Cuadro VI
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En la misma estancia en que se desarrolló la acción del cuadro II, con las naturales transformaciones que ha impuesto el paso del tiempo en la decoración y en el mobiliario. Un sofá, con sillones a los lados, en el centro, de cara al público.
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Cuando se hace la luz, sentados en el sofá, aparecen GUILLERMINA y ADOLFO. Ella es muy bonita. Están los dos muy juntos, mirándose a los ojos. Después de un gran silencio.
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GUILLERMINA.-
(Soñadora.) ¡Adolfo! ¿Qué día es hoy? |
ADOLFO.-
(Dulcemente.) Dieciocho de julio de 1936. ¿Me prometes que no olvidarás nunca este día? |
GUILLERMINA.-
¡Tonto! Ya verás cómo no... |
ADOLFO.-
(Alegrísimo.) ¡Oh! ¡Lo que nos espera, Guillermina! |
GUILLERMINA.-
Esta noche llamaré por teléfono a Burgos y le daré la noticia a mamá. Y mañana, como mamá es así, lo sabrá toda la provincia. ¡La cara que van a poner más de cuatro cuando vean que me caso y me quedo en Madrid para toda vida! ¡Digo! ¡Con lo que me criticaron cuando aprendí a conducir el coche y me vine sola a Madrid para estudiar Farmacia! ¡Ah! Y conste que las relaciones van a ser muy cortitas. Mañana mismo empezaremos los preparativos de la boda. Lo primero de todo buscar el piso, ¿eh? Bueno. Eso es fácil. En Madrid siempre sobran pisos y bien baratitos. Después hay que encargar los muebles. Todo moderno, moderno, ¿sabes? Con luces indirectas por aquí y por allá. ¡Fantástico! ¡Ah! Y luego el «trousseau», ¡Dios mío! ¡El «trousseau»! ¡Qué sueño! Y después, el viaje de novios: Sevilla, Córdoba, Granada... |
ADOLFO.-
¡Guillermina! ¡Yo quiero tener muchos niños! |
GUILLERMINA.-
¡Ay, Adolfo! ¿Muchos? |
ADOLFO.-
¡Muchos! ¡Muchísimos! Niñas, niños, niñas, niños. |
GUILLERMINA.-
¡Ay, Dios mío! |
ADOLFO.-
(Con ímpetu.) ¡Y pronto! |
GUILLERMINA.-
¡Adolfo! |
ADOLFO.-
Pronto, pronto... |
GUILLERMINA.-
(Asustadísima.) ¡¡Adolfo!! |
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(Aparece FLORITA por la puerta de la derecha. Esta FLORITA, como ya se ha dicho, es una solterona, pero desgarbadísima. Va peinada de cualquier modo. Viste de oscuro, con tacones bajos, y lleva gafas. Al ver a GUILLERMINA y a ADOLFO tan interesados el uno por el otro, se los queda mirando de muy mal talante y, después de cruzar la escena, sin que ellos adviertan su presencia, a punto de salir por la izquierda, dice, con evidente intención.)
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FLORITA.-
En el comedor hay pasteles, yemas, bombones y pastitas. Y anís y limonada. Y una fuente de jamón. Y chocolate y café. Y tortitas. Y bollos de La Mallorquina. Pero si no os importa... |
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(Y se va. ADOLFO y GUILLERMINA se miran. Luego sonríen.)
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ADOLFO.-
¡Je! Esta Florita... |
GUILLERMINA.-
¿Se lo decimos? |
ADOLFO.-
Pues no sé, no sé qué decirte. Porque a Florita todo esto del amor le tiene sin cuidado. ¡Como ella es una solterona...! |
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(Aparece de nuevo FLORITA. Y como antes.)
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FLORITA.-
Los chicos y las chicas dicen que van a bailar. Se han traído discos con el «Continental», la «Carioca» y el «Piccolino»... |
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(Desaparece. Pero GUILLERMINA se pone en pie, radiante.)
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GUILLERMINA.-
¡Adolfo! Yo tengo que contárselo a alguien. ¡No puedo esperar más! |
ADOLFO.-
¡Je! |
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(GUILLERMINA corre hasta la entrada de la izquierda y llama.)
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GUILLERMINA.-
¡Florita! ¡Florita! |
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(Asoma FLORITA, disgustadísima.)
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FLORITA.-
¿Me llamas? |
GUILLERMINA.-
¡Sí! |
FLORITA.-
Pues, ¿qué pasa? |
GUILLERMINA.-
¡Florita! ¿Me das un beso? |
FLORITA.-
¿Ahora? |
GUILLERMINA.-
¡Sí! ¡Un beso, Florita! ¡Un beso muy fuerte! |
FLORITA.-
Bueno. Si es capricho... |
GUILLERMINA.-
¡Florita! Mírame bien. Soy la mujer más feliz del mundo. ¡Adolfo se me acaba de declarar y yo le he dicho que sí! |
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(Y toda gozo y rubor, escapa hacia el fondo. Se queda allí, de espaldas, secándose unas lágrimas, con un pañuelito. FLORITA, estupefacta, se ha vuelto lentamente hacia ADOLFO y le está mirando en silencio. Es una mirada larga, intensa, desolada... Y ahora, casi sin voz.)
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FLORITA.-
¡Adolfo! ¿Es verdad eso? |
ADOLFO.-
(Gozosísimo.) ¡Sí! |
FLORITA.-
¿Y os vais a casar? |
ADOLFO.-
¡Sí! |
FLORITA.-
Pero, así, de pronto... |
ADOLFO.-
¡Oh, Florita! ¡Tú no sabes! ¡Tú no sabes lo que es el amor! |
FLORITA.-
No, claro. Yo, figúrate... |
ADOLFO.-
¡Oh! |
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(Muy emocionado, ADOLFO corre hasta el mirador y se reúne con GUILLERMINA. FLORITA se ha quedado inmóvil. Está anonadada, como si el mundo se hubiera derrumbado ante ella. Un silencio. Poco a poco GUILLERMINA y ADOLFO, desde el mirador, se vuelven y miran a FLORITA. Luego, se miran entre sí. Y como correspondiendo a una común decisión, avanzan, muy contentos, y se sientan en el sofá, uno a cada lado de FLORITA.)
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GUILLERMINA.-
¡Florita! ¡Vamos a contártelo todo! |
ADOLFO.-
¡Todo! ¡Todo! |
GUILLERMINA.-
Mira. Hace quince días... |
ADOLFO.-
¡Catorce! |
GUILLERMINA.-
¡Quince! |
ADOLFO.-
¡Catorce! ¡Catorce! |
GUILLERMINA.-
(Transición.) Está bien, mi vida. Si tú dices catorce, serán catorce. Los hombres siempre tienen razón... |
ADOLFO.-
¿De verdad? |
GUILLERMINA.-
¡Ay! ¡Sí! |
ADOLFO.-
¡Huy! ¡Qué mujer! |
GUILLERMINA.-
Ea, ea... |
ADOLFO.-
(De pronto.) ¡Guillermina! ¡Yo quiero tener muchos niños! |
GUILLERMINA.-
¡Adolfo! ¡Que no estamos solos! |
ADOLFO.-
¡No importa! |
GUILLERMINA.-
(Asustadísima.) ¡¡Adolfo!! |
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(FLORITA, que los está observando, mirando al uno y a la otra, sucesivamente, sin pestañear, un poquito impaciente.)
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FLORITA.-
Bueno. Pero ¿me decís o no me decís lo que pasó hace catorce días? |
GUILLERMINA.-
¡Ay! Pero si, ahora que caigo, resulta que no pasó nada... |
FLORITA.-
¡Ah! ¿No? |
ADOLFO.-
(Ilusionado.) ¡No! ¡Qué va! Nada, nada... |
FLORITA.-
¡Vaya! |
GUILLERMINA.-
¡Imagínate! Yo estaba en la Castellana, sentada en un banco, leyendo versos de Juan Ramón Jiménez. Adolfo me vio desde lejos, se acercó y me invitó a tomar un aperitivo en «Mónico»... |
ADOLFO.-
(Insinuante.) ¿Te acuerdas? |
GUILLERMINA.-
¡Oh! Pero al despedirnos yo ya sabía que Adolfo se me iba a declarar en seguida... (De pronto, se vuelve hacia FLORITA, con mucha ternura.) ¿Estás contenta, Florita? |
FLORITA.-
¡Huy! ¡Yo! ¡Calcula! |
GUILLERMINA.-
¡Qué buena eres! |
FLORITA.-
Calla, calla, mujer... |
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(GUILLERMINA se pone en pie. Está alegrísima.)
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GUILLERMINA.-
Tengo la cabeza llena de sueños maravillosos, ¿sabes? Todo es tan emocionante. El piso, el «trousseau», la boda, el viaje de novios... |
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(ADOLFO se levanta y va hacia GUILLERMINA.)
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ADOLFO.-
¡Guillermina! ¿Y los niños? ¿Ya no te acuerdas de los niños? |
GUILLERMINA.-
¡Adolfo! ¡No seas impaciente! Los niños, después... |
ADOLFO.-
¡Y dale! Pero ¿por qué tienes que dejar los niños para lo último? |
GUILLERMINA.-
Pero, Adolfo... |
ADOLFO.-
¡No me gusta eso, Guillermina! Lo primero los niños. |
GUILLERMINA.-
(Horrorizada.) ¡Adolfo! ¿Qué dices? |
ADOLFO.-
Nada, nada. No transijo. Primero los niños, primero los niños... (Salen los dos discutiendo vivamente por la izquierda. FLORITA se queda sola en el sofá. Un gran silencio. FLORITA suspira, con un enorme desconsuelo. Baja la cabeza. Se desprende de las gafas y se seca una lágrima. Después, muy despacio, se vuelve a poner las gafas. Unos segundos más tarde, por donde se fue, vuelve ADOLFO, comiendo, con un gran bollo en la mano.) ¡Je! ¡Qué Guillermina! Está como loca. Ya se lo está contando a todo el mundo... |
FLORITA.-
¡Claro! Se comprende... |
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(ADOLFO se sienta en el suelo, sobre la alfombra, cerca de FLORITA.)
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ADOLFO.-
¡Je! Está rico este bollo. ¿Quieres un poco? |
FLORITA.-
Bueno... |
ADOLFO.-
Toma. |
FLORITA.-
Gracias... |
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(Durante unos segundos comen los dos en silencio. Luego, ADOLFO, sin dejar de comer, habla satisfechísimo.)
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ADOLFO.-
Lo que es el amor, ¿eh? |
FLORITA.-
¡Huy! ¡El amor! Abelardo y Eloísa, Francesca y Paolo, Romeo y Julieta, el Dante y Beatriz... |
ADOLFO.-
¡Ahí va! Lo que sabes, Florita, lo que sabes... |
FLORITA.-
¡Pche! La Universidad, que sale. Date cuenta de que soy abogada, licenciada en Filosofía y maestra nacional... |
ADOLFO.-
¡Qué caso! (Comen los dos. Y ADOLFO se acuerda de algo y se ríe.) ¡Oye! |
FLORITA.-
¿Qué? |
ADOLFO.-
¿Te acuerdas de cuando tú y yo éramos niños y jugábamos a los novios en la playa de Fuenterrabía? |
FLORITA.-
¡Toma! Que si me acuerdo! Tú eras un niño gordo y coloradito, más rico... |
ADOLFO.-
¡Qué tontos éramos! |
FLORITA.-
Hombre... |
ADOLFO.-
Calla, calla. Pero si ni siquiera sabíamos jugar. Todo lo hacíamos al revés. ¿No te acuerdas? Siempre eras tú la que se declaraba... |
FLORITA.-
Bueno. Porque tú eras muy cortito... |
ADOLFO.-
¡Je! Lo que es la inocencia... |
FLORITA.-
¡Ah! Eso sí. (FLORITA se levanta y marcha hacia el fondo, muy despacio. Una vez allí se vuelve y se le queda mirando largamente.) ¡Adolfo! |
ADOLFO.-
¿Qué? |
FLORITA.-
¿Eres feliz? |
ADOLFO.-
¡Oh! |
FLORITA.-
Pero ¿feliz, feliz, terriblemente feliz? |
ADOLFO.-
Sí, Florita, sí. Muy, muy, muy feliz. |
FLORITA.-
¡Qué gusto! (Da unos pasitos. De pronto se detiene y le mira otra vez.) ¡Adolfo! |
ADOLFO.-
¿Qué? |
FLORITA.-
¿Estás enamoradísimo de Guillermina? |
ADOLFO.-
¡Uf! |
FLORITA.-
Pero ¿por lo sentimental o porque te gusta? |
ADOLFO.-
¡Hum! Me gusta, me gusta... |
FLORITA.-
¡Claro! Por eso quieres tener muchos niños... |
ADOLFO.-
Mujer... |
FLORITA.-
¡¡Hala! Y aprisa, aprisa... |
ADOLFO.-
¡Je! |
FLORITA.-
¡Jesús! Los hombres... |
ADOLFO.-
(Con cierto rubor.) Ea, ea, Florita... |
FLORITA.-
No, si, después de todo, es natural. Guillermina está fantástica. Tan llenita y tan así. Y a todos os encantan esas chicas. |
ADOLFO.-
(Muy contento.) ¡Sí! A todos, a todos... |
FLORITA.-
Guillermina es de las que más gustan. Es tan guapa, tan vistosa, tan moderna. Hay que ver el jaleo que arma por la calle. Y las cosas que le dicen. Hasta los guardias, ¿sabes? Porque como esto del piropo es tan español... |
ADOLFO.-
¡Ah! ¿Sí? |
FLORITA.-
Sí, sí. |
ADOLFO.-
¿Y qué le dicen? |
FLORITA.-
¡Barbaridades! Es que no se puede ir con ella. Porque como, además, es tan coqueta, tan coqueta... |
ADOLFO.-
¡Sí! (Contentísimo.) ¡Es muy coqueta! ¡Muy coqueta! ¡Más que ninguna! |
FLORITA.-
¡Qué mona! ¿Verdad? |
ADOLFO.-
¡Je!... |
FLORITA.-
En fin, que no se puede negar: has tenido suerte. |
ADOLFO.-
¡Sí! Mucha, mucha suerte... |
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(FLORITA mueve la cabeza y suspira con pesar.)
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FLORITA.-
En cambio, el otro, ¡pobrecito! |
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(Un silencio terrible. ADOLFO se ha quedado mudo, con los ojos abiertos de par en par.)
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ADOLFO.-
¡Florita! |
FLORITA.-
(Muy bajito.) ¿Qué? |
ADOLFO.-
¿Has dicho el otro? |
FLORITA.-
Sí, sí... |
ADOLFO.-
Pero ¿es que hay otro? |
FLORITA.-
¡Anda! ¿No le conoces? (Transición, como recitando.) Inocencio Rodríguez Santallana. De Burgos. Veinticinco años. Alto, delgadito, moreno y con bigote. Su padre se llama Jerónimo y su madre Visitación. Tiene un Citroën y una finca en Extremadura y hace oposiciones a notario... |
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(Se calla. Mirándole fijamente, espera. Y luego, en silencio, casi de puntillas, se va por la izquierda. ADOLFO está inmóvil, petrificado, como si le hubieran dado un golpe en la cabeza. Un segundo después comienzan a oírse lejanos, muy lejanos, unos cuantos cañonazos. ADOLFO sigue pensando y pensando, horrorizado. Y, por fin, con un ímpetu arrollador, se alza y grita.)
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ADOLFO.-
¡¡Guillermina!! (Va de un lado a otro, llamando con desesperación.) ¡Guillermina! ¡Guillermina! |
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(Por la izquierda irrumpe GUILLERMINA, excitadísima.)
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GUILLERMINA.-
¡Cínico! ¡Bandido! ¡Granuja! |
ADOLFO.-
¿Cómo? |
GUILLERMINA.-
¿Por qué no me lo dijiste? |
ADOLFO.-
¿El qué? |
ADOLFO.-
¿Por qué no me dijiste que estás liado con una vicetiple del Pavón? |
ADOLFO.-
¿Quién? ¿Yo? |
GUILLERMINA.-
¡Sí! ¡Me acabo de enterar! |
ADOLFO.-
¡No! Falso, falso. ¡Mentira! |
GUILLERMINA.-
Conque mentira, ¿eh? |
ADOLFO.-
¡Sí! Lo juro, lo juro... |
GUILLERMINA.-
¡Calla! ¡Malvado! ¡No jures! ¡Que lo sé de muy buena tinta! Se llama Mimí. Sale vestida de pavo real, de Venus y de marinero. Es rubia y gordita. ¡Y la dicen «Flor de té»! |
ADOLFO.-
¡No! |
GUILLERMINA.-
¡«Flor de té»! |
ADOLFO.-
¡He dicho que no! |
GUILLERMINA.-
¡«Flor de té»! ¡«Flor de té»! |
ADOLFO.-
(Desesperado.) ¡¡Basta!! |
GUILLERMINA.-
¡Oh, Dios mío! ¡Qué traición! ¡Qué burla! ¡Qué engaño! |
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(Vuelven a oírse unos cuantos cañonazos. Pero GUILLERMINA y ADOLFO, entregados a su disputa con pasión, no se enteran.)
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ADOLFO.-
¡Basta he dicho! Todo esto es un infundio. ¡Señorita! Está usted tratando de envolverme con sus perfidias para evitar que salte la verdad. Pero no caeré en la trampa. ¡Quia! Eso sí que no... |
GUILLERMINA.-
¿Qué dices? |
ADOLFO.-
(Furioso.) ¡Inocencio! |
GUILLERMINA.-
¿Cómo? |
ADOLFO.-
¡Inocencio! ¡Inocencio! ¡Inocencio! (De pronto, con otro tono. Muy aprisa.) Veinticinco años. De Burgos. Alto, delgadito, moreno y con bigote. Tiene un Citroën y una finca en Extremadura... |
GUILLERMINA.-
¿Quién es ese idiota? |
ADOLFO.-
¿Cómo? |
GUILLERMINA.-
(Chillando.) ¿Y a mí qué me importa? |
ADOLFO.-
¡Hola! Pero ¿es que no le conoces? |
GUILLERMINA.-
¿Quién? ¿Yo? |
ADOLFO.-
¡Oh! (Llevándose las manos a la cabeza con una terrible ironía.) ¡Esto sí que es grande! ¡No le conoce! ¡Santo Dios! Dice que no le conoce... (Por la izquierda aparece FLORITA que, muy presurosa, sin importarle en absoluto la situación entre GUILLERMINA y ADOLFO, cruza la estancia como un ángel, entra en el mirador y se queda allí de espaldas, asomada a la calle. Se oyen unos cañonazos.) ¡Coqueta! ¡Coqueta! ¡Coqueta! |
GUILLERMINA.-
¿Yo? ¿Coqueta yo? |
ADOLFO.-
Sí. ¡Tú! Coqueta, coqueta... |
GUILLERMINA.-
Pero ¿cómo te atreves a hablarme así? |
ADOLFO.-
¡Coqueta! |
GUILLERMINA.-
¡Tú! ¡Precisamente tú! ¡Un hombre que tiene una querida! |
ADOLFO.-
¡Ca! ¡No es verdad! ¡Inocencio! ¡Inocencio! |
GUILLERMINA.-
¡Dios mío! Y el infame quería niños y niños... |
ADOLFO.-
(Febril.) Inocencio Rodríguez Santallana. De Burgos. Alto, delgadito, moreno y con bigote... |
GUILLERMINA.-
¡Sátiro! Pues ¿sabes lo que te digo? ¡Que todo ha terminado entre nosotros! Ni piso, ni «trousseau», ni viaje de novios, ni boda, ni nada. ¡Ah! Y de niños, ni hablar, para que te enteres. ¡Y ahora mismo me voy de Madrid para no volver jamás! |
ADOLFO.-
¡Hola! ¿Y adónde vas, si puede saberse? |
GUILLERMINA.-
¡A Burgos! |
ADOLFO.-
(Triunfante.) ¡Claro, con el otro! |
GUILLERMINA.-
Conque recuerdos a «Flor de té». |
ADOLFO.-
¡¡Guillermina!! |
GUILLERMINA.-
¡Sinvergüenza! |
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(GUILLERMINA sale llena de ímpetu por la izquierda. Se oye el golpe de una puerta que se cierra violentamente. ADOLFO está rabiosísimo.)
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ADOLFO.-
¡Hum! Pérfida, frívola, coqueta. ¡Ah! Pero esto no queda así. ¡Le parto la cara a Inocencio! |
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(Vuelve FLORITA del mirador, muy asustada.)
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FLORITA.-
¡Ayyy! ¡Adolfo! |
ADOLFO.-
(En vilo.) ¿Qué pasa ahora? |
FLORITA.-
No lo sé. Pero debe ser algo espantoso. Se oyen tiros y cañonazos. Y la calle está llena de gente. |
ADOLFO.-
¡Demonio! |
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(Y se precipita en el mirador. Se asoma. Nuevos cañonazos. FLORITA no cesa de ir y venir de aquí para allá.)
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FLORITA.-
¡Ay! ¡Ay, Virgen Santísima! ¡Ay! Pero si esto tenía que pasar. Si se veía venir... |
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(Vuelve ADOLFO impresionadísimo.)
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ADOLFO.-
¡Qué barbaridad! ¡Qué tumulto! |
FLORITA.-
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! |
ADOLFO.-
Adiós, Florita... |
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(Y marcha rápidamente hacia la izquierda. Pero FLORITA grita.)
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FLORITA.-
¡¡Adolfo!! |
ADOLFO.-
¿Qué? |
FLORITA.-
Pero ¿te has vuelto loco? ¿Adónde vas? |
ADOLFO.-
¡A la calle! |
FLORITA.-
¡Qué estás diciendo? ¡Imprudente! Pero ¿no comprendes que si sales a la calle, ahora, estás perdido? |
ADOLFO.-
(Perplejo.) ¿Tú crees? |
FLORITA.-
¡Claro! ¡Dios mío! Con lo de derechas que tú eres... |
ADOLFO.-
(Inmóvil.) ¡Je! Eso es verdad... (Suena un cañonazo más próximo.) ¡Caray! ¿Has oído? |
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(FLORITA le está mirando con una mirada larga y penetrante, llena de dulcísimos auspicios.)
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FLORITA.-
¡Adolfo! ¡Siéntate! Ponte cómodo... |
ADOLFO.-
¡Je! |
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(ADOLFO se sienta en el sofá. Ella, muy ligerita, sale por la izquierda. Se oye el ruido que se produce en una cerradura antigua cuando se echa la llave. Vuelve FLORITA. Cruza hacia la derecha, sonriendo, muy feliz. ADOLFO la sigue con la mirada aterrado.)
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FLORITA.-
Se han ido todos, ¿sabes? Los invitados, las criadas. Todos, todos. Nos hemos quedado solos. Pero no importa... |
ADOLFO.-
Florita... |
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(FLORITA, ya a punto de salir por la primera puerta de la derecha, se vuelve hacia ADOLFO. Le mira como fascinada. Y luego eleva los ojos hacia arriba, soñadora.)
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FLORITA.-
¡Adolfo! Escúchame. Tú ya no sales de aquí hasta que todo haya terminado... |
ADOLFO.-
¿Cómo? |
FLORITA.-
Lo que oyes. De eso, me encargo yo... |
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(Y se va. ADOLFO, solo, está inquietísimo.)
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ADOLFO.-
¡No! ¡Espera! ¡Florita! (Va a la primera puerta de la derecha y golpea frenéticamente con los nudillos.) ¡Florita! ¡Florita! ¡Florita! (Es inútil. FLORITA no responde. Él, desolado, se calla. Atraviesa corriendo el salón y escapa por la izquierda. Pero a los pocos segundos, vuelve. Mira en torno con espanto. Se siente irremediablemente acorralado. Comienzan a oírse unos cuantos cañonazos que van creciendo en intensidad. ADOLFO se estremece. Se deja caer en el sofá.) ¡Socorro! (ADOLFO clava la mirada en el techo. Está aterrado. Continúa el cañoneo más fuerte, más fuerte....) ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro! |
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(Se apagan todas las luces. Y, en plena oscuridad, se oye la voz de DOÑA FLORITA que dice jolgoriosamente, después de una gran carcajada.)
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Voz de DOÑA FLORITA.-
¡Jesús! ¡Pobrecito! ¡Tres años le tuve encerrado! |
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(Oscuro.)
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Cuadro VII
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Cuando vuelve el rayo de luz, DOÑA FLORITA y FLORITA sentadas en el borde del escenario, como siempre. FLORITA está mirando a su madre, escandalizadísima.
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FLORITA.-
¡Mamá! |
DOÑA FLORITA.-
(Ingenua.) ¡Ay! ¿Qué? |
FLORITA.-
Pero ¿eso hiciste? ¿Así le quitaste el novio a Guillermina? |
DOÑA FLORITA.-
¡Hija! En la guerra como en la guerra... |
FLORITA.-
¡Mamá! Pero tú eres malísima... |
DOÑA FLORITA.-
¡Y dale! ¡Qué pesada eres, niña! |
FLORITA.-
¡Ay! ¡Qué infamia! |
DOÑA FLORITA.-
Bueno. Si lo tomas así... |
FLORITA.-
¡Mamá! ¡Mírame! Tú no estás en el cielo, ¿verdad? |
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(DOÑA FLORITA se queda mirando a su hija. Y luego, con un profundo suspiro.)
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DOÑA FLORITA.-
Pues mira, hija, de momento, no... |
FLORITA.-
¡Claro! Si no podía ser... |
DOÑA FLORITA.-
Pero no he perdido la esperanza, ¿sabes? (Sonríe y eleva los ojos a las alturas.) Allí está el Reino del Amor. Por eso, quizá porque allí todo es amor, los pecados por amor son los que antes se perdonan. (Dulcemente.) Yo quise a tu padre con toda mi alma. Desde niños, cuando jugábamos a los novios en la playa de Fuenterrabía. Y yo sé que por aquel amor tan bonito un día seré perdonada. (Transición.) En cambio, ya ves tú. Guillermina está lista. A esa no hay quien la salve. Tú no sabes lo que dio que hablar en Burgos... |
FLORITA.-
¡Ah! ¿Sí? |
DOÑA FLORITA.-
¡Huy! De menuda se libró tu padre... (Transición. Con una irremediable ternura.) Por cierto, hijita. ¿Qué hace ahora papá en el mundo? |
FLORITA.-
(Vagamente.) ¡Oh! Papá, papá. Es un señor de derechas... |
DOÑA FLORITA.-
(Muy complacida.) ¡Claro! Como debe ser... |
FLORITA.-
Hace negocios... |
DOÑA FLORITA.-
¡Mira qué listo! |
FLORITA.-
Se ha puesto a régimen para adelgazar... |
DOÑA FLORITA.-
(Con ternura.) ¡Qué presumido! |
FLORITA.-
Ya no fuma... |
DOÑA FLORITA.-
(Enfadadísima.) ¡Claro! ¡La bronquitis! Si estaba hecho cisco. Si se lo tenía yo dicho. Si se pasaba la vida fuma que te fuma, solo para llevarme la contraria. |
FLORITA.-
¡Mama! No te excites. |
DOÑA FLORITA.-
¿Y qué más? Cuenta, cuenta... |
FLORITA.-
(Con cierta timidez.) ¿De verdad quieres que te cuente? |
DOÑA FLORITA.-
¡Naturalmente! |
FLORITA.-
Pues verás. Resulta que papá desde que se quedó viudo liga mucho... |
DOÑA FLORITA.-
¿Cómo? ¿Que liga? |
FLORITA.-
¡Uf! ¡De locura! |
DOÑA FLORITA.-
¿Y eso qué es? |
FLORITA.-
¡Ay, mamá! Pero qué atrás te has quedado... |
DOÑA FLORITA.-
¡Niña! ¡Si no me hablas claro, te doy un cachete! |
FLORITA.-
¡Mamá! Para que te enteres de una vez: papá tiene un lío... |
DOÑA FLORITA.-
(Sobresaltadísima.) ¿Cómo? ¿Quieres decir que me engaña? |
FLORITA.-
Bueno. Eso... |
DOÑA FLORITA.-
(Furiosa.) ¿A mí? |
FLORITA.-
¡Mamá! ¡Cálmate! |
DOÑA FLORITA.-
¿Se ha atrevido? ¡Descastado! ¡Mal hombre! ¡Pajarero! ¡Engañarme a mí! ¡Ah! Pues que se prepare. Porque esto no queda así. Me va a oír. ¡Digo! ¡Y lo que me va a oír! |
FLORITA.-
Pero, mamá, ¿qué estás diciendo? Si tú solo eres un espíritu, pobrecita. ¡Un alma en pena! |
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(DOÑA FLORITA calla. Pierde sus ímpetus, se derrumba su coraje. Y luego, muy bajito.)
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DOÑA FLORITA.-
¡Je! Calla, hija. Se me había olvidado. (Un silencio.) Es triste, ¿verdad? |
FLORITA.-
Sí, mamá. |
DOÑA FLORITA.-
¿Quién es ella? ¿Una pelandusca? |
FLORITA.-
¡Oh, no! Es una señora de la buena sociedad... Tiene fábricas. |
DOÑA FLORITA.-
¿Es posible? |
FLORITA.-
¡A ver! Capitalismo puro... |
DOÑA FLORITA.-
¿Qué has dicho? |
FLORITA.-
(Un suspiro.) No, nada. Déjalo. Si te lo explico, no lo vas a entender... |
DOÑA FLORITA.-
¡Nena! (Con dulzura.) ¿Qué le pasa a papá? ¿Es que se siente solo? |
FLORITA.-
¡Pche! Todos estamos solos. (Muy trascendental.) El destino del hombre es la soledad. |
DOÑA FLORITA.-
¡Vaya! ¡Qué lata! Pues antes no era así... (Se vuelve y observa a FLORITA en silencio.) ¡Florita! ¿Cómo te llevas tú con papá? |
FLORITA.-
(Un mohín.) ¡Huy! Fatal, fatal... |
DOÑA FLORITA.-
¡Claro! Ya me hago cargo. Por lo del lío... |
FLORITA.-
¡Ca! No creas. |
DOÑA FLORITA.-
¡Ah! ¿No? |
FLORITA.-
Eso, después de todo... Por mí, correcto. |
DOÑA FLORITA.-
¡Ah! ¿Sí? |
FLORITA.-
¡Naturalmente! |
DOÑA FLORITA.-
¡Vaya! |
FLORITA.-
Lo que pasa es que papá y yo en política nunca estamos de acuerdo. Pero, claro, tiene que ser así. El pobre papá pertenece a una generación que ha fracasado. Yo soy joven. Y los jóvenes tenemos una misión... |
DOÑA FLORITA.-
(Estremecida.) ¡Ave María Purísima! ¡Pero cuánto ha cambiado este mundo en tan poco tiempo! |
FLORITA.-
¡Anda! Pues si te cuento lo de los negros... |
DOÑA FLORITA.-
¡Ah! ¿Sí? |
FLORITA.-
¡Huy! ¿Y lo de los chinos? |
DOÑA FLORITA.-
¿Qué pasa con los chinos? ¡Pobrecitos! |
FLORITA.-
¿Y lo de los curas de izquierda? |
DOÑA FLORITA.-
(Un respingo.) ¿Cómo? ¿Qué has dicho? (Sulfuradísima.) ¡Ca! Eso sí que no. No lo creo, no lo creo... |
FLORITA.-
¡Ay, mamá! |
DOÑA FLORITA.-
¡Calumnia! ¡Calumnia! Esas cosas solo pasan en el extranjero... |
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(Dentro se oye la voz de MATEO que llama, desolado.)
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MATEO.-
(Dentro.) ¡Florita! |
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(DOÑA FLORITA, suspensa, se vuelve hacia su hija, interrogante.)
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DOÑA FLORITA.-
¿Has oído? |
FLORITA.-
¡Sí! |
DOÑA FLORITA.-
¿Es él? |
FLORITA.-
¡Sí! Pero no quiero verlo. ¡No quiero! |
DOÑA FLORITA.-
¡Niña! |
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(Por la derecha, entre las sombras, surge en escena MATEO. Parece muy inquieto, como perturbado por una fuerte emoción.)
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MATEO.-
¡Florita! ¿Dónde estás? ¡Florita! ¡Florita! |
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(Desaparece, llamando, por la izquierda, entre la oscuridad. DOÑA FLORITA y FLORITA se miran.)
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FLORITA.-
No nos ha visto. |
DOÑA FLORITA.-
¡Oh! A mí no me verá nunca, hijita. Yo soy invisible para todos menos para ti. |
FLORITA.-
¡Mamá! Se llama Mateo... |
DOÑA FLORITA.-
¡Qué bien! |
FLORITA.-
¿Qué te ha parecido? ¿Verdad que tiene un no sé qué? |
DOÑA FLORITA.-
(Prudente.) ¡Hija! ¿Qué voy a decirte? Una ya no es de este mundo... |
FLORITA.-
¡Ay, mamá! Pero si no hay más que verlo... |
DOÑA FLORITA.-
¿Tú crees? |
FLORITA.-
¡Digo! Si lo sabré yo, que me tiene chiflada... |
DOÑA FLORITA.-
¡Florita! ¿Vas a llorar? |
FLORITA.-
¡Ay, mamá, mamá! |
DOÑA FLORITA.-
¡Florita! |
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(Por la derecha, entre las sombras, aparece NINA VALENTI. Es una mujer joven, bonita, un poco estrepitosa, que viste de campo, muy lujosa y muy sofisticada. Lleva una diminuta linterna, con la que se mueve en la oscuridad. Y llama.)
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NINA.-
¡Florita! ¡Florita! ¡Pequeña! ¿Dónde estás? ¡Florita! ¡Ay! Pero ¡qué muchacha esta!... |
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(Se va por donde vino. DOÑA FLORITA se vuelve a FLORITA, muy intrigada.)
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DOÑA FLORITA.-
¿Quién es esa? |
FLORITA.-
Nina Valenti. Una estrella de cine. |
DOÑA FLORITA.-
¡Malo! |
FLORITA.-
Está en el Parador, pasando su luna de miel. |
DOÑA FLORITA.-
¡Hola! ¿Se ha casado? |
FLORITA.-
¡Qué va! Todavía no. Primero se tiene que divorciar de un francés... |
DOÑA FLORITA.-
¡Ah! ¡No me digas más! ¡Esta es la otra! La de siempre. ¡La enemiga! |
FLORITA.-
Bueno. Te advierto, mamá, que estas mujeres, así, de rompe y rasga, han cambiado mucho. Cada vez se parecen más a nosotras. Y como nosotras cada vez nos parecemos más a ellas, pues se está acabando la lucha de clases... |
DOÑA FLORITA.-
¡Qué barbaridad! |
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(Cada uno por donde se fue, surgen, al mismo tiempo, MATEO y NINA, en plena oscuridad; al avanzar, se encuentran en la zona de la izquierda.)
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NINA.-
¡Florita! ¡Niña! |
MATEO.-
¡Florita! ¡Florita! |
NINA.-
¡Ay! ¡Qué susto! |
MATEO.-
¿La ha encontrado usted? |
NINA.-
¡Quia! Ni rastro. |
MATEO.-
Yo tampoco. |
NINA.-
¡Jolín! ¡Qué chica! |
MATEO.-
Esto es horrible, Nina. (Desesperado.) ¿Dónde está? ¿Dónde se ha metido? ¡Tengo que encontrarla! ¡Florita! ¡Florita! |
NINA.-
¡Ay, madre! ¡Qué jaleo! |
MATEO.-
¡Florita! ¡Florita! |
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(Se van los dos, apresurados, alarmadísimos, por la izquierda. DOÑA FLORITA está muy intrigada.)
|
DOÑA FLORITA.-
¡Niña! ¿Por qué te buscan? ¿Qué has hecho? Dímelo de una vez. |
FLORITA.-
¡Ay, mamá! |
DOÑA FLORITA.-
¡Habla! |
FLORITA.-
Verás. Te lo contaré todo. Mira: conocí a Mateo hace ocho días, en una velada del Cine Club. (Un suspiro. Con una dulce nostalgia.) Daban una película soviética. |
DOÑA FLORITA.-
¡Qué descaro! ¡A lo que hemos llegado! |
FLORITA.-
(Emocionadísima.) Me volvió loca, ¿sabes? |
DOÑA FLORITA.-
¿De veras? |
FLORITA.-
¡Oh! Si te cuento... |
DOÑA FLORITA.-
¡Pobrecita! |
|
|
(En este momento las dos se levantan, abandonan la plataforma y suben al escenario. Quedan allí, a un lado, a la derecha, ante las cortinas. Un rayo de luz cae sobre ellas.)
|
FLORITA.-
(Un suspiro.) Desde entonces sueño con él a todas horas, de día y de noche. Y he hecho lo imposible para llamar su atención. Pero nada, todo ha sido inútil... Un fracaso. |
DOÑA FLORITA.-
(Con melancolía.) ¡Ay! ¡Como siempre! Es nuestro sino... |
FLORITA.-
Yo estaba desesperada. Y, claro, cuando una mujer está desesperada algo tiene que hacer, ¿no? |
DOÑA FLORITA.-
¡Ah! (Con entusiasmo.) ¡La raza! Nosotras no nos rendimos nunca... |
FLORITA.-
Por eso, esta mañana tomé una resolución. Llamé a Mateo y le invité a merendar en el Palacio de los Infantes. En pleno campo, a setenta kilómetros de Madrid, nunca se sabe lo que puede pasar... |
DOÑA FLORITA.-
(Muy contenta.) ¿Eso hiciste? |
FLORITA.-
Eso mismo. |
DOÑA FLORITA.-
¡Ay, qué chica! Sigue, sigue... |
FLORITA.-
Y llegamos al Parador... (En este momento las cortinas se descorren suavemente y aparece un aposento en el Parador. Al fondo, una gran embocadura de piedra. Detrás, un corredor, que se pierde a un lado y a otro. En la estancia hay tres puertas iguales. Una a la izquierda y dos, muy juntas, a la derecha. Todo en estilo español, como es habitual en esta clase de establecimientos. En el centro, frente al público, un sofá. MATEO está sentado en el sofá, abstraído, aburridísimo.) Al principio todo fue muy bien. (FLORITA entra en el Parador. Se sienta en el sofá, junto a MATEO. Con mucha naturalidad.) ¡Mateo! |
MATEO.-
¿Qué? |
FLORITA.-
¿Te gusta el cine de Antonioni? |
MATEO.-
¡Toma! ¡Claro! Tiene mensaje. |
FLORITA.-
¿Qué te parecen los Beatles? |
MATEO.-
Pues, chica, ¿qué quieres? Los encuentro flojos... |
FLORITA.-
Paraditos, ¿no? |
MATEO.-
Eso, eso. Muy paraditos. |
FLORITA.-
¡Pobres! |
MATEO.-
¡Je! |
FLORITA.-
Oye. |
MATEO.-
¿Qué? |
FLORITA.-
¿Tú has leído a Henry Miller? |
MATEO.-
¡No! ¡Qué va! Pero he leído a Sartre... |
FLORITA.-
¡Hombre! Sartre ya ha pasado... |
MATEO.-
¡Ah! ¿sí? |
FLORITA.-
Te diré. |
MATEO.-
¡Chica! ¡Cuánto sabes! |
FLORITA.-
¡Pche! ¡Que me preocupo! |
MATEO.-
¡Je! |
FLORITA.-
Oye. |
MATEO.-
¿Qué? |
FLORITA.-
¿A ti te interesa lo social? |
MATEO.-
¡Atiza! |
FLORITA.-
¿Qué piensas de Rusia? |
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(MATEO, asustado, se pone en pie.)
|
MATEO.-
¡Florita! Esa es una pregunta capciosa... |
FLORITA.-
¿Eres monárquico? |
MATEO.-
¡Florita! ¡Que me comprometes! |
|
|
(Y escapa hacia el fondo, muy asustado. FLORITA, muy satisfecha se levanta y acude junto a DOÑA FLORITA.)
|
FLORITA.-
¿Has oído, mamá? Ya te dije que al principio todo iba muy bien... |
DOÑA FLORITA.-
(Horrorizada.) ¡Niña! ¿Tú crees? |
FLORITA.-
¡Ay, mamá! Es que ahora las cosas son así... |
DOÑA FLORITA.-
¡¡Jesús!! ¡Pero qué mundo!... |
FLORITA.-
(Transición.) ¡Ah! Y de pronto, estalló la tormenta. |
DOÑA FLORITA.-
¡Santa Bárbara bendita! |
|
|
(Se oyen unos cuantos truenos muy intensos.)
|
FLORITA.-
(Con entusiasmo.) ¡Y qué tormenta! Rayos, truenos, relámpagos. De todo. Yo me puse muy contenta. Porque lo que yo me dije: «¡Florita! ¿Qué mejor ocasión para un hombre que una tormenta en la sierra?». Y entonces... |
DOÑA FLORITA.-
¿Qué? |
FLORITA.-
Escucha, mamá (FLORITA, muy contenta, contentísima, entra en el Parador y se planta ante MATEO, que sigue paseando por el fondo.) ¡Mateo! Estamos perdidos. |
MATEO.-
¿Qué ocurre? |
FLORITA.-
La tormenta es espantosa. Dicen que se ha inundado la carretera. No hay que pensar en volver a Madrid hasta mañana... |
MATEO.-
(Consternado.) ¡Santo Dios! Entonces, ¿qué vamos a hacer? |
FLORITA.-
¡Toma! Pues está clarísimo. Pasaremos aquí la noche. |
MATEO.-
¿Cómo? ¿Aquí? ¿En el Parador? |
FLORITA.-
¡Sí! |
MATEO.-
¿Los dos? |
FLORITA.-
¡Sí! ¡Sí! (Toda felicidad.) Los dos. ¡Tú y yo! |
MATEO.-
Pero ¿solos? |
FLORITA.-
¡Solos! ¿Qué te parece? |
MATEO.-
(Horrorizado.) ¡Huy! ¡Qué disgusto! |
FLORITA.-
(Indignadísima.) ¡¡Mateo!! |
MATEO.-
(Con las manos en la cabeza.) ¡Huy! ¡Qué disgusto! Pero ¡qué disgusto!... |
|
|
(Y empieza a ir de un lado para otro, realmente aterrado. DOÑA FLORITA se indigna.)
|
DOÑA FLORITA.-
¡Anda! Pero ¿qué dice este chico? |
FLORITA.-
¡Ay, mamá! Pues esto no es más que empezar... |
|
|
(En este momento MATEO se planta ante FLORITA.)
|
MATEO.-
¡Florita! ¿Estás segura, segura, de que no podemos volver a Madrid? Aunque sea despacio, poquito a poco, ¿eh? Aunque llueva, aunque esté inundada la carretera... |
FLORITA.-
¡Ay, hijo! Eso sí que no. El seiscientos no está hecho para la guerra... |
MATEO.-
¡Florita! ¡Florita! |
FLORITA.-
Por lo menos, yo no me lanzo. Y como tú no sabes conducir... |
MATEO.-
Pero, mujer, piensa un poco. Date cuenta. ¿Qué vamos a hacer tú y yo solos aquí, encerrados en este caserón, toda la noche? |
FLORITA.-
¡Hombre! Ya discurriremos algo. |
MATEO.-
¿El qué?... Porque a mí no se me ocurre nada. |
FLORITA.-
(Gritando.) ¡Mateo! ¡No seas grosero! |
MATEO.-
(Desesperado.) ¡Ay! ¡Qué disgusto! ¡Pero qué disgusto! |
FLORITA.-
¡Y dale! |
DOÑA FLORITA.-
(Excitadísima.) ¡Niña! ¡Pégale una bofetada! |
MATEO.-
¡Qué desastre! Pero si ya lo sabía yo, si el corazón me decía que algo iba a pasar. Si es que esta salida ha sido una imprudencia. Y mira que te lo advertí. Mira que esta mañana, cuando me llamaste por teléfono y me dijiste: «¡Mateo, te invito a merendar esta tarde en el Parador de los Infantes!». Yo te contesté: «¡Florita! ¡No seas loca! ¡Que de estas aventuras no puede salir nada bueno!». |
DOÑA FLORITA.-
¿Eso te dijo?... |
FLORITA.-
¡Ay! Y muchas cosas más... |
DOÑA FLORITA.-
¡¡Su padre!! |
FLORITA.-
Es huérfano. |
DOÑA FLORITA.-
¡Oh! |
MATEO.-
(En lo suyo.) «¡Florita! ¡Criatura! ¿Por qué no me llevas a merendar a una cafetería? Pero si yo me conformo con nada, mujer. Café y un tortel y tan contento». Pues no, señor; ella dale que dale. ¡Que si el campo! ¡Que si la carretera! ¡Que si el aire puro! ¡Que si el paisaje! (Furioso.) ¡¡Y hala!! ¡A la aventura! Y, claro, ha pasado lo que tenía que pasar. Una tormenta. La carretera inundada. La catástrofe. ¡Ay! ¡Qué disgusto! Pero ¡qué disgusto!... |
FLORITA.-
(Furiosa.) ¡Mateo! ¡Cállate! |
MATEO.-
¡Hum! ¡Qué nervioso me estoy poniendo! |
FLORITA.-
¡Que te calles! |
MATEO.-
¡Florita! ¿Qué va a pasar? |
FLORITA.-
(Indignada.) Pero si, por lo visto, no va a pasar nada... |
MATEO.-
¡Insensata! ¿Qué va a pasar mañana, cuando volvamos a Madrid y se entere todo el mundo de que tú y yo hemos pasado la noche en un Parador de la sierra? ¿Qué van a decir de mí? Porque, claro, para las mujeres estas cosas no tienen importancia... |
DOÑA FLORITA.-
(Un brinco.) ¿Queé? |
FLORITA.-
(Chillando.) ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! |
MATEO.-
¡Ah! Pero un hombre es un hombre, señorita. Y un hombre tiene una reputación. ¿Y qué hace un hombre en un caso así? ¿Qué le digo yo a la gente? ¿Qué le digo yo a mi tía Rosa? (De pronto, como cayendo en la cuenta.) ¡Anda! ¡La tía Rosa! Pero si se lo tengo que contar. ¡A ver! ¡Un teléfono! ¿Dónde hay un teléfono? ¡Necesito un teléfono! ¡Un teléfono! |
|
|
(Y se va, disparado, por la derecha de la embocadura. Un silencio.)
|
FLORITA.-
(Muy bajito.) ¿Has oído, mamá! |
DOÑA FLORITA.-
(Estupefacta.) ¡Hijita! |
FLORITA.-
¡Qué lucha!, ¿verdad? |
DOÑA FLORITA.-
¡Florita! ¡No llores! |
FLORITA.-
¡Ay, mamá! Con un hombre así, tan decente, tan decente, hubiera yo querido verte a ti, y a tu mamá, y a tu abuelita... |
DOÑA FLORITA.-
Calla, calla... |
FLORITA.-
¡Ay, mamá! Este muchacho es de hielo... |
DOÑA FLORITA.-
¡Florita! ¡Nena! ¡Pobrecita mía! |
|
|
(Vuelve MATEO por donde se fue, en el mismo estado de ánimo.)
|
MATEO.-
¡Toma! ¡Lo que faltaba! El teléfono no funciona. Una avería. ¡Ay, tía Rosa! ¡Qué disgusto! Pero ¡qué disgusto!... |
|
|
(Empieza a pasear de aquí para allí. FLORITA, en una transición, cambia de tono, amabilísima.)
|
FLORITA.-
¡Mateo! |
MATEO.-
¿Qué quieres? |
FLORITA.-
¡Sosiégate! |
MATEO.-
Sí, sí. Eso se dice muy fácil; pero en mi lugar te quisiera yo ver... |
FLORITA.-
¡Mateo! Ven aquí. Siéntate conmigo, anda... |
|
|
(MATEO, de malísima gana, se sienta en el sofá.)
|
MATEO.-
¡Hum! ¡Maldita sea! |
MATEO.-
Y piensa un poquito, hombre. Después de todo, esta situación tiene sus encantos, ¿no crees? Tú y yo solos, perdidos en medio del campo, en una noche de tormenta. Romántico, ¿no? |
|
|
(MATEO se pone súbitamente en pie, atónito.)
|
MATEO.-
¡Anda esta! Con lo que sale ahora... |
FLORITA.-
(Despechadísima.) ¡Mateo! ¡¡Idiota!! |
|
|
(DOÑA FLORITA da un paso, decidida a todo.)
|
DOÑA FLORITA.-
¡Se acabó! ¡No aguanto más! |
MATEO.-
Pero, chica, déjate de películas... |
DOÑA FLORITA.-
¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! |
MATEO.-
(Horrorizado.) ¡Madre mía! ¡Lo que son las mujeres! ¡Siempre están pensando en lo mismo! |
DOÑA FLORITA.-
¡Sí, señor! ¡Y a mucha honra! |
MATEO.-
(Fuera de sí.) ¡¡Frescas!! |
DOÑA FLORITA.-
¡Oiga! |
MATEO.-
¡Que sois todas unas frescas! |
DOÑA FLORITA.-
¡Caballero! ¡Retire usted eso!... |
|
|
(FLORITA, entretanto, no ha cesado de ir de aquí para allá, repitiendo, incesantemente.)
|
FLORITA.-
¡Idiota! ¡Idiota! ¡Idiota! |
MATEO.-
¡Pero si ya lo dice la tía Rosa! |
FLORITA.-
¡Idiota! ¡Idiota! ¡Idiota! |
|
|
(Por la puerta de la izquierda asoma, muy risueña, NINA VALENTI.)
|
NINA.-
Buenas noches. |
DOÑA FLORITA.-
¡Jesús! La otra... |
|
|
(Con sus pasitos cortos y ligeros. NINA ha llegado hasta la embocadura. Y desde allí se vuelve, muy amable.)
|
NINA.-
¡Oiga! Por curiosidad: ¿son ustedes matrimonio? |
MATEO.-
¡No! ¡Matrimonio, no! |
NINA.-
¿Novios? |
MATEO.-
¡Ca! ¡Tampoco, tampoco!... |
NINA.-
¡Ah! Entonces, ya caigo... Lo normal. |
|
|
(Y se va. MATEO pega un brinco.)
|
MATEO.-
¿Cómo? ¿Qué ha dicho? |
FLORITA.-
¡No me preguntes! |
MATEO.-
¿Qué ha dicho? |
FLORITA.-
¡Mateo, Mateo!... |
MATEO.-
¿Qué ha dicho? ¡Ah! ¡No! Esto no puede quedar así. Hay que aclarar las cosas. ¡Señora! ¡Que se equivoca usted! ¡Oiga! ¡Señora! ¡Oiga! ¡Espere! |
|
|
(Sale en pos de NINA. FLORITA le sigue, furiosa.)
|
FLORITA.-
¡Mateo! ¡No seas estúpido! Ven aquí... |
|
|
(Sale. DOÑA FLORITA sola, a un lado, como siempre, está atónita.)
|
DOÑA FLORITA.-
¡Señor! ¿Qué ha pasado aquí? ¡Ay! Aquellos hombres, que apenas se les provocaba un poquito, eran fuego, fuego, puro fuego... |
|
|
(Un reloj, dentro, da una campanada. Por la izquierda de la embocadura, muy despacio, asoma FLORITA.)
|
FLORITA.-
¡Mamá! |
DOÑA FLORITA.-
¿Qué? |
|
|
(FLORITA avanza, lentamente, hasta primer término, con la mirada fija en un punto indeterminado, como ausente.)
|
FLORITA.-
Después, de madrugada... |
DOÑA FLORITA.-
¡Sigue! |
|
|
(FLORITA, en una transición, con un inmenso apuro, angustiadísima.)
|
FLORITA.-
¡Mamá! |
DOÑA FLORITA.-
¡Hija! |
FLORITA.-
¡Yo no tuve la culpa! |
DOÑA FLORITA.-
¡Niña! ¡No me asustes! |
FLORITA.-
¡Te digo que yo no tuve la culpa! (FLORITA, toda sofoco y rubor, echa a correr hacia la derecha. Antes de salir se vuelve hacia su madre, muy patética.) ¡Lo juro! ¡Por la memoria de mi santa madre, que está en la gloria! |
|
|
(Sale. DOÑA FLORITA, atónita.)
|
DOÑA FLORITA.-
¿Qué has dicho? ¡Niña! Ven aquí... |
|
|
(Sale detrás de FLORITA. Por un instante queda la escena sola. Y por la izquierda de la embocadura entran NINA y MATEO, hablando muy animadamente.)
|
MATEO.-
¡Vaya! ¡Vaya! Conque es usted Nina Valenti... |
NINA.-
(Muy satisfecha.) ¡Esa!... |
MATEO.-
¡Una artista de cine! |
NINA.-
¡Ea! |
MATEO.-
(Con entusiasmo.) ¡Huy! ¡El cine! Lo que debe ser el cine... |
NINA.-
¡Jolín! ¡Para qué te voy a contar!... ¡Un barullo! |
MATEO.-
¡Oiga! ¿Conoce usted a Sofía Loren? |
NINA.-
¿Quién? ¿Esa? Pues claro. |
MATEO.-
¿Y qué? |
NINA.-
Nada, hijo... Muy poquita cosa. |
MATEO.-
¡Vaya! Para que haga uno caso de la gente. |
|
|
(NINA se sienta en el sofá. MATEO la secunda, deslumbrado.)
|
NINA.-
Oye. ¿Me dejas que te llame cielo? |
MATEO.-
(Ruborizado.) ¿A mí? ¿A mí me va usted a llamar cielo? |
NINA.-
¡Hijo! Es la costumbre... |
MATEO.-
(Contentísimo.) ¡Oiga! Pero, qué sencilla, y qué simpática, y qué campechana es usted... |
NINA.-
¡Ay, cielo! Eso es lo que me pierde. ¡Que me doy! ¡Que me entrego! ¿Sabes? ¡Si yo te contara mi vida! Ya ves tú. A los quince años me enamoré por primera vez... |
MATEO.-
¿Tan pronto? |
NINA.-
Un ingeniero, que se largó, ¡maldita sea su estampa! Después, un tío de Cartagena; me dijo que era millonario. Pero ¡quia! Un chasco. Ya te contaré. Y después, el francés... |
MATEO.-
¿Qué francés? |
NINA.-
Maurice... |
MATEO.-
(Encantado.) ¿Chevalier? |
NINA.-
¡Oh, no! Un productor de cine. |
MATEO.-
¡Ah, ya! |
NINA.-
Estábamos en París, rodando una película en coproducción... |
MATEO.-
¡Huy! ¡El cine! Lo que debe ser el cine... |
NINA.-
Yo era la estrella, como siempre. A Maurice le acosaban media docena de francesas. ¡Qué golfas! Entonces yo me dije: «¡Nina! ¡Por España!». Y me quedé con el francés... |
MATEO.-
¡Bravo! |
NINA.-
Pero lo hice por eso, por patriotismo, nada más... |
MATEO.-
¡Qué gesto! |
NINA.-
Nos casamos. Fuimos en viaje de novios a Saint-Tropez. Aparecimos en el «Paris-Match» retratados en traje de baño, que es lo fino y lo europeo. ¡La locura! Y, sin embargo, ya ves tú, a pesar de que se trataba de un asunto de interés nacional, en Madrid me criticaron mucho. ¡Qué país este! ¿Verdad? Está lleno de complejos. (Transición.) En fin, ahora tengo a Marcel... |
MATEO.-
¿Otro francés? |
NINA.-
¡No! De Segovia. |
MATEO.-
¡Vaya! |
NINA.-
De verdad, se llama Vicente, ¿sabes? Marcel es su nombre artístico. Porque es un gran artista. ¡Ah! Eso sí: canta, canta, canta; siempre está cantando. Canta unas canciones tristes, tristes, maravillosas. Un fenómeno. Y tan niño. Me adora. ¡Pobrecito mío! Me necesita. Y, claro, yo le quiero como una madre... (Una violentísima transición. Se pone en pie, muy airada.) ¡No! ¡Mentira! ¡No le quiero nada, nada, nada! Me parece, sencillamente, un estúpido... |
MATEO.-
¡Nina! |
NINA.-
Un día le voy a dar una paliza. ¡Ea! |
MATEO.-
¡Nina! |
NINA.-
Pero ¿es que se merece otra cosa? Esta tarde se ha largado a Madrid y me ha dejado aquí, plantada, en plena luna de miel. ¡Qué sinvergüenza! Con lo que es para una mujer la luna de miel... |
MATEO.-
(Sensato.) Este Vicente... |
NINA.-
¡Cielo! (Desolada.) ¿Comprendes ahora? ¿Te das cuenta de que soy la mujer más desgraciada del mundo? |
MATEO.-
¡Je! Bueno, bueno... |
NINA.-
(Con mucha decisión.) ¡Ah! Pero un día esto se acabará. Yo sé que se acabará. ¡Te lo juro! ¡Mateo! |
MATEO.-
¿Qué? |
NINA.-
¡Tengo la maleta llena de barbitúricos! |
MATEO.-
(Horrorizado.) ¡¡No!! |
NINA.-
¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! |
MATEO.-
¡Atiza! ¡Nina! ¿Se va usted a matar? |
NINA.-
¡Ah! No sería la primera vez... |
NINA.-
¡Nina! ¡Por su madre! ¡No haga usted eso! |
|
|
(Ella se vuelve hacia él, transida de esperanza.)
|
NINA.-
¡Cielo! ¿Tú no quieres que me mate? |
MATEO.-
¡No! ¡Qué va! |
NINA.-
Bueno. Entonces, no me mataré... (Una transición. Dolorosamente.) Pero ¿comprendes ahora por qué no he podido querer a ninguno? Ni al ingeniero, ni al de Cartagena, ni al francés, ni a Marcel, ni a don Fernando... |
MATEO.-
¡Caray! ¿Quién es don Fernando? |
NINA.-
¡Oh! Un señor que conocí en Buenos Aires. |
MATEO.-
(Consternado.) ¡Hay que ver! Lo que es el cine... |
NINA.-
Y, sin embargo, ya ves, en el fondo, no soy más que una pobre mujer que sueña con el amor. Por eso, no he perdido todavía la esperanza de encontrar un hombre... (Se vuelve a MATEO y le mira de arriba abajo, seducidísima.) Pero lo que se dice un hombre... |
MATEO.-
¡Je! |
|
|
(Ella, en una nueva transición, con todo encanto.)
|
NINA.-
¡Mateo! ¡Cariño! ¿Quieres que te dedique una foto? |
MATEO.-
(Dichoso.) ¿A mí? ¿Me va usted a dedicar una foto a mí? |
NINA.-
¡Claro! ¿Por qué no? (Y, muy contenta, se encamina a la habitación de la izquierda.) Ven conmigo, cielo. |
|
|
(Entra en su alcoba. MATEO la sigue.)
|
MATEO.-
¡Oiga! Ponga usted mi nombre bien clarito. Me llamo Mateo Sanjuán y Martorell... (Entra en la habitación de la izquierda. Un largo silencio. Y, de pronto, irrumpe en escena MATEO, despavorido, que se lanza sobre el sofá. Un segundo después, tranquilísima, aparece NINA. MATEO la mira, sofocadísimo, rencoroso.) ¡Señora!... |
NINA.-
¡Cielo! ¿Te has asustado? |
MATEO.-
¡Señora! Esto es un abuso, ¡ea! Y no está bien. Le digo a usted que no está bien... |
|
|
(Por la segunda puerta de la derecha surge FLORITA. Viene muy enfadada.)
|
FLORITA.-
¡Mateo! ¿Te quieres acostar? |
MATEO.-
(Gritando.) ¡Un cuerno! |
FLORITA.-
¡Ay, hijo! Lo digo porque nuestras habitaciones ya están listas... |
MATEO.-
(Transición.) Está bien. Me acostaré. ¡Buenas noches! |
|
|
(Y marcha hacia la segunda puerta de la derecha.)
|
FLORITA.-
(Intencionadísima.) ¡Mateo! Te advierto que esa es mi alcoba... |
MATEO.-
(Un brinco.) ¡Demonio! ¡Pero qué condenadas puertas estas! Como son iguales, se confunde uno... |
FLORITA.-
¡Je! |
|
|
(MATEO, ya ante la primera puerta de la derecha, se vuelve y mira a la una y a la otra con un tremendo rencor.)
|
MATEO.-
¡Maldita sea! ¡Qué nochecita estoy pasando! |
|
|
(Entra y cierra de un portazo. FLORITA y NINA se miran un instante en silencio.)
|
FLORITA.-
Es un poquito raro, ¿verdad? |
NINA.-
(Un suspiro.) Pues, hija, según se mire. Porque ahora hay muchos así... |
FLORITA.-
(Un sobresalto.) ¿Qué quiere usted decir? |
NINA.-
No, nada... (Otro silencio. NINA inicia la marcha. Pero se vuelve, muy resuelta, y se sienta en el sofá, al lado de FLORITA.) Mire usted, niña. Yo tengo mucha experiencia de los hombres. |
FLORITA.-
¡Ay! Eso se le nota a usted a la legua... |
NINA.-
¡Ah! ¿Sí? |
FLORITA.-
¡Huy! Pero, vamos, que no hay más que verla... |
NINA.-
Bueno. Entonces, permítame usted que le hable como una madre. ¡Niña! Para empezar, este hombre no es ni su marido, ni su novio, ni nada, nada... |
FLORITA.-
Todavía, no. |
NINA.-
Pero usted está enamorada de él como una tonta... |
FLORITA.-
¡Sí! |
NINA.-
Me lo figuro. (Un suspiro.) Pues, hija, está usted apañada... |
FLORITA.-
¿Usted cree? |
NINA.-
¡Ay! ¿Cómo se lo diría yo? (Muy pesimista.) Cuando un chico sale así... |
|
|
(FLORITA, trastornadísima, se pone en pie de un brinco.)
|
FLORITA.-
¡Oiga! ¿Qué está usted pensando? |
NINA.-
Mire, encanto. Hay detalles que no fallan, ¿sabe? |
FLORITA.-
¿Qué detalles? |
NINA.-
Por ejemplo. Es la primera vez que un hombre se sienta a mi lado en un sofá y no tengo que darle un manotazo... |
FLORITA.-
¿De veras? |
NINA.-
Después, he intentado propasarme un poquito... |
FLORITA.-
¡Ah! ¿Sí? ¡Pero qué fresca es usted, Nina! |
NINA.-
Mujer... |
FLORITA.-
Bueno. Todo eso no quiere decir nada. A lo mejor es que usted no le gusta... |
NINA.-
¿Cómo? (Muy divertida.) ¿Qué dice? ¡Tonta! Pero si yo no fallo nunca... |
FLORITA.-
¡Ah! ¿No? |
NINA.-
¡Nunca! |
FLORITA.-
¡Vaya! Pues sí que es suerte... |
NINA.-
¡Digo! Pregunte, pregunte usted por mí en París, en Buenos Aires, en Saint-Tropez y en Cartagena... |
FLORITA.-
¡Nina! Entonces, ¿usted cree que Mateo...? |
NINA.-
¡Ay! Está clarísimo... |
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(FLORITA se vuelve a sentar, llena de desconsuelo.)
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FLORITA.-
¡Ay, Dios mío! ¡Ay, madre mía! ¡Ay, Mateo! ¡Qué desgracia! |
NINA.-
¡Chica! ¡No se desespere! ¡Que esto es muy corriente! |
FLORITA.-
¡Ay, Nina, Nina! ¿Qué va a ser de mí? |
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(NINA la contempla con filosofía, suspira y marcha hacia la puerta de la izquierda.)
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NINA.-
¡Niña! ¿Qué quiere que le diga? A mí también me pasó una vez. Estábamos rodando una película de romanos. ¡Y el tío era Julio César! |
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(Sale. FLORITA, sola, continúa entregada a su llanto. Está desesperada.)
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FLORITA.-
¡Ay, Mateo de mi alma! ¡Mi Mateo! ¡Ay, Mateo, Mateo! (De pronto, se pone en pie súbitamente. Vuelve la mirada hacia la derecha. Toda coraje.) ¡Mateo! ¡Amor mío! Dime que no es verdad... ¡Dímelo! (Da unos pasitos hacia la derecha. Está en el centro, entre las dos puertas. Mira a una y otra puerta, sucesivamente.) ¡Mateo! Mira que te quiero. ¡Que te quiero! ¡Que te quiero! |
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(Avanza más. Y, de pronto, se hace un oscuro absoluto. Suena dentro, muy fuerte, el ritmo musical que oímos al comienzo de la obra. Se abre de nuevo el rayo de luz sobre la zona de la derecha. Se han corrido las cortinas. Estamos otra vez entre las sombras. DOÑA FLORITA, escandalizadísima. FLORITA, arrodillada en el suelo, a sus pies, llena de rubor y de congoja. Muy patéticas las dos.)
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DOÑA FLORITA.-
¡¡Hija!! |
FLORITA.-
¡¡Madre!! |
DOÑA FLORITA.-
¿Qué has hecho, desventurada? |
FLORITA.-
¡Madre! ¡Madre mía! |
DOÑA FLORITA.-
¿Cómo te atreviste a entrar en su habitación? ¿Cómo fuiste capaz? ¡Ah! ¡Loca, loca! ¡Insensata! ¡Una señorita! |
FLORITA.-
¡Madre! ¡Madre! |
DOÑA FLORITA.-
¡Una familia como la nuestra! |
FLORITA.-
¡Yo no tuve la culpa! ¡Te lo juro, mamá! Me equivoqué de puerta. |
DOÑA FLORITA.-
¿Cómo? |
FLORITA.-
¡Sí! ¡Me equivoqué de puerta! ¡Te lo juro! (Heroica.) ¡Por la santa memoria de mi madre, que está en el cielo! |
DOÑA FLORITA.-
¡Y dale! ¡Que no! ¡Todavía, no! |
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(FLORITA se pone en pie vivamente. Y en este momento se descorren las cortinas y aparece, iluminado, el Parador otra vez.)
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FLORITA.-
¡Ah! Y que te conste, mamá. ¡Nina Valenti no conoce a los hombres! |
DOÑA FLORITA.-
(Transición.) ¡Ah! ¿No? |
FLORITA.-
Nada, mamá. Pero nada, nada, nada... |
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(Entra en el Parador y se zambulle en el sofá. En este momento se abre la primera puerta de la derecha y surge MATEO, como una fiera que se escapa de la jaula.)
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MATEO.-
¡¡Florita!! |
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(FLORITA vuelve la cabeza, ruborizadísima.)
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FLORITA.-
¡Mateo! ¡Mi vida! ¿Estás ahí? |
MATEO.-
¡Florita! ¿Qué has hecho conmigo? |
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(FLORITA·, atónita, con los ojos abiertos de par en par, se pone en pie de un brinco.)
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FLORITA.-
¿Qué dices? |
MATEO.-
¿Qué dirá la gente? ¿Qué dirá de mí tía Rosa? |
FLORITA.-
(Gritando.) ¡¡Mateo!! |
MATEO.-
¿Qué va a ser de mí? |
FLORITA.-
(Furiosísima.) ¿Cómo? ¡¡Idiota!! |
MATEO.-
¡Florita! ¡¡Me has perdido!! |
FLORITA.-
¡Ayy! ¡Cállate! |
MATEO.-
¡Me has perdido! ¡Me has perdido! |
FLORITA.-
¡Idiota! ¡Idiota! ¡Idiota! |
MATEO.-
(Afligidísimo.) ¡Florita! ¡Por tu padre! ¡Cásate conmigo! |
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(FLORITA se vuelve hacia él y le mira de arriba abajo, con una furia incontenible.)
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FLORITA.-
¿Quién? ¿Yo? ¿Que me case yo contigo? ¡Nunca! |
MATEO.-
¡Florita! |
FLORITA.-
¡¡Jamás!! |
MATEO.-
¡Florita! |
FLORITA.-
¡Y déjame! ¡No te acerques! ¡No me sigas! ¡No quiero verte más! ¡Te odio! ¡Estúpido! ¡Idiota! ¡Más que idiota! |
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(Se va por el fondo, disparada. MATEO la sigue, apuradísimo.)
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FLORITA.-
¡Florita! ¡Espera! ¡No me abandones! |
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(Se abre la puerta de la izquierda y aparece NINA.)
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NINA.-
Pero ¿qué ocurre? ¿Qué voces son esas? |
MATEO.-
¡Ay, Nina! Si usted supiera lo que ha pasado... |
NINA.-
¿Qué ha pasado? |
MATEO.-
¡Lo peor! ¡Piense usted en lo peor! |
NINA.-
(Perspicaz.) ¡No! |
MATEO.-
¡Sí! |
NINA.-
¿Florita? |
MATEO.-
¡Sí! Florita, Florita... |
NINA.-
¡Huy! ¡Qué chica! Pues me he lucido... |
MATEO.-
¡Y ahora dice que no quiere nada conmigo! ¡Y se ha ido! |
NINA.-
¡Ah! ¿Sí? |
MATEO.-
¡Sí! |
NINA.-
¡Ah! (Con gravedad.) Pues eso sí que no está bien. Una mujer siempre tiene que ser responsable de sus actos... |
MATEO.-
¡Florita! ¡Florita! |
NINA.-
¡Espere! ¡Voy con usted! |
MATEO.-
¡Nina! ¿Cree usted que Florita se casará conmigo? |
NINA.-
¡Hombre! Si viene con buenas intenciones... |
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(Salen los dos por el fondo. Se hace el...
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Oscuro.)
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