Tierra mansa y otros cuentos
Lucy Mendonça de Spinzi

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A mis amigos del
Taller Cuento Breve
que me
animaron...
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Los géneros literarios que cultiva Lucy Mendonça de Spinzi (Asunción, 1932) son dos: el teatro y la ficción narrativa breve. Su pieza teatral Los desarraigados obtuvo el primer premio de Radio Charitas en 1965 y fue estrenada con éxito al año siguiente en el Teatro Municipal de Asunción. Siete años después, en 1972, su obra Bazar para cuatro actores y un fantasma ganó otro galardón de la misma emisora y, en 1986, su Cuarto mandamiento fue también premiado en el concurso de Arlequín Teatro.
Sus cuentos, por otra parte, le han merecido distinciones en dos concursos: «Tendrán que aguantarme» (1985) y «Tierra mansa» (1986).
Hija de político opositor, Lucy tuvo una larga experiencia del destierro en la Argentina y hasta llegó a ejercer el periodismo político en un diario llamado La Tribuna Liberal. Le fue dado conocer la dramática vida de exiliados paraguayos en Formosa, ciudad en que hizo sus estudios primarios y secundarios y donde se le reveló su fuerte vocación artística. Casada con un actor teatral don Ángel María Spinzi, en 1953, adquirió ella, como actriz, un conocimiento vivido, digamos, del teatro y merced a ello pudo infundir a las piezas de su propia autoría una calidad estética especialmente valiosa.
Durante varios años la escritora acompañó a su esposo en giras por las zonas ganaderas del Chaco, tanto en el norte, a la altura de Concepción como en el sur, en la divisoria —8→ fronteriza con la Argentina. De aquí su conocimiento de múltiples formas de vida no sólo en las ciudades en que residió sino en las comarcas en que ejerció su aguda observación de tipos y costumbres.
Gran lectora desde la niñez, ha viajado siempre con un equipaje estivado de libros de diversos géneros literarios, alerta la mirada escrutadora para captar el sentido de cuanto se ofrecía a su curiosidad intelectual y a su apreciación estética.
Tras una prolongada etapa de experiencias vitales en giras de teatro primero, por ciudades del Paraguay y la Argentina y luego de viajes de negocios ganaderos con su marido, Lucy Spinzi se establece en Areguá el año 1971. No olvidemos que Areguá es algo así como el Macondo de nuestro Gabriel Casaccia, porque es de esperarse que también lo sea de nuestra escritora. Y, en efecto, el escenario de muchas de sus ficciones presentes (y futuras) es Areguá. Pero no sólo esto. Areguá, como se sabe, es un centro importante de actividad cerámica y lo es en gran parte gracias a la labor de esta mujer de excepcional energía e inagotable inspiración artística.
***
El lector hallará en esta colección de cuentos una rica variedad de temas desarrollados con una técnica y un estilo de altas calidades estéticas. A veces el tema es de un populismo trágico como en el terrible relato que titula «Tranqui», o en el no menos trágico y de ambiente sórdido como «Bonifacia»; otras el asunto es de refinado intelectualismo como era «Cavilaciones» o de espiritualidad delicada como en «Desencuentro».
—9→Lucy Spinzi exhibe una notable versatilidad en el sentido inglés de esta palabra y una no menos notable prolificidad. En el Taller Cuento Breve donde ella se destaca por su talento, por su modestia y su sosegada cortesía, no hay nunca sugestión o asunto que se plantee como posible materia de narrativa que ella no convierta ingeniosamente en ficción y someta al taller en la próxima reunión de los días martes. Sirvan de ejemplo -para dar solamente dos- una glosa a un cuento de Cortázar, «No resistas, cariño», y otra, a uno de Borges, «No te quedes, Juliana».
Aunque Lucy Spinzi se inscribió en el Taller Cuento Breve cuando ya era ella una escritora varias veces galardonada y de rica labor artística, se ganó enseguida la admiración de todos no, claro está, por su talento entonces consagrado sino por una virtud aludida más arriba (y nada común) que es la modestia. Siempre está ella dispuesta a aceptar con gratitud y de muy buena gana observaciones sobre sus escritos y no tiene ningún vano escrúpulo en cambiar aquí una palabra o allá la estructura de una frase.
Sin duda Lucy, tiene más que enseñar que aprender, pero ella sabe muy bien, precisamente merced a sus mismas dotes artísticas superiores, que un texto por bueno que sea puede mejorar un tanto cuando lo comentan concienzudamente quienes no son ya profanos en materia de estimativa literaria
Por su inventiva, por su dominio de la técnica narrativa y por la calidad de su estilo, Lucy Mendonça de Spinzi ocupa hoy un lugar de Honor entre los escritores mejor dotados del país.
Hugo Rodríguez-Alcalá
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Ofrezco al lector estos ensayos narrativos de una vocación siempre pospuesta por circunstancias fortuitas, y que hoy intenta aflorar mediante el concurso, también fortuito, de personas y acontecimientos. Es así como en el taller Cuento Breve, que dirige el doctor Hugo Rodríguez Alcalá, he sido inducida con temas que dieron origen a los cuentos siguientes: «La Trampa del Maestro Piero»; «Bonifacia», y otros.
Conversando con familiares también he encontrado interés para lo mismo como en los cuentos «Consuelo de las Luces» y «El Trato» que me fueron sugeridos por mi yerno Scott Mac Donald Frame; «Tendrán que aguantarme» y «Fórmula Secreta» por otros miembros de mi hogar.
En cuanto a «No resistas, cariño»; «No te quedes, Juliana» y «Cerca del Pozo», han sido trabajos de taller glosando «El Río» de Julio Cortázar; «La Intrusa» de Jorge Luis Borges; «La Puerta condenada» también de Julio Cortázar.
Mi gratitud a quienes menciono y también a quienes omito, porque hacen posibles estos mis intentos literarios, que son una amable motivación en mis tiempos otoñales.
L. M. S.
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La estentórea voz de tenor del maestro herrero, Piero, quedó vibrando en el aire...
Roque hacía girar la manivela de la fragua y estaba ausente. Su mente se deslizaba en el piso de arriba de la herrería, ingrávida y feliz. Su cuerpo estaba ahí, abajo, moviéndose rítmicamente, pero sus oídos estaban sordos al aria del maestro Piero, a los vibrantes golpes en el yunque y al resoplido que su brazo arrancaba al jadeante fuelle. No percibía el fuerte olor a brasas ardientes que impregnaba la estancia, ni tan siquiera se percataba que el patrón se preparaba para la parte más delicada de su labor.
Era el momento supremo de inspiración en que después de atronar el espacio con el aria de Rigoletto y con el pesado martillo sobre el hierro al rojo en el yunque, el maestro herrero arrancaba el último haz relampagueante de chispas con el último martillazo.
Al introducir el largo hierro candente con el extremo violentamente enrojecido, en el tacho de agua, estalló el prolongado chasquido del metal al enfriarse como si protestara con furia.
Roque seguía ausente haciendo girar la manivela sin percatarse de su entorno. No atinaba a pensar en otra cosa que en lo que sucedía en el pisito de arriba. Y si no estuviera tan abstraído, sabría que el monótono movimiento de su brazo y el jadeo rítmico que provocaba su —14→ acción, pronto desencadenarían la ira italiana del maestro Piero.
Pero no. Su cuerpo estaba abajo y su alma arriba. El corazón encogido de pasión y la imaginación desbocada volando por el pisito alto, detrás de Marietta que afanándose en sus idas y venidas domésticas, hacía crujir con leves pisadas de tórtola, el cielo raso de madera de la herrería.
El maestro herrero se dispuso a introducir de nuevo el extremo del hierro, ya templado, entre las brasas que seguían ardiendo con chispas furiosas. Llegaba el momento cumbre de su inspiración. Cuando vio las chispas disparadas como fuegos de artificio, quedó con el hierro en alto y miró al aprendiz que con aire ausente seguía elevando y bajando el brazo como autómata y la mirada en lo alto de la escalera.
-¡Bestia! ¡Para ya! -gritó el patrón al abstraído jovenzuelo, mientras su rostro enrojecía como el hierro de la fragua y las venas del cogote se le hinchaban de cólera.
-¡Que pares, te digo! ¡Cretino! -le repitió a voces con marcado acento italiano.
El muchacho quedó rígido con los ojos y la boca abiertos como en una instantánea. Mientras el maestro Piero arrimaba el extremo del hierro de nuevo a las brasas, vociferó:
-Gira, ragazzo, gira. ¡Que gires, te digo, pero con suavidad, así, con suavidad...!
Roque había regresado al entorno y dócilmente obedecía las instrucciones del patrón.
El maestro se dulcificó rápidamente. Le gustaba conversar mientras trabajaba.
—15→-Así, ragazzo. Así... Dulcemente... Para que el material esté a punto, ni muy duro, ni muy blando... Como mi Marietta... -y rió brevemente.
Mientras hablaba hacía girar hábilmente sobre las brasas el hierro que ya había empezado a tomar la forma. Ahora condujo el extremo del metal al yunque y con un martillejo mediano comenzó a darle menudos golpes. El hierro se estaba convirtiendo en una hermosa hoja de los trópicos, grande y calada.
-La mujer es como el hierro. Debes golpearla a veces duro y a veces suavemente, pero siempre haciéndola arder. ¿Comprendes?
Los golpes sonaban rápidos, nerviosos, certeros. Las manos enormes como tenazas se movían con extrema habilidad, duras, firmes, a veces con delicadeza sorprendente.
-Pero, por sobre todo, ragazzo, debes dominarla, ¡dominarla siempre!
El maestro Piero disfrutaba de su labor de orfebrería bruta y los músculos de sus brazos desnudos se henchían y encogían en un despliegue de fuerza contenida. Bajo el delantal de cuero se adivinaba el sudor que corría libremente por todo su cuerpo de gladiador del hierro y que daba al rostro curtido un resplandor que acentuaba el de la mirada inspirada del rudo artífice.
-Marietta es hermosa, firme como el hierro pero si sabes manejar la fragua puedes ablandarla como mantequilla y lograr ponerla al yunque y arrancarle arabescos increíbles. E io soy un artista... rió brevemente sin interrumpir sus martilleos. Volvió a aplicar con un leve giro el metal sobre las brasas y continuó sus comentarios:
—16→-Por eso acostumbré a Marietta a ponerse la funda en la cabeza cuando hacemos el amor. Para inspirarme, porque soy un artista... Como habrás notado, su rostro no condice con la esplendidez de su hermoso cuerpo. Tiene la nariz ancha y los ojos muy juntos...
Mientras proseguía el maestro Piero su delicada labor golpeando certeramente aquí y allá la hoja de hierro, a veces con finura, a veces con vehemencia sobre el yunque, Roque, que hacía girar la manivela suavemente, recordó como entre nubes rosáceas de ternura, el rostro tímido de la blanca Marietta mirándole castamente de reojo.
-Así es, ragazzo. Su cara no condice con su cuerpo. La naturaleza comete a veces tonterías. Pero siempre hay modo de solucionar las cosas. El recurso de la funda es muy importante para alguien como io que exige perfección en las formas...
Dio un último golpe y sonrió con picardía al apocado aprendiz.
-Bueno -dijo tirando el martillo- é. Ya está. Es la última hoja. Ese cliente bruto quedará sorprendido cuando vea su reja. Ni se la imagina...
Roque pensó en la ofensa que el patrón imponía sistemáticamente a la dulce Marietta y quiso decírselo. Pero miró los músculos potentes del maestro Piero y calló prudentemente.
-Io terminé. -Se estaba sacando el delantal de cuero-. Tú puedes ordenar las cosas y quedas libre. Déjame todo en orden. Ya sabes cómo detesto el desorden. ¿Eh? Io daré una vueltita por lo de mi compadre Nicola para compartir una copita de vino y luego estaré —17→ listo para dar los tres golpes de martillo en el yunque, que son la señal de «guerra» para Marietta...
Guiñó un ojo al aprendiz desde el borde del tacho de agua mientras le chorreaban el cabello y la cara y el cuello en su ablución vespertina. Se lavó también los musculosos brazos y las axilas. Cuando se ponía la camisa comenzó a cantar el aria de Rigoletto mientras Roque temblaba de ira e impotencia.
El jovenzuelo ordenaba lentamente las pinzas, el atizador, los martillos y pensaba que el muy bruto volvería dentro de una hora achispado y daría tres golpes de martillo en el yunque y dócilmente Marietta se aprestaría en el pisito de arriba a hacer el amor con su marido, cubierta su redonda carita pálida con la funda de la almohada.
-«¡Animal!» -pensó Roque con rabia.
Fingió, sin embargo, atarearse con los bártulos.
La voz potente del maestro Piero atronaba entre rejas recostadas contra las paredes, hierros, esqueletos de sillas de jardín y mil objetos diseminados en caótico desconcierto, mientras acababa su precario acicalamiento.
-La donna é mobil qual piuma al vento, muta d’accento e di pensier, e de pensier, e, e di pensier -concluyó el maestro herrero haciendo retemblar el vozarrón. Satisfecho Don Piero miró al apocado jovenzuelo que se afanaba en el desorden y sonriente se despidió:
-Chao... -y salió a la calle dando un portazo.
Roque quedó mirando la puerta largamente con un manojo de varillas entre los brazos.
—18→Observó la escalerilla maltrecha que conducía al aposento de Marietta, luego el yunque y por fin se decidió. Depositó suavemente el manojo de varillas sobre la mesa de trabajo y pausadamente caminó hasta la puerta; la abrió y miró a derecha e izquierda a lo largo de la calle; la cerró con suavidad y se acercó al yunque con paso tranquilo. Asió el martillo y levantó el brazo con fuerza. Los tres golpes estallaron rudos y nítidos en el recinto como tres petardos. Con paso sereno Roque ascendió las escaleras...
Rato después se abrió la puerta y el maestro Piero entró con los ojos encendidos y la nariz enrojecida. Su sonrisa torcida y sus ojillos entrecerrados no auguraban nada bueno. Miró la escalera con malicia y abrió la boca. El aria de Rigoletto brotó de su poderosa garganta con fuerza amenazadora. Mientras cantaba ascendía encogido como un oso hacia la alcoba. Siempre cantando se detuvo ante la puerta:
-...e di pensier...!! -remató como si estuviera en escena.
Abrió la puerta de golpe. Su mirada amenazante recorrió la mezquina alcoba.
El furor y el estupor se pintaron en sus ojos, en el rubor de ira de su rostro, en las venas del cuello, violentamente hinchadas...
No había nadie. Todo estaba en orden...
Corrió al lecho. Una hojita de papel blanca estaba posada en la colcha celeste como una paloma tímida. La leyó:
—19→PIERO:
Me voy con Roque. Nunca más haré el amor con una funda en la cara.
Marietta
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Ahora Minguí, Chingó y Morení ya nunca podrán decirme que soy «gallina». Y cuando mañana hagamos apuestas contra la pared de la terminal de ómnibus, yo sé que voy a ganar siempre; porque me animé por fin a hacer lo que debía. Ya no me dirán que no me animo a nada, porque me animé por fin. Y podré tragar el humo del cigarrillo sin toser y podré meterme en el cuarto de la Lola y desnudarla, yo mismo, para ver cómo es por dentro. Morení dice que él la vio desnuda y se ríe de mí porque tengo doce años, pero ahora soy un hombre.
En el fondo del barranco no se oye otra cosa que el agua tranquila y no se ve nada porque esta noche no hay luna.
Livoria duerme sin miedo porque yo la abracé y le dije que no se preocupara, para eso tiene a su hermano Tranquí que ya es hombre. Y ella se quedó durmiendo en nuestro catre, el mismo que compartimos desde que éramos chicos. Ahora ella tiene quince años y yo doce y me hice hombre de golpe. Me animé.
Ella ya no va a volver nunca más a la cárcel de mujeres donde estuvo metida con esas locas que ahogan a sus hijos y apuñalan a sus concubinos. Va a quedarse todas las noches durmiendo conmigo, abrazaditos y mamá va a poder decir con razón que soy rencoroso. Y soy, porque no me olvido que cuando Livoria tenía casi catorce años mamá la denunció al juez por prostitución y la metió presa hasta hace poquito, nomás.
—21→Chingó siempre me habló de vengarme y yo no sabía cómo. Pero ahora ya sé cómo se defiende un hombre cuando le tocan a su hermana. Y ése infeliz de «Ambu’a» ya no le va a molestar más a Livoria ni mamá le va a mandar de vuelta a la cárcel de mujeres. Ahora ella se queda sin su hombre y nosotros nos quedamos tranquilos. Como mi nombre, Tranquilino. Así yo hago las cosas sin ruido.
A ver qué me dicen Minguí, Chingó y Morení cuando sepan que me saqué de encima a ese infeliz de «Ambu’á» que de noche venía y se metía en el catre con Livoria y jugaba con su cuerpo después de echarme a mí. Mamá siempre dice que Livoria «le busca» pero es mentira. Livoria siempre llora y me dice que ese tipo le da asco y que no quiere saber nada del hombre de nuestra madre y que ella Livoria, no tiene la culpa de ser más linda y más joven que mamá, que ya está vieja y fea.
Cuando mañana se hable de negocios en la terminal de ómnibus, Minguí, Chingó y Morení no me van a poder rechazar para limpiar los autos de los ricos que estacionan en la plaza, bajo los árboles, sus últimos modelos y me van a tener que prestar sus revistas de historietas y no me van a decir más que yo no tengo agilidad para ser un gran futbolista cuando sea grande, como Romerito.
No van a reírse más detrás mío porque mi mamá le mandó a la cárcel a mi hermana Livoria y yo también podré decirles a ellos que su madre se acuesta con todos los choferes y que sus hermanas no son mejores que Livoria.
Mañana voy a llevar mi cajón de lustre y nadie me lo va a poder sacar, ni de broma, porque ahora me animé y sé que tengo fuerza y que le puedo patear a cualquiera en los huevos como hice con «Ambu-á» esta noche, cuando me hice pasar por Livoria en la oscuridad y le tomé la mano peluda y le llevé al barranco.
—22→Él creyó lo que le dijo Livoria, que no quería en el catre porque yo ya estaba durmiendo y él me siguió calladito cuando yo le tomé la mano y le llevé en la oscuridad.
Por suerte no hay luna y por suerte Livoria y yo tenemos la misma altura y por suerte él estaba borracho, así que no se dio cuenta que yo le llevaba al matadero.
En el borde del barranco le pateé los huevos con la rapidez de Romerito y le empujé y él no tuvo tiempo de decir nada y nadie se dio cuenta, porque el barranco es muy profundo y solamente yo escuché el ruido que hizo su cuerpo, allá en el fondo.
Me gusta nuestra casa de lata en el borde del barranco y el río que corre en el fondo, porque aquí uno se puede hacer hombre como Minguí, Chingó y Morení.
—23→
Desde anoche camino por los corredores sin poder estarme quieto. El azogue de mi conciencia excita mi cuerpo y mi voluntad sin permitirme reposo. Dormí mal y me levanté peor. Mi caserón de estilo colonial y mi elegante retiro entre libros y las amenas charlas metafísicas con mis cultos amigos, hoy me parecen prendas de un disfraz que ocultan un pobre mequetrefe enfermo de snobismo.
Eso soy yo: ¿un snob?
Sí, soy un snob que tiene hasta el lujo de una conciencia bastante activa que a veces molesta, como ahora...
Anoche venía manejando satisfecho mi coche confortable por la ruta nueva que une mi pueblo con la capital. Había una brisa preciosa que alborotaba mis cabellos entrecanos y mientras el carro corría muellamente sobre el asfalto con rumor monótono repasaba la velada. Yo me había lucido entre mis amigos. Mi sensibilidad un tanto feminoide, mis lecturas, mi piel tostada por los días de paciente exposición al sol en mi playa veraniega, mi elegante y ágil silueta deportiva a pesar de mis casi cuarenta años, habían tenido una amable acogida, como siempre, en mi círculo social. Sí, anoche estuve bien. Hablamos de Buda: misericordia sin Dios; de hinduismo: reserva de espiritualismo egoísta para la perfección interior del individuo, sin importar un bledo la agonía de millones de semejantes, muriéndose de hambre —24→ en el entorno; de la mojigatería cristiana que impele a huir del gozo y andar adustos por un mundo repleto de placeres; del optimismo marxista que confía en redimir al mundo para el mundo, por obra del hombre, sin importar un hipotético «más allá».
Sí, estuve bien.
Pero me siento mal.
Hablamos de las playas que visitamos este verano: uno fue a Punta del Este, otro a Mar del Plata, otro a Camboriú y otro, en fin, está haciendo una gira cultural por la helada Europa sin importarle la ola de frío en el hemisferio del Norte. Hablamos de precios y de restauranes que cada uno visitó en la temporada, del problema social y de la recesión económica. Y todo en el marco confortable que caracterizan nuestras amenas charlas acompañadas de bocadillos, vinos, helados, gaseosas e infusiones. Qué bien me sentí anoche...
Hasta que vi el montón de gente apiñada sobre el asfalto.
Detuve el coche y me acerqué para curiosear. Siempre pensé que una dosis moderada de curiosidad sazona la vida.
Ahora me arrepiento.
Si yo no hubiera conocido a Pedrito-Tavy, aquello hubiera sido un acontecimiento que olvidaría enseguida.
Nunca fui demasiado impresionable, de modo que no esperaba que un accidente de ruta me perturbara. Pero yo conocía muy bien a Pedrito-Tavy.
Muchas noches disminuí la velocidad y pasé a su lado sonriendo, porque lo veía venir haciendo eses por el —25→ medio de la ruta recientemente asfaltada y pensaba que ya aprendería a cuidarse. La ruta es nueva razonaba y ya se acostumbraría a andar por la banquina repleta de maleza, en estado de ebriedad y a movilizar su instinto de conservación que bien le funcionaría a pesar de ser mongólico.
Sí, yo lo conocía bastante bien a través de las historias supuestamente jocosas que de él se contaban.
Ahora esas historias me molestaban como nube de mosquitos que picaran mi conciencia.
Había hablado muchas veces con los pobladores de los alrededores para enterarme de lo que sucedía en el pueblo, y había sentido una punzada de asco cuando me relataban entre miradas maliciosas y susurros cómplices, cómo Pedrito-Tavy era llevado por los conductores de «micros» cuando estaban de jarana al almacén de don Heraclio para hacerlo beber caña, hasta que quedaba bizco, y luego lo conducían al prostíbulo de Filomena donde lo hacían desnudar ante tres prostitutas juergueras que lo manoseaban ante el mórbido disfrute de los choferes. Yo respondía a las historias con sonrisa ambigua para ocultar mi turbación.
Sí. Lo conocía bien. A él y sus historias.
Vivía con la abuela anciana que lavaba ropa a duras penas para los seminaristas y para los curas del convento cercano. Y recuerdo su cara redonda y bonachona y sus ojos beatíficos.
Solía ayudar a su abuela en las interminables idas y venidas por la banquina llena de yuyos a lo largo de la ruta, llevando ella un gran lío de ropa sobre la cabeza, que parecía aplastar su cuerpo escuálido de anciana desnutrida y él Pedrito-Tavy, con otro gran lío entre los —26→ brazos y su eterna sonrisa estúpida que a veces le envidié. Reflejaba tanta paz su sonrisa eterna de bobo... Y me paseo por los corredores de mi pulcro caserón. Intenté leer un libro y el pensamiento volaba hasta el trozo de asfalto.
En este momento, a través del Agua de Colonia con que impregné mis cabellos y mi cuello después de un baño tibio, percibo el olor a descomposición de los miles de mangos que aplastados en la tierra de mi huerto abren sus fibrosas entrañas color oro bajo el sol del Trópico de Capricornio. Las moscas y las avispas en pequeñas multitudes, pugnan inquietas sobre la jugosa pulpa. Las cigarras locas chillan sus letanías poniendo el enervante sonido monocorde en el aire. Y hoy es el tercer día que mi perra se pasa corriendo desesperada y escondiéndose en los rincones con el rabo entre piernas, seguida de una jauría de perros enloquecidos por el olor del celo.
El ardiente y tenaz viento del norte marchita la naturaleza.
Yo intento no pensar en Pedrito-Tavy.
Trato de refugiarme en Nietzsche y repudiar mi moral inútil y entorpecedora. Y medito sobre la futilidad de mis sentimientos de impotencia.
Pero vuelvo a ver la sonrisa beatífica de Pedrito, el bobo, sus ojos abiertos como mirando las estrellas, la cabeza muellemente reclinada sobre el duro asfalto, la gente susurrando a su alrededor con un grotesco respeto por su muerte, después de un desprecio total por su vida.
¿Y si después de todo Pedrito estuviera viendo algo, más allá de las estrellas, que yo no alcanzo a ver?
—27→
-No quiero lastimarte, pero no vuelvas a llamarme, ni vayas más a casa. Don Anacleto no quiere visitas... Y te pido que no lo tomes a mal.
«Pero sí que lo toma a mal -pensó Lorenzo mirando los ojos negros, saltones e incrédulos de Ramona Duarte.
»Tan a mal que está a punto de lagrimear y si llora, estoy listo, pues no podré darle explicaciones y tendré que oír sus lamentos y plagueos».
Trató de entretener los pensamientos mirando las innovaciones en la mezquina pieza con baño y cocina adjuntos, pieza multiuso: dormitorio, estar, recibidor y sala de costura.
Recordó que cuando la máquina de coser se cerraba -en las grandes ocasiones- ella le ponía encima un chanchito de arcilla cocida, pintado con los colores rojo y azul del Club de fútbol Cerro Porteño, sobre una carpetita de ñandutí maltrecha.
Observó que ahora la pieza, llamada pomposamente «departamento», estaba llena de telas multicolores y revistas de moda y elementos de costura diseminados por todas partes y el piso salpicado de virutas de telas.
Al mirar las dos camas gemelas disfrazadas de sofás a fuerza de volados y pilas de almohadones floreados, se acordó de Josefa, su hermana, y recurrió a su interés filial como a una tabla de salvación para cambiar de tema, haciendo como que estaba distraído y no escuchaba —28→ la andanada de reclamos de Ramona Duarte, que le resbalaban como lluvia mansa y enervante.
-¿Y qué anda haciendo Josefa? -preguntó.
Se dio cuenta inmediatamente de que erró la puntería.
Ahora empezaba la eterna comparación:
«Él era un fracasado, un mal hijo, que había desperdiciado todas las oportunidades que ella le brindó con tanto sacrificio. Que Josefa está trabajando como secretaria de ejecutivo y ya tiene novio estanciero que estudia ingeniería y que cuando se reciba se van a casar como Dios manda y todo lo demás. En cambio él... Lorenzo Duarte, un don Nadie, que apenas ayuda a su madre y a su hermanito, ése pobre niño deficiente, ¡alabado sea Dios!, más santo que muchos normales y que así y todo, con su retraso, está trabajando en la panadería, lleva que te lleva y trae que te trae, bolsas y bultos y leña en carretilla, todo el día, allá en Lambaré. Pero gracias a la Madre de Dios, su retraso no le impide, a los catorce años, hacer ese trabajo y ayudarle a su mamá y...
»Yo también hice lo mismo -se dijo Lorenzo rumiando sus recuerdos, mientras Ramona Duarte seguía su monocorde exposición.
»Y vaya si lo hice; y no tenía el consuelo de ser ni bobo ni santo. ¡Esa puerca panadería de Lambaré en donde, a la madrugada, me despertaba el bamboleo del catre de lona desvencijado y el peso del cuerpo de algún cerdo de los panaderos que venía más temprano y su jadeo caliente y hediondo en mi cara y sus manazas en mi cuerpo endeble! ¡Maldita sea! Y lo hacía por ti, madre, porque creía que así te ayudaba a que me quisieras un poco. ¡Y cuánto añoraba que llegara el domingo para verte! Y te esperaba y te esperaba y cuántas veces me quedaba parado en la esquina, bajo el chivato, mirando cómo bajaba toda la gente de todos los micros, hasta que, a las siete de la tarde, escuchaba el grito de la panadera, la —29→ vieja perra de Pantaleona González, diciéndome que ya no venías y que fuera a buscar las vacas del otro lado de la ruta, que si no, ya no habría luz y no vería nada en la obscuridad y todo lo demás».
-Yo también te ayudo en lo que puedo -dijo Lorenzo para cortar el chorro emotivo de Ramona Duarte y el aleteo atormentador de los murciélagos de sus recuerdos de infancia. Su voz tenía un dejo de agresividad aunque nunca fue temperamental y eso desconcertó a su madre que abrió entonces otra gaveta de quejas:
«Que allí estaba la Santa Madre de Dios de testigo y que le había enseñado a no cometer el pecado del aborto ni de pensamiento. Que muy bien ella pudo haberse desembarazado de sus hijos cuando aún estaban en su vientre, como hacen las mujeres que no conocen la ley de Dios, pero ella llevó a sus once hijos hasta el final y nunca se le cruzó por la cabeza hacerle caso a su comadre Salustiana, la partera, que siempre se ofrecía para hacerle un pequeño raspaje, que era ‘como sacar un pique’, pero nunca aceptó, ni cuando el sinvergüenza de Lorenzo Ibáñez, padre de él, la había dejado llenita como una sandía reventona, con Lorenzo Duarte feto, metido adentro de su vientre y cuando no quiso ni por todos los rosarios con sus quince misterios, que las monjas del Convento de Santa Inés le enseñaron cuando iba a llorarles sus infortunios, ni por las peregrinaciones al Santuario de Caacupé no quiso casarse con ella y le ofreció una ración del ejército que le correspondía como Teniente que era entonces.
»Y no se quiso casar nomás, ni reconocer, tan siquiera a Lorenzo como hijo.
»Pero ella no abortó, no señor, no abortó, ni cuando el padre de Josefa hizo otro tanto, ni cuando el padre de Luciano, el niño que murió de sarampión a los cinco años, le explicó que tampoco podía casarse porque ya —30→ estaba casado, ni cuando el padre de José, el retrasadito, se le rió en la cara cuando ella le pidió matrimonio.
»Nunca quiso abortar, qué esperanza, ni cuando tenía que empezar a repartir hijos por ahí a las comadres y algunas de ellas, impaciente, le insistía en que tomara té de hoja de parra, que es un abortivo infalible.
»Ella ni había querido escuchar y por eso sus hijos tenían que ayudarla ahora, cuando estaba cansada de tanto trabajar a la máquina de coser, día y noche y cuando ya no tenía más ganas de intentar nada con pretendientes.
»Por eso, él, Lorenzo Duarte, estaba ahí, ante ella, vivito y coleando y hablándole de no molestarlo en la casa de Anacleto Quiñónez, ese hombre desconsiderado que no quería que una madre tuviera contacto con el hijo de su vientre que estaba trabajando como hembra en una casa donde no había ni una. Pero si ése hombre, Anacleto Quiñónez, que vivía encerrado en su quinta de Villa Morra, solo con su hijo Lorenzo, dicen que pintando cuadros, tenía ahora un ama de llaves varón, era por ella, Ramona Duarte, que mediante la gracia de la Virgen de Caacupé, nunca abortó. Y cuando ése su hijo Lorenzo, que estaba ahora ante ella, tan tranquilo, diciéndole una cosa tan cruel como ésa de no ir a verlo más cada fin de mes para buscar su mensualidad, cuando ése su hijo, hijo de Lorenzo Ibáñez, el ahora rico General de Estado Mayor que no quiso nunca ni siquiera reconocerlo, cuándo este hijo que ni tiene novia, ni concubina, ni nada a los treinta y cinco años, estuvo enfermo de tifus, ella lo llevó en brazos y a pie, hasta el santuario de Caacupé, vestidito con el hábito de Nuestra Señora, la Virgen «Tupasy», celeste y blanco y la corona de cartón forrado en papel dorado, lo llevó pegado contra su pecho, volando de fiebre y tiritando contra ella, aunque hacía un calor que hacía sudar las mismas piedras y hasta por culpa de eso, ella, Ramona Duarte, recibió un —31→ reto del médico del Hospital de Clínicas que hasta la trató de loca cuando lo llevó, casi muerto y aún vestidito con su hábito azul y blanco para que la ciencia completara lo que la Virgen empezó.
»Y Lorenzo Duarte vivió. Y el Padre Cura, el santo Paí Sindulfo, la elogió y le dijo que mujeres como ella construían la Iglesia y la Patria y poblaban el mundo de hijos de María, y por eso él, Lorenzo Duarte, estaba allí, ante ella, sentado».
Lorenzo cerró los ojos y trató de cerrar también los oídos mientras la catarata de lamentos y reconvenciones proseguía con un fragor interior que le sonaba dentro de la cabeza como zumbido de abejas alrededor del panal.
Trató de distraerse pensando en otra cosa, pero esa otra cosa resultó ser un recuerdo de cuando tenía ocho años y le fue llegando a su madre con cuatro gatitos en una canasta que había encontrado en la vereda, maullando de hambre y recién nacidos.
Ella le había dicho que para qué quería que los gatitos viviesen si no podrían alimentarlos y cuidarlos y que ella, Ramona Duarte, además de coser a la máquina todo el día, de noche tenía que ir a la tienda del turco Abdul, para seguir cosiendo para él y que, además, el turco quería acostarse con ella pero ella no quería, porque el turco era barrigón y olía a sobaco rancio, y él, Lorenzo, quería que con todos esos sufrimientos, ella cargara con cuanto gato y perro tiraban en la calle.
Ella misma los ahogó en una latona con agua.
Y las próximas veces que fue llegando con animalitos recogidos, hizo otro tanto.
Él lloró y suplicó en vano, recordó.
—32→«Y yo lloraba detrás del armario -se dijo Lorenzo- lloraba por todos esos animalitos que no podía cuidar y que más valiera que nunca hubieran nacido a que anduviesen en los basurales, bajo la lluvia y pateados por la gente.
»Pero ella me quiso conservar a mí...»
-¿Por qué no me abortaste? -preguntó en voz baja, pero ella no le entendió.
-No, no dije nada, solamente pensaba en voz alta -le dijo a Ramona Duarte que retomó el hilo de sus disquisiciones y recuerdos inmediatamente.
«¿Por qué no me abortó? Es más misericordiosa con los animales que lo que fue con los hijos que concebía cuando creía que yo estaba dormido y se acostaba con Atanasio, el plomero, padre de Josefa y varios más y se reían los dos, bajito, después de que él entraba tarde cuando creían que yo dormía».
«Él golpeaba despacito tres veces a la única puerta de la habitación que ocupábamos entonces en Añareta’í y yo, Lorenzo Duarte niño, mordía la almohada y sollozaba sin voz haciendo mover el catre que extendíamos de noche en un rincón. Y no sabía entonces que estaba odiando, pero imaginaba formas de robarle los zapatos y los pantalones y hasta de darle golpes en la cabeza a Atanasio hasta hacérsela reventar con el ladrillo con que atajábamos la puerta para que no se golpease cuando había viento. Pero imaginaba que la Virgen de Caacupé que estaba sobre la cama de ella con flores de papel en el marco, se encargaría de hacer algo. Por eso le rezaba con toda el alma y luego me quedaba dormido así y cuando despertaba, ya la noche estaba en silencio y aguzaba el oído y escuchaba el suave ronroneo de —33→ la respiración de ella y el ladrido lejano de los perros».
-Bueno, tengo que irme -dijo Lorenzo incorporándose bruscamente de la silla.
Ella se quedó mirándole fijamente un instante con sus ojos saltones, pero empezó de nuevo, inmediatamente, su perorata, antes que él girara hacia la puerta.
Arreció de nuevo la andanada:
«Que por qué no se buscaba novia, como el hijo de doña Jacinta que ya está casado y es más joven que él; y el sobrino Tranquilino que ya le mantiene a su madre y a la esposa y a sus dos hijos; y el vecino, Magnesio Alcaraz, que haciendo contrabando de Foz de Yguazú, hasta ya tiene coche propio ‘mau’ y le mantiene a la madre y a la concubina y a dos hijos y hasta está estudiando en la Escuela Vocacional; y como su hermana Josefa que hasta estudió taquigrafía e inglés y tiene novio estanciero y...»
-Tengo que irme. -Repitió Lorenzo de pie.
Pero ella empezó con voz doliente a lamentarse:
«Que ella hizo de todo por él, pero siempre notó que él era egoísta y raro, que muchas veces ella lo encontraba, desde niño, escondido bajo el jazminero con algún chico del barrio, abrazaditos, sin hacer ruido y que ella le leía historias de Santos por consejo del Padre Sindulfo, pero que ni así él dejaba de esconderse debajo del jazminero con otros niños y que ella nunca quiso creer que...»
Lorenzo Duarte volvió a sentarse lentamente, con las manos flojas y dejó de escucharla.
«Sí -se dijo Lorenzo-, el jazminero era mi castillo; cuando me sentía muy desdichado me escondía y venían —34→ Luis o José-í o Gregorio a hacerme compañía. Gregorio, pobre Gregorio: después que su madre le había propinado alguna de aquellas zurras con historia, en que las piernas le quedaban marcadas con los surcos de los cintarazos, venía junto a mí y nos acurrucábamos abrazados debajo del jazminero, un solo calor y un solo dolor, y nos fundíamos en uno y parecía que todo se pusiera, de nuevo, en orden. Yo le acariciaba las piernas sangrantes en las que el cinto había dejado huellas largas, sin piel y le limpiaba meticulosamente la sangre con la saliva y le preguntaba si le dolía y él, acababa diciendo que no, que ahora ya no, mirándome con ojos tristes y secos».
Lorenzo pensó que tenía derecho a explicarle a Ramona Duarte y a todo el mundo que ésta era su forma de gratificarse de sus desventuras y que nadie, ni ella, ni el cura, ni otro cualquiera, tiene el derecho de elegir la forma de consolarse del dolor de vivir, pero supo que nadie entendería..., sólo don Anacleto Quiñónez. Y ahora él estaba escuchando que ella le decía que ese don Anacleto Quiñónez, era un bandido:
«Que ese tipo quería separarle de su madre y de las enseñanzas de la Virgen, Madre de Dios y que ella se enfrentaría con él, que hasta le contaría el problema a su compadre, el Comisario Velázquez, que mucho se le había ofrecido porque ella le había hecho el vestido de cumpleaños de quince a su hija Salustiana y que...».
«Ella me amenazó más de una vez -recordó Lorenzo- con mandarme a Emboscada con mis amigos, todos juntos a la Correccional de Menores y por eso descubrí que yéndome lejos, cada siesta, a la orilla del río, a la Chacarita, me ponía a salvo y allí alquilábamos botes y salíamos a remar y a pescar hasta que veíamos acostados boca arriba, al atardecer, el sol incendiándose —35→ en el agua, sobre la línea del horizonte, mientras se iba sumergiendo rápidamente en las aguas de la bahía».
«Allí conocí con mis amigos mis mejores consuelos. Allí sentí, en el bote y entre los árboles y entre los altos yuyos mis más hermosos momentos, el calor de los cuerpos que se acarician y se funden y se confortan y allí, entre barquillo y barquillo de helado teñido de anilina amarilla, naranja y roja, me ofrecieron negocio tras negocio los tipos bien vestidos que se hacían amigos nuestros».
«Yo no quería aceptar como ella no quería aceptar lo que le proponía el turco Abdul, pero cuando volvía a casa, al anochecer y recibía los golpes de la escoba sobre las costillas, decidí probar, para tener dinero y huir de casa».
Escuchó que ella repetía que hablaría, sí que hablaría con su compadre, el Comisario Velázquez sobre el problema y que denunciaría al sinvergüenza de don Anacleto Quiñónez para que lo manden preso por corruptor de menores y que...
Lorenzo se incorporó de nuevo, giró hacia la puerta y le dio la espalda, luego volvió la cabeza y la miró fijamente.
Pensó que por algo estaba vivo, que no había sido abortado, que la sociedad defendía su derecho de ser, en nombre de la Iglesia, de la Patria y de la humanidad.
Echó los hombros para atrás y le habló por primera vez a Ramona Duarte, cara a cara, con el mismo tono con que solía hablarle don Anacleto Quiñónez, después de una cena placentera, con una copita de anís en la mano, pausadamente y con ligera burla en la mirada:
—36→-Mirá, mamá. Soy mayor de edad y te repito, no vuelvas más por casa, ni me llames más. Te mandaré tu mensualidad cada fin de mes, pero no me molestes, ni quiero más hablar contigo. ¿Entendés? No me abortaste, está bien. Ahora todos tendrán que aguantarme como soy y como yo me aguanto. El Padre Sindulfo y la Patria y vos, tendrán que saber que mi mujer y mis hijos y mi madre y mi presente y mi porvenir son... Don Anacleto Quiñónez.
Y se fue sin prisa.
—37→
Duermo. No... Aún no duermo... Escucho las quejas de ella, sus protestas, como escucho el himno nacional: de tan conocido no sé lo que dice, exactamente. Pero resuena, resuena y resuena... Imágenes de algodón, calidoscopio que dibuja y desdibuja imágenes móviles de agua interior cambiando en continuo devenir.
Patio de escuela, tengo nueve años, en la fila me entretengo en revisar un hermoso caracol rosado que saqué del bolsillo del pantalón mientras los demás cantan el himno nacional. El coscorrón me sorprende y me humilla.
Todos cantan. Menos yo... Sí, soy una máquina de hacer sexo y negocios. No tengo tiempo para otra cosa. Y dormir. Es eso lo que dice la voz que me estironea de mis imágenes brumosas y mis sensaciones infantiles. Duermo. O casi. La voz me arrulla con monotonía que en el repitente machacar de largos años de guerra de alcoba gastó su sentido punzante y vació su carga de angustia. Arrulla el hastío como con su friega tenaz. Estoy otra vez en imágenes de algodón en la escuela y me meto, sin saber ni cómo ni cuándo en el epicentro de un terremoto perruno. Se desdibujó el patio de la escuela y apareció una calle oscura y los perros me rodean sin ladridos. Me juegan mordiscos a las piernas, bailo ingrávido una danza espacial desesperada y vuelo raudamente en una oleada de desesperación hacia arriba sin lograr salir de —38→ la vorágine canina. Sostengo algo entre los brazos, es un cachorrito perfumado. No es a mí al que trata de morder la jauría, es a él, al cachorrito aromado de perfume de mujer. Tan tierno, tan suave, tan indefenso. Es el perfume de ella. Estoy apretando estrechamente la almohada contra mi pecho. Se habrá acostado, supongo. Con los ojos cerrados quiero palpar su lado del lecho, para cerciorarme. La mano me pesa como una piedra. Pero no, es el cachorrito y no pesa nada, pero está ahí, delicado, inerme, en peligro... Los perros lo quieren alcanzar. Ahora vuelo otra vez. Pero otra vez los perros vuelan y me siguen y me alcanzan. Estoy rodeado de ellos. No veo nada. Pero siento el bultito precioso. Me sobresalto. Un portazo. Las imágenes de vapor se disuelven y adivino la frase pronunciada antes del portazo. El calidoscopio queda negro y estoy otra vez en mi cama con los párpados pesados como guijarros. Pienso... Sería bueno que lo hiciera de una buena vez, para acabar el juego que hace mucho perdió el sabor y la sorpresa. No duermo. Pero no siento mi cuerpo. Es que estoy muy cansado. Hace mucho que lo estoy. Soy un pensamiento flotante en el dormitorio lleno de su perfume, de sus cascadas de telas leves color pastel, de sus afeites y sus ropas, del mecanismo complejo de sus gestos de mujer difícil, que arrulla sus traumas y no se escapa nunca de su burbuja de sentimientos, sensaciones, opiniones y angustias subjetivas. Ella vive en su burbuja de frustraciones y desde ahí me amenaza con el río. Floto pensando que puedo hacerlo a despecho de la impotencia, del miedo y de la visión angustiosa de su cuerpo tendido en la arena, boca abajo, el pelo pegado a la cara y chorreando, rodeada de piernas y de voces, laxa, quebrada como los juncos hamacados por la correntada. Debiera hacerlo. Sí. Debiera hacerlo de una vez por todas. Ella tiene miedo. Yo también. Floto entre brumas inestables como —39→ nubes cambiantes. No es fácil ser niño y entender lo que tanta gente adusta quiere de uno en el tedio insorportable de la fila del patio de la escuela. Sostengo el cachorrito, no es un caracol rosado, lo sostengo en alto, con los brazos tendidos para arriba como en una súplica, para que los perros no me lo arrebaten, no le hagan daño, para que no lo mordisqueen y no pierda su belleza, para que no pierda el tornasol de su nácar de aurora.
El caracol se convierte repentina, blanda e inesperadamente en un animal feroz que muestra colmillos desnudos y curvos. Va a morderme en la cara. Me sobresalto. ¿Y si ella cumpliera la amenaza? Debiera hacerlo, pues. Hace ya tanto tiempo que me tiene balanceándome en la balsa precaria de la duda, como flotando en un pantano de impotencia, de miedos falsamente cicatrizados. La vería así, en la playa, de cara en la arena, desnuda, el pelo pegado a la cara, las aguas resbalando en menudos arroyos sobre su carne blanca, rodeada de voces y piernas. Ya no se desgarran mis entrañas. Hace rato se resecan al sol del hastío como la osamenta de un perro destripado sobre el asfalto, sin que nadie se detenga a pensar en ello. Ya no siento otra cosa más que siga jugando un juego en el que ella sola se desgarra prodigiosamente, sin terminar nunca de morir... Y yo impotente, ahí, tendido, sin sentir mis miembros paralizados por la fatiga. Deseo saber si está o se marchó. Deseo tocar su carne perfumada y consolarla de esta angustia común de tener miedos separados, deseo tocar su cuerpo y con el mío hacerle una barrera protectora de ternura, de palpitaciones prolongadas; deseo con mis músculos y mi fuerza de hombre acostumbrado a pelear entre perros, todos los días, cubrir sus pobres quejas, su triste miseria de niña mujer atemorizada con mil nimiedades cotidianas que no alcanzo a comprender, atemorizada —40→ de sus sensaciones imprecisas, de sus recuerdos dolorosos que pesan como equipaje de piedras y que no puedo conjurar... Debo despertarme del todo. Saber si está ahí o se fue a la playa, a tirarse al río desde el puente, entre los juncos que se mecen en mis noches de algodón, junto a su cuerpo claro, a sus cabellos sedosos en los que juegan mis torpes dedos después de un estallido más en la larga lista de los años. Debo buscarla... Estiro un brazo, cautelosamente, medrosamente, en la oscuridad. Creo escuchar su respiración acompasada. Tengo miedo. Había escuchado un portazo. Pero ella siempre los da cuando la burbuja la asfixia. Sostengo la respiración. Abro los ojos. Distingo bultos. Ahí está el sillón con la ropa que ella arrojó cuando comenzó la discusión. Allí está la silueta desdibujada de su mesa de tocador.
El espejo tiene una luminosidad fantasmal. Miro a mi lado. Adivino en la penumbra la sábana que cubre el perfil armonioso de su cuerpo, blandamente, como la cubrirían las aguas si se animara. Mi mano comienza por fin a avanzar suavemente y se posa con ternura en su cuello de diosa que adivino más que distingo cerca de mi cuerpo palpitante. Ella suspira. Mi virilidad corcovea como un potro en libertad y no hace caso de su aparente rechazo. Me da lástima. Ella está perdida. Me recibe como el niño ávido el pezón tibio de la madre. La domino. Obedece las órdenes de mi cuerpo, sin fuerzas y sin argumentos. No resistas, cariño. No resistas, mi amor... Ella se entrega como no se atreve a entregarse a la caricia de las aguas que hamacan los juncos en la orilla... Se entrega con avidez, primero, luego con desmayo. Acaricio su cuello, su cuello por el que corre palpitante su sangre pujante de vida intensa. Se apacigua largamente, me apaciguo. Acaricio su cuello suavemente, —41→ tiernamente. No resistas, cariño. Pienso. Debo hacerlo. Debo librarla de sí misma, torbellino de temores y de angustias y dudas y tormentos. Debo librarla de las viscosas aguas del río...
Aprieto suavemente. No se resiste. Sigo apretando. Se sobresalta. Aprieto más. Con una mano. Con las dos. Espasmos bajo la sábana perfumada. Más espasmos. Convulsiones violentas. Menos violentas. No resistas, cariño. No quiero hacerte daño. Sólo quiero librarte de la indecisión. Quiero librarte de tus tormentos. Un poco más. Aprieto. Ya casi no se mueve. Apenas un aleteo secreto bajo las sábanas perfumadas. Ya está, cariño, no tendrás nunca más miedo, ni dudas.
Para eso estoy yo, tu hombre...
—42→
«Tenés que ser nuestro embajador. Vos y nadie mas que vos» -le habían dicho los compañeros de oficina.
Arévalos había tratado de eludir la penosa misión, pero la mayoría siempre dice la última palabra. Todos se habían quedado tranquilos arreglando sus escritorios, sus papeles, sus corbatas, mientras él, Arévalos, estaba ahí, en el vestíbulo, esperando a Bonifacia y buscando palabras apropiadas para tranquilizar a los compañeros, y, por qué no confesarlo, para tranquilizarse a sí mismo.
Era hora de verse libre, toda la oficina, del triste compromiso de los jueves. El único que nunca accedió fue el pelado Carrasco:
«No quiero saber nada de eso. Ustedes son unos cobardes y por no enfrentarse a la realidad caen en un masoquismo ridículo» -había manifestado el primer día.
No hubo argumento que lo convenciera. Carrasco se negó a poner en manos de Bonifacia, semanalmente su aporte:
«Hay miles de miserables en nuestro entorno y una limosna periódica es el medio, para ustedes, de lavarse las manos y dejar de pensar en el problema de fondo» -había sostenido.
De Carrasco fue la idea de hacerla seguir con el ordenanza de la oficina.
—43→«No sé de qué se sorprenden» -había dicho triunfante a todos los compañeros cuando alguien notó el abultamiento en el vientre de Bonifacia. -«No pretenderán que se mantenga virgen para darles satisfacción a ustede...».
Todos los compañeros habían hablado al mismo tiempo argumentando que era inconcebible que hubiera un hombre que fuera capaz de acostarse con Bonifacia. Sostuvieron acaloradamente que era una vileza. Y Carrasco había respondido burlón que la vida era una perfecta vileza.
Y ahora él, Arévalos, padre de familia, responsable, sensible al dolor humano, estaba ahí, como un tonto, sin saber qué palabras escoger, esperando a Bonifacia, mirando su silueta repetida en los tres espejos del vestíbulo de Inmobiliaria Pirapó S. A. Su mirada nerviosa cruzaba el espacio desde su reloj de pulsera a la calle, de la calle a los arreglos verdes delante de los espejos, de los arreglos verdes a su rostro confuso repetido en los tres cristales. Eran las 11 y 28 minutos.
«Carrasco tenía razón» -reconoció de mala gana mientras se alisaba el mechón de la frente pensando que era hora de ir al peluquero. «Carrasco es un desgraciado, pero nada tonto. Y en este preciso momento estará arreglando su escritorio con su risita de costado y su mirada burlona» -imaginó con irritación.
Arévalos miró a la calle. Los gruesos vidrios de la puerta de vaivén atenuaban el estrépito del tránsito desatado con furia a esa hora pico. Bonifacia no tardaría en llegar. Era puntual. Claro, tenía que serlo, ¿por qué no? Siguió pensando en Carrasco. Cuando el cadete llegó con la noticia y todos los compañeros de la oficina lo habían rodeado para escuchar el informe, ante el pasmo —44→ general, Carrasco había lanzado una estentórea carcajada. Muchos pares de ojos lo miraron interrogantes y había, después de la carcajada, explicado:
«Ahora tienen el pretexto que todos esperaban para verse libres de Bonifacia. La carrera de buenos samaritanos de los ejecutivos de Inmobiliaria Pirapó S. A., llegó a su fin». Y les había dado las espaldas.
-Ese hijo de puta de Carrasco siempre tiene razón -dijo entre dientes Arévalos, mientras con el rabillo del ojo vio acercarse por la calzada, la figura bamboleante de Bonifacia.
No estaba seguro de lo que le diría, pero algo se le ocurriría finalmente. La cosa no tiene ninguna importancia y él se estaba ahogando en un vaso de agua.
Bonifacia se acercaba arrastrando lentamente sus pies deformes metidos para adentro. «Cada paso debe costarle un esfuerzo para que un pie no choque con otro» -se dijo. Trató de no mirarla cuando avanzaba para empujar la puerta de vaivén, pero estaba como hipnotizado, sin poder apartar los ojos de los andrajos de Bonifacia, del vientre abultado de Bonifacia, de los ojillos tristones de Bonifacia... y de los dos muñones de sus codos rematados en un remedo de dedos sin uñas que colgaban como trapos.
«Sífilis» -pensó con una opresión en el pecho-. «Es como el pecado original. ¿O es el pecado original?» -se planteó con inquietud imprecisa.
Bonifacia empujó la hoja de vidrio con un hombro y se arrastró hasta el interior fresco del vestíbulo.
-Hola -dijo Bonifacia.
-Hola -respondió Arévalos-. No se le ocurrió nada más. Pero cuando Bonifacia avanzó bamboleante hacia —45→ la puerta de la oficina, se dio cuenta que tenía que reaccionar inmediatamente.
-No, Bonifacia. No entres. Vamos a hablar.
Ella lo miró asombrada sin responder.
-Sí. Vos y yo tenemos que hablar. Los compañeros me delegaron para decirte que desde hoy nadie quiere que vuelvas a la oficina porque nadie quiere volver a darte un centavo -dijo de un tirón y con voz firme.
-Sí, señor..., pero, ¿por qué pió? -interrogó Bonifacia con los ojillos redondos de sorpresa.
-Te hicimos seguir hasta tu pieza de detrás de la estación del ferrocarril...
-Pe... pe... ro, ¿por... qué, pió, Señor?
Arévalos le señaló el vientre abultado y ella inconscientemente también bajó la vista y se lo miró. Luego levantó los ojos interrogantes hacia el hombre.
-Estás embarazada, se te nota...
-Sí, Señor, e cierto. ¡Pepe... ro!
-Te hicimos seguir hasta tu pieza y sabemos que un hombre vive contigo, durmiendo hasta las 11 de la mañana, luego tomando tereré el resto del día hasta las 7 de la noche y por último, bebiendo wisky de la mejor marca, que vos misma le comprás. ¿Qué te parece? ¿Lo vas a negar?
-¿Y por qué pió viá negar? ¡El e mi hombre!
Arévalos sintió la sangre espumársele como champagne y prosiguió con dureza:
-Y creés que nosotros, los de la oficina, que estamos aquí todos los días a las siete de la mañana y que apenas podemos tomar wisky de vez en cuando, vamos a mantener —46→ a tu hombre con esos lujos? ¿No te das cuenta que te explota?
-No sé por qué pió me decís eso... Todo nió Jamo algo para recibir. Uteden trabaja para ganar, me da limosna para etar ma tranquilo, y yo mantengo a mi hombre con lo que consigo para que él alegre mi vida...
-Pero, ¡él te usa! ¿No te das cuenta, Bonifacia? ¡No pensarás que te quiere!
Bonifacia bajó los párpados y sonrió antes de contestar lentamente:
-¡Pero yo le quiero! Y él me quiere como puede... Yo etoy contenta ningó así... -y lo miró de frente y sostuvo la mirada.
-Bueno, ninguno en la oficina está dispuesto a dar dinero para el hombre que vive a tus costillas. A vos te lo daríamos, pero a él, ¡no!
-Si me dan, e para mi necesidá ¡Y él é mi necesidá! Si no le gusta má, no importa. Mucha gracia y que Dio se lo pague...
Bonifacia empezó a girar dificultosamente hacia la puerta de salida y Arévalos la detuvo con voz imperiosa:
-¡Bonifacia! ¡Ese hombre es un bandido, un vividor, un...!
Bonifacia lo miró y le respondió por sobre el hombro:
-¡Ese ningó, é mi hombre, Señor! -y trabajosamente comenzó arrastrar sus pies torcidos hacia la salida.
Arévalos metió la mano en el bolsillo y rápidamente sacó un billete sin mirar el monto y le extendió:
-Al menos, Bonifacia, ¡tomá esto antes de irte...!
—47→Y quedó con la mano extendida sosteniendo el billete. Bonifacia, sin mirarlo se arrastró bamboleándose, empujó la puerta con el hombro trabajosamente, salió a la calle y Arévalos asomó la cabeza tras ella.
Bonifacia caminó o se arrastró, unos cincuenta metros y se detuvo ante un gran anuncio en acrílico con la leyenda en luces de colores:
SEINPA- Empresa de Seguros Integrales Paraguayos.
Con el hombro empujó la puerta de vidrio y desapareció...
—48→
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| Isaías 1:22 | ||
Las exhortaciones de entusiasmo no sirvieron de mucho. Lo exaltado de la letra no comunicó ni a los rostros, ni a las voces, ni al ritmo su pujanza. Más bien el contraste del estribillo anunciador del optimismo ausente, acentuó las expresiones de máscaras, las voces tristes y la cadencia lánguida.
Los alfareros están de festejo...
Se encalaron las heridas de las paredes maltratadas por el tiempo y la desidia; se barrieron los ladrillos de los pisos ondulantes; se sacaron caballetes con mesadas bajo los mangos; los comensales endomingaron su humanidad; y se filtraba por las narices el tufillo de los chorizos que lucían jugosos sobre la parrilla y llegaba hasta el jugo gástrico con promesa de fiesta campestre.
Los treinta alfareros reunidos seguían, sin embargo, parapetados tras su disfraz de indiferencia que viste un desnudo desencanto antiguo. La visitadora social que asiste al Club de Alfareros Unidos para la Producción (C. A. U. P.) tiene la misión de estimular los ánimos aletargados, sacudir la abulia criolla, motivar la producción, disipar las nieblas de los patanes y movilizar los tornos hasta imprimirles un vertiginoso pulso de trabajo en la confección de cacharros y potiches que revende la casa madrina en la ciudad. Ruperta, visitadora social, es la intermediaria entre las sombras de las casuchas rodeadas de montículos de tierras, leñas y miserias y los —49→ esplendores de la Comisión de Damas que amadrinan a los desheredados desde oficinas enmoquetadas repletas de armarios metálicos para fichas, formularios y planillas de crédito para los afiliados, entre los que se reparten los mendrugos de jugosos préstamos internacionales.
La amedrentadora Ruperta (mezcla de maestrita de escuela y machú-galpón) exuda entusiasmo de encargo y muestra los dientes con la misma energía con que, en las reuniones quincenales escupe denuestos, amenazas y promesas.
Ya se cantó el himno del alfarero compuesto por la Presidenta de la casa madrina, la mismísima y encopetadísima doña Isabel Ramírez de Bazán. Ella, naturalmente no pudo venir porque tenía compromisos ineludibles. ¡Es gente tan ocupada esa!
¡A comer! Se armó un revuelo simulacro de animación, y las mentes olvidaron por un momento las arengas quincenales de Ruperta, su artillería de vocablos pertinentes a estudios de mercado, insumos, porcentajes, intereses, mercadeo, producción, estudio de factibilidades, exportación, mercado de consumo y otros vocablos mágicos reservados para los iniciados. Todos se concentraron en el instintivo y tranquilizante proceso de masticación y deglución y entibiaron las ateridas entrañas con el engaño momentáneo del tinto barato.
Al rato hubo caricaturas de alegría y camaradería hasta que los cuerpos enjutos zigzaguearon con remedos de animación.
Aparicio masticaba lentamente como un buey viejo y meditaba: si todo salía bien, ya no tendría que tratar de ordeñar las burocráticas y mezquinas ubres de la Comisión —50→ de Damas para el Desarrollo Artesanal. Esta noche era su noche.
Desde los dieciocho años pedaleaba el torno sometiendo a la arcilla y haciéndola servirle para su sustento. Siempre tenía los riñones adoloridos a pesar de los infaltables yuyos que acompañan a la yerba en su guampa. Pensó serenamente que la arcilla se somete, pero la miseria no. Cada noche, con el compadre Salustiano, durante veinte años, hasta con lluvia, hizo hoyos por el pueblo y sus alrededores sin desmayar jamás. Hélida, su concubina, siempre le alentó con su silencio tenaz, tan rotundo como el más sonoro asentimiento y con la friega de hierbas maceradas en caña blanca, sobre los riñones, en cada regreso furtivo de sus correrías. Pero esta noche era diferente, porque por fin había encontrado lo que buscaba: la solución de sus problemas, la revancha de sus estrecheces, la cura de su miseria. Casi al amanecer habían dado descanso a las palas y habían decidido, el compadre Salustiano y él, dejar la cosa para cuando estuviera oscuro de nuevo. Cantaban los gallos y entre los jirones de la noche que se iba, se bocetaban las siluetas de los madrugadores como sueños imprecisos. Decidieron postergarlo. Se secaron los sudores después de ocultar nuevamente el descubrimiento bajo tierra y ponerle unas ramas encima para que nadie les arrebatara el botín. Mientras rumiaba su secreto gozo masticaba los chorizos. No podía desechar de la mente el espectáculo increíble de los dos sacos impermeables que asomaran en los terrones húmedos al conjuro de las palas incansables. ¡Lástima que llegara el día! Pero tuvieron tiempo de palpar, estironear los cordones y hasta oler las duras telas impermeables. El compadre Salustiano que es entendido, le aseguró que adentro había billetes. Seguro que billetes. No podía ser nada más. Si —51→ estaban paleando -le había dicho- en el patio de la derruida vivienda del que había sido el avaro legendario del pueblo, del que contaban mil historias, como la de comerse gatos y ranas y hacerse los pantalones él mismo con bolsas de harina. ¡Si era pues, la casa del viejo don Ferruchio (el italiano que se había muerto de frío un invierno muy duro, hace ya mucho tiempo) la que se dibujaba medrosamente entre el carbón de la arboleda, en la madrugada! ¡El pronóstico de la vidente no les había fallado!
Se limpió serenamente la boca con una servilleta de papel sin darse cuenta que los efluvios entusiásticos de Ruperta lo estaban incitando a salir de su ensimismamiento. Alcanzó a comprender vagamente que ella lo invitaba a presentar su solicitud de crédito para el próximo otorgamiento y sintió que la ira mansa en que vivía anegado, se le encrespaba recordando los insultos con que lo había zarandeado por largos meses; por retrasarse con el anterior. La miró con pupilas vacías, le dijo que ya no quería más créditos y se fue a su casa.
Tres días después la noticia se instaló en todos los comadreos, en todos los cercados, bajo todos los aleros, alrededor de todos los fogones, y en todas las rondas de mate y tereré Aparicio y Salustiano habían desenterrado dos enormes bolsas de billetes italianos en el patio del viejo Don Ferruchio, el italiano aquél que se había muerto un invierno helado, hace muchos años. Una bolsa para cada uno.
Los amigos, los vecinos, los parientes, los compadres, se fueron acercando discretamente y como quien no quiere la cosa, al rancho de Aparicio, como se acercan —52→ sin ruido las hormigas antes de la lluvia. La sorpresa circuló en susurros de oreja a oreja.
Aparicio y el compadre Salustiano estaban sentados cerca de torno balanceando peligrosamente sus torsos desnudos, los brazos caídos, las manos callosas colgantes de impotencia y mascando improperios pastosos de caña Parapití.
Hélida, la concubina, acurrucada en el rebozo remendado, sosteniendo a un niño de pecho, los ojos aguados, explicaba lastimeramente a la concurrencia, desde el desvencijado portón, que no, que no estaban festejando nada, que el entierro había salido mal, que el compadre Aparicio había llevado los billetes al banco para averiguar y que le habían dicho que sí, que era dinero, pero viejo y sin valor, de antes de la guerra de los gringos, allá lejos, en su país, y que no servían ni para el fogón.
Entre los montículos de tierra para elaborar la arcilla y entre los leños apilonados para el horno, jugaban los niños felices en un colchón de liras que el viento hacía revolotear como mariposas...
—53→
«El carro va rodando en tumbos y yo voy entre los dos hermanos. No sé adónde me llevan, ni me importa. Saben lo que hacen y no tengo miedo. Para ellos lo más importante es estar juntos. Habrán quedado huérfanos desde chiquitos. Así dicen por el pueblo. Es de noche y todavía no salió la luna. No tengo miedo, no. No es que yo no les importe. Al contrario. Pero hablan poco, casi nada. Solamente lo necesario. Así se acostumbraron. Así se manejan en todo. A su manera. Son distintos hasta en el color del cabello que parece que siempre estuviera lleno de sol, y en la piel oscura donde la ropa no los cubre y blanca por dentro, como leche, que solo yo veo cuando nos acostamos frente a las ventanas de rejas, entre aperos o cueros, iluminados de luna. Solamente yo veo su piel de leche y nadie más. Ellos antes no tuvieron mujer. De vez en cuando iban al prostíbulo, pero nunca tuvieron mujer en casa. Solamente yo. Soy la única. También en eso son diferentes: apasionados, cariñosos..., muy diferentes a lo que son el resto del tiempo. Para ellos lo más importante es estar juntos. Como si se defendieran de la gente en esa forma. Y no es que yo no les importe, al contrario, los dos me quieren. A su manera. A veces hasta me asustan, de noche, cuando uno me llama y nos queremos entre los aperos y las bolsas de forraje y entonces es como si yo fuera lo más importante en su vida. Hasta que me llama el otro en la pieza del frente, que mira al camino, y nos acostamos entre los —54→ cueros que acopian y venden y entonces sus besos pareciera que van a ahogarme. Los dos dicen que soy muy, muy linda. Pero a la mañana siguiente es como si no me conocieran. Ni me hablan, como ahora que vamos a los tumbos en el carro rodeados de oscuridad. De día ni me miran. Sí, ellos son diferentes. A veces me observan de reojo como si yo les estorbara. Pero no quieren que me vaya. Muchas veces les digo, de noche, cuando estamos abrazados, que si les molesto me voy, pero ninguno de ellos quiere. Al contrario, pareciera que soy muy importante para ellos. Ya procuraron una vez y me devolvieron al prostíbulo de donde me habían traído. Pero después de una semana me fueron a buscar juntos de nuevo, ojerosos y barbudos como si no hubieran dormido en muchos días. Yo no sé qué hacer. No pienso hacer nada. Los quiero a los dos y sé que me necesitan. Ellos tienen que decidir. No sé qué podría hacer yo. Ni los entiendo a ellos ni a mí misma. Son tan raros. Porque de día creo que les molesto y hasta que me odian. Pero no dicen nada. Se parecen a su casa, grande, triste, vacía, silenciosa, descuidada, como si rechazara a la gente pero la necesitara sin embargo. Algo les sucede, pero no sé qué es. Cuando nos tiramos en el piso de la pieza del frente, entre los cueros, antes de apagar la vela, el mayor esconde ese libro negro que tiene sobre la mesa tan linda contra la pared, con un espejo encima, todo adornado y lleno de polvo y de telarañas y que no quiere que yo limpie. Esconde el libro en el armario que tiene angelitos desnudos que a mí me gustan tanto y que no permite que toque ni con la punta de los dedos. Yo no sé qué libro es ése porque no sé leer, pero tiene letras muy lindas que suelo mirar cuando ellos no están. Es un libro muy viejo, con cierre dorado y cintas de colores que casi no se distinguen por la vejez y el polvo. La luna está por salir, pero la tapan unas nubes oscuras. Siento los cuerpos de —55→ los dos a mis costados empujándome de un lado para otro con el traqueteo del carro. Por eso no siento tanto el frío. No tengo miedo porque están a mi lado, aunque son tan raros. Yo no les entiendo pero no me dan miedo porque les quiero mucho. Cuando me devolvieron al prostíbulo estuve muy triste porque los demás hombres son muy brutos y tratan mi cuerpo como un zorro muerto, listo para ser descuereado. No sé a dónde me están llevando. Pero sé que no es al prostíbulo porque ya me trajeron dos veces de ahí y lo que quieren es que desaparezca del todo. Pero yo no me voy a ir. Que me lleven ellos. Y no tengo miedo porque aunque les estorbo, me necesitan. Y parece que les estorbo porque para ellos lo más importante es estar juntos, los dos hermanos, sin que nadie más viva con ellos. Algo tendrán que hacer. El que conduce el carro no abrió la boca todavía y el otro, de vez en cuando, le señala el rumbo en la oscuridad. No distingo más que los bultos de los árboles y alguna aguada que brilla de vez en cuando a lo lejos. Creo que estamos yendo hacia la salina de Matías. No sé. Estoy empezando a sentir frío y procuro no temblar. Sospecho algo porque se pusieron su revólver en el cinto los dos y me dijeron que preparara mis cosas. Me recomendaron que no dejara nada por ahí. El frío me está llegando a los huesos. Lo que hagan va a estar bien. Nadie en el pueblo me mira más desde que vivo con ellos. No por lo que soy porque eso a nadie le molesta. Mi mamá ya fue eso y yo aprendí que es una manera de servir a los hombres. Parece que muy importante. Pero lo que no aguantan es que viva con dos hermanos a la vez. La gente tiene sus creencias pero yo también tengo las mías. Cuando guardé la crucecita de plata que mi mamá llevaba en el cuello, me pregunté si yo tal vez estuviera de verdad haciendo algo malo. Pero no creo. Ellos me necesitan más que los otros y si yo les estoy estorbando, voy a aceptar lo que ellos dispongan.
—56→Porque me quieren y es lo único que a mí me importa. Uno, el menor, me dijo en la pieza de atrás, cuando estaba guardando mis cosas, que si tenía miedo, me fuera no más por la oscuridad. Pero no pienso correr. Que sea lo que ellos quieran. Ahora se detiene el carro. No quiero que noten que estoy a punto de tiritar. No sé qué esperan. Todo está inmóvil. Los tres estamos quietos como estatuas de iglesia. El menor se está bajando despacito, como si estuviera acalambrado. Me parece que está atando los caballos. Ahora el mayor me está diciendo en el oído que me baje por el otro lado y corra en la oscuridad. Yo le digo que no con la cabeza. No quiero. No tengo a donde ir. Ahora nos estamos bajando y yo estoy sudando frío. Será el viento de la noche. Ya puedo tiritar tranquila. Se quedan quietos como esperando algo y yo también. No sé qué esperamos. Creo que es la voz del menor que en mi oído me dice que si tengo miedo me vaya, que corra en la oscuridad. Me quedo quieta. No voy a correr. Prefiero morirme tiritando. Que ellos decidan. Ahora me dicen que camine hacia allá, hacia la salina de Matías que se está poniendo blanca con la luna que comienza a asomar de golpe. Uno se me acerca y siento su calor en mi oreja. Me dice que si tengo miedo que corra en la oscuridad. Me repite como suplicando: «No te quedes, Juliana, corré...» Digo que no con la cabeza. El silencio es largo y no sé qué estamos esperando otra vez. Por fin uno me dice que camine, que me vaya hacia la salina. Me habla con voz fuerte, casi gritando, como cuando está muy nervioso y me repite más fuerte, apurándome. Ahora los dos me ordenan que me mueva, que camine. No sé si están enojados... o angustiados. No entiendo. Tirito libremente con todo mi cuerpo. Tengo que apurarme. Miura me gritan los dos juntos. Empiezo a andar hacia donde la luna brilla con toda su fuerza entre nubes negras y procuro que no noten —57→ que no puedo contener mi cuerpo. Por eso camino lenta, muy lentamente, con mi bulto en la espalda, hacia el camino que la luna hace en la salina que brilla como agua quieta. Camino despacio, muy despacio, tiritando, temblando bajo la mirada fija de los dos en mi cuerpo. Siento en mi espalda sus ojos y... suenan muy fuerte dos disparos casi juntos y...»
—58→
Doña del Rosario agoniza lentamente.
El médico dijo que podía ser largo aún el final a causa de que su corazón es muy fuerte.
Sus manos se crispan por momentos sobre la colcha y entonces resaltan aún más las venas azules, los tendones tensos y la piel sarmentosa manchada de vejez. Por momentos largos quedan laxas como si reposaran.
Se escucha un gorgoteo en la garganta de doña del Rosario, y, de vez en cuando, abre los ojos desorbitados y llama a Marita que vela a su lado.
Cinco cirios iluminan el antiguo dormitorio del vetusto caserón. Es de noche. Y entre las sombras oscilantes de un ángulo, se dibujan los cuerpos borrosos de mujeres enlutadas, arrodilladas al pie de un altar improvisado en el que arden los cirios frente a la imagen de Nuestra Señora de los Milagros.
«Santa María» -dice una voz, tristemente.
«Ruega por nosotros» -responde el coro.
«Santa Madre de Dios».
«Ruega por nosotros».
-Sí, madre. Estoy a tu lado.
La mano de Doña del Rosario busca a tientas la mano de su hija.
—59→-Tu... hermano... Sebastián... -balbucea la moribunda.
-Ya se fue madre: no te preocupes por él. Descansa...
-Ve a la ventana y mira. -Modula de pronto correctamente la anciana. Esos... hombres... que...
Marita, obediente acude a la ventana y mira la noche. Sombras sigilosas se mueven entre los árboles. Más los adivina que los ve en la obscuridad.
«Santa Virgen de las Vírgenes» -sigue la voz tristemente.
«Ruega por nosotros».
Retorna junto al lecho con ojos de espanto.
-No hay nadie. Se han ido todos. Aprieta suavemente la mano de la madre.
Doña del Rosario, los ojos cerrados, ve en imágenes superpuestas y cambiantes a Sebastián niño mamando en su regazo dulcemente; a Sebastián hombre diciéndole que él no cree en la inútil resignación de los pobres; a Sebastián huyendo por los esterales de los sabuesos uniformados que lo persiguen con denuedo. Sus dedos se crispan en un espasmo y abre los ojos desmesurados, atormentada por visiones incontrolables.
«Madre de Jesucristo».
«Ruega por nosotros».
«Madre de la divina gracia».
«Ruega por nosotros».
Sebastián escondido en la cabaña de leñadores del bosque, acostado en un catre desnudo, los párpados —60→ caídos, la boca abierta, las manos laxas a los costados, sangrantes, las uñas arrancadas, la barba crecida, la boca torcida...
-Marita... ve... a ver... otra...
«Madre purísima».
«Ruega por nosotros».
«Madre vastísima».
«Ruega por nosotros».
Marita vuelve obediente a la ventana y vislumbra un corrillo de sombras más oscuras alrededor del gran árbol de ybapovó. Escucha pisadas sigilosas e inquietas.
«Madre intacta».
«Ruega por nosotros».
«Madre sin mancha».
«Ruega por nosotros».
Se escucha el gorgoteo de la anciana y luego su voz balbuceante:
-Marita... qué... ves...
La joven acude presurosa con el rostro congestionado por el horror al lecho y acaricia la mano sarmentosa:
-Madre, se han ido todos. Descansa...
Alisa los cabellos resecos de doña del Rosario y retorna deprisa a la ventana.
«Madre inmaculada».
«Ruega por nosotros».
«Madre amable».
«Ruega por nosotros».
—61→Sebastián de ceño fruncido, ojos centelleantes, gesto decidido, metralleta en mano preparándose para la acción; Sebastián arengando a campesinos; Sebastián niño tendiéndole sus manitas regordetas; Sebastián huyendo como animal acorralado...
-Maaa... ri... ta...
«Madre admirable».
«Ruega por nosotros».
«Madre del buen consejo».
«Ruega por nosotros».
Marita, horrorizada ve caer un bulto del árbol y escucha el ruido sordo de un cuerpo al chocar en tierra. -Ma... ri... ta...
Regresa al lecho con los ojos muy abiertos, aprisiona fuertemente la mano de su madre y se dispone a volver a la ventana.
Suenan tres disparos con pausa y compás. Queda rígida...
«Madre del Creador».
«Ruega por nosotros».
«Madre del Salvador».
«Ruega por nosotros».
-Quéééé fue... eso...- la anciana musita en un intento supremo de incorporarse. Vuelve a quedar laxa y se escucha el gorgoteo en el silencio repentino.
La joven corre a la ventana y vislumbra las siluetas inclinadas al pie del árbol. Voces de mando como chasquidos —62→ de latigazos ahogados y murmullos ininteligibles captan sus oídos...
«Virgen prudentísima».
«Ruega por nosotros».
«Virgen veneranda».
«Ruega por nosotros».
Sebastián erguido y retador diciéndole con voz ronca que él prefiere hacer cualquier cosa que nada, Sebastián escondido en la maraña de la selva, tendido en el catre, los ojos cerrados, los dedos sin uñas, los hombres uniformados merodeando, interrogando, apremiando, recorriendo y rastreando la aldea, los cerros, el esteral, los montes...
-Ma... ri... ta...
Marita retorna con los ojos nublados de lágrimas y pugna por ahogar el sollozo. Aprisiona la mano sarmentosa:
-Aquí estoy, madre, a tu lado.
Doña del Rosario, los ojos desmesurados y el pecho jadeante musita:
-Es... cuché... dispa... ros...
-No madre, no fueron disparos... Fueron petardos... Hay una fiesta...
«Virgen Laudable».
«Ruega por nosotros».
«Virgen poderosa».
«Ruega por nosotros».
«Virgen clemente...».
—63→
Sus miradas se entrecruzaron fugazmente y quedaron enlazadas danzando un instante en el éter. Risas, comentarios y parloteos fueron suspendidos y no hubo más que ellos dos en el mundo. El minúsculo lapso tuvo gravitación de eternidad. Luego retornó el ruido, retornaron las chanzas y las carcajadas y los guiños maliciosos y la Coca Cola y las Pilsen y Baviera.
Él se sintió confuso y echó una mirada circular para cerciorarse de que nadie había visto el compás de ausencia en el decurso del tiempo. Se apresuró en ingresar en la corriente social de los comentarios con una frase cualquiera. Nadie se había percatado. ¿Y ella? ¿Sospecharía ella lo que él soñó esa noche?
Allí estaba él, sonriendo, bebiendo, salpicando de monosílabos el parloteo intrascendente del grupo, pero sus sensaciones y emociones estaban impregnadas de sus vivencias nocturnales. Habían estado juntos, sumergidos el uno en el otro, flotando en un espacio intemporal, penetrados de la música de las estrellas. El perfume de ella, su mirada ambarina, su gesto lánguido, su cuerpo de lirio, se habían pertenecido íntegramente una noche entera. Esa embriaguez le perturbaba aún ahora, en ese atardecer en el club, bajo los árboles, junto a los amigos...
Una risa general lo sobresaltó. Alguien había dicho algo gracioso. Rió sin ganas y sin porqué. La miró. Ella —64→ sonreía como ausente con los ojos vueltos al vacío. Era demasiado bella para él. Pensó en sí mismo. Bajo, esmirriado, moreno, los ojos saltones y miopes y la boca demasiado carnosa. No, ella jamás se fijaría en él. Tuvo vergüenza de sus vivencias oníricas y se alegró de que nadie pudiera leerle el pensamiento.
-Bajá de Urano, che -dijo alguien, pasándole un vaso de cerveza-. Soñar no está de moda...
La bulla lo turbó y bebió sin ganas. La miró de reojo queriendo saber si ella también se burlaría. Nada en sus gestos revelaba que se percatara de su presencia. Seguía sonriendo con aire displicente. Él se sintió aliviado cuando el grupo lo olvidó y volvió a regodearse en sus sensaciones nocturnas. Era muy grato hacerlo cerca de ella, que jamás sabría que había estado tan íntimamente unida a él esa noche de delicias. La observó disimuladamente y ella le respondió la mirada con indiferencia. Al menos eso creyó él, y se apresuró en retirar sus ojos de los de ella.
Y ella pensó que nada en la actitud de él mostraba el menor interés por su persona. Sin embargo... Él nunca sabría que lo había soñado intensamente esa noche. Que en libertad total lo había contemplando sin pudor ni inhibiciones; que lo había tenido consigo solamente para ella, sin entorno que estorbase el gozo de la intimidad plena. Su frente serena, sus extraños ojos intensos bajo las cejas juntas, el labio inferior sensual y voluntarioso, su piel morena y sus manos sensitivas de artista, todo le había pertenecido por una noche. Ella bebió de su ser como el peregrino que de pronto encuentra una corriente secreta entre frondas íntimas. Miró en derredor y lo comparó con los demás. Eran burdos, agresivos e incapaces de la menor sutileza. Él era único. Sólo acudía al —65→ club para estar cerca suyo. Nadie sabría jamás que esa noche él le perteneció íntegramente. Una voz penetró en su microcosmos, como lejana y persistente. Era Marta, su amiga de infancia:
-Te noto rara. ¿Estás con el mes?
-No. Todavía no -y rió sin ganas para conjurar el peligro-. Solamente me duele la cabeza. Creo que estoy por engriparme.
-Hay una peste. Mamá está en cama -dijo Marta y la olvidó.
Ella lo miró a hurtadillas. Él hablaba con alguien. Lo envolvió de cabeza a pies en un instante y la experiencia de la noche cobró un arrollador y mágico esplendor. Él no la observaba en absoluto. Parecía como que jamás se percatase de su presencia. Sintió un amargo regocijo por el poder de posesión que tienen los sueños, que no se atan ni frenan a ningún imposible. En alguna forma él le pertenecía. Nadie lo sabría jamás y nadie lo podría evitar. Aunque él no la mirara era parte suya. ¿Y por qué habría de percatarse de su presencia? Él, tan hermoso, tan absolutamente perfecto, ¿cómo podría fijarse en una joven desvaída como ella? Tan sin gracia, tan sin nada especial que mereciera la atención de él, joven brillante y artista?
-¿Sabías que se va? -escuchó como lejana la voz de Marta.
-¿Que se va quién? -interrogó confusa ella.
-Quién habría de ser. Nuestro poeta, pues. ¿No lo sabías?
-No lo sabía -respondió en un hilo de voz.
-Lástima que no lo trataste íntimamente. Es un gran tipo. Te perdiste. Va a EE.UU. con una beca. Esta clase —66→ de gente generalmente no regresa. Es una lástima. ¿No te parece?
-Sí. Es una lástima -dijo con voz débil.
En ese instante sintió el brazo de Luis sobre sus hombros como una gran carga. La estrechó y le dijo al oído:
-Es hora de volver a casa. Tengo que estudiar. Mañana estoy de exámenes.
Ella dijo:
-Sí claro. Vamos.
-Pero antes tenemos que despedirnos del viajero. Dudo que lo volvamos a ver. Se va del grupo. Y ahora está con lo del pasaporte y todo lo demás, estará muy atareado.
El rito de la despedida pasó por ella como una ráfaga, que le dejara nada más que un perfume penetrante.
-Suerte -dijo él.
-Suerte -dijo ella.
El universo se detuvo. Por un instante estuvieron uno en brazos del otro, estrechamente unidos mientras pensaban con agridulce regocijo:
«Ella nunca sabrá».
«Él nunca sabrá».