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Una pesadilla universal

Daniel Moyano






El palacio de los sueños

Ismaíl Kadaré


Trad. Ramón Sánchez Lizarralde


Ed. Anaya/Mario Muchnik, 231 páginas, 2000 pts.


El palacio de los sueños es la séptima novela del albanés Ismaíl Kadaré que aparece en España y, según la solapa, esta obra, escrita y publicada en Albania en 1981, «resuena como un grito de horror en la noche de los imperios del Este, hoy derrumbados o en agonía».

La obra está estructurada alrededor de un gigantesco ministerio de una especie de dictadura global, donde los sueños de las personas son enviados diariamente al mismo para su análisis por un ejército de burócratas, quienes determinarán premios o castigos para los autores de los sueños, según sean éstos buenos o malos para los intereses de la dictadura.

Hasta un poco más allá de la página 100, esta idea funciona en la obra como lo que Borges llamaba «imaginación razonada» refiriéndose a La invención de Morel de Bioy Casares, y que vale para textos como El país de los ciegos de Wells, es decir, no se trata de transcripciones de la realidad sino de realidades autónomas. Pacientemente elaborada, uno avanza en la construcción que de ella hace el autor, a la espera de los símbolos que le den sentido a esas alucinaciones. Pero éstos no sólo no aparecen sino que de pronto la idea se convierte en una mera metáfora de cualquier organismo de espionaje de Estado de cualquier país, llámese CIA o KGB, y los «sueños» desaparecen como tales para convertirse en meros informes de los que se vale la dictadura para el control de las personas a lo George Orwell. A partir de entonces la novela gana en poder de convicción y se lee como lo que realmente es, y en ese sentido está lograda.

Aparte de ese desfasaje estructural, el lenguaje utilizado por el autor (según, claro está, las naturales deformaciones que implica toda traducción), está permanentemente poseído de un sentimentalismo que manipula la materia en vez de revelarla. Esto sucede antes de la revelación de la verdadera naturaleza del «palacio de los sueños». Menciona tantas veces el horror de las situaciones, que éste resulta inverosímil. Con lo cual en vez de revelar la realidad que quiere denunciar, la oculta. Al horror debe sentirlo el lector sin que el autor se lo diga reiteradamente. Como quería Cortázar, no hay que nombrar la gaviota, ésta debe estar volando en el relato.

Este lenguaje impide la aprehensión sensual del conocimiento revelado por el texto, es decir, no entra en el lector a través de los sentimientos (función de la literatura) sino como información (función de la historia, la filosofía, etc.). Por esa misma razón los personajes carecen de relieve concreto, no respiran, son más ideas que personas.

En la citada solapa se dice también que se trata de la descripción de un infierno, en este caso de un infierno comunista. Y se citan antecedentes tan drásticos como Virgilio, San Agustín, el propio Dante. Bueno, esto es muy relativo. Yo no he podido creer en ese infierno porque sus personajes son metáforas (Kurt, el Visir, el Dictador), no seres vivientes; y sí creo en el Dante Alighieri porque sus personajes son de carne y hueso (Francesca de Rimini y Paolo Malatesta por ejemplo). También se dice que hay un paralelo entre Kadaré y el Kafka de El castillo, saltándose alegremente el abismo metafísico que hay entre ambos autores (como puede verse, estoy escribiendo más sobre -contra- la solapa que sobre el autor de la obra).

No sé cómo verán ese infierno los lectores rusos o albaneses, habitantes de esos infiernos del este, o sea casi personajes de la novela; para los lectores occidentales, conocedores activos de los infiernos de las dictaduras fascistas, las de Europa y las más recientes de América Latina, el infierno de Kadaré no es ninguna novedad y resulta casi benigno desde que allí no cuentan los «desaparecidos».

Desde Solyenitsin para aquí, la literatura de los países del Este nos ha venido dando diversos infiernos comunistas, que aquí en Occidente se premian con entusiasmo. Hasta ahora no he podido creer (literalmente hablando) en ninguno de ellos. Y sí creo todavía en los infiernos zaristas pintados por Tolstoy o Dostoievski.

Otras obras de Ismaíl Kadaré en España son: Los tambores de la lluvia (Destino); El general del ejército muerto (Vanguardia obrera); El puente de los tres arcos (Prodhufi-Libertarias); El nicho de la vergüenza (Muchnik); El viaje nupcial (Ediciones B); Abril quebrado (Muchnik) y El gran invierno (V. O.).





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