salvajes.
En San Nicolás, tuvimos la suerte de encontrar al señor don Álvaro de Alzogaray, a quien habíamos conocido en casa del general Rosas y que nos suministró valiosos datos sobre la región y relativos al viaje que realizábamos. El señor Alzogaray iba de camino para unirse al general Mansilla, en Santa Fe.
El día 29 de noviembre, muy de mañana, salimos de San Nicolás y no tardamos mucho en cruzar el Arroyo del Medio, entrando en la provincia de Santa Fe. Después de un rudo galope de diez leguas, nos detuvimos ante un destacamento militar. Los hombres dormían la siesta, tendidos a la sombra de un ombú; uno de ellos, que pareció ser el jefe, nos invitó a bajar del caballo. En cinco minutos hicieron fuego con unas ramitas y calentaron agua, invitándonos con mate. Habíamos tomado asiento sobre unas cabezas de vaca.
Algunos ranchos del destacamento no pasaban de simples refugios y parecían destinados al recato de las mujeres. Los hombres dormían al aire libre. Don Pedro se manifestó descontento de su caballo y del postillón, porque éste no conocía bien el camino; entonces insistieron en darnos cabalgaduras de refresco y un guía para conducirnos hasta la estancia de don Tomás Armstrong, vecino de Buenos Aires. Habiendo aceptado el ofrecimiento, llegamos a nuestro destino en menos de una hora,
—169→La casa estaba ocupada por don Prudencio Arnold, hijo de un norteamericano, y comandante del distrito, quien nos recibió en forma muy hospitalaria. Esta propiedad es conocida por «La estancia inglesa» y considerada como una de las mejores de la provincia, aunque, debido a las guerras, se encontraba entonces muy desmantelada y desprovista. Se compone de sesenta mil acres ingleses; el suelo es extremadamente fértil, tiene buenas aguadas en todas las estaciones y puede decirse que cada pulgada de terreno es apta para el arado y la siembra. El lino se cultiva, pero únicamente para obtener la semilla, con fines medicinales. La gente no parece advertir el valor de la fibra y toda ella se pierde. El campo, en esos contornos, es acentuadamente ondulado, pero, aunque la casa en que nos hallábamos estaba en lo más alto de una loma, el panorama, en derredor, aparecía triste y monótono. Recorriendo con la vista el horizonte, nada se advertía que indicara la industria ni la presencia del hombre: ni árboles ni ganados; una o dos miserables casuchas era todo lo que se veía.
Aprovechando el fresco del atardecer, me encaminé a un sitio cercano, donde los soldados domaban caballos. Ya en otro lugar he dicho cómo se desempeña esta faena. Los ejércitos cuando acampan, en este país, se ven obligados a ocupar una extensión enorme de terreno para pastoreo, porque se sobreentiende siempre que cada soldado lleva consigo por lo menos tres caballos. Los ranchos destinados a la tropa se levantan sin mayores dificultades ni trabajos, con extrema rapidez, porque no son sino una armazón de estacas y cañas rellenada con barro y techada con paja. No tienen otro objeto que el de servir de refugio durante la —170→ noche, porque todas las labores del campamento se cumplen al aire libre. Las mujeres andaban todas, en aquella sazón, ocupadas en preparar la comida para sus compañeros; para trasvasar el agua, en sus tareas, se servían de astas de buey.
Es costumbre que cada soldado lleve consigo una compañera durante la campaña. Esta mujer recibe, de ordinario, ración especial. Puede imaginarse el rebullicio y alboroto de las mujeres y niños cuando en un pueblo se encuentra un ejército, listo para emprender la marcha.
Las autoridades alegan que esta licencia se hace necesaria para mantener el orden y la integridad del ejército; el soldado se siente así, menos inclinado a la deserción, teniendo una mujer que le haga la cocina, lave sus ropas y remiende sus vestidos. En los grandes campamentos, se producen diariamente escenas jocosas: no es raro ver un soldado acercándose con gestos embarazados a un oficial para exponerle la imposibilidad de continuar con su actual compañera, a la que acusa de tales culpas o defectos; esto cuando no se adelanta primero la mujer, para interponer las quejas que tiene contra su amigo. El oficial, convencido de que no pueden seguir juntos, consiente en la separación y ambos quedan en libertad para buscarse mejor compañía. De tal suerte, la separación adquiere cierta formalidad y hasta resulta más respetable y decorosa. Pero, en otros casos, se sigue un camino más expeditivo y los hombres raptan, por así decirlo, a las mujeres... previo acuerdo con ellas.
Ya entrado el sol, llegó a la estancia una partida de soldados que venía desde un destacamento en la frontera con los indios, donde habían andado de recorrida —171→ y exploración. El sargento entró a la pieza en que nos hallábamos y dio sus partes al comandante. Así pudimos saber que había estado ausente durante ocho días sin encontrar rastros del enemigo.
Estas partidas no gozan de ración especial: se sustentan de gamas, armadillos y perdices que los mismos soldados cazan; duermen al aire libre, con el recado por almohada, y siempre andan en caballos ligeros porque están obligados a dar cuenta, con toda rapidez, de cualquier peligro. Hace cosa de dos años, una horda de indios en retirada, cayó sobre un convoy de mercaderías procedente de Mendoza: le arrebató doscientos bueyes, cuarenta y ocho mulas, setenta caballos, y robó a dos comerciantes, ochocientos doblones, (2.500 libras esterlinas).
Al día siguiente, nos proporcionaron caballos y partimos para Rosario. En el camino atravesamos campos de buenos pastos pero escasos de ganado y por algunos momentos anduvimos entretenidos en la contemplación de esa ilusión óptica llamada miraje. Ya cerca de Rosario pasamos junto a una extensión de trigo, muy en sazón y lista para la hoz. Observamos también algunas personas que se ocupaban en remover la tierra, haciendo un plantío de melones.
Entramos a la ciudad en horas de la siesta. Las casas y tiendas estaban, naturalmente, cerradas; sólo por azar se veía alguna persona en las calles. Rosario se halla situada sobre una barranca del río Paraná; la vista que ofrece, por el lado del río, se parece mucho a la de San Nicolás, aunque desde esta última ciudad, el panorama es más extenso y variado. La población será de unos cuatro mil habitantes. En la plaza se alza la iglesia, edificio moderno con el que se ha pretendido —172→ -según parece- imitar el templo inglés de Buenos Aires, aunque el estilo griego de este último resulta bastardeado por la adición de una torre y campanario en cada uno de los ángulos del frontón. Hay en Rosario dos escuelas, una de varones y otra de niñas. Las mujeres son muy industriosas: hilan lana de muy buena calidad y la tiñen con bonitos colores mediante hierbas y raíces recogidas en los campos y en las islas del Paraná. Con el hilo así teñido, elaboran tejidos muy firmes y sólidos que sirven para fabricar ponchos. El poncho más fino cuesta, por lo general, una suma equivalente a diez libras esterlinas.
En el puerto estaban atracadas tres goletas descargando mercaderías de Montevideo y recogiendo carga para el mismo destino. Una tropa de mulas destinada a conducir mercancías para las provincias del norte, pastaba en los alrededores; también se cargaba un convoy de carretas con destino a Córdoba.
Muchas mujeres lavaban lana en la orilla del río. Este trabajo les representa unos diez peniques diarios. Un grupo de hombres se ocupaba en moler trigo al aire libre con una maquinaria, rústica en extremo: las muelas tenían unos dos pies de diámetro, la coronaria era de dientes muy irregulares y sus maderos estaban asegurados con grandes clavos y fajas de cuero. Una yunta de caballos, galopando a velocidad de unas siete millas por hora, hacía girar la rueda. Un tabique de cuero protegía la harina, del viento y del polvo.
Rosario es el principal emporio de comercio en la provincia de Santa Fe y el puerto por donde las provincias de Córdoba, Mendoza, San Luis y algunas otras realizan necesariamente su comercio exterior. Una vez que los vapores puedan remontar el río Paraná, llegando —173→ hasta el Paraguay, todo el intercambio comercial de las provincias del norte se efectuará por este puerto. La situación favorable de Rosario, así como la inmensa extensión de suelo fértil, accesible a sus habitantes, harán siempre de esta ciudad un centro próspero, propicio a la industria y laboriosidad de sus habitantes. Después de Montevideo, Rosario está destinado a ser el Puerto más importante de esta parte de América. Cuando llegue el tiempo de que las empresas y los capitalistas del país se dispongan a construir ferrocarriles, su primer acto será sin duda trazar una línea desde esta ciudad hasta Río Cuarto, con ramales a San Luis y Córdoba34.
Los únicos extranjeros que existen por ahora, son unos pocos italianos -menestrales y dueños de pulperías- y un solo alemán. No he encontrado ningún súbdito británico. La hospitalidad que nos prestó don Antonio Berdier y las informaciones que me facilitó, hicieron muy agradable nuestra permanencia en la ciudad.
Siguiendo nuestro camino, después de galopar unas tres leguas, llegamos al Convento franciscano de San Lorenzo y nos apeamos a la verja exterior del edificio. Fuimos invitados a entrar en la cocina. El cocinero y sus ayudantes preparaban la comida de las doce, para los religiosos. Vi que salían con una fuente, sobre la que llevaban nueve o diez platos; supuse que ese sería el número de frailes en la comunidad. La cocina tiene una gran chimenea como las que se encuentran en los términos rurales de Irlanda. Sobre el fogón, cuadrado y de ladrillo, abundaban las ollas y cacerolas. No —174→ tardó en aparecer el guardián, anciano venerable de cabellos blancos, que nos preguntó quiénes éramos y adónde íbamos, agregando otras cuestiones de carácter familiar. Le dijimos que viajábamos para Santa Fe y le solicitamos permiso para dormir la siesta y pasar en el convento las horas fuertes de calor. Amablemente nos trató como bienvenidos, llamando a uno de los hermanos para que nos facilitara todo lo necesario. Fuimos conducidos al refectorio, donde nos sirvieron muy buena comida, acompañada de abundante vino de España. El refectorio era una larga sala abovedada, de ambiente penumbroso. Más o menos en mitad de la sala, había un púlpito35 bastante alto, empotrado en el muro. A cada lado, y en toda su longitud, se extendían dos hileras de mesas con capacidad para unas ciento cincuenta personas. En las paredes de los extremos se veían pinturas de santos, y escenas bíblicas. El buen fraile, de modales francos y agradables, nos atendió personalmente durante la comida. Cuando terminamos, otro miembro de la comunidad nos llevó por un largo corredor que da sobre un patio cuadrangular plantado de frutales. Los claustros con las celdas de los monjes, forman dos alas del patio. En una de esas celdas nos dieron alojamiento. Las camas tenían colchones y sábanas limpias sobre las que dormimos una agradable siesta. Después de un buen sueño, el mismo fraile vino a buscarnos y nos invitó con cigarros y mate. Luego nos hizo visitar la iglesia, edificio sencillo, de buena construcción, con cúpula y linterna.
Este convento se levanta junto al río Paraná y la comunidad puede proveerse de pescado en abundancia. —175→ También los gallineros están bien abastecidos de aves de corral, de suerte que no escasean las provisiones para la despensa. Nos dijeron que el convento había sido fundado unos cincuenta años atrás, pero debido a las guerras y a la falta de simpatías entre la masa del pueblo, poco era lo que había prosperado. Los muros y cercos exteriores se hallaban en estado ruinoso. Los miembros de la comunidad -a excepción de uno solo- eran todos españoles.
Hicimos el acostumbrado donativo al convento, retribuyendo la cordial hospitalidad de los frailes y nos marchamos bien impresionados con la obsequiosa recepción. En las vecindades se levantaban unos cuarenta o cincuenta ranchos,
Antes de entrar el sol, estábamos en la estancia del coronel Santa Coloma, donde nos detuvimos para pasar la noche. Muy de mañana continuamos la marcha porque nos esperaba una jornada de veinte leguas. El paisaje, por la parte del río, se hizo al principio más animado; aparecían montes espesos de árboles más altos, pero según avanzábamos, la llanura daba la impresión de un terreno en que hubieran plantado, de trecho en trecho, arbustos de espino blanco.
A eso de medio día, hicimos alto para mudar caballos en una casa de posta. La familia del propietario parecía conservar los hábitos de los primeros pobladores, todos sus miembros se hallaban sentados bajo los árboles y una mujer joven hilaba lana en la rueca. Uno de los muchachos fue a sacar agua del pozo con dos grandes astas de buey; otro nos invitó a beber en un jarro de plata. Los hombres usaban monedas del mismo metal para ajustar sus ropas, como si fueran botones de latón; observé que algunos llevaban en esa —176→ forma, hasta doce monedas. Poco antes de entrarse el sol, llegamos a la posta siguiente donde habíamos resuelto pasar la noche. Una mujer anciana consintió en darnos alojamiento y lo hizo con graciosa cortesía, como si fuera la dueña de un palacio. Estaba esta mujer sentada bajo una ramadita, junto a su rancho, que sombreaban unos ombúes. El lugar era el más apropiado para una ermita, escondido entre los árboles y a orillas de un río. El mismo Diógenes no hubiera deseado para sí, retiro más natural y agreste. Pude allí darme el gusto de tomar un baño y hacer mi «toilette», en un abrevadero de madera donde bebían las gallinas. Sólo un caminante puede apreciar todo el placer que significa mudarse de ropas después de haber cabalgado veinte leguas bajo un sol abrasador. Levante los ojos hacia el cielo azul y advertí una inmensa tela, tejida por las arañas, formando una especie de baldaquín y tendida en mucha distancia desde la cima de un árbol a otra. Las mujeres hacen con esas telas una especie de hilo sedoso, del que tejen redecillas para la cabeza.
Mientras nos hallábamos sentados, durante la cena, una culebra pequeña pasó por sobre el pie de uno de los muchachos. Este, de inmediato, dio la voz de alarma, pero el bicho había desaparecido. Luego atrajo mi atención una luz fosforescente que veía brillar sobre el pecho de un jovencito; procedía de un insecto alado, largo de casi una pulgada y de cierto espesor, que emite de sus ojos una luz muy fuerte.
Después de la cena buscamos un sitio para dormir, bajo los árboles. Don Pedro36 se arregló entre las raíces del ombú, yo me tendí del lado opuesto, y una —177→ muchacha, nuestra simpática y alegre cocinera, no tardó en acostarse y dormirse profundamente, bajo la misma sombra propicia. Un viejo que allí estaba y los muchachos, se acostaron a cierta distancia; creo que la mujer más anciana fue la única que se recogió en el rancho.
Al día siguiente muy de mañana, fuimos despertados por la bullanguería de unos loros que gritaban en los árboles cercanos. Pocos momentos más tarde, ya estábamos en el camino de Santa Fe. Marchamos por una llanura montuosa, donde crecen diversas variedades de árboles; muchos de ellos estaban florecidos; en su mayoría eran pequeños y achaparrados. Algunos troncos tenían apenas quince pulgadas de diámetro, pero la forma y calidad de su madera es apropiada para la construcción de Barcos pequeños. Las autoridades otorgan permisos para cortar la madera, ya se la destine a la industria local o a la exportación.
El viaje, desde Rosario, había transcurrido por una llanura despoblada; al acercarnos a Santa Fe, la escena se hizo más agradable, no sólo por la mayor población sino especialmente por el aspecto del nuevo paisaje rural que nos circundaba.
Dimos un último y agradable galope de cuatro leguas, y entramos en la ciudad.
—[178]→ —179→
Situación de Santa Fe. - Comercio, edificación, calles. - Hospitalidad de don José de Amenábar. - Presentación al gobernador, Brigadier General don Pascual [Echagüe]. - Hábitos poéticos. - Productos vegetales. - El baño en el río. - Diversidad de razas. - La siesta. - A caballo por la campaña. - El campamento del general Mansilla. - Modo de pasar los caballos a través del río. - Propiedades medicinales de una fruta. - Partida para Córdoba. - Dificultades del viaje. - El Sauce. - Estado miserable de los habitantes. - Cazadores indios. - Manera de cazar. - Cardos comestibles. - Quebracho Herrado. - Escasez de agua. - El Tío. - Chucha. - Langosta. - Vizcachas. - Una variedad de trigo. - Provincia de Córdoba. - Los árboles. - Las luciérnagas. - Aldea de «Ranchos». - Insectos. -Las cercanías de Córdoba. - Emplazamiento de la ciudad. - La iglesia. - La universidad. - El paseo público. - Clima y panorama. - Generosidad del pueblo para el extranjero. - Viaje desde Córdoba. - Sitios para dormir. - Un alto en la llanura. - Llegada a Santa Fe
La ciudad de Santa Fe se halla situada sobre un brazo del Paraná, en la costa firme, a dos leguas del cauce principal. Siguiendo el cauce del río, dista unas ciento cincuenta leguas de Buenos Aires. Antiguamente estuvo emplazada a veinte leguas, más o menos, aguas arriba, pero como tal situación la dejara expuesta a los ataques de los indios del Chaco, fue preferido después este sitio que ofrecía más seguridad. Tiene ahora un puerto con buenos desembarcaderos, pero en ciertas épocas del año no hay más de tres o cuatro pies de calado en la embocadura del río. Sus exportaciones se —180→ reducen al comercio con Montevideo y Buenos Aires: consisten en maderas, cueros, cerdas y lanas. Se cultiva el algodón y el tabaco, pero no deja ese cultivo un excedente para la exportación. Podrían, sin embargo, estos productos exportarse en una escala mayor. Hay unos cincuenta barcos matriculados en el puerto; la capacidad de los mismos es de veinte a cien toneladas; pertenecen casi todos a italianos, y puede decirse que éstos monopolizan la navegación del Río de la Plata. El río Salado, que corre a través del Chaco y aparenta mucho en el mapa, no es navegable, y durante ciertas estaciones del año, puede vérsele seco en diversos pasajes.
En otro tiempo, esta ciudad ha mantenido un comercio bastante considerable con las provincias del norte, pero en el transcurso de las guerras civiles, los indios se hicieron tan osados, que el tráfico de los caminos resultó peligroso, hasta quedar interrumpido por algún tiempo el intercambio con dichas provincias y Córdoba. Casi todas las reducciones de indios del norte, organizados antiguamente merced a la paciencia y habilidad de los jesuitas, han sido destruidas. Al presente, la ciudad mantiene muy poco o ningún comercio con el interior del país, y no podrá recobrar su importancia de antaño mientras no aumente su población y adquiera la provincia suficiente poderío como para contener las incursiones de los salvajes. Su población, ahora, no pasa de quince mil habitantes.
Abarca la ciudad un área considerable porque, como ocurre en la mayoría de las ciudades de este país, porciones muy grandes de terreno se dedican a huertas de frutales. Las casas tienen techo de teja o azotea y son de una sola planta. En la mayoría de ellas, —181→ las ventanas carecen de vidrios; el aire y la luz entran directamente por las aberturas de los batientes, que se cierran al interior con postigos muy sólidos. No hay tampoco chimeneas de salón. Cuenta la ciudad con cuatro iglesias: una de ellas, terminada en 1834, sobresale por su solidez y bonitas proporciones; consta de una nave central y naves laterales separadas por pilastras y arcos; la luz entra por unos ventanales de la parte más alta. Hay en su interior una hermosa fuente bautismal de plata, con cuatro pilas de agua bendita, finamente cinceladas. El altar mayor es de estilo gótico, con finos dorados.
En las calles, el piso es de arena natural y el tránsito se hace molesto cuando sopla viento. Asimismo, son preferibles estas calles a las de Buenos Aires y otras ciudades, que con unos pocas horas de lluvia se convierten en lodazales pegajosos. Las veredas, sin embargo, son mantenidas en buen estado. Hay alumbrado público y policía bien organizada. Se publica, semanalmente, un pequeño periódico, más propiamente gaceta gubernativa. Cercana al puerto, está La Laguna, donde abundan mucho las conchas de madreperlas, usadas como cucharas por las gentes pobres y también por los ricos, aunque estos últimos ajustan a la concha un macizo mango de plata. Según lo he oído decir, se han extraído de este lago, perlas de algún valor. Los únicos extranjeros de la localidad son italianos, aunque hay también una media docena de franceses y un escocés, ebanista.
Santa Fe podría mantener un próspero comercio con la exportación de madera, porque el tamaño y calidad de la misma son muy apropiados para la construcción de barcos y edificios, aunque tal vez sea demasiado —182→ dura para usos comunes y poco apropiada para obra fina. Pude ver un buen acopio de madera en el muelle, listo para ser embarcado; algunos troncos de algarrobo medían dos pies de espesor. En el astillero, habla seis embarcaciones de río, con capacidad de veinte a cuarenta toneladas, construidas todas por operarios italianos.
En la época de nuestra llegada a Santa Fe, no existían en la ciudad fondas para viajeros y alquilamos unas habitaciones particulares antes de presentar nuestras cartas de introducción. Una de ellas era para el doctor D. José de Amenábar, clérigo secular que también desempeñaba el cargo de gobernador delegado. Este nos recibió con la mayor cordialidad, y no hallando de su agrado nuestro alojamiento, insistió para que ocupáramos una espaciosa casa que tenía a su disposición; la encontramos cómoda y bien aireada y nos trasladamos a ella, en seguida. Se trataba de una propiedad de la iglesia, dedicada a la Virgen del Carmen para usos píos. En la mañana siguiente, fui presentado por el doctor Amenábar a Su Excelencia el gobernador, brigadier general don Pascual Echagüe. Informado el gobernador de que mi viaje no tenía otro fin que adquirir conocimientos sobre el país, me pidió le indicara la forma en que podría llenar mis deseos. Mi primer pedido fue que me facilitara el acceso al campamento del general Mansilla, que en esa ocasión se ocupaba en pasar una gran caballada por el río Paraná con destino al ejército del general Urquiza, en marcha sobre la provincia de Corrientes.
Fuimos presentados por el gobernador a su esposa e hija, quienes nos recibieron con toda cortesía. La hija nos obsequió con un ramo de flores, costumbre amable —183→ del país entre otras muchas, y que demuestra la participación del sentimiento poético en el trato social de las clases educadas. Callejeando por la ciudad y suburbios, me sorprendió la quietud de Santa Fe, cuyas manifestaciones de actividad son muy escasas, tratándose de una capital de provincia y sede de gobierno. Los árboles frutales abundan mucho, especialmente las higueras, duraznos y parras. Las clases pobres parecen holgar más de la cuenta, sentadas a la sombra de los parrales y las higueras. También muestran gran afición por el baño y su pasatiempo favorito consiste en dirigirse todas las tardes al río Paraná, donde, con gran contento, se sumergen en el agua. En esta diversión participan todas las clases sociales y las personas de cualquier edad. Los hombres usan calzones para bañarse y las mujeres de la clase acomodada llevan un vestido bastante decoroso, hecho de una tela ligera. Las gentes pobres no gastan esos escrúpulos; un artista podría dibujar del natural, sin ningún inconveniente, más de un bello torso y piernas de lindos contornos.
El río presenta el aspecto más animado, porque los bañistas, no solamente nadan y zambullen sino que se divierten charlando y riendo con gran vivacidad. En un momento dado, se ve surgir sobre la superficie del agua la cabeza redonda y los anchos hombros de una negra, o aparece una india desnuda («desnuda, mas no avergonzada...») que se hunde en el agua, mientras sale otra, toda goteante, a la orilla. Entre tanto, las damas, que por la apariencia de sus cabellos sueltos y la manera más correcta de hablar el español, revelan mejor origen, velan sus formas y encantos con sus vestiduras mojadas. Mientras me complacía en admirar todas estas escenas, pude comprobar que el cuerpo humano de color —184→ bronceado posee formas no menos agradables que el de la raza blanca. El contorno de formas conocido por «línea de belleza de Hogarth», se define mejor en el primero de esos tipos que en el segundo. Después del baño, las mujeres se dejan los cabellos sueltos y flotantes sobre los hombros y así se mantienen durante el resto de la tarde. Este ornamento natural, realza mucho la apariencia de aquellas mujeres que, ya de por sí, poseen linda figura y movimientos graciosos.
La población ofrece mucha variedad en cuanto a los caracteres físicos, porque si bien las clases superiores son de casta puramente española, adviértese en las demás mucha mezcla de sangre negra e india. Pueden observarse fácilmente las características de cada raza, desde la piel negra y luciente, los labios gruesos y el pelo motoso del negro, hasta los rasgos finos del español.
En horas de la siesta, un silencio sepulcral reina sobre la ciudad; las casas y tiendas se cierran; las calles aparecen desiertas. Llevado por la curiosidad, salí un día a caminar por esas calles durante los momentos de reposo: la cantidad de personas que dormían bajo los árboles, en las huertas y en los suburbios, causaba una extraña impresión. Esta costumbre de pasar buena parte del día durmiendo, debe importar un inconveniente para el trabajo cotidiano.
He dicho ya que sentía gran interés por ver cómo se pasaban unas caballadas a través del río Paraná. Con ese propósito, salí un día de la ciudad, al atardecer, acompañado de dos soldados que me servían de guías. Pronto perdimos de vista la población y como la noche se acercaba, hicimos el viaje a galope tendido por unos campos de pastizales altos y duros sin cuidarnos mucho —185→ de los troncos y ramas que a trechos dificultaban el camino. Mientras andábamos subiendo y bajando entre malezas y zarzales, pensaba yo por momentos en el vuelo de Tom O’Shanter.
En menos de una hora llegamos al río y lo cruzamos en una canoa abordando al pie de una alta barranca. Desde arriba se dominaba un panorama romántico y pintoresco. Fuimos recibidos por un anciano robusto de barba blanca. Algunos soldados, perturbados en el sueño, nos miraron llegar con interés y luego se reclinaron en el suelo; varios fogones iluminaban los troncos y ramas de los árboles; las plantas trepadoras a su vez oscurecían la escena. En la parte baja de la barranca hubieran podido encontrarse cantidad de yacarés y otros anfibios. La escena era para infundir temor supersticioso, pero la aparición de una encantadora mujer disipó todos mis recelos.
En este sitio mudamos caballos; después de un precipitado galope a través de un campo muy accidentado, llegamos a la costa de otro río. Allí nos apuraron a entrar en una pequeña canoa. Antes de que nos hubiéramos sentado, ya íbamos cruzando la corriente, remolcados por dos caballos que nadaban a la proa; aquello era un rústico remedo del carro de Neptuno, sin tritones ni tridente37. Al desembarcar, los corceles del hijo de Saturno se convirtieron en otros más ágiles y fogosos. Montamos en los mismos caballos y así, antes de media noche, pudimos con satisfacción tender nuestros recados sobre el pasto en la isla del —186→ Rastrillo. Allí gozamos de un sueño reparador hasta que el toque de un clarín nos despertó a la salida del sol.
El sitio en que nos hallábamos era un terreno muy arbolado a la orilla del río. El sonido del clarín fue obedecido con tanta rapidez como el de Robin Hood y dio lugar a una escena de bullicio y movimiento que se desarrolló con bastante orden.
Internándose en el río Paraná, veíase un embarcadero improvisado, formado con postes y cubierto con hierbas, a cuyo extremo estaba amarrada una gran balsa flotante. Esta balsa había sido construida con tablones tendidos sobre cuatro embarcaciones de fondo plano y cercada con una fuerte baranda de madera. Otra valla semejante dividía la balsa en dos partes. El embarcadero, por el lado de tierra, daba a un corral y así los caballos eran conducidos con seguridad y directamente a la misma balsa: una vez que miraban hacia ella, los obligaban a pasar en dos hileras. En un cuarto de hora vi embarcar, de esta suerte, setenta caballos, y ya habían pasado el río cerca de quinientos. Por el mismo procedimiento, pasaron el río Paraná, en 1842, veintitrés mil caballos destinados al sitio de la Banda Oriental. Una vez todo listo, remolcaba la balsa siete balleneras y fueron desembarcados los animales en la costa entrerriana.
Yo crucé también el río para buscar ejemplares geológicos y coger algunas frutas y flores silvestres. Solamente encontré un árbol de cuya fruta parece que los nativos gustan mucho. Por su forma y aspecto es muy semejante al durazno, pero de sabor desagradable38. —187→ Me contaron, a este propósito, la historia de un pobre hombre que, devorado por una enfermedad maligna y no deseando fenecer entre quienes le rodeaban, pidió que lo llevaran al bosque para morir solo. Sus ruegos fueron satisfechos y colocaron al enfermo bajo uno de los árboles a que me he referido: era la estación de las frutas maduras y el desgraciado comenzó a alimentarse con las que caían de los árboles. El efecto fue tan benéfico, que a las tres semanas la sangre se le había purificado.
Cumplidas las tareas de la mañana, fui presentado al general Mansilla, un gallardo oficial veterano, guerrero de la independencia y que hizo la campaña del Brasil. Durante el almuerzo, un muchacho entretuvo a los convidados con cantos y bufonadas. Luego se levantó la reunión y volvimos a la ciudad en el bote del general. En el camino vimos algunas tortugas de río y yacarés que se calentaban al sol.
Los preparativos del viaje a Córdoba nos llevaron un día entero. Esta ciudad dista ochenta leguas de Santa Fe. Antiguamente existía un camino público y seguro que las comunicaba, pero de un tiempo a esta parte, según dije, los indios del Chaco han recobrado muchos de sus antiguos dominios; el camino está casi abandonado y expuesto a los asaltos de los salvajes; de ahí que el viajero no pueda aventurarse sino con armas convenientes y bien preparado a la defensa.
Para hacer este viaje, habíamos convenido con don Pancho Rodríguez que nos conducía de Santa Fe a Córdoba y nos traería después a Santa Fe por la suma de noventa y dos pesos plata, quedando por su cuenta el servicio de ocho caballos y tres peones. Todos íbamos provistos de buenas armas y no temíamos al peligro. —188→ Yo tenía también una orden del gobernador Echagüe para uno de los destacamentos militares de la frontera, a fin de que se nos facilitaran caballos y una escolta, en caso de necesidad. El gobernador nos hizo todas las prevenciones necesarias, como puede suponerse, recomendándonos mucha atención, no solamente con respecto a los indios sino también a los desertores del ejército que solían aparecer en la frontera, constituidos en bandas de asaltantes. Otro peligro que debíamos prevenir, era la posible escasez de alimentos; como el viaje podía ser de unos cinco días, hicimos provisión de unas lenguas de vaca, bizcochos y queso. Durante dos días del trayecto íbamos a carecer de agua, al atravesar un desierto de treinta y cinco leguas, por lo que llevábamos cada uno un chifle de buey, con agua suficiente para esa jornada.
Así preparados y provistos, salimos de Santa Fe poco antes de mediodía. Dejando atrás los suburbios de la ciudad, atravesamos una extensión de diez leguas muy escasamente poblada, hasta llegar al Sauce39. Esta población se fundó como punto de intercambio con los indios y tiene unos cuatrocientos habitantes. La mitad de la población está formada por soldados que viven con sus familias; la otra mitad son indios. El Comandante es un indio muy inteligente que se expresa correctamente en español. El aspecto de estos indios convertidos, no puede ser más repulsivo. En sus cabañas -formadas con unas pocas estacas recubiertas de barro- viven desnudos, apenas cubierto lo que deben, por decencia, cubrir. Cuando salen, los hombres se ponen un poncho y las mujeres añaden a la saya una pieza —189→ de algodón, suelta, que pasan bajo un brazo y por encima del hombro opuesto, dejando los brazos desnudos: los cabellos forman una larga trenza. Los rostros no son ni tan anchos ni tan chatos como los de los indios pampas.
El gobierno trata de atraer a los indios en esta población y en otras similares, dándoles tabaco, yerba y algunas chucherías. El pueblo tiene una iglesia, pero no hay cura: sin embargo, algunas de las mujeres saben recitar unas pocas oraciones. Estas mujeres son tan industriosas que tejen todas las jergas y ponchos usados por los hombres; también hilan la lana y la tiñen con unas raíces recogidas en la provincia de Entre Ríos; tal es la paciencia y el ingenio que ponen en copiar los modelos de paños ingleses, que logran imitarlos -contando los hilos uno por uno-, con la natural diferencia en la calidad del trabajo.
Hicimos noche en la villa y al día siguiente, por la mañana, reanudamos el viaje. Íbamos acompañados por una escolta de seis carabineros montados y seis indios armados a lanza, con caballos de remuda. Así reunidos y equipados, formábamos un buen número y ofrecíamos un aspecto casi imponente. De modesto e inexperto viajero, especie de «Dr. Sintax en busca de lo pintoresco», me veía convertido, de pronto, en una especie de barón feudal con sus caballeros y escuderos. No habíamos andado mucho cuando los indios de lanza, obedeciendo a su pasión dominante, organizaron una cacería. Empezaron por desplegarse formando un semicírculo que abarcaba una media legua, mientras se prometían un buen resultado. La caza, con todo, no era muy abundante y consistía en venados, únicamente. El procedimiento que emplean en estas cacerías, es el siguiente: —190→ al aparecer un animal y en seguida que huye, el cazador más próximo inicia la persecución apresurando la carrera hasta tenerlo a tiro de boleadoras: rara vez falla el tiro y el animal cae al suelo. Es necesario mucha destreza para intervenir en estas partidas. Los cazadores que avanzan en los extremos, tratan en lo posible de que todos los animales entren en la zona del círculo, de suerte que muy raramente logra escapar la presa.
Yo me sentía maravillado al observar la pericia con que el indio maneja la lanza y dirige su caballo. Cada vez que uno de ellos se acercaba a su presa -aunque fuera a toda velocidad- clavaba la lanza verticalmente en el suelo y preparaba las boleadoras para el momento decisivo. La primera víctima fue un gamo de buen tamaño, pero como el exigente deportista no lo considerara bastante gordo, se guardó únicamente la cabeza. Uno de estos nobles animales escapó cuatro veces de entre el círculo de los cazadores; había logrado aventajar a uno de ellos cuando se encontró con otro muy próximo: tres veces le arrojaron las boleadoras y otras tantas veces las esquivó; luego pudo fugar, mediante un giro cerrado sobre el último cazador.
A mediodía, el grueso de la comitiva hizo alto para almorzar y nos instalamos a la sombra de un árbol; en una lagunita cercana teníamos agua. Los cazadores empezaron a llegar, uno tras otro. Cuando llegaba el último, hizo levantar a un ciervo pequeño y empezó a perseguirlo, pero el animal le sacó ventaja en seguida, otro de los hombres se puso a caballo y ambos lo corrieron por un buen rato haciéndolo venir en dirección a nosotros. Un tercer cazador montó, pero el caballo se le quedó rezagado por el trabajo de la mañana. Un cuarto, —191→ con caballo de remuda, entró en la partida y por último apresó al ciervo muy cerca del lugar en que nos encontrábamos.
Pronto encendieron fuego y asaron carne de vaca y dos venados. Crecía en los alrededores una especie de cardo, muy sabroso al paladar, que nos sirvió para acompañar la comida. El pedúnculo, casi en el extremo, es muy tierno y posee un sabor semejante al de la zanahoria. Como el sol estaba muy fuerte, prolongamos la siesta hasta las cuatro de la tarde. A esa hora ensillamos los caballos y continuamos la jornada. Sería la media noche cuando detuvimos la marcha y nos acostamos bajo un árbol de quebracho, a la luz de la luna en creciente. Apenas si me detuve a mirar el árbol, tanto era el deseo que tenía de descansar. Al día siguiente por la mañana continuamos el camino; los de la escolta quedaron asando un venado, cazado la noche anterior. Poco después pasamos por Quebracho Herrado. Este punto fue teatro de una cruenta batalla durante las guerras civiles de 1838-1841. Don Pancho, nuestro guía, se había encontrado presente en la acción y la describió con lujo de detalles: lucharon en ella veinte mil hombres, hubo dos mil muertos y dos mil soldados prisioneros, amén de mil mujeres, prisioneras también40. Quebracho Herrado fue antiguamente una aldea bastante próspera, pero durante las guerras civiles, los indios del Chaco la destruyeron completamente. Desde entonces, los venados y guanacos, más afortunados —192→ que los hombres, se han posesionado del suelo. Pudimos ver una sola tropa de estos guanacos. Interrumpimos la marcha para almorzar a la sombra de un duraznero. En una laguna próxima había una bandada de hermosos flamencos y por el lugar en que nos hallábamos sentados, corrían, de un lado a otro, unas lagartijas verdes. Algunos momentos después cruzábamos la frontera, entrando en la provincia de Córdoba. El campo, muy montuoso, era semejante al de las cercanías de Santa Fe.
A eso de mediodía, el agua, que no habíamos administrado bien, se terminó y como el sol estaba muy fuerte, sufrimos tanto de sed que nos consideramos muy afortunados al poder beber en un charco cenagoso. Yo traté de purificar el agua, filtrándola con un paño. Ya atardecido, tratamos de acampar para pasar la noche y anduvimos recorriendo el monte, muy empeñados en encontrar agua. El croar de unas ranas, nos hizo concebir alguna esperanza, pero pronto pudimos comprobar que no tenían líquido suficiente para ellas mismas. Cerca de ese lugar se levantó un avestruz con pichones que ya estaban en condiciones de correr. Desilusionados, apresuramos el paso en dirección al Río Segundo, adonde llegamos mucho después de entrado el sol. Grande fue nuestra decepción al encontrarnos con que estaba seco.
Sólo nos quedaba, como última esperanza, marchar hasta El Tío, un destacamento fronterizo, perteneciente a la jurisdicción de Córdoba. Al acercarnos a ese lugar, equivocamos el camino. Entonces hicimos alto y estuvimos aguzando el oído en la espera de oír ladridos de perros que pudieran servirnos de orientación. Perdida la esperanza de encontrar un poblado, bajé del caballo —193→ dispuesto a pasar la noche en aquel mismo sitio. De ahí a poco, cruzó cerca de nosotros un muchacho, que parecía volver a su casa. Nos acompañó y no tardamos en llegar al destacamento. Después de una breve conversación con el Comandante y de haber bebido agua largamente, tendimos nuestros recados en el patio y dormimos toda la noche.
En El Tío, dejamos los caballos de remuda que llevábamos, porque debíamos cruzar un campo donde crece una planta venenosa, del género de los cardos, que solamente come el ganado extraño a la región, y que le produce la muerte. El instinto ha enseñado gradualmente a los animales criados en los mismos campos, a no comer esa hierba. Le dan el nombre de chucha (escalofrío, fiebre) y la llaman así por los efectos que produce41.
Teníamos ahora que marchar unas treinta y cinco leguas, a través de una región habitada en su mayor parte por gentes laboriosas, propietarios de pequeñas estancias, cuyos campos medían de mil a tres mil acres ingleses. Toda la riqueza de estos propietarios consiste en algunas vacas, una majada de ovejas y otra de chivos; la tierra les produce trigo, maíz, etc., pero deben luchar con diversas dificultades para el cultivo de la tierra.
En aquella estación del año -era el mes de diciembre- las cosechas estaban condenadas a ser comidas por la langosta que, cuando sale de los bosques, cubre materialmente la tierra. La langosta pequeña, no vuela en un principio, sino que camina y salta como el saltamontes; después le crecen alas y emigra en verdaderas —194→ nubes, hacia el norte, acabando con toda vegetación en el lugar donde se detiene a comer. Por espacio de varias millas, mientras caminábamos, todas las plantas y árboles aparecían cubiertos de langostas que semejaban enjambres de abejas. Cuando aparece este acridio, las gentes se precipitan a espantarlo, agitando trapos y tratando por todos los medios de que pase sin causar perjuicios. Otra plaga que causa muchos daños es la de las vizcachas, porque come los sembrados de trigo. Hay ocasiones en que los pobladores pasan la mayor parte de la noche persiguiéndolas con sus perros. También la falta de agua ocasiona muchas calamidades: no llueve lo bastante para las necesidades del cultivo y en algunos sitios el agua de los pozos es salobre.
Con todo, y a pesar de los inconvenientes mencionados, estos habitantes viven mejor, al parecer, que los de la provincia de Buenos Aires. Su alimento consiste en legumbres, frutas silvestres, leche, pan y carne. En todas las casas se ve un gran mortero de madera, con su maza42, para pisar maíz y trigo que, cocido con leche, resulta un plato excelente. En Santa Fe se cosecha una especie de trigo que llega a la sazón dentro de los cuatro meses de sembrado; si aquí cultivaran esa misma semilla, ahorraríanse muchos meses de trabajo, perdidos en defender los plantíos, de las vizcachas. Las mujeres son muy industriosas: ellas hilan y tejen casi todas las ropas de los hombres. Por desgracia, estas pobres gentes carecen de iniciativa suficiente para trasladarse a otra región, donde se verían libres de todas estas molestias. Con el mismo trabajo que desarrollan aquí, estarían —195→ en condiciones de ganar algo más que los simples medios de subsistencia.
Al atravesar esta comarca encontré, por primera vez en mis andanzas, algunos campos cercados; las cercas se componían de ramas de árboles, aseguradas con estacas en algunos sitios. Toda la extensión comprendida entre Santa Fe y Córdoba tiene buenas arboledas. Crece mucho en ella un pequeño arbusto, parecido en su forma y olor al té de la China. También abunda el árbol de algarrobo, semejante al roble en su forma y calidad. Las raíces de los árboles no son muy profundas, como pude comprobarlo al observar algunos derribados por las tormentas. Esto prueba que la capa de tierra vegetal, es muy superficial. Los insectos producen entre los árboles un ruido aturdidor; por la noche se agregan los gritos de los pájaros, el croar de las ranas y otros reptiles, hasta formar un clamoreo tan fuerte, áspero y discordante, que no es para describir. En estos bosques se albergan tigres, leones y serpientes, pero poco o nada peligrosos. Las luciérnagas -insectos muy bonitos- abundan mucho; pude coger una con la mano y ver de cerca sus ojos encendidos como bolitas de fuego.
Ya muy avanzada la tarde nos pusimos en marcha desde El Tío; el dueño de la casa donde pasamos esa noche era un hombre verdaderamente industrioso: se dedicaba a la fabricación de carretas con la madera que cortaba en los montes vecinos, y las trocaba en Buenos Aires por ganado vacuno obteniendo hasta quince y veinte animales por cada carro.
El tiempo estaba húmedo y dormí bajo techo por temor al relente de la noche. Toda la familia de la casa durmió al aire libre. Al día siguiente, pasamos cerca —196→ de la villa de Ranchos y, antes de entrarse el sol, nos detuvimos en la vivienda de una pobre familia. Yo arreglé mi cama bajo un árbol, pero empezó a tronar y a llover, viéndome obligado a buscar abrigo en el rancho mismo. Este hubiera servido apenas, como establo, para dos caballos, sin embargo, estaba ocupado por un hombre, dos mujeres y dos niños, los que todavía se dieron maña para dejarnos un sitio a mí y a don Pedro. Por cierto que es preferible dormir al aire libre y no en el interior de estos ranchos del país, cerrados y pequeños. Las chinches y las pulgas resultan más que molestas; un solo ejemplar de las primeras es más ofensivo que tres de sus congéneres de Inglaterra. Hay que cuidarse de aplastarlas contra uno mismo porque lo ensucian todo; preferible es cogerlas con la mano arrojándolas a cierta distancia o bien pisarlas en el suelo.
A la mañana siguiente, seguimos camino de Córdoba y llegamos a la ciudad ya cerca de mediodía. Atravesamos todavía una llanura desolada, interrumpida apenas por algunas lomas de acentuadas ondulaciones que se extienden por los alrededores del Sauce. Ese día encontramos avestruces y venados en abundancia. Era cosa de ver, al entrar en la ciudad, las ruidosas y espontáneas expresiones de complacencia con que los conocidos recibían a don Pancho, a medida que avanzábamos por las calles.
Así que llegamos a Córdoba, me dirigí a la casa de gobierno para entregar mi carta de presentación a Su Excelencia el general don Manuel López. Este se encontraba ausente en una expedición contra los indios, pero el delegado don C. M. González me probó que sabía representarle, de inmediato dispuso lo necesario —197→ para facilitar mis averiguaciones y cooperar en todos mis proyectos, con la mayor urbanidad.
El sitio para el emplazamiento de la ciudad no ha sido bien elegido. Se trata de una profunda hondonada, preferida por la seguridad que ofrecía contra las invasiones de los indios, que en tiempo de la fundación (1573), hostilizaban de continuo a los primeros pobladores.
El Río Primero abastece de agua a la ciudad: en verano es apenas un arroyuelo superficial, pero llegado el invierno, se convierte en un río ancho y profundo. En tiempos de grandes lluvias un inmenso caudal de agua se derrama sobre la población desde las laderas vecinas. Para defender la ciudad, ha sido necesario construir un recio muro que detiene las aguas, desviándolas hacia un canal apropiado, El número de habitantes de la ciudad, se calcula en quince mil.
A juzgar por la cantidad de iglesias, como por el lujo y magnitud de las mismas, podría creerse que Córdoba haya sido en otro tiempo ciudad de considerable importancia. Diez de sus templos pertenecen a comunidades religiosas y acaba de erigirse uno, muy espléndido, costeado por las monjas. Hay dos conventos de religiosas y dos de frailes: uno de franciscanos y otro de dominicos. En arquitectura prevalece el estilo morisco: la iglesia Matriz, situada en la plaza y construida en 1580, es un bello edificio que revela mucha habilidad arquitectónica y contiene bastantes riquezas. Algunos templos tienen buenas pinturas, aunque debo decir que la iglesia de los franciscanos ostenta muchos metros cuadrados de pésimas telas pintarrajeadas.
La universidad ocupa cuatro acres de terreno y es edificio de grandes proporciones, bien conservado, pero —198→ su tesoro se halla tan exhausto que los profesores apenas si pueden vivir con el estipendio que reciben de los estudiantes. No tienen otra fuente de recursos. El plan de estudios es muy semejante al de España. Junto a la residencia de los jesuitas, se alza una hermosa iglesia: el techo abovedado tiene maderas ricamente doradas y pinturas al fresco. El número de eclesiásticos en la ciudad, entre seculares y regulares, llegará a una centena.
Mientras recorríamos, por espacio de algunas horas, estos edificios religiosos, pensábamos, sin quererlo, en los tiempos medievales: los viejos monjes de cogulla y capucha, con sus rosarios y crucifijos, la devoción silenciosa de algunos, las preces murmuradas por otros, los claustros sombríos, el confesonario secreto, las bien provistas cocinas, los limpios refectorios, todo nos transportaba a los tiempos de la teocracia, en que se consideraba un crimen el adorar a Dios con la ayuda de la única luz que Él ha concedido a los hombres.
Lo más notable que tiene la ciudad es el paseo público; abarca una buena extensión de terreno, con un estanque en forma cuadrangular, alimentado por un arroyo cristalino. Le circundan senderos provistos de bancos a la sombra de sauces y álamos. En el centro hay un templete en forma de linterna con una cúpula, rodeado por un pretil de ladrillo y una verja de hierro forjado.
Algunas personas del bello sexo -muy pocas, dada la estación en que yo visitaba la ciudad - paseaban por aquel deleitoso retiro: es que la privanza de las órdenes monásticas y la influencia clerical, hacen a las gentes muy retraídas en sus costumbres.
—199→La ciudad es muy limpia y en apariencia muy ordenada. Las calles, que se cruzan en ángulo recto, están bien mantenidas y con buen alumbrado. La única industria es la del cuero. No existe ningún periódico, aunque en otro tiempo se han publicado dos semanarios. Últimamente, ha sido fundada una casa de moneda para acuñar piezas de plata, pero éstas son tan impuras, por el exceso de aleación, que no circulan fuera de los límites de la provincia. El clima es saludable aunque no llueve suficientemente.
Puede decirse que no hay extranjeros en la ciudad, ni siquiera en la provincia, si se exceptúan algunos pocos franceses y dos o tres ingleses. El arquitecto del gobierno, es un francés muy rico e influyente.
La distancia entre Córdoba y Buenos Aires, en línea directa, puede ser de unas ciento veinte leguas; el camino actual forma un circuito de ciento ochenta leguas, debido en parte a la necesidad de salvar la zona dominada por los indios pampas y también para evitar una extensión de terreno bajo y pantanoso. La distancia al puerto de Rosario, sobre el río Paraná, es de cien leguas, aproximadamente.
Si se hace un paseo a caballo por las afueras, pueden verse paisajes interesantes: desde un altozano se ofrece una vista de la ciudad a vuelo de pájaro; desde otra altura dominase un extenso y hermoso panorama de la campiña circundante: en primer plano una pendiente arbolada, sobre la cual se dibujan claramente las torres y cruces de la ciudad; a la derecha, un arroyo tortuoso contornea los suburbios; desde allí arranca un terreno que asciende hasta perderse en el horizonte lejano; allende la ciudad, la vista se detiene sobre una extensa llanura que va elevándose hasta confundirse —200→ con las primeras estribaciones de otras montañas escalonadas que alcanzan una altura de dos mil pies.
Antes de dejar la ciudad, estuve a visitar a don C. M. González para agradecerle las atenciones con que me habían favorecido todas las autoridades. Su Excelencia me expresó los sentimientos generosos que todas las clases sociales de la provincia experimentaban por los extranjeros y me recordó que no solamente eran bienvenidos en calidad de colonos, sino que se les permitía desempeñar sus profesiones sin dificultad alguna, mientras los ciudadanos nativos llevaban sobre sí todas las cargas del estado. Me pidió muy particularmente que, estos sentimientos, muy sinceros, los hiciera conocer al mundo.
Mi primera intención había sido proseguir el viaje hasta Río Cuarto, con el propósito de visitar un campo de los señores Feilden, de Manchester, compuesto de cuarenta leguas cuadradas de pastoreo, que antiguamente perteneció a los jesuitas: pero como esto me significaba un recorrido de sesenta leguas, alargándome el viaje, abandoné el proyecto y decidí volver a Santa Fe. No puedo dejar de agradecer, a esta altura de mi relato, las finas atenciones con que me favorecieron, el doctor Hawling, estadounidense, que reside en la ciudad de algunos años atrás, y los señores don Juan Campillo y don B. Ocampo: estos últimos me proporcionaron valiosas informaciones.
Partimos de la ciudad ya muy entrada la tarde y después de cabalgar unas ocho leguas, nos acostamos bajo un árbol del camino. En la noche del día siguiente, paramos en casa de un amigo de don Pancho. Al llegar, encontramos que toda la familia dormía bajo un árbol. La buena mujer -dueña de casa- nos dio agua —201→ para beber y, como ya no era hora de asar un cabrito, resolvimos dormir en el mismo sitio. En estas provincias del norte, la mayoría de los habitantes acostumbra a dormir al aire libre, salvo en los días muy fríos del invierno. Al general López, último gobernador de Santa Fe y hombre de considerable influencia política y militar, oíasele decir con frecuencia que durante diez y ocho años de su vida, no había dormido nunca en el interior de una casa y desde que salió de la infancia, hasta que contrajo matrimonio, no durmió nunca sobre una cama. Los patios y las azoteas son los preferidos para el sueño: en Córdoba, toda la servidumbre femenina de la casa en que yo me alojaba, dormía en el patio, frente a mi dormitorio.
Proseguí mi viaje en la mañana siguiente y por la noche llegamos a El Tío, destacamento fronterizo de Córdoba. Debíamos atravesar desde allí una extensa llanura de cien millas, totalmente despoblada, sin agua, y expuesta a los ataques de los indios, como ya he dicho. Yo traía una orden del gobierno de Córdoba para que el comandante de El Tío nos proporcionara una escolta, pero decliné sus servicios; no creía mucho en el peligro, y además, presumía que en caso de un ataque efectivo de los indios, algunos de nosotros habríamos de fiar más en las patas de los caballos, que en las armas que llevábamos.
Muy de mañana salimos de El Tío. El sol quemaba y a mediodía interrumpimos la marcha para ponernos a la sombra. En tales casos se elige, si es posible, un sitio de pastos abundantes; los viajeros desensillan los caballos bajo los árboles y extienden sus ponchos sobre las ramas formando una especie de toldo. El recado sirve como lecho para dormir la siesta. Bajo —202→ aquel dosel de ramas, y mientras llega el sueño, pueden admirarse los pájaros del más variado plumaje, especies innumerables de insectos, y observar los venados cuando vienen a beber. Un lindo espectáculo ofrecen los venaditos pequeños cuando se aproximan a un arroyo, cautelosos y tímidos, y a la vez impacientes por apagar su sed.
Después de descansar dos o tres horas reanudamos el viaje, marchando hasta la media noche; esta vez maneamos los caballos sin desensillarlos; envueltos en los ponchos, nos acostamos en el suelo y dormimos por algunos momentos. Cuando nos sentimos algo recobrados de la fatiga, seguimos andando y al día siguiente, poco después de entrado el sol, llegábamos al Sauce, muy satisfechos, no sólo por encontrarnos fuera del alcance de los indios, sino porque en cien millas de marcha, no habíamos probado otro alimento que pan, higos y agua turbia.
A distancia de unas leguas del Sauce, se veían algunas quemazones de campos, que ofrecían un aspecto imponente. Al otro día por la mañana llegamos a Santa Fe. Para entrar en la ciudad tuvimos que cruzar el río Salado en una canoa formada con el tronco excavado de un árbol. Los caballos pasaron a nado.
Hice mis visitas de despedida a los amigos y al gobernador delegado, quienes me facilitaron cuantos datos necesitaba, explicándome minuciosamente las cosas que deseaba conocer. A todos ellos quedaré siempre muy obligado. También a don Mariano Puig y a su hermano don Tomás, debo mucha gratitud por sus sentimientos generosos y su hospitalidad.
—203→
Descripción de Paraná. - Clima y producciones. - Costumbres del pueblo. - Enfermedades. - Historia. - Los gobernadores. - Condiciones favorables al comercio. - Títulos de propiedad inmueble, defectuosos. - Producción del suelo. -Temperatura y lluvias. - La langosta. - Viaje desde Paraná. - Árboles. - El pasaje de un río. - Una primitiva casa de postas y sus moradores. - Modo de encender fuego. - Los caballos cimarrones. - Descripción de Concordia. - Cascada de Salto. - Espléndido paisaje de los alrededores. - Intento de colonización malogrado. - Propiedades inglesas. - Descripción del Uruguay. - Tropas de ganado orejano y montaraz. - Las milicias. - Castigo de los ladrones. - Renta de la tierra. - Gualeguaychú: su edificación y sus habitantes. - Nidos de avestruces. - Gualeguay. - Estancias inglesas. - Viaje desde Gualeguay. - Los carpinchos. - Un viaje fatigoso por la isla de Las Lechiguanas. - Llegada a Buenos Aires.
Fuimos a Paraná en un bote descubierto. Después de navegar más de cuatro leguas, siguiendo el curso del río, llegamos a la ciudad, situada en la margen opuesta a la de Santa Fe. Era ya la media noche y como el tiempo estaba húmedo y frío, nos vimos obligados a despertar a un oficial de aduana, que nos albergó bondadosamente. Los otros pasajeros del bote -entre ellos cuatro mujeres- durmieron bajo los árboles. Esta ciudad, como todas las demás, carece en absoluto de hospederías u otros alojamientos para viajeros; de ahí que éstos acostumbren a parar en casa de algún amigo, cuando no alquilan particularmente una habitación. —204→ El gobernador, general Urquiza, se hallaba en campaña, combatiendo en la provincia de Corrientes, pero el delegado nos recibió con toda civilidad.
La ciudad, fundada por el año 1730, no tiene nada que la distinga de las ya descriptas anteriormente. Está situada sobre una barranca muy alta del río Paraná, a una milla más o menos de la costa, en los 30º 45’ de latitud sur y 60º 47’ del meridiano de Greenwich. El camino que la comunica con el río, apenas puede llamarse así, y como la barranca es muy escarpada, el acarreo se hace difícil y se encarecen mucho los fletes y las mercaderías. La aduana funciona en el centro de la ciudad, y esto importa otro inconveniente. La gente no parece muy inclinada al comercio; se ven algunas tenerías, pero en ruinas, lo mismo que otros vestigios de una industria anterior, extinguida. La población ha sido en otro tiempo, hasta de diez mil habitantes, pero actualmente se halla reducida a unos seis o siete mil. Con todo, va en aumento desde hace algún tiempo. Los extranjeros cuentan en número de cien, aproximadamente, casi todos italianos; habrá una docena de franceses, una media docena de ingleses y dos norteamericanos. Por ahora no existen edificios públicos, pero un arquitecto norteamericano, Mr. Guillon, tiene a su cargo la construcción de una casa de gobierno. Hace algunos años se empezó también a edificar una iglesia de regulares proporciones, que ha quedado sin terminar.
Los artesanos son escasos y apenas si pueden desempeñar los oficios más necesarios. El comercio de exportación consiste en cueros, cerdas, sebo y cal, siendo el tráfico de este último producto, muy importante. Pertenecen al puerto de la ciudad algunos barcos pequeños, si bien no existe todavía una matrícula de registro. El —205→ suministro de agua para la población se realiza en malas condiciones porque debe llevársela desde el río, en carros tirados por bueyes. Suele pagarse, de un chelín a diez y ocho peniques por una sola pipa de agua. Las frutas que se producen en mayor abundancia son las naranjas, las uvas, los limones, duraznos y albaricoques.
En invierno, y por unos dos o tres meses, el clima es húmedo y frío, pero en el resto del año se mantiene suave y seco. Las chimeneas interiores no se usan en las casas de familia y rara vez he visto alfombras en algunas habitaciones. Las gentes -de toda condición- pasan la mayor parte del tiempo al aire libre y sólo viven bajo techo mientras duermen o en los días de lluvia. Podría creerse que, gracias a esta circunstancia y a la benignidad del clima, gozan de muy buena salud, pero en el hecho no es así. La costumbre de fumar tabaco y de tomar mate con bombilla, es común a las personas de ambos sexos en todas las clases sociales. Esto, agregado a la vida ociosa que muchos llevan, contribuye al desarrollo de diversas enfermedades crónicas del aparato digestivo -particularmente en su parte superior- y a dolencias agudas y también crónicas de la matriz. Son, asimismo, bastante frecuentes las enfermedades agudas del pecho, pero no así las de cabeza y las consuntivas del pulmón, que se dan raramente. Las intermitentes son desconocidas. Como enfermedad endémica, común también a las provincias vecinas, debe señalarse el bocio, que en esta población presenta la particularidad de que ataca solamente a las mujeres. He conocido varios hombres con bocio, pero eran de regiones pertenecientes a Santa Fe, donde el bocio está muy extendido. En Santa Fe, como en Corrientes y Paraguay, los hombres atacados de esa —206→ enfermedad son pocos en proporción a las mujeres que sufren de ella. Creen los naturales que el bocio es producido por el agua que se bebe y así, he oído relatar uno o dos casos de hombres y mujeres que, por beber agua del mismo pozo, tenían el cuello inflamado.
Por lo que atañe a la historia remota de esta provincia, nada he podido saber de interesante: ni siquiera de carácter legendario. El territorio tuvo como primitivos habitantes a una tribu de indios llamados charrúas, contra los cuales vivieron en continua guerra los primeros pobladores blancos. Finalmente, por el año 1750, se dio una batalla decisiva, a orillas de un arroyo llamado desde entonces de la Matanza, donde los indios fueron destruidos, casi por completo. Los que pudieron escapar, se refugiaron en la Banda Oriental y nunca más intentaron atacar el territorio.
Después de la declaración de independencia, esta provincia continuó por poco tiempo bajo la jurisdicción de Buenos Aires, pero luego se negó a reconocer su autoridad43. Cada jefecillo trató de convertirse, mediante su espada, en un señor soberano. Para 1816, el general Artigas, entonces poderoso en la Banda Oriental, envió una fuerza al mando de Francisco Ramírez, contra don Eusebio Hereñú44 que en esos momentos hacía de gobernador de Entre Ríos45. Ramírez le derrocó y se apoderó del gobierno; luego se rebeló contra la autoridad de Artigas, quien inmediatamente invadió la provincia. El jefe oriental maniobró con éxito, al principio, —207→ pero en 1819 fue completamente derrotado por Ramírez y buscó refugio en la provincia del Paraguay46. Ramírez a su vez, sintiéndose seguro, cruzó el río Paraná y se dirigió a Santa Fe con un cuerpo de caballería, dispuesto a invadir Buenos Aires. Se le opusieron, don Estanislao López, gobernador de Santa Fe, y La Madrid, jefe de las fuerzas porteñas. En una batalla librada cerca de la frontera de Córdoba, fue muerto Ramírez. Su hermanastro, don Ricardo López Jordán, se declaró entonces «Supremo jefe de la Provincia». El general don Lucio Mansilla, comandante de la infantería y que había contribuido a la derrota de Artigas, se pronunció contra don Ricardo y finalmente le derrocó del poder. Poco después se reunió un congreso, convocado por Mansilla, y compuesto de diputados representantes de diversas localidades de la provincia. Este congreso dictó un cuerpo de leyes y organizó un gobierno que, nominalmente, ha existido hasta hoy. La provincia quedó dividida en departamentos y subdepartamentos, el gobierno se reconcilió con el de Buenos Aires, haciendo alianza con él y trató, en todo, de inspirar la mayor confianza posible. El general Mansilla gobernó hasta 1824, año en que renunció formalmente el poder, siendo entonces elegido don León Solas. En años sucesivos, varios hombres ignorantes e incapaces, usurparon la autoridad civil y militar, sobreviniendo como consecuencia la anarquía que se prologó hasta 1831. En este año47 asumió el gobierno don Pascual Echagüe y pudo restaurar el orden. La guerra volvió a encenderse en 1838 viéndose la provincia envuelta en nuevas calamidades, pero en 1841 fue elegido gobernador —208→ el general Urquiza, quien, desde entonces, ha logrado mantener el orden y la autoridad.
La posición geográfica de la provincia de Entre Ríos, es decididamente favorable al comercio. Puede hacerse la navegación interior por espacio de varios cientos de millas y los barcos destinados a Europa, estarían en condiciones de efectuar sus cargas en inmejorables condiciones. Pero sus relaciones políticas, mercantiles y sociales, se hallan tan desorganizadas, que, por el momento, parece imposible que la provincia pueda salir del caos en que vive. El gobierno de España había hecho grandes concesiones individuales de tierras a diversas personas, pero resultó que, en muchos casos, esas tierras fueron usurpadas por ocupantes intrusos, y los propietarios verdaderos no han podido desalojarlos nunca, por ningún medio. La anarquía continua en que ha vivido la provincia, ha contribuido también a que los títulos de propiedad de la tierra, no ofrezcan mucha garantía, y tan poca atención se ha prestado al asunto, que las autoridades no siempre están en condiciones de poder asegurar la ubicación de las tierras públicas. De ahí que los extranjeros no las compren sino bajo garantía formal del gobierno.
El suelo produce trigo, cebada y maíz; también puede obtenerse tabaco y algodón de buena calidad. Las cosechas, sin embargo, son muy problemáticas, a causa de las duras sequías que suele sufrir este suelo y también toda la República. Estas sequías, secas, como las llaman aquí, son, a veces, generales, pero con más frecuentes solamente regionales. Durante los años 1830, 1831 y 1832, hubo una sequía general en todo el país, que trajo una enorme mortandad de ganado, por falta de agua y pastos. En los años 41, 42, 46 y —209→ 47 se produjeron también grandes sequías en la provincia de Entre Ríos. La tabla meteorológica que ofrecemos, muestra las observaciones termométricas obtenidas en un período de cuatro años, como también el número de días de lluvia, durante ese lapso de tiempo. Es la mejor demostración que he podido obtener en —210→ cuanto a temperatura y clima; debo los datos al doctor Kennedy48, a quien quedo muy agradecido.

Esta provincia, y alguna de las vecinas, se hallaban invadidas por inmensas mangas de langosta. El poder destructor de estos insectos es increíble. En los meses de julio, agosto, septiembre y en ocasiones hasta en octubre, aparecen, procedentes de las regiones del norte y extienden su vuelo a través de la provincia de Santa Fe, pero muy raramente, o nunca, llegan más allá del río Uruguay. Parece que buscaran esa región del país únicamente para poner los huevos. El desove dura de veinte a treinta días y una vez cumplido, mueren las langostas madres. Uno o dos meses después, aparecen las langostas pequeñas: en un principio son blancas, pero luego adquieren un tinte oscuro, asemejándose en mucho al saltamontes pequeño. Pasados dos meses, ya tienen alas y están en condiciones de emprender vuelo en dirección al norte. La migración es simultánea porque, aun cuando el mayor número de insectos tenga las alas bastante fuertes, como para volar, ninguno lo hace hasta que todos se encuentran aptos para levantar el vuelo.
Para cruzar la provincia y pasar el río Paraná, tardan varios días con sus noches y vuelan en dirección a esa extensa región del país llamada Chaco, habitada únicamente por los indios. La ruta exacta que siguen es desconocida, por lo menos aquí, y sólo puede ser materia de conjeturas, porque el vuelo se extiende más allá de la provincia del Paraguay. Si bien, como hemos dicho, las langostas vienen hasta aquí únicamente —211→ a depositar sus huevos, parece que la fecundación principal del macho se hace todavía necesaria, porque cuando andan en la postura se les puede ver siempre apareadas. Macho y hembra perforan la tierra con la extremidad posterior del cuerpo y se entierran ellos mismos hasta las alas. Es común encontrarlas muertas en esa posición. Los huevos aparecen envueltos en una larga celdilla semejante a un pequeño cartucho de fusil, de dos pulgadas de largo y de una sustancia viscosa e impermeable al agua.
Las langostas escogen las tierras más duras para depositar sus huevos y es de notar que no vuelven periódicamente. Hubo una invasión en 1833 y las visitas se repitieron anualmente hasta 1840; desaparecieron luego hasta 1844 y, desde entonces, parece que han vuelto año tras año, sucesivamente. La voracidad y destructividad de estos insectos, es incomparable. Acosados por el hambre, se les ha visto comer la tierra, la corteza de los árboles más duros, el algodón y el hilo, pero solamente en casos muy extremos comen las parras, el cardo, el melón, el paraíso o árbol de ámbar. No comen tampoco ninguna sustancia animal. A veces, en el campo, comen enteramente los techos de paja de las casas, y las gentes se ven obligadas a renovarlos. El número de los insectos es incontable. Un viajero puede cabalgar en distancia de diez a veinte leguas, entre nubes de langostas, tan densas que constituyen un peligro para los ojos. Ni las ciudades ni los campos abiertos se ven libres de ellas. Cuentan que en el Paraguay, los habitantes lograron exterminarlas por unos cuantos años, obligando el gobierno a cada familia a presentar un cierto número de kilos de huevos; también se siguió el sistema de cavar zanjas en los lugares donde aparecía —212→ la langosta pequeña; luego las gentes, provistas de ramas de árboles, las hacían caer en los pozos, cubriéndolas luego con tierra.
Antes de relatar mi viaje de Paraná en adelante, debo expresar mi reconocimiento al doctor Kennedy, residente en la ciudad, quien me facilitó preciosas informaciones.
Después de dejar la ciudad, atravesamos una comarca muy pintoresca y escasamente poblada. En distancia de unas veinte leguas, anduvimos por un bosque, que se prolonga hasta la provincia de Corrientes, con un ancho de treinta a cuarenta leguas y en cuyo término se halla una inmensa laguna. Los árboles son de escasa altura, retorcidos y achaparrados: ñandubays, algarrobos, espinillos blancos y negros, quebrachos y guayabos. Los más abundantes y útiles son el ñandubay y el algarrobo, pertenecientes ambos a la especie de las mimosas; la madera del ñandubay es muy dura y tiene la buena cualidad de que no se carcome. De este árbol, puede extraerse, aunque en poca cantidad, una goma parecida a la de la acacia, o goma arábiga. La semilla del algarrobo es comestible y en algunas provincias forma parte del alimento ordinario de la población. La semilla del espinillo se emplea como colorante negro y la corteza del guayabo se utiliza en la industria de la curtiduría. Esta provincia tiene fama por sus buenos bosques, pero sólo puede considerársela así en un sentido puramente comparativo. Aunque menos escasa que en otras provincias, la madera útil es importada de las regiones del Báltico y de Norte América. No puede decirse lo mismo del Paraguay, donde hay extensas selvas de madera valiosa.
El segundo día de viaje, por la mañana, y a poco de ponernos en marcha, tuvimos que vadear un río. —213→ Para evitar que se mojaran las pistolas, las aseguré sobre la cabeza de mi caballo e hice un atado con las ropas, echándolas a la espalda. Ya en medio de la corriente, las pistolas se aflojaron y el animal se asustó tanto con ello que apenas si pude salvar mi apero y llegar salvo a la orilla, pero completamente mojado. Por fortuna, la casa de posta no se hallaba lejos y fuimos hasta allí para secar nuestros avíos. Esta casa, o más bien cabaña o choza, estaba habitada por un hombre ya anciano y tres hijos suyos, quienes llevaban el género de vida más primitivo que yo había visto hasta entonces. La choza estaba compuesta por una armazón de madera, cortada de los árboles vecinos y recubierta de mazos de pasto, atados por lonjas de cuero crudo. El moblaje consistía en un cuero seco, colocado sobre una especie de plataforma elevada, en un ángulo del rancho; esto servía de asiento durante el día y de lecho durante la noche, Los pocos utensilios domésticos, eran también del orden más primitivo: una olla de hierro, de tres patas, unas grandes calabazas donde guardaban el agua y conchas recogidas en el río cercano, que hacían de cucharas. Asegurado en el techo, colgaba un cuero dispuesto de tal manera que servía para guardarlo todo, y en otro lugar estaba suspendido el esqueleto torácico de una oveja, haciendo las veces de canasta.
A poco de llegar nosotros, encendieron fuego y asaron un cordero. Para hacer fuego se valen de un procedimiento muy curioso: un muchacho se procuró un trozo de palo bien seco y poroso, de unas seis pulgadas de largo, introdujo uno de sus extremos entre los pezuños de una pata de cordero, la que tomó apretándola con su mano izquierda; asentó el otro extremo —214→ del palito sobre un trozo de madera muy dura y luego con la cuerda de un arco, restregó con rapidez el palito sobre la madera y obtuvo fuego en seguida. Terminada la comida, los hijos del dueño de casa se pusieron de pie y recitaron algunas oraciones, pidiendo después al padre la bendición. Es ésta una costumbre muy general en la región, que estuvo antiguamente bajo la influencia de los jesuitas. Hombres de toda edad, a veces encanecidos, acostumbran a recibir diariamente la bendición de sus padres. En la posta siguiente, encontramos cuatro o cinco chozas muy semejantes a la anterior: una buena mujer nos brindó esta vez, sobre una fuente, leche, bizcochos y miel silvestre.
Los habitantes de esta parte del mundo, parecen considerar que el cielo y la tierra bastan como única morada. El uso que ellos hacen de lo que nosotros llamamos una casa, es el que hacemos nosotros de la despensa o del ropero: es decir, la destinan sobre todo a la guarda de comestibles y ropas. Constituye una excepción la alcoba en que duerme la dueña de casa, pero no hay que acercarse a ese boudoir sino con el debido permiso y un profundo respeto. Me resultaba muy cómico, a veces -después de terminada la comida-, cambiar con la familia expresiones de fina cortesía y alejarme luego en busca de algún sitio raso bajo los árboles, en donde divagar a mi gusto. Cuántas veces, en tales circunstancias, he ambicionado el cochecillo del hada, descripto en «El sueño de una noche de verano»...
En la mañana siguiente, antes de salir el sol, y sin habernos desayunado, nos acercamos al río Gualeguay y lo cruzamos en una balsa, haciendo nadar a los caballos. Lo primero que llamó mi atención, al llegar a la orilla opuesta, fue la presencia de un hombre desnudo, —215→ luego apareció otro, y un tercero, y un cuarto. Recobrado de mi sorpresa, pude advertir que se aproximaba una tropa muy grande de caballos, lo que me aclaró el misterio. Eran caballos devueltos como inútiles para el servicio, desde el ejército que luchaban a la sazón en Corrientes. Los hombres se ocupaban de hacerles atravesar el río, para lo cual los dividían en tropas pequeñas, obligándolos a entrar en el agua. La escena era de un carácter extremadamente agreste: los hombres, expertos nadadores, se divertían arrojándose del lomo de un caballo a la cola del otro, nadando, zambullendo y lanzando gritos.
Al tercer día de viaje, desde la ciudad de Paraná, atravesamos una extensión de campo despoblada, de unas cuarenta a cincuenta millas, donde pastaban tropas inmensas de vacas y caballos chúcaros. Todos estos animales huían a medida que nos acercábamos, presentando un aspecto imponente. Una manada de caballos salvajes produce la más singular impresión: la esbeltez de sus formas, la soltura de sus movimientos, la rapidez fogosa de su carrera, las crines largas y flotantes, las colas al viento, formaban un cuadro lleno de belleza y gracia. Cuando pasaron en masa, galopando atropelladamente, con sus crines y copetes agitándose a la luz de la luna mientras hacían temblar el suelo con sus cascos, produjeron en mí una impresión romántica, rayana en lo sublime.
La ciudad de Concordia, situada a orillas del río Uruguay, parece destinada a adquirir mucha importancia, pero el sitio para su fundación ha sido mal escogido. Cuando el río está bajo, los barcos se ven obligados a fondear a dos millas de la población. Estando alto, pueden aproximarse a distancia de una milla. Doce años —216→ atrás, algunos pocos ranchos bastaban para contener toda la población, que al presente suma unos mil habitantes.
Las casas, en su mayoría, están construidas con estacas revocadas de barro, y tienen techo de paja; hay muy pocas de ladrillo. Hasta hace poco tiempo existía un establecimiento para la manufactura del sebo, que ha cesado de trabajar, pero la maquinaria de vapor y los tanques se hallan todavía en el local. Posee también Concordia una iglesia modesta y una escuela bastante grande y bien edificada, cuya creación y sostenimiento se debe al gobierno de la provincia. La provisión de agua para la ciudad, deja mucho que desear. En la orilla opuesta del río se levanta la ciudad del Salto; unas cuantas leguas arriba, está la cascada conocida por el Salto Grande. Me habían ponderado mucho este sitio y me trasladé hasta él, pero sufrí una gran decepción.
El lecho del río está formado por una capa de rocas en pendiente, de una extensión de un cuarto de milla más o menos, con ancho de unas trescientas yardas. En uno o dos sitios, cuando el río está bajo, el agua forma canales estrechos que, vistos a cierta distancia, dan la impresión de que podrían cruzarse a pie. El campo era el más pintoresco que había visto hasta entonces en la región porque, si bien las ondulaciones del suelo no merecen el nombre de colinas, son altas lo bastante como para dar variedad al paisaje.
En 1825, se formó en Inglaterra una sociedad bajo los auspicios de Mr. Beaumont, de Londres, con el propósito de colonizar algunos campos, situados al sur de Concordia; se compraron a ese efecto ciento quince leguas de tierra y se fletaron dos o tres buques con los —217→ pobladores, los instrumentos agrícolas y otros efectos. Pero después de haberse insumido sumas considerables, la empresa fue abandonada49. A pesar de ello, una parte de las propiedades quedó en manos de súbditos británicos. Existe un establecimiento muy valioso, propiedad de Mr. Campbell, en sociedad con los señores Wright y Parlane, de Manchester; tiene un área de unos 90.000 acres ingleses y forma, en su conjunto, una espléndida estancia. Los buques pueden cargar directamente para Europa, lana producida en el mismo establecimiento. Esta región de la provincia, ha sufrido en forma terrible con las guerras civiles, no sólo por haber sido teatro de muchas batallas, sino por haberse visto expuesta a las invasiones de los correntinos, que en sus depredaciones arrearon muchos miles de ovejas e innúmeras tropas de ganado. Pero los correntinos han sido últimamente sometidos por el ejército de Buenos Aires y anexada la provincia otra vez a la Confederación Argentina50.
Dejamos la estancia de Mr. Campbell ya muy entrada la tarde y llegamos en la noche a la ciudad del Arroyo de la China. Hicimos una parte del camino a través de un campo de suelo arenoso, cubierto por un bosque de palmeras florecidas. Las vacas, los venados y los avestruces, ofrecían un aspecto muy bello a la sombra de esos árboles en cuyos ramajes se albergaba una gran cantidad de loros bulliciosos.
—218→La ciudad del Arroyo de la China, llamada ahora del Uruguay, se halla situada sobre el río del mismo nombre. Parece una población antigua y presenta un aspecto ruinoso y abandonado; se extiende sobre una área bastante grande, pero las casas se hallan muy apartadas unas de otras y los terrenos baldíos, que, podría creerse destinados a jardines, aparecen cubiertos de yuyales. La mayor parte de las viviendas son de estacas y barro, techadas de paja, aunque también las hay de ladrillos, con azoteas. La población es de unos dos mil habitantes. La ciudad tiene una plaza en cuyo centro se levanta una pirámide medio derruida. A escasa distancia está la iglesia, rodeada en parte por una tapia ruinosa; en dirección opuesta puede verse un molino de viento, también en ruinas. En el puerto había cinco pequeñas goletas que podían ser arrastradas hasta la orilla, para recibir directamente la carga.
El gobernador, general Urquiza, posee, cerca de la ciudad, un saladero bastante amplio, administrado por un francés. No hay muchos extranjeros en Uruguay: unos pocos italianos y algunos franceses, pero ningún inglés. Cuando dejamos la ciudad, pasamos a través de una región donde el ganado cimarrón, vacuno y caballar, era en extremo abundante. Una estancia, propiedad de don M. García, que comprende cien leguas cuadradas, tiene, según se calcula, cien mil cabezas de ganado vacuno y cincuenta mil caballos y yeguas. La estancia limítrofe, de don I. Elaia, abarca una extensión de ochenta leguas cuadradas.
Las causas de esta superabundancia de ganado salvaje, en la provincia, pueden explicarse en pocas palabras. Cuando la reciente guerra con Montevideo llegó a su momento más álgido, el gobernador levantó un gran —219→ ejército y entró en territorio oriental como partidario y aliado del general Rosas51. En esa ocasión los soldados se quejaron al general Urquiza de que, mientras ellos luchaban en territorio oriental, los vecinos de Entre Ríos se apoderaban de sus ganados, marcándolos indebidamente. Entonces, para evitar ese daño, Urquiza dio un decreto prohibiendo como medida general la marcación de ganado. Esta medida, si bien evitaba un mal, dio lugar a otro mayor, porque, andando el tiempo, los ganados aumentaron naturalmente, hasta hacerse tan numerosos que los dueños no pudieron evitar se mezclaran unos con otros y, como no tenían marca, sobrevino la mayor confusión. Muchos propietarios que habían faenado o perdido sus animales marcados, no se atrevían a matar los orejanos. Para remediar esta última situación, se dio un decreto autorizando matar los animales sin marca, pero previo aviso a la autoridad, que tenía órdenes de permitir el sacrificio de los destinados únicamente al consumo de cada familia. Podrá parecer extraño, pero se daba el caso de propietarios que veían sus campos inmensos cubiertos de miles de vacunos, y no mataban más de un ternero para satisfacer las necesidades domésticas, eso después de haber obtenido el correspondiente permiso.
Terminada la guerra en la Banda Oriental, el general Urquiza volvió a la provincia y licenció su ejército. Entonces se impartieron órdenes para proceder a la marcación del ganado, pero, debido a la escasez de población y a que la hacienda se había vuelto muy montaraz, —220→ la tarea no resultó muy fácil. En la parte norte de la provincia, algunos propietarios no encontraron animales que marcar porque los correntinos habían efectuado frecuentes incursiones arreándose las haciendas. Las partidas habían pasado y repasado la frontera, como mangas de langosta, devastando los campos y extendiendo la ruina y la desolación por todas partes. Cuando los propietarios de una estancia inglesa salieron al campo para recoger sus haciendas, encontraron unos mil toros, o poco, más. Parece ser que las vacas se prestan más para el arreo fuera de sus campos, mientras los toros se resisten a abandonarlos: también es cierto que los soldados sienten repugnancia por la carne de toro y esto explicaría lo ocurrido en la referida estancia.
Por ese tiempo, el General estableció varios saladeros, algunos por su propia cuenta y otros en sociedad, dedicados a la manufactura del sebo, pero el precio pagado por los animales apenas si dejaba un penique de ganancia, deducidos los gastos de recogida y arreo del ganado hasta el saladero mismo. El precio de cada caballo, era de cuatro a seis chelines y se tenía en cuenta el tamaño del animal, su grosor y el largo de las cerdas en la crin y la cola. Hubo casos en que algunos estancieros ingleses, ocuparon más de veinticinco hombres bien montados para recoger caballos cimarrones y el precio que debieron pagar a sus peones excedió al de los animales en el mercado. El ganado vacuno se recoge y arrea con más facilidad: cuarenta o cincuenta hombres bien montados, si salen al amanecer, pueden, antes de la noche, formar una inmensa tropa, de unos tres o cuatro mil animales, y -con suficiente pericia- conducirla hasta un corral donde en pocos días se sacrifica todo el ganado.
—221→Aquí es el caso de recordar un hecho que llevó al colmo de la ruina a los estancieros de Entre Ríos: En 1846, se produjo una espantosa sequía y hubo incendios de campos que dejaron sin pasto a las haciendas; éstas abandonaron entonces sus querencias en busca de agua y alimentos. Algunos propietarios perdieron cinco mil animales, otros diez mil, otros cincuenta mil; en una estancia inglesa del sur, se calculaba en ciento cincuenta mil, el número de los animales que habían abandonado sus campos de pastoreo dispersándose por toda la provincia, sin haber producido un centavo a sus propietarios. Pero, en realidad, todos esos animales no han abandonado la provincia y hacen parte de su riqueza. Ahora bien, por una ficción de la ley, resulta que los propietarios aparecen como haciendo abandono al gobierno, de todos esos animales, considerados sin dueño en su calidad de orejanos. De ahí que gran parte de esa riqueza ganadera, parezca destinada al tesoro común.
Esta situación tan promisora para los ingresos del erario, ha levantado mucho el espíritu de las clases pobres, porque se cree que los soldados -algunos de los cuales han servido de dos a seis años- recibirán esta vez quince o veinte pesos cada uno, como recompensa de sus servicios. Las tropas de las milicias, cuando son convocadas por la autoridad para el servicio militar, deben procurarse ropas y monturas. Mientras se hallan en servicio activo se las provee de carne necesaria, yerba y azúcar en abundancia. La gloria y no el dinero constituye su única recompensa; de ahí que no puedan entusiasmarse por el aliciente de la paga sino por el honor de combatir en defensa de su país. La pobreza de los soldados suele inclinarlos al hurto, pero, es de saber que su Gobernador y Capitán General, siente verdadera —222→ repulsión por los ladrones, y como se halla decidido a terminar con toda especie de robos, los delincuentes detenidos son, por lo general, condenados a la última pena.
Después de haber cabalgado unas quince leguas, llegamos a la casa de Mr. Alexander y me quedé a pasar la noche en su compañía. Mr. Alexander tiene en arrendamiento cuatro leguas de campo y las destina a la ganadería. El precio del arrendamiento es de diez libras esterlinas por año, la legua, (unos seis mil acres) y toda la tierra sin excepción es apta para el arado.
En la mañana siguiente, seguimos a caballo hasta Gualeguaychú. Esta ciudad, como las otras de la provincia, tiene una mala ubicación. El río sobre que se halla situada desemboca en el Uruguay a distancia de unas tres leguas; hay un banco en la desembocadura del río y, embarcaciones que calan apenas seis pies, se ven obligadas a esperar dos y tres semanas para cruzarlo. La ciudad, con todo, parece próspera; se construyen nuevos edificios con alguna rapidez y los habitantes confían en que la población habrá de aumentar en forma considerable. Asciende el número de habitantes a unos dos mil quinientos, de los cuales trescientos son extranjeros, principalmente vascos e italianos. Hay también veinte o treinta ingleses. Cuenta la ciudad con un pequeño templo, muy bonito, y una buena escuela; hay también establecimientos destinados a la manufactura del sebo.
Cuando partimos de Gualeguaychú, entramos en seguida en una comarca muy hermosa, de muchos árboles y buenas aguadas, pero de escasa población. Nos tomó una tormenta con truenos y empezó a llover a cántaros; en plena tormenta apareció junto a mi un avestruz; —223→ al pronto me pareció estropeado, pero, en cuanto me bajé del caballo, echó a correr y pude advertir que tenía un nido con cuarenta y un huevos. Sin duda son varias las hembras que depositan sus huevos en el mismo nido; en cierta ocasión se encontraron en un nido veintiún huevos que habían sido puestos en el espacio de tres o cuatro días. El avestruz macho se encarga de incubarlos durante todo el tiempo necesario y a veces por cierto término, nada más.
Después de cabalgar unas pocas horas llegamos a la ciudad de Gualeguay, donde encontramos alojamiento en casa de un confitero francés. Esta ciudad se halla situada a orillas del río del mismo nombre; pero las embarcaciones no pueden acercarse a menor distancia de tres leguas. Tiene más o menos la extensión de Gualeguaychú; entre sus habitantes cuentas unos trescientos vascos e italianos y una docena de ingleses. En ésta región de la provincia se hallan varias estancias de propietarios ingleses y entre ellas la mayor extensión de tierra perteneciente a un súbdito británico en esta parte del mundo. La familia de la señora Brittain, -de Sheffield, según creo- posee doscientas leguas cuadradas de terreno, incluso un buen puerto. El número de sus ganados se calculaba en unas doscientas cincuenta mil cabezas con un valor de cincuenta mil libras esterlinas. Pero, debido a la desorganización en que se encuentra ahora la provincia, se hace imposible conseguir peones para guardar tal número de animales y por otra parte el gobierno prohíbe -como hemos dicho- la matanza de ganado. Como consecuencia de todo esto, y durante la sequía del año último, abandonaron sus campos de pastoreo ciento cincuenta mil animales, y sus propietarios tuvieron que darlos por perdidos. Las fortunas en —224→ estas provincias, «vienen como las sombras y como ellas se van».
Encontrándome en la ciudad mencionada, me sentí perplejo en cuanto a la ruta que había de seguir para continuar mi viaje: se me ofrecía una, por agua, hasta algún punto cercano de la provincia de Buenos Aires; para seguir la otra ruta tenía que procurarme un baquiano y atravesar todos los arroyos, islas y ríos, que nos separaban de la costa del Paraná, frente al Tonelero, lugar donde podría cruzar el río en una balsa. Consulté el caso con el comandante y éste me aconsejó el viaje por agua, presentándome el otro camino, no sólo como muy peligroso, sino como irrealizable. Uno de los riesgos a que me exponía era el de ser atacado por los desertores que infestan ese distrito y roban siempre que se les presenta la oportunidad. Pocos días antes, una banda compuesta por siete de ellos, había sido apresada y todos ejecutados de inmediato, nosotros pasaríamos por el sitio donde debían hallarse los cadáveres, a menos que los tigres o las aves de rapiña no los hubieran devorado. Pesé detenidamente las desventajas que me ofrecían ambos caminos y como el viaje por agua me significaba un molesto retardo de varios días, al final me decidí por atravesar las islas, lo que podía hacer en dos días con facilidad.
Acompañado por dos baquianos bien armados y bien montados -como lo iba yo mismo- salí de la ciudad de Gualeguay. El camino corría por una verdadera jungla o selva virgen, guarida natural de los tigres. Al atardecer del día siguiente, estuvimos a la vista del Paraná Pavón y seguimos marchando por una de sus márgenes, durante dos horas, hasta llegar al desembarcadero de la balsa. El servicio de esta balsa se ha establecido —225→ para facilitar la conducción de los despachos gubernativos, entre las provincias de Entre Ríos y Buenos Aires. Dos o tres soldados son los encargados de hacerlo. La luna brillaba en todo su esplendor y nos aprestamos para dormir a la orilla del río. Aunque la jornada ininterrumpida, bajo un sol muy fuerte, me había fatigado mucho, los mosquitos me molestaron de tal manera que ya me parecía imposible lograr algún descanso. Pero se habían encendido fogatas para llamar la atención de los hombres que se hallaban en la orilla opuesta; éstos las advirtieron y vinieron en seguida para cruzarnos en sus botes. Con esto levantamos muy luego el campamento, para armarlo en la orilla opuesta.
Abundan mucho los carpinchos en estos lugares. Este anfibio ha sido descripto como muy semejante al cerdo, y hay quienes le llaman cerdo de agua, pero no puede darse denominación más equivocada. Tuve oportunidad de examinar uno de ellos, que se encontraba muerto a la orilla del agua. Tenía la apariencia de un pequeño oso gris, a excepción de la cabeza que ofrece semejanza con la de la vizcacha. Aunque estos animales corren con bastante rapidez, su andar se parece mucho al del oso; cuando están asustados, lanzan un grito en que parecen ladrar y gruñir al mismo tiempo.
En la mañana siguiente, los soldados nos dieron cabalgaduras de refresco y pronto llegamos al río «Los Hornillos» que en esos lugares tiene unas ciento cincuenta yardas de ancho. En pocos minutos nuestros baquianos lo atravesaron nadando con sus caballos y luego volvieron a cruzar el río, solos. Formaron luego con un cuero seco, unido por sus esquinas, una especie de batea cuadrada, algo como una canoa, que llaman también balsa: tendría unos tres pies de largo por dos y medio —226→ de ancho, con seis pulgadas de profundidad. Allí pusieron mi equipaje y lo cruzaron en tres viajes consecutivos. Una vez cargada la pequeña embarcación, la conducían al agua y un hombre, nadando, la empujaba hasta la orilla opuesta. Una vez que se hubo trasladado todo mi equipaje, y ya puesto en seguridad, cruzamos nosotros el río, también a nado, llevando las ropas en la balsa.
Habiendo cabalgado durante una hora, llegamos al río Perdido y lo cruzamos de la misma manera que el anterior. El río próximo se llamaba el Sacar Calzón52 y como su nombre lo indica, era vadeable, aunque algo profundo. Por la tarde estuvimos en el río Las Lechiguanas, que cruzamos con la balsa. El sol estaba muy fuerte. Yo me había sumergido en el agua tomando un largo baño y muy de mala gana dejé la frescura de la corriente; por dos veces empecé a vestirme y por dos veces cedí a la tentación de volver a meterme en el agua.
Después de pasar este río, echamos a andar por entre la isla llamada de Las Lechiguanas. El camino resultó penoso, porque las hierbas gigantes, entrelazadas unas con otras, hacían muy dificultoso y lento el avance; por momentos, apenas si los caballos encontraban una abertura por donde pasar la cabeza y nos veíamos obligados a detenerlos y buscar otro paso entre la maraña. Estuvimos cerca de dos horas entretenidos, contemplando una goleta de gran velamen que bajaba por el río Paraná. Poco después llegamos a la orilla del río e hicimos un disparo de arma de fuego para que se notara nuestra presencia. Entonces salió un bote desde la margen —227→ opuesta, para cruzarnos. Estábamos a unas sesenta leguas de la ciudad de Buenos Aires. En la noche del segundo día de viaje, llegamos a las cercanías de la ciudad, pero antes de entrar en ella quisimos pasar algunos días de placentero descanso en compañía del señor Kearns y su esposa, alojados en la estancia de su propiedad.
Podíamos, con razón dar gracias a la Providencia porque no habíamos sufrido el más leve accidente, ni yo ni mi compañero, durante este viaje tan largo y peligroso. Bien es cierto que también podíamos estar contentos de los caballos, mansos o ariscos, de que nos habíamos servido.
Habíamos cumplido un trayecto de quinientas sesenta y siete leguas, recorridas en espacio de dos meses con un gasto de sesenta libras esterlinas, aproximadamente. El costo del viaje, en la provincia de Buenos Aires, es de un peso papel por legua, incluido el caballo y el postillón. En las provincias de Santa Fe y Córdoba, es de medio real plata por legua y por cada caballo. Habíamos estado sobre el recado durante treinta y seis días haciendo diariamente las jornadas que a continuación se enumeran al sólo efecto de mostrar el precio de los viajes por los caminos de postas.


—229→
La religión del país. - El antiguo Colegio de los jesuitas y su decadencia. - Bajo nivel de la educación: sus progresos. - Colegios de Buenos Aires dirigidos por extranjeros con la tolerancia del Estado. - La Catedral de Buenos Aires. -La Semana Santa. - Procesión del Lunes. - Preparativos para el jueves Santo. - Las imágenes en las calles. - Tribunas públicas para los laicos. - La procesión nocturna del Viernes. - Escenas del Sábado a mediodía. - La quema del Judas. - Las indulgencias. - Monjes mendicantes. - Comportamiento del pueblo y su buen natural. - Lo que gastan las señoras en trajes para la Semana Santa. - Misa Mayor en la Catedral- - Ceremonia ante el altar. - Las señoras y sus vestidos. - Contraste de la belleza femenina sudamericana y la inglesa. - Procesión del Obispo y el Clero.
Hay un solo obispo en todo el territorio de la República. Las congregaciones de franciscanos y dominicos, cuentan, cada una, en Buenos Aires, con ciento veinte frailes -más o menos- de los cuales, unos veinticinco o treinta han recibido órdenes sagradas. Los recoletos -rama de los franciscanos- tienen a su cargo los hospitales y cementerios; son muy pocos en número y viven de lo que obtienen con la celebración de funerales y otras oraciones que rezan por el descanso de las almas.
Hay dos conventos de monjas: uno es el de las dominicas o de Santa Catalina, cuya observancia es muy rigurosa y donde las monjas, una vez, formulados sus votos, se privan, para siempre, de todo contacto —230→ con el mundo. El otro es el de Santa Clara, orden más conocida por «Las Clarisas pobres», que se mantiene de la caridad pública; cuando las religiosas de este convento se hallan en necesidad, tañen una campana de iglesia, suspendida en el edificio, hasta que las personas piadosas y caritativas acuden a socorrerlas. Existe también una casa de ejercicios espirituales, para el público, donde los fieles pueden recogerse temporariamente sometiéndose a penitencias y mortificaciones. También reciben allí a los castigados por censura eclesiástica y se predican sermones quincenales, siendo necesario para asistir a ellos, un certificado del cura párroco.
Si bien es cierto que el gobierno del país se ha incautado de muchas propiedades de la iglesia, no ha de creerse, por eso, que el pueblo o el gobierno sean indiferentes a la religión establecida. En un país tan extenso y de tan escasa población, no puede ejercerse sobre todo el pueblo la vigilancia pastoral; hay cantidad de gentes que no pueden congregarse para celebrar el culto público, a menos que se trasladen a cuarenta o cien millas de distancia. Pero, asimismo, entre las familias que vivían más aisladas, en lugares muy apartados, raramente dejé de advertir la imagen de su santo protector, generalmente encerrado bajo un fanal de vidrio y adornado con más o menos lujo, según los recursos de cada uno.
Mientras este país estuvo sometido a la monarquía española, los jesuitas tuvieron a su cargo la enseñanza: mantenían iglesia y colegio en el corazón mismo de la ciudad y hubieran podido alojar hasta mil alumnos. La decadencia de esta institución, data de la expulsión de los jesuitas, en 1767. Aunque la iglesia se mantiene todavía —231→ en buen estado de conservación, el colegio y otras dependencias caen en ruinas rápidamente.
El gobierno no ha tomado ninguna providencia para el fomento de la educación nacional. La Universidad, podría decirse que existe únicamente de nombre: mantiene dificultosamente dos profesores, ante quienes pasan sus pruebas los candidatos para las carreras de leyes y medicina. Los porteños reconocen, sin embargo, la importancia y la necesidad de la educación; según informes que he podido obtener, me place asegurar que la próxima generación será más ilustrada que la precedente. Si bien los estudios superiores no se cultivan ahora mayormente, la enseñanza general se halla más difundida. En ningún sector de la sociedad se dejan sentir más los beneficios de la educación, que entre las mujeres jóvenes de cierto rango, porque, anteriormente, su instrucción era tan limitada que no merecía siquiera el nombre de cultura mental. Esa enseñanza, abarca en la actualidad un campo mucho más amplio de conocimientos y el progreso se debe, principalmente, al número de extranjeros que han instalado colegios particulares en Buenos Aires. Existen ahora cinco establecimientos educacionales, para alumnos internos y externos, dirigidos por señoras o profesores europeos. Estos establecimientos subsisten, es verdad, por la sola tolerancia del gobierno y corren el riesgo de ser clausurados en cualquier momento.
En el antiguo colegio de los jesuitas se ha instalado un nuevo instituto educacional. El gobierno autoriza la ocupación del edificio a condición de que los hijos de ciertos oficiales del ejército reciban gratuitamente la enseñanza. Esta institución, en cuanto al plan de estudios —232→ y régimen de administración, es similar al Carlow College, de Irlanda.
La Catedral es un gran edificio de ladrillos, cruciforme, originariamente de estilo morisco y todavía inacabado. El frente, sobre la Plaza de la Victoria, está formado por un pórtico moderno, de orden corintio, con doce columnas que soportan un bien proporcionado frontón. Corona el edificio una gran cúpula de apariencia desnuda y pobre por la pequeñez de las molduras. La belleza interior del templo deriva, en mucho, del contraste que ofrece con el exterior. El piso está formado por mármoles blancos y negros; sostiene la bóveda del techo, separando las naves, una serie de macizas columnas con capiteles dorados. Adheridos a los pilares que sostienen la cúpula, hacia el Este, hay dos púlpitos de ricas tallas doradas y lujosos doseles; puede subirse al púlpito por medio de una escalera, empotrada en el pilar. El altar mayor es también de grandes proporciones y se levanta hasta el techo de la iglesia; tiene ricas tallas doradas y pintadas, como también otros adornos y cuadros. Sobre una plataforma se levanta el trono del Obispo y, enfrente, el sillón del Gobernador. Cuando la iglesia está iluminada, el conjunto resulta esplendoroso. Al extremo de la nave hay un altar reservado que llaman de la «Divina Pastora»: puede verse en él la imagen de una pastora rodeada por su rebaño. Entrando, a cada uno de los lados, se encuentran pilas de agua bendita, en mármol esculpido. Próximo a la entrada está el Bautisterio; la fuente bautismal se halla cubierta por una tapadera horadada, de unos dos pies de alto; las puertas se mantienen cerradas con llave como se hacía en la Edad Media. Hay trece altares en las naves laterales; seis de ellos son fundaciones particulares y el Capellán recibe un —233→ estipendio anual para decir misas por el alma del donante, su familia y amigos, vivos o muertos. La Sacristía, el Lavatorio y la Sala Capitular, están bien arreglados y tienen mesas de mármol. Los ornamentos de los celebrantes y los vasos sagrados son valiosos.
La Semana Santa es celebrada en Buenos Aires con especial devoción: cada día tiene sus pompas y ceremonias especiales y las manifestaciones de religiosidad se advierten por todas partes.
Caminando por una de esas calles, un lunes por la noche, durante la última semana de Cuaresma, vi que se congregaban algunas personas cerca de la iglesia de la Merced. Entré al templo y me fue dado contemplar tres imágenes, casi de tamaño natural, colocadas sobre sendas plataformas y cubiertas por baldaquines adornados con oropeles y flores artificiales. Una de las imágenes, la más próxima a la puerta, representaba a la Virgen, vestida de blanco, teniendo en una de sus manos un cáliz y en la otra un libro. En el centro de la nave veíase la imagen de Cristo azotado, y cerca del altar se levantaba la figura de una Santa. A ambos lados de la nave estaban muchas mujeres -pobres en su mayoría- sentadas o arrodilladas sobre trozos de alfombras; unas tenían en las manos libros de oraciones, otras rosarios, y todas denotaban una gran devoción. La imagen que atraía la mayor atención era la del Cristo. Un buen número de monjes, religiosas novicias y monaguillos, andaban de aquí para allá, muy atareados. De una puerta, junto a un altar, salieron unos cuantos músicos, con violines y otros instrumentos; les seguían varios monjes y otros eclesiásticos revestidos de ricos ornamentos. Algunas personas del público levantaron las imágenes en hombros, rompieron a tocar los violines y la procesión —234→ avanzó hacia la puerta del oeste. Al salir a la calle, se le unió una guardia de honor y todo el conjunto se puso en marcha con dos bandas de música que tocaban alternativamente. Rodeaban las imágenes hombres y niños provistos de velas encendidas y faroles suspendidos a largas pértigas. Por momentos, la música cesaba y cantaban los monjes con voces muy altas pero armoniosas. Dos o más monaguillos, llevando, cada uno, un crucifijo, recibían las ofrendas de los fieles. Estas consistían, principalmente, en monedas de cobre de escaso valor. Como empezaron a caer algunas gotas, amenazando lluvia, la procesión no cumplió ese día todo su recorrido y volvió a la iglesia.
El martes y el miércoles se hacen también celebraciones en todos los templos. Los sacerdotes y sus auxiliares andaban atareados preparando tablados; doseles y otros objetos necesarios para el despliegue de un gran ceremonial católico. La iglesia de los franciscanos ofrecía un aspecto imponente: el edificio, con su altísima cúpula, sus macizos pilares, la espaciosa nave central y las sombrías naves laterales, despertaba sentimientos de temor y reverencia, muy propios de la conmemoración que se efectuaba.
En el altar mayor, los eclesiásticos celebraban diversas ceremonias, mientras otros frailes, con el modesto sayal de su orden, recorrían silenciosamente el templo. La concurrencia era, en su mayor parte, femenina, y los rezos, musitados en voz baja, repetidamente, adquirían acento sobrenatural.
El Jueves Santo, la ciudad permanece en el más completo silencio, porque la policía ordena que se interrumpan todas las tareas, desde el miércoles por la noche —235→ hasta el sábado por la mañana. Las familias tienen que proveerse de todo lo necesario: no se ve, en esos días, un carro ni un jinete por las calles. Hasta las campanas de las iglesias enmudecen. Para celebrar la ceremonia de este día, los eclesiásticos rivalizan en el adorno de las iglesias e imágenes. Unas veinte de estas imágenes de bulto, con sus correspondientes adornos, habían sido colocadas al aire libre, sobre pedestales de cuatro a cinco pies de alto. En torno a ellas se veían hombres, mujeres y niños arrodillados, repitiendo las Aves Marías con sus rosarios. Los penitentes, antes de retirarse, se acercaban a las estatuas, hacían una genuflexión y besaban una de las borlas que colgaban de sus vestidos. Por momentos, algunos hombres y muchachos pedían limosna en voz alta para los santos de su devoción y colectaban sumas considerables, si bien cada uno daba solamente unas pocas monedas de cobre.
Bajo los pórticos del Cabildo -adornados con cortinas, alfombras y ramas florecidas- veíanse dos imágenes, de Cristo y de la Virgen. El Cristo era de rostro macilento, con túnica carmesí, corona de espinas y llevaba una cruz sobre los hombros. La Virgen ostentaba una diadema de similor, un velo de muselina y capa de terciopelo negro adornada con anchos lazos dorados. Cerca de la iglesia de los jesuitas, había otra imagen de Cristo, con atavíos muy semejantes. En el lado opuesto de la calle se alzaba una cruz pintada de negro, de unos diez pies de alto, de la que colgaban unos cordeles. Junto a la cruz veíase una escalera. En otra calle se encontraba una imagen femenina, de rostro negro, vestida de blanco y cubierta de lazos dorados y —236→ plateados, dijes y bujerías; tenía en sus brazos un niño de color blanco53.
A la entrada de la iglesia del colegio, hallábase la imagen de un santo, vestido con jubón y falda, y con un pequeño violín que colgaba de un cíngulo. Probablemente quería representar a Santa Cecilia54.
Por la noche, toda la ciudad se puso en movimiento: eran ríos de gentes los que se dirigían a las iglesias y salían de ellas. Las imágenes al aire libre -alumbradas ahora con lámparas y cirios- se veían rodeadas por grupos de mujeres y niños arrodillados. En diversos lugares de la ciudad se habían levantado tribunas a las que tenían acceso las personas piadosas que deseaban leer en voz alta algunas pasajes del Misal para edificación de los concurrentes.
En la noche del Viernes Santo, una larga procesión salió de la iglesia de la Merced y avanzó cruzando la plaza de la Victoria, seguida por un gran concurso de gente. Iba encabezada por una imagen femenina de expresión profundamente dolorosa, llevada en hombros bajo un baldaquín ricamente adornado. La seguía una banda militar y una guardia de honor, formada por soldados de infantería. Los concurrentes llevaban velas encendidas, cirios y faroles. Las luces de estos últimos al aire libre, los sones de los instrumentos musicales, las vísperas cantadas por los monjes, producían una fuerte impresión. En otra oportunidad, pude ver una procesión con imágenes, alrededor de la iglesia de San Francisco. —237→ Las calles habían sido cubiertas con una espesa capa de hinojo silvestre que emitía un olor agradable cuando se le pisaba, mientras los incensarios encendidos despedían nubes de incienso fragante.
El sábado a mediodía, Cristo se representaba como ascendiendo de la tumba. La ciudad, que algunos momentos antes observaba un silencio de muerte, resuena entonces de alegría y regocijo, las campanas son echadas a vuelo, explotan los petardos, y las bandas de música rompen a tocar en todos los barrios.
Por la noche, las calles rebullen de vida y alegría. En algunos sitios la gente se divierte quemando la efigie de judas Iscariote. En la Alameda levantan una gran horca, de la que cuelgan una figura colosal del traidor; barricas de alquitrán arden alrededor y como el muñeco está rellenado con petardos, éstos explotan a cada momento mientras los cohetes voladores iluminan la escena y son recibidos con gritos por la multitud.
Los negros y los mulatos eran quienes tomaban parte principal en estas ceremonias. Las clases más respetables no mostraban mucho interés por ellas, aunque algunas de las procesiones congregaron un público muy numeroso. En las iglesias, por medio de carteles, se prometían diez indulgencias por cuarenta días a los participantes de las ceremonias públicas.
Unas minúsculas imágenes de cera, encerradas en pequeños fanales de vidrio, servían para solicitar limosna por las calles, en nombre del Santo. A los que daban algunos cobres, se les permitía besar las imágenes. Había quienes las llevaban a las casas de familias adineradas y recibían ofrendas para el sostén de la Iglesia.
—238→Debe ser éste un tiempo de fatigas para los eclesiásticos. Yo visité con bastante frecuencia las iglesias y pude observar que andaban siempre ocupados en algún nuevo arreglo; las cortinas que cubren los altares, las mesas, las sillas, los candelabros, los atriles y en general todo el mobiliario del templo, se cambiaba de continuo, como para atraer las miradas de los fieles, y todas las iglesias permanecían abiertas desde hora muy temprana hasta muy tarde de la noche. Imposible imaginar mayor orden y mejor comportamiento que el observado por toda la población; no podría darse una reunión de gentes donde prevaleciera más la cortesía y el buen natural: desde el negro humilde, hasta el magnate de origen español, en todas las clases podía observarse el mismo espíritu benevolente y amable.
Llamó mucho la atención la buena calidad de los vestidos que llevaban personas de clase modesta y no creo exagerar si calculo que cada una de ellas debe gastar, por lo menos, en manufacturas inglesas, un promedio anual de cinco libras esterlinas. La parte más consistente en los vestidos de las señoras, estaba formada por telas inglesas, pero los adornos y fantasías eran de fabricación francesa. Las señoras tienen pasión por los vestidos y en esos días habían andado tan preocupadas con los preparativos, que, en las semanas precedentes, casi no hablaban de otra cosa que de los lujosos trajes con que pensaban asistir a las ceremonias. Algunas encargan a Europa sus vestidos y pagan desde cincuenta, hasta cien libras esterlinas por cada uno.
La ceremonia más importante tuvo lugar en la Catedral. Yo entré por una puerta que se abre hacia el lado oeste del templo. El piso estaba todo alfombrado; dos filas de sillas se extendían a ambos lados de la nave —239→ central, hasta el altar mayor. Frente a él y a cierta distancia, se levantaba una especie de plataforma, de unos pocos pies de altura, semejante a un escenario: allí se desarrollaron los ritos y ceremonias de tal modo que podían ser presenciados por todos los fieles. Sobre el tablado, había sido erigido un altar provisorio. Una cortina negra, con una cruz roja en el centro y suspendida del techo, separaba la plataforma, del altar mayor. De los capiteles de las columnas colgaban trofeos de guerra, consistentes en banderas desgarradas. Se habían colocado a lo largo de las paredes algunos cuadros religiosos apropiados y los altares laterales ostentaban imágenes de santos, con brillantes adornos.
Todas las autoridades civiles -y las militares obligadas ex-oficio- ocupaban las sillas a lo largo de la nave. El piso de la catedral aparecía como de propiedad común de todas las clases sociales y no se hacía distinción de rango; todos se confundían allí con naturalidad y decoro: el más humilde negro se arrodillaba junto al orgulloso patricio y la dama rezaba sus oraciones con la servidumbre da la casa.
Las señoras, con paso lento y gracioso, hacían su entrada por la puerta principal. Iba seguida, cada una, por su doméstico que llevaba una alfombra guarnecida con flecos. Una vez en el centro de la iglesia, o en algún espacio desocupado, la señora elegía un sitio y lo señalaba al sirviente, quien desenvolvía la alfombra para que el ama se pusiera de rodillas. Ella se santiguaba devotamente, dándose fresco, luego, con el abanico. Concluidas sus oraciones, se sentaba en el piso, arreglando su falda de modo que, ni el tobillo, ni siquiera la punta del bonito pie, asomara bajo los pliegues del vestido. La nave principal no tardó en llenarse de fieles que, poco —240→ a poco, fueron ocupando las naves laterales y rodeando los altares. Los hombres, con raras excepciones, no mostraban mucha devoción y andaban, de un lado a otro, observando como simples espectadores o contemplando algunas de las mujeres más bellas de la ciudad, congregadas allí con sus mejores atavíos. Los trajes eran espléndidos: las mantillas, de finísimos encajes, lucían sobre las cabezas y los hombros; prevalecían los vestidos de terciopelo, de raso y de blondas; algunas señoras llevaban vestidos de encaje negro sobre una falda de raso, color violeta, que producían un hermoso efecto. Los diamantes y otras joyas, sólo eran ostentados por la minoría pudiente.
Sobre los atractivos personales de las señoras, no podría decir mucho, porque, en este clima, la juventud pierde pronto su lozanía; por otra parte, la belleza femenina adolece de cierta falta de carácter, debido a la mezcla de razas. Las figuras, sin embargo, tienen mucho donaire y sus movimientos son de una soltura y elegancia hechiceras. Como no llevan gorras, la mirada puede abarcar de una vez la forma de la cabeza y la línea del cuerpo en general, y ni el espectador más frío puede sustraerse al influjo de su garbo y sus maneras. Los atractivos de las mujeres jóvenes -hasta cierta edad- son realzados por una fisonomía delicada y gentil, que ilumina la radiante alegría de la juventud. Sin embargo, el término «loveliness», esa mágica palabra que sintetiza todo el poder de fascinación en la mujer, no podría aplicarse a ellas, ni es de encontrarse aquí la altiva belleza y digna reserva que caracterizan la feminidad inglesa. Quizás en el norte de Europa, exclusivamente, puedan verse esos tipos de belleza femenina en que, la frescura de la juventud, la armonía de formas y el encanto —241→ del rostro, se combinan para hacer la delicia de los ojos, despertando el homenaje del corazón.
En algunos grupos familiares figuraban jovencitas de diez y seis a veinte años, de mucha seducción personal. Aunque ligeramente gruesas, sus siluetas eran armoniosas y de contornos delicados; en sus rostros ingenuos se dibujaba una expresión de plácida sensibilidad cuando caminaban por las naves o reconocían algunas de sus amigas: entonces su atractivo era singular.
Los sacerdotes y sus acólitos iban revestidos con ornamentos blancos, galoneados de oro y plata, unos con la cabeza descubierta, otros con birretes en forma de mitra. La luz incierta de las lámparas y las nubes de incienso que envolvían a los celebrantes en el altar, daban a la escena que allí se desarrollaba un carácter misterioso que impresionaba los sentidos de la multitud. Algunos jóvenes bien vestidos de la mejor sociedad, andaban entre la concurrencia, llevando una cajas con velas encendidas. Cualquiera del público podía tomar una de esas velas para llevarla hasta el altar. En este sitio, entre el agitar de los incensarios y el canto de los requiem, formose una procesión. Abrieron la marcha los monaguillos con hachones encendidos, precediendo a un sacerdote que llevaba, en alto, una cruz de plata maciza, e iba acompañado por dos filas de acólitos, con candelabros de plata. Venía luego otro eclesiástico, llevando un pendón blanco, seguido por el clero y laicos; todos tenían cirios encendidos y en medio llevaban un gran crucifijo de plata. El Obispo apareció después, cubierto con la mitra y empuñando su báculo; marchaba bajo un palio de seda con pértigas de plata, llevadas por sacerdotes, mientras los acólitos, agitando —242→ los incensarios, envolvían en una nube fragante la figura venerable del prelado.
Mientras sonaba la música de la orquesta y los cantos del coro, la procesión dio una vuelta por el interior del templo y volvió al altar. Entonces, las autoridades civiles y militares se retiraron para visitar otras iglesias donde se habían realizado ceremonias.
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Los capítulos que integran este volumen, con numeración corrida, corresponden en la obra original inglesa a los capítulos I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII y XII del tomo primero y a los capítulos I, II y III del tomo segundo. En el capítulo XII no se han traducido algunas referencias a historia eclesiástica por contener datos erróneos que hubieran exigido aclaración; corresponden a cuatro páginas del original inglés.