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Así como el arzobispo Las Heras prohibió que en la procesión de Viernes Santo que hacían los mercenarios saliese la llorona, así por los años de 1517 el alcalde del Cabildo de Lima comunicó orden a los curas de las parroquias para que en las procesiones de Cuasimodo y Corpus no hubiese tarasca, diablos, gigantes; papahuevos ni otras mojigangas. Su señoría se adelantaba a su época.
Desde el año 1816, en esas procesiones se sacaba a San Martín, O' Higgins, Cochrane y demás próceres de la independencia americana en figura de diablos.
La disposición de nuestro cabildante que, en puridad, no era sino medida de buena policía y de orden político, alborotó al devoto vecindario. Ese alcalde era un hereje que hería, así como quien dice de sopetón, el sentimiento religioso y descatolizaba la ciudad. Tal atentado no podía tolerarse en calma.
Aunque no se estilaban todavía las manifestaciones o meetings populares, que nos vinieron después con la república, hubo amago de ellos. Las limeñas, sobre todo, se exasperaron y contagiaron a los limeños, traduciéndose la enfermedad en fervoroso entusiasmo por la causa de la religión, contra la que atentaba el novelero alcaldillo de tres al cuarto, a quien bautizaron mis paisanas con el apodo de Voltaire chiquito. Merecido se lo tuvo por su atentatoria ordenanza, que bien valía una excomunión mayor.
Al principio todo fue lloverle empeños e influencias para que volviese atrás de lo mandado, y dejase salir las procesiones sin innovar en nada lo que había sido costumbre nacional durante un par de siglos. Pero el alcalde se mantuvo tieso que tieso, sin atender a súplicas ni mucho menos a amenazas de la gente devota. Tenía bien ajustadas las bragas el sujeto.
En cuanto al virrey, a quien no disgustaba la ordenanza del edil, se lavaba las manos y dejaba hacer. Eso se ha llamado siempre sacar el ascua por mano ajena.
Convencidos limeñas y limeños de que el Voltaire chiquito no era de los que cejan, una vez lanzados en un camino, por áspero que éste sea, resolvieron dirigir todas sus baterías sobre el virrey, que tenía fama de ser un caballero de genio contemporizador y un si es no es asustadizo. Además la virreina no simpatizaba con el alcalde ni con su mandato, y esto —275→ importaba tanto como para un sitiador tener auxiliar dentro de la plaza.
Después de tentar bien el vado, el cura de Santa Ana, doctor don José Jacinto Bohorques, se encargó de llevar el gato al agua; esto es, de ver al virrey y en papel de sello presentarle el recurso que al pie de la letra copiamos de un librito:
Esto recursito puso al bonachón virrey en conflictos. Las faldas, inclusive las de su esposa, por un lado, y por otro la gente de sotana, que también viste faldas, lo traían a mal traer. Tampoco quería su excelencia romper lanzas con el alcalde del Cabildo, revocando por entero la disposición de éste, ni lo convenía indisponerse con lo más granado del vecindario, que se empeñaba por que recayese decreto favorable sobre el bien parlado recurso del doctor Bohorques.
Al fin, la antevíspera de Cuasimodo se echaron las campanas a vuelo, festejando el siguiente decretito:
El alcalde no quedó del todo desairado, pues el decreto no autorizaba la salida de diablos y rebajaba el cuatro el número de gigantes.
—276→Por algo se empieza, dijo para sí el Voltaire chiquito. Y pensó bien, que ha más de un cuarto de siglo nos vemos privados de procesión con mojiganga. ¡Si cuando yo digo que está mi tierra como para huir de ella! Para no ver desengaños y afligirme, juro y rejuro que no concurriré a procesión de Cuasimodo hasta que no tengamos siquiera papahuevos. Si hace falta mi firma para un recurso ante el Consejo Provincial, ahí va.
No fue en América doña Catalina de Erauzo, bautizada en la historia colonial con el sobrenombre de la monja alférez, la única hija de Eva ni la sola monja que cambiara las faldas de su sexo por el traje y costumbres varoniles.
En 25 de octubre de 1803 se comunicó de Cochabamba a la Real Audiencia de Lima el descubrimiento de que un caballero, conocido en Buenos Aires y en Potosí con el nombre de don Antonio Ita, no era tal varón con derecho de varonía, si no doña María Leocadia Álvarez, monja clarisa del monasterio de la villa de Agreda, en España.
Del proceso que en extracto se encuentra en la sección Papeles Varios de la Biblioteca de Lima, tomo 613, resulta que el obispo de Buenos Aires don Manuel Azamor tuvo entre sus familiares al joven don Antonio Ita; y que en vísperas ya de conferirle órdenes sacerdotales, escapó el aspirante con destino a Potosí, donde el Intendente gobernador don Francisco de Paula Sanz le concedió un modesto empleo.
Intimose Ita con Martina Bilbao, mestiza de vida pecaminosa, la que dio con sus frecuentes escándalos motivo para que la autoridad la encerrase en el monasterio de Santa Mónica. Don Antonio iba semanalmente a visitarla al locutorio y la obsequiaba seis pesos para que atendiese a su cómoda subsistencia.
Pasados algunos meses de reclusión y como único expediente para que ésta cesase, la propuso el galán matrimonio, revelándola su verdadero sexo y recomendándola, por supuesto, gran reserva. Martinica vio el cielo abierto con la propuesta; la aceptó gustosísima, y el capellán del monasterio bendijo el casamiento, al que sirvió de padrino nada menos que el Intendente.
Con la protección de éste, algunos comerciantes habilitaron al mancebo con mercaderías por valor de más de dos mil pesos; pero a poco hizo —277→ quiebra, y huyendo de los acreedores, se fue con su mujer a Chuquisaca, donde consiguió ocupación lucrativa en las montañas de Moxos. Allí no desdeñó trabajo por rudo que fuese, y compitió con los hombres más robustos y animosos de espíritu. Tratándose de enlazar toros bravas o de darse de garrotazos y trompadas con cualquierita, no se hizo nunca atrás.
Después de cinco años de fingido y pacífico connubio, y adquiridos con su trabajo y privaciones algunos realejos, decidieron Ita y su mujer dejar las montañas y establecerse en Cochabamba, decisión que llevaron a cabo.
Ya en Cochabamba se le proporcionó a Martina un marido a la de veras, y ella, olvidando todos los beneficios de que era deudora al varón de mentirijillas, fue con la denuncia al teniente general don Ramón García Pizarro.
Ita logró en los primeros instantes asilarse en el convento de la Merced; pero impuesto el comendador de la causa que originaba la persecución, lo entregó al poder civil, el que nombró un médico cirujano y dos comadronas para que practicasen profesional reconocimiento del sexo.
Convencido don Antonio Ita de que nunca había sido varón, terminó por espontanearse declarando su verdadero nombre de María Leocadia Álvarez y su condición de monja escapada, no por amoríos carnales, sino por espíritu aventurero, como doña Catalina de Erauzo.
El proceso terminó con sentencia en virtud de la cual pasó a Lima la monjita, y bajo partida de registro fue en 1804 restituida a su convento de España.
En cuanto a la ingrata y pérfida Martina Bilbao, el nuevo marido a pocos meses de matrimonio le dio el pago digno de su villanía.
La mató de una paliza.
Me parece que no se afligirán ustedes por la difunta ni yo tampoco.
En 1833 estábamos a partir de un confite con la Inglaterra y con los ingleses. Ellos proporcionaban fusiles a nosotros los insurgentes de América, y su prensa nos tocaba bombo. Sus marinos se alistaban en nuestras frágiles naves para repetir en los mares de Colón las proezas de Trafalgar, y con la Gran Bretaña ajustaba el Perú su primer empréstito, documento —278→ que, como curiosidad histórica y hasta paleográfica, conservamos original entre los manuscritos de la Biblioteca.
No digo yo que en este repentino cariño de Inglaterra por la independencia de las que fueron colonias de España, no entrara el amor al principio de libertad, siquier fuera en dosis infinitesimal u homeopática; pero lo positivo es que ese amor no fue del todo desinteresado. Demos la soguilla para sacar la vaquilla, que dice el refrán.
La Inglaterra aspiraba, y hacia bien, que para no ganar nada vale más roncar sobre la almohada, al predominio comercial en América.
Aún no se había dado la batalla de Ayacucho y la independencia estaba todavía en veremos, cuando ya Inglaterra nos enviaba un cónsul acreditado cerca del gobierno de Bolívar. Y este cónsul, en realidad, no fue un simple agente mercantil, como los consulillos que ahora se estilan, sino todo un diplomático en forma, con los mismos fueros, prerrogativas, atribuciones y significación que el derecho internacional acuerda a los plenipotenciarios y embajadores. Sólo que Rodil, que era un barbarote que no entendía de papelorios, ni de dibujos, ni garambainas, halló la manera de tender una celada al primer cónsul inglés, aposentándole una bala de a onza en la boca del estómago, y sin más pasaporte lo despachó a pudrir tierra.
Hasta 1827 puede afirmarse que en el Perú tuvo Inglaterra el monopolio mercantil. Los tejidos ingleses privaban. Desde ese año el té reemplazó al chocolate y a la hierba del Paraguay: el te, que durante los tiempos del coloniaje
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como dijo nuestro poeta cómico Manuel Segura.
Después de ese año, el comercio francés principió a asomar las narices y a hacer competencia al británico, y nos invadieron las falsificaciones, sobre todo en materia de telas.
El consumo de bretaña inglesa, hilo puro, era considerable, y los franceses introdujeron cargamentos de bretaña algodonada, dando gato por liebre al comprador bisoño.
Los ingleses creyeron poner coto a la falsificación, grabando en las piezas de bretaña este membrete: Garantido, todo lino.
¡Que si quieres, lucero! Antes del año los franchutes se la jugaron de mano a los gringos, y en el Perú entero, ni para reliquia se encontraba ya una pieza de bretaña sin su correspondiente Garantido, todo lino.
—279→Pero era el caso que, apenas iba una camisa a la batea y se desprendía la gomita del lienzo, aparecía la hilaza del algodón.
¡Y aténgase usted a garantías!
Algo muy parecido pasa con los hombres públicos de mi tierra, dígolo sin alusión al presente. ¡Dios me libre!
La falsificación data desde ha fecha, como que pasa de medio siglo.
Hay crisis ministerial, cosa del otro jueves y de este también, y entre los hombres que forman el nuevo gabinete suele, así como por milagro, en estos tiempos en que ya ni las viejas creen en milagritos, figurar un personaje del cual dice la opinión pública, en todos los tonos del solfeo, lo que la Menegilda en la Gran Vía.
-Este era el hombre que nos hacía falta. Llegó la plata y se socorrieron los pobres. Ilustrado, él. Patriota, él. Integérrimo, él. Honrado, él. Talento, él. Organizador, él. Independiente, él.
En una palabra: Garantido, todo lino.
Yo no sé qué diablos tiene esa maldita batea que se llama Palacio. No hay tela que resista al primer restregón sin descubrir la mala hilaza. A poco de manejar su señoría el portafolio, declara esa señora opinión pública (que es la hembra más voltaria que se conoce) que en el tan cacareado él no había ni ilustración, ni talento, ni patriotismo, ni independencia, ni honorabilidad, ni nada, ni nada, ni siquiera tipo de buen mozo. Algodón purito.
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Principiaba a esparcir sus resplandores este siglo XIX o de las luces, cuando fue a establecerse en Ayacucho, provisto de cartas de recomendación para los principales vecinos de la ciudad, un español apellidado Rozas, deudo del que en Buenos Aires fue conde de Poblaciones.
Era el nuevo vecino un gallardo mancebo que, así por lo agraciado de su figura como por lo ameno de su conversación, conquistose en breve general simpatía; y tanto, que a los tres años de residencia fue nombrado alcalde del Cabildo.
—280→La celda del comendador de la Merced era, tres noches por semana, el sitio donde se reunía lo más granado, la creme, como hoy se dice, del sexo feo ayacuchano. La tertulia comenzaba a las siete, sirviéndose a medida que iban llegando los amigos un mate bien cebado de hierba del Paraguay, que era el café de nuestros abuelos. Después de media hora de charla sobre agotados temas, que la ciudad pocas novedades ofrecía, salvo cuando de mes en mes llegaba el correo de Lima, armábanse cuatro o cinco mesas de malilla abarrotada, y una o dos partidas de chaquete. Con la primera campanada de las nueve, dos legos traían en sendas salvillas de plata colmados cangilones de chocolate y los tan afamados como apetitosos bizcochuelos de Huamanga. Tan luego como en un reloj de cuco sonaban las diez, el comendador decía:
-Caballeros, a las cuatro últimas.
Y diez minutos más tarde la portería del convento se cerraba con llave y cerrojo, guardando aquella bajo la almohada el padre comendador.
Habrá adivinado el lector que el alcalde Rozas era uno de los tertulios constantes, amén de que entre él y su paternidad reinaba la más íntima confianza. Eran uña y carne, como se dice.
Pero está visto desde que el mundo es mundo que para desunir amigos y romper lazos de afecto, el diablo se vale siempre de la mujer. Y fue el caso que el gentil joven alcalde y el no menos bizarro comendador, que aunque fraile y con voto solemne de castidad era un Tenorio con birrete, se enamoraron como dos pazguatos de la misma dama, la cual sonreía con el uno a la vez que guiñaba el ojo al otro. Era una coqueta de encargo.
Hubo de advertir Rozas alguna preferencia o ventajita que acordara la hija de Eva al bienaventurado fraile, y la cosa prodújole escozor en los entrecijos del alma. Dígolo porque de pronto empezó a notarse frialdad entre el galán civil y el galán eclesiástico, si bien aquél, para no ponerse en ridículo rompiendo por completo relaciones con el amigo, continuó concurriendo de vez en cuando a la tertulia de su rival.
Un día, y como bando de buen gobierno, hizo el alcalde promulgar uno prohibiendo que después de las diez de la noche, alma viviente, exceptuadas la autoridad y alguaciles de ronda, anduviese por las calles. La tertulia terminó desde entonces a las nueve y media, y ya, no el comendador, sino el alcalde era quien decía:
-Caballeros, el bando es bando para todos, y para mí el primero. A rondar me voy.
Y todos cogían capa y sombrero camino de la puerta.
Una de esas noches, que lo era de invierno crudo y en que las nubes —281→ lagrimeaban gordo y el viento clamoreaba pulmonías, a poco de sonar las campanadas de las doce, viose dos bultos que aproximaron una escala a la puerta de la iglesia, penetrando uno de ellos por la ventana del coro, de donde descendio al convento. Recorrió con cautelosa pisada el claustro, hasta llegar a la puerta de la celda del comendador, la que abrió con un llavín o ganzúa. Ya en la sala de la celda, encendió un cerillo y encaminose al dormitorio, donde frailunamente roncaba su paternidad, y le clavó una puñalada en el pecho. Robusto y vigoroso era el fraile, y aunque tan bruscamente despertado, brincó de la cama con la velocidad de un pez y se aferró del asesino.
Así luchando brazo a brazo, y recibiendo siete puñaladas más el comendador, salieron al claustro, que empezaba a alborotarse con los gritos de la víctima. Cayó al fin ésta, y el matador consiguió escaparse por el coro descendiendo por la escala a la calle; pues los alelados frailes no habían en el primer momento pensado en perseguirlo, sino en socorrer al moribundo.
En el fragor de la lucha había perdido el asesino un zapato de tercio pelo negro con hebilla de oro, lo que probaba que el delincuente no era ningún destripaterrones, sino persona de copete.
Amaneció Dios y Ayacucho era un hervidero. ¡Todo un comendador de la Merced asesinado! Háganse ustedes cargo de si tenía o no el vecindario motivo legítimo para alborotarse.
A las ocho de la mañana el Cabildo, presidido por el alcalde Rozas, estaba ya funcionando y ocupándose del asunto, cuando los frailes llegaron en corporación, y el más caracterizado dijo:
-Ilustrísimos señores: La justicia de Dios ha designado la condición social del reo. Toca a la justicia de los hombres descubrir el pie a que ajusta este zapato.
Y lo puso sobre la mesa.
Como entre los vecinos de Ayacucho no excedían de sesenta las personas con derecho a calzar terciopelo, proveyó el Cabildo convocarlas para el día siguiente a fin de probar en todas el zapato, lo que habría sido actuación entretenida.
Por lo pronto se llamó a declarar al zapatero de obra fina que trabajaba el calzado del señorío ayacuchano, y éste dijo que la prenda correspondía a la horma llamada chapetona, cuarenta puntos largos, que es pata de todo español decente. La horma de los criollos aristócratas se llamaba la disforzada, treinta y ocho puntos justitos.
—282→Con las declaraciones resultaban presuntos reos treinta españoles por lo menos.
El alcalde, manifestando mucho sentimiento por el difunto, ofreció a los frailes desplegar toda actividad y empeño hasta dar en chirona con el criminal; pero ya entre las paredes de su casa algo debió escarabajearle en la conciencia; porque en la noche emprendió fuga camino del Cuzco, pasose a las montañas de los yungas, y no dio cómodo descanso al cuerpo hasta pisar la región paraguaya.
—[283]→

A las tres de la mañana del 5 de diciembre de 1805 encontrábase aún levantado en la cárcel del Cuzco un reo político, sentenciado a muerte y cuya ejecución en la plaza pública estaba señalada para el mediodía.
Habíase trasladado al preso de su calabozo a una sala de la cárcel con honores de capilla. En el fondo elevábase un improvisado altar, sobre el que se veía un crucifijo alumbrado por cuatro cirios. En un extremo veíanse un incómodo catre de campaña, dos sillones de cuero y una mesa, sobre la que había una palmatoria de plata con bujía encendida, un libro forrado en pergamino, que probablemente era el Kempis o el Evangelio en triunfo, un tintero y papeles esparcidos. En el otro extremo de la sala y sobre un lecho idéntico reposaba otro preso, también destinado al último suplicio. Sobre el marco de la puerta y fronterizo al altar, un reloj de pared hacía oír su monótono tictac.
En uno de los sillones dormitaba el sacerdote auxiliador, y sentado en el otro junto a la mesa escribía el sentenciado.
Hombre debía ser de gran espíritu, porque ya vecino al cadalso, se ocupaba, ¡admiren ustedes la pachorra!, en hacer versos, que es la ocupación que más serenidad reclama. Digan los poetas lo que quieran en contrario; pero yo sé por experiencia propia que, cuando los nervios están sublevados, los consonantes como que se asustan y no acuden a la pluma.
—284→Sin riesgo de que nos tilden de indiscretos, no sólo leeremos, sino sacaremos copia de los versos. Ellos, francamente, como poesía no valen la tinta empleada; pero como el autor no tuvo pretensiones de literato, toda crítica acerca de las incorrecciones de forma y obscuridad del pensamiento sería sobre inconveniente injusta. Dicen así los versos:
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Para satisfacer al curioso lector, extractaremos a la ligera de la Memoria del virrey Avilés y del correspondiente artículo de Mendiburu, en su Diccionario, lo que baste a dar noticia del personaje y del motivo que a lance tan supremo como trágico lo llevara.
Don Gabriel Aguilar, de ejercicio minero, nació en la ciudad de los caballeros del León de Huánuco, donde todo títere era de sangre azul y de acuartelada nobleza. Tengo para mí que Dios, con ser Dios, hizo una chambonada de tomo y lomo en no investir a Adán siquiera con el título de duque, y a madama Eva con el de princesa palatina. Si a Dios se le hubiera ocurrido (que no se le ocurrió, y en eso estuvo el mal) consultarse —285→ conmigo, por Dios y este puñado de cruces, que hacemos la cosa a derechas. No habría plebeyos ni desigualdades como en los dedos de la mano, ni andaríamos a vueltas y tornas con las palabras aristocracia, democracia y canallocracia; que no pocas cabezas rotas han producido y tienen que producir, que es lo peor, desde los comienzos del mundo sublimar hasta que haga la gran zapateta.
Don Gabriel, en lo más lozano de su juventud, hizo un viajecito a España, donde tales cosas vio, palpó y aprendió, y oyó contar de Robespierre y de los girondinos y de la revolución francesa, que se le puso el cerebro en ebullición y como olla de grillos, y se vino al Perú con el firme propósito de destruir el poder colonial y restablecer la monarquía incásica. Y vean ustedes si sería patriota y abnegado, cuando no aspiraba a ser dueño de la mazorca, sino a poner en posesión de ella al primer prójimo que le comprobara ser chozno o tataranieto de Atahualpa o de su hermano Huascar. Don Gabriel era otro sastre del Campillo, que cosía de balde y además ponía el hilo.
Después de buscar y encontrar Inca, que como dice la Biblia, quien con fe busca, siempre encuentra, eligió el Cuzco para centro de sus operaciones, y trabajó con tanto tesón y cautela, que en menos de un año tuvo afiliados a sus planes muchos caciques, abogados, médicos, sacerdotes, hombres de guerra y hasta regidores del Cabildo.
El futuro Inca era casado con mujer vieja y estéril, y monarca sin sucesión no convenía por nada de este mundo pecador. Acordose, pues, que tan luego como se posesionara del gobierno, se divorciaría o daría pasaporte a su inútil conjunta y tomaría por esposa a una guapa hembra que le designaron, y que fue por sus buenos bigotes muy del agrado del soberano in fieri. Le llenó el ojo la mocita.
Las ramificaciones en Puno, Arequipa, Guamanga y otros lugares del Perú eran también vastas, y ya en vísperas de prender fuego en la mina, uno de los principales comprometidos, don Mariano Lechuga, que a mí, por lo de Lechuga, maldita la confianza que me habría inspirado para confiarle, no diré un secreto, pero ni un saco de alacranes hembras, hizo el 28 de junio de 1805 minuciosa denuncia de todo al intendente del Cuzco conde Ruiz de Castilla, quien sin pérdida de minuto metió en la caponera a Aguilar y sus más importantes colaboradores, encomendando el seguimiento de la causa al famoso Berriozabal, conocido con el mote de oidor del tabardillo.
Para mí lo notable es que un hombre del talento de Berriozabal no hubiera enviado a la loquería a don Gabriel y sus amigos, sino que tomando con formalidad la causa, dictara con fecha 3 de diciembre sentencia condenando a muerte a Aguilar y a su compañero el abogado don Manuel —286→ Ubalde. Un cacique, tres clérigos, un fraile francisco, un médico y otros individuos de poca importancia social fueron también sentenciados a penas menores. Y la sentencia se cumplió en todas sus partes sin acordar la menor gracia.
Después de leer el proceso, encuentro que Aguilar nunca estuvo muy en sus cabales; y como por algo se ha dicho siempre que un loco hace ciento, me explico lo contagioso de su locura. Para honra suya debo consignar también que en sus íntimos momentos no fue uno de esos vulgares fanfarrones de valor, sino el hombre que con ánimo sereno ve la muerte cara a cara.
El primer Congreso del Perú, dignificando la Memoria de Aguilar y de su compañero Ubalde, los declaró por ley de 6 de junio de 1823 beneméritos a la patria.

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¡Anda, hija, anda, que me pareces la custodia de Boqui!
He aquí una frase, limeñismo puro, que oí muchas veces cuando era muchacho a los pisaverdes y alfeñiques de aquel tiempo que los domingos se estacionaban bajo los arcos del portal de Botoneros, inmediatos a los de las mixtureras, y que no dejaban pasar buena moza sin dispararla una andanada de piropos.
Las limeñas del tiempo de la saya y manto eran muy dadas a usar alhajas. Con ese vestido no gastaban guantes, y lucían una mano en la que cada dedo ostentaba más anillos que falanges, y el puño iba aprisionado entre dos o tres pulseras que figuraban serpientes con escamas abrillantadas. Abundaban limeñas por cuya mano derecha, que era la que sujetaba el manto, habría dado un usurero, sin regatear, cuatro o cinco mil duros.
Yo mismo cuando empecé a mudar voz y a ponerme ronco, lo que es idéntico a echarla de hombrecito que guiña a las polluelas, a pesar de que no me cautivaba la mano, sino el ojo picarón y prometedor que tras el manto fulguraba, solía exclamar: «¡Vaya una reina para alhajada! ¡Ni la custodia de Boqui!»
Y así sabía yo quién fue Boqui y así conocía su custodia tan cacareada como al gigante Culiculiambro, el del arremangado brazo. Y sospecho que tres cuartos de lo mismo pasaba, en punto a ignorancia, a los demás alfeñiques de mi época.
Y entonces, ¡vamos!, ¿por qué lo decíamos? Por lo de siempre, por decir algo, por hablar a tontas y a locas. (Esto de tontas y locas es un decir, y no va con mis paisanas.)
Ya de gallo viejo y duro de espolones he venido a adquirir largas y auténticas noticias de Boqui y de su custodia, y eso es lo que hoy, pues no soy egoísta, van también a saber los benévolos lectores de mis tradiciones.
Parece que fue en 1810 cuando, con real licencia y carta de naturaleza, vino desde España a esta ciudad de los Reyes del Perú un joven italiano, platero con título del colegio de platería de Madrid. Don José Boqui, que así se llamaba el huésped, era un mozo elegante y simpático, decidor y gracioso como un andaluz, y en breve se hizo el niño mimado de los salones; pues amén de que cantaba, bailaba y tocaba el clavecín como un —288→ ángel, había llegado provisto de cartas de recomendación para las principales familias de Lima.
El virrey Abascal, que andaba siempre muy sobre la perpendicular con la gente nueva, supo que el platero era íntimo amigo del argentino Miralla, a quien acababa de echar guante por politiquero y por no sé qué connivencias con los revolucionarios de Buenos Aires y Chuquisaca. Dime con quién andas y te diré quién eres -pensó su excelencia;- y sin más, intimó a Boqui que en el día hiciese la maleta y se largara a Méjico o a España.
En 1814 regresó Boqui, se presentó al virrey, y le comprobó con documentos que era más godo que el vencido en Guadalete, que odiaba a los patriotas más que el diablo a la cruz, y por fin, que era más realista que su majestad don Fernando el Deseado y que la Naranjera, su manola favorita.
Esta vez traía nuestro italiano dos cajas que iban a ser para él la de Pandora, en punto a dinero y a no llenarse.
La una contenía un aparato, en pequeño, invento suyo, y muy suyo, para desaguar minas; y la otra encerraba una custodia, maravilla artística del platero, que deslumbraba por la profusión de rubíes, brillantes, zafiros, esmeraldas, ópalos, topacios y demás piedras preciosas.
Con su aparato de desaguar minas, no sólo embaucó a medio Perú, sino al mismo rey, que por cédula de 1817, al acordarle varias gangas, lo llamó desinteresado vasallo, según relata Mendiburu.
Para implantar la maquinaria en grande, consiguió dinero, y no poco, del consulado de comercio y de varios acaudalados mineros de Huarochorí. En efecto, la máquina principió a funcionar; pero las bombas resultaron de escasa potencia, y el agua en la mina inundada no mermaba un jeme. Boqui dijo entonces que con aparatos de más poder el éxito era infalible, y siguió encontrando bobos que se le asociaran para el gasto.
Pero su mina más productiva fue la custodia. Pedía por ésta cuarenta mil duros, y perdía plata, según él. Propuso al arzobispo Las Heras que la comprase para la catedral de Lima; mas el coro de canónigos declaró que no estaba la cucarachita Martina para cintajos ni abalorios.
Entretanto Boqui, bajo garantía de la valiosa custodia, que andaba entre si la vendía a los dominicos o la compraban los agustinos, clavaba banderillas a los comerciantes, llegando a firmar documentos por dinero recibido hasta la suma de sesenta mil pesos.
En 1831 empezaron los acreedores a ver claro y demandaron a Boqui. El consulado de comercio, como acreedor privilegiado, obtuvo que la custodia pasara a depositarse en su tesorería, y se hizo voz general que muchos de los brillantes eran cristal de Bohemia hábilmente pulimentado, —289→ y que no pocos de los rubíes, zafiros y topacios eran vidrios de colores. Estaba ya nuestro italiano en vísperas de ir a chirona por estafador, cuando aconteció la escapatoria del virrey La Serna y la entrada de San Martín en Lima.
Sólo entonces vino a saberse que don José Boqui, comensal y tertulio de La Serna, Canterac, Valdés y demás prohombres de la causa realista, había sido nada menos que el principal agente secreto de San Martín. Y tan importantes debieron ser los servicios que prestara, que el protector creyó justo premiarlo haciéndole director de la casa de moneda, condecorándolo con la orden del Sol, y lo que es más, nombrándolo vocal en la junta calificadora de patriotas. Era preciso que Boqui lo fuese de primera agua para ser digno de aquilatar a los demás patriotas, y patriotas de patria que no era la suya.
Cuando en junio de 1833 Canterac, con una fuerte división, se aproximó a Lima, creyó prudente el gobierno, en previsión de un desastre, dada la inferioridad numérica de la fuerza republicana, embarcar en el Callao la plata labrada y alhajas de los conventos, así como la celebérrima custodia, que el consulado conservaba en depósito, junto con setenta barras de plata que existían en la Moneda. Boqui fue el comisionado para embarcar ese tesoro (que se estimó en un milloncejo, largo de talle) en una fragata mercante por él contratada, la cual, terminado el embarque, anocheció y no amaneció en el puerto.
Don José
Boqui dijo al capitán: «¡Velas, buen viento y hasta
Génova!»
En seguida dirigió una mirada a la
playa, e hizo un soberano corte de manga al Perú y a los
cándidos peruanos.
En el ejército de Salaverry había un grupo de treinta oficiales, poco más o menos, excedentes y sin colocación en filas. Eran los que en nuestra milicia se ha bautizado con el nombre de rabones.
Los rabones salaverrinos iban en las marchas siempre a vanguardia, y eran por consiguiente los primeros en llegar a los pueblos, donde cometían extorsiones infinitas. Cuando entraban las tropas, ya ellos se habían adueñado de los mejores alojamientos y matado el hambre y la sed. Con frecuencia recibía Salaverry quejas de los vecinos por los abusos —290→ y arbitrariedades de esta gente, hasta que fastidiado un día, llamó al jefe de Estado Mayor, don José María Lastres, y le dijo:
-Coronel, vea usted si encuentra manera de dar ocupación a esos tunantes. Reúnalos usted, califíquelos y con arreglo a sus aptitudes y méritos destínelos.
El jefe de Estado Mayor hizo concienzudo espulgo y escogió veinte, a los que como supernumerarios destinó en los cuerpos. Quedaron nueve o diez, y consideró peligroso y desmoralizador colocarlos en el ejército.
Al día siguiente le preguntó don Felipe Santiago:
-Y bien, coronel... ¿Qué ha dispuesto usted con los rabones?
-He colocado a veinte en el ejército; pero de los restantes, que son unos corrompidos, francamente, no sé qué hacer.
-¿De veras no sabe usted qué hacer con ellos?
-De veras, mi general.
-Pues, hombre, fusílelos.
-¡Fusilarlos, mi general! -exclamó asustado el jefe de Estado Mayor, sabiendo que Salaverry no era hombre de bufonadas.
-Sí, coronel, fusílelos, y fusílelos hoy mismo. La patria ganará deshaciéndose de oficiales indignos de la honrosa carrera de las armas, y que son militares, como pudieran ser frailes, por el pre y el uniforme, y no por el sentimiento del deber patriótico.
-Señor, que los mate el enemigo y no nosotros -arguyó Lastres.
Dios y ayuda le costó conseguir que Salaverry revocase la orden. Al fin dijo éste:
-Corriente, coronel; pero imponga usted a esos rabones la obligación de tomar un fusil y batirse como soldados, siempre que haya cambio de balas. Ya que no pueden servir como oficiales, que sirvan siquiera como hombres. Campo se les ofrece para rehabilitarse.
La genialidad del jefe supremo no se mantuvo tan en secreto que no llegara a noticia de los interesados. Convencidos de que arriesgaban la pelleja, reformaron un tanto su conducta, comportándose heroicamente en Uchumayo y Socabaya. Todos menos tres, en el espacio de diez días, murieron como bravos en defensa de su bandera y del caudillo que representaba la causa de la voluntad peruana.