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Aunque es Don Álvaro una producción enteramente original, se han investigado cuidadosamente (hasta hoy sin gran resultado) las fuentes históricas y literarias que pudieron inspirar su argumento. Quién piensa hallarlas en las aventuras de la mujer penitente que vivió en tiempo de los Reyes Católicos, y de que habla el P. Fr. Andrés de Guadalupe en su Historia de la Santa Provincia de los Ángeles de la regular observancia y orden de nuestro seráfico Padre San Francisco... Madrid, MDCLXII. (Véase Barrantes, Aparato bibliográfico para la historia de Extremadura, II, 166). Esta tradición con no pocas adulteraciones, dio origen al drama de D. Fernando Pedrique, El escándalo del mundo y prodigio del desierto, Córdoba, 1674. (V. Cueto, Discurso necrológico lit., etc.) Quién tiene por imitado de Les âmes du Purgatoire, novela de P. Mérimée, el duelo entre el P. Rafael y Don Alfonso (Íd., ibíd.); y aunque no se apoye en sólida base tal suposición por ser muy fácil este linaje de coincidencias fortuitas, no se puede combatir con sólo el cotejo de fechas, según intenta Cañete; pues, resultando al fin posterior a la novela la representación del drama, aunque de mucho antes lo tuviera escrito el Duque, siempre le quedó espacio suficiente para introducir modificaciones accidentales y episódicas, dado que exista la imitación.
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Por eso han dado muchos críticos al protagonista del drama la denominación de Edipo cristiano, denominación no tan injusta que merezca calificarse de puerilidad contradictoria y vacía de sentido, como hace el tantas veces citado Sr. Cañete. Para él Don Álvaro es la afirmación de la Providencia cristiana (V. Prólogo cit.: Autores dram. contemp., págs. 16-19; El Duque de Rivas, VIII, en los Escrit. esp. e hisp. americanos): sus impensadas e inauditas desventuras, justo castigo de su irreflexión y atrevimiento; la muerte de sus víctimas, sacrificio propiciatorio, aunque estéril, de tantos crímenes. Innumerables absurdos se siguen de esta hipótesis, según la cual Dios castigaría las culpas verdaderas o supuestas de un individuo con la destrucción de aquella familia contra cuya honra atentó; le presentaría las ocasiones con influjo tan irresistible, que fuera casi necesario un prodigio para no caer, y en castigo de un pecado, lo forzaría en cierta manera a cometer otros muchos. El mismo pecado, que tanto se quiere afear, existe, sin duda, pero no tiene las colosales proporciones que gratuitamente se le atribuyen.
Aparte de eso, ¿por qué motivo sufre Don Álvaro los rigores de la infamia desde sus primeros años? ¿Por cuál otro, o no le disminuye los peligros la Providencia, o no le otorga el don del arrepentimiento, siquiera al fin de la vida? Pese a todos los sofismas ingeniosos, D. Álvaro aparece en toda la obra como víctima de un sino irresistible, y si no fuese por su inocencia, no se captara tan en absoluto nuestra admiración y simpatía. ¿Se buscan aún más pruebas? Ahí está el mismo drama, desde el título hasta el desenlace; ahí está la espontánea interpretación que le da todo el mundo, quiero decir, los que no se van tras impalpables sutilezas; ahí están las obras del romanticismo francés, a cuyo calor brotó el Don Álvaro, aunque con carácter propio e inconfundible. Recuérdense, por fin, las escenas de la buenaventura y las palabras del protagonista, sobre todo en aquel monólogo:
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| (Jornada III, escena III). | ||
Recuérdese, digo, todo esto, y cualquiera verá que la fuerza del sino no es aquí una frase retórica, y sí una especie de fatalidad, distinta de la pagana, y más afín a la suerte y la ventura de las creencias populares.
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Discurso necrológico literario, etc., pág. 94.
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Drama puesto en escena por primera vez en el teatro de Apolo, de Madrid, en 1875.