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El presente trabajo se inserta en el proyecto de investigación I +D +i del Ministerio de Educación y Ciencia «Edición y estudios críticos de la obra literaria de Benito Pérez Galdós» (FF2010-15995).
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Las Cortes. Diario democrático (1869-1870), fundado por Aníbal Álvarez Ossorio, comenzó a publicarse en enero de 1869. Galdós participó en él desde el inicio de su andadura, aunque su firma no aparezca al igual que ocurre con las de otros colaboradores, como sería el caso de José Calderón Llanes, Eduardo de Inza y Faustino Méndez Cabezola. La publicación debió de suspenderse temporalmente, pues en junio de 1820 se inicia una Segunda Época. Véase Beyrie (1980) y Ortiz-Armengol (1996: 225-229).
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Véase Fuentes (1982); Suárez Cortina (2006); Sánchez García (2007: 281-290).
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La bibliografía sobre este episodio concreto es escasa, destacamos, entre otros, los siguientes trabajos: Constán Soriano (2000: 267-279) y (2000b: 137-149): Alfonso Alonso (2006: 17-32). Entre los trabajos de carácter general dedicados a la serie quinta véase Montesinos (1980: 245-344); Gilman (1986: 47-52): Ricardo Gullón (1870; 23-37); Troncoso Durán (1986: 51-74) y (2012: 79-99); Varela (1887: 31-39).
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Galdós recoge el hilo familiar de Santiago Ibero y Gracia Castro-Amézaga, personajes que habían aparecido en series anteriores. La historia del primero, Santiago Ibero, se describe en Los Ayacuchos (III), Bodas Reales (III), Vergara (III), Montes de Oca (III), Prim (IV), La de los tristes destinos (IV) y prosigue en España sin rey y España trágica, episodios de la quinta serie. Gracia de Castro-Amézaga protagoniza por su parte, además de los dos mencionados episodios de la quinta serie, los siguientes: De Oñate a La Granja (II), Luchana (II), La estafeta romántica (III), Vergara (III), Montes de Oca (III), Los Ayacuchos (III), Bodas reales (III) y Prim (IV).
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El hermano de Juan de Urríes, el marqués de Ben Alí, es descrito como el cacicón más audaz y despótico que había sufrido el pueblo español. Partidario de Antonio de Orleans, no duda en que este le facultaría para extender y reforzar su posición. El narrador señala que «La connivencia entre los dos hermanos era completa, y ambos se daban maña para fortificar la torre del cacicato y hacerla inexpugnable»
(2011: 90). De ahí que las ambiciones de Ben Alí «se redondeaban casando al hermano con la dama de Priego, marquesa de Aldemuz, para que nuevos estados vinieran a la familia y se constituyese el feudo en considerable espacio rural»
(2011: 132).
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El duque de Montpensier entró a formar parte de la historia de España a través de su matrimonio con doña María Luisa Fernanda de Borbón y Borbón Dos Sicilias, princesa de Asturias el 10 de octubre de 1846. El matrimonio se instaló en París hasta que la revolución de 1848 expulsó a la familia Orleans de Francia. De regreso a España, Isabel II los apartó de la corte, sin que ello impidiese que D. Antonio fuese nombrado Capitán General de los Ejércitos (1858) e Infante de España (1859). En Sevilla el Duque recibía a todos los descontentos del gobierno y a partir de 1866 contaba con el apoyo de militares y políticos de la Unión Liberal, mientras que la Reina se rodeaba de los elementos del partido conservador. En enero de 1868 recibía la visita del general Fernández de Córdoba, quien en nombre de Serrano y cincuenta oficiales más, le ofrecía el trono de España cuando este quedase vacante. Entre julio de 1868 y marzo de 1870 D. Antonio de Orleans luchará con ahínco para alcanzar la corona española, utilizando su inmensa fortuna para fundar periódicos, comprar adeptos a la causa revolucionaria o costear el regreso de militares exiliados. No obstante, como es bien sabido, Prim se opuso a la candidatura del duque de Montpensier presionado por Napoleón III, que no quería ver a un Orleans en el trono de España. Véase Fernández Albéndiz, http://institucional.us.es/revistas/contemporanea/8/art_2.pdf.
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El tratamiento satírico en la presentación de estos personajes evidencia la animadversión de Galdós por este sector social y político: «No vendrán mal cuatro pinceladas descriptivas de la casa de Gauna y de sus moradores en aquellos años, gente de atildada bondad y llaneza no incompatibles con el rancio abolengo. Casos notables de longevidad ilustraban aquella mansión, descollando en ella el añoso don Alonso Landazuri, marqués de Gauna, del hábito del Santiago, que a su título añadía esta pomposa coleta: Juez Superintendente de Arcas y Tesoros de Encomiendas vacantes y Medias annatas [...] Seguíanle en la serie cronológica otros vejestorios disecados y señoras embalsamadas: don Tirso Pipaón, sobrino del marqués, fraile exclaustrado que había sido Provincial de la Orden de Predicadores de Alcarria y tierras de Toledo, supra Tagum; doña Manuela Trigo y Sureda, viuda de un alto funcionario de la corte de Oñate; otra momia nombrada doña Rita de Landazuri, solterona, hija del marqués; don Wifredo de Romarate, sobrino de Gauna, Bailío de Nueve Villas en la Militar Orden de San Juan de Jerusalén. Completaban la lista dos clérigos: el uno, excapellán del Hospital de Convalecencia de Unciones; el otro, excanónigo cuarto de optación en la insigne Iglesia Colegial de Santo Domingo de la Calzada, después canónigo entero en la de Logroño» (2011: 36-37). De este museo de antigüedades solo se escapan los futuros marqueses de Gauna: don Luis de Trapinedo, nieto del casi centenario D. Alonso y doña María Erro Sureda y Arias Teijeiro, adaptados a los tiempos modernos.
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Fernanda a pesar de las evidencias y de los consejos de sus familiares y amigas no puede evitar amar al donjuán: «Nada: ha entrado el ladrón en mi casa, en mi alma; se ha llevado todo lo que había en ella: felicidad, alegría y él... el ladrón, se ha quedado dentro. ¡Qué cosa más rara! ¡Robarme todo lo que tengo, y quedarse dentro!... ¿y cómo le echo ahora?... Más raro es todavía que no quiero echarle... Quiero tenerle en mí, como las cosas muertas que pasan a ser reliquias, recuerdos queridos que fueron muy amargos, y luego se van volviendo dulces»
(2011: 177).
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Fernanda, en su desesperación, valora el comportamiento de su hermano Santiago que, escapándose de la paternal tutela del cura Baranda, correrá mil aventuras siguiendo a Prim, hasta enamorarse de Teresita Villaescusa y establecerse en París, algo imperdonable para sus progenitores: «Todo se podía perdonar, menos la vileza de dejarse arrastrar por una mujer de mala conducta, huir a Francia con ella, y establecerse y ayuntarse con simulación de matrimonio, deshonra de su abolengo y atropello de toda ley divina y humana»
(2011: 179). Sin embargo, para Fernanda, la certeza de que Teresa lleve una vida honrada al lado de su hermano, refuerza su idea de que la fuerza del amor posibilitaría el cambio en la deshonesta conducta de Urríes, de ahí su decisión de huir con él, pues la vida le ha demostrado que «La paloma candidísima que en su corta existencia no había hecho más que arrullarse en honestos cálculos de amor, se estrellaba en un terrible desengaño, que más parecía castigo. ¡Y ellos, los de París, los que habían sido malos, concluían dichosos! Pronto comprendió la joven que este criterio de cuentos de hadas no podía ser aplicado a los casos reales de la vida... Ya iría entrando en conocimiento de la escondida ley, por la cual los pecadores pueden ser felices y las almas angélicas no...»
(2011: 182). Recuérdese que las aventuras de Santiago Ibero y Castro-Amézaga se desarrollan, especialmente, en los episodios Prim y La de los tristes destinos correspondientes a la Cuarta Serie.