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Sueños dorados

Miguel Hernández

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Sueños dorados

    La ciudad le arrastraba como el viento a la arena,

con sus ígneos destellos, con su voz de sirena,

con sus mágicas luces, con su mucho placer;

y él, el pecho poblado de un jardín de ilusiones;

de su madre no oyendo las tan sabias razones,

ofuscada la mente, la ciudad quiso ver.

   Él creíase músico; él creíase artista;

él creía su nombre digno de ir en la lista

del glorioso Beethoven, y Wagner y Mozart:

y dejando a su madre con angustia y con llanto,

dirigiose a la urbe, soñador, donde tanto

engañado, se lanza, a sufrir y a llorar.

   Mariposa aturdida, que en la luz cegadora

que una lámpara finge llameante y traidora,

traza rápidos círculos hasta en ella morir,

era aquel pobre iluso: La ciudad de repente,

columbró con sus risas de mujer complaciente;

se acercó; y en sus sombras pronto vínose a hundir.

   Con su flauta, imitando cantos de aves y brisas,

despertando en las gentes solo burlas y risas,

recorría las calles de la maga ciudad...

¿Dónde estaban las dichas de sus sueños felices?

¿Dónde estaban sus sueños de rosados matices,

los destellos aquellos que creyera verdad...?

   ¡Ay! mentira era todo: ni placeres, ni glorias...,

¡nada halló! Solo un astro de mundanas escorias

a sus cándidos ojos comenzó a descubrir

y amargada su alma por la hiel del fracaso,

día tras día marchaba con su flauta al acaso,

cataratas de notas de ella haciendo fluir.

   Y las calles cruzaba, porque el hambre maldito,

le ponía en su estómago natural y hondo grito,

reír haciendo la flauta de enmohecido metal;

y vagando por ellas como el más bajo pobre,

descendía a sus dedos, unas veces un cobre

y otras veces... no, nada... Nieve, o sol estival...

   Llegó un día que nadie puso nada en su mano;

y aquel día el incauto soñador provinciano,

de su flauta adorada túvose que alejar:

la dio a cambio de un trozo de pan negro y custrido...

¡Ya no más sentirá su armonioso sonido!

¡Ya no más en sus labios la podría apresar!

   Por fin..., una mañana del diciembre sombrío;

vacilante, extenuado por el hambre y el frío,

sobre el pecho caída tristemente la faz,

penetró en su buhardilla, donde el sol por estrecho

agujero, formado por su mano en el techo,

débilmente internaba rubio rayo de paz.

   Se sentía sin fuerzas, se sentía sin vida...

Desplomose en el suelo; y en su madre querida

suspirando y gimiendo con dolor se acordó.

Luego..., luego en su flauta... ¡Ay su alegre tesoro!

Y espiró... El sol radiante, larga flauta de oro,

por el techo horadado, de su boca colgó...


Miguel Hernández

Orihuela 26 mayo 1930