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ArribaActo II

 

El mismo decorado.

 
 

En el instante justo en que terminó el acto anterior. Todo está como estaba. MATEO, PATRICIA y EL PITUSO, en torno a la mesa camilla, en idéntica actitud. Un pequeño silencio. PATRICIA se pone en pie y va hacia la izquierda. Llega hasta el piano. MATEO, al poco, siempre mirando recelosamente a EL PITUSO, la sigue despacito. MATEO y PATRICIA, muy juntos, están asustadísimos.

 

PATRICIA.-  ¡Mateo! El muerto no estaba muerto... Mendigurría vive y llama por teléfono.

MATEO.-   (Desconcertadísimo.)  ¿Sí?

PATRICIA.-  ¿Cómo pudiste confundirte?

MATEO.-  Pero si yo hubiera jurado...

PATRICIA.-  ¡Ay, Dios mío! ¡Qué distraído eres!

 

(Por la cocina surge PURITA, que cruza hasta el comedor implorando desesperadamente, casi como un fantasma.)

 

PURITA.-  ¡Vete, Satanás! Padre nuestro que estás en los cielos... ¡Vete, Satanás, y no vuelvas más!

 

(Entra en el comedor. EL PITUSO, que la ha visto pasar, atónito, mueve la cabeza filosóficamente.)

 

EL PITUSO.-  ¡Hay que ver! Cómo está la clase media...

 

(MATEO y PATRICIA le miran. Luego se miran entre sí.)

 

PATRICIA.-  ¡Mateo!

MATEO.-  ¿Qué?

PATRICIA.-  No me gusta nada este policía...

MATEO.-  Pero si no es policía...

PATRICIA.-  ¡Ah! ¿No? Entonces, ¿quién es este individuo?

MATEO.-  ¡Toma! Eso quisiera yo saber... Pero es muy suyo.

PATRICIA.-  ¡Pregúntaselo!

MATEO.-   (Dócilmente.)  Bueno...  (Y con mucha cautela, da unos pasos hacia EL PITUSO.)  ¡Oiga!

EL PITUSO.-  No se moleste. Si necesitan dirigirse a mí, pueden llamarme Pituso...

MATEO.-   (Azaradísimo.)  ¿Oyes? Llámale Pituso...

PATRICIA.-   (Indignada.)  ¡No me da la gana!

MATEO.-  Bueno.

PATRICIA.-   (Asqueadísima.)  ¿Quién le puso ese nombre?

EL PITUSO.-  Las mujeres, prenda...

PATRICIA.-  ¡Ayyy...! No me llame prenda. ¡Mateo! Dile que no me llame prenda...

 

(Y, nerviosísima, casi se echa a llorar.)

 

MATEO.-  ¡Oiga! A mi mujer...

EL PITUSO.-  Usted se calla...

MATEO.-  ¿Cómo?

EL PITUSO.-   (Sentencioso.)  ¡Que los muertos no hablan!

PATRICIA.-   (Muy alarmada.)  ¡Ay! Pero ¿es que este hombre sabe que tú estás muerto?

MATEO.-  ¡Claro! Como estaba escondido en el armario...

PATRICIA.-  ¿Que estaba escondido en el armario? Pero qué poca vergüenza...

EL PITUSO.-   (Atónito.)  ¡Arrea!

PATRICIA.-  ¡Qué descaro!

EL PITUSO.-  Oiga, oiga...

PATRICIA.-  ¡Qué frescura! Entrar en una casa extraña, esconderse en el armario y enterarse de la vida privada de la gente...

EL PITUSO.-  ¡Señora! Si lo que yo he oído pertenece a su vida privada...

 

(PATRICIA se vuelve a EL PITUSO, muy erguida, muy en señora.)

 

PATRICIA.-  Pues bien, señor mío...

EL PITUSO.-  ¡Ojo! A ver qué va usted a decir...

MATEO.-   (Con mucho susto.)  Cuidado, Patricia...

PATRICIA.-   (Con toda su alma.)  ¡Señor mío! Usted no es un caballero...

EL PITUSO.-   (Tranquilizado.)  ¡Ah, bueno!

 

(Y con el mayor sosiego se pone a hacer solitarios con su baraja.)

 

PATRICIA.-  ¡Y va usted a salir de aquí ahora mismo!

EL PITUSO.-  ¿Quién? ¿Yo?

PATRICIA.-  ¡Sí!

EL PITUSO.-  ¡Ca!

PATRICIA.-   (Furiosa.)  ¡Mateo! Dile que se vaya...

MATEO.-   (Muy asustado.)  ¡No! ¡Que no se vaya! Pero, Patricia, ¿no comprendes que si este hombre se marcha y llama a la policía estamos perdidos? ¿No te he dicho que lo sabe todo?

 

(PATRICIA se queda repentinamente inmóvil.)

 

PATRICIA.-  ¿Todo?

MATEO.-  ¡Sí!

PATRICIA.-  Pero ¿todo, todo...?

MATEO.-  Yo creo que sí...

PATRICIA.-  ¡Ah!  (Se calla y piensa.)  Entonces hay que hacer algo...  (Se queda mirando a EL PITUSO. Súbitamente va hacia él y se sienta a su lado en una silla, junto a la mesa camilla.)  Mire usted, Pituso...

EL PITUSO.-   (Alegre, jolgorioso, como en un piropo.)  ¡Prenda!

PATRICIA.-   (Horrorizada.)  ¡Ay, Mateo! Este hombre es un fresco...

 

(Se pone en pie. Va al fondo. Pasea turbadísima.)

 

MATEO.-  ¡Calma! Hablaré yo. Verá usted, Pituso. Usted llegó. Y en vez de marcharse, ¡zas!, se metió en el armario...

EL PITUSO.-   (Asintiendo.)  ¡La fetén!

PATRICIA.-   (Con un escalofrío.)  ¡Qué ordinario es!

MATEO.-  Bueno. La cosa no tiene nada de particular. Cualquiera entra en una casa y, de pronto, lo natural, pues ya se sabe, lo natural es que se meta en el armario...

PATRICIA.-  ¿Qué estás diciendo?

MATEO.-   (Muy embalado. Sin oírla.)  En fin, ¿quién no se ha metido en un armario alguna vez? Y entonces, ¿qué pasa? Pues que desde el armario se oye todo lo que hablan los demás. ¡Ah! Pero, a veces, ¿se oye exactamente lo que dicen o cree uno que dicen lo que no dicen? Porque a lo mejor no ha interpretado usted bien una historia que yo le estaba contando a mi mujer...

 

(EL PITUSO, después de oír a MATEO con mucha calma, se vuelve hacia PATRICIA.)

 

EL PITUSO.-  ¡Señora! Dígale al difunto que no se canse...

PATRICIA.-  ¡Ay, Mateo!

MATEO.-  Hombre...

EL PITUSO.-   (Apaciblemente.)  Mire, espectro... La historia se la voy a contar yo. Usted iba hace un ratito paseando por la carretera de Puerta de Hierro. Bueno. Allá cada uno... Este es un país libre. De pronto, se echa encima un coche que viene zumbando. El coche empitona a un ciudadano que iba delante...

MATEO.-  ¡Mendigurría!

EL PITUSO.-  ¡Ese! ¡Don Alberto Mendigurría y Maturana!  (Se pone en pie. Con un enorme y reverente entusiasmo.)  ¡¡El Jefe!!

 

(MATEO le mira muy sobrecogido.)

 

MATEO.-  ¡Ah! ¿Sí?

EL PITUSO.-  ¡Un genio! Lo que se dice un genio de los negocios...

MATEO.-  ¿Qué negocios?

EL PITUSO.-   (Vagamente.)  ¡Pche! Lo que sale... Pero, sobre todo, bancos.

MATEO.-   (Respetuosamente)  ¿Oyes, Patricia? Por lo visto se trata de un financiero...

EL PITUSO.-  ¡Eso!  (Transición.)  Bueno. Sigamos... Usted, que se acerca. Que ve al accidentado con la cara llena de sangre y sin sentido. Que se dice: liquidado. Y, de pronto, tropieza usted con el saquito del dinero...

MATEO.-   (Sinceramente.)  Hombre... Estaba allí...

EL PITUSO.-  ¡Claro! Y usted, que es un listo, se dice: esta es la mía. Y como ha visto usted muchas películas, chiflado, maldita sea, que es usted un chiflado, piensa que es muy fácil cambiar a un muerto por un vivo. Y hala, ni corto ni perezoso, se queda con la documentación del jefe y le mete en el bolsillo su agenda. Coge el saquito y echa a correr. Pero, en estas, al minuto, que llego yo...

PATRICIA.-   (Dolorosamente.)  ¡Ay, Dios mío! Este sujeto está en todas partes...

EL PITUSO.-  ¿Y qué veo? Pues veo al jefe tirado en la carretera. Que lo agito y vuelve en sí. Que no tiene más que una heridita de nada, de esas que echan mucha sangre...

MATEO.-  ¡Hay que ver! Y yo que le creí muerto...

EL PITUSO.-  ¡Quite usted de ahí!  (Con unción.)  Los genios no mueren a la intemperie...  (Transición.)  Y entonces, ¿qué pasa? Pues que El Jefe se queda de una pieza viendo que el saquito ha desaparecido. Que se le ha esfumado el pasaporte, el carné de conducir y el certificado de padre de familia numerosa. Que le sienta muy mal...

MATEO.-   (Comprensivo.)  ¡Claro!

EL PITUSO.-  Que se pone a discurrir. Y que ya se sabe, cuando El Jefe discurre no falla nada. Total, que de repente caemos en su estratagema. Que para comprobar nuestras sospechas me planto yo aquí, me hago pasar por policía, y, vamos, que casi me muero de risa cuando le digo a la señora que se ha quedado viuda... En resumen: que el millón ya está localizado. Claro que gracias a usted, eso sí. Porque usted había sido tan amable que, después de llevarse el millón, nos había dejado la agenda con su nombre, con sus señas, con su teléfono...

MATEO.-   (Atónito.)  ¡Caray! Pues es verdad...

 

(EL PITUSO se queda mirando a MATEO de arriba abajo y mueve la cabeza con el más profundo reproche.)

 

EL PITUSO.-  ¡Vamos! Mire usted que llevarse un millón y dejar las señas...  (Casi con asco.)  ¡Aficionado! ¡Que es usted un aficionado!

PATRICIA.-  Pero, Mateo, ¿no te da vergüenza?

MATEO.-   (Humilladísimo.)  Pero si yo creí que había tenido una gran idea...

EL PITUSO.-  Pero, hombre...  (Cargado de razón.)  Si coge usted el millón y desaparece sin dejar rastro, no hay quien le encuentre...

PATRICIA.-  ¡Ay! No me lo diga, no me lo diga...

 

(Y nerviosísima, empieza a ir de un lado para otro. MATEO, atacado de pronto de una tremenda furia contra sí mismo, pega un enorme puñetazo sobre la mesa.)

 

MATEO.-  ¡Maldita sea mi estampa! ¡Pégame, Patricia...!

PATRICIA.-  ¡Ay, Mateo!

MATEO.-  ¡Pégame! ¡Te digo que me pegues...!

EL PITUSO.-  Mujer... Dele un cachete.

PATRICIA.-  ¡Oh!

 

(MATEO se vuelve a EL PITUSO muy avergonzado.)

 

MATEO.-  ¡Pituso! ¿Qué pensará usted de mí?

EL PITUSO.-   (Dándole unos generosos cachetitos en la espalda.)  Calle, calle...

 

(Por la puerta del comedor, hacia la alcoba, aparece PURITA. Va como transportada, en la misma actitud que se fue.)

 

PURITA.-  ¡Ave María Purísima! ¡Vete, Satanás! Dios te salve, María...

PATRICIA.-   (Gritando furiosa.)  ¡Purita! ¡A la cama!

PURITA.-  No puedo. Ahora está ahí mi primo Federico... Y no sabe usted las desvergüenzas que me está diciendo. ¡Dios te salve, María...!

 

(Entra en la alcoba. EL PITUSO, escamadísimo, pega un salto dispuesto a todo.)

 

EL PITUSO.-  ¡Alto! ¿Quién es ese Federico?

PATRICIA.-  Nadie... Un fantasma.

EL PITUSO.-  ¡Ah, bueno! Creí...

 

(PATRICIA se ha sentado al lado de MATEO. Están los dos muy juntos.)

 

MATEO.-  ¡Patricia!

PATRICIA.-  ¿Qué?

MATEO.-  Ya no pondremos casa en París...

PATRICIA.-   (Casi llorando.)  Qué va...

MATEO.-  No compraremos el cochecito...

PATRICIA.-   (Como antes.)  ¡Huy! El cochecito...

MATEO.-  Ni la televisión...

PATRICIA.-  Nada, nada, nada...

 

(Un pequeñísimo silencio. MATEO, más conmovido todavía. Más bajito.)

 

MATEO.-  Oye...

PATRICIA.-  ¿Qué?

MATEO.-  ¿Sabes que había pensado regalarte, por sorpresa, un abrigo de pieles?

PATRICIA.-   (Con un estremecimiento.)  ¡Ayyy...! Cállate, por Dios, cállate...

 

(EL PITUSO, desde lejos, los contempla casi enternecido.)

 

EL PITUSO.-  ¡Pobres! Se habían hecho unas ilusiones...

 

(Timbre en la puerta de entrada. MATEO y PATRICIA, sobresaltados, se vuelven.)

 

PATRICIA.-  ¡Ay!

EL PITUSO.-   (Enérgicamente.)  ¡Quietos!

 

(Va a la puerta del fondo, abre la mirilla y mira. Luego se vuelve con el rostro radiante.)

 

PATRICIA.-  ¿Quién es?

EL PITUSO.-  ¿Quién va a ser? El Jefe, que viene por su dinero...

PATRICIA.-  ¡Oh!

EL PITUSO.-   (Bajo. Muy confidencial.)  Vamos... Póngase en pie, que le gusta que le respeten.

 

(MATEO y PATRICIA, sugestionados, se ponen en pie. EL PITUSO abre la puerta de la escalera. Y en el rellano aparece DON ALBERTO de Mendigurría. Un señor. Todo un señor, de edad bastante avanzada. Viste correctísimamente. Usa bastón. Lleva el sombrero puesto. Sin entrar todavía, se queda un instante bajo el dintel. Se asoma precavido, mira aquí y allí. Mira a EL PITUSO, interrogante.)

 

EL JEFE.-  ¿Tienen armas?

EL PITUSO.-  ¡Nada!  (Mostrándole a MATEO con un ademán.)  ¡Trabaja a cuerpo limpio!

EL JEFE.-   (Incrédulo.)  ¡No!

EL PITUSO.-  ¡Que sí! ¡Que es un mirlo, jefe! ¡Un mirlo!

EL JEFE.-  ¡Hijo mío!  (Se queda mirando a MATEO de un modo tiernísimo. Luego avanza hacia él, pleno de efusión.)  ¡Venga usted a mis brazos...!

MATEO.-   (Ruborizadísimo.)  ¡Caballero!

EL JEFE.-  ¡Apriete! ¡Apriete!

MATEO.-  ¡Je!

EL JEFE.-  Nada, hijo, nada. Ni una palabra, ni una explicación. Entre nosotros...  (Y con mucho desparpajo y gentileza se vuelve a PATRICIA y sonríe.)  Mi querida señora... Discúlpeme si permanezco cubierto en su presencia. Pero, la verdad, no estoy decoroso y tengo complejo. ¡Je!

 

(Se descubre un instante y muestra su cabeza rodeada por una gran venda. PATRICIA, MATEO y EL PITUSO acuden solícitos.)

 

PATRICIA.-  ¡Oh! ¿Le duele?

MATEO.-  ¿Le duele?

EL PITUSO.-  ¿Le duele, jefe?

EL JEFE.-   (Sonriendo bondadosamente.)  Nada, hijos míos... Tranquilícense. Es, apenas, un rasguño. El golpe, claro. ¡Ah! Esos automovilistas son un peligro público. Yo siempre lo he dicho. No se respetan las leyes del tráfico. No se cumplen las ordenanzas. En resumen, se actúa al margen de la ley. ¿Y qué se puede esperar cuando se actúa al margen de la ley? El caos. La catástrofe. ¡Ah! Es muy difícil gobernar este país nuestro. Muy difícil. La nueva generación...

EL PITUSO.-   (Entusiasmado.)  Cómo le chifla la cuestión social...

PATRICIA.-  ¡Ay, Mateo! Este señor habla igual, igual que papá...

 

(EL JEFE se sienta prosopopéyicamente en el sillón.)

 

EL JEFE.-  ¡Caramba! Estoy cansado... Es natural. Mucho trote. Hace tres días estaba en París. Una semana antes, en Lisboa. ¡Ay! Demasiado para mis años. Pero ¿qué puedo hacer? En este mundo de hoy, tan revuelto, surgen buenos asuntos en todas partes. Bancos, ferrocarriles, fincas en la Costa Azul4... De todo. Mis viejos socios me llaman. Necesitan un cerebro... Y yo acudo. ¡Como tengo esta afición!  (De pronto, muy contento.)  Porque me gusta, ¿eh? Vaya si me gusta. Ya ven ustedes. Este pequeño asunto del milloncito de pesetas lo he hecho simplemente por afición... ¡Je!

 

(PATRICIA, sin dejar de mirar a EL JEFE, muy impresionada, habla bajito al oído de MATEO.)

 

PATRICIA.-  Debe ser riquísimo...

MATEO.-   (Como ella.)  ¡Figúrate! Bancos, ferrocarriles...

 

(Mientras, EL JEFE pasea, en torno, una amplia mirada, muy satisfecho.)

 

EL JEFE.-  ¡Pituso! Me gusta esta casa. Una casa tranquila, una casa honrada. Pobre, eso sí. Pero con esa pobreza digna que uno respeta y admira tanto... ¡Ah, hijos míos! Es muy hermoso ser pobre. Muy hermoso. Pobre fue siempre Castilla, ¿y quién ha igualado la grandeza de Castilla?  (A MATEO, muy interesado.)  ¿Es usted de Valladolid?

MATEO.-   (Modestamente.)  No, señor. Soy de Monforte...

EL JEFE.-  ¡Qué lástima!  (Transición.)  ¡Pituso!

EL PITUSO.-  ¡Jefe!

EL JEFE.-   (Elegantemente.)  Me tomaría un whisky.

 

(EL PITUSO se vuelve, rápido, a MATEO, y a PATRICIA.)

 

EL PITUSO.-  ¡Vamos! ¿Qué hacen ahí, pasmados? ¿No han oído? ¡Un whisky para El Jefe!

PATRICIA.-  ¿Whisky? Pero si no tenemos más que un poco de anís del que sobró en Nochebuena...

EL PITUSO.-   (Desconsoladísimo.)  ¡Maldita sea...! ¡Maestro! No tienen whisky...

EL JEFE.-   (Generosamente.)  Deja, Pituso, deja...

EL PITUSO.-   (Con todo fervor.)  ¿Está usted cómodo, jefe?

EL JEFE.-  Sí, hijo...

EL PITUSO.-  Pero ¿de veras, de veras...?

EL JEFE.-  Que sí, que sí...

MATEO.-   (Admiradísimo.)  ¡Hay que ver! Cómo le quiere...

EL JEFE.-  ¡Je! Este Pituso...

EL PITUSO.-  ¡Huy!  (Mirando a EL JEFE con arrobo, con una inmensa ternura.)  ¡Y cómo no voy a quererle! Si no sé qué hubiera sido de mí sin él. A lo mejor, a estas horas, era notario...

EL JEFE.-   (Sonriendo, muy halagado.)  Calla, calla, adulador... ¡Je! Gran chico, este Pituso. De lo que no queda. Porque, amigos míos, la juventud de ahora... Yo no sé adónde vamos a parar. Francamente, estoy asustado. Cuando recibo carta de mis hijos, que estudian en Inglaterra, me digo a mí mismo: no, en mis tiempos no éramos así...

PATRICIA.-  ¿No lo dije? Como papá...

EL PITUSO.-   (Embelesado.)  Es un pensador...

MATEO.-   (Admiradísimo.)  ¡Qué hombre!

 

(De pronto, EL JEFE mira en torno, y con otro tono, sin poderse contener.)

 

EL JEFE.-  Bueno. ¿Dónde está el millón?

 

(Un imperceptible silencio. EL JEFE se queda mirando a MATEO.)

 

MATEO.-  ¡Je! ¡Señor Mendigurría! ¿Puedo hacerle una pregunta?

EL JEFE.-   (Magnánimo.)  A ver...

MATEO.-  ¿Cómo ha ganado usted este millón de pesetas?

 

(EL JEFE y EL PITUSO se ponen en pie, como impulsados por un resorte.)

 

EL PITUSO.-  ¡¡Arrea!!

 

(Un silencio. EL JEFE y EL PITUSO se miran atónitos.)

 

EL JEFE.-  ¡Cuerno! ¿Precisamente este millón?

MATEO.-  ¡Sí!

EL JEFE.-  Pero hombre... ¿Y por qué tiene usted esa curiosidad?

MATEO.-  Es muy sencillo. Porque usted es uno de esos hombres que saben ganar dinero. Uno de esos hombres que entran en el banco todas las mañanas, dominándolo todo, arrollándolo todo, con una sonrisa firme, seguros de sí mismos. De vez en cuando, alguno me dice: «Hola, Martínez...» ¡Je! nada más. Yo soy de los otros, de los inútiles, de los que no saben. Esta noche he intentado por primera vez en mi vida un golpe de audacia... Y ya ve. Cuando me creía dueño de un millón de pesetas, llega usted y se lo lleva. Porque es suyo, claro... ¡Je!  (Se calla un instante. EL JEFE le está mirando atentísimo.)  ¡Señor Mendigurría! Yo creo que los hombres como usted tienen un secreto. Y estoy seguro de que si yo conociera ese secreto mi vida cambiaría. ¡Vamos! Dígamelo... ¿Cuál es su secreto?

 

(EL JEFE y EL PITUSO se miran.)

 

EL JEFE.-  ¡Caramba! ¿Has oído, Pituso?

EL PITUSO.-   (Casi conmovido.)  Es un mirlo...

 

(EL JEFE mira a MATEO, suspira, mueve la cabeza candorosamente. Y más paternal que nunca.)

 

EL JEFE.-  Hijo mío... Pero si no hay secreto.

MATEO.-  ¿De veras?

EL JEFE.-  Hombre... Yo creo que no. Mire usted. Yo hice mi primer negocio cuando tenía diez años... En el colegio. Le cambié a otro niño su bicicleta por un lapicerito rojo... Así, ni más ni menos. Aquel día descubrí dos cosas muy importantes: que yo era muy listo y que había niños muy tontos. Luego, fui creciendo y seguí cambiando lapiceritos por bicicletas. Cuando pasaron los años me di cuenta de que a los hombres es mucho más fácil engañarles que a los niños. Y seguí llevándome las bicicletas. Pero ya ni siquiera daba por ellas el lapicerito... Nada, no daba nada. ¡Je!

 

(Se calla. En su rostro hay una beatífica sonrisa. MATEO le está mirando absorto.)

 

MATEO.-  ¿Nada?

EL JEFE.-  Nada...

MATEO.-  Entonces, ¿este millón...?

EL JEFE.-   (Muy mundano.)  ¡Hombre! Este millón es otra bicicleta...

MATEO.-  ¿Solo eso?

EL JEFE.-   (Casi divertido.)  Bueno... Los detalles no tienen importancia.

 

(MATEO le mira. Luego vuelve sobre sí mismo.)

 

MATEO.-  ¿Tú has oído, Patricia? Ni siquiera tiene un secreto. Y, sin embargo, bicicletas, bicicletas, bicicletas...  (En un arranque de rabia.)  Es para volverse loco...

PATRICIA.-  Mateo...

 

(EL JEFE se pone en pie. Y con un tono muy tajante, casi con un fruncimiento de cejas.)

 

EL JEFE.-  Bueno. Yo creo que ya hemos hablado bastante...  (Ordenando.)  ¡Pituso!

EL PITUSO.-  ¡Jefe!

EL JEFE.-  ¡A la calle! Para un taxi... Salimos de viaje esta misma noche.

EL PITUSO.-  ¡Volando!

 

(Y a toda prisa, va al fondo, abre la puerta y sale. La puerta queda entornada. EL JEFE clava los ojos en MATEO.)

 

EL JEFE.-  ¿Quiere usted darme mi dinero?

PATRICIA.-  Dáselo, Mateo... ¿Qué esperas?

MATEO.-  Claro...

 

(Muy despacio, se pone en pie. Da un paso... Pero la puerta entornada de la escalera se abre de un soberano empujón, y surge en escena EL PITUSO, como un cohete. Está muy asustado...)

 

EL PITUSO.-  ¡Jefe! ¡Escóndase! A prisa...

EL JEFE.-  ¿Cómo?

EL PITUSO.-  ¡Que viene!

EL JEFE.-  ¿Quién?

EL PITUSO.-  ¿Quién va a ser? ¡Jefe! ¡No se haga el loco! ¡Que viene! Y viene bueno. Está dando gritos en el portal.

EL JEFE.-   (Molestísimo.)  ¡Qué mala educación!  (Muy apurado.)  ¿Dónde me escondo?

EL PITUSO.-  ¡Donde sea! ¡Rápido! ¡Que no hay tiempo! ¡Aquí! ¡En el armario!

EL JEFE.-  ¿En el armario?  (Con repugnancia.)  ¡Qué feo!

EL PITUSO.-   (Desesperado.)  ¡Y dale!

 

(EL JEFE se vuelve a MATEO casi ceremonioso.)

 

EL JEFE.-  En fin... ¿Usted me permite?

MATEO.-  ¡Oh! Aquí tenemos mucha costumbre...

EL PITUSO.-  ¡Hala! ¡Hala!

EL JEFE.-  Pero muchacho...

EL PITUSO.-  ¡¡Hala!!

 

(EL PITUSO, que previamente ha abierto el armario, mete a EL JEFE casi a empujones y luego entra él, presurosísimo. Cierra. Quedan solos MATEO y PATRICIA, que han presenciado muy asombrados toda la escena anterior... Ahora se miran absortos.)

 

PATRICIA.-  ¡Mateo!

MATEO.-  ¡Patricia!

PATRICIA.-  Esto no me gusta nada... Aquí hay gato encerrado.

MATEO.-  ¿Tú crees?

PATRICIA.-  ¡Mateo! Tengo una sospecha. ¡Ay, qué sospecha tengo!

 

(El timbre de la puerta de entrada comienza a sonar desesperadamente. Al mismo tiempo, alguien sacude unos vigorosos puñetazos sobre la puerta. Y se oye una voz rotundamente masculina que grita.)

 

UNA VOZ-   (Dentro.)  ¡Abran! ¡¡Abran!!

MATEO.-   (Impresionadísimo.) ¡Caray!

UNA VOZ.-   (Dentro.)  ¡¡Abran!!

MATEO.-  ¿Qué hacemos?

PATRICIA.-  ¡Ay! ¡Ay, Mateo!

UNA VOZ.-   (Dentro.)  ¡He dicho que abran! ¡He dicho que abran! ¡Que tiro la puerta!

 

(En medio de timbres y golpes, surge PURITA de la alcoba, que cruza hacia la cocina.)

 

PURITA.-  ¡Santísima Virgen de los Desamparados! ¡Apiádate de nosotros, pecadores! ¡¡Vete, Federico!! ¡Vete, Satanás!

 

(Entra en la cocina.)

 

UNA VOZ.-   (Dentro.)  ¡Abran! ¡¡Abran de una vez!!

 

(Todavía se oye a PURITA que implora en el interior de la cocina.)

 

PURITA.-   (Dentro.)  ¡Dios te salve, María, llena eres de gracia...!

PATRICIA.-   (Nerviosísima.)  ¡Mateo! ¡O abres tú o abro yo...! ¡¡No puedo más!!

MATEO.-  Bueno. Abriré...

 

(MATEO va al fondo y abre. Y en el rellano aparece JUANITA. Una muchacha muy bonita, muy bien vestida. Muy sonriente. Es, como se verá enseguida, de una frivolidad inaudita. Ante el estupor de MATEO y PATRICIA, entra muy decidida... Y tranquilísima.)

 

Juanita.-  Hola. ¿Qué tal?

Mateo.-   (Estupefacto.)  ¡Señorita! ¿Era usted quien daba esas voces?

Juanita.-   (Muy divertida.)  No... Qué va. Era Roberto. Ha bajado otra vez al portal a preguntar no sé qué. El pobre está como loco...  (Descubre a PATRICIA y se pone muy contenta.)  ¡Ay! Una mujer. Lo que me alegra que haya una mujer en esta casa... Porque, ¿sabe qué le digo? Que ya está una muy harta de estar siempre entre hombres solos. Se ponen de un bestia... ¡Oiga! Me llamo Juanita. Soy bailarina. Bailo moderno y bailo clásico. ¿Y usted qué baila?

PATRICIA.-   (Dignísima.)  ¡Ah, no! Yo no bailo nada...

JUANITA.-  ¡Pumba!  (Extrañadísima.)  ¿Y cómo se las arregla?

 

(Ante la puerta, que dejó abierta JUANITA, aparece ROBERTO. Un hombre joven. Bien vestido. Desenvuelto. Viene furioso, como despidiendo chispas... Entra. Cierra de un portazo.)

 

ROBERTO.-  ¿Dónde está? ¿Dónde está, que lo mato?

 

(Una rápida mirada alrededor. Y sin esperar respuesta, con un empuje enorme, entra y desaparece por la puerta del comedor. MATEO se queda de una pieza.)

 

MATEO.-  ¡Oiga! ¿Adónde va?

 

(Entra tras él. Quedan en escena PATRICIA y JUANITA. Esta, tan campante.)

 

JUANITA.-  Ande, déjelos. ¡Que se maten! Mejor. Así hablamos nosotras de nuestras cosas...

PATRICIA.-   (Inquietísima.)  ¿De qué cosas?

JUANITA.-  ¡Ay, chica! Pues de las cosas de la vida...

PATRICIA.-  ¡Oh!

JUANITA.-   (Muy contenta.)  ¿Sabe que me escapo con Roberto?

PATRICIA.-  ¡Ah! ¿Sí?

JUANITA.-  ¡Digo! Mañana, por la mañana, ¡pumba! en París...

PATRICIA.-  ¿Y quién es Roberto?

JUANITA.-  ¡Toma! Pues ese que está tan enfadado...  (Muy romántica.)  ¡Ay! Cuando yo me vea en París paseando en una barca por el Támesis...

 

(Surge ROBERTO del comedor. Y sin detenerse un instante, completamente decidido, entra en la alcoba.)

 

ROBERTO.-  Tiene que estar, tiene que estar...

 

(Aparece MATEO siguiéndole.)

 

MATEO.-  Pero, hombre... ¡Espere!

 

(Desaparecen los dos. JUANITA sigue hablando a PATRICIA del modo más natural.)

 

JUANITA.-  Pues, sí, señora, me escapo y me escapo. Pero por lo decente, ¿eh? Que yo no soy una cualquiera. Si me escapo con Roberto es porque me deja mi madre...

 

(Aparece ROBERTO, seguido, como siempre, por MATEO. Cruzan en dirección a la cocina.)

 

ROBERTO.-  ¿Dónde está? ¿Dónde se ha metido...?

MATEO.-  ¡Oiga! Estese quieto...

PATRICIA.-  ¡Mateo! Sujeta a ese hombre...

MATEO.-  Pero si no puedo...

 

(MATEO y ROBERTO entran en la cocina.)

 

JUANITA.-  ¡Hala! No se meta. Que los hombres son muy brutos. Y si una se mete, siempre se lleva algún sopapo. Mire, mire esta señal que me hicieron en Barcelona...

 

(Dentro, en la cocina, se oye un grito desgarrador de PURITA.)

 

PURITA.-   (Dentro.)  ¡Ayyy...! ¡Socorro!  (Por la cocina irrumpe PURITA, que cruza como una exhalación hacia la puerta de la escalera.)  ¡Socorro! ¡Socorro! ¡¡Ave María Purísima!!

PATRICIA.-  ¡Purita! ¿Adónde vas?

PURITA.-  ¡Señora! Me voy a pasar la noche en la portería...

PATRICIA.-  ¡Oh!

PURITA.-  No puedo más. La casa está embrujada. Veo aparecidos por todas partes. Ahora mismo, a usted, la veo doble. No veo una. Veo dos. Buenas noches. ¡Ave María Purísima! ¡Vete, Satanás!

 

(Abre la puerta de la escalera. Sale y vuelve a cerrar.)

 

JUANITA.-   (Asombradísima.)  ¡¡Pumba!!

PATRICIA.-  ¡Ay, ay, ay!

 

(Aparece ROBERTO en la puerta de la cocina.)

 

JUANITA.-  Mira, Bobby, estate quieto de una vez... Y dame fuego.

ROBERTO.-   (Desabrido.)  ¡Déjame en paz!

JUANITA.-   (Complacida.)  ¡Qué burro es!

PATRICIA.-   (Con verdadera desesperación.)  ¡Basta!

JUANITA.-  ¡Ay, chica!

PATRICIA.-   (Gritando.)  ¡Mateo!  (Aparece MATEO por la cocina.)  ¡No puedo más! ¿Quién es este hombre que entra en mi casa y revuelve todo? ¿Quién es esta descarada?

JUANITA.-  Oiga, oiga...

ROBERTO.-  Calla.  (Se vuelve hacia PATRICIA.)  ¡Señora! Me llamo Roberto del Valle... Soy abogado.

JUANITA.-   (Muy suya.)  ¡Y perito agrícola! ¡Y campeón de pesca submarina! Para que se enteren, ea...

ROBERTO.-  ¡Que te calles!

JUANITA.-  ¡Animal!

PATRICIA.-  ¡Ay, Dios mío!

ROBERTO.-  ¡Señora! No sé cómo pedirle que me perdone... Estoy deshecho. Tengo los nervios destrozados. Vine aquí en busca de algo muy importante para mí. Pero ya veo que he llegado tarde. Y me voy...  (Ya está con la mano puesta en el picaporte de la puerta. Pero antes de abrir se detiene un instante.)  Pero antes, por favor, contéstenme ustedes a una sola pregunta. ¿Hace mucho que salió de aquí Mendigurría?  (Se queda mirando intensamente a PATRICIA y a MATEO.)  Porque ha estado aquí... Lo sé. Di sus señas a la portera y me aseguró que había subido a este piso.

MATEO.-  ¡Caramba! Pero ¿por qué busca usted a Mendigurría con tanto interés?

ROBERTO.-  ¿Que por qué?  (Bruscamente, como crispado por un tremendo coraje.)  ¡Porque me ha robado un millón de pesetas!

 

(PATRICIA y MATEO, alteradísimos, casi pegan un grito.)

 

LOS DOS.-  ¿Cómo?

MATEO.-  ¿Que le ha robado un millón?

ROBERTO.-  ¡Sí!

 

(PATRICIA y MATEO se miran. Y casi en un grito, al unísono.)

 

MATEO.-  ¡Patricia!

PATRICIA.-  ¡Mateo! Me lo figuraba. Te digo que me lo figuraba...

MATEO.-  ¡El millón no era suyo!

ROBERTO.-   (Con desesperación.)  ¡No! Era mío... ¡Me lo ha robado a mí!

 

(PATRICIA y MATEO, los dos a la vez, como respondiendo a la misma idea, se vuelven airados al armario.)

 

MATEO.-  ¡Ah, miserable!

PATRICIA.-  ¡Sinvergüenza!

MATEO.-  ¡Embustero!

PATRICIA.-  ¡Farsante! Ahora comprendo lo de los bancos y los trenes y las fincas en la Costa Azul... Deben ser atracos.

MATEO.-  ¡Claro! Conque bicicletas, bicicletas y bicicletas, ¿eh? ¡Ah, bandido!

JUANITA.-   (Muy familiarmente.)  ¡Qué tío! ¿Verdad, chica?

PATRICIA.-   (Rabiosísima.)  ¡A mí no me llame chica!

ROBERTO.-  Cállate. Juanita, cállate...

JUANITA.-  ¡Ay, muñeco! Es que si no hablo se me seca la boca...

ROBERTO.-  ¡Que te calles!

JUANITA.-  ¡Pumba!

 

(MATEO va derecho hacia ROBERTO.)

 

MATEO.-  ¡Oiga! Y usted no se va, ¿eh? Porque ahora mismo nos lo va usted a contar todo...

PATRICIA.-  ¡Ay, sí! Todo, todo...  (PATRICIA y MATEO toman a ROBERTO cada uno de un brazo y lo conducen hasta el sillón.)  Siéntese...

ROBERTO.-  ¡Señora! ¿Tanto les interesa a ustedes?

MATEO.-  ¿Que si nos interesa? Pero hombre...

PATRICIA.-  Una barbaridad...

MATEO.-  ¡Vamos! ¿Me quiere usted explicar cómo se ha dejado usted robar un millón de pesetas?

 

(ROBERTO baja la cabeza y aprieta los puños abrumadoramente humillado.)

 

ROBERTO.-  Como un niño...

PATRICIA.-  ¡Ay, Mateo! Se lo ha cambiado por un lapicerito...

MATEO.-  ¡Qué caso!

ROBERTO.-  Da vergüenza contarlo. Mire. Desde hace tiempo, yo tengo la idea de marchar al extranjero. Sueño con emprender otra vida lejos de aquí, ¿comprende? Tengo ambiciones, quiero luchar. Si no me fui antes es porque no tenía dinero. Pero al fin, con mucho esfuerzo, con infinitas angustias, yo había conseguido ese millón de pesetas...  (Transición.)  Hace unos días, casi por casualidad, conocí a Mendigurría...

MATEO.-  ¿Dónde?

ROBERTO.-  En el Juzgado...

MATEO.-  ¡Claro! Estaría detenido...

ROBERTO.-  ¡Ca! Es que le habían quitado el reloj...

MATEO.-  ¡Qué bárbaro!

ROBERTO.-   (Dolorosamente.)  ¿Querrá usted creer que hasta me pareció un hombre honrado?

MATEO.-  ¡Claro! Como es tan chapado a la antigua...

ROBERTO.-   (Con un suspiro.)  Tiene unas ideas...  (Transición.)  Desde entonces, no sé por qué, pero nos encontrábamos en todas partes. En la calle, en el café, en medio de la Gran Vía... Mendigurría era mi sombra. Charlábamos. Nos hicimos grandes amigos. Le dije que estaba a punto de marchar a París. Se puso contentísimo. Y me pidió que le llevara conmigo en mi coche, porque en París tenía que resolver unos cuantos asuntos. Yo acepté encantado. ¡Me era tan simpático! En resumen, fijamos la tarde de hoy para emprender el viaje. A las siete todo estaba listo. En el coche llevaba yo el millón de pesetas en un saquito...  (Se calla. Vuelve la cabeza y mira de reojo a JUANITA.)  También me llevaba a Juanita...

JUANITA.-   (Sentimental.)  ¡Ay, sí! Di que nos conocimos hace dos meses en «El pato japonés»...

PATRICIA.-   (Extrañadísima.)  ¿Qué es eso?

JUANITA.-   (Ponderativa.)  ¡Huy! Pues un cabaret de lo más fino... Aristocracia y flamencos. Nada más.

ROBERTO.-  Cállate. ¿Quieres?  (La mira. Luego mira a MATEO. Casi con rubor, como disculpándose.)  Bueno. Usted, ya sabe. Las mujeres nunca son como parecen. Juanita, en la intimidad, es otra cosa...

JUANITA.-   (Orgullosísima.)  ¡A ver! Todos dicen que tengo mucho «sex-appeal»...

PATRICIA.-   (Estremeciéndose.)  ¡Qué horror! Dice que lo dicen todos...

MATEO.-  ¡Je!

ROBERTO.-   (Después de un profundo suspiro.)  El caso es que esta tarde, Mendigurría, Juanita y yo emprendimos la marcha. Todo iba bien. Pero al llegar a la Cuesta de las Perdices, Juanita dijo que tenía sed y tuvimos que parar en un bar5...  (Transición. Se dirige a JUANITA, irritadísimo.)  ¡Maldita sea tu sombra!

JUANITA.-  ¡Ay, hijo! Yo tenía la boca seca...

ROBERTO.-  Nosotros entramos en el bar y Mendigurría se quedó en el coche esperando...  (Baja la cabeza. Humilladísimo.)  Y ya pueden figurarse. Cuando volvimos, Mendigurría había desaparecido con el millón...

MATEO.-   (Muy impresionado.)  ¿De veras?

ROBERTO.-  ¡Sí!

MATEO.-  Pero así, tan sencillamente.

ROBERTO.-  Así...

MATEO.-  ¡Qué granuja! Por eso dice que no tiene secreto...

PATRICIA.-  Pero infeliz, ¿cómo pudo usted confiar en un hombre semejante?

ROBERTO.-  ¡Señora! Parecía tan de derechas...

PATRICIA.-  ¡Ay! Eso es verdad...

ROBERTO.-  Creí que me volvía loco... Durante no sé cuánto tiempo recorrí aquellas carreteras de los alrededores. Todo fue inútil. No comprenderé nunca cómo pudo escapar tan a prisa un hombre de sus años. Volvimos a Madrid. Yo tenía unas señas suyas. Pero resultó que eran falsas... De aquel domicilio había desaparecido hacía mucho tiempo. Allí mismo me indicaron otra dirección. Luego otra, después otra... La locura. Por lo visto tiene varios domicilios. Tiene hasta una oficina en la Gran Vía... Al fin, después de mucho indagar, suplicar y amenazar aquí y allá, en un piso de la calle de la Madera encontré a su mujer haciendo las maletas... Le eché las manos al cuello y la hubiera estrangulado si no confiesa que Mendigurría acababa de salir hacia aquí...  (Suspira hondamente.)  Esta es la historia... ¡Ah! Y para que todo sea aún más horrible, como estaba tan ciego, tan desesperado, en la carretera de Puerta de Hierro atropellé a un pobre hombre que iba paseando...

 

(PATRICIA y MATEO, alteradísimos, se ponen en pie a un tiempo. MATEO casi grita.)

 

MATEO.-  ¡¡Mendigurría!!

ROBERTO.-   (Atónito.) ¡No!

MATEO.-  ¡Que sí...!

ROBERTO.-  ¿Cómo? ¿Era Mendigurría...?

MATEO.-  ¡¡El mismo...!!

PATRICIA.-  ¡Ay, ay, ay!

ROBERTO.-   (Anhelante.)  ¿Y lo he matado?

MATEO.-  ¡Quia! Está tan fresco...

ROBERTO.-  ¡Oh!

PATRICIA.-  ¡Ay, Mateo!

ROBERTO.-   (Desesperado.)  Pero, entonces, lo he tenido en mis manos y lo he dejado escapar...

JUANITA.-  ¡Pumba! Te has lucido, chato...

ROBERTO.-  (Furioso.) ¡No me llames chato! ¡No me llames chato!

 

(Y va hacia ella como un energúmeno.)

 

MATEO.-   (Secándose el sudor.)  ¡Ay, Patricia! Y pensar que he estado a punto de devolverle a ese sinvergüenza el millón de pesetas...

 

(ROBERTO, que iba hacia JUANITA, al oír a MATEO se detiene en seco. Y se queda inmóvil.)

 

ROBERTO.-  ¿Cómo?  (Un silencio.)  ¿Qué ha dicho?

MATEO.-  ¡Je!

 

(Otro silencio. MATEO baja la cabeza ante la penetrante mirada de ROBERTO.)

 

ROBERTO.-  Pero, entonces, el millón lo tiene usted...  (Tiene el alma en los ojos. Con una súplica infinita, con una enorme angustia.)  No, no... No pregunto nada. No quiero saber nada. No me importa. Pero deme ese dinero. Por Dios, démelo que es mío...

 

(Un silencio. Pero se abre rápidamente la puerta del armario y asoma EL JEFE.)

 

EL JEFE.-  ¡Alto! No nos precipitemos...

TODOS.-  ¿Eh?

 

(Un revuelo. ROBERTO, furioso, intenta avanzar hacia Mendigurría.)

 

ROBERTO.-  ¿Cómo? Pero ¿estaba ahí? ¡Lo mato!

MATEO.-  ¡Quieto!

ROBERTO.-  ¡Déjeme...!

MATEO.-  ¡No!

EL JEFE.-   (Francamente molesto.)  Pero hombre... Me ha atropellado usted con su automóvil. Ha estado usted a punto de estrangular a mi esposa. Y todavía no está contento. Hijo... Usted es que tiene algo contra mí.

ROBERTO.-   (A punto de enloquecer.)  ¿Qué? ¿Qué ha dicho? Lo mato. Esta vez no se me escapa...

MATEO.-  ¡¡No!!

PATRICIA.-  ¡Ay, Mateo!

 

(Mientras, EL JEFE, muy sosegado, desciende del armario, seguido de EL PITUSO. Y JUANITA pega un chillido.)

 

JUANITA.-  ¡Ayyy...! ¡«El Pituso»!

 

(EL PITUSO se revuelve enfurecido.)

 

EL PITUSO.-  ¡Calla tú! ¡Idiota! ¡Atontada! ¿No se te dijo que no le dejaras volver? ¿No se te dijo que le llevaras a París pasara lo que pasara?

JUANITA.-  ¡Ay, hijo! Es que se puso muy bestia...

 

(ROBERTO se queda como si recibiera un mazazo. Casi sin voz.)

 

ROBERTO.-  ¿Qué?  (Un silencio. Todos le miran.)  Pero, entonces, ¿tú estabas de acuerdo con ellos para robarme?

JUANITA.-  ¡Ay, chato! A mí no me preguntes...

ROBERTO.-  Ahora comprendo. Pero Juanita... Tú ¿por qué has hecho eso? Pero si todo era por ti... Solo por ti.  (Se desploma en una silla, junto a la mesa. Esconde la cara entre las manos.)  Todo. Todo por ti...

 

(Silencio. EL JEFE mueve piadosamente la cabeza.)

 

EL JEFE.-  ¡Ah, la juventud, la juventud!

 

(PATRICIA se revuelve irritadísima.)

 

PATRICIA.-  ¡A callar!

EL JEFE.-  ¡Señora!

PATRICIA.-  ¡Sinvergüenza! ¡Granuja! ¡Atracador!

EL JEFE.-   (Muy dolido.)  ¡Señora! Me permito recordarle que hace unos minutos yo era para usted el vivo retrato de su papá...

PATRICIA.-   (Horrorizada.)  ¡Ay! No me lo recuerde, no me lo recuerde...

 

(Timbre en la puerta. Todos miran al fondo sobresaltados. Los que están sentados, excepto ROBERTO, se ponen en pie. Un silencio.)

 

JUANITA.-  ¡Ay!

 

(EL JEFE mira a EL PITUSO. PATRICIA mira a MATEO.)

 

EL JEFE.-  ¡Pituso!

PATRICIA.-  ¡Mateo!

 

(Se callan. Se miran. De pronto, EL PITUSO, muy decidido, va hasta la puerta. Abre la mirilla, aplica un ojo y mira. Y vuelve muy resuelto.)

 

EL PITUSO.-  ¡Jefe! ¡Al armario!

EL JEFE.-  ¿Otra vez?

EL PITUSO.-  ¡Sí! Y aprisa.

EL JEFE.-   (Disgustadísimo.)  ¡Pituso! Estas situaciones no me gustan. Le hacen perder a uno la dignidad...

EL PITUSO.-  ¡Jefe! No me largue un discurso ahora, maldita sea. ¡Al armario!

EL JEFE.-   (Resignado.)  Bien, bien. Si te empeñas...  (Volviéndose a los otros, muy cortés.)  Con el permiso de ustedes...

EL PITUSO.-  ¡¡Hala!!

EL JEFE.-  ¡Oh!

 

(Entran los dos en el armario. Cierran. En escena, PATRICIA, JUANITA, MATEO y ROBERTO. Una ligerísima pausa. Inesperadamente, JUANITA corre hasta la puerta. Con mucho cuidadito abre la mirilla y mira. Cuando vuelve el rostro tiene pintada en el semblante la más viva inquietud.)

 

Juanita.-  ¡Hala! Ahora sí que estamos en un lío...

 

(Y muy ligerita, cruza la escena y entra en la alcoba. PATRICIA y MATEO, que están juntos a la izquierda, se miran intrigadísimos.)

 

PATRICIA.-   (Muy bajito.)  ¡Mateo!

MATEO.-  ¡Je!

 

(ROBERTO, que ha seguido con la mirada la huida de JUANITA, reflexiona un instante. Súbitamente mira a la puerta. Va. Como los otros, abre la mirilla y fisga el exterior. Rápidamente se vuelve, muy preocupado.)

 

ROBERTO.-  Por favor... ¿Puedo esconderme?

MATEO.-  ¿Usted también?

ROBERTO.-  Después hablaremos... Pero, ahora, permítanme que me esconda. ¡Ah! Y no le digan a nadie que estoy aquí.

 

(Decididamente, entra en la cocina. Quedan en escena PATRICIA y MATEO, mirándose atónitos.)

 

MATEO.-  ¡Patricia! Pero ¿tú has visto?

PATRICIA.-  ¡Ay, Mateo! ¿Quién hay ahí?

 

(Los dos tienen los ojos puestos en la puerta. De pronto, PATRICIA, sin poderse contener, va a prisa al fondo y abre... Y en el rellano aparece CAROLINA. Una dama admirablemente vestida.)

 

MATEO.-  ¡Ah!

CAROLINA.-  Buenas noches...

MATEO.-  Buenas noches...

 

(Hay un segundo de indecisión en la recién llegada.)

 

CAROLINA.-  Naturalmente, ustedes no me conocen...

MATEO.-   (Muy decidido.)  Bueno. Pero eso no tiene importancia... ¿A ti te importa, Patricia?

PATRICIA.-  ¡Oh! Ya... Nada. De verdad.

MATEO.-  Pues a mí tampoco. Pase, pase y siéntese...

CAROLINA.-  Gracias.  (Avanza. Despacio, en silencio, se sientan los tres en torno a la mesa. CAROLINA parece dominada por una gran confusión, que disimula con esfuerzo.)  Si ustedes supieran qué difícil es empezar...

MATEO.-  ¡Señora! Por nosotros, no se preocupe. Esta noche ya no nos asombra nada...  (Muy mundano. Casi bromista.)  Mientras no nos diga usted que le han robado un millón de pesetas... ¿Verdad, Patricia?

CAROLINA.-   (Con sobresalto.)  ¿Cómo? Repita eso...

Mateo.-   (Divertidísimo.)  Digo que mientras no nos diga usted...

 

(CAROLINA le interrumpe.)

 

CAROLINA.-  Pero si es eso lo que vengo a decirles...

 

(PATRICIA y MATEO se ponen en pie, sofocando un grito.)

 

LOS DOS.-  ¿Qué...?

MATEO.-  ¿Que le han robado?

CAROLINA.-  ¡Sí!

MATEO.-  ¿Un millón?

CAROLINA.-  ¡Sí!

MATEO.-   (Trastornadísimo.)  Bueno. Pero esto es increíble...

PATRICIA.-  ¡Ay, Dios mío!

MATEO.-  Pero ¿cómo le han robado?

 

(CAROLINA baja la cabeza. Calla. Se le rompe la voz en un sollozo.)

 

CAROLINA.-  De la manera más ruin y más miserable...  (Un silencio.)  Era mi amante...

MATEO.-  ¡Ah!

PATRICIA.-  Su amante...

 

(PATRICIA y MATEO se vuelven despacio hacia la puerta de la cocina.)

 

Carolina.-  Le conocí algún tiempo después de morir mi marido... Entonces, Marita, mi hija, era todavía una niña, y yo estaba tan sola. Necesitaba querer a alguien, ¿comprende? Y le quise a él. Por eso, porque le quería, soporté todo: sus mentiras, sus caprichos, sus exigencias... Le daba todo lo que me pedía. Para retenerle, ¿sabe? Cuando me amenazaba con dejarme, yo me volvía loca.  (Se calla. Baja la cabeza.)  Es horrible hablar así. Es como quedarse desnuda... Pero no tengo más remedio. ¿Qué puedo hacer? Hace unos días me dijo que necesitaba un millón de pesetas para emprender un negocio fabuloso... Yo me negué. Pero insistió tanto, tanto... Otra vez me amenazó con abandonarme si no le daba ese dinero. Y, como siempre, se lo di... Una locura. Ayer comprobé que sus negocios son una pura mentira. La verdad es que está en relaciones con otra mujer y quiere irse con ella al extranjero. Para eso quería mi dinero...  (Un silencio.)  ¡No soportaré que se burle de mí! ¡Quiero que me devuelva lo que me ha robado con mentiras! Mi abogado dice que he sido víctima de una estafa... No sé si ustedes son amigos suyos o no. Pero sí sé que en este momento está aquí, con ella. Mi chófer los ha seguido durante toda la tarde. Su coche está en la calle. ¡Por Dios! No me lo oculten. ¡Ayúdenme! Es preciso que me devuelva ese dinero...

 

(Un sollozo. MATEO se vuelve otra vez hacia la puerta de la cocina. Cierra los puños y da un paso.)

 

MATEO.-  ¡Santo Dios! Entonces la verdadera dueña del millón de pesetas es usted. Y ese canalla...

 

(Bajo el dintel de la puerta de la cocina aparece ROBERTO. Muy tranquilo, muy sereno. Parece otro hombre.)

 

ROBERTO.-  No se precipite, amigo...

CAROLINA.-  ¡Roberto!

 

(ROBERTO, sin mirarla, como si no hubiera oído, continúa dirigiéndose a MATEO.)

 

ROBERTO.-  No juzgue tan de prisa. No se dispare. La vida no es una película de buenos y malos... Es más sencilla. Por lo general, todos somos malos.  (Dirige una despectiva mirada a CAROLINA.)  ¿Ve usted esa mujer que llora? ¿Ve usted esa pobre víctima de un malvado? Pues, ya ve, casi, casi es peor que yo...  (Un silencio.)  El dinero que me dio no era suyo...

CAROLINA.-   (Impetuosamente.)  ¡Cállate...!

ROBERTO.-  Era de su hija... Era el porvenir de la niña. Todo lo que tenía. Su marido, antes de morir, le ordenó que nunca, nunca tocara una peseta de ese millón, para entregárselo a la pequeña cuando fuera mayor de edad. Y ya ve. Esa mujer ha despojado a su hija para dármelo a mí. Resulta que la víctima, la pobre mujer, también ha robado...

CAROLINA.-  Eres un canalla...

PATRICIA.-   (Desolada.)  ¡Señora! ¿Es verdad eso?

CAROLINA.-  ¡Sí!

PATRICIA.-  ¿Cómo ha podido usted?

CAROLINA.-  No lo sé... Estaba loca, loca.

 

(ROBERTO se vuelve a CAROLINA con una desdeñosa ironía.)

 

ROBERTO.-  ¿Por qué no le has dicho todo esto a tu abogado? ¿Por qué no se lo dices a Marita, para que te odie y te desprecie de una vez?

CAROLINA.-  Cállate, cállate...

 

(Solloza contenidamente. Hay un pequeño silencio. MATEO, en pie, solo, en el centro del escenario, está como abrumado.)

 

MATEO.-  Pero, entonces, Dios mío, nadie está limpio... Todos hemos robado. ¡Todos!  (Mira alrededor, desolado. De pronto, en un arranque.)  Entonces, ¿por qué huyen los unos de los otros? ¿Por qué se esconden? Si todos somos iguales. Si podemos mirarnos cara a cara...  (Va al armario y lo abre con una tremenda violencia. Aparecen EL JEFE y EL PITUSO.)  ¡¡Fuera de ahí!!

EL JEFE.-   (Lastimadísimo.)  ¡Caballero!

EL PITUSO.-   (Muy escamado.)  ¡Jefe! Esto no me gusta nada...

 

(MATEO, que se ha plantado ante la puerta de la alcoba, grita dirigiéndose hacia dentro.)

 

MATEO.-  ¡Salga usted también!

 

(Aparece JUANITA.)

 

JUANITA.-  ¡Vaya! Ya sabía yo que la llegada de la viejita iba a traer jaleo...

CAROLINA.-  ¡Oh! Esa mujer...

MATEO.-  ¡Así! Así debe ser... Todos frente a frente. Todos somos gente de la misma clase. Todos somos ladrones...

EL JEFE.-   (Asqueado.)  ¡Qué lenguaje!

MATEO.-  ¡Todos! ¡Usted le ha robado ese millón de pesetas a su propia hija. Usted se lo ha robado a esa mujer fingiendo que la quería. Usted se lo ha robado a ese hombre engañándole. Y yo se lo he robado a usted porque le creía muerto. Porque ¡que lo sepan los que todavía no lo saben! Yo también soy un ladrón. Todos somos ladrones. Grandes ladrones, estupendos ladrones, los mejores ladrones del mundo. Usted es una mala madre. Usted es un miserable. Usted es un fresco...

EL JEFE.-   (Francamente dolido.)  ¡Hombre! Eso es faltar...

MATEO.-  Y yo era un pobre diablo desesperado...  (En una transición. Encarándose con todos. Con una indomable resolución.)  ¡Pero se acabó! Aquí termina esta hermosa cadena de robos...  (Con toda su alma.)  ¡Patricia! ¡Abre esa puerta!

PATRICIA.-   (Asustada.)  ¡Mateo! ¿Qué vas a hacer?

MATEO.-  ¡Te digo que abras!  (PATRICIA abre la puerta de la escalera. Todos miran con ansiedad a MATEO. Este, dirigiéndose a todos.)  ¡¡Fuera...!!

TODOS.-  ¿Eh?

MATEO.-  ¡Todos a la calle!

 

(Un revuelo. Todos se agitan.)

 

JUANITA.-  ¡Ay!

ROBERTO.-  ¡Oiga!

EL JEFE.-   (Aterrado.)  ¡Pituso! ¡Que nos echa!

EL PITUSO.-   (Escamadísimo.)  ¡Ay, jefe, que nos la juega! ¡Ay, que este se queda con el millón!

ROBERTO.-  ¿Qué intenta usted? ¿Se ha vuelto loco? Ese dinero es mío. Esa mujer me lo dio de buen grado. Si ahora ha reaccionado de esta manera estúpida es porque está loca de celos...

JUANITA.-   (Orgullosísima.)  ¡Toma! Porque una es joven...

ROBERTO.-  ¡Tú te callas! ¡Golfa!

JUANITA.-  ¡Arre...!

CAROLINA.-  ¡Oh! ¡Qué vergüenza!

MATEO.-   (Lleno de coraje.)  ¿Es que no me han oído? He dicho que se vayan...

ROBERTO.-  ¡No! ¡No puede usted hacer esto!

MATEO.-  Puedo hacer lo que quiera... Y ninguno de ustedes puede hacer nada contra mí. Todos tienen que callar. Todos han robado el mismo millón. ¿No comprenden? ¿No comprenden todavía que están perdidos? ¿No se dan cuenta de que he ganado yo porque tengo el dinero entre mis manos?

PATRICIA.-   (Asustada.)  ¡Mateo! ¡Por Dios...!

MATEO.-  ¡Déjame!  (Está en pie, en primer término, a la izquierda. PATRICIA, a su lado. Él habla para ella, pero mirando siempre a los demás.)  Esta noche he aprendido mucho, Patricia. Yo no sabía vivir. La vida no es como yo la entendía. Los que viven son ellos. Los que luchan a puñetazos y mordiscos. ¡Míralos! Ahí están. No los conocíamos, ¿verdad? Cuántas veces habremos pasado junto a ellos, junto a muchos como ellos, en medio de la calle. Ahora ya no me engañarán. Ya sé cómo son. Ahora ya, entre miles, sabría distinguir a los estafadores, a los ambiciosos sin entrañas, a una mala mujer de otra mala mujer... Y yo, ¡pobre de mí!, que pasaba sobre toda esa basura, por encima de toda esa porquería ignorándola. ¡Pobre Mateo! Ahora veo que mi bondad no era ni siquiera bondad. Era ignorancia. Una bondad que no vale nada...  (Transición.)  Pero tú lo verás... Desde hoy voy a ser otro. Uno más en la lucha. Uno como ellos, te lo juro. Tan ruin, tan ambicioso, tan sin entrañas como ellos. Yo no tengo la culpa... La vida es así. Y tú no sabes, Patricia, con qué furia, con qué coraje voy a luchar...  (Con rudeza, casi con rencor.)  ¡¡Fuera de aquí todos!! ¡Vamos!

 

(En todos hay un fugaz instante de indecisión. CAROLINA baja la cabeza y, ahogando un sollozo, sale por el fondo como huyendo, como escapada. Desaparece en la escalera. Un nuevo y apenas perceptible silencio. ROBERTO mira a MATEO fijamente... En voz baja.)

 

ROBERTO.-  ¿Está usted decidido?

MATEO.-  ¿No lo ve?

ROBERTO.-   (Se calla.)  Le juro que se acordará de mí...

 

(Y sale. EL JEFE mira a un lado y a otro preocupadísimo.)

 

EL JEFE.-  Pero Pituso... ¿De veras nos tenemos que marchar?

EL PITUSO.-  ¡Jefe! ¡Que no estamos para sutilezas!

EL JEFE.-  Bien. Entonces...  (Con la mayor dignidad marcha hacia la puerta. Y una vez allí, se vuelve dispuesto a enhebrar un buen párrafo.)  Hijos míos...

MATEO.-  ¡¡Largo!!

EL JEFE.-  Bien. Ya me voy...  (Se va. Pero vuelve.)  Pero sepa usted, caballero, que entre nosotros, en un caso así, siempre llegamos a un arreglo... Buenas noches.

 

(Y sale definitivamente, lleno de majestad. EL PITUSO se queda mirando a MATEO de arriba abajo.)

 

EL PITUSO.-  ¡Maldita sea! Y yo que le tomé por un aficionado...

 

(Sale. JUANITA, ya sola, entre MATEO y PATRICIA, sonríe en la luna.)

 

JUANITA.-  ¡Je! Bueno, chicos, tanto gusto. De madrugada, siempre estoy en «El pato japonés»...  (Va hacia la puerta, llamando.)  ¡Espera, Pituso! Mira, si quieres que hagamos las paces...

 

(Sale. Desaparece. Su voz se pierde en la escalera. Quedan solos MATEO y PATRICIA.)

 

MATEO.-   (Vivamente.)  ¡Vamos! No hay que perder un minuto. Haz una maleta con lo más indispensable... Date prisa.

PATRICIA.-  ¿Nos vamos?

MATEO.-  ¡Sí!

PATRICIA.-  Pero ¿adónde?

MATEO.-  Qué importa. Donde nadie nos conozca. Da igual un sitio que otro. Ahora el millón de pesetas es mío para siempre y nadie puede arrebatármelo... Míralo.

 

(Alza el paño que rodea la mesa camilla y del interior extrae el saquete que contiene el millón de pesetas y que depositó allí al comienzo del acto primero. Lo levanta gozosamente. Luego lo arroja en el suelo. El saquito cae entre él y PATRICIA, en el centro, ante el sillón. PATRICIA, involuntariamente, retrocede un paso.)

 

Patricia.-¡Dios mío! Estaba ahí...

MATEO.-  ¡Sí! Ahí estaba. Y todos, alrededor, luchando por él. Pero he triunfado yo. ¡Yo! Es mío.  (Transición. Revolviéndose irritado.)  ¡Vamos! ¿Qué esperas? ¿No te he dicho que aprisa, aprisa?

PATRICIA.-  (Vacilando.) Mateo...

MATEO.-  ¿Qué?

PATRICIA.-   (Un silencio.)  Nada...

 

(Entra en la alcoba. Queda MATEO solo. Baja la cabeza y sus ojos se encuentran con el saquito tirado en el suelo, a sus pies. Lo mira intensamente. Se arrodilla para recogerlo. Despacio, muy despacio, lo toma entre sus manos. Lo mira. Sonríe... La puerta de la escalera, que desde la salida de JUANITA ha quedado entreabierta, se abre como si alguien la empujara suavemente. Y en el rellano de la escalera aparece MARITA. Una chiquilla de unos catorce años. Uniforme de colegio. Sombrerito. Zapatos de tacón bajo. MATEO está todavía de rodillas en el suelo...)

 

MARITA.-  ¡Oiga! ¿Se le ha perdido a usted algo?

MATEO.-  ¿Cómo?

 

(Y se pone en pie casi de un brinco. MARITA sonríe.)

 

MARITA.-  Buenas noches.

MATEO.-  Buenas noches.

 

(Un silencio. MARITA, que desde la puerta lo está curioseando todo, tiene de pronto una exclamación de júbilo.)

 

MARITA.-  ¡Ay! Pero si tienen piano...  (Y entra corriendo y se planta ante MATEO.)  ¡Oiga! ¿Me deja que toque el «Volaré»?6

MATEO.-  ¿Ahora?

MARITA.-  ¿Me deja? ¿De veras que me deja? Pues entonces, toco el «Volaré» y luego las czardas de Monty, que me las sé7...

 

(Y con toda decisión se monta, como a caballo, en el taburete giratorio que hay ante el piano y empieza a tocar con muchísima alegría. MATEO la contempla con la boca abierta. Por la alcoba, aparece PATRICIA.)

 

PATRICIA.-  ¿Qué pasa? ¡Ah!

 

(MARITA deja de tocar y se queda mirando a PATRICIA muy risueña.)

 

MARITA.-  Hola.

PATRICIA.-  Hola...

MARITA.-  Yo soy Marita, ¿Sabe?

PATRICIA.-  ¡Marita!

MARITA.-  Estaba esperando a mamá abajo, en el coche...

PATRICIA.-  ¡Ah!

MARITA.-  Mamá dice que se ha dejado aquí una cosa que es mía. Y que ustedes me la devolverán. Pero no me quiere decir lo que es...  (PATRICIA y MATEO se miran en silencio. La chiquilla mira al uno y al otro. Luego, muy sonriente, a PATRICIA.)  ¡Oiga! Usted es guapa, ¿eh?

PATRICIA.-  ¿De veras?

MARITA.-  ¡Huy!

PATRICIA.-  Tú también eres guapa, Marita...

MARITA.-  ¡Ay! ¡Qué va! Una es muy poquita cosa. Lo que pasa es que tengo estilo...  (Y tan tranquila, se sienta en el sofá. Y al sentarse, estira una pierna y le pega un puntapié al saquito.)  ¡Ay! ¿Qué es eso?

 

(Silencio. Los tres están mirando al saquito.)

 

PATRICIA.-   (Muy bajo.)  Nada...

MARITA.-  ¡Ah, bueno!  (MARITA se rodea las rodillas con las manos. Mira a uno y a otro.)  ¡Oiga! ¿A que este señor es su marido?

PATRICIA.-  ¡Claro!

MARITA.-  Pues tiene cara de bueno...

MATEO.-  ¿Quién? ¿Yo?

MARITA.-  ¡Vaya! Tengo yo un ojo para los hombres...  (Transición.)  Bueno. Ya sé lo que pasa. Que ustedes no tienen nada que devolverme. Que mamá se ha confundido. Que se lo habrá dejado en otro lado y que vaya usted a saber... ¡Pobre mamá! Siempre lo confunde todo. La pobrecita, desde que murió papá, está de un raro... A veces, cuando vuelvo del colegio, entro en su cuarto y la encuentro llorando y llorando. Y nunca me quiere decir por qué. Dice que me lo dirá cuando sea mayor. Por eso tengo ganas de ser mayor. Para que mamá me diga por qué llora.  (Una transición. Sonríe.)  Bueno. Y por los chicos también... Ya se sabe.  (Se pone en pie.)  ¡Vaya! Ya me voy. Le dirá a mamá que aquí no se ha dejado nada mío...  (Va hacia PATRICIA.)  ¡Señora! ¿Me da usted un beso?

PATRICIA.-   (Muy bajo.)  Sí.

 

(MARITA la besa.)

 

MARITA.-  ¡Adiós!  (Llega hasta MATEO. Titubea un poco. Pero, al fin, se abalanza a él, y con un ademán muy infantil, le besa en una mejilla.)  ¡Buenas noches!

 

(Echa a correr. Sale. MATEO, después de que la chiquilla ha desaparecido, se queda con los ojos clavados en la puerta. La puerta está ahora completamente abierta. Luego mira angustiosamente el saquito abandonado en el suelo. Está a punto de echarse a llorar. Casi se escapa un gemido de su pecho. PATRICIA, inmóvil, le mira anhelante. Y de pronto, de la garganta de MATEO brota un grito irreprimible.)

 

MATEO.-  ¡Marita!  (Con toda su alma. Con alegría, con dolor, con una tremenda angustia.)  ¡Marita!

 

(Surge MARITA en el rellano.)

 

MARITA.-  ¿Me llaman?

MATEO.-  Toma eso... Es tuyo.

MARITA.-  ¿Eso...?

MATEO.-  ¡Llévatelo! ¡¡Aprisa!!

 

(MARITA le mira. Luego, se inclina muy despacito sobre el saquito y lo toma.)

 

MARITA.-  ¿Qué es esto?

MATEO.-  ¡No lo abras! Pero llévatelo, llévatelo... Y vete, Marita, por Dios.

MARITA.-  Bueno... Ya me voy.

 

(Corre hacia la puerta. Desde allí se vuelve y mira a MATEO muy risueña. A PATRICIA.)

 

MARITA.-  ¿Verdad que es bueno?

PATRICIA.-  Sí, Marita... Muy bueno.

MARITA.-  ¡Buenas noches!

 

(Y escapa corriendo. Desaparece. MATEO, roto, deshecho, desesperado, casi sollozando, se desploma en el sillón.)

 

MATEO.-  ¡Oh! No he podido... ¡No he podido!

 

(PATRICIA va hasta él y se arroja de rodillas en el suelo.)

 

PATRICIA.-  ¡Mateo!

MATEO.-  Perdóname, Patricia...

PATRICIA.-  ¿Qué me dices? Pero si lo estaba deseando...

MATEO.-  ¡Perdóname! Otra vez la pobreza, las deudas, la desesperación... Y para siempre, para siempre.

PATRICIA.-  ¡No importa! ¡Quiero nuestra pobreza! ¡Quiero nuestra desesperación! ¡Quiero nuestra miseria! Pero quiero nuestra paz. ¡Nuestra libertad!

MATEO.-  Patricia...

PATRICIA.-  Esta noche hemos estado locos los dos. ¿Cómo ha podido pasar lo que ha pasado? Cuando tú llegaste y me dijiste que habías robado un millón de pesetas, ¿qué sucedió, Dios mío, dentro de cada uno de nosotros?

MATEO.-  ¡Pobres de nosotros! Era la felicidad. Eran todos los sueños al alcance de la mano. Era todo, todo.

PATRICIA.-  ¡Calla! Ya pasó. Y no pasará más.  (Se pone en pie. Tiene los ojos brillantes por las lágrimas.)  ¡Dios mío! Pero si después de todo no somos tan pobres... Estamos juntos. Y somos libres. ¡Libres! ¡Y podemos abrir la ventana!  (Va al fondo y abre la ventana de par en par.)  ¡Mateo! Hubiera sido horrible vivir toda la vida con la ventana cerrada...  (De cara al exterior, alza el rostro.)  ¡Qué hermosa noche! Todo el cielo está lleno de estrellas...

 

(Sonríe. Mientras, MATEO, se ha levantado del sillón, y despacio, muy despacio, como si estuviera muy cansado, da unos pasos en dirección a la puerta de la alcoba. A medio camino se detiene. Levanta los ojos del suelo. Mira a un lado y a otro. En un segundo, siente todo su enorme desamparo. Se estremece como si tuviera frío. Contiene un sollozo. Y volviéndose a PATRICIA, llama como si pidiera socorro.)

 

MATEO.-  ¡Patricia!

PATRICIA.-  ¡Mateo!

MATEO.-  ¡¡Quiéreme!!

PATRICIA.-  Pero Mateo...

MATEO.-  ¡Quiéreme, Patricia! No tengo nada, nada... No tengo más que tu cariño. ¡Quiéreme! ¡Por Dios! ¡Quiéreme!

 

(PATRICIA corre y se arroja en sus brazos.)

 

PATRICIA.-  ¿Qué dices? Mi vida, cariño, amor mío. ¡Pero si te quiero con toda mi alma! Y ahora más que nunca. ¡Mi Mateo! ¡Te quiero! ¡Te quiero!

 

(MATEO la estrecha desesperadamente entre sus brazos, con un anhelo infinito.)

 

MATEO.-  ¡Quiéreme! ¡Quiéreme! ¡Quiéreme!


 
 
TELÓN