Una nota a Góngora
Domingo Ynduráin
La obra de Góngora siempre depara sorpresas y la posibilidad de nuevas interpretaciones, que tampoco serán seguras; el crítico, ante este autor, se encuentra siempre incómodo pensando que algo se le escapa o se le puede escapar. Con este espíritu, quiero presentar aquí mi interpretación de unos versos de Góngora en los que, a mi entender, juegan varios sentidos diferentes; son estos:
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El problema se plantea en los seis últimos. Ya Daniel Devoto había notado la dificultad, pues en su admirable Textos y contextos, al citar de pasada estos versos
| Aunque por brújula quiero | |||
| (si estamos solos aquí) | |||
| como a la sota de bastos | |||
| descubriros el botín |
comenta en nota lo siguiente:
Romance Dejad los libros ahora..., en el Romancero General, ed. González Palencia, t. I, p. 484, n.° 719. Es de Góngora, quien parece recordar aquí el refrán «verle las piernas a una sota», que no encuentro en los refraneros españoles pero es usual en la Argentina, figurando en los diccionarios regionales de Garzón y Segovia y en el de Martín Fierro de Pedro Inchauspe; en Puerto Rico, según Malaret, se usa con el mismo sentido «verle las patas a la perica»; lo emplean Fray Mocho (En el mar austral), Cambaceres (En la sangre), Trejo (Los políticos), Arturo Juretche (Manual de zonceras argentinas). Ruiz de Alarcón, en Las paredes oyen, usa una expresión aparentemente similar: «¡Cuanto mejor es, sentado, / buscar los pies a una sota / que moler piernas y brazos!»; «patas de sota, dos a la otra» figura como «refrán o andrónima de los tahures» en la p. 152 del Refranero mexicano de Velasco Valdés. Pero mientras en estos ejemplos y en Góngora el sentido de la frase parece ser exclusivamente lúdico y referido solamente a la práctica de los juegos de cartas, en los escritores más recientes se dobla de una coloración nefasta: «Sota. Naipe de mal agüero. Verle las patas a la sota. Vislumbrar un indicio malo», reza el glosario de la poesía gauchesca editado por Borges y Bioy Casares (t. II, p. 787). Lo mismo parece ser hoy en España: «-De seguro que le viste las patas a la sota -la sota es la muerte- porque te ha faltado el canto de un duro pa salí andando al otro barrio» (A. Pérez Lugín, La virgen del Rocío ya entró en Triana, en sus Obras Completas, p. 1.344)2. |
En efecto, no parece que, en los versos de Góngora, haya la menor connotación nefasta; tampoco un doble sentido basado en la identificación sota-muerte. Sin embargo creo más discutible la afirmación según la cual «el sentido de la frase parece ser exclusivamente lúdico y referido solamente a la práctica de los juegos de cartas», como escribe el maestro Devoto. Tampoco me parece convincente la explicación de Alfonso Reyes, para el cual se trata de una «expresión que se refiere a la muy conocida: buscar los tres pies a una sota»
3, equivalente -supongo- a buscarle tres pies al gato.
En mi opinión, los versos que nos ocupan tienen un sentido fundamentalmente erótico, y este sentido es el básico; la referencia al juego de cartas funciona como mera comparación y, como tal comparación, está al servicio de la intención erótica.
Empezando por el principio, tenemos la expresión por brújula, tomada de los juegos de cartas. Daniel Devoto para explicar el sentido, remite al Diccionario académico (donde brujulear es «en el juego de naipes, descubrir poco a poco las cartas para conocer por las rayas o pintas de qué palo son»
) y señala que «Gracián emplea con frecuencia este verbo en su sentido traslaticio de "adivinar, acechar, descubrir por indicios y conjeturas algún suceso o negocio que se está tratando", uso frecuente entre los clásicos»
; para apoyar su interpretación -que es la correcta y la que retendremos aquí- cita una serie de ejemplos antiguos y modernos4.
Discutir el sentido de brujulear no merecería la pena si no fuera porque Américo Castro interpreta de otra manera el vocablo; en su edición del Buscón, anota:
Don Américo aduce, además, otros textos que, a su entender, abonan la interpretación por él defendida5. Sin embargo, lo cierto es que, dejando a un lado la etimología de Castro, brujulear no parece tener relación directa con el punto de mira de la escopeta, y sí con los juegos de cartas. En cualquier caso, el sentido es claro: "deducir, averiguar algo por una pequeña parte o indicio", ya lo había explicado Covarrubias: «... Los jugadores de naypes que muy de espacio van descubriendo las cartas y por sola la raya, antes que pinte el naype, dicurren lo que puede ser, dizen que miran por brúxula o que bruxulean»
; Correas confirma este uso, aunque amplía el campo de aplicación: «Sacar por brújula, por conjetura, por manganilla»
, lo que coincide con la interpretación de Devoto y la del Diccionario académico. Textos donde aparece brujulear en este sentido son, entre otros, los siguientes: «que yo, que estoy sana, y con todos mis cinco sentidos cabales u vivos, quiero usar dellos a la descubierta, y no por brújula, como quínola dudosa»6
; «Muchachitas, ¡a bureo / que un bolsillo le brujuleo»; «córrele al frontispicio el negro velo a la tapada / y no me des por brújula tu cielo»7; «porque me parece que si la mano del pintor anda verdadera y el retrato que a mí me han mostrado es parecido al original, que no tengo que brujulear más, sino pues he visto tan buen punto descubrir mi juego»; «y que quiere más brujulear una suerte que todas las flores del Parnaso»8. Creo que con esto queda suficientemente claro el sentido de la expresión brujulear, "descubrir por conjeturas", usada en principio por los jugadores de cartas.
Si el jugador que brujulea las cartas empieza a mirarlas por la parte de abajo, descubrirá los pies de las figuras; y si encuentra un botín sabe que se trata de una sota, pues por el calzado puede distinguirla del rey y, por supuesto, del caballo. Esto parece que no tiene mayor dificultad si se refiere al juego de las cartas, en la jerga usada por tahúres y jugadores. Los versos que nos ocupan, sin embargo, no parecen guardar la menor relación con dicho ambiente; aquí, Góngora describe las perfecciones físicas de su dama; por ello no es posible tomar al pie de la letra la referencia a la sota ni -a mi entender- aceptar la interpretación de A. Reyes citada arriba. Creo que se trata, simplemente, de una comparación que se podría desarrollar de la manera siguiente: en el juego de las cartas, el jugador brujulea y por solo la parte inferior de los naipes deduce la que le ha tocado (si encuentra un botín, por ejemplo, sabe que es una sota); en el juego amoroso, el enamorado actúa de la misma manera: si logra ver el botín de su dama ya sabe lo que le ha tocado en suerte, si persevera. La base de la comparación es la vieja creencia según la cual el tamaño del pie guarda relación directa con el tamaño de los órganos sexuales, tanto masculinos como femeninos; de aquí que los pies sean en el Siglo de Oro -y mucho después, y antes- un elemento erótico de gran importancia. Esto es lo que, entre otras cosas, explica la aparición de tanta dama descalza en la novela y en el teatro, o ponderaciones que hoy nos parecen extremadas, como ésta:
| [Llama] A los botines Dichosos, | |||
| porque ven lo que va tapado.9 |
En algunos textos, la relación es explícita; por ejemplo, los recopiladores de la Poesía erótica del Siglo de Oro10, reproducen estos versos:
| Di, hija, ¿por qué te matas | |||
| por amores del capón, | |||
| que tiene grandes las patas | |||
| y chiquito el espolón? | |||
| La regla muy general | |||
| del patituerto calzado | |||
| es contraria en el capado | |||
| cuanto al miembro genital. |
para explicar el sentido, citan a Jean-Baptiste Labat, O. P.: «Las mujeres que van a pie por las calles jamás se recogen sus faldas ni sus guardapiés, por mucho barro que haya; es más decente recoger un pie de barro y de porquerías que dejar ver la punta del pie, porque una mujer que deja ver su pie a un hombre le declara por eso que está dispuesta a concederle los últimos favores. Por otra parte, los españoles tienen ciertas reglas de proporción con relación a los pies, que son tan ridículas que sería desagradable para mí el referirlas. Ese escrúpulo de enseñar los pies se extiende a los religiosos como a las mujeres: el padre Mimbela me advirtió un día que nuestros padres estaban escandalizados de que yo levantase mi hábito al andar por la calle, porque, decía, los pies de un religioso y los de una mujer deben estar igualmente ocultos, a causa de ciertas consecuencias que de ello sacan, a las que no era bueno dar lugar. (Viajes del P. Labat en España, 1705-6)»11
Mucho más tarde, todavía siguen resonando los ecos a que da lugar esta creencia:
-Y además, no irían descalzas -dijo Obdulia... -¡Descalzas! ¿y mi mujer va a ir descalza? ¡Ira de Dios! ¡so sí que no!... ¡Pardiez! [...]¡El pueblo entero pendiente de los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos, admirados y compadecidos por la multitud inmensa! [...] Toda aquella carne blanca, dura, turgente, significativa, principal, era menos, por razón de las circunstancias, que dos pies descalzos que apenas se podían entrever. [...]cuidaba de que no asomasen debajo de la túnica morada; pero a veces se veían. Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de toda el alma. [...]-Dígase lo que se quiera; estos extremos no son propios de... personas decentes.12 |
donde la obsesiva reiteración de Clarín contrasta con el tono festivo y regocijado de los escritores clásicos.
Ahora el sentido de los versos de Góngora queda más claro, aunque el juego de palabras ha resultado más complejo de lo que parecía: el personaje, al ver el botín de su dama, ha descubierto su «botín», botín que ya no es -como define Alemany- «calzado antiguo de cuero, que cubre todo el pie y parte de la pierna», ni «despojo de los enemigos»13. Tras el descubrimiento del «botín», viene (si estamos solos aquí) la descripción: «cinco puntos caiga estrechos»14.
Una vez que nos encontramos dentro de este campo semántico -y ya que Góngora lo permite-, podríamos preguntarnos por qué se refiere a la sota de bastos y no a la de oros, pongo por caso. La explicación nos la dan, otra vez, los eruditos franceses que citan y comentan:
El basto. Cf. romance 141 (v. 53: «a la dama le entró el basto»), donde se trata más ampliamente de juegos. Cf. también Correas: «Atravesar el basto. Atravesarle el basto. Por: aver kópula entre ombre i muxer; o aver otro puesto impedimento» (Vocabulario, p. 613a). Es de notar que, según la explicación de Correas, la expresión se toma a veces en sentido erótico, y a veces no, según domina en el espíritu del que habla la imagen concreta del basto o la idea de atravesar («fallar», "poner un triunfo"). Sobre estos dos sentidos juega Góngora en unas décimas a una mujer poco fiel y bastante enredadora:
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A la vista de estos textos, resulta claro por qué al narrador del poema «Dexad los libros ahora» al evocar el botín de su dama, le viene a la cabeza la sota de bastos y no otra, la de espadas, por ejemplo, que bien pudiera. Como es frecuente en Góngora, mediante un sistema de connotaciones y evocaciones, refuerza el entusiasmo que el relator muestra por su dama.
Si hemos resuelto el problema relativo al palo de la sota, nos encontramos con otro; me refiero a la elección del calzado por parte de Góngora: en lugar de un botín, el enamorado podría haberle visto a su dama los pies descalzos, o con servilla o, en el peor de los casos, con chapines -calzado típicamente femenino-, aunque esto último, es cierto, podría haber inducido a confusión, dado el tamaño que los chapines alcanzaron en el XVII. Quizá, como en el caso anterior, haya también aquí un juego de evocaciones (por parte del narrador) y de inducciones (por parte de Góngora). De ser esto así, en nuestros versos se produciría la misma relación y la misma reacción que en estos otros, donde Vulcano se encuentra ante situación parecida a la que describe don Luis:
| Alzó Venus las faldas por un lado, | |||
| De que el herrero sucio, enternecido, | |||
| Por el botín que descubierto vido, | |||
| Quiso al momento dársele cerrado.16 |
Como para muestra basta un botín, veamos cómo lo define Miguel Herrero: «Las Ordenanzas de Sevilla reglamentaron dos formas, la cerrada y la abierta. El chapín cerrado o narigudo, cubría todo el empeine, lo mismo que un botín; el chapín abierto solamente constaba de capellada o puntera y de talón»17
; Herrero no explica por qué le llamaban narigudo al cerrado. Es el caso que Baltasar de Alcázar utiliza estos términos técnicos pero debe referirse a otra cosa:
| Mas dará por bien hurtados | |||
| las jervillas y chapines, | |||
| dándole un par de botines | |||
| de los que llaman cerrados.18 |
Aunque las ordenanzas de Sevilla y otras premáticas no indiquen nada, parece que algunos botines cerrados podrían llevar adornos de sonajas; o de cascabeles, pues repican:
| Baite conmigo, Juana, | |||
| ¡berás qué te daré! | |||
| darte é botín serrado | |||
| que te repique en el pie.19 |
y también:
| Abrime, Menguilla, | |||
| abrime y te daré | |||
| botín cerrado | |||
| que te repique en el pie.20 |
Sobre el sentido de la expresión dar botín cerrado, sin explicar si repica o no repica en el pie, el maestro Gonzalo de Correas, con su precisión habitual, escribe: «Dar botín zerrado: hazer con muxer». Esta actividad era costumbre extendida durante los Siglos de Oro, y esto no sólo entre los zapateros, que al fin es lo suyo:
| Ya en servilla, ya en chapín, | |||
| tráeme este oficio ruin | |||
| todo el día cabizbajo, | |||
| echando uno y otro tajo; | |||
| y de calzar un botín | |||
| no hay oficial más curioso. | |||
| Señora, coso, coso. | |||
| Los que a mi tienda llegan, | |||
| como es negra conocida, | |||
| mientras tomo la medida, | |||
| con la maestrilla juegan; | |||
| y que las calce me ruegan | |||
| apretado, provechoso. | |||
| Señora, coso, coso.21 |
o entre los lacayos, que aportan alguna precisión:
| bellacona y piojosa gente | |||
| de talludos pajotes lacayazos | |||
| les dan botín cerrado tiesamente.22 |
sino que también afecta a los rufianes y valientes, como Escarramán quien, sorprendentemente, no lo da, lo recibe:
| Han pasado a las Indias tus palmeos, | |||
| En Roma se han sentido tus desgracias, | |||
| Y hante dado botines sine numero.23 |
Hasta los académicos parece que se dedicaban a ello, según se deduce de este documento que se refiere a los del Tajo:
| Bendígaos el cielo, amén | |||
| Académicos del Tajo; | |||
| dadles botín a las musas | |||
| hilen y canten a ratos.24 |