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1

Se trata de los conocidos versos 61-70: «Mi Amado las montañas, / los valles solitarios nemorosos, / las ínsulas extrañas, / los ríos sonorosos, / el silbo de los aires amorosos, // la noche sosegada, / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora». Citamos por la edición de Elia y Mancho (2002).

 

2

Estrofa 26, versos, 126-127: «Detente, cierzo muerto; / ven, austro, que recuerdas los amores».

 

3

Estrofa 4, versos 18-20: «¡Oh prado de verduras, / de flores esmaltado!, / decid si por vosotros ha pasado».

 

4

Estrofa 21, versos 101-105: «De flores y esmeraldas, / en las frescas mañanas escogidas, / haremos las guirnaldas, / en tu amor florecidas, / y en un cabello mío entretejidas».

 

5

Estrofa 31, versos 151-155: «¡Oh ninfas de Judea!, / en tanto que en las flores y rosales / el ámbar perfumea, / morá en los arrabales / y no queráis tocar nuestros umbrales».

 

6

Para estas cuestiones, véanse Bobes (1972), Lamano Beneite (1989), Lihani (1973, especialmente pp. 7-9); López Morales (1967) y Weber de Kurlat (1949, 1959).

 

7

Citamos por la edición de López Morales (1968).

 

8

Este uso se repite en otros: «Y al principio que se hace en esto, que es a primera vez, comunica Dios al alma grandes cosas de sí, hermoseándola de grandeza y majestad, y arreándola de dones y virtudes, y vistiéndola de conocimiento y honra de Dios, bien así como a desposada en el día de su desposorio» (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Declaraciones, 13-14,1). «Cada una de ellas es como una guirnalda arreada de flores de virtudes y dones, y todas ellas juntas son una guirnalda para la cabeza del Esposo Cristo» (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Declaraciones, 21, 6). «Si antes merecía esto por la fealdad de su culpa y bajeza de su naturaleza, que ya después que Él la miró la primera vez, en que la arreó con su gracia y vistió de su hermosura, que bien la puede ya mirar la segunda y más veces, aumentándole la gracia y hermosura» (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Declaraciones, 24, 1). «Que por eso envía su Espíritu primero -como a los Apóstoles-, que es su aposentador, para que le prepare la posada del alma esposa, levantándola en deleite, poniéndole el huerto a gesto, abriendo sus flores, descubriendo sus dones, arreándole de la tapicería de sus gracias y riquezas» (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, Declaraciones, 26, 7).

 

9

(1984: s. v.).

 

10

(1987: s. v.).