Tengo una moza en Oviedo
Daniel Moyano
Abril aquí en Uviéu es un asunto peliagudo si uno carece de una cultura de paraguas. En mi calurosa provincia argentina, no existen; llueve una vez al año, en pleno verano, de modo que la gente aprovecha para salir a mojarse y refrescarse. Siempre que lo quiera, claro, porque lo mismo puede ir entre la lluvia si no desea mojarse o acaba de darse un regio baño, ya que las gotas caen tan espaciadas que uno puede ir esquivándolas como si nada. Un paraguas en la lluvia, allá, es una situación surrealista. De la misma manera que lo es en Oviedo, donde curiosamente se lo usa para protegerse de ella. Por eso me ha dado tanto trabajo aceptar su existencia, comprarme uno, tan negro como el río Nalón (dicen que si llevara peces estos serían negros), y ponerlo en uso.
Si salimos a dar un paseo y llueve, es natural que lo llevemos. Pero sucede que también hay que llevarlo aunque haga buen tiempo, por el curioso hecho atmosférico de que cuando en una mitad de la ciudad hay sol, en la otra está lloviendo. Las dos mitades juegan a tirarse la lluvia como si fuese una pelota. Y esto modifica la situación, porque entonces uno ya no puede salir nunca solo. Siempre hay que llevarlo a él, que para mí además es un desconocido, nunca existió en mi vida y ahora resulta que somos inseparables. Y no puedo evitar la sensación de que en realidad es él quien sale a dar un paseo, yo simplemente lo sigo, soy su apoyo y sostén.
La primera vez que lo abrí (un acto que nunca había realizado) fue como si mi vida se dividiera en dos partes: la de antes y la de después de haberlo abierto. A partir de ese momento empezaban a existir, para el resto del futuro, frases como «no me acuerdo si fue antes o después de haber abierto mi primer paraguas». De alguna manera mi infancia se modificaba, crecía hasta llegar justo al lado del susodicho, ahora había en ella más cosas para rescatar o recordar, lo único que tenía que hacer para lograrlo era asomarme al otro lado del paraguas.
Pensé: «Fantástico, ahora tendré más temas para cuentos: con la ventaja de que al agrandarse mi infancia mermó mi madurez, o sea que ahora soy más joven que antes, voy a tener que buscarme una novia». Cosa que hice, claro. Pero como aquí en Vetusta a las novias hay que buscarlas con un lenguaje de paraguas, similar al de los abanicos, primero tuve que aprender a manejar a mi inseparable compañero.
Esto no es fácil para quien nunca tuvo ese objeto en su horizonte. En cambio aquí en Uviéu lo manejan con naturalidad, porque ellos lo tienen en su memoria, el inconsciente colectivo ovetense está repleto de paragües, además de negros los hay de otros colores, roxu, colloráu y también encarnáu.
Creo que hay una poderosa vinculación entre llevar bien un paraguas y el bable. Hablar esa lengua significa poseer el cincuenta por ciento de la técnica necesaria para hacerlo con elegancia. Porque en Inglaterra también llueve mucho, pero nunca vi a un inglés llevar bien un paraguas, seguramente por su ignorancia de la labia asturiana, o del fable asturián, vaya uno a saberlo: yo también ignoro este idioma, como cualquier inglés.
La elegancia ovetense para los paraguas viene de la época de Ramiro I nada menos, o sea desde el corazón del tiempo asturiano. No puedo imaginarme qué tipo de paraguas usaría, pero sin duda existió. Cuando sus criados lo llevaban a pasar los fines de semana al Naranco y llovía, de alguna forma lo protegían de la lluvia, no iban a dejar que se les mojara el rey. Yo no tengo ningún vínculo con ese pasado, y ésta es mi principal limitación en su uso correcto. Soy un extranjero en el paraguas. Lo llevo asido con las dos manos, haciendo más fuerza de la necesaria, como si pesara no sé cuántos kilos. Cada mañana me despierto con dolores musculares en los brazos, producidos por el esfuerzo.
En cambio la gente de Oviedo, y supongo que la de todo el Principáu, lo tiene tan incorporado a su naturaleza, que el paraguas parece llevarse a sí mismo, subiendo y bajando, según las circunstancias, como un arco de violín; rozando una cuerda invisible que de alguna manera suena en la lluvia; y esto me salió demasiado poético pero a lo mejor en una de ésas coincide con la realidad.
O no, lo cual no debe preocuparme porque los paraguas, si uno aprende a mirarlos, tienen su propia realidad y no necesitan nada de la otra, me refiero a la rutinaria, que siempre aparece en primer plano por defecto, disimulando esas otras, más hermosas, que oculta en su interior por temor a que rivalicen con ella. Precisamente fue de una de esas realidades escondidas de donde surgió mi novia asturiana.
Gestada por ia apertura de mi primer paraguas, ella hizo sus guiños, que consiguieron comunicar su existencia pero no lograron ninguna forma de visualización; las capas de la realidad rutinaria son terriblemente gruesas y antiguiños.
Días y lluvias recorriendo Oviedo (lluvias tan fuertes, tan marítimas, que tenían olor a pescado) a ver si la encontraba, no sabía cómo era pero algún signo aparecería y podríamos reconocernos, porque ambos sabíamos, desde la apertura fundacional, que en algún punto de la trama de calles y de lluvias coincidiríamos algún día. Sólo había que buscarse con voluntad de encuentro.
Yo la buscaba en cualquier punto del orvallo. Cada vez que me cruzaba con alguien alzaba levemente el paraguas para dirigirle una mirada escrutadora, pero no tenía ninguna pista, y todo aquello era un laberinto, delimitado por el radio urbano de Oviedo pero laberinto al fin. Para colmo soy muy distraído, y un día, de tanto pensar en ella, siempre bajo mi paraguas, dejándome llevar por la pendiente de la calle Jovellanos salí de la ciudad y aparecí en Colloto, donde lucía un sol espléndido.
A todo esto la lluvia, que en César Vallejo y demás «sudacas» tiene tonalidades sombrías, me ponía el ánimo por el suelo, y con lluvia y sin cuerpo de mujer a tu lado que te conecte con la vida, el doctor Freud me llevaba hacia unas cavernas muy oscuras que eran lo contrario, en fin, esas cosas de la libido y la «mortido» que aprendimos cuando éramos inocentes de vivir.
Mi despiste o distracción se compensaba con la idea de que ella, por el solo hecho de sentirse buscada, también quería encontrarme. Pero estaba tan desvalida como yo, y por esas confusiones de tiempo y espacio, seguro que me buscaba en Oviedo cuando yo me iba a Gijón a ver el mar.
Para colmo era muy torpe en el manejo del paraguas. No sabía cruzarme bien con los paragüistas que venían en dirección contraria, chocaba o me enredaba por no saber alzarlo o bajarlo a tiempo, y un día, yendo por la acera del Ayuntamiento, casi le saco un ojo al concejal de Cultura. Terrible.
Entonces decidí no salir mas con paraguas hasta que no aprendiese a usarlo, y practicar en los días soleados, sin peligro de atropellar a nadie y como quien hace escalas en un instrumento musical. Y mi actitud a nadie le parecía rara, total aquí en Asturias en cualquier momento llueve.
Para ir sin mojarme desde la calle Paraíso, donde vivo, hasta La Granja, donde enseño, hacia «paragüe'stop». Oye, ¿me llevas en tu paraguas? Voy al parque San Francisco. Sí, puedo acercarte un poco, pero después bajo por Gascona.
Y el caso es que una noche, ya se sabe: lluviosa, pero con una de esas lluvias de los tangos tristes, mi novia, harta de que yo no fuera capaz de encontrarla, se me presenta en sueños.
«Hola. Danielín, afora ta chispiando, ¿me haces un lugarcitu nel sueñu tuyu?». Sus «úes» eran de terciopelo, y su voz una mezcla de canto de raitán y de miruellu. Distraído por el nombre de estos pájaros asturianos y la sonoridad de sus «úes», no atiné a contestarle nada, y entonces desapareció. Ni siquiera pude llamarla, no sabía su nombre. Tampoco me dio tiempo a que la mirase, pero bueno, ahora tenía su voz, que era la punta del hilo, y si sabía tirar de él no tardaría en aparecer la madeja.
En busca de la dueña de la voz, nunca pregunté tantas veces adónde quedaba tal calle o tal negocio, o simplemente la hora. Días y días y no sé cuántas lluvias esperando oír una respuesta que fuese un canto de raitán tiznado con miruellu.
Cada vez que veía pasar en su paraguas una chica cuyas formas me hacían sospechar que se trataba de mi novia oculta, le pedía que me llevara: y aunque me dijera «sí, por mí encantada, pero no llego hasta donde vas tú», si no tenía la voz buscada yo le decía «gracias de todos modos, esperaré un paraguas que me lleve hasta donde voy». Entonces ellas seguían pa'lantre mientras yo, como se dice vulgarmente, me quedaba calado o calau hasta los huesos.
Nun pue ñegáseme el drechu -grité un día en bable en plena calle Uría, chorreando agua por todas partes y medio helado por el viento frío que venía del cordal del Naranco-, el drechu a escoyer llibremente una novia en Uviéu. Y toi fartuco ya de too esto. ¿Qué ye lo que pasa? ¿Vamos dexar que'l tiempu pase y nos teamos coles manes en bolsu ensin facer nada?
Lo asombroso del asunto era que yo no sabía una palabra de bable. Me salieron por milagro.
Y fueron mágicas. No había terminado de decirlas cuando siento que estoy tirando de la punta del hilo y oigo una frenada a mi derecha, unos ruidos de aterrizaje, giro la vista y aparece la madeja, veo un paraguas con todos los colores del mundo, especie de pájaro cósmico, y adentro una muchacha que con una voz de raitán edulcorado me dixe: «Ven Danielín, llévote conmigo nel paragües». Era mi novia, claro. La del sueño. Y hermosa, por supuesto. El interior de su paraguas atraía como un campo magnésico, que la moza llamó prau qu'atrapa. Me mecí dentro, justo a la altura del primer beso, y partimos.
Y bueno, la gente se paraba pa mirarla. Más que un paraguas, conducía una batuta. Y aquello era un concierto en la lluvia, algo increíble, y más que un director tipo Von Karajan era una Mozart. A su paso, todo el mundo cerraba y abría su paraguas varias veces, era una manera de aplaudirla. Y ella no saludaba, como hacen las divas en estos casos, no miraba a nadie, ni siquiera a mí, los ojos en la lluvia, en diálogo directo con el agua y el viento. Íbamos casi cheek to cheek y quise darle un besín, a ver si conseguía que por lo menos me mirara un poco, pero me dio a entender, con gestos y palabras, que hasta que no aprendiera a manejar paraguas, de eso, nada. Y justo cuando estaba por insistir, ella giró hacia mí, unos quince grados, su cara llena de viento: una cara de octubre del año 34, de patrona de los mineros, tan convincente en su inflexibilidad que, bueno, claro, me quedé en el molde, silbando cualquier cosa. Y para colmo íbamos por la plaza del Alfonso II, el Casto.
Aprovechando quel' orvallo estaba descansando un poco, fuimos hasta la Corrada del Obispo, para que yo pudiera, en un espacio abierto, practicar paragüismo sin lastimar a nadie. Se trataba de la lección primera, o sea abrir y cerrar el artefacto con elegancia y corrección. Me dejó hacer libremente. Su juicio fue que yo lo abría como si estuviese a pleno sol allá en mi tierra y no bajo una lluvia asturiana, y que en general más parecía estar cometiendo una transgresión que abriendo un paraguas inocente. «Tú nunca deprenderás, Danielín», me dijo no sin cierta tristeza en su mirada, comprendiendo que sus poderes no llegaban hasta mi lejana provincia de sequías perennes, donde no existen los paraguas ni sus bellas sacerdotisas. Y me aconsejó volver a mi país de origen.
Iba a esperarme todas las tardes a la salida de clase. Pero sin invitarme a su paraguas: desde que vio mi torpeza paragüística ya no éramos tan novios, y viajábamos cada uno en el suyo. En el trayecto me explicaba cómo debía manejarlo en caso de vientos fuertes. Me acompañaba por Jovellanos hasta Gascona, desde allí se lanzaba cuesta abajo como el cóndor cuando va a volar.
Un día me dice que pronto vendrán días soleados y tendrá que irse porque no soporta el sol. El asunto me dio tanta tristeza que casi escribo una letra de tango, que empezaba diciendo «Todo fue por culpa de aquel maldito paraguas».
La última tarde que nos vimos apenas orvallaba pero el viento era tremendo. Más que caminar navegábamos, ya barloventeando, ya paragüeando de bolina, ella detrás de mí, falando de tantas coses guapas, junto al palacio de Valdecarzana. En eso no sé qué le digo y ella no responde, giro pa tras y veo que no está, mientras el viento aprovecha para destripar mi paraguas.
Siguiendo sus huellas bajo por la calle del Águila, y veo que desparecen a la altura de Schultz. Entonces corro hacia la plaza del Rey Casto, miro para arriba y ahí la veo aparecer, veinte metros por encima del Convento de San Pelayo, protegida por su paraguas multicolor es un pájaro mujer en el viento.
En seguida pasó sobre la punta de la torre de la Catedral, casi rozando el pararrayos y las bolas de bronce que mencionó Clarín en La Regenta. Lo último que veo de ella es el revoloteo de su falda y la blancura de sus piernas sólidas.
Mientras un comedido me explicaba que estas novias son un simple producto de la lluvia, yo pensaba que su reticencia o inflexibilidad en cuestiones amatorias concretas se debía a que ella era de esa clase de mujeres que descubrió el poeta Oliverio Girondo, que sólo saben hacer el amor en vuelo. Y yo, claro, no solamente no sé bable; tampoco sé volar.
Pero bueno, los amores, y casi todo en este húmedo planeta, llegan y se van, como viene sucediendo, según se lo escuché a ella dende toos los sieglus hasta güei.