Solo quien ama vuela
José Luis Ferris
2017 amaneció con sabores de herida. Las heridas son abismos que separan la sangre del cielo, una orilla de otra, un tiempo de otro tiempo. Una herida sin sellar es una cuenta pendiente con los falsos cirujanos de la Historia. Una herida cerrada es un puente construido con perdón y cicatrices, con besos de ceniza. A fin de cuentas, la vida es una sucesión de puntos de sutura que se parece mucho al camino de los ferrocarriles o las huellas que dejamos al andar por orillas mojadas, por tierras polvorientas.
Una de las heridas más luminosas del siglo que dejamos, en términos dolientes, en términos poéticos, en términos de ilegítima injusticia, fue la muerte prematura de un poeta condenado a las sombras de una prisión. Por esa razón es más que conveniente, necesario sin duda, recordar que en este 2017 se conmemoran los 75 años de un hecho que nunca debió ocurrir: la muerte de Miguel Hernández en el Reformatorio de Adultos de Alicante por causas oficialmente naturales (enfermedad pulmonar) y por motivos extraoficialmente tan repudiables como la venganza, la inquina o el homicidio -involuntario o no- llevado a cabo por aquellos que siempre presumieron de haber salvado su alma.
Jamás imaginaron aquellos verdugos que no sería fácil abatir o liquidar de la memoria a un poeta como Hernández; y mucho menos silenciar la vida y la obra de un creador como él, situado por destino en una época de confusión social y política como no se ha conocido en nuestra historia contemporánea, pero de la que pudo salir, pese a su desaparición física, transformado en un órgano literario que no ha dejado de latir, de crecer y de expandirse entre cientos de miles de lectores.
La obra y la vida de Miguel Hernández rompen moldes y derriban normas y estadísticas, se ajustan a un caso verdaderamente excepcional de escritor y de hombre. Hablamos de un militante apasionado de la vida, de un ser que murió joven, muy joven, pero que en sus escasos 31 años de vida dibujó un recorrido sin precedente en la historia de la literatura contemporánea. Y esto es algo que saben muy bien quienes ahora mismo, en escenarios, universidades, escuelas, salas de exposiciones, plazas y caminos del mundo conmemoran los 75 años de su muerte. Lo saben especialmente quienes desde el Instituto de Estudios Gienenses y desde la Diputación de Jaén han hecho posible que Miguel sea un autor más que nunca de todos al divulgar por medios digitales su valioso y ancho legado. Lo saben, más que nunca, quienes no han dejado de leer sus versos al margen de homenajes y recuerdos, como simple y puntual alimento del espíritu. Con ellos y desde ellos se hace más fácil recordar los versos de Miguel afirmando que «Solo quien ama vuela. Pero, ¿quién ama tanto / que sea como el pájaro más leve y fugitivo?»
. También resulta sencillo decir desde su ausencia que solo quien ama siente que la noche es más noche sin corazón amigo. Pero ¿quién ama a solas cuando los muros gritan silencios y silencios, cuando las rejas tachan la belleza del aire?
Las cárceles propagan una delgada hilera de alimañas furiosas.
Las cárceles se beben la paz de quien mastica pedazos de esperanza.
Las cárceles perseveran sobre un hombre dormido: le minan las entrañas con espinas de hambre, despedazan carbón sobre su boca, le arrebatan el fuego que recorre sus venas, escriben en su frente canciones que jamás existieron, susurran en su oído «treinta años y un día»
.
Treinta años y un día fue la nueva condena: Huelva, Sevilla, Torrijos, Orihuela, Conde de Toreno, Palencia, Ocaña, Albacete, reformatorio de adultos de Alicante... Estación final.
No existe salvación para Miguel. Le acometen con golpes de piedra y de silencio. Su corazón supura como un río de lava entre la hierba oscura. La esperanza huye por todas las heridas.
28 de marzo de 1942. Cinco treinta de la madrugada: «Muere un poeta y la creación se siente herida y moribunda en las entrañas»
. La vida recomienda abandonar el cielo, apartar la tierra parte a parte, hundir en ella manos y lengua atormentada hasta sentir el pálpito secreto de su raíz sin nombre.
28 de marzo de 1942. Cinco treinta de la madrugada: Según consta en el parte de los Servicios Médicos de la prisión de Alicante, hoy ha fallecido «el recluso hospitalizado en esta Enfermería, Miguel Hernández Gilabert, a consecuencia de Fimia pulmonar según el médico auxiliar recluso. Ha recibido los Auxilios Espirituales»
. Era sábado, víspera de domingo de Ramos. Tenía los ojos abiertos como dos piedras azules, fijos en la nada. Quienes le amortajaron, quienes vieron su rostro sin vida aseguran que quedaron conmocionados por aquella mirada firme, por aquellos ojos abiertos, como fijos en la nada, que nadie lograrían cerrar.
El cuerpo del poeta fue conducido a hombros, en un humilde ataúd, por los reclusos Antonio Ramón Cuenca, Luis Fabregat, Ambrosio, Monera y Ramón Pérez Álvarez hasta el exterior del recinto, donde fue entregado a la empresa de pompas fúnebres y a la familia de Miguel. Allí esperaba un modesto coche de caballos y cinco personas: Elvira Hernández, hermana del poeta, Consuelo (una vecina de aquella), los pintores Miguel Abad Miró y Ricardo Fuente, y Josefina Manresa, esposa de Hernández. «El largo camino al cementerio era de bancales a un lado y a otro. Los campesinos, en el barbecho, se incorporaban apoyándose en los riñones quitándose el sombrero. Muchos de ellos se quedaban largo rato mirando el cortejo fúnebre»
. Llegados al camposanto alicantino de Nuestra Señora de los Remedios, los restos del poeta debían esperar hasta el día siguiente, domingo 29 de marzo, para ser sepultados.
No dejaron velar el cuerpo. Las razones se supieron después: era precisamente por las noches cuando llevaban a ese mismo cementerio a presos y a gente que fusilaban junto a las tapias del recinto, y no querían testigos de aquella sangría.
Fue por fin a la mañana siguiente cuando se le dio sepultura en el nicho 1.009 del cementerio de Alicante. Dentro del féretro, golpeaba el silencio.
Hace falta más tiempo para volver al tiempo. Bien pensado, qué sencilla es la muerte, qué sencilla; pero qué injustamente arrebatada. Mancha y ensucia como una luna oscura. Acuchilla sin voz cuando menos se espera con turbia cuchillada. Y después..., nada. Eso dijeron. Y más tarde..., nada. Eso cantaron los de garganta de óxido y de plomo.
Miguel, el más alto poeta, destruido. Miguel, el ruiseñor de vuelo más hermoso, desplomado. Eso creyeron.
Eso creyeron, porque hoy, últimos días de 2017, el poeta renace, vuelve, regresa sin mordaza y sin duelo, sin uniformes ni balas que lo eviten, sin metralla enemiga que lo detenga, sin humedad de pozo, sin muros, sin colmillos, sin rejas, sin batallón de escarchas y de sombras. 75 años después, el misterio vibra como un pájaro en la luz y las cárceles vuelan convertidas en ala.
Murió el poeta, sí, pero el cielo certifica que en la vida se quedan para siempre, indefinidamente, poemas como Sonreídme, El herido, Aceituneros, Me sobra el corazón, El niño yuntero o las Nanas de la cebolla. Así de claro y así de irrevocable.
Qué sencilla es la vida..., Miguel, qué sencilla.