Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice
Abajo

Triple frontera, área de conflicto. Notas al margen

Luisa Valenzuela





Cuando la admirable Jackelinne Mejía me pidió un título para este encuentro que emplaza la literatura entre el amor, el sexo y la violencia, de inmediato pensé en una triple frontera, esa sempiterna zona de conflicto. Pero antes de adentrarme en la exploración quisiera agradecer a la trinidad que nos convoca a este deslumbrante Centro Patiño: Elizabeth Torres, Magali Jordán y la propia JM, quienes a lo largo de los días del encuentro lograron generar una verdadera zona de conciliación.

1. Amor, sexo, violencia. El tema propuesto parecería señalar un entrecruzamiento en el cual ninguna de las tres instancias suele permanecer en estado químicamente puro, al menos en materia literaria. Casi siempre habrá filtraciones entre una frontera y otra, contrabandos, propensas como suelen ser a los excesos.

Más allá de la novela rosa, de los edulcorados romances recomendados para ese sector de la población hoy inexistente formado por las «niñas castas», la literatura se solaza en amalgamas y/o aleaciones impuras. Y se regodea en las herejías del amor, culpa de su natural tendencia -la del amor- a dejarse obnubilar por el sexo o a pasar del otro lado y caer en la violencia.

Todo puede conducir a la violencia. Las copas tienden a desbordarse, en las historias personales pero tanto más en la literatura. Y en la zona intermedia de las fascinaciones y las modas literarias. ¿Acaso no nos llama la atención el hecho de que hoy por hoy tengan tanto éxito las historias de vampiros y de zombis?

Amor, sexo y violencia... Tan pegoteados, tan amalgamados desde siempre. Oscar Wilde supo decirlo en pocas palabras en su Balada de la cárcel de Reading:

Sin embargo todo hombre mata la cosa que ama, / escuchad muy bien esto, / algunos con su mirada aviesa, / otros con la palabra amable. / ¡El cobarde mata con un beso, / el valiente con la espada!

(Yet each man kills the thing he loves / By each let this be heard, / Some do it with a bitter look, / Some with a flattering word, / The coward does it with a kiss, / The brave man with a sword!).



Todo hombre mata la cosa que ama... He aquí el meollo del asunto: la «cosa» suele ser una mujer, marcada como objeto del deseo del hombre. El deseo, que a su vez suele jugar su juego favorito de escondidas y subterfugios. La ecuación que hoy nos une -para estudiarla, que quede claro- se podría centrar en la figura del feminicidio, por suerte evidente y denunciado como tal en estos últimos tiempos. Ella es mía y si quiero la rompo, piensa la cultura patriarcal aún enraizada en muchos ejemplares machos de la especie de bípedos implumes a la que pertenecemos, marcando el lugar preciso donde la triple frontera se vuelve peligrosa.

Algunos matan «con la palabra amable», con un beso, o con la espada. Así lo comprende Wilde que supo de esas cosas desde el otro lado del espectro. La espada y la palabra, las mismas que solían ir juntas en los himnos triunfales. O la palabra y el beso.

Lo importante acá es la espada en la cual puede llegar a convertirse, en un abrir y cerrar de ojos, la flecha de Cupido. Porque el sexo y la violencia, o cualquier combinación de ambos, son viejos como el mundo; pero el amor tal como lo concebimos hoy, mal que le pese al cristianismo, es una invención relativamente nueva en la larga historia de la humanidad. Así al menos lo afirma Denis de Rougemont cuando estudia el amor cortés inaugurado por los trovadores del alto medioevo, los mismos que le cantaban al caballero y a la dama de sus sueños, y también le cantaban a la espada que solía figurar en medio de la cama, asegurando la castidad de la pareja.

Tajante metáfora, no hay duda. Después vendrá la lucha a ver quién la esgrime primero.

2. La literatura florece cuando Eros y Tánatos se encuentran y se exacerban mutuamente, tal como quiso Bataille al afirmar que «es posible decir que el erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte».

Dicho lo cual es dable recordar el nombre del muy argentino Roberto Arlt, y el camino arduo, trasgresor y siniestro, de su protagonista Remo Erdosain en Los lanzallamas, que culmina en la célebre escena con la Bizca:

Se encaramó suavemente sobre ella, que con las dos manos le abarcó la cintura, creyendo que la iba a poseer. La jovencita le besaba el pecho y Erdosain apretó reciamente la cabeza de la criatura sobre la almohada. Sus movimientos eran excesivamente torpes. La muchacha iba a gritar; él le taponó la boca con un beso que le sacudió los dientes, mientras que su mano acercaba el revólver por debajo de la almohada. Ella quiso escapar de esa presión extraña...



Sabemos que no lo logró, pobre Bizca, y que la ansiada escena de amor culminó en un desenlace de muerte para ambos. Porque la violencia siempre está al acecho en la exacerbación del sexo.

3. En lecturas variadas me interesé por rastrear aquellas frases que diciendo del erotismo dicen de la escritura en sí. Al fin y al cabo soy una ferviente defensora de la idea de que escribimos con el cuerpo; todo acto de escritura nos compromete por completo y conlleva una profunda carga erótica, como lo es el lenguaje mismo.

El acto de escribir está cargado de libido, de deseo, de una pulsión vital. Al igual que la lectura. Así, me distraje jugando a las metáforas con ciertas citas que fui señalando al leer ciertos autores argentinos. Como el siguiente párrafo de Juan José Saer en Verde y negro:

Ahí nomás me le afirmé y empecé a serruchar y ella me fue respondiendo con todo, cada vez más. Las minas se ablandan a medida que el asunto empieza a avanzar; tiene varias marchas, como el Falcon: pasan de la primera a la segunda, y después a la tercera, y hasta la cuarta, para la marcha de carretera. Uno, en cambio, se larga en primera y a toda velocidad, y a la mitad de camino queda fundido.



Amor, sexo, violencia. Esas minas, es decir esas hembras, pueden muy bien ser las palabras que a veces van dócilmente cediendo a nuestros requisitos y se alinean para hacer lo que queremos y otras se nos enfrentan, se rebelan, corcovean, y ni siquiera en la muy burda primera velocidad podemos encontrar un decir que nos satisfaga y no nos deje fundidos.

Por su parte, Abelardo Castillo, en su cuento de dudoso pero sugestivo título, «La fornicación es un pájaro lúgubre», afirma:

Las palabras no podían corromperse; no eran cosas. Las palabras eran el origen y el espejo de las cosas [...] Hablé poco y forniqué mucho. Pero nunca hice el amor. Prevariqué, eso sí, y puticé. Como el ventero que armó a don Quijote, recuesté viudas y deshice doncellas. Fifé, me encamé, jodí, copulé, corté como Jerineldo la rosa más fragante de algún jardín real, pinché y trinqué, rompí, sodomicé y desgolleté, conocí, folgué, serruché y hasta solidariamente me vicié, pero como había aprendido a desconfiar de las antiguas y hermosas palabras, no le hice a nadie, ni mucho menos hice con nadie, el amor.



4. Un epítome de esto que estoy tratando de circunscribir, una historia que se emplaza justamente allí, en la «triple frontera» no geográfica sino pulsional, es el cuento de Borges «La intrusa». Protagonistas son los dos hermanos Nielsen, Cristián y Eduardo, que «Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos».

El horror surge entre los hermanos hasta entonces unidos («Malquistarse con uno era contar con dos enemigos») cuando los alcanza el amor, ese sentimiento -si se lo puede llamarse así- esa sensación incomprensible, ese profundo malestar, generado por alguien que los trasciende: la «cosa».

Borges en los primeros párrafos de la historia aclara que «La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos».

Y no sólo de los orilleros antiguos que solía apreciar el maestro. Es sabido hasta qué punto este «breve y trágico cristal» sigue echando sus destellos fatales.

En el cuento de marras, cierto día Cristián, el mayor de los Nielsen, lleva una mujer a la casa, la Juliana Burgos. Dice la voz autorial: «Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados, bastaba que alguien la mirara para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida».

El hermano menor al principio acompaña a la pareja, al tiempo se agencia una mujer pero acaba echándola de la casa. Entonces «se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos».

Cristián cierta noche intenta ser ecuánime y se la ofrece a su hermano Eduardo: «-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala», le dice, alejándose sin siquiera despedirse de la mujer que «era una cosa».

Y así empiezan a compartirla, pero el arreglo no funciona como era de prever: «Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba».

Por eso, como de común acuerdo, el digamos legítimo dueño de «la cosa» la vende al prostíbulo del pueblo. Ni aun así logran descartarla de su obsesión, y los dos hermanos la buscan a escondidas uno del otro hasta que la situación se torna insostenible. Pero cuando empezamos a sospechar un desenlace en el cual los dos hermanos se batirían a duelo matándose mutuamente, al mejor estilo canción mexicana, cuando «perdidos hasta entonces en la maraña (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres», Borges pega inesperado golpe de timón y hace que Cristián resuelva el problema matando a la Juliana, es decir sacando del camino el insoportable escollo que se interponía entre ambos. Luego conmina a su hermano a enterrarla y por fin «Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla».

Amor, sexo, violencia. ¿Qué mejor ejemplo, o al menos más sucinto? Tanta capas tiene ese breve cuento en el cual más allá de desear aquello que posee el otro (la mujer del prójimo), se adivina el deseo imposible de asumir o reconocer que estos dos hermanos se profesan entre sí, triangulado por la mujer que termina siendo un objeto descartable.

5. El amor y la muerte siempre andan rondándose uno al otro. Y mediando entre ambos aquello escurridizo como agua en las manos: el deseo.

El deseo encuentra mil subterfugios para desplazar y disimular su presencia, a sabiendas de que en el preciso instante en que se vea colmado habrá de desaparecer como tal, perdiendo su identidad. Porque una vez satisfecho nuestro deseo más oculto, podemos pasar a otra cosa y olvidarlo.

Si bien siempre habrá un más allá, un resto, un horizonte inalcanzable.

Amor, sexo, violencia. Las tres copas se desbordan y su contenido cae de unas a otras. Al igual que sexo, droga y rock and roll, son valores intercambiables, permutables. Del amor se suele pasar al sexo y de allí un paso en falso y se cae en la violencia. Del sexo una senda rápida puede conducir al amor y a la violencia, pero también de la violencia pude llegarse al amor pasando por el sexo, caso contrario nunca se habría diagnosticado el síndrome de Estocolmo.

Suele ser muy difícil encontrar estos tres valores en estado químicamente puro, y resulta también arriesgado. Al igual que el sueño de la razón, la incontaminación puede engendrar monstruos. ¿Cuáles monstruos? El del amor vendría a ser el fanatismo; el del sexo, la prostitución; el de la violencia, el sicariato, porque matar a desconocidos por orden de otro no puede implicar ni el menor atisbo de sexo y menos aún de amor.

Buen pasto para la literatura todo esto, a qué negarlo, aunque los factores contaminantes nos atraen de manera especial.

Resulta difícil y a la vez acuciante la tarea de escribir el deseo. Y más complejo aún, la de escribir el poder, el deseo de poder, motor incuestionable que lleva a los humanos a circular y a veces a perderse por la triple frontera conflictiva.

6. Planteo todo esto porque son preocupaciones a las cuales nosotros, escritoras y escritores de ficción, solemos prestarle atento oído.

Y para traer a la mujer a este coloquio, ya no como «cosa» sino como autora de la cosa, permítaseme mencionar al menos a tres grandes novelistas vivas (porque no podemos dejar de lado a Clarice Lispector, a Rosario Castellanos, a Silvina Ocampo, entre otras) que han incursionado con gran idoneidad por la triple frontera de marras.

-Elvira Orphée, argentina, quien en su novela La última conquista de El Ángel explora el horror de los campos de detención en la Argentina de la última dictadura militar haciéndole decir a su protagonista, el oficial Winkel de la Sección Especial: «Lo que ellos llaman tortura pertenece a un orden sobrenatural, como el cielo o el infierno».

-Diamela Eltit, chilena, quien ya en su primera novela Lumpérica de 1983 se animó a internarse en los submundos oscuros no sólo de la realidad sino también los de la mente y del lenguaje.

-Laura Restrepo, colombiana, cuya novela Delirio navega precisamente el peligro atroz que representa la posible confusión de fronteras entre el amor, el sexo y la violencia.

Valientes todas, memorables. Ya lo dijo George Steiner, «No estoy seguro de que quede personalmente intacto quien, por escrupuloso que sea, emplee tiempo y recursos imaginativos en el examen de esos lúgubres lugares. Sin embargo esos lúgubres lugares están en el centro del panorama. Si los pasamos por alto, no puede establecerse ninguna discusión seria sobre las potencialidades humanas».

7. Hasta aquí me he referido a diversos autores y autoras, pero pensándolo bien esta tríada candente (amor, sexo y violencia) también ha circulado en libertad por toda mi obra. ¿Cómo hablar, en definitiva, del ser humano sin hablar del deseo y de esos tres puntos cardinales que lo signan? ¿Y cuál vendría a ser el cuarto? me pregunto pero lo dejo para una ponencia venidera.

Fui escribiendo libro tras libro sin pensar en un plan común, sin tener en cuenta hilo conductor alguno. Y sin embargo se va perfilando, el hilo, cuando observo la obra en perspectiva y veo delinearse sus venas. La reflexión de hoy me llevó a reconocer dicho hilo, a entenderlo desde el lugar de la propuesta, razón por lo cual me siento doblemente agradecida por la oportunidad de hablar hoy en Cochabamba y en tan magnífica compañía.

Porque ante la eterna duda existencial de qué está primero, si el huevo o la gallina, yo de una manera u otra supe optar por la gallina. Es decir que circulo por la vía que los alquimistas solían denominar lunar, en oposición a la vía solar, la vía de la luna que primero realiza lo obra y recién más tarde la comprende y deriva una teoría al respecto.

Por lo cual enfocando mis cuentos y novelas desde la perspectiva de la triple frontera planteada aquí, veo que siempre me ha resultado más fácil hablar del sexo y hasta de la violencia que del amor propiamente dicho. Y temo no ser la única, y no sólo por lo escuchado en las mesas anteriores sino también por todo lo leído, hasta las grandes historias de amor de la literatura universal, desde Romeo y Julieta para atrás y para delante.

La violencia y el sexo son fáciles de redondear, de encarar. Pero el amor... cuántos pudores despierta, qué difícil es decirlo. Pienso en una interesante observación de Umberto Eco:

En las novelas del posmodernismo los personajes ya no se dicen «Te amo» como en las novelas de Corín Tellado. Más bien se ven obligados a aclarar: «Te amo, como diría algún personaje de Corín Tellado».



Por todo lo anterior y ya que tengo el privilegio de cerrar este rico y enriquecedor coloquio, me permitiré ahora un alejamiento del dogma de las ponencias y les leeré un cuento como broche final. Un cuento de amor, quizá mi único cuento de amor tierno y profundo, si bien no está exento de su pequeña cuota de violencia, para no hablar por pudor de lo otro que también aparece. Sólo una última aclaración: la protagoniza como habrán de notar es boliviana pero no se encuentra en esta sala. Ella me contó la deliciosa historia de base, los ingredientes picantes, por así llamarlos, los agregó esta autora para armar el relato, que acá va.


Rosa, rosae

Para Bea Bauer

Le quedaban los maravillosos recuerdos de su boda y del viaje y de las pocas noches subsiguientes, hasta le quedaban decenas de fotos brillantes con las luces de los festejos y la felicidad de ambos, le quedaban tantas cosas, sólo faltaba él. No sería por mucho, apenas veinte días, pero qué largo se le iba a hacer el tiempo a ella y qué sola empezaba ya a sentirse en el dulce pueblito que le era tan ajeno. Se habían conocido en la Bolivia natal de ella cuando él estaba allí en misión diplomática y había sido un deslumbramiento mutuo, un relámpago de amor a primera vista; pero eran sensatos, ambos, y pasaron casi dos años de encendidas cartas y llamadas telefónicas y visitas de él que culminaron en esa boda espléndida y después el viaje. A ella le pareció natural trasladarse de un país sin salida al mar a otro, dejar Bolivia para radicarse en Austria donde se dedicaría, entre otras cosas, a estudiar alemán para poder comunicarse con el mundo externo. Con él la comunicación era perfecta de por sí, bastante en castellano, mucho en inglés y muchísimo más en los abrazos. Era todo lo que pedía, ella, todo lo que soñaba hasta este momento. De una montaña a otra, pensó, no voy a echar de menos mi patria. Y se deslumbró cuando llegaron a un paisaje tan diferente, tan verde, apenas dorándose y sonrojándose con los primeros fríos del otoño, y era preciosa la casita blanca en lo alto de su jardín empinado, con vista al pequeño pueblo que parecía de juguete, de cuento de hadas, especial para Heidi. Un paraíso perfecto que un llamado de la Cancillería austríaca trastornó al menos por un tiempo. Él debía dirigirse ya, pero ya ya, al corazón del África donde una guerra tribal amenazaba con alcanzar proporciones catastróficas. Y él era el más indicado para oficiar de mediador: conocía la región, sabía entenderse más bien que mal con sus habitantes, y estaba disponible. La excusa de la luna de miel no le sirvió de nada. Las guerras tribales no respetan esas pamplinas y menos las respetan las cancillerías de los países desarrollados que ven peligrar su economía por dichas guerras. Así que de un día para el otro él hubo de abandonar el lecho conyugal con la promesa de regresar pronto y por favor, espérame aquí y mantén las sábanas calentitas.

Ella lo intentó, esa primera noche a solas, pero las sábanas se le enfriaron y se le encogió el corazón, no por falta de amor por él, claro está, pero ni decírselo podía porque él había partido al otro corazón, el de la jungla, y estaría incomunicado hasta su regreso. Y así despertó ella, sola en esa casa desconocida, en un pueblo desconocido y remoto donde no podía ni hablar con sus habitantes por falta de idioma, donde no tenía amiga alguna, donde era la forastera.

Al preparar el desayuno, para ella sola, empezó a consolarse barajando posibilidades de huida o mejor dicho de partida en busca de refugio. Optó por la más sensata: tomar el tren a Viena donde estaba la familia de él que a pesar de conocerla poco se había mostrado amistosa, comunicarle su decisión a la Cancillería porque sería probable que en algún momento lograran ponerse en contacto con él, y esperar tranquila su regreso. Era la mejor idea y la estaba saboreando, pensando a quién de todos sus nuevos parientes llamaría primero, quizá a su cuñada -tendría que ir al pueblo a conseguir el número- cuando sonó el timbre de calle y la sobresaltó. No era un timbre propiamente dicho, eran como dulces campanitas, pero ella entendió que alguien llamaba a la puerta y fue abrir. Y se encontró frente a un muchachito que sin decir palabra le tendió una rosa roja con una esquela y escapó corriendo pendiente abajo.

«Hoy, como todos los días que nos aguardan en adelante, estás en mi corazón y yo espero estar en el tuyo» decía la esquela, y entendió allí mismo que así era y no pensó más en partir en busca de refugio, tan sólo quedarse en casa preparando el regreso de su amado, tratando de buscar en las dos graciosas tienditas del pueblo los objetos más bellos para decorar esa casita alquilada, encendiendo el fuego de la chimenea, leyendo los libros que había traído con ella, leyéndolos despacito para saborearlos, mientras preparaba delicias que pondría a congelar para el momento del retorno de él y la consiguiente celebración.

Y así pasaron cuatro días, cuatro rosas rojas, cuatro esquelas. Días sosegados, calmos. Temprano por la mañana al quinto día recibió un mensaje electrónico de Isabel, su amiga de la infancia que vivía en Londres desde hacía años. Isabel estaba por llegar a Viena. Vente, vente a mi pueblito tan bello, le contestó ella, pasearemos por los bosques, estoy sola por estos días, vente.

Pero Isabel iba a Viena para asistir a un congreso internacional, tendría todas las mañanas ocupadas pero las tardes libres. Vente tú, le escribió, estoy en un hotel espléndido cerca de Sankt Stephan, pasearemos todas las tardes hasta que llegue tu marido. Ella pensó que no era mala idea, y además inofensiva. Retornaría unos días antes que el amado para tenerle todo listo a su llegada, y él se alegraría de que ella no hubiese pasado noches de miedo y soledad durante su ausencia. Le gustaban las mujeres independientes, él ya se lo había dicho y ella se lo había agradecido.

Entonces preparó una pequeña valija con lo más necesario, consultó el horario de tren y a la mañana siguiente lo esperó al chico de la rosa. Y le explicó despacio, en un inglés sencillo para no confundirlo, que ella iba a Viena por unos días y que hasta nuevo aviso por favor le guardara las rosas en la florería, en agua, que ella las iría a buscar a su regreso. Y las esquelas. Que le guarde sobre todo las esquelas, aunque siempre parecían repetir la misma idea. Y el chico asintió con la cabeza, masculló Yes como si comprendiera y una vez más se alejó corriendo cuesta abajo y desapareció tras la graciosa tranquerita blanca del jardín.

Esa misma tarde ella viajó a Viena a encontrarse con su amiga Isabel y los días para ella trascurrieron plácidos visitando con fervor la deslumbrante ciudad que habría de albergarla en el futuro.

Para él en cambio, en medio de la jungla, los días no fueron nada plácidos. En absoluto. Les resultaba imposible mediar en medio del furor bélico que arreciaba. Arreciaban también las pestes y casi no quedaba agua potable y ante la imposibilidad de comunicarse con el mundo que llaman civilizado el pequeño comité internacional decidió abortar la negociación. Y por suerte consiguieron un transporte descalabrado que tras horas de tumbos los depositó en el pequeño aeropuerto de la capital, donde tras larga espera lograron un vuelo a Dakar y allí él hubo de esperar otras varias horas más casi sin poder sentarse por esa multitud en el aeropuerto atestado, y cuando por fin llegó a Viena ni fuerzas le quedaban para dirigirse a una cabina telefónica. Era ya tarde de noche, decidió que le daría una sorpresa a su mujercita, y la tomaría por fin entre sus brazos después de haberla añorado tanto. Así que convino precio con un taxista -una fortuna, casi- y se hizo llevar directamente al bello pueblo en la montaña. Llegó exhausto a la dulce tranquera blanca y tuvo que arrastrar su bolso cuesta arriba pero qué otro remedio. El premio lo esperaría en la cima, en la cama. Mas no. Al llegar a la puerta de la casa el terror lo invadió. Allí, sobre el mismísimo umbral, un montón de rosas algunas ya marchitas estaban como ante una tumba, y los sobres con sus esquelas se veían empapados por la lluvia o el rocío. La parálisis lo congeló un momento pero el mismo terror le devolvió las fuerzas y de un bruto empujón abrió la puerta haciendo saltar la cerradura y entró a la casa a los gritos, llamándola. Y ella no contestaba, y en el piso bajo no estaba, ni en el alto y por fin atinó a entrar al dormitorio y tampoco ella allí, y la cama perfectamente hecha. Pensó de todo, hasta pensó que había sido abandonado, pero eran más de las tres de la mañana, a nadie podía llamar a esas horas y el agotamiento y la desesperación lo derrumbaron sobre la cama y por miedo a pesadillas de espanto se tragó sin agua una de las píldoras que el médico le había dado para no sufrir las angustias de la mediación.

Esa misma mañana, tempranito, ella tomó el tren desde Viena. Le urgía volver a su nido de amor para prepararlo con las mejores plumas. Él habría de volver a la semana siguiente y ella ya necesitaba de soledad y de sus fotos para estar con él en el corazón como pedían las esquelas. Más tarde iría a recuperar las rosas y los mensajes y las palabras de cariño que le hacían tanta falta. Pero al llegar a su puerta se encontró con el terrible espectáculo: sobre el umbral había un montón de rosas marchitas, muchas pisoteadas, desparramadas, y la puerta de calle estaba abierta de cuajo. Lo primero que pensó fue en ladrones, pero estamos en Austria, se dijo, y esa noción la intranquilizó aún más. Pero también le dio coraje para entrar a investigar, total si eran ladrones sería ladrones racionales que robaban de noche y haría largo rato que habrían partido con su botín a cuestas.

Nada faltaba en la planta baja, y con cautela subió al piso alto y entró en el dormitorio a oscuras y vio un bulto sobre la cama y ese bulto era él, sobre la cama, sobre la cama su amado como muerto, y el horror la atravesó de la cabeza a los pies y allí mismo perdió el conocimiento, cayendo sobre él como sobre su propia lápida.

Y así llegó la hora señalada para el chico de la rosa, quien subió la cuesta con una sonrisa que se le borró al encontrarse con el inusitado espectáculo: las rosas que había ido depositando día a día sobre el umbral estaban pisoteadas, desparramadas, y la puerta de entrada a la casa se encontraba abierta, como arrancada de sus goznes. Tenía un alma inquisitiva, este chico, así que fue penetrando en la casa, sigiloso, fue husmeando los rincones, sigiloso, escaleras arriba, sigiloso, y por fin en el dormitorio dio con los dos cuerpos inertes sobre la cama. Y entendió todo, porque era un chico avispado a pesar de no saber inglés y pretender saberlo para no perderse la propina diaria del transporte tan simple de la rosa. Y salió corriendo a los gritos y fue primero a la florería para contar sin aliento sobre el pacto suicida, como en Romeo y Julieta, dijo, como en la tele; muertos, dijo. Y la florista prefirió ser cautelosa y llamó a la policía, y después a una ambulancia por si acaso, y se reunieron varios curiosos y por fin casi en caravana se dirigieron todos al blanco chalet de la colina para ver si podían ser de alguna ayuda o al menos para saciar su curiosidad y sus ansias de romance, en ese pueblo donde nunca pasaba nada.

Un pacto suicida, algo nunca imaginado, allí mismo.

Pero cuando por fin llegaron se dieron de bruces con un espectáculo absolutamente distinto. Un espectáculo de vida, no de muerte, ardiente y acuciante. Se retiraron de inmediato y cabizbajos y sin dirigirse palabra alguna casi corrieron descendiendo la cuesta y retornaron a sus respectivos quehaceres rojos de vergüenza. Y no se habló más del asunto, o casi.

Nueve meses después nació en Viena la bella niña a la que sus padres bautizaron, en castellano, Rosa Imprudente. Los vecinos del pueblo de montaña no entendieron el nombre, por eso cuando la niña va a visitarlos la abrazan y la llaman Rose, arrastrando la erre, suavizando la ese, pronunciando la e. Con toda ternura la abrazan, como a una ahijada.









Indice