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Soria y Antonio Machado. Dos contra-homenajes

Jesús Rubio Jiménez

Nadie pone en duda que el paso de Antonio Machado por Soria resultó fundamental en su vida y en su obra. Allí conoció y perdió a su esposa Leonor. Allí escribió algunos de sus poemas fundamentales... ¿quién no lo sabe? Allí es hoy un reclamo turístico, tratando de sacar utilidad a su nombre, que en la sociedad en que vivimos hasta la poesía interesa si devenga unos dividendos contantes y sonantes, mejor que etéreos. Hasta el más obtuso menestral vuelve la cabeza instintivamente cuando la música de los versos se trueca en tintineo de monedas y ve que la ciudad se llena de estatuas y otros reclamos, con cebos culturales para atraer la atención de los visitantes.

Y sin embargo, la relación de la ciudad con el poeta no ha sido siempre positiva y unánime como harían pensar ciertas celebraciones. Hay zonas de sombra que se vadean o se ignoran instintivamente sobre su vida en la ciudad o su reconocimiento posterior. En esto Soria no es diferente a otros lugares: las relaciones de las ciudades y aun de los países con sus poetas siempre han sido difíciles y complejas cuando estos han expresado de verdad los problemas de su tiempo. Las ciudades son poblaciones con su historia y con sus juegos de intereses en permanente tensión y a veces quedan en medio de estos los poetas y la poesía.

Voy a referirme aquí con la brevedad que permiten estas páginas a dos episodios que ilustran cómo Soria ha vivido su relación con el autor de Campos de Castilla durante el franquismo; son una pequeña muestra de cómo la política se apropia de los discursos sociales y los manipula perdiendo la vergüenza y el decoro. Es necesario contarlo para que no se repita, como aviso para caminantes.

En vida, Antonio Machado recibió un gran homenaje en Soria en el otoño de 1932 cuando fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad por su ayuntamiento republicano. El poeta asistió emocionado y hasta conmovido, expresando públicamente y por escrito su agradecimiento. Después vinieron tiempos difíciles y aun oscuros. Tiempos de silencio y de olvido interesado del poeta hasta que las circunstancias lo convirtieron de nuevo en noticia con motivo de dos contra-homenajes franquistas. Digo contra-homenajes porque en ambos casos fueron la respuesta a sendos homenajes hechos al poeta al cumplirse el vigésimo aniversario de su muerte en febrero de 1959 y tras el fallido homenaje popular en Baeza en 19661.

El vigésimo aniversario de su muerte dio lugar a un homenaje internacional ante su tumba en Collioure y en la Universidad de París. Quienes no pudieron asistir lo remedaron en Segovia y en la Universidad Complutense de Madrid en los meses siguientes. Convocado por universitarios e intelectuales franceses con el apoyo de partidos políticos del exilio y con una activa participación organizativa del escritor Juan Goytisolo, fue ante todo una llamada a que unieran fuerzas los españoles del exilio y los de España contra la dictadura, tomando como hombre de referencia a Antonio Machado, ejemplo de tolerancia y diálogo. La convocatoria tuvo un gran éxito, sirvió para tender puentes entre los intelectuales del exterior y los del interior o también de plataforma para lanzar la colección de poesía «Colliure» [sic] en Barcelona, promovida por Carlos Barral. Su historia ha sido contada más de una vez, aunque incompleta y desfigurando los acontecimientos.

Entretanto -para contrarrestarlo- se producía también un contra-homenaje oficial en Soria, promovido por el Director General de Prensa, el falangista Adolfo Muñoz Alonso. Ya en las semanas anteriores se encuentran en los periódicos locales informaciones que adelantan por dónde podía desarrollarse. Campo Soriano incluyó el 27 de enero de 1959 un artículo -«Leonor»- donde se hacían eco del artículo publicado por el P. Martín Descalzo en El Norte de Castilla y lo reprodujeron completo. En él recordaba los 20 años de la muerte del poeta, su llegada a Soria -«un alma sincera y vacía», «educada en el más profundo escepticismo por la Institución Libre de Enseñanza»- y que gracias a Leonor salió de este estado: «y lo que no pudieron los teólogos comenzaba a poderlo la sencillez cristiana de una muchacha de provincias». No se sabe, concluía, cómo murió. Era imposible saberlo. Se marchó con su secreto. Pero quedaba sugerido, que ya no era un hombre escéptico sino creyente gracias a la benéfica influencia que sobre él había ejercido aquella modesta muchacha soriana.

Era un ejemplo más de los numerosos artículos que se escribieron durante años, invocando la supuesta influencia benéfica que la joven soriana habría tenido en el poeta y reclamando de paso la repatriación de los restos de Antonio, para que descansaran juntos.

El acto que aquí importa se anunció el día anterior en la prensa local. Campo Soriano lo hizo en primera página incluyendo dos fotografías. Una de Leonor adolescente y otra de su boda con Antonio. La retórica altisonante de C. M. [¿Celestino Monge?] avanzaba el tono que iba a tener el evento:

Soria, la ciudad poética por antonomasia, la bien cantada, en su paisaje, en sus alcores, en sus chopos, en sus calles y en su río, por la musa universal de Antonio Machado, rendirá un homenaje al que fue su poeta. Ofrenda poética muy por encima del pensamiento que se posa en la tierra, que la poesía es intuición de maravillosas grandezas...2.


Se indicaba que el acto tendría lugar en el cine Ideal, a la una de la tarde, interviniendo el alcalde, Alberto Heras, que daría la bienvenida a los poetas venidos desde Madrid. Después Heliodoro Carpintero glosaría la relación del poeta con Soria y leerían sus poemas los poetas invitados al acto, que concluiría con una conferencia del profesor Adolfo Muñoz Alonso.

Así se hizo y el 24 de febrero, Campo Soriano dio cuenta de los actos en su primera página con retórica imperialista devenida en pedestre prosa provinciana:

La ciudad translúcida de Soria, religiosa y militar, ascética y poética, fue el más idóneo escenario para rendir en ella el homenaje nacional al poeta universal Machado con motivo del 20 aniversario de su muerte...


Se daba por hecho la excepcionalidad de la ciudad para rendir un homenaje «nacional» al poeta «universal» Antonio Machado. Ningún escenario era más idóneo que la ciudad «religiosa y militar, ascética y poética» por igual. El cine Ideal resultó insuficiente para acoger a los estudiantes universitarios venidos en nueve autocares desde Madrid y a las gentes «de todas las clases sociales» que acudieron al acto. «Un bien montado servicio de altavoces» facilitó que todos escucharan las intervenciones. En primer lugar, al alcalde que recordó que Soria no fue nunca ingrata con Machado, ya que lo hizo hijo adoptivo en 1932. Ningún pudor mostraba un alcalde fascista en apropiarse de un nombramiento promovido por un ayuntamiento republicano. Heliodoro Carpintero trazó una semblanza de su vida y los poetas -que Celaya consideró después «poetas vendidos» y «de segunda fila»-, leyeron sus poemas: Rafael Morales, Manuel Alcántara, Luis López Anglada, Salvador Jiménez y Salvador Pérez Valiente.

Cerró la celebración la conferencia del profesor Muñoz Alonso quien «en síntesis grandiosa, con trémolos de oración, habló del paisaje soriano transfigurado por Machado, de la belleza de su verso, del amor del poeta, cuyos restos reposan en el alto cementerio del Espino».

Leonor y su tumba se habían convertido ya en un recurso sentimental inevitable para todos quienes hablaban de la relación del poeta con Soria. Para más de uno, en un soñado santuario alternativo a la tumba del poeta en Collioure, que era ya un santuario civil al que acudían numerosos fieles lectores del poeta.

Flanqueado Muñoz Alonso por José Antonio García Noblejas, Director General de Archivos y Bibliotecas, y por Luis García Ejarque, Jefe del Servicio Nacional de Lectura, recorrieron diferentes lugares machadianos de la ciudad acompañados por las autoridades locales.

El semanario católico Hogar y pueblo fue mucho más aséptico y breve en sus comentarios. Se limitó a informar de que se había celebrado un homenaje nacional al poeta Antonio Machado3.

Fue el homenaje soriano un acto organizado desde Madrid y pensado para contrarrestar los actos de Collioure y Segovia, para rescatar al poeta de lo que juzgaban una apropiación indebida de su legado por parte de los vencidos en la guerra civil. Pero tuvo escasa resonancia incluso en la propia ciudad pues hasta uno de sus modestos periódicos se mostró parco en las informaciones. Los poemas leídos no merecieron ningún comentario y mucho menos su reproducción, aunque Muñoz Alonso continuó su maniobra de contrarrestar los otros homenajes y forzó la publicación de algunos de ellos en Acento Cultural en marzo de 1959. Un trabajo no está bien hecho hasta que no está completo y con el mismo ahínco con que impuso la publicación de estos poemas, prohibió la de otros que se habían leído en los homenajes de Collioure, París o Segovia.

El segundo contra-homenaje tuvo lugar en 1966. Coincidiendo con un nuevo aniversario de la muerte del poeta, en Baeza se le quiso rendir un nuevo homenaje, levantando un monumento que coronaría su busto creado por Pablo Serrano. La organización del evento transcurrió normalmente hasta las vísperas en que fue prohibido torticeramente el acto de inauguración, impidiendo el acceso a la población con vehículos y dispersando violentamente a los reunidos la policía. También es un suceso que ha sido contado más de una vez y este mismo año vuelve a recobrar relevancia social con la conmemoración del centenario de la llegada del poeta a Baeza. Solo años después, ya en 1983, se pudo inaugurar aquel monumento y hasta se instaló en Soria una copia de la escultura -donada por el artista- junto al instituto de bachillerato «Antonio Machado».

Unos meses más tarde del fallido homenaje de Baeza, el 16 de noviembre de 1966, Manuel Fraga Iribarne inauguró en Soria el Parador Nacional de Turismo «Antonio Machado», tras muchas dudas y tras su primera negativa a llamarlo con el nombre del poeta. Después del escándalo de Baeza andaba suspicaz y molesto, pero finalmente le convencieron, además, para organizar un contra-homenaje y se convocó a ocho poetas que leyeron sus poemas ante las autoridades y las corporaciones provinciales en el solemne acto de apertura del parador.

Levantado el parador en terrenos donados por el Ayuntamiento, se aprovechó la inauguración para nombrar a Manuel Fraga Iribarne Huésped de Honor de la ciudad esa misma mañana4. Campo Soriano ofreció cumplida información escrita y gráfica de los actos, incluido el «Discurso del Sr. Fraga Iribarne», con dos partes bien diferenciadas: la relativa al parador ubicado en Soria, «vieja ciudad transida de historia grande, y tenso espíritu, de aquel espíritu heroico y ascético que tanto ha dado a España sin pedir nada más que la gloria de servir y hacer una patria más grande, más unida y mejor»5. Y en segundo lugar, se refirió al nombre del parador -«Antonio Machado»- ocultando las verdaderas razones de sus dudas sobre la oportunidad de denominarlo con el nombre del poeta y hasta manifestándose un lector constante de su obra; situándose -¡por supuesto!- por encima de mezquindades partidistas y valorando su universalidad y su sensibilidad para todo dolor humano:

Con la inauguración de hoy, a la vez estamos dedicando al poeta don Antonio Machado un homenaje sui generis, que no se parece a ninguno de los que, con intenciones no todas las veces limpias, le vienen siendo dedicados. Nosotros vamos a dedicar su nombre en un parador de Turismo. Y deseo añadir que este homenaje, tan fuera de lo corriente, con este prólogo reducido a un pequeño concilio de poetas que se auscultan el corazón recordando a don Antonio y a las palabras de Ministerio que quisiera estar asistido de las razones, o acaso sin razones, que informan la poesía, llegará en el mundo del Más Allá a complacer, estoy seguro, a aquel hombre prematuramente viejo, melancólico y de apariencia humilde que llevaba escondido un león en el pecho.

No obedece a motivos banales, a dejarse llevar por estos o aquellos mínimos argumentos el hecho de que el Parador de Turismo de Soria se llame de don Antonio Machado. Lo pensamos mucho, antes de decidirnos a ello y hemos sopesado en el platillo las monedas de oro, plata, cobre y bronce de los razonamientos más diversos. Sobre mi ánimo pesó en algún instante la idea de que pudiera parecer totalmente inadecuado exaltar a un poeta poniendo un Parador de Turismo bajo su evocación. Inevitablemente había de pesar el recuerdo de concurrencias deleznables, prosaísmos por otra parte, que esquivarse no pueden en tareas como las que a mi Departamento corresponden, las cuales estuvieron a punto de decirme [¿decidirme?] por la exclusión, recurriendo a otros nombres para bautizar el Parador. Pero ha sido precisamente la lectura, la relectura que con frecuencia hago de los versos del poeta, lo que me ha decidido a apoyar de manera definitiva la titulación que hoy apellida a este nuevo hito en la red de nuestros establecimientos nacionales.

Con frecuencia, las más nobles y limpias figuras e igualmente acontecimientos u otros valores, son tomados como pretextos de divisionismos por grupos interesados en exaltar más livianas particularidades que en afirmar el amplio campo de una personalidad. Y esto ha pasado con la figura tan española, y situada en definitiva tan por encima de partidismos, como la del egregio poeta Antonio Machado, inspirador y maestro de generaciones posteriores, sensible espíritu para todo dolor humano».


Y continuaba con una peculiar interpretación de su obra, que fue retomada como texto de presentación de la Corona poética en honor de Antonio Machado formada con los poemas leídos6. Contiene textos de Alfonso Canales, Victoriano Crémer, Luis López Anglada, Luis López Aranda, Rafael de Penagos, José Luis Prado Nogueira, Manuel Alcántara, José García Nieto y Federico Muelas, los dos últimos, además, responsables de la preparación de la edición. Con dibujos a pluma de José Ruiz Navarro. Todos los poetas tenían en común haber obtenido premios nacionales de literatura. Con esta Corona estaban pagándolo. Es el problema de los poetas áulicos. En la presentación se decía:

El sufrimiento que tan a menudo atenaza al hombre, hace vibrar al artista y pone en sus palabras, en sus imágenes, en sus figuras, acentos de protesta contra algo o contra alguien. Ello supone un deseo de perfeccionamiento, una rebeldía frente a la decadencia, una sublimación de la melancolía, esencia última del arte. ¿Qué es la poesía sino una cristalización de sensibilidades en comunión con la vida que nace, que lucha, que se acendra y afana y, al fin, muere? Melancolía de lo que acontece y pasa. Melancolía del hombre, pasajero también.

Antonio Machado canta o llora todo esto. Por ello es gratuito y equívoco usarlo como estandarte para la división. Él es, el ejemplo de entrega a lo humano, figura en la que todos coincidimos, gloria de nuestras letras y altísimo ejemplo de los más puros ideales de fraternidad y aun de comunión con las cosas. Y cuando dice sencilla, finamente, sus esperanzas frustradas, está expresando los dolores de las Españas que vivió y las esperanzas que, en muchas facetas, son realidad ya en la España de hoy.


¿Para qué y por qué tanta insistencia en el dolor? Son parte de las palabras pronunciadas por Manuel Fraga Iribarne en la inauguración del parador7. El discurso continuaba así:

Solo que Antonio Machado fue conquistado por esta Castilla ancha y trascendente, en la cual toda decadencia es transformada, con alma generosa que no se resigna a ser pasividad, en llama de rebeldía. Sobre los melancólicos rescoldos de vida y tiempo apesadumbrados, sabe alzar fuegos heroicos de mística, de lucha, agónica paz, que todo lo transforman. Por eso el nombre del poeta vuelve a su Soria, como un reverdecer de primavera que alcanza, por «las lluvias de abril y el sol de mayo» hasta a los olmos secos. Quisiéramos que ahora pudiese, nuevamente, decir aquellos versos:

He vuelto a ver los álamos dorados

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio

tras las murallas viejas

de Soria, barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra.


Y, en defecto de que esto pueda ser, queremos honrarle y honrarnos, dando su nombre al Parador adentrado en Castilla y ornado con rasgos de arquitectura popular.


El discurso es un ejemplo perfecto de apropiación de la figura y de las palabras del poeta para pervertirlas, convirtiéndolas en argumentos de su regeneracionismo fascista. Extraños resultan la evocación de la desaliñada indumentaria del poeta o la traslación del poema «Al olmo viejo» al lenguaje político, sosteniendo con impudicia no solo que lee sino que relee constantemente al poeta. Perversiones parecidas se encuentran en los textos poéticos de la Corona. El tono lo marcaba el poema de Manuel Alcántara, que fue colocado después en el vestíbulo del parador -«Carta a un poeta que murió fuera de España»- y que había sido premiado en las Justas Poéticas de la Paz de 1964, pues así de paradójicas suelen ser estas situaciones:

Antonio, buen amigo,

te estoy hablando en sueños bien despiertos.

Tu parda sombra está siempre conmigo:

atestiguo con muertos.

Tu dejaste los campos castellanos

-siendo como eras árbol de Castilla-,

pero ya tienes jóvenes hermanos

aptos para las siegas y la trilla.

La España de la rabia y de la idea,

tu Cristo caminando por los mares,

han vuelto más azul nuestra tarea

por tierras de olivares y olivares.

España florecida,

amapola España:

la sangre repartida

le enjoya el curvo cuello a la guadaña

y al paso alegre de la paz, lograda

bordando en roja sangre la camisa,

llega esta nueva madrugada

y hasta el aire es más joven con la brisa.

Juventudes de España y de esta hora:

hubo una vez un viento en los trigales...

(A veces siento cómo se incorpora

al norte de las águilas caudales).

La disputada sangre hereditaria

se remansa tranquila en la memoria;

nuestra labor es solidaria

porque esta paz nos viene de esa historia.

Antonio, buen amigo,

están en paz tus campos castellanos.

¡Si pudieras venirte aquí conmigo

a custodiar encinas y veranos!



El poema es un pastiche extraño: inicia su andadura tomando como referencia un poema célebre de Machado, «A José María Palacio» («Palacio, buen amigo»). En la estrofa tercera se apropia de otros versos machadianos: «La España de la rabia y de la idea» es el último verso de «El mañana efímero», que figuraba entre los predilectos entre sus lectores politizados de entonces. El verso «tu Cristo caminando sobre los mares», remite a otro conocido poema: «La saeta»... Pero de pronto, esto se mezcla con versos de himnos falangistas; el azul no es precisamente el de «los azules montes / del ancho Guadarrama» del poema «A don Francisco Giner de los Ríos», sino el azul falangista; y por si hubiera dudas, se pasa directamente a la glosa de sus himnos: «al paso alegre de la paz» y a un despliegue de sangre y amapolas que revive rituales sacrificiales falangistas.

La parte final -las dos últimas estrofas- no ofrecen duda de la intencionalidad política: «porque esta paz nos viene de esa historia». No redimen tal afirmación ni el cierre con alusiones al poema tomado como punto de partida («A José María Palacio»), reiterando su comienzo y también su final. Machado decía sobre Giner: «Su corazón repose / bajo una encina casta, /en tierra de tomillos, donde juegan / mariposas doradas...».

Manuel Alcántara varía: «¡Si pudieras venirte aquí conmigo / a custodiar encinas y veranos!». El poema es un mal pastiche, que delata falangismo intransigente como el resto de la Corona poética, ilustrada con imágenes de Navarro que dicen poco del poeta más allá de la reiteración de la imagen de un atormentado y retorcido olmo viejo.

Tampoco los otros poemas de la corona son muy brillantes. Alfonso Canales en su soneto «¿Qué te puedo decir?» se limitaba a señalar la presencia del poeta en Soria como la de un olivo trasplantado a tierras castellanas. Victoriano Crémer en «Otra canción para Antonio Machado» pergeñaba un confuso poema con deseos de futuro, pero sin que «Nadie vuelva a lo muerto». Mejor era caminar hacia adelante, acogiéndose al célebre poema con cuya cita encabeza el suyo: «Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar, / pasar haciendo caminos, / caminos sobre la mar».

En su «Recuerdo para Antonio Machado», José García Nieto lo imaginaba soñando caminos de la tarde y cantando lo que se pierde tristemente. Apenas nada más. Luis López Anglada en «El poeta recuerda a Antonio Machado sobre las tierras de Castilla» barajó unos cuantos motivos machadianos para concluir que «siempre, ya sin remedio, vamos a tus palabras». En «Soneto al viaje aquel que no se hizo», Federico Muelas establecía un diálogo entre el paisaje conquense y el soriano y añoraba un hipotético viaje de don Antonio a Cuenca que nunca fue posible porque se cruzó la Muerte. Rafael de Penagos en «Antonio Machado» daba nuevas vueltas a la tópica visión del poeta vagando por los campos de Soria, por las orillas del Duero; copiaba literalmente algunos versos de su célebre «Retrato» o de «A un olmo seco», para concluir aludiendo a sus «limpias palabras verdaderas». Y con obviedades similares construyó penosamente otro soneto José Luis Prado Nogueira, «Antonio Machado».

Estos poetas áulicos difícilmente iban mas allá de voltear versos y palabras de don Antonio hasta que lograban encajarlas en la manida forma del soneto, prestigiada de nuevo por los poetas de Escorial como una forma de afirmación nacionalista en un renacimiento imperial imposible. No parecía que hubieran transcurrido ya más de veinticinco años desde la fundación de la revista y del lanzamiento de sus consignas, entre otras las del soriano Dionisio Ridruejo destinadas a rescatarla obra del poeta de las manos de los republicanos vencidos. Y acaso era mejor aquello que no que ensayaran tonos épicos como en el pretencioso poema de Manuel Alcántara.

Alguien dirá que no viene a cuento recordar sucesos como estos, pero no estoy de acuerdo. La única manera de evitarlos es justamente prevenirlos. Solo así se conjuran situaciones bochornosas como las citadas. Tirarse poetas a la cabeza es deporte favorito de ciertos ciudadanos a quienes la poesía no interesa sino como arma arrojadiza aquí o en Alemania. Basta con que se den un par de circunstancias apropiadas: una, que se siga ignorando que la poesía debe ser siempre un arma contra la intolerancia. Y segunda, que el lenguaje político irresponsable convierta a las masas en hordas. La civilización camina siempre por el filo de la navaja sobre el abismo de la barbarie. La sensibilidad molesta al insensible, que no duda en tergiversar palabras o en arrasar monumentos cuando la ocasión se presenta. Y en esas situaciones nunca faltan quienes se prestan a convertir en simulacros de cultura actos que no son sino perversos actos de apropiación indebida.