Valoración de la historia romana según Tácito
Pilar Rivero
Julián Pelegrín
Tras narrar una serie de sucesos caracterizados por la violencia, la traición y el crimen durante el reinado de Tiberio (año 24), y desde una visión pesimista del mundo que lo aproxima al proceder de Salustio, Tácito introduce una reflexión personal en la que defiende la utilidad de historiar este tipo de hechos contemporáneos, sombríos y aparentemente menores en lugar de alabar las hazañas de los antiguos, y ello por resultar significativos a la hora de identificar determinadas transformaciones.
Cornelio Tácito (ca. 55-116/120) ha sido considerado el más grande historiador romano. Nacido en una familia noble, su cursus honorum lo llevó a desempeñar la pretura en 88, el consulado en 97 y el cargo de procónsul de Asia durante el reinado de Trajano. Sólo tras la muerte de Domiciano se decidió a publicar sus obras: Vida de Agrícola -dedicada a su suegro-, Germania -única monografía etnogeográfica redactada en lengua latina-, el Diálogo de los oradores y, sobre todo, las Historias y los Anales desde la muerte de Augusto. Las Historias abordaban el período 69-96, pero no se conserva más que la parte correspondiente a los dos primeros años, mientras que de los Anales, que alcanzaban hasta el año 68, únicamente nos han llegado -y con lagunas- los libros I-VI (reinado de Tiberio) y XI-XVI (Claudio y Nerón).
«No ignoro que la mayor parte de los sucesos que he referido y he de referir pueden parecer insignificantes y poco dignos de memoria; pero es que nadie debe comparar nuestros anales con la obra de quienes relataron la antigua historia del pueblo romano. Ellos podían contar ingentes guerras, conquistas de ciudades, reyes vencidos y prisioneros o, en caso de que tendieran preferentemente a los asuntos del interior, las discordias de los cónsules con los tribunos, las leyes agrarias y del trigo, las luchas entre la plebe y los patricios, y ello marchando por camino libre; en cambio, mi tarea es angosta y sin gloria, porque la paz se mantuvo inalterada o conoció leves perturbaciones, la vida política de la Ciudad languidecía y el príncipe no tenía interés en dilatar el imperio. Sin embargo tiene su utilidad el examinar por dentro hechos a primera vista intrascendentes, pero de los que con frecuencia surgen grandes cambios de la situación.
En efecto, todas las naciones y ciudades están regidas o por el pueblo, o por los notables, o por uno solo; una forma de Estado mixta y con elementos de esas tres, es más fácil de alabar que de establecer, y si se establece, no puede ser duradera. Y así, si antaño, cuando la plebe era fuerte o los senadores poderosos, había que conocer la naturaleza del vulgo, y por qué medios se podía gobernarlo en paz, y los que más habían calado en el carácter del Senado y de los próceres eran tenidos por conocedores de los tiempos y por sabios, también ahora que la situación ha cambiado y el Estado romano no se diferencia en nada de aquellos en que impera uno solo, me parece útil investigar y relatar estos hechos, toda vez que pocos disciernen por propia prudencia lo honesto de lo peor, lo conveniente de lo dañino, y la mayoría aprende con las experiencias ajenas. Por lo demás, en la misma medida en que son provechosas, resultan poco agradables. Pues el emplazamiento de los pueblos, las alternativas de las guerras, los éxitos de los generales esclarecidos, retienen y renuevan la atención de los lectores; en cambio nosotros ponemos en serie crueles órdenes, continuas acusaciones, amistades falaces, ruinas de inocentes y las mismas causas de perdición, con obvia semejanza de situaciones, que llega a la saciedad. Además, los historiadores antiguos raramente encuentran contradictores: a nadie le importa si ensalzas con mayor complacencia a los ejércitos cartagineses o a los romanos; en cambio, todavía viven los descendientes de muchos que bajo el reinado de Tiberio padecieron castigos o infamias, y en el caso de que las propias familias ya se hayan extinguido, se encuentra a quienes, por la semejanza de conducta, les parece que se les echan en cara las malas acciones ajenas. También la gloria y la virtud tienen sus enemigos, como si, al estar demasiado cerca en el tiempo, fueran una acusación contra lo que no se les parece».
(Tácito, Anales, IV, 32-33. Traducción de José Luis Moralejo, Madrid, Biblioteca Clásica Gredos, 1979.)