Un experimento con la cultura
Sergio Ramírez
Uno de los grandes mitos que trabajan en contra de una dinámica cultural en Centroamérica, es el de la apatía del denominado «gran público» por los espectáculos de clases, y su preferencia por lo trivial y lo común. Digo mito porque a este gran público se le considera irredimible y ya en términos comerciales se le da lo que en los ratings prefiere: balazos en el cine, novelas rosa en la televisión, fotonovelas en las revistas y basura en los libros. Por supuesto aquí se parte de un falso presupuesto, y estoy seguro de que esa masa anónima sólo cumple con una ley muy simple: recibe lo que se le da.
En menos de una semana aquí en San José se pudieron haber reunido las pruebas suficientes para demostrar en general que en Centroamérica, una orientación cultural masiva (para los alfabetos por supuesto, que de todos modos son una minoría) podría en pocos años crear una preferencia por el buen gusto, que es uno de los caminos más seguros para alcanzar la originalidad y la autenticidad de la comunidad.
Qué se dirá por ejemplo ante el hecho de que un público que llenó dos noches el Teatro Nacional, aplaudió delirantemente al Teatro Griego de Pireo -el mejor del mundo- el cual presentó Ifigenia en Aúlide e Hipólito de Eurípides, por supuesto representados en idioma griego, y aunque el público no tuvo acceso a los parlamentos, recibió todos los mensajes a través de los coros, del maravilloso movimiento escénico, de la transfiguración de los actores.
Estuvieron también en el Teatro Nacional las orquestas de Tolouse y de Varsovia a lleno completo, y grupos nacionales han presentado Electra de Eurípides y la ópera Madame Butterfly, sin mencionar varios conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional.
El programa de los cines no ha sido para menos: el día que se anunció el estreno de Viridiana de Luis Buñuel, unas quinientas personas nos quedamos afuera sin conseguir entrada, y el público quebró los cristales de la boletería. Y lo que podría ser casi increíble, grandes colas para ver Persona de Ingmar Bergman, primero y The hour of the wolf después, también de Bergman.
Tanto Bergman como Buñuel han llegado tarde a las carteleras de San José; ni el Séptimo sello, ni el Silencio, ni el Rincón de las fresas han sido todavía exhibidas, pero los columnistas de cine están ya reclamando un festival Bergman; de Buñuel, solo Belle de jour se había ofrecido y Viridiana llega con cinco o seis años de retraso, después que sólo estábamos oyendo calificarla de lejos como una de las grandes obras maestras del cine, una de esas películas prohibidas pero que fijan grandes momentos (como las Meninas es el momento más alto de la pintura española, una toma fija de segundos en Viridiana, en que unos mendigos comparten la última cena copiada del cuadro de Da Vinci, puede ser el momento más alto del cine español) y se integran sin dificultades al status de películas clásicas.
Público amplio y entusiasta en una ciudad de menos de trescientos mil habitantes, suficiente para ver todos los días teatro griego, cine impresionista, surrealista, orquestas sinfónicas, de cámara, óperas. Se dirá quizá que Costa Rica es un «caso especial cultural» en Centroamérica, pero esto viene siendo ya otro mito que merece columna aparte. No se necesita más que la inteligencia para tocar las cuerdas sensibles del público, para hacerle saber que está colocado en la avanzada y que se le da lo bueno, nuevo y novedoso.
Otros por ejemplo serían que en Costa Rica no hay un suplemento literario de la calidad de nuestra Prensa Literaria y los periódicos aquí ni siquiera pueden concebirlo, pero las librerías están vendiendo cien ejemplares por semana de Cien años de soledad; aquí no se consigue un buen disco, pero en San Salvador es fácil encontrar LPs de Thelonius Monk, Joan Baez, o Mirelle Mathieu. Quiere decir que no existen zonas culturales definidas en Centroamérica; es un asunto de concebir un plan de agresión general contra la mediocridad que tan cómodamente varía, sobre todo en el gusto personal de los que promueven espectáculos, venden libros, revistas y discos, dirigen periódicos y se erigen en guías de lo decadente y vulgar, y realizan una verdadera castración cultural en quienes se ven obligados a tragar a Daniel Santos, Caridad Bravo Adams, Rocío Durcal, Manuel Bernal, la Sonora Santanera y a la televisión nuestra de cada día que es más letal que la cámara de gas.
No sería malo experimentar en Nicaragua con una semana así de espectáculos, digamos un festival de Antonioni o de Fellini en cine; aprovechar los últimos grupos de teatro, música y danza que ya se están yendo de México después de la Olimpíada Cultural, etc. y se vería como el público responde con sólo operar esta sustitución de hábitos.
Y de una vez, que el Teatro Rubén Darío sirva para prolongar este experimento vital para nuestra cultura y no para veladas y coronaciones. Vale.
San José, 10 de noviembre 1968.