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Una reflexión sobre el poder

Daniel Moyano






Una reflexión sobre el poder

Juan Benet


Ed. Planeta, 184 páginas, 1300 pts.


En El caballero de Sajonia, por ahora su última novela, Juan Benet vuelve a la difícil técnica de utilizar un personaje histórico como pretexto narrativo, en este caso el reformador religioso Martín Lutero. Y digo difícil porque un personaje que tuvo existencia real, siendo ésta más o menos conocida, impone al arte de la ficción unos límites muy estrictos que cuando el asunto sale bien, como en este caso, se convierten en verdaderos alardes efectuados por la depurada técnica narrativa.

La obra está estructurada en torno a un largo viaje que el personaje hace en mula y de incógnito, en compañía de un secretario mal avenido, durante el cual se producen cuatro encuentros (uno por cada capítulo) supuestamente históricos, que permiten al autor meterse de lleno, como narrador omnisciente, en la vida interior de ese rico ejemplar humano que fue Martín Lutero.

En el primer encuentro, el religioso es violado en las escaleras de una posada por una mujer que integra una banda de asaltantes.


El Diablo

Lutero reacciona violándola él a su vez. El capítulo abunda en reflexiones que atañen al cuerpo y al placer. Dijérase que su sentido es alegórico; la realidad del mundo, negada por el catolicismo, se posesiona de Lutero para expresarse históricamente a través de él, y éste, al repetir por propia voluntad el acto violatorio, comulga con ésta y se convierte en su expresión.

En el segundo, Lutero recibe la visita del Diablo y mantiene un riquísimo diálogo con él durante una muy creíble y graciosa entrevista. El Diablo es otra de las formas del poder que visitarán al religioso durante su viaje. La honestidad del visitante, confrontada con el espíritu del religioso alemán, atormentado por la dicotomía entre el bien y el mal, da lugar a una inteligente meditación sobre la naturaleza del poder, los avatares de la historia y la condición humana, con destellos metafísicos. En este relato no faltan las ironías, y las razones de Satán concuerdan con las que podrían dar hoy y aquí muchos de los representantes de lo que conocemos por Poder.

Lutero está preocupado por haberse acostado con su violadora, y el Diablo, generosamente, le dice: «me parece inoportuno y ridículo que atormentes tu cabeza con un pecadillo sin importancia en tanto tienes ante ti la determinación más grave de tu tiempo... no he venido a comprarte sino a reconfortarte, cosa que, a lo que veo, en parte ya he conseguido». El Demonio le demuestra al religioso que el hombre no debe contentarse con contemplar para siempre el mundo como obra de Dios sino meterse en el barro de la realidad, de la historia, del poder, y modificarlo con sus manos: «... te has levantado contra Roma de la misma manera que yo me levanté contra su Dios», le dice.




El poder

En el tercer encuentro la entrevista es con un condenado que ha robado una cesta de cangrejos y que rehúsa recibir su asistencia religiosa. Si vale mi interpretación alegórica, el condenado sería una especie de demonio menor que, acaso consciente de que sus acciones subversivas lo llevarán algún día a la posesión del poder, prefiere no tener tratos con el bien ni se arrepiente de sus actos.

En el cuarto y último encuentro, su interlocutor es el emperador Carlos V, objeto ignorado de su viaje y forma final que asume el poder en las sucesivas entrevistas que se producen. Aquí el emperador perfecciona las razones expuestas por el Demonio y convence finalmente al reformador para que lo apoye en su proyecto imperial. Un capítulo magistral, donde la invención histórica, por acumulación de verdades narrativas, se vuelve totalmente verosímil.







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