Un héroe americano
Carlos Franz
La nieve sucia. Los pies de los transeúntes pisoteando la nieve frente a la pequeña ventana de mi subterráneo. Yo era muy joven y vivía en Washington D. C. Tenía poco dinero, no conocía a casi nadie, y escribía todo el día encerrado en ese oscuro english basement, donde roncaba la caldera que calentaba la vieja casa por encima de mí. Y cada vez que levantaba la cabeza veía esos enérgicos pies apresurados, ensuciando la nieve. Cuando un amigo rascó el vidrio, esa mañana, y me invitó a acompañarlo en un paseo fuera de la ciudad, no titubeé ni un momento en escapar.
Annapolis es un pequeño puerto de estilo colonial, alojado en un seno cristalino de la bahía de Chesapeake, entre los bosques de Maryland. Cientos de miles de turistas estadounidenses lo visitan cada año. Es un destino obligado del patriotismo americano, pues es sede de la Academia Naval (donde se tornea el musculoso y largo brazo de los marines); a la vez que alberga el capitolio más antiguo de Estados Unidos, aún en uso. Entré en él. Había memorabilia de la Independencia, retratos de congresistas olvidados, banderas polvorientas. Y al fondo un grupo de turistas, con sus gorras de béisbol respetuosamente en la mano, todos rodeando aquella estatua dorada de un oficial con la mirada de bronce perdida en mares y glorias pasadas. El pedestal nos informaba que el contralmirante Winfield S. Schley (1839-1911) fue el triunfador en la batalla de Santiago de Cuba, librada el 3 de julio de 1898 durante la guerra hispano-estadounidense. En ella la armada estadounidense, comandada por Schley, destruyó completamente a la flota española del almirante Cervera, sellando la derrota de España.
No pude evitar estremecerme un poco: éste fue el golpe de gracia que dio fin a 400 años de imperio español en América; a la vez, de allí surgió el imperio estadounidense de ultramar, con la adquisición de Puerto Rico y las Filipinas. La muerte de un imperio, el nacimiento de otro... Y en ese vértice épico, este héroe. Los turistas se descubrían respetuosos, les mostraban la estatua a sus hijos y le daban paso al siguiente en la fila. Menos yo, que me quedé clavado allí, estorbando a los patriotas, capturado por el nombre de esa otra batalla que descubrí inscrita en el pedestal de Schley, un poco más abajo: «Islas Chinchas».
Evoqué esos islotes perdidos frente a la desértica costa peruana. Las tres rocas calvas chorreadas de excremento de pájaro. Como buen latinoamericano, sabía que ignoraba nuestra historia. ¡Pero no hasta ese extremo! ¿Cuándo ocurrió aquella batalla tan memorable que merecía estar inscrita junto a la de Santiago de Cuba en el monumento de semejante héroe americano?
Al día siguiente, al volver a Washington D. C., me fui a la biblioteca del Congreso y me senté a investigar esta otra batalla del héroe.
Las Islas Chinchas son unos promontorios desérticos ubicados a 13º 32' de latitud sur, a 13 millas de la costa de Pisco, en Perú. Hasta comienzos del siglo XX fueron las principales proveedoras de guano, es decir de excremento de pájaro, utilizado entonces como fertilizante por medio mundo. El monopolio del comercio del guano era británico, la flota mercante que lo atendía era estadounidense, y el gobierno peruano cobraba los impuestos. En la base de esa pirámide de explotaciones estaban los esclavos, hundidos hasta el cuello excavando mierda de pájaro. En su mayoría eran chinos comprados en Shangai. (Después he concluido que entre ellos deben haber estado también los penúltimos rapa nui, los primitivos habitantes de la Isla de Pascua, que unos años antes habían sido secuestrados en masa, incluidos su último rey y todos sus sacerdotes, para explotarlos hasta la extinción en estas islas cagadas).
En 1865 una guerra
de opereta enfrentaba a Chile y Perú contra España,
precisamente por la posesión de esas rocas. En medio de
ella, el joven y bravo teniente Schley llegó a la zona a
bordo del USS
Wateree, un barco de palas armado como buque de
guerra, para proteger los intereses americanos. Durante algunos
días no tuvo nada que hacer. Luego, repentinamente,
asomó la ocasión que iniciaría su gloriosa
carrera de armas. Durante la noche del 25 de enero de ese
año, más de 400 esclavos se rebelaron en la Isla del
Medio y mataron a sus guardianes. Sin duda, pretendían
aprovechar la crisis para evadirse de su infierno. Un oficial
peruano llegó a pedir ayuda al barco estadounidense.
Schley no se hizo rogar,
desembarcó y condujo a sus hombres en una heroica carga
subiendo un estrecho sendero en la oscuridad, hasta lo alto del
acantilado. Desde arriba, los esclavos bombardeaban a los invasores
con piedras y, es de suponer, con mierda. «Al llegar a lo alto de los riscos, las
fuerzas americanas fueron desplegadas y abrieron fuego sobre los
revoltosos...»
, nos confiesa Schley, con profesional
inocencia, en el breve párrafo que le dedica a esta
hazaña en sus memorias.
Al día siguiente los peruanos llegaron para terminar la tarea fusilando a los cabecillas. Los esclavos supervivientes volvieron al trabajo. Los británicos volvieron a su negocio. Los españoles y los chilenos se retiraron con la cola entre las piernas. La flota mercante estadounidense pudo seguir transportando el guano. La mierda de las Islas Chinchas siguió fertilizando el mundo. El USS Wateree levó anclas.
Traté de
imaginar lo que sintió Schley al
dejar atrás el sitio de su batalla. Pero no pude. Desde mi
cómodo asiento en la biblioteca del Congreso me resultaba
imposible concebir esas islas enfrentadas a la desolación de
uno de los desiertos más secos del mundo, las bandadas de
pelícanos aullando en la inmensidad del océano, los
morros grises, calcinados. En las grietas del guano, acumulado
hasta 20 metros de altura, durante siglos. Y hundidos en él
los esclavos, excavando bajo el sol brumoso de Perú. No hay
palabras suficientes. Quizá sólo se puede exclamar:
«The horror! The horror!»
, como dice
Kurtz en Heart of
Darkness, la novela de Joseph
Conrad. Pero Schley
sólo había dicho: «Fire!»
.
La
comparación no es caprichosa. Schley, como Kurtz, estuvo en el
Congo, remontó el mismo río en 1887, sólo diez
años antes de que lo hiciera Conrad. Al comienzo de la novela
vemos un barco de guerra que cañonea un invisible campamento
de nativos sublevados: «En la
vacía inmensidad de la tierra, el cielo y el agua,
allí estaba ese barco, incomprensible, bombardeando un
continente»
. Schley,
buen amigo de Teddy
Roosevelt, fue un convencido del destino imperial de
Estados Unidos, para extender la civilización y la
cristiandad a través del comercio.
Kurtz escribe su
reporte para la «Sociedad Internacional por la
Supresión de las Costumbres Salvajes», con el mismo
objetivo, pero al final anota febrilmente, cansado de tantos
eufemismos: «¡Exterminen a
todos esos brutos!»
.
Sin embargo, hay
una diferencia crucial: Kurtz se quiebra y se hunde en las
tinieblas; Schley
triunfó toda su vida. Kurtz es un personaje imaginario,
complejo, faustiano; Schley fue
sencillamente real. En la Academia Naval de Annapolis fue ese tonto en
clases que es el más ingenioso en los recreos, el
típico mal alumno, al que se le perdonaba todo por ser el
más popular entre sus compañeros. Era alegre,
charlatán, y dado a las bromas arriesgadas, a cortarle el
sombrero a sablazos a un periodista (sin mala intención, por
supuesto). Fue condecorado por el Congreso, recibió una
espada de oro. Y tiene su estatua dorada. Pero su mayor triunfo fue
que jamás perdió la inocencia. En sus memorias pudo
escribir: «El amor conquista todas
las cosas; cuando nos llena el alma no hay muralla tan alta, ni mar
tan profundo, ni isla tan desolada... como para que puedan
derrotarlo»
.
«Amor» en lugar de «horror». Por supuesto, ¿por qué tendría que haber mencionado el horror? Cuando éste se le acercó demasiado, en la forma de esos fantasmales chinos y pascuenses cubiertos de excremento, simplemente los suprimió, les disparó. Es más, sospecho que aquella noche el joven Schley no disparó sobre los esclavos de las Islas Chinchas. No, Schley le disparó a la mierda misma. Fusiló a la mierda, para mantenerla del otro lado de la luz, del lado de las tinieblas.
Y, probablemente, lo hizo porque su saludable instinto le indicó que unas islas -unas vidas- tan desoladas como aquéllas eran una amenaza intolerable para ese «amar» que menciona en sus memorias. Intuyó, oscuramente, que esos esclavos eran una negación de su libertad, de su inocencia escolar, de su sentimentalismo de hierro, de su optimismo a toda prueba (excepto la prueba de la mierda).
O los negaba a ellos o se negaba a sí mismo y a todo lo que él representaba. Es decir, en el fondo, fusiló a esos esclavos para proteger su propia inocencia.
Mirado así, Schley merece su estatua dorada. La merece incluso más por la «batalla» de las Islas Chinchas que por su gran victoria en Santiago de Cuba. En esta última ayudó a conquistar un imperio; pero en la primera hizo algo más precioso: defendió la felicidad de sus ciudadanos. Quiso salvar su inocencia. En aquellas islas desoladas Schley quiso salvar al sentimentalismo estadounidense de enfrentarse con la mierda del mundo.
Salí de la
biblioteca del Congreso y bajé caminando por el mall, entre los museos.
Inevitablemente me vinieron a la mente esos versos de Whitman: «Mientras paseo por estos anchos,
majestuosos, días de paz...»
. Los imperios,
como las religiones, son peligrosos porque son simplificaciones
sentimentales del infinito. Afortunadamente, su propia diversidad
los desmiente y, a veces, los obliga a enfrentarse a sí
mismos. Estados Unidos no es sólo el imperio de Schley sino que también
es la patria de su contemporáneo Whitman, el poeta
demócrata que no temió perder la inocencia.
Whitman, quien quiso ser todos
los hombres, incluso los que viven en el horror y la mierda:
«Yo soy el esclavo acosado, yo
tiemblo cuando me muerden los perros./ El infierno y la
desesperación me siguen...»
.
La nieve blanqueaba la silueta irreal del castillo del Smithsonian. La cúpula del Capitolio brillaba como si hubiera sido de hielo puro. Era un día tan hermoso que, de haber podido, no habría vuelto a mi subterráneo. A mi ventana desde la cual se veía la nieve sucia.